
Parte 10: Atrapados en la pesadilla

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- YUMEGARI (夢狩り) | Los cazadores de sueños
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Sinopsis
🌙 Cuando el mundo duerme, comienza la verdadera batalla. En Yukisawa, una ciudad del norte de Japón, la vida transcurre con absoluta normalidad. Las personas trabajan, estudian, se enamoran y sueñan sin imaginar que, durante la noche, criaturas sobrenaturales acechan entre las sombras. Una organización secreta de magos protege a la humanidad de monstruos, espíritus y pesadillas que amenazan con invadir la realidad. Ren Mizuhara, un joven de 23 años que trabaja en una pequeña …
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Llevaba cuarenta minutos mirando un mapa del Observatorio del Norte. La ciudad aparecía dividida en zonas blancas, amarillas y rojas. Las blancas indicaban calles transitables. Las amarillas necesitaban vigilancia. Las rojas eran lugares en los que una persona podía entrar por una puerta y salir, si salía, por un recuerdo que nunca había vivido.
Su estómago rugió.
—Traidor —murmuró Ren.
—¿Me hablás a mí? —preguntó Taiga Sakamoto.
—A mi cuerpo. Estamos ante una crisis sobrenatural y exige desayuno.
Taiga sostenía el cuaderno de recuento de Riku. Desde su muerte había dejado de presumir sobre las misiones. Ahora comprobaba los nombres de sus compañeros incluso cuando acababan de responder por radio.
Daisuke Ono entró con cajas de comida.
—¡Coman antes de desmayarse! —ordenó.
Ren le quitó una de las cajas al ver que su vieja lesión del costado lo obligaba a respirar con cuidado.
—Jefe, no debería cargar peso.
—Y vos no deberías olvidar el alquiler. Todos tenemos problemas.
Taiga sonrió apenas. Ren se alegró de verlo sonreír.
En las pantallas, el Hospital Hoshimi seguía marcado en rojo. También la estación Yukisawa Central y la Torre del Reloj. Las tres señales conservaban un ritmo común que no dependía de la electricidad ni de las comunicaciones municipales.
Akari Kujo apareció desde la sala contigua.
—Coman rápido, pero sentados. Después quiero a todo el equipo en la reunión.
Daisuke alzó un recipiente.
—¿La capitana va a desayunar?
—Después.
—Respuesta incorrecta.
La miró con la misma severidad que utilizaba para descubrir a Ren robando croquetas antes de servirlas. Akari sostuvo el desafío un momento, tomó una porción de arroz y regresó a la sala.
—Me cae cada vez mejor —comentó Daisuke.
—No la conozca demasiado —respondió Ren—. Es peligrosa con los horarios.
Afuera, la ciudad había despertado a medias. Los servicios de emergencia mantenían sus rutas abiertas y algunos negocios se habían convertido en puntos de descanso. En otros edificios había personas dormidas que no respondían cuando las llamaban. Ningún informe permitía afirmar que todas estuvieran viviendo la misma experiencia.
La normalidad aún existía. Era precisamente lo que estaban intentando salvar.
Natsuki Hara llamó desde el hospital mientras Ren terminaba de comer.
—Antes de que preguntés: estoy bien —dijo ella.
—Yo también. Bueno, mi desayuno acaba de ser amenazado por un pepinillo.
—Ren.
—Te escucho.
Al fondo del audio se oían ruedas de camillas, indicaciones médicas y conversaciones entre familiares.
—Una paciente despertó durante siete minutos y volvió a caer en ese estado extraño. Recordó el nombre de su hija, pero no dónde estaba. Cuando le hablamos de la fecha, lloró. Cuando una voz que no era de nadie aquí le prometió que podía quedarse donde todo estaba bien, volvió a dormirse.
Ren dejó los palillos.
—¿La lastimaron?
—La estamos atendiendo. Necesito que entiendan algo antes de entrar en ese lugar. Una persona puede querer dormir porque está agotada, porque tiene miedo o porque no distingue lo que está pasando. Eso no significa que haya aceptado quedar atrapada.
Ren miró el mapa.
—Se lo diré a Akari.
—Y otra cosa. No intentés solucionar los recuerdos de los demás utilizando tu poder. No sabemos qué costo puede tener.
—Ya aprendí esa lección.
—La aprendiste cuatro veces y todavía necesito repetirla.
—Eso también es una forma de amistad.
Natsuki suspiró. Después habló más bajo.
—Volvé, Ren. No necesito que regresés como un héroe. Necesito que regresés.
Él tardó un poco en responder.
—Haré todo lo posible.
No prometió lo que no podía garantizar.
La reunión comenzó junto a una pared cubierta de planos y horarios. Akari había prohibido que se utilizara la palabra rescate sin definir antes una ruta de salida.
Genji Arakawa, sentado sobre una silla plegable, contemplaba un juego de nueve tablillas antiguas. La última permanecía envuelta en tela.
—Tenemos una entrada posible —explicó—. Es una variación del paso que clausuramos en el depósito de Minato. No podemos abrir el mismo marco de manera permanente, pero la señal de las tres anclas ha adelgazado ciertos límites. Durante un intervalo corto podremos utilizar una abertura estabilizada.
—¿Cuánto es corto? —preguntó Ren.
—Antes habría dicho cuarenta minutos. Hoy no pienso prometer más de veinte.
—He tenido reuniones peores —murmuró Kei Hoshizaki.
Shunpei Kuroda proyectó una línea de trazos azules.
—No dependemos solamente del tiempo. Usaremos tres referencias distintas: una marca material en el punto de entrada, una señal acústica repetida desde fuera y una secuencia de nombres que cada integrante tendrá que reconocer. Si una falla, las otras permitirán medir cuánto nos hemos alejado.
—¿Y si fallan las tres? —preguntó Reina Amamiya.
Shunpei no intentó tranquilizarla.
—La retirada dejará de estar garantizada.
Akari recorrió la sala con la mirada.
—Entrarán Ren, Reina, Yuna y Kei. Shunpei irá con ustedes solo hasta la zona de lectura del límite. Necesitamos que pueda observar los datos desde dentro, pero no tendrá autorización para perseguir señales por su cuenta. Yo sostendré la barrera exterior con Genji.
—Puedo entrar también —ofreció Taiga.
—Necesito que seas responsable del retorno y del recuento —respondió Akari—. No es un puesto secundario.
Taiga apretó el cuaderno contra el pecho.
—Entendido.
Ayame Fujimoto levantó un plano.
—El depósito tiene una pared con daños viejos. Antes de que alguien lo atraviese voy a reforzar las vigas. Si el lugar decide comportarse como un sueño, al menos el techo real seguirá donde lo dejamos.
—Qué romántica —dijo Kei.
—Cobro por romanticismo estructural.
Daisuke observó a Ren.
—Cuando salgas, habrá comida caliente. Esa es mi contribución técnica.
—Y si no salgo…
El cocinero golpeó la mesa con un dedo.
—No terminés esa frase.
Ren bajó los ojos.
Genji extendió sobre la mesa cinco piezas pequeñas de cobre. Cada una tenía una muesca distinta.
—Van a llevar una de estas. No son amuletos invencibles. Solo sirven para recordar una textura que el sueño no controla por completo. Si oyen voces familiares que los llaman por otro nombre, aprieten el metal. Si ven una puerta que promete una respuesta perfecta, primero comprueben quién está a su lado.
Yuna Tachibana escogió una pieza con dos líneas paralelas.
—En otras palabras, no confiar en la primera persona hermosa que aparezca.
—Eso te excluye a vos —comentó Kei.
—Quiero una misión de veinte minutos, no una discusión de veinte horas —dijo Akari.
Reina apoyó los brazos en la mesa.
—Hay un problema. Dentro de un espacio que imita recuerdos, mi división podría recibir información contradictoria.
—Y no sabrás todo lo que haya visto tu otra mitad hasta reunirte —observó Shunpei.
—Exacto. Son dos cuerpos, no dos voces que se transmiten todo en tiempo real. Además, no puedo sostenerlos indefinidamente.
Ren la miró.
—Entonces hoy solo necesitamos una Reina.
—Necesitamos una Reina que piense —replicó ella—. Esa parte no la aportás vos.
Por primera vez en la mañana, todos escucharon una risa verdadera.
Luego Akari cerró la carpeta.
—Nadie va a salvar esta ciudad solo. Esa es la primera regla de hoy.
El depósito de Minato olía a hierro húmedo y madera vieja. Aquella mañana estaba iluminado por lámparas de emergencia, aunque ninguna consiguió hacer desaparecer la sombra que se acumulaba en la pared clausurada desde agosto.
Ayame pasó los dedos sobre una columna agrietada. Las marcas de su reconstrucción avanzaron despacio, acomodando material sin arrancar nada de su sitio. Cuando terminó, necesitó apoyarse un momento en la estructura.
—No quiero escuchar que alguien rompió esto por diversión —advirtió.
—¿Y por necesidad heroica? —preguntó Ren.
—Te enviaré la factura al hospital.
Kei revisó las correas de su bolso. Llevaba una cinta naranja, un espejo pequeño y una fotografía de su abuela Noriko doblada por las esquinas. Ren reconoció la foto porque el diseñador la había utilizado una vez para demostrar cómo una ilusión podía copiar un rostro sin copiar lo que la persona sabía.
—¿Por qué trajiste eso? —preguntó Ren.
Kei la guardó en el bolsillo interior.
—Porque hay cosas que no quiero que una mentira aprenda a utilizar.
Shunpei repartió unos auriculares conectados a un dispositivo compacto. El aparato emitiría tres golpes graves cada cuarenta segundos. Los generarían Taiga y el equipo exterior de forma manual. No debían depender de un reloj electrónico: los saltos de tiempo habían afectado los sistemas más sencillos.
—Si no oyen el tercer golpe, no den por hecho que faltó —indicó Shunpei—. Puede ser que ustedes no estén escuchando desde el mismo lugar.
—Me encanta cómo cada explicación empeora la anterior —dijo Ren.
Natsuki apareció por videollamada. Antes de cortar pidió que cada uno recordara algo por lo que valía la pena salir de aquel lugar: una persona, una costumbre, una promesa pendiente.
Yuna nombró los mensajes de su madre; Reina, la oficina de obras; Shunpei, las discusiones de domingo con su padre. Kei mencionó sus chaquetas y defendió con absoluta seriedad que importaban muchísimo.
—Bento Niji —dijo Ren—. Y Natsuki, que va a regañarme si no regreso.
—Con toda razón —respondió ella.
Akari terminó la comunicación.
Genji dibujó un marco sobre la pared. La luz surgió con dificultad, como una vela intentando encenderse bajo la lluvia. Akari fijó cuatro puntos carmesíes en los extremos, no para atacar, sino para impedir que la abertura creciera.
Del otro lado apareció una calle desierta.
Era Yukisawa y no lo era. Los edificios tenían sus formas correctas, pero sus fachadas parecían hechas con fotografías superpuestas. Algunas ventanas daban a habitaciones iluminadas de verano; otras mostraban la nieve del invierno. En medio de la calle, un semáforo proyectaba una sombra sobre sí mismo.
Genji sostuvo el marco.
—El retorno permanecerá donde el cobre reconozca esta pared. No persigan a nadie que desaparezca después de doblar una esquina. Si escuchan una campana sin que los auriculares hayan sonado, retrocedan.
—Entendido —respondió Yuna.
Ren fue el último en cruzar.
Al tocar el suelo del otro lado sintió una suavidad desagradable. No era barro. Era como pisar una página que alguien todavía no había terminado de escribir.
Miró atrás.
La puerta seguía allí, pequeña y anaranjada. A través de ella veía el rostro serio de Akari y la mano de Taiga levantada en señal de despedida.
Tres golpes sonaron en los auriculares.
Uno. Dos. Tres.
El grupo avanzó.
Al principio encontraron establecimientos vacíos y bicicletas apoyadas contra paredes. Más adelante apareció una panadería con el escaparate lleno de pasteles intactos. En una mesa exterior había un café caliente que nadie había servido.
—Esto se parece demasiado a un anuncio —murmuró Kei.
Yuna se detuvo frente a la panadería.
—Hay alguien adentro.
Detrás del cristal apareció una mujer adulta con uniforme de transporte, sentada a una mesa con un hombre que sonreía sin moverse. La misma frase volvía a escucharse cada vez que el reloj repetía un segundo.
—¿Cómo te llamás? —preguntó Yuna desde la acera.
—Aiko Nagata. Estoy desayunando con mi esposo.
—¿Recordás cómo llegaste aquí?
La mujer miró su taza.
—Tenía turno. Hubo un aviso en el tren. Pero ahora no hace falta salir.
Una voz distinta susurró desde el interior:
—No dejes que te quiten esta mañana.
La cocina desapareció tras el vidrio. Yuna no intentó abrir la puerta por la fuerza.
—Nos respondió algo que ese lugar no esperaba —dijo.
Shunpei conservó sus palabras en el registro. No había necesidad de guardar la imagen íntima del hombre.
Un golpe sonó en los auriculares.
El segundo no llegó.
Shunpei levantó una mano.
Todos apretaron las piezas de cobre.
La calle se estiró. Donde antes había una panadería apareció una estación de autobuses vacía.
El tercer golpe llegó finalmente, muy lejos, como si alguien hubiera tocado el metal desde una habitación subterránea.
—La distancia cambió —dijo Shunpei.
—No —respondió Reina, observando la calzada—. Cambió el camino que dice haber entre nosotros y la salida.
Unas huellas húmedas aparecieron sobre el pavimento. Eran dos hileras que se separaban ante un edificio sin puertas.
Reina respiró hondo.
—Voy a dividirme. Durante poco tiempo. Nadie siga a una copia sin confirmar su nombre.
Su silueta vibró, y por un instante pareció un reflejo en una ventana. Después hubo exactamente dos Reinas, una a cada lado de la calle. Ambas eran físicas. Una se ajustó con precisión el puño de la chaqueta. La otra miró el edificio con una sonrisa que no anunciaba nada prudente.
—Ruta izquierda —dijo la primera.
—La derecha está gritando que es una trampa —respondió la segunda—. Probablemente ahí está lo interesante.
—Precisamente por eso no debés correr.
—Siempre te arruinás la diversión.
Ren las observó.
—No voy a acostumbrarme nunca.
—No hace falta —contestaron ambas, molestas, al mismo tiempo.
El equipo permaneció en el punto común mientras las dos avanzaban apenas hasta la primera esquina. Shunpei sujetaba una cuerda real tendida entre una pieza de cobre y un soporte de señalización. La cuerda no garantizaba el regreso, pero les indicaría si un pasillo intentaba fingir que la distancia seguía siendo la misma.
La Reina de la izquierda vio una avenida con señales conocidas. Reconoció la estructura de un puente, la distribución del pavimento y las pendientes. Todo parecía corresponder a un plano municipal.
La Reina de la derecha encontró un callejón sin salida. En la pared había una puerta infantil pintada con crayones azules. A su lado, alguien había escrito una cifra imposible: once segundos dentro de un minuto.
—No la toques —advirtió la primera desde la otra acera.
—No iba a tocarla.
—Tenés la mano levantada.
—Estaba señalando.
La puerta se abrió sola.
Al otro lado había una obra en construcción. Un hombre con casco llamaba a una niña por su nombre. Reina reconoció la voz de su padre.
La segunda Reina dejó de sonreír.
No se acercó. Sus piernas, sin embargo, parecieron olvidar cómo retroceder.
La primera Reina sintió una presión en el pecho, pero no vio la obra ni escuchó la voz. La sensación no le explicó lo ocurrido. No existía un intercambio perfecto de recuerdos entre ellas mientras estaban separadas.
—¡Regresá! —gritó.
Su otra mitad parpadeó. Apretó la pieza de cobre, dio un paso atrás y la puerta se cerró.
Ambas alcanzaron el punto común justo cuando la división comenzó a agotarse. Se reunieron en un solo cuerpo.
Reina cayó de rodillas.
Ahora recordaba las dos calles.
La pendiente imposible de la avenida.
Y la voz de su padre.
Respiró con dificultad hasta que Kei le ofreció agua.
—No necesito compasión —dijo ella.
—Es agua —respondió Kei—. La compasión cuesta extra.
Reina bebió. Sus manos temblaban ligeramente.
—La ruta izquierda parecía correcta —explicó—. La derecha intentó atraerme con algo que conocía. Las dos tenían información útil. Ninguna, por separado, vio todo.
Shunpei corrigió su mapa.
—Entonces una bifurcación no representa necesariamente dos lugares. Puede representar dos maneras de conseguir que alguien elija.
En el suelo, las huellas húmedas desaparecieron.
La ciudad acababa de aprender que no todos aceptarían una puerta abierta por el simple hecho de reconocer lo que había detrás.
A medida que avanzaban, el cielo del Mar de Sueños dejó de parecer un cielo.
Primero desaparecieron las nubes. Después, las estrellas. Finalmente, sobre los tejados aparecieron ventanas iluminadas que no pertenecían a ningún edificio. En cada una se intuía una habitación diferente: una mesa servida, una cama recién hecha, una escuela al final de un pasillo, un taller donde alguien todavía esperaba a la persona que no había regresado.
Ren pensó en la gente que permanecía tendida en las camillas del Hospital Hoshimi. Desde fuera solo se veían párpados cerrados y monitores. Desde aquel lugar, en cambio, cada cuerpo parecía sostener una ciudad entera.
—Son demasiados —dijo.
Yuna lo oyó.
—Por eso no podemos tratarlos como si fueran piezas de una máquina.
Cruzaron una plaza sin árboles. En su centro había una fuente seca que vertía pequeñas fotografías en lugar de agua. Una cayó junto a las zapatillas de Kei.
En ella aparecía el propio diseñador, vestido de blanco frente a una multitud que lo aplaudía. Su cabello estaba perfectamente arreglado, su expresión no tenía una sola duda y, detrás de él, un enorme escenario mostraba todas las prendas que alguna vez había imaginado.
—Debo admitir que tiene buen gusto —dijo.
La fotografía se levantó por sí sola.
La plaza se transformó en una sala de desfile. Una multitud silenciosa aplaudía a Kei, que vestía prendas perfectas. En primera fila estaba su abuela Noriko.
—Lo conseguiste —le dijo ella—. Aquí nunca volverás a equivocarte.
Kei se quedó inmóvil. Quiso acercarse. Entonces vio a un niño tropezar junto a la plataforma. Creó por instinto la ilusión de un suelo firme; el niño la atravesó. Kei logró sujetarlo, pero el pequeño se deshizo entre sus manos, como si aquella escena no tuviera consecuencias reales.
Noriko continuó sonriendo.
—Aquí nada sale mal.
Kei recordó a su abuela enseñándole a descoser una prenda arruinada para comenzar otra vez. Nunca le había prometido una vida sin equivocaciones.
—Mi abuela me diría que arregle mis errores —respondió.
Rasgó el escenario imaginario y proyectó señales ilusorias hacia el verdadero camino, advirtiendo que no podrían sostener a nadie físicamente.
Ren le preguntó si estaba bien.
—No. Y te agradecería que ahora hablaras de algo menos sentimental.
—¿Croquetas de Daisuke?
Kei soltó una risa agotada.
Shunpei llevaba varios minutos mirando un plano que se negaba a conservar la misma forma. Cada vez que anotaba la ubicación de un edificio, el mapa cambiaba cuando alguien decía su nombre. Los edificios más altos aparecían alrededor de las personas que recordaban grandes pérdidas. Las plazas abiertas correspondían a quienes deseaban olvidar algo.
—Esto no tiene lógica espacial —protestó.
—Tiene una lógica personal —respondió Yuna.
—Las personas no son coordenadas.
—Exactamente.
Shunpei se quedó callado.
En la Guardia había sido capaz de clasificar casi cualquier anomalía que se le pusiera enfrente. Le bastaba encontrar el patrón, medir las diferencias y descartar los datos que no encajaban. Pero en aquel lugar, los datos que había decidido ignorar eran precisamente los que sostenían el paisaje.
Apretó la pieza de cobre.
—Necesito que me cuenten lo que ven. No únicamente dónde aparece. También qué les recuerda, qué sienten y qué no coincide con lo que conocen.
Reina le describió la obra de su padre. Kei habló de la sala de desfile. Ren contó que había visto en una ventana la cocina de Bento Niji sin una sola mancha de aceite, una imagen que su jefe habría considerado una provocación personal.
Yuna explicó lo que había oído en la panadería.
Shunpei empezó un registro diferente. No dibujó calles. Dibujó relaciones entre decisiones y recuerdos, con espacios en blanco donde nadie conocía la respuesta.
—Un mapa de testimonios —dijo, sorprendido por su propia expresión.
—Suena menos impresionante que Ojo del Umbral —comentó Ren.
—También es menos pretencioso —respondió Reina.
La nueva forma del mapa mostró una dirección que antes no existía.
Al final de la plaza había una hilera de puertas de tren.
Detrás de cada una se escuchaba una conversación distinta.
—La estación —dijo Shunpei—. Pero no la física. Es la manera en que las personas conectadas recuerdan haber llegado aquí.
La puerta más cercana se abrió sola. Había un vagón lleno de viajeros sentados, tranquilos, que no parecían esperar ninguna estación. Una voz anunció que nadie tendría que continuar su viaje hasta estar completamente satisfecho.
Una mujer con el bolso apretado contra el pecho levantó la cabeza.
—¿Dónde estamos?
—¿Cómo se llama? —preguntó Yuna.
—Hana Seki. Iba a ver a mi hija. Me llamaron del hospital por un accidente.
Un anciano sonriente apareció junto a ella.
—Aquí no hay accidentes. Todos llegan bien.
Hana aflojó las manos.
—Aquí nadie sufre —susurró.
Yuna se arrodilló frente a ella.
—¿Quiere conocer lo que ocurrió, aunque pueda ser difícil?
—No tiene por qué hacerlo —intervino el anciano.
Hana tembló.
—Quiero saberlo. Es mi hija.
Una grieta apareció en la ventana. El anciano perdió su rostro; bajo la piel había una superficie gris. Kei hizo que varias figuras ilusorias lo distrajeran mientras Yuna acompañaba a Hana hasta la puerta. La mujer no despertó entonces, pero consiguió recordar el número de teléfono de su hija.
El mapa de Shunpei mostró un punto nuevo.
—Fue su respuesta —dijo él—. Nosotros no tocamos nada.
El vagón quedó suspendido entre dos estaciones imposibles. Sonaron tres golpes desde los auriculares, seguidos de once campanadas lentas que no pertenecían a la señal exterior.
La salida desapareció.
En su lugar se abrió una puerta blanca.
Ren reconoció el dibujo de su infancia.
Y supo que aquella puerta parecía estar esperándolo.
La puerta blanca no tenía manija.
Simplemente estaba abierta lo suficiente para mostrar una habitación iluminada por una claridad inmóvil. En su interior había una mesa, un reloj de pared y dos sillas que parecían esperar a alguien.
Ren se acercó un paso.
—No —dijo Reina, agarrándolo del hombro.
—No iba a entrar.
—Ya diste un paso.
—Quería ver mejor.
—Ese argumento tampoco funciona cuando lo usás delante de Akari.
Ren apretó el cobre. La pieza tenía un borde áspero que le raspó la palma. La sensación le recordó dónde estaba realmente: en un lugar construido con deseos ajenos, acompañado por personas a las que no quería poner en peligro.
Desde la habitación habló una voz de mujer.
—Ren, ya podés entrar. Esta vez vamos a contártelo todo.
No reconoció su timbre.
Sin embargo, las palabras le produjeron la sensación absurda de haberlas esperado durante años.
El reloj comenzó a retroceder y las puertas de tren se cerraron detrás del equipo.
—La salida está cambiando —advirtió Shunpei.
—Ren, podés recordar quién te tomó de la mano —prometió la voz—. Podés saber por qué te dejaron olvidar.
En el umbral surgió un pasillo blanco, un niño junto a un cristal y una silueta adulta. Había detalles que Ren nunca había visto en sus sueños.
—¿Es mi recuerdo?
—No sabemos cuánto es auténtico —respondió Shunpei—. También podría ser una reconstrucción para atraerte.
Ren quiso entrar, pero apretó el cobre y recordó a sus compañeros.
La voz cambió de tono.
Ahora era la de Natsuki.
—Ren, basta de hacerte daño. Entrá. Aquí no tenés que salvar a nadie.
El muchacho cerró los ojos. Recordó a Natsuki agotada después de su turno, discutiendo con él por no haber desayunado. Recordó sus manos temblando después del primer encuentro con el Deshilado. Ninguna de esas cosas la convertía en una persona débil. La convertían en alguien real.
—Natsuki nunca me pediría que dejara a otra persona atrás —respondió.
La voz dejó de sonar como ella.
—El sufrimiento es una elección innecesaria.
Una segunda puerta se dibujó detrás de la primera. Al fondo, Ren vio a Riku Endo de pie junto a una ruta de evacuación. Llevaba el paraguas que Taiga había dejado en el homenaje.
Riku sonrió.
—Llegaron todos. No hubo ninguna pérdida. Podés descansar.
Ren sintió un dolor distinto al de cualquier herida.
Conocía la voz de Riku. Lo había escuchado contar personas bajo la lluvia y reírse cuando Taiga confundió dos calles. Había visto la fotografía del homenaje. Había estado allí cuando se pronunció su nombre entre los que no regresaron.
Quería acercarse.
El deseo lo avergonzó.
Yuna se colocó a su lado.
—Querer verlo no significa que estés traicionando su recuerdo —dijo suavemente—. Pero no tenemos pruebas de que esa figura sea él.
Ren tragó saliva.
La imagen de Riku extendió la mano.
—Podemos volver a empezar.
—No —respondió Ren.
La palabra le dolió.
—No podemos. Ojalá pudiéramos.
El segundero del reloj se detuvo.
Ren dejó escapar una respiración entrecortada.
—Yo quiero recordar mi infancia. Quiero que Riku siga vivo. Quiero que no hubiera pasado nada de esto. Pero no voy a decidir por todos los que están encerrados acá solo porque una puerta me ofrezca lo que necesito.
La figura de Riku se borró sin discutir. Como si nunca hubiera tenido una respuesta preparada para alguien capaz de rechazar una oferta que deseaba aceptar.
La habitación blanca empezó a deshacerse.
Detrás apareció un espacio mucho más grande que una habitación. Parecía una estación construida dentro de un hospital, con raíles que terminaban en las paredes y puertas de pacientes alineadas sobre los andenes. Muy alto, donde debería haber un techo, pendía la esfera gigantesca de un reloj.
Tres lugares unidos.
No por la geografía.
Por la forma en que habían aprendido a compartir un mismo sueño.
Shunpei levantó su aparato. Esta vez el mapa no se transformó en una calle. Se dividió en tres conjuntos de señales conectados por hilos muy finos.
—Creo que estamos cerca de la unión —murmuró.
Los hilos atravesaban las puertas y regresaban al centro del reloj. En cada uno brillaban pequeños puntos, algunos firmes, otros apagados. Ren reconoció uno de ellos por la frase que parecía resonar a su alrededor.
Quiero saber qué ocurrió con mi hija.
Era la voz de Hana Seki.
Otro punto respondió desde más lejos.
Tengo turno. Debo salir de casa.
Aiko Nagata.
Yuna se volvió hacia sus compañeros.
—No son recuerdos guardados para siempre en un lugar. Son personas todavía intentando decidir.
—Y alguien mantiene esas decisiones interrumpidas —añadió Shunpei.
Una sombra atravesó el enorme reloj. No tenía forma humana. Era el movimiento de un sistema, como una página que cambiara de idioma cada vez que alguien intentaba leerla.
Los hilos comenzaron a tensarse.
Reina retrocedió con dificultad.
—Está intentando cerrar la unión con nosotros dentro.
—¿Qué tan malo es eso? —preguntó Ren.
—Imaginate que todas las salidas de una obra decidieran convertirse en paredes.
—Podrías haber respondido simplemente muy malo.
Shunpei intentó comunicarse con el exterior. Solo escuchó un golpe de cobre, aislado, como si llegara desde debajo del mar.
—Necesito algunos segundos —dijo.
—Tenés menos —contestó Reina.
La esfera del reloj descendió un poco. El suelo se dobló a sus pies.
Kei levantó cortinas de ilusión entre las puertas y el centro. No detuvieron el movimiento de los hilos, pero ocultaron la posición del equipo a las figuras grises que emergían de los vagones.
—Mis trucos siguen sin tocar nada —advirtió.
—No tienen que tocar —respondió Yuna—. Solamente darnos tiempo para hablar.
La mujer se acercó al hilo asociado a Hana. No lo tomó. Se sentó en el suelo a una distancia prudente, como había aprendido a hacer con espíritus que desconfiaban de los vivos.
—Hana. Si me escuchás, no puedo prometerte que tu hija esté bien. Tampoco puedo decirte que todo va a salir como querés. Pero afuera hay personas buscando respuestas contigo.
Los hilos vibraron.
—¿Quién sos? —preguntó la voz desde el vagón.
—Yuna. Estoy tratando de encontrar una salida, igual que vos.
—Tengo miedo.
—Yo también.
La confesión provocó un cambio pequeño. El punto luminoso de Hana dejó de parpadear al ritmo del reloj y comenzó a hacerlo con otro, irregular, parecido a una respiración humana.
Shunpei observó el dato.
—Es la primera señal que no obedece al centro.
Ren miró su mano.
La luz azul violácea regresó, débil. Sintió que podía estirar el hilo hasta arrancarlo del reloj. Era una tentación casi física, el alivio de encontrar algo que por fin pudiera romper.
Recordó el contenedor del callejón y la vez que su poder había reaccionado sin distinguir entre un enemigo y la realidad que lo rodeaba.
Bajó la mano.
—No voy a tirar de él —dijo.
Reina lo miró con sorpresa.
—Eso demuestra progreso.
—No exagerés. También tengo miedo de destruir la estación completa.
—El progreso suele comenzar así.
Yuna mantuvo la conversación con Hana. No le dijo qué recuerdo debía elegir ni utilizó los nombres de su familia para presionarla. Le pidió que recordara su propia decisión de salir aquella mañana, la que había tomado antes de que una voz ajena le ofreciera un viaje sin dolor.
Hana recordó una pequeña planta junto a la ventana de su cocina. Necesitaba agua. Recordó la parada donde había subido al tren. Recordó que había tomado su bolso porque deseaba llegar, sin importar el resultado de la llamada.
El hilo se aflojó.
No se rompió.
Simplemente dejó de tirar de ella.
Shunpei registró la secuencia de cambios. Ren sintió cómo su propia energía respondía a aquella variación, no como una orden, sino como una vibración que podía acompañar sin decidir por otro.
De pronto, la comunicación exterior regresó.
—Equipo interior, responda. —La voz de Akari sonaba gastada—. El marco está perdiendo estabilidad.
—Estamos aquí —contestó Shunpei—. Necesitamos comprobar algo con el hospital.
Natsuki apareció en el canal de audio después de una interferencia.
—Los escucho.
—¿Tienen una paciente adulta identificada como Hana Seki? —preguntó Shunpei—. No necesitamos datos clínicos por este canal. Solo saber si su equipo puede observar un cambio de respuesta sin intervenir.
Pasaron unos segundos.
—Hay una paciente con ese nombre bajo supervisión —respondió Natsuki—. Voy a pedir que la revisen. Esperen.
La esfera del reloj crujió.
Una de las puertas del andén se abrió a un vacío negro.
—Rápido —murmuró Reina.
Natsuki regresó al canal.
—Está abriendo los ojos. Reconoce su nombre. El equipo la está evaluando. No sabemos si se mantendrá despierta.
Nadie celebró de inmediato.
Shunpei cerró los dedos alrededor del dispositivo.
—Lo que escuchamos aquí tuvo un efecto comprobable afuera.
—Y ocurrió sin arrancar recuerdos —dijo Yuna.
Ren observó el punto luminoso de Hana. Ya no estaba atado por completo al movimiento del reloj.
Habían encontrado una manera de ayudar.
Era pequeña, difícil y requería escuchar a personas a las que el enemigo había tratado como si sus deseos fueran intercambiables.
Pero era real.
La respuesta del reloj fue inmediata.
Las tres zonas se oscurecieron. En las puertas de los vagones aparecieron símbolos idénticos, tres círculos unidos por una costura irregular. Shunpei reconoció la marca de los expedientes del Programa de Alivio.
—No se está defendiendo una criatura —dijo—. Se está defendiendo una construcción.
En la base del reloj apareció una placa de metal cubierta de nombres borrados. Cada vez que una persona conseguía recordar una decisión auténtica, una parte de la superficie se volvía legible. Shunpei la fotografió y comparó sus trazos con las copias de archivo que habían preservado en septiembre.
Reina se interpuso entre la placa y la oscuridad que descendía del andén.
—Hacé tu trabajo. Yo vigilo.
Kei multiplicó imágenes del grupo en direcciones falsas. Las figuras grises siguieron algunas de ellas y chocaron entre sí. El efecto no iba a detenerlas por mucho tiempo.
Ren mantuvo una mano cerca del hilo liberado de Hana. La luz azul no tiraba de él; amortiguaba la presión cuando el reloj intentaba recuperarlo. El esfuerzo comenzó a producirle un dolor sordo detrás de los ojos.
—No puedo sostenerlo mucho —avisó.
—No tenés que hacerlo solo —respondió Yuna, que seguía llamando a los demás soñadores por los nombres que habían conseguido escuchar.
En la pantalla de Shunpei apareció una firma antigua. Primero una inicial. Después un apellido. El sistema había eliminado el nombre visible de los archivos, pero no las referencias de autorización que lo acompañaban.
S. Kisaragi.
Shunpei abrió una copia certificada del listado histórico de investigadores. Había una sola coincidencia con aquellas fechas y ese programa.
Seiji Kisaragi.
—Akari —dijo por radio—. Necesito que Genji revise un nombre. Seiji Kisaragi. Figura como investigador autorizado en los ensayos del Programa de Alivio.
Al otro lado, Genji tardó en hablar.
—Lo conocí —respondió finalmente—. Era brillante. Creía que el dolor humano podía corregirse como una falla de diseño. La Guardia cerró sus ensayos cuando quiso unir recuerdos de personas que nunca habían aceptado participar.
—¿Sabés dónde está? —preguntó Akari.
—No. Desapareció de los registros después del cierre. Yo debería haber hecho más preguntas entonces.
Shunpei contempló los tres círculos. La misma firma aparecía en la base de cada estructura y en las notas recuperadas del archivo. No demostraba por sí sola dónde estaba Seiji, pero sí vinculaba su investigación con la construcción que los mantenía atrapados.
—La firma está aquí —informó—. Y el mecanismo reproduce sus experimentos. Tenemos razones para considerarlo responsable, aunque todavía no sabemos dónde opera.
Del enorme reloj llegó una voz sin rostro.
—La libertad también permite que las personas sufran.
Nadie vio al hablante. No había silueta detrás de la esfera, ni pasos que pudieran perseguir. Solo una frase repetida por centenares de puertas, con voces distintas y el mismo ritmo.
Ren miró a Hana, que ya no aparecía en su vagón.
—Sí —respondió hacia la oscuridad—. Pero sufrir no convierte a nadie en propiedad de otro.
La esfera descendió violentamente.
Reina gritó una orden. Kei apagó todas sus ilusiones para no confundir al equipo. Shunpei guardó los registros en una pieza de memoria sellada. Yuna sostuvo a Ren cuando las piernas le fallaron durante un instante.
Tres golpes llegaron desde el exterior.
Uno. Dos. Tres.
—¡Retirada! —ordenó Akari por radio.
Reina señaló dos líneas en el pavimento. Las había identificado durante su división: una ruta imitaba una avenida conocida y terminaba bajo el reloj; la otra conducía hacia el lugar donde debería estar la pared de Minato, aunque no tuviera forma reconocible.
—Por la derecha —dijo—. Es la que parece equivocada.
Shunpei contrastó la dirección con los testimonios. Coincidía con el camino por el que habían aparecido las preguntas que el sueño no podía anticipar.
—Tiene sentido. Síganla.
Corrieron.
La calle intentó transformarse en el puente de la infancia de Reina. Después en el desfile de Kei. Finalmente mostró a Ren una mesa de Bento Niji donde Riku esperaba con un plato de comida.
Nadie se detuvo.
El marco anaranjado surgió al fondo, pequeño como una ventana a punto de cerrarse.
Taiga estaba al otro lado. Sujetaba una placa de cobre con ambas manos y llevaba el cuaderno abierto sobre una caja.
—¡Los tengo! —gritó—. ¡Cinco personas! ¡No se separen!
Kei cruzó primero para ayudar a Shunpei, que tenía problemas para mantener el equilibrio. Yuna lo siguió. Reina sostuvo a Ren por el hombro mientras él intentaba recordar qué puerta había visto primero.
—La salida está aquí —le dijo ella—. No necesitamos otra.
Ren cruzó.
Reina fue la última.
El marco se cerró con un ruido seco, parecido al de una caja de herramientas al encajar.
Taiga contó de nuevo.
—Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco.
Se quedó mirando los rostros durante un segundo. Después se sentó en el suelo y dejó escapar el aire.
—Riku habría revisado también las manos y los pies —murmuró.
—Entonces hacelo —respondió Ren.
Taiga lo hizo. Esta vez sonrió mientras comprobaba que nadie había quedado herido de gravedad.
Aquella noche, en el Observatorio, el equipo elaboró un plan que por primera vez no consistía solamente en contener daños.
Shunpei dibujó tres rutas de interrupción. En el Hospital Hoshimi habría que distinguir las voces y recuerdos de cada paciente con la ayuda de personal sanitario y guardianes capaces de escucharlos. En Yukisawa Central se necesitarían corredores de evacuación, comunicaciones fiables y protección contra los engaños que imitaban rostros conocidos. La Torre del Reloj sería el último punto: mientras las otras dos anclas siguieran alimentándola, intentar romperla dispersaría las conciencias atrapadas.
—Y las tres acciones deben coordinarse —añadió—. Si una ruta queda aislada y vuelve a conectarse antes de que las personas recuperen su capacidad de elegir, perderemos el avance.
Natsuki escuchó la explicación desde el hospital.
—Entonces no utilizaremos los recuerdos de nadie sin explicarle qué estamos haciendo, cuando pueda comprenderlo. Y si no puede responder, seguiremos protegiéndolo hasta que exista otra posibilidad.
Genji observó las rutas dibujadas en el mapa. Sacó su novena tablilla, todavía cubierta por la tela, y la colocó a un lado.
—Puedo impedir que las dos primeras anclas vuelvan a unirse mientras enfrentamos la tercera —dijo—. Pero para hacerlo tendré que utilizar el Noveno Sello. No podré recuperar todo lo que entregue al activarlo.
Akari lo miró.
—¿Cuánto perderás?
—Gran parte de mi capacidad de sellado. Tal vez no vuelva a realizar las técnicas que me permitieron proteger esta ciudad durante tantos años.
Nadie encontró una respuesta sencilla.
Ren quiso protestar. Recordó la voz falsa de Riku y comprendió que exigirle a Genji que jamás corriera riesgos también sería intentar decidir por él.
—Tiene que ser una elección suya —dijo.
Genji asintió.
—Y todavía no la he tomado. Primero terminaremos de preparar el plan.
Shunpei trasladó las tres rutas a una tablilla de retorno que había resistido el paso por el Mar de Sueños. Grabó cada instrucción junto a la condición que debía cumplirse antes de continuar. Cuando terminó, la figura de tres círculos ya no parecía una trampa perfecta, sino un mecanismo que podían comprender y, quizá, desmontar.
Ren salió a respirar al balcón.
La Torre del Reloj seguía visible sobre Yukisawa. Bajo sus luces, las ambulancias circulaban por las avenidas abiertas y muchas ventanas permanecían encendidas. La ciudad continuaba herida, pero no se había rendido.
Akari se detuvo junto a él.
—¿Conseguiste recordar algo más de la puerta blanca?
—No lo suficiente como para saber qué pasó cuando era niño —respondió Ren—. Y esta vez no voy a inventar el resto.
La capitana asintió.
—Tendremos tiempo de investigarlo si salimos de esto.
Ren apoyó ambas manos en la barandilla.
—Hoy quería entrar en esa habitación. Quería escuchar una explicación perfecta. Por un momento pensé que sería más fácil que seguir viviendo con preguntas.
—¿Y ahora?
—Ahora tengo más preguntas. Pero también tenemos un camino de regreso para otras personas.
Desde la sala llegó la voz de Daisuke ordenando que calentaran la sopa antes de que se enfriara de nuevo. Taiga discutió con Kei sobre quién se había terminado los últimos bollos. Natsuki pidió por radio que nadie confundiera una mejoría inicial con un alta médica.
Ren cerró los ojos y escuchó aquel desorden.
No sonaba como un mundo perfecto.
Sonaba como el suyo.
Dentro del Observatorio, Shunpei aseguró la tablilla con las tres rutas. Sobre el mapa permanecían los nombres de los lugares que todavía debían salvar.
Hospital Hoshimi.
Yukisawa Central.
Torre del Reloj.
El primero de esos caminos exigiría despertar a quienes habían dejado de creer que podían volver.
El segundo, mantener a los vivos a salvo mientras lo intentaban.
El último aguardaba detrás de una esfera que seguía robándole segundos a la ciudad.
Y antes de que aquella noche terminara, Genji volvió a envolver su novena tablilla en tela, sabiendo que cuando llegara el momento de usarla, la elección también tendría consecuencias para él.
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