Novelas · Parte 8
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NovelasParte 8

Parte 8: La traición bajo la luna

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Detalles

Autor
Gylab Click
Categoría
Novelas
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YUMEGARI (夢狩り) | Los cazadores de sueños
Capítulo
Parte 8
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1

Sinopsis

🌙 Cuando el mundo duerme, comienza la verdadera batalla. En Yukisawa, una ciudad del norte de Japón, la vida transcurre con absoluta normalidad. Las personas trabajan, estudian, se enamoran y sueñan sin imaginar que, durante la noche, criaturas sobrenaturales acechan entre las sombras. Una organización secreta de magos protege a la humanidad de monstruos, espíritus y pesadillas que amenazan con invadir la realidad. Ren Mizuhara, un joven de 23 años que trabaja en una pequeña …

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El primer día de octubre, Ren Mizuhara llegó temprano a Bento Niji.

Daisuke Ono miró el reloj y luego a su empleado.

—¿Te pasó algo?

—Estoy intentando ser responsable.

—Eso es más preocupante que tus retrasos.

Ren sonrió, pero el gesto no le duró. Desde que descubrió que una parte de su infancia figuraba en un expediente secreto, las cosas pequeñas le parecían más importantes: la campanilla sobre la puerta, el olor del arroz y la voz de los clientes que recordaba desde niño. Todo aquello era suyo. Nadie debía decidir qué recuerdos podía conservar.

Por la tarde llegó un mensaje de Taiga. Riku volvería a entrenarlos en rutas de evacuación. Taiga proponía que después comieran juntos y que el instructor pagara, aunque todavía no se lo había preguntado.

«Si te perdés, te buscamos debajo de los mapas», escribió Ren.

«Vos te perdiste en el Observatorio siguiendo un cartel que decía SALIDA», respondió Taiga.

Antes de que Ren pudiera replicar, Daisuke le señaló los pedidos pendientes.

—Los monstruos pueden esperar. La mesa cuatro quiere su almuerzo.

Más tarde llamó Genji desde el Observatorio. Habían detectado algo nuevo en la investigación de Archivo.

Daisuke colgó con el ceño fruncido.

—Terminá el turno y andá. Y escuchá a Akari.

Ren levantó la mano.

—Prometo comportarme.

—No exagerés. Empezá por intentar volver a casa.

Shunpei Kuroda llevaba casi treinta horas revisando la eliminación del catálogo ocurrida a finales de septiembre. La copia protegida del Programa de Alivio seguía intacta, pero la consulta no autorizada había dejado una brecha inquietante.

En el Observatorio del Norte mostró tres registros a Akari, Genji y una observadora independiente. Uno seguía los accesos a los expedientes. Otro, las órdenes de conservación. El tercero, los movimientos efectuados en el catálogo la noche de la eliminación.

—La credencial era válida —explicó—, pero falta el dato que debía identificar a quien la utilizó. Necesitamos contrastarlo con los registros físicos.

—¿El Consejo ya fue avisado? —preguntó Akari.

—Pidió detener las consultas mientras inicia una revisión interna —contestó la observadora.

—Una revisión de la misma oficina implicada no basta.

—Por eso hemos mantenido la custodia fuera de esa cadena —respondió ella—. La orden de conservación sigue vigente.

Shunpei abrió una nueva ventana.

—Desde aquella sesión también consultaron planos de emergencia del distrito de Minato: salidas, puntos de reunión y lugares donde nuestras barreras no deben bloquear el tránsito. Son planos auténticos y tienen usos legítimos. Lo anómalo es la relación con el borrado del catálogo.

Genji se inclinó hacia la pantalla.

—Es la zona donde vimos una grieta en agosto.

—Sigue bajo inspección municipal —respondió Akari—. No vamos a enviar una patrulla sin motivo, pero quiero una revisión de seguridad. Avisá a Riku.

—Él conoce esas rutas mejor que nadie —dijo Shunpei.

Akari miró el plano con los corredores marcados en amarillo.

—También podría conocerlas otra persona. No hacemos acusaciones sin pruebas, pero trataremos este mapa como comprometido.

Masaru Tohno dejó unas flores en la habitación del Hospital Hoshimi donde permanecía internado su hermano Ryo. En una fotografía junto a la cama, los dos aparecían con cañas de pescar cerca de un lago. Ryo sonreía; Masaru sostenía el único pez que había conseguido sacar del agua aquella tarde.

—No sé si podés oírme —murmuró—. Ojalá al menos puedas soñar.

El monitor continuó marcando su ritmo habitual. Ryo llevaba años sin despertar. Los médicos nunca le habían prometido lo que Masaru deseaba escuchar.

Su teléfono vibró con un mensaje de un remitente oculto.

«El procedimiento sigue siendo posible. Falta confirmar el corredor de Minato. La oportunidad para Ryo no permanecerá abierta».

Todo había comenzado meses antes con una oferta de analizar registros antiguos de memoria y compararlos con nuevas técnicas oníricas. Masaru entregó primero referencias de expedientes, luego permitió accesos restringidos. Una madrugada prestó su autorización a una operación que terminó borrando una carpeta del catálogo. Se había convencido de que podrían restaurarla después.

No conocía el nombre auténtico de quien dirigía aquellos contactos. Había visto datos que parecían proceder de pruebas realizadas a Ryo durante la noche, y había querido creer que demostraban actividad oculta en su conciencia.

Otra notificación apareció.

«El fenómeno será derivado hacia depósitos vacíos. La evacuación de personal está prevista. Enviá los planos».

Masaru escribió que necesitaba confirmar que no habría civiles expuestos.

«No retrases la operación», respondió el desconocido.

Aquella impaciencia debería haberlo detenido. Se quedó mirando la mano inmóvil de su hermano y recordó todas las veces que había prometido buscar otra solución.

Abrió el registro de Archivo, autorizó la transferencia y guardó el teléfono.

—Si sale mal, voy a responder —susurró.

Ni siquiera entonces comprendía quién terminaría pagando primero.

Riku Endo llegó al entrenamiento con dos bolsas de pan dulce y un mapa enrollado.

—Si hoy practicamos salidas otra vez, protesto —anunció Taiga.

—Perfecto. Vas a dirigir la evacuación —respondió Riku.

—Retiro mi protesta.

Ren tomó un pan mientras Kei observaba los planos y Reina examinaba sus dimensiones.

—Hoy no van a luchar —explicó Riku—. Van a sacar a tres personas de un edificio cuando falle la salida principal.

Taiga señaló una escalera. Riku la marcó como dañada. Señaló un ascensor. Riku dibujó un corte de energía. Cuando propuso una ventana del tercer piso, el instructor le preguntó quién llevaría a las personas heridas.

—Usted disfruta torturándonos con papel —se quejó Taiga.

—Prefiero que descubran sus errores aquí y no bajo un techo que se derrumba.

Reina encontró una alternativa por el norte. Kei propuso iluminarla con una ilusión, y Riku le recordó que debía señalar un camino real, no uno que desapareciera cuando él se cansara.

—¿Quién se queda a comprobar que todos salieron? —preguntó el instructor.

—Yo —dijo Ren.

—¿Por qué?

—Porque no quiero dejar a nadie atrás.

Riku lo miró con paciencia.

—Necesitás un recuento, un relevo y una salida propia. No sirve que los rescatistas terminen siendo personas a las que también debamos buscar.

—¿Y si no queda salida para el último? —preguntó Taiga.

Riku tardó un instante en responder.

—Entonces tenemos que encontrar otra opción antes de llegar a ese punto.

Mientras corregía una flecha con su lápiz rojo, Ren vio la pequeña sonrisa del instructor. No imaginó lo mucho que recordaría aquel gesto.

Dos noches después, un almacén del distrito de Minato suspendió sus trabajos. Tres empleados habían visto a alguien detrás de una puerta inexistente. Uno cayó mientras seguía una señal luminosa hacia una escalera que nunca había estado allí.

La Guardia recibió una alerta del enlace de protección civil. Había trabajadores dentro y la comunicación fallaba. Akari reunió al equipo de inmediato.

Riku desplegó el plano auténtico de la zona.

—Dos almacenes, un canal de servicio y tres accesos, aunque uno está cerrado por reparaciones. El punto de reunión habitual es el muelle oeste.

—Es el mismo plano que consultaron desde Archivo —dijo Shunpei.

—Entonces cambiamos el orden después de comprobar el terreno —respondió Riku—. No vamos a confiar en una ruta solo porque esté marcada.

Akari distribuyó funciones. Riku dirigiría la evacuación; Reina y Kei comprobarían accesos; Taiga colaboraría con el técnico en cierres y electricidad; Ren permanecería cerca de ella. Yuna evaluaría las anomalías desde el perímetro, Shunpei coordinaría desde el vehículo y Ayame revisaría las estructuras.

Natsuki obtuvo autorización para asistir al equipo médico sin entrar en combate. Su Pulso Vital todavía necesitaba evaluación; atendería a los heridos con procedimientos convencionales.

—¿Y si no encontramos a alguien? —preguntó Ren.

—Volvemos a contar y revisamos lo que sabemos —respondió Riku—. No improvisamos una salvación sin comprobar adónde conduce.

Genji observó el mapa.

—En agosto conseguimos cerrar una grieta allí. Que vuelva a ocurrir algo no es una buena señal.

Akari guardó el plano.

—Lo prioritario son las personas. Salimos ahora.

El distrito de Minato estaba frío y casi desierto cuando llegaron. El viento olía a sal, aceite húmedo y madera mojada. Las luces de varios depósitos se reflejaban en el canal y, entre las nubes, una luna amplia iluminaba las grúas inmóviles.

Los trabajadores se encontraban reunidos a cierta distancia de la entrada principal. Había siete personas de mantenimiento y cuatro empleados que habían regresado al almacén para recoger sus pertenencias tras el cierre. Dos vigilantes municipales supervisaban la calle.

—Pensé que venían los bomberos —dijo uno de los trabajadores.

—También están avisados —respondió Riku, enseñando su identificación de enlace—. Nosotros vamos a comprobar que nadie permanezca dentro.

No mintió sobre la prioridad. Tampoco explicó técnicas que los presentes no tenían por qué conocer en medio del miedo.

Un supervisor indicó que faltaban cinco personas del turno de inventario, entre ellas una mujer que tenía problemas para caminar después de una lesión reciente. Una puerta de seguridad automática había dejado de responder. Nadie sabía si el equipo había salido por otra escalera.

Riku escribió los nombres en una tarjeta.

—Cinco dentro, dieciséis localizados fuera. Volvemos a contar al final.

—¿No eran once fuera? —preguntó Ren.

—Llegaron cinco empleados de otro edificio antes que nosotros. Por eso contamos personas y no repetimos números sin comprobarlos.

Taiga soltó una breve risa.

—Usted va a ponerme a contar hasta cuando compre pan.

—Si comprás pan para seis y llegan siete, uno se queda sin cenar.

—Eso es crueldad matemática.

Riku sonrió mientras guardaba la tarjeta en un bolsillo interior.

Akari estableció una barrera de discreción en un tramo despejado. No ocultó ambulancias ni bloqueó rutas públicas. El perímetro impediría que una manifestación pequeña saliera hacia la calle durante unos minutos, siempre que su estructura se mantuviera estable.

Yuna apoyó dos dedos sobre la barandilla del canal. Cerró los ojos y escuchó. A su alrededor había ruido de agua, motores lejanos y pasos apresurados. Por debajo de todo percibió una sensación que le recordó a las voces imitadas del primer Deshilado, pero más ordenada.

—No escucho a un espíritu —dijo—. Escucho intervalos. Algo está esperando a que abramos ciertas puertas.

Shunpei lo anotó desde el vehículo de mando.

Reina regresó tras revisar el primer acceso. Se dividió en dos durante unos segundos para observar ambos extremos de la galería, sin perder de vista la duración de su técnica. Las dos Reinas se reunieron antes de agotarla.

—El pasillo norte está libre físicamente —informó—. Pero la iluminación no corresponde al tablero municipal. Hay lámparas encendidas en una sección sin alimentación.

Kei mostró una fotografía que había tomado con permiso del supervisor.

—Y miren esto. La señal de salida está apuntando a una pared.

—¿La movieron? —preguntó Riku.

—La placa de metal sigue atornillada donde corresponde. Su reflejo, no.

Akari sintió un escalofrío que no tenía relación con el frío.

—No usaremos señales luminosas como referencia. Todos con marcadores físicos y contacto confirmado.

Riku cambió la ruta en su plano.

De algún lugar bajo el suelo llegó un golpe metálico.

Después otro.

Y una tercera vez.

Ren sintió que algo vibraba detrás de sus dientes.

—Eso no fue una tubería —murmuró.

—Lo sé —respondió Akari—. Quedate cerca.

Las primeras dos personas aparecieron al fondo de la galería de servicio. Eran empleados del inventario, un hombre de mediana edad y una muchacha con un chaleco amarillo. Caminaban deprisa, mirando hacia atrás como si alguien los siguiera.

Riku avanzó sin cruzar el límite que Ayame había marcado como seguro.

—¡Somos el equipo de rescate! ¡Vengan hacia mi voz!

El hombre levantó el brazo.

—Hay gente detrás. La señora Akiyama no puede bajar la escalera y los otros dos intentan abrir una puerta.

—¿Qué puerta?

—La del corredor de bombas. Pero al llegar ya no estaba allí.

Kei alzó la mano para proyectar una flecha de orientación, pero Riku lo detuvo.

—Solo marcadores que ellos puedan confirmar. Quiero que sepan adónde caminan aunque tu técnica desaparezca.

El ilusionista asintió y utilizó su magia para hacer más visible una cinta real tendida entre dos pilares, no para inventar un acceso.

Los trabajadores pasaron al área asegurada. Taiga los acompañó hasta el punto donde esperaba Natsuki. Ya solo faltaban tres.

Entonces el suelo devolvió un sonido parecido al roce de muchas botas.

Al fondo de la galería apareció una figura muy alta.

Llevaba algo semejante a un uniforme de guardia, formado por placas oscuras y tela que no se movía con el viento. Su cabeza estaba vacía por dentro. Donde debería haber un rostro solo se veía un óvalo negro atravesado por una línea roja.

Ren se quedó mirando aquella ausencia de cara.

—No me gusta —dijo.

La figura levantó un brazo.

Detrás de ella surgieron otras dos, perfectamente alineadas.

Shunpei recibió una lectura irregular.

—Son tres fuentes nuevas. No corresponden a Repetidores ni a Deshilados. Tienen estructuras de contención alrededor del cuerpo.

Genji, que había acudido para apoyar el perímetro exterior, dejó escapar una maldición en voz baja.

—Vigilantes Huecos.

—¿Nivel? —preguntó Akari.

—Por lo menos cuatro. No persiguen al primero que ven. Cierran el lugar donde creen que va a escapar.

La primera criatura golpeó el suelo con algo parecido a una vara.

La puerta de emergencia más cercana vibró.

En el plano de Riku, aquella puerta conducía a la explanada oeste. Ahora el marco parecía hundirse hacia el interior de la pared, como si la distancia hasta el exterior hubiera aumentado sin mover un solo ladrillo.

Reina retrocedió un paso.

—Eso no es un derrumbe.

—No —respondió Ayame, palpando la superficie—. La estructura sigue aquí, pero el espacio de paso está siendo deformado. No puedo reparar un hueco que todavía existe y al mismo tiempo no conduce al mismo sitio.

Akari levantó una barrera carmesí ante el grupo.

—Riku, cambiá de salida.

El instructor ya lo estaba haciendo.

—Por la galería sur. Reina comprueba el giro. Kei señaliza la entrada física. Ren, vení conmigo: vamos a encontrar a los tres que faltan.

Akari abrió la boca para detenerlo, pero en ese instante otra voz sonó desde el fondo.

—¡Ayuda! ¡Hay alguien herido!

Riku miró a la capitana.

—Necesito dos personas para el rescate. Si Ren mantiene solamente una defensa corta y no utiliza resonancia ofensiva, puede cubrirme.

Akari evaluó la distancia, el suelo y la posición de las criaturas.

—Cinco minutos. Comunicación abierta. Si aparece otro Vigilante, retroceden.

—Entendido —dijo Riku.

Ren se acercó al instructor.

—Me parece que esto cuenta como mi examen final.

—No hay exámenes finales en una evacuación —respondió Riku—. Solo personas que tienen que salir.

La galería sur estaba iluminada por una hilera de focos de mantenimiento. Dos de ellos se encendían y apagaban con un ritmo que parecía seguir los latidos de Ren.

Riku trazó un círculo con tiza sobre una columna y colocó una cuerda de seguridad, comprobando cada anclaje con las manos.

—Si te mareás, me lo decís.

—Si me mareo por miedo, ¿también cuenta?

—Especialmente.

Llegaron hasta una bifurcación donde encontraron a la señora Akiyama sentada en el suelo, con una bota ortopédica y la cara pálida. Junto a ella había dos compañeros que intentaban mantener abierta una puerta de servicio con una barra metálica.

—¿Pueden moverse? —preguntó Riku.

Uno de los hombres señaló la puerta.

—Esa salida llega a la calle. La usábamos todas las noches.

—Hoy no sabemos adónde llega —respondió el instructor—. Vamos a salir por donde ya comprobamos.

La señora Akiyama intentó ponerse de pie. El dolor le hizo perder el equilibrio.

Ren se arrodilló.

—Puedo ayudarla a caminar.

—No quiero retrasarlos —dijo ella.

—No está retrasando a nadie. Yo retraso a todo el mundo desde que nací. Pregúntele a mi jefe.

La mujer soltó una risa temblorosa.

Riku le indicó que se apoyara en Ren, mientras él revisaba si una camilla plegable del almacén podía transportarse sin bloquear el corredor.

Fue entonces cuando aparecieron los pasos.

Tres golpes contra el suelo, separados por un intervalo exacto.

La barra metálica comenzó a vibrar.

Uno de los hombres soltó la puerta.

Al otro lado no había ninguna escalera. Había un corredor igual al que acababan de atravesar, con las mismas lámparas y la misma columna marcada con tiza. En el extremo lejano podían verse cinco siluetas que caminaban de espaldas.

Una de ellas llevaba la camisa de Ren.

El muchacho sintió un vértigo instantáneo.

—Riku, ese de ahí soy yo.

—No te acerqués.

—Pero está caminando hacia...

—Ren. Mirame.

El instructor esperó hasta tener su atención.

—¿Dónde está la señora Akiyama?

—A mi derecha.

—¿Cuántas personas debemos sacar?

—Tres.

—¿Por dónde entramos?

Ren miró la cuerda sujeta a la columna.

—Por el corredor donde marcó el círculo.

—Bien. Entonces esa es nuestra realidad comprobada. Lo otro puede esperar.

La imagen del otro Ren giró lentamente la cabeza.

No tenía ojos.

La puerta se cerró sola con un golpe violento.

Ren no volvió a intentar mirarla.

En el exterior, Shunpei descubrió que los enemigos parecían anticipar las rutas de la patrulla. Uno aguardó junto a la salida oeste, otro cerró el pasillo de iluminación y el tercero bloqueó el acceso al canal que Riku había marcado durante el entrenamiento.

—No siguen a nuestros miembros —dijo por el comunicador—. Siguen el plano.

Akari miró las rutas cerradas.

—Entonces alguien se lo entregó antes de que llegáramos. Preservá el registro; no atribuyamos culpabilidad todavía.

Reina se dividió exactamente en dos. Una recorrió el canal buscando una entrada física mientras la otra sostuvo el corredor junto a Kei. Ambas consumían la misma reserva y compartían la tensión creciente en los músculos.

Kei proyectó luces de guardianes ficticios al fondo de un pasillo vacío. Un Vigilante Hueco vaciló, permitiendo que varios trabajadores cruzaran hacia una barandilla real.

Taiga intentó abrir una compuerta que el técnico municipal había aislado de la red. Utilizó una descarga breve y el mecanismo cedió unos centímetros. Entonces el Vigilante del canal se acercó con una rapidez imposible.

Taiga reaccionó con un nuevo relámpago. El golpe alcanzó a la criatura, pero una corriente de retorno le atravesó el brazo y la pierna.

—¡Ah! —gritó, cayendo de rodillas.

Intentó levantarse; los músculos se contrajeron sin obedecerle.

—Estoy bien —mintió.

La segunda Reina quiso acudir, pero un corredor comenzó a cerrarse. La primera sostenía a un trabajador junto al canal. El esfuerzo se sumó en ambos cuerpos, y el límite de su técnica las obligó a reunirse. Reina recuperó una sola forma, cayó al suelo y tardó varios segundos en poder respirar con normalidad.

Akari levantó una segunda barrera para proteger a Taiga. La primera comenzó a romperse cerca de los civiles. Tuvo que soltar la nueva y reforzar la anterior: no podía mantener ambas sin exponer al resto.

Kei distrajo unos segundos a la criatura. Ayame corrió hacia la compuerta, buscando material suficiente para estabilizarla.

En la comunicación de Shunpei se abrió una señal desconocida. Una voz pronunció:

—La ruta prevista.

Después desapareció.

Era el mismo encabezado que figuraba en el anexo consultado desde Archivo. A partir de aquel momento, Shunpei supo que no estaban ante una coincidencia inofensiva.

Riku oyó el crujido de la estructura antes de verlo.

Una viga había empezado a separarse del techo junto a la antigua compuerta de bombas. El corredor por el que habían entrado seguía abierto, pero una sombra ocupaba ahora el extremo que conducía a la calle.

La señora Akiyama se apoyaba casi por completo en Ren. Los otros trabajadores llevaban la camilla plegable que habían conseguido sacar de un armario.

—Nos están cerrando la salida —dijo uno.

Riku observó el pasillo, luego el pequeño desagüe cubierto por una reja a su izquierda. Había visto aquella sección en un plano más antiguo, anterior a las reparaciones.

—La galería de inspección pasa detrás de esa pared —dijo—. Si la compuerta manual todavía funciona, llega hasta el canal.

Ren miró la reja.

—Eso parece demasiado estrecho.

—La puerta está detrás. No vamos a meternos en un desagüe.

Riku llamó a Akari y describió su ubicación.

—Necesito confirmar la salida de inspección. ¿Hay alguien que pueda comprobarla desde fuera?

Shunpei consultó al supervisor municipal, que permanecía junto al vehículo de mando.

—La galería existe —respondió—. Pero la salida exterior está asegurada por una verja de emergencia. Un técnico puede abrirla manualmente.

—Hacelo —ordenó Akari—. No vamos a enviar personas a un túnel sin salida verificada.

Durante unos segundos todos esperaron, escuchando cómo la estructura rechinaba sobre sus cabezas. Desde el otro lado de la puerta cerrada llegó una voz que imitaba a una mujer.

—Ya pueden salir. Estamos esperándolos.

La señora Akiyama apretó el brazo de Ren.

—Esa voz es de mi hija.

Ren la miró.

—¿Su hija trabaja aquí?

—No. Vive en Sapporo.

Riku se colocó delante de la puerta.

—Entonces no la seguimos.

La voz volvió a llamar.

Esta vez sonaba como Daisuke.

—¡Mizuhara! ¡Dejá de perder el tiempo!

Ren sintió un impulso infantil de contestar. En lugar de hacerlo, se mordió la lengua.

—Imita muy bien a mi jefe —murmuró—. Le falta amenazarme con la espátula.

Riku consiguió una sonrisa breve.

El comunicador crepitó.

—Salida comprobada —anunció Shunpei—. Verja exterior abierta. El técnico está junto a dos rescatistas. No hay anomalías detectadas al otro extremo.

Riku abrió la compuerta manual con una herramienta que uno de los trabajadores había recuperado. Detrás apareció un pasillo bajo, de paredes húmedas, apenas lo bastante ancho para caminar de uno en uno.

—Vamos despacio —indicó—. Ren delante con la señora Akiyama. Los demás detrás. Yo cierro la marcha.

—Usted siempre cierra la marcha —dijo Ren.

—Alguien tiene que comprobar que no nos dejamos a nadie.

La primera figura oscura apareció al final del corredor anterior.

Riku activó un sello de barrera entre dos columnas. No era una pared enorme ni un poder capaz de detener cualquier cosa. Era una línea rígida de contención que debía sostenerse a través de un anclaje físico.

La criatura golpeó.

El sello resistió.

—Ahora —dijo Riku.

Ren tomó aire y ayudó a la mujer a avanzar por la nueva ruta.

En el exterior, Ayame abrió el paso suficiente para recibir a los primeros trabajadores. Refuerzos provisionales sostuvieron las juntas que todavía conservaban material estable.

La señora Akiyama salió ayudada por Ren y sus dos compañeros. Natsuki la recibió junto a la ambulancia y comenzó su valoración.

—Falta Riku —dijo Ren, aún jadeando.

Akari se volvió hacia el túnel. Desde dentro llegaron dos golpes contra metal.

—El anclaje está fallando —avisó Riku por el comunicador—. Si suelto la barrera, los Vigilantes alcanzarán la galería antes de que podamos cerrar.

Akari preguntó si Ayame podía sellar el paso desde fuera.

—El marco no está asentado —respondió ella—. Si cierro ahora, aplastaría a quien siga dentro. Necesito más tiempo.

Taiga apareció apoyado en Kei, con la pierna todavía rígida por las contracciones. Reina caminaba junto a ellos, muy pálida tras la fusión forzada.

—¿Salieron todos los trabajadores? —preguntó Taiga.

Shunpei cotejó el recuento con el supervisor.

—Veintiuno localizados fuera. Coincide con el registro de turnos. No falta ningún civil.

Riku confirmó haber escuchado el número.

—Bien. Preparen el cierre exterior.

Ren dio un paso hacia el túnel.

—Voy a traerlo.

Akari lo detuvo.

—No podemos abrir otra ruta sin saber adónde conduce. Estoy buscando un relevo.

Ren sintió un destello azul en los dedos. Durante un instante creyó percibir el otro lado del sello de Riku. Pero la galería estaba deformada y un cruce improvisado podía entregar a todos al Mar de Sueños. Cerró la mano y dejó que la luz se apagara.

—No sé cómo ayudarlo —admitió.

Genji se acercaba desde el perímetro, pero seguía demasiado lejos para tomar el anclaje. Akari no podía abandonar la barrera que protegía la zona de ambulancias: allí continuaban golpeando los otros Vigilantes.

Riku miró el marco que comenzaba a ceder. Tenía una salida al fondo, pero sabía que si abandonaba el sello antes de que cerraran la compuerta, la sombra alcanzaría a los heridos. Volvió a comprobar que nadie permanecía en la galería.

—Akari, cuando dé la orden, cierren. No permitan que nadie regrese.

—Negativo. Vamos a sacarte.

—La barrera exterior se perderá si entrás vos. Ya vimos lo que ocurre cuando sostenés dos frentes.

Ren tomó el comunicador.

—Riku, usted dijo que el último también necesitaba una salida.

—Lo sé, Ren.

—Encuéntrela. Por favor.

Se oyó un crujido. La viga principal comenzó a separarse del techo.

—Decile a Taiga que todavía me debe un pan dulce —murmuró Riku.

—Se lo llevo mañana —respondió Taiga desde la camilla, sin conseguir controlar la voz.

La criatura golpeó otra vez. Riku sostuvo el sello lo suficiente para que Ayame reforzara el marco exterior y los rescatistas despejaran el paso. La barrera empezó a quebrarse.

—Cierren —dijo.

La verja descendió. Un instante después se desplomó la sección interior del túnel. El comunicador quedó en silencio.

Durante los siguientes minutos nadie aceptó la palabra final.

Genji llegó con un equipo de apoyo. Revisó los sellos que todavía podían abrirse sin debilitar el muro. Ayame comprobó los planos y las cargas antes de permitir que los rescatistas retiraran escombros. Akari mantuvo el perímetro hasta que los últimos Vigilantes perdieron consistencia y desaparecieron del sistema de contención.

Ren quiso ayudar a retirar piedras, pero su magia estaba agotada y el personal no le permitió acercarse a una estructura inestable. Se quedó a un lado, temblando de frío, mientras una camilla vacía esperaba junto a la ambulancia.

Taiga consiguió incorporarse a medias.

—Díganme que salió por otra puerta.

Shunpei examinó todas las señales.

—No hay registro de otra salida —contestó, con una voz tan débil que casi no se oyó.

—Entonces sigan buscando.

Siguieron.

La recuperación tomó tiempo. La estructura dañada necesitó estabilización física y asistencia de especialistas antes de que pudieran avanzar. Ayame reconstruyó partes de las columnas que aún conservaban material, pero no inventó de la nada piezas destruidas ni convirtió aquella obra en una operación sin riesgos.

Finalmente encontraron a Riku bajo los restos de la galería.

El equipo médico examinó su cuerpo. La evaluación confirmó que había fallecido a causa de las lesiones del derrumbe.

Natsuki permaneció junto a la ambulancia cuando recibió la noticia. Cerró los ojos un instante y regresó a atender a quienes todavía necesitaban ayuda. Sabía que el Pulso Vital no podía devolver la vida, y nadie tenía derecho a pedirle que lo intentara.

Taiga no lloró al principio.

Miró la camilla cubierta y negó varias veces con la cabeza.

—No —dijo—. Él sabía dónde estaban todas las salidas.

Kei se quedó a su lado, sin intentar distraerlo con una ilusión.

Ren recordó el lápiz rojo de Riku sobre el mapa de entrenamiento. La manera en que había tachado una flecha insegura. La voz paciente que le preguntó por qué quería quedarse.

Se dio cuenta de que había estado esperando un milagro sin saber siquiera cómo sería.

Pero no ocurrió ninguno.

Akari se acercó a la camilla después de entregar el mando del perímetro. Se quitó los guantes y permaneció quieta junto a Riku. La expresión firme que había sostenido durante la operación se quebró apenas cuando miró su mano, todavía marcada por la tensión de la barrera.

—Lo siento —susurró.

No dijo que la muerte había sido necesaria. No dijo que todo había valido la pena. Había veintiuna personas del personal a salvo y un guardián que no volvería a casa. Ambas cosas eran ciertas.

La misma noche, Shunpei entregó a la observadora independiente los registros preservados de Archivo y del operativo. Las copias se habían conservado en soportes separados. Nadie necesitaba confiar únicamente en su palabra para verificar las horas o las credenciales.

Las consultas de los planos podían relacionarse con una cuenta de servicio autorizada por el despacho de Masaru Tohno. Los registros físicos de ingreso confirmaron que el adjunto de Archivo había estado allí durante una de las transferencias. Faltaba establecer si él había ejecutado todas las operaciones o había permitido que otra persona utilizara el acceso.

Akari solicitó una intervención formal del personal de seguridad independiente.

Masaru estaba en su oficina cuando llegaron.

Tenía una maleta abierta sobre una silla y la fotografía de su hermano en las manos.

No intentó huir.

—¿Riku Endo? —preguntó al ver a Akari.

Ella se quedó inmóvil.

—¿Cómo sabés su nombre?

Masaru bajó la fotografía.

—Me enviaron un mensaje. Decía que hubo una víctima. Pensé que... pensé que la evacuación estaba prevista.

Akari dejó sobre el escritorio la orden de retención de credenciales.

—Entregá el teléfono y la tarjeta de acceso. Hablarás ante la observadora y el responsable jurídico, con registro completo de tus declaraciones.

Masaru obedeció.

—Mi hermano se llama Ryo —dijo de repente—. Está en coma. Me prometieron que podían ayudarlo. Yo... quería creer que podría volver a escuchar su voz.

—¿A cambio de qué? —preguntó Akari.

—Primero fueron documentos. Después los planos. Me dijeron que necesitaban apartar un fenómeno de las zonas ocupadas y llevarlo a los depósitos. Nunca me hablaron de monstruos esperando a la patrulla.

Shunpei escuchaba desde la puerta.

—¿Permitiste que utilizaran tu credencial para modificar el Programa de Alivio?

Masaru se cubrió la cara.

—Sí.

La palabra quedó suspendida en la habitación.

—Me dijeron que debían borrar una referencia temporal para que los registros antiguos no activaran una alarma. Sabía que estaba mal. Pensé que podría recuperarla después.

—Y continuaste —dijo Akari.

—Sí.

—¿Quién te dio las instrucciones?

Masaru mostró los mensajes y la clave de comunicación que había utilizado. No tenía un nombre verificable ni un rostro. Había confiado en archivos, promesas y una voz que a veces respondía con información que parecía imposible conocer.

—Quería salvar a Ryo —dijo—. No quería que muriera nadie.

Akari sintió una ira que tuvo que obligarse a mantener bajo control.

—Riku también tenía una vida fuera de esta organización. La quería conservar. El daño no desaparece porque no lo desearas.

Masaru bajó la cabeza.

Se inició su detención bajo el procedimiento aplicable a filtraciones y sabotaje. Las pruebas quedaron bajo custodia y las declaraciones se registraron para una investigación, no para reemplazarla por la palabra de un solo culpable.

Antes de salir, Masaru miró de nuevo la fotografía.

—¿Puedo avisar al hospital que no podré visitar a mi hermano?

La observadora respondió que facilitarían el aviso por un canal autorizado.

Aquella consideración no significaba perdón. Solo impedía que otra persona vulnerable pagara por decisiones que no había tomado.

Al amanecer, el Consejo solicitó un informe preliminar.

Uno de sus representantes sugirió describir el incidente como una falla de seguridad seguida de un accidente estructural. Era una explicación que habría permitido ocultar el sabotaje hasta nuevo aviso.

Akari se negó a firmarla.

—Hubo una filtración interna de rutas y un operativo comprometido —declaró—. Ocultarlo altera las causas de una muerte.

—La información sobrenatural no puede divulgarse sin control —respondió el representante.

—Eso no nos obliga a mentir en nuestros propios registros ni a los familiares de quienes perdimos. La confidencialidad no es una autorización para borrar responsabilidades.

Genji presentó su testimonio anterior y exigió que la investigación quedara fuera de la cadena administrativa implicada en el antiguo Programa de Alivio. Shunpei aportó copias verificables. La observadora ordenó conservar los registros de todos los equipos que habían participado en el operativo.

No resolvieron en una mañana años de secretos. Pero esa vez nadie logró hacer desaparecer la carpeta.

Tres días después, Taiga encontró el mapa del entrenamiento de Riku en una mesa del Observatorio.

Sobre una esquina había quedado una anotación escrita con lápiz rojo: «Comprobar recuento antes de cerrar».

Se sentó frente al papel.

Ren apareció con dos vasos de té caliente. Colocó uno junto a su amigo y permaneció de pie hasta que Taiga hizo un gesto para que se sentara.

—Le dije que me debía una cena —murmuró Taiga.

—Me acuerdo.

—Siempre bromeaba con sus mapas. Con su paraguas. Con la manía de contar salidas.

Ren sostuvo el vaso entre las manos.

—Le gustaba escucharte quejar.

Taiga negó despacio.

—No sé si eso ayuda.

—No estoy intentando arreglarlo.

Se quedaron un rato sin hablar.

Al otro lado del pasillo, Reina discutía con un arquitecto sobre los daños del muelle. Ayame había trabajado hasta quedarse sin fuerzas y ahora descansaba por indicación médica. Kei estaba preparando un registro visual de las rutas reales para las familias y los servicios responsables. Yuna había rechazado una petición de convocar el espíritu de Riku: no convertiría el duelo de sus compañeros en un experimento ni prometería respuestas que no podía garantizar.

Daisuke llegó al caer la tarde con comida. La dejó en una mesa y se retiró después de preguntar qué podía hacer de manera práctica. Natsuki acompañó a Ren durante unos minutos sin exigirle palabras.

La vida continuaba alrededor de una silla que ahora estaba vacía.

Taiga extendió la mano y dobló cuidadosamente el mapa por las marcas antiguas.

—Cuando vuelva a entrenar, voy a enseñarles esto a los nuevos.

Ren asintió.

—Yo también.

—Y no te voy a dejar usar una salida sin comprobarla.

—Eso ya suena a vos.

Taiga guardó el mapa.

No sonrió.

La despedida de Riku se celebró bajo una luna de octubre, con el consentimiento de su familia y sin convertir la ceremonia en una exhibición de la Guardia.

Había flores sencillas. Fotografías de viajes. Una mesa con cuadernos donde antiguos compañeros podían escribir recuerdos. En una imagen aparecía Riku sosteniendo su paraguas junto a un grupo de aprendices empapados por una lluvia que nadie había previsto.

Akari habló brevemente sobre su trabajo y sobre las personas a las que había ayudado. No relató los detalles del combate ni hizo promesas solemnes. Reconoció que la organización tenía el deber de investigar las decisiones que condujeron a la pérdida.

Taiga dejó sobre la mesa un pequeño pan dulce envuelto en papel.

Ren se quedó junto a él hasta que el muchacho estuvo preparado para alejarse.

Cuando comenzaron a sonar las campanas lejanas del centro, Shunpei observó la hora en su dispositivo. La Torre del Reloj había marcado el inicio de un minuto y, de pronto, su señal dejó de avanzar.

Un segundo.

Después otro.

La pausa se prolongó hasta completar once segundos.

El reloj volvió a moverse como si nada hubiera ocurrido.

Shunpei no dijo nada durante la ceremonia. Guardó el registro y bajó la pantalla.

Horas después, en el Observatorio, lo comparó con las marcas que había conservado de septiembre. Tres señales se encendieron a la vez sobre el mapa de Yukisawa.

Hospital Hoshimi.

Yukisawa Central.

Torre del Reloj.

Akari contempló las tres luces.

—¿Podemos detenerlo desde aquí?

—No —respondió Shunpei—. La información filtrada ya fue utilizada para preparar estos puntos. No hay un interruptor que podamos desactivar sin saber qué mantiene conectadas las señales.

Ren miró el mapa. Pensó en Riku, en su último recuento y en la pregunta que le había hecho aquella tarde de entrenamiento: por qué quería quedarse.

Había respondido que no quería dejar a nadie atrás.

Ahora entendía algo que le resultaba insoportable. También había que aprender a reconocer cuándo alguien no había conseguido regresar.

Akari apoyó una mano sobre el borde de la mesa.

—Primero protegemos a los vivos. Después averiguamos quién está detrás de esto.

Nadie discutió.

Afuera, la ciudad continuaba con sus trenes, hospitales, restaurantes y ventanas encendidas. Parecía la misma Yukisawa que Ren conocía desde niño.

Solo que, en algún lugar bajo sus calles, tres ritmos diferentes acababan de aprender a latir al mismo tiempo.
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