
Parte 9: La ciudad que no despertó

Escucha MP3 gratis y sin cuenta. Para descargar, inicia sesión.
Detalles
- Autor
- Gylab Click
- Categoría
- Novelas
- Click
- YUMEGARI (夢狩り) | Los cazadores de sueños
- Capítulo
- Parte 9
- Vistas
- 1
Sinopsis
🌙 Cuando el mundo duerme, comienza la verdadera batalla. En Yukisawa, una ciudad del norte de Japón, la vida transcurre con absoluta normalidad. Las personas trabajan, estudian, se enamoran y sueñan sin imaginar que, durante la noche, criaturas sobrenaturales acechan entre las sombras. Una organización secreta de magos protege a la humanidad de monstruos, espíritus y pesadillas que amenazan con invadir la realidad. Ren Mizuhara, un joven de 23 años que trabaja en una pequeña …
Leer la historia completaTu historia, a tu manera
Lee toda la historia a tu ritmo u oculta el texto para escuchar el audiolibro.
Ren Mizuhara sostuvo el recipiente sobre el mostrador de Bento Niji y tardó un segundo en entender qué había cambiado. Desde hacía meses, la anciana compraba dos porciones. Una para ella y otra para su esposo, que había muerto el invierno anterior. Ren nunca se había atrevido a corregirla.
—¿Una? —preguntó con cuidado.
La señora Fujita asintió.
—Hoy solamente tengo hambre para una.
Ren preparó el pedido. Agregó los encurtidos habituales y cerró la tapa sin hacer un comentario. Cuando ella se marchó, Daisuke Ono se acercó con un paño de cocina al hombro.
—No me digás que por fin aprendiste a quedarte callado.
—Es una etapa de crecimiento personal, jefe.
—Entonces va a durar hasta el almuerzo.
Ren hizo una mueca. Daisuke no se rio tanto como habría hecho meses atrás. La cicatriz de su costado todavía le dolía cuando cambiaba el tiempo, y la pérdida de Riku había dejado sobre el restaurante una tristeza que ninguno sabía dónde poner.
Una semana antes, Taiga había pasado por Bento Niji. Daisuke le ofreció un plato de comida. El muchacho aceptó, comió en silencio y dejó la mitad sobre la mesa. No contó ningún chiste. A Ren le había resultado más alarmante que cualquier monstruo.
La señora Fujita regresó de pronto. Su bolsa aún colgaba de la muñeca.
—Disculpá, muchacho. ¿Qué día es hoy?
—Lunes.
—¿Y qué mes?
—Noviembre.
Ella miró la calle a través del vidrio.
—Qué extraño. Pensé que todavía era febrero.
Ren la acompañó hasta la puerta. La mujer pareció avergonzada y aseguró que se encontraba bien. Quizá había dormido poco. Quizá las noches oscuras le confundían las estaciones.
Al regresar, Ren encontró a Daisuke mirando el reloj de pared.
La aguja de los segundos permaneció inmóvil.
—Jefe.
—Lo estoy viendo.
El segundero saltó dos marcas y siguió su marcha.
Daisuke dejó el paño sobre una silla.
—Llamá a Akari.
—¿Por el reloj?
—Por lo que sea que te hizo querer preguntármelo.
Ren sacó el teléfono. Tenía un mensaje de Shunpei enviado a las nueve y catorce.
«Observatorio. Ahora. No uses el tren».
Debajo aparecía otro, enviado un minuto después.
«Si ves a alguien confundido, no lo obligues a recordar. Comprobá primero que esté a salvo».
Ren volvió a mirar por la ventana.
En la acera, la señora Fujita contemplaba el paquete de comida que tenía entre las manos, como si no recordara de dónde había salido.
En el Hospital Hoshimi, Natsuki Hara escuchó a una paciente preguntar por qué no llegaba su hijo.
La mujer había ingresado para una observación rutinaria y mantenía una conversación perfectamente normal. Su hijo estaba sentado a su lado. Ella podía tocarlo y responder preguntas sobre su infancia, pero, al cabo de unos segundos, volvía a mirar hacia la puerta.
—¿Cuánto falta para que llegue mi hijo?
El joven apretó los labios.
—Estoy aquí, mamá.
—Ah, sí.
Volvió a sonreír.
Treinta segundos después repitió la pregunta.
Natsuki comprobó las constantes y pidió a una compañera que evaluara a la paciente. No atribuyó aquel síntoma a la magia solamente porque había visto magia otras veces. Las enfermedades no desaparecían de las salas porque el Umbral existiera.
Cuando salió al pasillo encontró al supervisor de enfermería revisando un cuadro de turnos.
—El sistema ha registrado una administración de medicación en una hora que todavía no ha llegado —dijo él—. Estamos pasando a documentación manual hasta que informática lo compruebe.
—¿Afecta a algún tratamiento?
—Lo estamos verificando uno por uno.
Natsuki tomó un formulario de papel. Recordó la experiencia de la primera noche en el callejón: la sombra, la luz azul y después aquella ausencia insoportable en sus recuerdos. Desde que había aceptado una evaluación voluntaria, sabía que su Pulso Vital respondía a señales corporales muy concretas. También sabía cuánto la agotaba y que no podía arreglar memorias a voluntad.
Se dirigía a otra habitación cuando vio a Masaru Tohno por el vidrio de la sala de visitas.
No estaba allí físicamente.
Era una imagen mostrada en la tableta de la trabajadora social. Una solicitud autorizada preguntaba por el estado médico de su hermano Ryo, que seguía hospitalizado mientras Masaru permanecía bajo investigación por la filtración de octubre.
Natsuki se detuvo.
Ryo no había causado la muerte de nadie. Sin embargo, su nombre aparecía ahora en conversaciones pronunciadas en voz baja, como si la enfermedad pudiera ser culpable de las decisiones de su hermano.
La enfermera ajustó la manta de una paciente y procuró devolver la atención a quien estaba frente a ella.
Entonces las luces del pasillo se apagaron durante un segundo.
Un reloj digital siguió iluminado. Marcaba las once y diecisiete.
El otro, que estaba a dos metros, marcaba las once y dieciséis.
Ambos mostraron después las once y dieciocho.
Desde el ala antigua llegó una campanada.
Natsuki conocía aquel sonido. Se suponía que la campana había sido retirada décadas atrás.
El Observatorio del Norte parecía una estación de trabajo abandonada después de una tormenta. Había vasos de café, mapas con anotaciones, baterías portátiles, papeles sujetos por piedras y tres pantallas que mostraban sectores distintos de Yukisawa.
Ren entró con el aliento agitado.
—Vine corriendo. Si resulta que la emergencia era una impresora, voy a presentar mi renuncia como adulto responsable.
Shunpei Kuroda no levantó la vista.
—La impresora funciona.
—Entonces estoy verdaderamente preocupado.
Akari Kujo se encontraba junto al mapa principal. Taiga, Yuna, Kei, Reina, Ayame y Genji estaban distribuidos alrededor de la mesa. Nadie llevaba uniforme ceremonial. Parecían profesionales que habían tenido que abandonar apresuradamente sus trabajos cotidianos.
Había un vaso vacío frente a la silla que antes ocupaba Riku en las reuniones de seguridad.
Taiga lo había movido hacia el borde para hacer sitio a los planos.
Ren no dijo nada.
—Durante las últimas cuatro horas hemos recibido cuarenta y tres avisos de desorientación —comenzó Shunpei—. No todos son sobrenaturales. Algunos corresponden a fallos eléctricos, accidentes menores o causas médicas ordinarias. Pero trece tienen una coincidencia imposible.
En la pantalla aparecieron los segundos perdidos en cada incidente.
—En todos, dos relojes de fuentes independientes dejaron de contar el mismo intervalo. Once segundos exactos.
—Como en la despedida de Riku —dijo Taiga.
Shunpei asintió.
—Y como en la noche del primer ataque contra Ren, solo que entonces el intervalo fue mucho más corto.
Ren recordó la parada de autobús, el segundero que había saltado y su propia costumbre de atribuir cualquier cosa extraña a la falta de sueño.
Akari señaló tres círculos.
—Hospital Hoshimi, Estación Yukisawa Central y Torre del Reloj. La filtración de Masaru permitió al enemigo utilizar rutas de acceso y protocolos que antes no conocía. Se han reforzado los puntos físicos, pero no sabemos dónde están las estructuras oníricas que los conectan.
—¿Y si rompemos los tres lugares? —preguntó Taiga sin convicción.
Ayame apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Porque hay personas viviendo y trabajando junto a ellos. Y porque no sabemos qué sostiene una conexión que atraviesa recuerdos. Derribar un edificio no equivale a cerrar un sueño.
Genji acercó a la luz una pequeña pieza de madera con trazos antiguos.
—Si el vínculo está unido a conciencias, un cierre violento puede dañar a quienes están dormidos. No sellaré una puerta sin saber a quién le caería encima.
Ren miró las zonas iluminadas. El centro de Yukisawa aparecía dibujado como un corazón entre tres arterias.
—¿Cuánto falta para que pase algo peor?
Shunpei tardó en contestar.
—No puedo calcularlo. Lo que puedo decirte es que las señales dejaron de ocurrir por separado.
En ese instante, su teléfono vibró.
Era un mensaje de Natsuki.
«La campana del hospital volvió a sonar. Y hay pacientes que olvidan cosas de un minuto para otro».
Ren mostró la pantalla a Akari.
Ella apretó la mandíbula.
—Formaremos equipos. Protección primero, investigación después. Y nadie irá a una zona de sueño sin un punto de regreso comprobado.
Taiga miró la silla vacía de Riku.
—Con recuento —añadió.
Akari asintió.
—Con recuento.
A media tarde, los equipos alcanzaron los dos puntos que faltaba inspeccionar.
En Yukisawa Central, Taiga, Kei y Reina encontraron retrasos que no figuraban en el sistema ferroviario. Una cámara mostraba pasajeros caminando hacia un tren que aún no había llegado. En el reflejo de un tablero eléctrico, las líneas del reloj convergían hacia un círculo inexistente.
—No es un problema de cables —dijo Taiga.
Reina ordenó comprobar salidas y pidió al personal una restricción preventiva del acceso. Kei ayudó a identificar rutas reales sin inventar señales mágicas.
Una niña señaló el andén.
—Mamá, mirá. Estamos allá.
Taiga vio por un instante a la misma niña y a su madre subiendo a un tren que no estaba presente. La imagen desapareció cuando se acercó el supervisor.
Mientras tanto, Akari y Genji inspeccionaron la Torre del Reloj. El técnico informó de campanadas a horas imposibles. Los planos no mostraban una cámara inferior, pero Genji percibió un pulso bajo el mecanismo.
—Nos están midiendo —dijo el anciano, al ver agrietarse un sello de prueba.
Akari pidió planos antiguos y prohibió entrar sin comprobar la estabilidad del edificio.
Entonces todos los teléfonos de la plaza vibraron una vez, aunque nadie había recibido un mensaje.
En el Hospital Hoshimi, la confusión empeoraba. Natsuki encontró a Kenji, un paciente que reconocía su nombre y su pulsera médica, pero insistía en que estaba sentado en la sala de su casa, escuchando a su hermana.
—¿Qué es lo último que recordás con seguridad? —preguntó ella.
—Mi hermana me contaba que consiguió trabajo.
Natsuki solicitó una evaluación médica. Después notó un calor familiar bajo el esternón: su Pulso Vital percibía un cuerpo estable y, al mismo tiempo, una atención que parecía mirar hacia otro sitio. Interrumpió la percepción antes de agotarse.
Al salir, vio por un instante un corredor blanco donde debía estar la puerta de un depósito. Contó tres respiraciones. El pasillo volvió a la normalidad.
Llamó al Observatorio.
—Tenemos pacientes y personal que ven lugares inexistentes —avisó.
Ren respondió antes que Akari.
—¿Estás bien?
—Estoy trabajando. Y sí, ya comí.
—No estaba preguntando eso.
—Con vos siempre lo estoy respondiendo.
Natsuki bajó la voz.
—Prometeme que no vas a convertirte en otro paciente por intentar salvar a todos.
Ren apretó el teléfono.
—Te prometo que voy a pedir ayuda.
Ella colgó y regresó con Kenji. Parecía más tranquilo.
Entonces el reloj del pasillo saltó once segundos hacia adelante. Y, en varias habitaciones a la vez, los pacientes comenzaron a llamar a personas que no estaban allí.
A las cinco y cuarenta y dos, la ciudad perdió once segundos.
No ocurrió como un apagón.
Las luces siguieron encendidas. Los automóviles continuaron avanzando y los altavoces del transporte público pronunciaron sus anuncios con la misma cortesía de siempre. La mayoría de los habitantes ni siquiera advirtió que algo estaba mal.
Después, una mujer dejó de caminar en medio de un cruce.
Un conductor frenó y tocó la bocina. La mujer no reaccionó. Permanecía de pie, con los ojos abiertos, sonriendo a alguien que parecía esperarla al otro lado de la calle.
En Yukisawa Central, tres trenes que se aproximaban redujeron la velocidad y se detuvieron bajo las órdenes del personal de control. Sus pasajeros escucharon que existía una incidencia técnica. Varios protestaron. Otros miraron sus teléfonos y descubrieron que las pantallas mostraban mensajes recibidos mañana.
En el Hospital Hoshimi, las alarmas de dos habitaciones comenzaron a sonar, aunque los monitores no compartían fallo eléctrico alguno.
En la plaza de la Torre del Reloj, un hombre vio pasar a su padre muerto entre las personas que caminaban hacia el metro. No corrió detrás de él. Se quedó quieto y levantó la mano, como hacía cuando era niño y aquel hombre volvía del trabajo.
Entonces las manecillas de la torre se detuvieron.
Y el centro de Yukisawa respiró como una sola persona.
Desde el Observatorio, Shunpei vio cómo tres lecturas que hasta entonces habían fluctuado adquirían el mismo ritmo.
—Akari, se han sincronizado.
En las pantallas aparecieron círculos concéntricos que partían de la estación, el hospital y la torre. Las señales no se extendían por calles ni seguían cables. Cruzaban bloques enteros y desaparecían en zonas donde no había edificios conectados físicamente.
—¿Radio? —preguntó un técnico.
—No —respondió Shunpei—. Son respuestas de conciencia. Los instrumentos solo detectan dónde se producen. No están transportando nada de una antena a otra.
Un punto del mapa quedó inmóvil. Después otro. Y otro más.
Los servicios municipales informaron de decenas de personas desorientadas en el centro comercial, la terminal de autobuses y dos pasos subterráneos. No todas estaban dormidas. Algunas seguían moviéndose, aunque respondían a lugares y personas que nadie más podía ver.
Shunpei conectó una línea de emergencia con Akari.
—Tenemos activación simultánea. Las manifestaciones no están separadas. Repito: no están separadas.
Akari observó cómo se agrietaban los símbolos de discreción que había levantado junto a la torre.
—¿Cuántos civiles?
—No puedo dar una cifra fiable. Los reportes se están duplicando y hay barrios completos sin respuesta. Necesito tiempo para separar personas reales de reflejos oníricos.
—Entonces no digas un número —ordenó ella—. Decí dónde podemos poner a salvo a quienes todavía están despiertos.
Genji apoyó ambas manos sobre su tablilla. Los sellos antiguos reconocían los bordes de una grieta como un carpintero reconoce una fisura en la madera. Pero esta vez la abertura no tenía un solo borde. Había demasiadas superficies superpuestas.
—No puedo cerrar esto con una pared —dijo.
La piedra bajo sus pies pareció inclinarse.
Al otro lado de la plaza apareció una puerta blanca suspendida a varios centímetros del suelo.
Una pareja que caminaba con su hijo se detuvo frente a ella. La madre la miraba como si reconociera la entrada de su antiguo apartamento.
—Por aquí —murmuró.
Akari corrió hacia ellos.
—¡No crucen!
La pareja se volvió sorprendida. El niño comenzó a llorar. Akari los apartó con ayuda de un policía municipal que acababa de llegar para asegurar el cruce.
La puerta desapareció cuando dejó de recibir su atención.
Pero, en el reflejo de los escaparates, seguía abierta.
En Yukisawa Central, Taiga sintió que una voz pronunciaba su nombre detrás de la nuca.
—No te girés —advirtió Reina.
—No tenía pensado hacerlo.
—Tenés el cuello torcido.
—Estoy mirando por si hay otro tren.
La segunda Reina, nacida de la división que había efectuado para revisar dos corredores, apareció junto al andén cuatro. Su expresión era más impaciente que la del cuerpo que había permanecido junto a Taiga, pero ambas compartían la información de lo que veían. Una levantó la mano para confirmar que el acceso estaba libre. La otra comenzó a señalar a los pasajeros hacia una escalera ya verificada.
—Mantengan la calma —indicó Kei desde un altavoz prestado por el supervisor ferroviario—. Hay una interrupción del servicio. Utilicen la salida norte siguiendo al personal identificado.
El mensaje era real. Las cintas fluorescentes sujetas a las columnas también. Sus ilusiones únicamente reforzaban el contraste de las señales existentes para que destacaran entre los reflejos falsos.
Una niña se apartó de su madre y señaló el tren detenido.
—Papá está adentro.
La mujer negó con la cabeza.
—Tu papá no vino hoy.
Pero detrás del cristal había un hombre que sonreía y golpeaba suavemente la ventana.
Kei vio cómo la imagen se repetía en los cuatro vagones.
No era la misma persona.
Cada pasajero contemplaba a alguien diferente.
Un anciano dio un paso hacia las puertas porque creyó reconocer a su esposa. Un estudiante siguió la mirada de un amigo que nadie más veía. La estación entera comenzó a llenarse de despedidas y reencuentros imposibles.
—Esto no puede contenerse golpeando a un monstruo —dijo Kei.
Reina hizo que sus dos cuerpos ocuparan los extremos de la fila. Uno ayudó a la madre de la niña. El otro sostuvo la barandilla de una escalera cuando el pavimento pareció desplazarse bajo los pies de la multitud.
El esfuerzo le atravesó ambos brazos. Compartía energía y cansancio: dos cuerpos no significaban el doble de fuerza. Por unos segundos consiguió mantener un paso despejado, pero su respiración comenzó a fallar al mismo tiempo en los dos extremos.
—Voy a reunirme —anunció.
Las dos Reinas se acercaron, se tocaron la palma y volvieron a convertirse en una sola. La mujer cayó sobre una rodilla.
Taiga quiso ayudarla. Una contracción le recorrió la pierna todavía sensible desde Minato.
El andén vibró.
Al otro lado de las vías apareció un segundo andén, superpuesto al primero.
Tenía el mismo letrero, el mismo tren y las mismas personas.
Solo había una diferencia: todos los que estaban allí miraban a Taiga.
Y entre ellos se encontraba Riku Endo.
El instructor sostenía su mapa enrollado. Le dedicó una sonrisa breve, igual que durante los entrenamientos.
—Te debo una cena —dijo la figura.
Taiga dejó de respirar.
Kei lo sujetó por el brazo.
—No es él.
—Lo sé.
Su voz no sonó convencida.
La imagen de Riku levantó el mapa.
—Todavía queda una salida.
Taiga sintió el deseo devastador de preguntarle cuál. Durante un segundo habría aceptado cualquier respuesta, aunque la ofreciera una cosa que utilizaba la forma de un muerto.
Recordó el pan dulce que había dejado en el funeral.
Recordó también las instrucciones del instructor: primero contar, después comprobar y, por último, moverse.
Se obligó a mirar la barandilla real.
—Reina está aquí. Kei está aquí. Los pasajeros están aquí —dijo, casi sin voz.
La figura del andén falso extendió una mano.
Taiga bajó la cabeza.
—Vos ya no.
Kei lo mantuvo sujeto hasta que el segundo andén se desvaneció.
—Tenemos que seguir —murmuró.
Taiga se secó los ojos con el dorso de la mano.
—Sí.
Pero no se movió hasta estar seguro de que todos los civiles que podía ver habían pasado por la escalera verdadera.
Ren y Ayame llegaron al centro siguiendo la ruta que Shunpei les enviaba por radio. Daisuke iba con ellos como apoyo logístico: había cargado termos con agua caliente, alimentos y mantas en una camioneta prestada. La antigua lesión le impedía incorporarse a la primera línea de combate, pero nadie conocía mejor que él los comercios de Midorichō y sus calles secundarias.
Al salir de una avenida, encontraron una hilera de automóviles detenidos. Algunos conductores hablaban por teléfono. Otros dormían con la frente sobre el volante. Un autobús permanecía en diagonal frente a una parada; el conductor estaba despierto, pero repetía con calma que ya había terminado su jornada.
—No ha llegado al depósito —le explicó Ayame.
—Claro que sí —respondió él—. Mi hija está esperándome en la cocina.
Miraba una puerta que no existía.
Ren sintió un pulso azul en las palmas.
—Podría intentar romper la ilusión.
—¿Sabés dónde termina? —preguntó Ayame.
—No.
—¿Sabés si lo que ve está unido a alguien más?
Ren tragó saliva.
—Tampoco.
—Entonces primero lo sacamos del vehículo sin moverlo a la fuerza. Después preguntamos a los médicos cómo ayudar.
Daisuke abrió una puerta lateral y condujo a un grupo de pasajeros conscientes hasta la acera. Ayame comprobó que el pavimento no presentara alteraciones estructurales reales. Ren sostuvo una barrera corta para impedir que un reflejo oscuro surgido bajo el autobús alcanzara a un hombre que intentaba cruzar.
La defensa duró pocos segundos.
Cuando desapareció, Ren no recordó inmediatamente cuál era la calle.
—¿Dónde estamos? —preguntó.
Ayame lo miró.
—Midorichō. Es la avenida junto al mercado.
Ren reconoció la panadería.
—Claro.
Pero la sensación permaneció: utilizar su magia le había arrancado algo diminuto, tan sencillo como el nombre de una esquina que conocía desde niño.
Daisuke observó sus manos.
—No la fuerces otra vez sin una señal de regreso.
—Solo fueron unos segundos.
—Los segundos son precisamente lo que nos están quitando.
Desde la esquina llegó un sonido semejante a una carcajada.
Una figura de varias bocas avanzaba entre los coches. Cada rostro parecía pertenecer a una persona distinta y todas sus voces decían la misma frase:
—Ya llegaste. Ya llegaste. Ya llegaste.
Ren dio un paso adelante.
Ayame lo retuvo por el hombro.
—No vamos a perseguirla con personas encerradas aquí.
La criatura se retorció, incapaz de encontrar a alguien que la siguiera. Sus bocas se cerraron una tras otra y terminó refugiándose bajo un vehículo.
Ren apretó los dientes.
Era insoportable dejar escapar a un monstruo.
Más insoportable aún era recordar lo que había ocurrido en Minato cuando se habían olvidado las rutas por concentrarse en los enemigos.
—Vamos por los pasajeros —dijo.
Daisuke asintió.
—Eso sí puedo ayudarte a hacerlo.
A las seis y seis, el Hospital Hoshimi activó su plan de contingencia.
La dirección había conseguido trasladar a los pacientes que precisaban atención inmediata lejos de los corredores afectados. No existía una solución sencilla para los demás. Algunas personas seguían perfectamente conscientes; otras abrían los ojos y respondían a voces que llegaban de un lugar diferente; otras no reaccionaban aunque mantuvieran signos vitales estables.
Natsuki se movía entre camas, formularios y familiares. Un compañero anotaba las respiraciones de los pacientes, otro organizaba traslados y el médico responsable repetía instrucciones claras para evitar confundir las apariciones con síntomas que exigían tratamiento convencional.
Un niño que esperaba con su padre le preguntó por qué todos estaban tan serios.
—Estamos revisando que las personas estén bien —respondió Natsuki.
—Mi abuela está durmiendo. Siempre se despierta cuando canto.
El pequeño comenzó a entonar una melodía infantil, casi en un susurro.
La anciana no abrió los ojos.
Natsuki le ofreció una silla junto a su padre y permitió que terminara la canción. No le prometió que bastaría.
En el cuarto del señor Suda, una mujer de mediana edad se había quedado dormida mientras sujetaba un vaso de papel. El vaso seguía en su mano sin que se derramara una gota. Cuando Natsuki intentó retirarlo con cuidado, los dedos se cerraron sobre el cartón.
Los ojos de la mujer se abrieron.
—No apague las luces —dijo.
—No vamos a apagarlas.
—Si las apaga, la puerta nos encuentra.
La enfermera sintió una corriente de miedo, pero mantuvo la voz estable.
—Estoy aquí. ¿Puede decirme su nombre?
La paciente respondió correctamente. Reconoció también el hospital. Pero al pedirle que describiera lo que tenía delante, aseguró que veía un muelle cubierto de nieve y una niña esperando bajo una farola.
Natsuki recordó la información del ala antigua, los nombres desaparecidos de un registro y las personas que habían perdido recuerdos sin poder decidirlo. La semejanza era demasiado persistente para ser casual. Aun así, no se atrevió a concluir que todas las visiones pertenecían a un único recuerdo.
Sintió que su Pulso Vital se activaba sin que hubiera intentado invocarlo.
El pasillo se llenó de ritmos invisibles. Eran distintos y a la vez estaban sujetos a una pulsación común. Cada paciente conservaba su propia respiración y sus propias señales corporales, pero algo parecía empujar sus percepciones hacia la misma orilla.
Natsuki apoyó una mano sobre el marco de la puerta.
—No son cuerpos compartidos —murmuró—. Son personas distintas a las que les están haciendo mirar hacia el mismo sitio.
El calor aumentó bajo sus costillas. Si seguía forzándolo podía terminar desorientada igual que sus pacientes.
Soltó el marco.
La enfermera se sentó un instante y bebió agua. Sus manos temblaban.
En su bolsillo vibró el comunicador facilitado por la Guardia.
—Natsuki, soy Yuna. Estoy en la entrada principal. Necesito saber si tenemos permiso del hospital para ayudarte a observar, no para intervenir a ciegas.
—Sí. Coordiná primero con el médico de guardia. Te espero en la segunda planta.
—¿Puedo preguntarte algo más?
—Depende de si es una pregunta sobre fantasmas.
—¿Cómo lo supiste?
Natsuki dejó escapar una risa cansada.
—Yuna, siempre son preguntas sobre fantasmas.
—Hoy me conformaría con uno que supiera dar instrucciones.
Natsuki miró las camas ocupadas.
—Ojalá.
Yuna llegó acompañada por una técnica sanitaria del propio hospital. Sus habilidades le permitían reconocer rastros espirituales, no sustituir decisiones médicas ni escuchar todas las mentes a la vez. Cuando entró al pasillo comprendió que aquella diferencia nunca había sido tan importante.
Cientos de murmullos se apretaban contra su percepción. Unos estaban llenos de alivio. Otros de terror. Muchos repetían una palabra sin terminar de pronunciarla.
La médium se apoyó en una pared.
—Es como una estación de radio donde todas las emisoras emiten la misma canción, pero cada una recuerda una letra distinta.
—¿Podés hablar con alguien? —preguntó Natsuki.
—Con algunos. No sé si me responderán de verdad o si escucharé una imitación.
Una anciana levantó la cabeza desde su cama.
—Mi marido dice que todavía queda sitio en la mesa.
Yuna se acercó sin invadir su espacio.
—¿Usted quiere ir?
La mujer la miró confundida.
—Claro que quiero verlo.
—¿Y quiere dejar de estar aquí?
La anciana vaciló.
—Mi nieta viene los domingos. Si me voy, no va a encontrarme.
Yuna sintió que el murmullo cambiaba. Por un instante, una de las voces se separó de las demás.
—Entonces podemos quedarnos con esa idea —dijo—. Usted decide qué quiere hacer. No esa mesa.
La anciana soltó lentamente la sábana que apretaba entre los dedos.
Su mirada se volvió más clara.
—¿Hoy es domingo?
—No, señora. Hoy es lunes.
La mujer suspiró.
—Qué pena. Pensé que vendría pronto.
Yuna sonrió con tristeza.
La mejoría había durado solo unos instantes, pero había ocurrido sin quemar una sombra ni borrar un recuerdo. Natsuki la observó con atención.
—No fue tu poder el que la despertó —dijo.
—No. Al menos no solamente. Ella recordó que tenía algo que elegir.
Antes de que pudieran continuar, el edificio entero experimentó un temblor leve.
Los relojes volvieron a detenerse.
Y todos los pacientes que miraban hacia lugares inexistentes pronunciaron la misma frase:
—Aquí ya no duele.
En la Torre del Reloj, Genji escuchó esas palabras sin necesidad de encontrarse en el hospital.
Las oyó desde el interior del sello que sostenía.
Akari había levantado una cortina carmesí alrededor de la escalera municipal para evitar que los reflejos alcanzaran a los técnicos. La barrera no impedía que la plaza cambiara a su alrededor: por momentos las baldosas parecían un suelo de madera; luego, un camino cubierto de nieve; después, la misma plaza de siempre.
Un hombre se quedó inmóvil junto a un banco, contemplando a una niña que solo él podía ver. Akari indicó a los agentes presentes que mantuvieran la zona despejada y solicitaran asistencia sanitaria si la persona no respondía. No utilizaría un sello de memoria como primer recurso.
Genji dibujó un cuarto trazo sobre su tablilla.
La madera se agrietó.
—Ese mensaje —murmuró—. Lo he escuchado antes.
—¿Dónde?
—En expedientes de hace muchos años. Personas que sufrían pérdidas insoportables y querían dormir sin recordarlas. El Programa de Alivio empezó con palabras parecidas.
Akari volvió la mirada hacia él.
—¿Estás diciendo que la misma investigación está detrás de esto?
—No voy a darte una certeza que aún no tengo. Pero esa promesa... alguien la convirtió en un arma.
El reloj golpeó una vez.
En el vidrio del mecanismo apareció una silueta formada por cientos de pequeñas luces, ninguna con rostro propio. La imagen duró menos de un segundo. No era un cuerpo. Se parecía más a un recuerdo que hubiera aprendido a proyectarse sobre superficies cercanas.
Una voz sin edad surgió de la madera partida.
—No es necesario seguir sufriendo.
Akari apretó los dientes.
—¿Quién está hablando?
La voz continuó, sin dirigirse directamente a ella.
—No se perderán. No recordarán lo que los hiere. Nadie volverá a marcharse.
Genji cerró el puño sobre la tablilla. Una ráfaga de energía atrapó aquella resonancia en un pequeño sello de prueba. Lo retiró antes de que pudiera crecer y lo guardó en una caja aislada.
—No le respondas. Lo único que sabemos es que utiliza el dolor como invitación.
Akari miró a los civiles que esperaban instrucciones detrás del cordón de seguridad.
—¿Y cómo protegemos a quien desea aceptar esa invitación?
Genji sostuvo la caja con ambas manos.
—Recordándole que una invitación no es una orden. Pero habrá personas que ya no sepan distinguirlas.
Shunpei recibió al mismo tiempo la grabación parcial de la torre, los informes de Yuna y las imágenes de seguridad de la estación.
No podía reconstruir el funcionamiento de toda la red a partir de unos minutos de datos. Sin embargo, sí detectó algo que necesitaba comunicar antes de que otro equipo cometiera un error irreversible.
—La señal no es continua —explicó por radio—. Se fortalece cuando una persona acepta un escenario y se debilita cuando consigue reconocerse en el presente. No siempre despierta por eso; la tendencia es parcial y todavía no sabemos cuánto dura.
Kei respondió desde Yukisawa Central.
—Hemos observado algo parecido. Algunas personas reaccionan al escuchar a alguien cercano llamarlas por su nombre real.
—Pero otras no —añadió Reina—. No podemos convertirlo en una regla universal.
—Correcto —dijo Shunpei—. Prioricen contacto seguro y acompañamiento. Nada de descargas mágicas masivas sobre los durmientes.
En el fondo de la comunicación, Taiga preguntó si podían reforzar las barreras físicas alrededor de los andenes.
—Sí —respondió Ayame desde la avenida—. Siempre que mantengan rutas de evacuación y no inmovilicen gente dentro del área afectada.
Akari intervino.
—Quiero cuatro prioridades claras. Atención sanitaria, accesos reales, registro de personas y protección de quienes no pueden moverse. Las investigaciones sobre el origen continuarán cuando esos frentes estén cubiertos.
—Hay una dificultad —dijo Shunpei—. El Consejo acaba de solicitar una contención total del distrito central.
Se produjo un silencio.
—¿Con habitantes dentro? —preguntó Ren.
—La orden menciona aislamiento de señales y sellado de grietas. No detalla cómo preservar la salida de los civiles que ya están afectados.
Akari respondió sin alzar la voz.
—Entonces esa orden está incompleta. Que la devuelvan para revisión inmediata. Nadie bajo mi mando cerrará un perímetro con personas sin localizar dentro.
—Podrían retirarte el mando —advirtió Shunpei.
Akari observó la plaza. Vio a una familia sentada en el suelo, abrazada, esperando que una ambulancia llegara por una calle que continuaba abierta gracias a la barrera que ella sostenía.
—Que lo intenten cuando todos hayan salido de aquí.
Genji cerró los ojos.
Había vivido suficiente tiempo para reconocer cuándo alguien estaba a punto de pagar un precio político por hacer lo correcto.
No intentó disuadirla.
En Bento Niji, la luz de emergencia iluminaba las mesas vacías.
Daisuke había convencido al propietario de una tienda vecina para llevar a varias personas conscientes al local. Nadie presentó aquello como un refugio milagroso: era un espacio iluminado, con agua, mantas y acceso a la calle que todavía permanecía fuera de la zona de mayor riesgo.
La señora Fujita estaba sentada junto a la ventana.
—Olvidé si compré arroz —dijo al ver entrar a Ren.
Él dejó su mochila sobre una silla.
—Sí, señora. Una porción. Se la guardé por si volvía.
La anciana contempló el recipiente y asintió lentamente.
—Antes compraba dos.
—Lo recuerdo.
Ella sonrió sin alegría.
—Me gustaría que él estuviera aquí. Aunque fuera un rato.
Ren se arrodilló junto a su silla.
—A mí también me gustaría poder devolverle personas a quienes las extrañan.
Se quedó callado. Pensó en Taiga frente a un andén que imitaba a Riku, en Natsuki junto a pacientes que no despertaban y en su propio miedo a olvidar el rostro de su familia.
La señora Fujita miró la calle.
—Pero una visita inventada no sería él, ¿verdad?
—No lo sé todo sobre estas cosas —respondió Ren—. Pero no quiero que nadie decida por usted lo que debe recordar.
La anciana puso una mano sobre su cabeza. Era un gesto maternal, lento, casi cómico en aquel muchacho que solía fingir que nada lo afectaba.
—Entonces haceme un favor.
—Dígame.
—No me hagás olvidar que me duele extrañarlo. Si lo olvido, también perderé las cosas buenas que vivimos.
Ren sintió que algo se le cerraba en la garganta.
No encontró una respuesta ingeniosa.
Daisuke lo llamó desde la cocina, donde intentaba organizar la comida restante para las personas que esperaban.
—Mizuhara. Vení a ayudarme.
Ren se levantó.
—¿Otra vez trabajo extra, jefe?
—Si preferís, te cobro el arroz que vas a comer.
—Eso ya es explotación en tiempos de crisis.
La risa fue breve y cansada. Pero los presentes la escucharon.
Por unos segundos, el restaurante volvió a parecer el lugar de siempre.
Entonces una sombra cubrió la ventana.
No era un monstruo apoyado al otro lado. Era una ciudad distinta reflejándose sobre la verdadera: las mismas calles, pero con faroles blancos y edificios sin ventanas encendidas. Ninguna persona caminaba deprisa. Nadie parecía estar triste.
Al otro lado del cristal, una figura parecida a Ren avanzó hacia el mostrador.
Sonreía sin preocupación.
—Ya no tenés que esforzarte —dijo, moviendo los labios sin producir sonido.
Ren miró su reflejo. El otro llevaba el mismo delantal negro y no tenía las ojeras que lo acompañaban desde octubre.
Durante un instante deseó ser aquella versión descansada de sí mismo.
Después escuchó a Daisuke discutir con una olla de arroz y a la señora Fujita pedir una servilleta.
Personas reales. Problemas reales.
Ren se apartó de la ventana.
La figura desapareció.
Poco antes de las nueve de la noche, el área central quedó oficialmente cerrada al tránsito no esencial.
Los bomberos y el personal sanitario trabajaban con rutas verificadas. Los trenes permanecían detenidos fuera de los andenes afectados. En distintos edificios, vecinos que todavía estaban despiertos ayudaban a otros a encontrar lugares seguros. La Guardia se ocupaba de las manifestaciones que los servicios ordinarios no podían comprender, sin pretender reemplazarlos.
No habían detenido el fenómeno.
Solo habían conseguido impedir que algunas de sus consecuencias fueran peores.
En el Observatorio, Shunpei colocó sobre la mesa el informe más reciente. Las tres zonas continuaban sincronizadas. Varias calles situadas entre ellas ya no ofrecían una percepción estable: una misma persona podía aparecer en dos grabaciones tomadas al mismo tiempo, o hablar durante minutos con alguien que llevaba años muerto.
—No podemos asegurar cuántos están atrapados —dijo—. Hay personas que duermen sin responder y otras que caminan dentro de algo que consideran real. No son la misma situación, aunque la señal parezca compartir origen.
Akari había regresado de la torre para coordinar el relevo. Escuchó el informe en silencio.
—¿Tenemos una pista nueva?
Shunpei abrió un documento recuperado del índice antiguo del Programa de Alivio. No había nombres de responsables ni un plan completo. Solo un término utilizado para describir un modelo experimental de entornos mentales compartidos.
—Arquitectura de pesadillas —leyó.
Genji reconoció la denominación y su rostro perdió color.
—En los informes antiguos la llamaban una propuesta. Nunca debió salir de una sala de investigación.
Shunpei amplió una anotación en el margen, escrita por una persona cuyo nombre había sido eliminado.
«Arquitecto de las Pesadillas».
Taiga contempló aquellas palabras.
—Qué nombre tan horrible.
—No sabemos si corresponde a una persona, una técnica o alguien que lo utilizó para firmar —advirtió Shunpei—. No voy a inventar una identidad.
—Pero alguien está eligiendo qué ve la gente —respondió Yuna—. Y está ofreciéndoles aquello que más necesitan recordar.
Ren pensó en su propio reflejo tras el cristal de Bento Niji. Había deseado descansar. Durante un segundo, incluso había querido creer que la otra versión de sí mismo estaba mejor.
—No les está quitando solamente el miedo —dijo—. También les está quitando la posibilidad de decir que no.
Natsuki, conectada por el canal del hospital, intervino:
—Algunas personas todavía consiguen reconocer dónde están cuando alguien las acompaña. Otras no. Necesitamos comprender qué las mantiene unidas a ese lugar antes de intentar separarlas.
Genji apoyó su tablilla dañada sobre la mesa.
—Las anclas siguen activas. Puedo reforzar los límites de una zona pequeña, pero no arrancarlas sin saber qué pasaría con quienes están conectados.
—Entonces entraremos donde se está formando el vínculo —dijo Ren.
Akari lo miró.
—Ya lo intentamos una vez en el depósito de Minato. Casi no conseguimos regresar.
—Lo sé. Por eso no quiero hacerlo solo.
Esa respuesta no borró el peligro. Pero hizo que Taiga levantara la cabeza.
—Riku decía que una ruta necesita una salida comprobada.
Ren asintió.
—Y un relevo.
Akari observó a sus compañeros. Estaban exhaustos. Algunos tendrían que quedarse atendiendo a quienes no podían caminar. Otros debían mantener abiertas las comunicaciones y las vías de evacuación. Un viaje hacia el Mar de Sueños no podía convertirse en una aventura para sentirse valientes.
—No partiremos esta noche sin preparar el retorno —decidió—. Shunpei, buscá una señal que podamos seguir desde dentro. Genji, necesito condiciones claras para abrir y cerrar un paso. Natsuki y Yuna, sigan observando las respuestas de los pacientes sin forzar su memoria. Los demás, organizaremos relevos.
Taiga miró el mapa de Riku que había llevado consigo.
—Yo me encargo del recuento.
Por primera vez desde octubre, nadie intentó quitarle aquella responsabilidad.
Cuando llegó la medianoche, Yukisawa no estaba en silencio.
Había motores de ambulancia, pasos apresurados, conversaciones a media voz y familiares que se negaban a abandonar la entrada de los hospitales. En muchas ventanas seguían encendidas las luces. Había personas que lloraban mientras dormían y otras que sonreían porque creían haber recuperado algo perdido.
Ren permaneció un momento junto a la ventana del Observatorio. La ciudad que veía era la misma donde había corrido para llegar tarde al trabajo, donde Natsuki le había regalado regaños y Daisuke le había guardado comida.
No podía aceptar que todo aquello fuera reemplazado por una versión perfecta en la que nadie tuviera derecho a despertar.
En el vidrio apareció por un instante una puerta blanca.
Esta vez no intentó abrirla.
Primero comprobó que Akari seguía detrás de él, que Taiga estaba despierto y que Shunpei había registrado la aparición. Luego anotó la hora y la dirección de la puerta en una hoja.
Al otro lado, una ciudad idéntica a Yukisawa extendía sus calles bajo un cielo sin luna.
No había personas en sus aceras.
Pero en todas las ventanas brillaba una luz tenue, como si alguien estuviera soñando detrás de cada cristal.
Ren recordó las palabras de la señora Fujita. El dolor de extrañar a alguien también era una forma de haberlo querido.
La puerta se desvaneció lentamente.
El muchacho guardó el papel.
Mañana tendrían que entrar.
Y esta vez, para encontrar el camino de regreso, no bastaría con recordar dónde estaba la salida.
Tendrían que recordar por qué valía la pena despertar.
El texto está oculto. El audiolibro puede seguir reproduciéndose. Pulsa «Texto completo» para volver a leer.

Comentarios
0 comentarios