
Parte 7: Los secretos de la Guardia

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- YUMEGARI (夢狩り) | Los cazadores de sueños
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Sinopsis
🌙 Cuando el mundo duerme, comienza la verdadera batalla. En Yukisawa, una ciudad del norte de Japón, la vida transcurre con absoluta normalidad. Las personas trabajan, estudian, se enamoran y sueñan sin imaginar que, durante la noche, criaturas sobrenaturales acechan entre las sombras. Una organización secreta de magos protege a la humanidad de monstruos, espíritus y pesadillas que amenazan con invadir la realidad. Ren Mizuhara, un joven de 23 años que trabaja en una pequeña …
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El suyo llevaba tres días sobre la mesa de Bento Niji, protegido dentro de una funda transparente que le había dado Shunpei. Ren había terminado por colocarle encima una servilleta, porque descubrir una puerta blanca cada vez que se acercaba a buscar la salsa no le parecía una manera saludable de trabajar.
—¿Vas a servir el almuerzo o a seguir contemplando tu obra maestra? —preguntó Daisuke Ono.
—La estoy estudiando.
—Hace diez minutos dijiste que estabas estudiando una zanahoria.
—La zanahoria tenía una forma sospechosa.
Daisuke dejó un plato sobre el mostrador.
—Mesa cuatro. Antes de que la sopa envejezca.
Ren recogió la bandeja. El sol entraba por las ventanas y llenaba la tienda de ese calor agradable de finales de verano que prometía durar una semana más. En la calle, dos estudiantes discutían frente a una máquina de bebidas. Una señora intentaba convencer a su perro de que caminara. Yukisawa parecía orgullosa de no haber descubierto nada sobrenatural aquella mañana.
El muchacho entregó la sopa, recibió una felicitación por el arroz y regresó a la cocina.
Daisuke ya no estaba sonriendo.
Tenía delante la funda transparente. No había tocado el dibujo. Lo observaba desde cierta distancia, como si sospechara que el papel podía quemarlo.
—¿Usted lo reconoce? —preguntó Ren.
Daisuke levantó la mirada.
—Reconozco esa torre. Toda la ciudad la conoce.
—No le pregunté por la torre.
El cocinero guardó silencio.
Desde lo ocurrido en el depósito de Minato, ninguno de los dos había conseguido regresar a las discusiones sencillas de antes. Daisuke había confesado que fue guardián. Ren había descubierto que su jefe podía levantar una barrera de calor suficiente para proteger a varias personas. Y la cicatriz del costado, que parecía haberse calmado durante años, había vuelto a dolerle después de utilizarla.
El pasado se había sentado entre ellos a la mesa sin pedir permiso.
—Vi algo parecido durante una intervención antigua —dijo Daisuke al fin—. No ese dibujo. La forma en que está marcada la puerta.
Ren se acercó.
—¿Dónde?
—En un informe del Observatorio. Hace mucho tiempo. No puedo asegurar que sea lo mismo.
—¿Y por qué no me lo dijo cuando aparecí en el callejón?
Daisuke apoyó ambas manos sobre la madera.
—Porque entonces todavía creía que guardar silencio servía para protegerte.
—Ya sé cómo terminó esa idea.
—Sí —respondió el hombre—. Mal.
Ren esperó una excusa. Daisuke no se la dio.
—Le envié la fotografía a Akari —continuó Ren—. Dice que pidió acceso a los archivos antiguos.
—Conociendo a la capitana, habrá pedido el acceso correctamente.
—¿Eso es malo?
—A veces es la manera más lenta de conseguir una respuesta.
—¿Y usted qué haría?
Daisuke miró hacia la cocina, donde hervía una olla.
—Antes habría intentado resolverlo solo. Ahora voy a decirte que esperés a que tengamos pruebas y que preguntés todo lo que necesités. Aunque las respuestas nos dejen mal a algunos.
Ren dobló una servilleta sin necesidad.
—¿A usted también?
—Especialmente a mí, si corresponde.
La campanilla de la entrada anunció otra clienta. Ren guardó el dibujo. Su jefe volvió a ponerse frente a la cocina. Ninguno recuperó del todo el buen humor, pero el silencio que quedó entre ellos era distinto del que habían compartido durante semanas.
Por primera vez, parecía que Daisuke había dejado de construir una pared.
A las cuatro y seis de aquella tarde, Shunpei Kuroda descubrió que alguien había firmado dos documentos separados por catorce años con la misma credencial.
Los documentos no debían haber podido encontrarse.
El primero pertenecía a la revisión de un sistema de registro médico realizada en 2013. El segundo autorizaba en agosto de 2026 una actualización del archivo de incidentes oníricos. Ambos estaban certificados, pero el código de la firma correspondía a un dispositivo retirado del servicio mucho antes de la segunda fecha.
Shunpei acercó el rostro a la pantalla.
—O alguien ha resucitado un lector de seguridad o tenemos un problema.
—Si ha resucitado un lector, avisá antes de tocarlo —contestó Taiga Sakamoto desde la puerta—. Con esta organización nunca se sabe.
Taiga llevaba una bolsa de pan relleno y una expresión de satisfacción que indicaba que todavía no se había enterado de ninguna mala noticia.
—¿Querés uno?
—No sobre el teclado.
—Técnicamente el pan está sobre mi mano.
—Tu mano tiene migas.
—Qué hombre tan difícil de querer.
Shunpei cerró una ventana y abrió otra. En la pantalla aparecieron una serie de registros de las anomalías temporales detectadas desde abril: un segundo ausente en la calle comercial, una discrepancia ferroviaria, el desfase entre sueños registrados en barrios distintos y el incidente del depósito.
No había intentado demostrar que todos obedecieran a una única causa. Había agrupado los datos por fecha y lugar, precisamente para evitar que una coincidencia bonita se convirtiera en una teoría sin fundamento.
Pero esta vez había encontrado un tercer elemento.
Cada episodio coincidía con modificaciones menores en expedientes antiguos.
Algunos archivos habían cambiado de número. Otros mostraban fechas de conservación renovadas sin una razón técnica visible. Un registro del Hospital Hoshimi aparecía como duplicado de un expediente que nadie conseguía abrir.
—¿Qué estás mirando? —preguntó Taiga.
—La gente que ha tocado las carpetas que nos hacen falta.
—¿Tenés nombres?
—Tengo accesos. No necesariamente personas. Una credencial puede estar equivocada, clonada o asignada a un servicio automático. Todavía estoy comprobándolo.
Taiga dejó el pan sobre una mesa alejada de los equipos.
—¿Querés que vaya por Akari?
—Ya viene.
En ese momento apareció la capitana, seguida de Genji Arakawa. El anciano llevaba una bolsa de papel que olía a bollos dulces y parecía ofendido de que la jornada incluyera una reunión.
—Espero que alguien tenga noticias buenas —anunció—. Acabo de comprar cinco piezas y solo traje cuatro.
—¿Se comió una por el camino? —preguntó Taiga.
—No tengo por qué responder sin un representante legal.
Akari no sonrió.
Shunpei giró la pantalla.
—Necesito consultar un proyecto cerrado relacionado con intervenciones de memoria, anterior a la reorganización del Consejo. No aparece en el catálogo, pero encontré referencias cruzadas en las copias de seguridad.
Genji dejó de abrir la bolsa.
Akari lo notó.
—¿Qué proyecto?
Shunpei leyó un código alfanumérico seguido de dos palabras.
—Programa de Alivio.
El anciano apoyó la bolsa sobre la mesa. Durante un instante pareció haber envejecido varios años.
—Ese archivo estaba sellado —dijo.
—Sigue sellado —contestó Shunpei—. El problema es que alguien ha estado modificando la información que lo rodea. No sé por qué, pero necesito revisar las versiones anteriores.
Akari miró a Genji.
—¿Lo conoce?
El veterano contempló la gráfica sin responder.
—Maestre.
—Conozco el nombre.
—¿Eso es todo?
—No.
Taiga apartó lentamente el pan.
Genji cerró los ojos.
—Y antes de que me lo preguntés, capitana, no puedo explicar un expediente completo en una sala de análisis. Hay nombres de personas heridas, datos clínicos y decisiones que nunca debieron quedar en manos de una sola oficina. Si querés abrirlo, hacelo con testigos, una copia registrada y una autorización que quede por escrito.
—¿Está intentando impedirlo?
—Estoy intentando que esta vez quede constancia de quién mira y de quién decide.
Akari sostuvo su mirada varios segundos.
Después se volvió hacia Shunpei.
—Prepará la solicitud. Quiero también un inventario de todas las modificaciones, sin interpretar su intención. Taiga, avisá a Riku de que necesitaremos un perímetro de consulta seguro.
—¿Un perímetro para papeles?
—Para personas —respondió Akari—. Los papeles no son los únicos que pueden salir heridos.
Riku Endo llegó al Observatorio con mapas, marcadores y un paraguas aunque no había pronóstico de lluvia.
—¿Por qué trae eso? —preguntó Ren.
—Porque las nubes no leen pronósticos.
Riku, el guardián de treinta y cuatro años que había dirigido la evacuación del tren en mayo, colocó un mapa de salidas frente al muchacho.
—Si Archivo pierde la salida principal, ¿qué hacés?
—Busco otra.
—Primero das la alarma. Después contás quién sigue dentro. Nadie puede salvar un documento si deja olvidada a una persona.
Reina apareció y señaló una escalera dibujada en el mapa.
—Esa salida está clausurada desde julio. Revisé su estructura.
Riku tachó la flecha.
—Gracias. Acabás de impedir que sigamos un plano equivocado.
Ren observó el papel. Hasta los mapas de los expertos podían estar mal.
—Nunca te enamorés tanto de un plan como para dejar de mirar quién tenés delante —añadió Riku.
Ren guardó la frase sin hacer bromas. Aquella tarde debía entrar a una investigación donde las puertas también podían estar mal señaladas.
La primera solicitud de Akari llegó a Archivo por la mañana.
Fue denegada por contener información clínica y decisiones reservadas del Consejo.
—Elevaremos otra —dijo Akari—. Esta vez Ren figurará como posible afectado, si lo autoriza, y pediremos conservación urgente de originales.
Shunpei asintió.
—Tendrá derecho a conocer información sobre él, aunque no expedientes de terceros.
Genji, junto a la puerta, pidió que cualquier respuesta quedara firmada.
—No quiero que una nueva investigación se convierta en otra conversación que nadie pueda demostrar.
Akari lo miró.
—¿Antes hubo documentos destruidos?
El anciano no contestó.
Natsuki encontró otra referencia al Programa de Alivio durante una revisión autorizada de los índices del Hospital Hoshimi. No abrió expedientes clínicos: anotó un código de conservación vinculado a traslados de observación en 2013 y pidió que quedara registrada su consulta.
Llamó a Ren al salir del turno.
—El nombre coincide con el que está investigando Shunpei —le dijo—. No significa que sepamos qué ocurrió.
—¿Y vos cómo estás?
—Preocupada. Me acuerdo de una semana en que faltaste a la escuela cuando éramos chicos. Me dijeron que tenías fiebre. Vos habías dibujado un reloj en un cuaderno.
Ren miró el dibujo sobre su mesa.
—No recuerdo esa semana.
—Yo tampoco la recuerdo bien. Puede ser normal. No quiero convertir cada olvido en una prueba de que alguien nos modificó la memoria.
—Pero querés saber.
—Quiero saber qué me corresponde sobre mi vida. No voy a investigar solo porque vos necesitás respuestas.
Ren apoyó la frente contra el mostrador.
—Tenés razón. Preguntemos sin decidir el uno por el otro.
Después de la llamada, Natsuki miró hacia el ala antigua. Le pareció oír una campana. En lugar de entrar sola, avisó al personal de mantenimiento y anotó la hora.
El jefe adjunto de Archivo, Masaru Tohno, recibió a Akari con una cortesía impecable.
La oficina de Masaru ocupaba una habitación estrecha y ordenada, con estanterías de metal, una planta que parecía resistir por pura disciplina y una fotografía colocada junto a la pantalla. En ella aparecían dos hombres junto a un lago, varios años atrás. Uno llevaba gafas. El otro sostenía una caña de pescar y sonreía a la cámara.
Masaru retiró una carpeta del escritorio para ofrecer espacio a los visitantes.
—Capitana Kujo. Kuroda. Maestre Arakawa. He leído las solicitudes.
—La primera fue rechazada —dijo Akari.
—La segunda está en revisión. Es un procedimiento que incluye información médica, incidentes de menores y decisiones del Consejo. No sería responsable abrirlo de forma indiscriminada.
—No solicitamos indiscriminación —respondió Shunpei—. Solicitamos identificación de una persona posiblemente afectada, preservación de registros y trazabilidad de accesos.
Masaru inclinó la cabeza.
—Son solicitudes razonables. He recomendado conceder primero el inventario y después estudiar la consulta supervisada. No puedo prometer más hasta recibir la autorización superior.
Akari examinó su rostro.
—Nos ayudó con los expedientes ferroviarios en mayo.
—Mi trabajo consiste en encontrar documentos y mantenerlos utilizables. Preferiría que todo lo demás fuese igual de sencillo.
Genji observó la fotografía del lago.
Masaru se dio cuenta.
—Mi hermano y yo —explicó sin que se lo preguntaran—. Hace algunos años.
—Espero que esté bien —dijo Shunpei por educación.
El hombre tardó un instante en contestar.
—Está recibiendo cuidados desde hace tiempo. Gracias por preguntar.
No añadió nada más. Akari no insistió.
Masaru abrió el registro de peticiones y comprobó los nombres de los solicitantes.
—Hay algo que debo advertirles. Si ese archivo fue sometido a reserva especial, podrían encontrar segmentos ilegibles incluso con permiso de consulta. La reserva no borra necesariamente los documentos originales, pero puede dejar únicamente referencias externas.
—¿Y si el original ya no existe? —preguntó Shunpei.
—Debería haber un acta de destrucción o transferencia. Si no existe, tendríamos un problema grave.
—Ya encontramos firmas imposibles.
Masaru enderezó la espalda.
—Envíeme los códigos. Los revisaré personalmente y les devolveré una respuesta firmada.
Akari negó con suavidad.
—Los originales permanecerán en nuestro expediente de investigación. Podemos entregarle copias verificables de los códigos.
Masaru aceptó sin mostrar molestia.
—Es la precaución correcta.
Cuando salieron, Shunpei comentó que el jefe adjunto había explicado el procedimiento mejor que cualquiera de los formularios.
Akari no respondió de inmediato.
—Eso no cambia la necesidad de auditar todos los accesos. Tampoco significa que debamos desconfiar de cualquiera por tener una vida privada difícil.
Genji seguía callado.
La fotografía del lago le había recordado algo que no consiguió decir.
El primer permiso llegó al día siguiente.
No autorizaba a leer el contenido del Programa de Alivio. Permitía comprobar su existencia, los responsables de conservación, las fechas de apertura y clausura, y el número de personas afectadas por decisiones administrativas.
El equipo se reunió en una sala pequeña del Observatorio.
Ren llegó con su dibujo, una botella de agua y dos bentos que Daisuke le había obligado a llevar.
—¿Tenemos reunión histórica o almuerzo obligatorio? —preguntó Taiga.
—Si conseguimos respuestas, las comparto —contestó Ren.
—¿Los bentos?
—Las respuestas. Los bentos están sujetos a confidencialidad.
Yuna Tachibana se echó a reír. Estaba sentada frente a una ventana, con una libreta en el regazo. Había aceptado participar porque algunas declaraciones del antiguo hospital procedían de personas fallecidas, aunque dejó claro desde el principio que no iba a intentar convocarlas para obtener información sin un motivo y un permiso adecuados.
—Los muertos no son una ventanilla de atención —recordó—. Que pueda escucharlos no significa que les deba exigir respuestas.
Kei Hoshizaki, apoyado contra la pared, examinó la funda del dibujo.
—Como artista, tengo una observación.
Ren levantó la cabeza.
—Adelante.
—A los diez años dibujabas mejor los relojes que ahora las facturas.
—Mi letra es completamente respetable.
—Tu firma parece una serpiente intentando escapar de un frasco.
—Al menos tiene personalidad.
Reina Amamiya abrió la puerta y entró con un plano enrollado.
—Traje los datos que pidió Shunpei. Si seguimos hablando de la personalidad de sus facturas, me voy.
Riku llegó detrás y comprobó, por costumbre, dónde estaban los botiquines y las salidas.
Akari colocó un documento sobre la mesa.
Los comentarios terminaron.
—Esto es lo que sabemos —dijo—. El Programa de Alivio existió. Funcionó durante parte de 2013 y fue clausurado ese mismo año. No hay registro público de los resultados. La cifra de incidentes asociados no coincide entre dos versiones del inventario.
Shunpei proyectó una tabla sin mostrar datos personales.
—En una versión aparece un número de personas sometidas a observación. En otra, hay más personas vinculadas a un traslado de emergencia. La diferencia es demasiado grande para llamarla un error de transcripción sin comprobarlo.
—¿Incluye niños? —preguntó Ren.
Akari asintió despacio.
—El inventario señala al menos un menor expuesto durante una incidencia. No tenemos permiso para verificar su identidad todavía.
Ren llevó la mano hasta el bolsillo donde guardaba una copia doblada de su dibujo.
—Y yo tengo esto.
Shunpei no sonrió.
—El parecido es una pista. No una confirmación.
—Ya lo sé. Estoy aprendiendo a odiar esa frase.
Genji miraba el documento sin mover un músculo.
Akari se volvió hacia él.
—Necesitamos que nos diga qué sabe.
El anciano levantó la vista.
—Sé que ese programa prometía reducir el sufrimiento después de experiencias extremas. Sé que alguien lo presentó como una alternativa a los sellos de memoria que utilizábamos para emergencias. Y sé que la palabra «alivio» resultó cómoda para ocultar cosas que no debimos aceptar.
La habitación quedó en silencio.
—¿Usted participó? —preguntó Ren.
—Formé parte de una evaluación posterior.
—¿Vio lo que pasó?
—Vi parte de las consecuencias.
Ren esperó que continuara.
Genji cerró las manos sobre la mesa.
—La evaluación se hizo cuando el programa ya había sido suspendido. Nos dijeron que los afectados estaban recibiendo atención y que la exposición había sido controlada. Había personas que no podían organizar algunos recuerdos sin sufrir confusión. Otras tenían despertares de pánico y una sensación persistente de estar viviendo el día equivocado.
Natsuki, que había asistido como interesada bajo permiso limitado, tomó aire.
—¿Quién hizo la evaluación clínica?
—No voy a citar nombres sin documentación. Algunos profesionales se opusieron a continuar. Otros firmaron recomendaciones que no fueron atendidas como debían.
—¿Y usted qué hizo? —preguntó Ren.
Genji lo miró.
—Firmé que la amenaza inmediata estaba contenida.
—¿Lo estaba?
—En el perímetro físico, sí. Fuera de él, no lo sé. No pedí todas las comprobaciones que debería haber exigido.
El muchacho sintió una presión en el pecho.
—¿Eso es una forma elegante de decir que se fueron a casa?
Genji no apartó los ojos.
—Es una forma exacta de decir que confundí una emergencia terminada con un daño resuelto.
Akari colocó ambas palmas sobre la mesa.
—Necesitamos nombres de responsables, las instrucciones del programa y las decisiones posteriores. Sin eso, el informe solo nos servirá para repetir los mismos errores.
Genji asintió.
—Tenés razón. Voy a dar testimonio formal cuando se abra la consulta completa. No voy a pedir que confíen en mi memoria en lugar de documentos.
Ren contempló el rostro del anciano.
Meses atrás lo había conocido como el hombre que parecía pasar más tiempo pensando en pasteles que en magia. Ahora descubría que ese humor había convivido durante años con un silencio mucho más pesado.
—¿Y si el niño era yo? —preguntó.
Genji tardó en responder.
—Entonces te debemos una explicación que tendría que haberte llegado hace mucho.
Esa noche, Ren acompañó a Natsuki hasta la parada del autobús.
El viento de septiembre arrastraba olor a lluvia. Ninguno parecía tener prisa por comenzar la conversación.
—Estoy enojado —dijo Ren—. Con todos. Con la Guardia, con Genji, con Daisuke. Un poco conmigo por no recordar.
—No elegiste olvidar.
—Una parte de mí quiere que sea un malentendido.
—Podés querer respuestas y tener miedo de encontrarlas al mismo tiempo.
Ren miró las luces de la avenida.
—¿Y vos? ¿No tenés miedo de que hayan tocado tus recuerdos?
—Mucho. Pero no voy a aceptar una intervención sobre mi memoria para tranquilizarte a vos ni a nadie. Si decido evaluarme, entenderé los riesgos primero.
Ren recordó la desorientación de Natsuki tras el sello del callejón. Luego recordó cuánto había intentado ocultarle para mantenerla a salvo.
—También yo decidí cosas por vos —admitió—. Te mentí.
—Lo sé. Y entiendo por qué tuviste miedo. Pero necesito elegir por mí misma.
—No quiero repetirlo.
—Entonces no lo hagás.
Llegó el autobús. Natsuki levantó la mano antes de subir.
—Mañana tenés turno temprano. Llegá a tiempo.
Ren sonrió con tristeza.
—La amenaza más persistente de Yukisawa sigue siendo el empleo.
Cuando el autobús se marchó, volvió a mirar la fotografía de su dibujo. Deseó que fuera solo un papel mal hecho.
La sala de consulta de Archivo no tenía ventanas.
En el centro había una mesa y dos lectores separados. Las paredes estaban cubiertas por una pintura gris que absorbía el reflejo de las pantallas. Riku había revisado las salidas y Ayame había comprobado la resistencia de los marcos antes de permitir el ingreso.
—Parece que vamos a interrogar a una fotocopiadora —murmuró Taiga.
Riku le entregó un mapa de evacuación corregido.
—Si hay un fallo en el sistema, llevás a Ren a la salida norte. No toqués las cerraduras marcadas en amarillo.
—¿Y si el norte deja de ser el norte?
—Entonces buscás mi señal. No improvisés una pared nueva.
Taiga levantó el pulgar.
Reina permanecía junto a una puerta lateral. No había dividido su cuerpo; Akari le había pedido reservar energías, ya que en aquel lugar desconocían el comportamiento de los sellos antiguos. Kei esperaba fuera con Yuna y agua para quienes terminaran mareados. Genji llevaba una carpeta de declaraciones preparadas a mano.
Masaru Tohno llegó con una credencial temporal y dos cajas selladas.
—El Consejo autorizó revisar únicamente la sección de incidente y los documentos de consentimiento relacionados con el menor —explicó—. Las historias clínicas de terceros permanecen cerradas. Si aparece alguna referencia que contenga información ajena, se cubrirá antes de mostrarla.
Shunpei comprobó los sellos y registró la hora.
—Todo lo que veamos debe quedar identificado por versión y procedencia —dijo.
—Así será —respondió Masaru.
El observador independiente, una mujer mayor de voz firme que no pertenecía a la unidad de Akari, revisó los formularios.
Ren firmó que deseaba continuar.
Luego la primera hoja apareció en la pantalla.
PROGRAMA DE ALIVIO.
OBJETIVO DECLARADO: REDUCCIÓN DE RECUERDOS TRAUMÁTICOS EN SUJETOS VOLUNTARIOS.
ESTADO: SUSPENDIDO DESPUÉS DE INCIDENTE DE CONTENCIÓN.
Las palabras eran ordinarias. Tal vez por eso provocaron tanto frío.
—¿Voluntarios? —preguntó Natsuki, que había recibido permiso para acompañar a Ren como persona de apoyo, sin acceso a expedientes de pacientes.
La observadora indicó una sección.
—La documentación declara consentimiento de los adultos participantes. Eso no demuestra todavía que todos comprendieran el procedimiento ni que pudiera aplicarse a alguien que no participaba.
Masaru abrió el informe siguiente.
Había detalles técnicos sobre sellos, cámaras de observación y un prototipo diseñado para separar una emoción dolorosa del recuerdo que la sostenía. No se trataba de hacer olvidar un hecho aislado. El mecanismo pretendía modificar la manera en que un conjunto de recuerdos se conectaba con la identidad de una persona.
Ren escuchó la explicación sin apartar la vista de la pantalla.
—¿Querían que alguien recordara lo que le pasó, pero que dejara de dolerle?
—Esa era una de las metas descritas —respondió Shunpei—. El diseño intentaba intervenir conexiones. No hemos demostrado que funcionara como prometía.
La siguiente página mostraba una advertencia.
VARIACIÓN IMPREVISTA EN LA RESPUESTA ONÍRICA.
RIESGO DE DESORIENTACIÓN, TRANSFERENCIA DE IMÁGENES Y PÉRDIDA DE CONTINUIDAD AUTOBIOGRÁFICA.
Ren recordó el depósito de Minato: su cuerpo convertido en niño dentro de un sueño y la voz de su madre invitándolo a cruzar una puerta.
—Eso puede pasar si se cambia el recuerdo equivocado —murmuró.
—Puede ocurrir cuando una intervención afecta la relación entre recuerdos —explicó la observadora—. No es algo que se pueda resolver prometiendo que después todo volverá a estar bien.
Akari dejó que Ren bebiera agua antes de continuar.
El tercer documento contenía un diagrama de instalación. Mostraba una pequeña sala de observación, un área de transferencia y un corredor que llevaba hacia una salida de emergencia.
Ren se inclinó hacia delante.
—Esa puerta.
Nadie habló.
—Es la de mi dibujo.
Shunpei amplió la imagen. La puerta no era idéntica a la que Ren recordaba. En el plano, el marco estaba instalado dentro de una pared y tenía una cerradura ordinaria. Pero a un costado había un símbolo azul irregular, utilizado para representar una unión entre dos campos de referencia.
Era la misma forma que Ren había dibujado con lápices de colores.
—Podría haberlo visto en una visita —dijo Shunpei, con cuidado—. Todavía no sabemos cómo.
Masaru examinó el código del documento.
—La sección de incidentes debería aclararlo.
Introdujo otra clave.
La pantalla tardó más de lo normal.
Apareció un aviso de advertencia. Después, la sección se abrió.
La primera fotografía mostraba una sala vacía, con una camilla, dos sillas y un reloj de pared. La segunda mostraba una puerta blanca parcialmente cubierta con una tela protectora. La tercera era una copia de un dibujo infantil conservado como evidencia externa del incidente.
Un reloj desproporcionado.
Una torre.
Una línea azul.
Ren sintió un hormigueo en los dedos.
Sacó su dibujo original de la funda. Comparó una mancha de tinta junto a la torre, un borde doblado y una línea que salía por el margen.
No eran dos dibujos parecidos.
La imagen archivada era una reproducción de aquel mismo papel.
—Es mío —dijo.
La observadora se acercó lo suficiente para comprobar las marcas sin tocarlo.
—La coincidencia física es muy fuerte. Conviene documentarla como evidencia. No hace falta que entregues el original ahora.
Ren apenas la escuchó.
Sobre la pantalla apareció una nueva entrada.
MENOR EXPUESTO FUERA DEL GRUPO DE ESTUDIO.
INICIALES DE IDENTIFICACIÓN: R. M.
FECHA DEL INCIDENTE: SEPTIEMBRE DE 2013.
EDAD REGISTRADA: DIEZ AÑOS.
Ren tenía diez años en 2013.
La primera vez que escuchó hablar de la magia, alguien había sugerido que quizá su poder era una casualidad imposible. Después, durante meses, había tenido miedo de que estuviera despertando algo monstruoso dentro de su cuerpo.
Ahora estaba mirando una fecha.
Una fecha en la que había sido un niño.
—Yo no fui un voluntario —susurró.
Akari se acercó a su silla.
—El expediente dice que el menor se encontraba fuera del grupo de estudio. Eso coincide con una exposición accidental.
—¿Y qué estaba haciendo allí?
Shunpei abrió el siguiente documento.
Solo apareció una línea de texto.
INGRESO REGISTRADO DURANTE INCIDENTE EXTERNO. MOTIVO DE PRESENCIA: BAJO REVISIÓN.
Las demás líneas habían sido suprimidas por la reserva.
Ren miró a Genji.
—¿Usted sabía que era yo?
El anciano tenía las manos inmóviles sobre su carpeta.
—Sabía que un niño había quedado expuesto. No me entregaron su identidad completa. Había un código de protección y se me aseguró que su familia había recibido seguimiento.
—¿Lo comprobó?
—No.
Ren apartó la silla. El ruido de las patas contra el suelo hizo que Taiga diera un paso involuntario.
—Entonces tampoco sabe si mi familia entendió lo que me hicieron.
—No lo sé.
—¿Y quién decidió que yo tenía que crecer sin recordar nada?
Genji bajó la mirada.
—Quiero saberlo tanto como vos. Pero la decisión posterior figura en un documento al que todavía no hemos accedido.
Ren soltó una risa breve y amarga.
—Otra puerta cerrada.
Akari se colocó frente a él sin bloquearle el camino.
—Podemos terminar la consulta ahora. No estás obligado a seguir.
Ren se quedó quieto.
Por un instante vio el callejón donde Natsuki casi había muerto. Recordó a Akari ordenando un procedimiento de memoria mientras él suplicaba que no le quitaran lo que había visto. Recordó el sello rompiéndose en sus manos. Recordó la manera en que su cuerpo se había resistido como si protegiera algo anterior a aquella noche.
—Me dijeron que mi magia era una anomalía —dijo—. Que no sabían de dónde venía.
—No lo sabíamos —respondió Akari.
—Ahora sí sabemos algo.
Shunpei asintió lentamente.
—El incidente pudo dejar una conexión anormal entre tus estados de sueño y vigilia. Esa conexión encaja con varios registros de tu Resonancia Onírica y con el rechazo de los sellos de memoria. Todavía debemos comprobar el mecanismo exacto.
Ren se apoyó en la mesa.
—No desperté porque fuera especial.
Genji negó con la cabeza.
—No tenemos motivo para hablar de profecías ni de linajes. Lo que te ocurrió fue un accidente que debería haberse investigado y explicado. Que hayas protegido a Natsuki aquella noche fue una decisión tuya. El daño anterior no te obligaba a hacerla.
Ren sintió que las palabras le llegaban desde muy lejos.
La energía azul que había brotado de sus manos no había sido una señal enviada por un destino misterioso. Era una consecuencia de algo que otras personas habían hecho cuando él ni siquiera podía comprenderlo.
No lo hacía menos peligroso.
Tampoco lo convertía en culpable.
—Quiero salir —dijo.
Akari asintió.
Riku abrió el recorrido seguro sin formular preguntas. Natsuki caminó junto a Ren. Nadie intentó tocarle la cabeza, leerle los pensamientos ni pedirle que describiera lo que recordaba.
En la escalera, el muchacho tuvo que detenerse.
—Tengo ganas de romper algo —admitió.
Taiga, que los había seguido, miró alrededor.
—Si querés una propuesta, puedo conseguirte una caja de cartón. No es muy heroico, pero sale barato.
Ren lo miró.
Y, contra su voluntad, soltó una pequeña carcajada.
Natsuki le pasó la botella de agua.
—No hace falta que hoy saqués ninguna conclusión sobre tu vida —le dijo.
Ren bebió despacio.
—No sé si odio más que me hayan ocultado esto o que todavía falten páginas.
—Podés odiar las dos cosas —respondió ella.
Se quedaron en el descansillo, escuchando el ruido lejano de un ascensor que llegaba a otro piso.
Por primera vez desde abril, Ren sabía algo verdadero acerca de su propia magia.
Y aquel conocimiento no le había traído ninguna alegría.
Genji solicitó hacer una declaración antes de que terminara la jornada.
No quiso que la conversación ocurriera en privado.
La observadora independiente, Akari y Shunpei regresaron a la sala con un sistema de grabación que no necesitaba conectarse a la red interna. Genji colocó sobre la mesa una copia de un acta con su antigua firma.
—Yo autoricé la clausura de una sección del perímetro después del accidente —declaró—. Consideré que la amenaza física estaba contenida y recomendé conservar los sellos hasta completar evaluaciones. Cuando meses después recibí una comunicación indicando que el procedimiento de memoria había sido aplicado a testigos, no exigí pruebas suficientes de consentimiento ni de seguimiento.
Akari mantuvo el rostro inmóvil.
—¿Por qué no lo hizo?
El anciano respiró con dificultad.
—Porque había visto a personas heridas, porque temía que abrir el sistema antes de tiempo les causara más daño y porque me dijeron que el Consejo estaba gestionando la recuperación. Confundí cautela con obediencia. Elegí creer que quienes tenían más información estaban actuando correctamente.
—¿Conocía a los responsables del programa?
—Conocía al equipo que aprobó su operación. No voy a identificar culpables sin revisar qué decidió cada persona. Lo que sí puedo afirmar es que mi firma permitió cerrar una discusión que todavía necesitaba respuestas.
Shunpei comprobó la grabación.
—¿Desea añadir algo?
Genji miró al dispositivo.
—Sí. No autorizo a que este testimonio se utilice para justificar una nueva intervención sobre recuerdos de personas afectadas. Si se les ofrece evaluación, deberán conocerla, entender los riesgos y decidir libremente, salvo la atención de una emergencia real. Y quiero que conste que no he venido a defender el prestigio de la Guardia.
Hizo una pausa.
—He venido porque un muchacho de veintitrés años tuvo que encontrar un dibujo entre sus cosas para saber que una parte de su infancia estaba en nuestros archivos.
Nadie habló durante varios segundos.
Akari apagó la grabación.
—Gracias por declararlo. No elimina lo que ocurrió.
—Lo sé —contestó Genji.
—Pero servirá para investigar.
El anciano asintió.
A la salida se encontró con Daisuke, que había llegado para recibir una evaluación de su vieja lesión y traer comida al equipo.
Los dos hombres se miraron en silencio.
—Le dijiste a Ren lo que sabías —comentó Daisuke.
—No todo lo que debía haberle dicho. Pero empecé.
Daisuke sostuvo el recipiente de comida contra su costado dolorido.
—No sé si va a perdonarnos.
—No tiene por qué hacerlo para que nosotros hagamos lo correcto.
El cocinero apartó la vista.
—Cuando lo vi entrar a trabajar por primera vez, pensé que solo era un muchacho que hablaba demasiado y comía muy poco.
Genji sonrió con tristeza.
—Sigue siendo ese muchacho.
—Sí —dijo Daisuke—. Eso es lo que más quiero que conserve.
Al caer la noche, Shunpei empezó a preparar las copias de conservación.
No iba a extraer los expedientes clínicos completos ni a compartirlos con el equipo de combate. La autorización permitía preservar las partes investigadas, los índices necesarios y las firmas de sus responsables bajo custodia controlada.
La observadora verificó los datos y estampó una constancia en el registro.
—Hay tres referencias geográficas que me gustaría comprobar —dijo Shunpei.
Akari observó la pantalla.
No eran planos detallados, sino códigos de instalación y notas de traslado. Un grupo pertenecía al Hospital Hoshimi. Otro aparecía vinculado a una antigua infraestructura de sincronización en Yukisawa Central. El tercero estaba relacionado con trabajos de mantenimiento en la Torre del Reloj.
—Los tres lugares ya aparecieron en nuestras investigaciones —dijo Akari.
—Sí. Pero no sabemos qué une una instalación clínica, una estación y una torre antigua. Tampoco sabemos si estos códigos corresponden a equipos físicos, ubicaciones de registro o simples referencias de un proyecto cerrado.
Reina extendió sobre la mesa sus planos de obra civil.
—En la estación hay modificaciones antiguas en áreas de servicio. Pueden ser instalaciones eléctricas normales. Necesitamos las fechas y la autorización de ingeniería antes de hablar de otra cosa.
—En el hospital hay inventarios de traslado —añadió Natsuki desde la puerta—. Puedo pedir que los custodios revisen los índices, sin abrir información de pacientes.
—Y en la torre hay un reloj que lleva meses perdiendo segundos —murmuró Ren.
Shunpei negó lentamente.
—Eso demuestra que tenemos que investigar. No demuestra todavía que los tres sitios estén conectados.
Akari observó el mapa.
—Entonces serán tres solicitudes separadas. Ninguna intervención en un lugar habitado sin evaluación de riesgo. Ningún experimento sobre personas dormidas.
—¿Y si el Consejo no autoriza? —preguntó Taiga.
—Registraremos la negativa y la elevaremos al mecanismo de supervisión. Si aparece una emergencia, actuaremos para proteger vidas. No vamos a utilizar la palabra emergencia como permiso para hacer cualquier cosa.
Ren miró el papel infantil, que seguía dentro de su funda.
—Quiero participar en la investigación —dijo.
Akari lo miró.
—Como persona afectada tenés derecho a ser escuchado. Como aprendiz, seguís sujeto a evaluación antes de cualquier operativo.
—No estoy pidiendo que me dejen correr hacia una puerta mágica.
Taiga levantó una ceja.
—Eso es nuevo.
—Estoy evolucionando.
—Una evolución preocupante —murmuró Reina.
Por primera vez en todo el día, Akari pareció a punto de sonreír.
—Entonces empezá por ayudarnos a mantener los documentos ordenados.
Ren contempló las carpetas.
—¿Podemos reconsiderar lo de correr hacia una puerta?
La risa que siguió no borró el malestar de nadie. Pero alivió, apenas un poco, la sensación de estar encerrados en el mismo error de hacía años.
A las dos y catorce de la madrugada, la pantalla de Shunpei emitió una alerta.
No había dejado los originales conectados. La copia de conservación verificada descansaba en un soporte independiente, guardado en una caja bajo dos firmas. El registro que estaba consultando era una réplica de trabajo autorizada para comparar metadatos.
En aquella réplica, la carpeta del Programa de Alivio desapareció del catálogo.
Shunpei parpadeó.
Actualizó el índice.
La entrada ya no estaba.
Buscó por fecha, por código de proyecto y por número de autorización. Solo encontró referencias rotas, como si el sistema hubiera olvidado de repente que aquel expediente existía.
La desaparición se había producido después de la orden de conservación urgente.
Shunpei comprobó si había fallado el servidor.
No.
El resto del catálogo seguía funcionando.
Consultó los registros de acceso. Un proceso había solicitado una modificación utilizando una credencial interna de Archivo. La autorización figuraba como válida. Sin embargo, faltaba una parte de la cadena que debía identificar al operador.
Shunpei sintió que el estómago se le endurecía.
No podía concluir quién había actuado. Tampoco podía descartar que existiera un error de seguridad. Pero alguien, o algo con acceso al sistema, acababa de borrar del índice de trabajo una carpeta bajo protección expresa.
Tomó el teléfono y llamó a Akari.
La capitana contestó al tercer tono.
—Decime.
—Se ha producido una eliminación no autorizada del catálogo. Nuestra copia protegida sigue intacta, pero el archivo activo ha desaparecido.
Hubo un silencio breve al otro lado.
—¿Podés atribuirla a una persona?
—No todavía.
—¿Podés preservar el registro de la eliminación sin modificarlo?
—Ya lo hice en un soporte separado.
—No abras otras carpetas. Voy al Observatorio. Quiero que el responsable de seguridad independiente reciba aviso antes de que cualquier oficina pueda alterar la evidencia.
—Entendido.
Shunpei dejó el teléfono y miró el mapa que aún ocupaba una esquina de la pantalla.
Hospital Hoshimi.
Yukisawa Central.
Torre del Reloj.
Tres lugares unidos únicamente por preguntas.
En el registro de la carpeta eliminada apareció una última línea automática.
SOLICITUD COMPLETADA.
Shunpei hizo una captura verificable y apagó la conexión de la réplica.
Al otro extremo de la ciudad, Ren dormía por fin. El dibujo infantil estaba protegido dentro de un cajón, junto a una fotografía de su familia y la tarjeta provisional que le había entregado la Guardia meses atrás.
Antes de cerrar los ojos había escrito una frase en un cuaderno, para no permitir que el miedo lo hiciera olvidar la decisión que había tomado.
«Quiero saber la verdad. Pero no voy a quitársela a nadie para conseguirla».
La ciudad seguía iluminada. Los trenes nocturnos descansaban en sus depósitos. En el Hospital Hoshimi, los pacientes dormían bajo la vigilancia del personal. La Torre del Reloj avanzaba segundo a segundo sobre las calles casi vacías.
Todo parecía normal.
Pero dentro del Observatorio, una carpeta había desaparecido de un lugar donde debía permanecer.
Y esta vez la Guardia no podía atribuirlo a un monstruo del otro lado de una puerta.
Alguien había tocado sus archivos desde dentro.
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