Novelas · Parte 6
Avatar de gylabclickGylab Click ♛@gylabclick · 1 d
NovelasParte 6

Parte 6: La puerta de los sueños

Descarga todas las partes publicadas de este Click. Un único pago por ebook.
Escucha esta historia
🎧 Audiolibro Click · Parte 6
Parte 6: La puerta de los sueños Narrado desde Click · Gylab Click
0:00 / 0:00
Listo para escuchar

Escucha MP3 gratis y sin cuenta. Para descargar, inicia sesión.

🎧 Escucha gratuita · sin registro · ⬇ Descarga con cuenta: 500 puntos por 2 descargas.
Continuar a otra historia de este ClickAl terminar, permanecerás en este audiolibro.

Detalles

Autor
Gylab Click
Categoría
Novelas
Click
YUMEGARI (夢狩り) | Los cazadores de sueños
Capítulo
Parte 6
Vistas
4

Sinopsis

🌙 Cuando el mundo duerme, comienza la verdadera batalla. En Yukisawa, una ciudad del norte de Japón, la vida transcurre con absoluta normalidad. Las personas trabajan, estudian, se enamoran y sueñan sin imaginar que, durante la noche, criaturas sobrenaturales acechan entre las sombras. Una organización secreta de magos protege a la humanidad de monstruos, espíritus y pesadillas que amenazan con invadir la realidad. Ren Mizuhara, un joven de 23 años que trabaja en una pequeña …

Leer la historia completa
CENTRO DE LECTURA

Tu historia, a tu manera

Lee toda la historia a tu ritmo u oculta el texto para escuchar el audiolibro.

📖 Lectura completaDesliza dentro del recuadro para leer a tu ritmo
El primer indicio de que agosto sería un mes complicado llegó en forma de una cuenta de electricidad.

Ren Mizuhara la sostuvo frente a la ventana de Bento Niji como si la luz del sol pudiera cambiar la cifra.

—Jefe, ¿la electricidad se puede pagar con gratitud?

Daisuke Ono siguió cortando cebollas.

—No.

—¿Con buenas intenciones?

—Tampoco.

—¿Con un empleado que ha salvado personas de cosas horribles y que ahora necesita un pequeño aumento?

El cuchillo se detuvo un instante.

—Pagá el alquiler y dejá de comprar bebidas caras —respondió Daisuke.

Ren suspiró. Afuera, el calor de agosto envolvía Yukisawa. Adentro, su jefe sonreía como siempre, aunque últimamente se detenía a veces con una mano apoyada bajo las costillas. Ren ya le había preguntado por aquel dolor. Daisuke siempre encontraba una excusa o un nuevo pedido que servir.

La campanilla de la puerta sonó.

Natsuki Hara entró con el cabello recogido y una bolsa al hombro. Había asistido a una evaluación voluntaria después de la extraña luz que surgió de sus manos al atender al señor Suda en el Hospital Hoshimi.

—¿Qué tal? —preguntó Ren—. ¿Descubriste que podés atravesar paredes?

—Descubrí que tu amigo Shunpei hace demasiadas preguntas. Y que por ahora no debo intentar repetir lo ocurrido con pacientes.

—¿Estás bien?

—Cansada. Confundida. La médica no encontró lesiones y la Guardia tampoco sabe todavía qué puedo hacer. Quiero aprender a reconocerlo, pero sin convertir mi trabajo en un experimento.

Ren asintió. Había aprendido, con alguna dificultad, a no decidir por ella.

Daisuke les dejó dos bentos y puso la televisión a volumen bajo. Un reportaje local hablaba de una inspección suspendida en los antiguos depósitos del distrito de Minato. En la pantalla apareció una pared húmeda y un corredor clausurado.

El cocinero dejó de sonreír.

—Apagá eso, Ren.

—Pero si todavía no termina.

—Los clientes vinieron a comer, no a escuchar noticias de edificios vacíos.

Ren obedeció. Cuando volvió a mirar, Daisuke estaba apoyado en el borde de la cocina, observando la pantalla apagada. Sus nudillos estaban blancos.

—¿Conoce ese lugar? —preguntó Natsuki.

—Conozco demasiados edificios viejos —respondió él, y regresó a sus ollas.

Entonces vibró el teléfono de Ren. Era un mensaje de Akari Kujo.

«Necesito verte hoy. Traé tu registro de síntomas. No es una convocatoria de combate».

—Qué tranquilidad —murmuró Ren—. Cuando aclara que no es combate, seguro hay un problema.

Daisuke dejó caer una cuchara.

Fue un sonido pequeño. Nadie se sobresaltó.

Solo el cocinero sintió, detrás de los ojos, una imagen que no deseaba volver a ver: una puerta blanca que no encajaba en ninguna pared.

La sala de análisis del Observatorio del Norte estaba iluminada por monitores y una única ventana alta.

Shunpei Kuroda había dispuesto sobre la mesa fotografías impresas, planos municipales y una taza que contenía algo parecido a café, aunque su olor sugería que llevaba allí demasiadas horas.

Taiga Sakamoto miró la taza con cautela.

—Eso ya desarrolló inteligencia propia.

—No la toques —respondió Shunpei—. Está sosteniendo mis notas.

—Con razón el mundo está en peligro.

Akari no levantó la vista del mapa.

—Los dos, silencio.

Ren entró y encontró a Yuna Tachibana sentada sobre el borde de una mesa, observando una fotografía con la expresión inusualmente seria.

—¿Qué pasó? —preguntó.

—Encontraron una puerta —respondió Taiga.

Ren pestañeó.

—Bien por ellos.

—En una pared donde ayer no existía ninguna.

—Eso complica las felicitaciones.

Shunpei giró uno de los monitores. Apareció una grabación del interior del depósito de Minato. Dos técnicos avanzaban con linternas por un pasillo de hormigón. A su izquierda había una hilera de estanterías vacías. A la derecha, una pared cubierta de humedad.

La imagen sufrió una interferencia.

Cuando volvió a estabilizarse, al fondo del corredor había una puerta estrecha, pintada de blanco, con una manija de latón.

Ninguno de los técnicos pareció advertirla al principio.

Después uno giró la cabeza.

Levantó la linterna.

La grabación terminó.

—La cámara se apagó por una falla eléctrica —explicó Shunpei—. El equipo regresó al exterior. Uno de los técnicos conserva un recuerdo borroso de haber escuchado el timbre de una escuela. El otro asegura que la puerta estaba cerrada y que alguien lo invitó a entrar por su nombre.

—¿Hay personas desaparecidas? —preguntó Ren.

—Una —respondió Akari—. Kaede Mori, treinta y dos años, inspectora de mantenimiento contratada por el municipio. Ingresó antes de que se sellara el perímetro. Encontramos sus herramientas dentro. No sabemos dónde está.

Yuna señaló la fotografía.

—No se parece a una aparición espiritual. Hay una sensación de presencia, pero está repartida por todo el pasillo. No puedo hablar con ella como hablé con los ecos de Hoshimi.

Shunpei amplió tres gráficas.

—Y hay algo más. Las oscilaciones coinciden parcialmente con las que registramos durante las pesadillas de julio. No afirmo que exista un origen único. Solo sé que se repite un intervalo.

—Un segundo —dijo Ren.

Akari asintió.

Taiga se rascó la nuca.

—¿Y el plan consiste en entrar a una puerta que se pone donde quiere y traer de vuelta a una persona que no sabemos dónde está?

—No —respondió Akari—. El plan consiste en comprender los riesgos antes de decidir si podemos entrar.

En ese momento la puerta de la sala se abrió.

Genji Arakawa apareció con una bolsa de panecillos y un paraguas, a pesar de que fuera brillaba el sol.

—He oído que hay un umbral sin dirección fija.

Shunpei se incorporó.

—Maestre, pensé que llegaría por la tarde.

—La lavandería puede sobrevivir tres horas sin mí. Esta ciudad, aparentemente, tiene dudas.

Genji se acercó a la fotografía. La estudió en silencio durante tanto tiempo que Ren dejó de mover los pies.

—¿Qué es? —preguntó al fin.

El veterano posó un dedo sobre la manija de latón impresa.

—Una invitación que no deberíamos aceptar por curiosidad.

—Eso ya lo habíamos deducido —dijo Taiga.

—Entonces todavía existe esperanza para tu educación.

Taiga sonrió, sin saber si lo habían felicitado.

Genji observó a Akari.

—Necesitaremos un equipo pequeño y una ruta de regreso que no dependa de los ojos. Quiero tiempo limitado, consentimiento documentado y un perímetro médico real. Si entramos, no iremos a cazar una victoria. Iremos a buscar a Mori y a reconocer la estructura.

—¿Adónde lleva? —preguntó Ren.

Genji tardó un momento en contestar.

—A veces, cuando la gente sueña, una parte de su experiencia toca un lugar común. Habitualmente apenas queda una huella. Pero existen caminos donde esas huellas se mezclan, se superponen y adquieren una forma que se puede recorrer.

Ren miró otra vez la imagen de la puerta.

—¿Un mundo de sueños?

—Lo llamamos el Mar de Sueños. Y si cruzás pensando que todo es imaginario, ese lugar se encargará de enseñarte lo contrario.

Después de oír hablar del Mar de Sueños, Ren esperaba explicaciones sobre mundos imposibles. En cambio, Akari y Genji dedicaron media hora a permisos, perímetros y rutas de regreso.

—La magia tiene una capacidad extraordinaria para convertirse en papeleo —murmuró.

Akari levantó un documento.

—Y el papeleo evita que tengamos que lamentar muertes evitables.

Genji señaló tres puntos en el plano del depósito.

—Marcador físico, sello de retorno y equipo médico. Doce minutos de referencia exterior. Si la puerta altera el tiempo, tres mediciones distintas nos dirán cuándo detenernos.

Shunpei asintió desde su consola.

—No confiaremos en un solo reloj.

Kei Hoshizaki llegó con un abrigo marfil y una bolsa de tela.

—¿En serio nos convocaron a un almacén húmedo? Mis zapatos van a presentar una queja.

—Te necesitamos precisamente porque distinguís una ilusión de un objeto —dijo Genji—. Allí puede que todo intente parecer verdadero.

—Qué honor. Me llaman por mis inseguridades.

Akari fijó las tareas. Ella protegería al grupo, Genji controlaría la entrada, Kei comprobaría sus referencias y Ren buscaría indicios de la persona desaparecida, sin actuar por su cuenta. Taiga, Yuna, Reina, Riku, Ayame y Shunpei trabajarían fuera. Nadie cruzaría por curiosidad.

—Si oís una voz —advirtió Genji a Ren—, no le contestés por reflejo.

—Mi madre me enseñó a saludar.

—Tu madre parece una mujer inteligente. No la preocupés innecesariamente.

Natsuki llamó para insistir en que Mori recibiera atención sin presiones al despertar.

—Y vos regresá —añadió, mirando a Ren.

—Siempre regreso.

—Todavía me acuerdo de cuando te quedaste colgado de una cerca.

Kei se llevó una mano al pecho.

—Necesito conocer esa historia.

Ren cambió de tema inmediatamente.

Cuando quedaron solos, Akari le recordó que debía comunicar cada síntoma o imagen extraña.

—¿Y si solo yo siento que alguien está pidiendo ayuda? —preguntó Ren.

—Te escucharé. Pero lo comprobaremos juntos. Proteger no significa obedecer todas las voces que te llamen.

Ren miró el plano de la puerta.

—Es mucho más difícil que lanzarse a pelear.

—Por eso seguimos entrenando.

Al anochecer, Minato olía a metal mojado, combustible y madera antigua.

El distrito portuario había cambiado mucho desde los años en que los barcos de carga atracaban junto a los depósitos de ladrillo. Ahora convivían talleres, locales nuevos, pequeñas oficinas y algunas estructuras abandonadas detrás de verjas oxidadas. Las grúas iluminadas parecían animales inmóviles bajo el cielo violeta.

El depósito marcado en el informe se encontraba al final de un camino de servicio. Nadie habría reparado en él desde la avenida principal.

Ren bajó de la furgoneta junto a Kei.

—¿Este es el lugar donde conoceré el universo secreto de los sueños?

—Sí.

—Esperaba algo más elegante.

—Los grandes misterios tienen pésimo gusto inmobiliario.

Akari ya hablaba con Riku Endo, que había organizado el desvío del personal no esencial. A unos metros, Reina Amamiya estudiaba la entrada junto a Ayame Fujimoto. Permanecía en un solo cuerpo, ahorrando energía para cualquier emergencia real.

Shunpei trabajaba desde un vehículo estacionado fuera del perímetro. En la pantalla central mostraba datos del corredor y una línea que cambiaba de intensidad cada vez que alguien se aproximaba demasiado al edificio.

Taiga levantó una mano desde el perímetro exterior.

Genji apareció con una cuerda fina enrollada en una mano. No tenía aspecto de arma. Era hilo de algodón oscuro, marcado en intervalos regulares con pequeñas piezas de cobre.

—Esto no nos atará al suelo —explicó—. Servirá para verificar que al menos una parte de nuestras señales sigue siendo propia. Si empieza a tener una longitud distinta según quién la mire, la cortamos y nos retiramos.

—Odio cuando lo dicen tan tranquilos —murmuró Ren.

En la puerta principal del depósito, Akari detuvo al grupo.

—Última revisión. ¿Síntomas?

—Estoy nervioso —respondió Ren.

—Eso cuenta, pero no es suficiente. ¿Dolor, desorientación, recuerdos que no reconocés?

—No. Mi costado está bien. Dormí seis horas.

—Necesitabas ocho.

—Mi jefe considera el sueño una actividad sospechosa.

Genji le tomó la muñeca y comprobó el pulso sin utilizar magia.

—Si empezás a olvidar dónde estás, lo decís. No te quedés callado por vergüenza.

Kei guardó un pequeño espejo en el bolsillo.

—Yo llevo la referencia que acordamos. Tres golpes breves sobre metal, olor a mandarina y una pieza fría de cobre. Ninguna imagen por sí sola nos dirá la verdad.

Ren arrugó la nariz.

—¿Mandarina?

—Es un aroma fácil de distinguir del moho, a menos que nuestra pesadilla tenga un puesto de frutas.

A pocos pasos de entrar, Ren notó algo que no esperaba: sobre el suelo, junto a una pared, había una marca de hollín con forma de media luna.

Se agachó para examinarla.

—¿Esto es parte del sello?

Genji llegó a su lado. Se quedó mirando la mancha más tiempo del necesario.

—No —dijo al fin—. Y no la toqués.

Akari se volvió.

—¿La reconoce, maestre?

El anciano hizo una pausa.

—Reconozco cómo se intentó cerrar una puerta aquí. Alguien utilizó una técnica de calor hace mucho tiempo.

Ren miró el ladrillo ennegrecido.

—¿Funcionó?

—Durante un tiempo, supongo.

No añadió nada más.

En el extremo del pasillo, donde los planos mostraban una pared sin aberturas, una manija de latón giró lentamente.

Ninguna mano la estaba tocando.

La puerta apareció entera cuando Genji trazó el primer sello.

Era blanca, estrecha y demasiado antigua para aquel depósito. Tenía la pintura descascarada cerca de la base y una pequeña mancha azul junto a la cerradura. Parecía pertenecer a una escuela rural, o a una casa que alguien había dejado de visitar años atrás.

Y, sin embargo, proyectaba una sombra sobre el suelo en dirección opuesta a todas las demás.

Akari levantó la mano derecha. Una línea carmesí recorrió sus dedos, sin convertirse todavía en una hoja.

—Perímetro estable.

Shunpei respondió a través del comunicador.

—Marcadores exteriores registrados. Hora de inicio: diecinueve cuarenta y uno. Si las mediciones no coinciden, me quedaré con la primera variación verificable y activaré la retirada.

Genji colocó una pieza de cobre en el marco.

—No estamos obligados a cruzar —dijo.

Ren tragó saliva.

—Pero Mori está ahí dentro.

—Eso sospechamos. Sos libre de quedarte fuera.

Ren miró a Akari. Ella no lo desafió ni puso en duda su valentía. Esperó.

—Entro —respondió—. Pero no voy a separarme del grupo.

Kei levantó un dedo.

—Quisiera que quedara registrado. Ren Mizuhara acaba de prometer comportarse con prudencia.

—¿Podemos dejar de hablar de mí como si ya hubiera muerto?

Genji giró la manija.

Detrás no había una habitación.

Había una escalera que descendía bajo un cielo naranja.

Ren dio un paso atrás.

La escalera parecía extenderse hacia la lejanía como una calle. A ambos lados flotaban ventanas abiertas sobre ninguna pared. Algunas mostraban dormitorios oscuros. Otras, estaciones de tren vacías. En una se veía una mesa preparada para una celebración de cumpleaños; en otra, una bicicleta abandonada sobre nieve que caía hacia arriba.

Más allá de todas ellas se movía una extensión gris azulada que no era agua, ni niebla, ni cielo.

Respiraba.

Ren sintió una oleada de recuerdos que no le pertenecían.

Cruzaron en orden: Akari, Kei, Ren y Genji. El anciano fue el último en pisar el primer escalón, llevando el hilo de cobre entre los dedos.

La puerta quedó abierta detrás de ellos.

Por un instante Ren tuvo la certeza de que podía regresar con dos pasos.

Después miró de nuevo.

La puerta se encontraba al final de una escalera muchísimo más larga.

—Eso no estaba así.

—No mires la distancia —dijo Kei—. Comprobá las referencias.

Golpeó tres veces la pieza de cobre que llevaba en la mano.

Los sonidos fueron breves y ásperos. Ren los escuchó con claridad. Kei rompió un pequeño sobre sellado y el aire olió a mandarina fresca.

—Estamos juntos. El metal sigue frío. Y Akari continúa mirándonos como si quisiera imponernos multas.

—Puedo empezar por vos —respondió ella.

Ren se aferró al humor, pero no consiguió apartar la vista del paisaje.

En una ventana vio a un niño escondido bajo una mesa. Apartó la mirada: aquello no era un museo.

Una sombra pasó bajo los escalones. Genji endureció el rostro.

—Nos están tomando medidas.

—¿Quién? —preguntó Ren.

Antes de que pudiera recibir respuesta, sonó una campana.

No parecía proceder de ningún sitio cercano. Era un sonido grave, distante, pero Ren sintió la vibración en los dientes.

Las ventanas giraron hacia ellos. Tarjetas blancas comenzaron a caer, cubiertas de fechas. Ren alcanzó a leer una al pasar.

Tenía la fecha de su último cumpleaños.

Otra mostraba el día en que entró a trabajar en Bento Niji.

Una tercera estaba en blanco.

—¿Por qué sabe cosas de mí?

—Porque tus recuerdos están disponibles para vos —respondió Genji—. Y estás pisando un lugar que puede responder a ellos. No significa que conozca tu vida como la conoce una persona.

Kei señaló hacia abajo.

La escalera había terminado en un corredor de hospital.

Un segundo antes no había ningún hospital.

Akari miró su reloj mecánico.

—Cuatro minutos de referencia, como máximo.

Shunpei tardó un instante en contestar.

—Confirmo que han pasado dos minutos y once segundos fuera. La diferencia está creciendo. Mantengan la ruta de regreso.

A través del comunicador se escuchó una respiración. No era la de Shunpei.

Después apareció una voz apagada que repetía un número de habitación.

Akari desconectó la señal secundaria.

—A partir de ahora, únicamente mensajes codificados. Si alguien pide ayuda por una frecuencia que no hemos autorizado, lo verificaremos antes de seguirlo.

Ren asintió.

Pero una pequeña puerta se había abierto en el extremo del corredor.

Y desde dentro llegó una voz familiar.

—Ren, llegaste tarde otra vez.

Era Daisuke.

Ren dio un paso sin querer.

Kei le sujetó la manga.

—No está aquí.

—Ya lo sé.

La voz volvió a escucharse.

—Si llegás tarde, ni el arroz te va a esperar.

Sonaba exactamente como su jefe cuando estaba de buen humor.

Ren apretó los dientes.

—Sé que no está aquí.

La puerta del corredor se cerró.

En su lugar apareció una sala de clases con escritorios pequeños. Sobre la pizarra había una fecha de muchos años atrás.

Ren reconoció la escuela.

No la había visitado desde niño.

Una punzada le atravesó la sien.

—Un momento —dijo—. Esa ventana…

Akari le tocó el hombro.

—No te acerqués.

Ren oyó su voz como si procediera del fondo de un pozo.

En la sala había un pupitre vacío junto a la ventana. Sobre él descansaba un dibujo de una torre. La había dibujado con una precisión impropia de su edad. Reconoció incluso la pequeña mancha azul de la esquina.

Intentó recordar por qué la había dibujado.

La respuesta parecía estar apenas un paso más allá.

Y entonces el pasillo desapareció.

Ren estaba en el patio de su antigua escuela.

El cielo era blanco.

No había alumnos en las canchas ni profesores frente a las puertas. Solo se escuchaba el crujido de un columpio que se movía sin viento.

Tenía las manos pequeñas.

Miró sus mangas: llevaba un uniforme infantil. En la palma derecha veía una mancha de pintura azul.

—Esto no es real —dijo.

Su voz salió delgada, como la de un niño.

Intentó abrir y cerrar los dedos. El dolor de sus costillas, el cansancio del entrenamiento y el peso de su cuerpo adulto habían desaparecido.

Lo aterrador era que su mente comenzó a considerarlo normal.

Por un instante recordó una mañana en la que su madre le había entregado un almuerzo envuelto en tela. Su hermana era demasiado pequeña para ir a la escuela. Su padre había prometido recogerlo al terminar las clases.

Era un recuerdo agradable.

Y quería quedarse allí.

Una niña pasó corriendo al otro lado del patio.

—¡Ren! ¡Nos van a cerrar la puerta!

Natsuki.

La reconoció por la forma de correr, aunque el rostro apenas se distinguía bajo la luz blanca.

Ren se dirigió hacia ella.

Se detuvo de golpe.

La verdadera Natsuki ya era adulta. Trabajaba en el Hospital Hoshimi. Había tenido miedo en un callejón, había curado a pacientes y había decidido que nadie volvería a elegir por ella.

—Vos no sos Natsuki —susurró.

La niña siguió corriendo sin responder.

Detrás de ella apareció una puerta blanca.

Era la misma que había visto en sus sueños.

Ren sintió que todo su cuerpo quería caminar hacia allí.

Una campana sonó una vez.

Después otra.

Y otra.

—No —dijo, apretando los puños—. No voy a entrar.

La puerta se abrió apenas.

Dentro había una habitación con paredes blancas y un reloj inmenso cuyo segundero avanzaba sin hacer ruido.

En el suelo, una línea azul recorría las baldosas como una costura.

Ren recordó que había visto esa imagen mucho antes de despertar su magia.

Un recuerdo enterrado.

No una escena inventada al azar.

Alguien lo había llevado allí.

Algo había ocurrido.

Quiso saber qué.

La puerta se abrió un poco más.

Entonces oyó la voz de su madre.

—Ren, entrá. Ya terminó todo.

La frase le atravesó el pecho.

Tenía miedo de que si no avanzaba perdería para siempre la oportunidad de comprender por qué algunas partes de su infancia parecían cubiertas por una sábana.

Dio un paso.

Y el suelo se abrió bajo sus zapatos.

No cayó hacia abajo.

Cayó hacia una tarde distinta.

Una calle donde su hermana lloraba porque él había roto un juguete.

Una estación donde había perdido un tren.

El pequeño apartamento donde no le alcanzaba el dinero para el cumpleaños de su madre.

Cada escena duraba apenas un instante, pero todas se encadenaban con una culpa idéntica: llegar tarde, olvidar algo, no haber hecho lo suficiente.

Ren intentó gritar.

Su voz no salió.

La línea azul se apretó alrededor de su muñeca y comenzó a tirar de él hacia la habitación blanca.

En la otra orilla, Akari comprobó que Ren había desaparecido de su campo de visión.

No se había alejado caminando. Un instante estaba entre ella y Kei; al siguiente quedaba un espacio vacío, con la manga de su camiseta proyectando una sombra que tardó más de un segundo en desaparecer.

—¡Ren! —llamó.

El eco respondió con su propia voz.

—¡Ren!

Y después, desde otra dirección:

—¡Ren!

Genji clavó una pieza de cobre en el suelo.

—No respondas a la imitación. Necesitamos distinguir un cuerpo ausente de una conciencia desplazada.

Akari miró alrededor. El corredor del hospital cambiaba lentamente de longitud. Cada vez que parpadeaba, las lámparas del techo estaban un poco más lejos.

Kei se arrodilló y apoyó una palma en el suelo.

Su primera ilusión fue sencilla: una línea roja continua desde el punto donde habían cruzado hasta sus pies.

La línea se partió.

Kei frunció el ceño.

—No la estoy moviendo.

—La ilusión no está sobre el lugar —dijo Genji—. El lugar la está utilizando.

Sobre la pared aparecieron tres rostros idénticos al de Ren. Los tres sonreían con expresiones distintas.

Uno estaba asustado.

Otro parecía dormido.

El tercero mantenía los ojos cerrados y murmuraba algo que nadie podía escuchar.

—No sé cuál es verdadero —admitió Kei.

—Ninguno tiene por qué serlo —respondió Akari.

Genji tocó el cobre con el pulgar.

—Tenemos una pérdida de orientación. No gastemos el tiempo persiguiendo imágenes.

Kei cerró los ojos.

Su poder podía crear una cara, un pasillo, una persona que no existía. Dependía de lo que otros creían ver. Pero aquí las paredes respondían a recuerdos capaces de cambiar también la manera de sentir, oler y recordar.

Por primera vez desde que aprendiera a levantar un espejismo, Kei comprendió que una ilusión perfecta podía ser más peligrosa para él que para su enemigo.

—Necesito algo que no dependa de mi vista —murmuró.

Extrajo el sobre de mandarina.

El aroma llenó el espacio.

Golpeó tres veces el cobre contra un escalón que ya no estaba allí, pero cuya superficie todavía resistía bajo sus dedos.

Después tomó aire.

—Ren. Si podés oírme, no busqués mi cara. Buscá los tres golpes. El olor. El frío en la mano.

El corredor permaneció inmóvil.

Kei repitió el patrón.

En la pared, los tres rostros de Ren abrieron los ojos al mismo tiempo.

—Te encontramos —dijeron con una sola voz.

Akari levantó su hoja carmesí.

—No los toqués.

Las caras comenzaron a desprenderse de la pared como máscaras de papel húmedo.

Y detrás de ellas apareció algo que caminaba sin terminar nunca de salir de la oscuridad.

La criatura no tenía un rostro fijo.

En el lugar donde deberían haber estado sus ojos se abrían pequeños huecos oscuros. Unos parecían mirar a Akari; otros contemplaban fotografías invisibles en el aire. Llevaba sobre los hombros tiras de tela que se movían como cintas suspendidas bajo el agua, y de sus dedos salían hilos finísimos que terminaban en puertas diminutas.

Cada puerta tenía una manija distinta.

Una de porcelana.

Otra de hierro.

Otra de plástico amarillo, como las de ciertos armarios escolares.

Cuando caminó, sus pies no tocaron el suelo. Pareció deslizarse entre dos posiciones del mismo espacio.

Genji sintió un frío antiguo.

—Un Tejedor de Pesadillas.

—¿Puede pensar? —preguntó Akari.

—Puede elegir entre los recuerdos que encuentra. Eso no significa que entienda a las personas que los vivieron.

La criatura levantó una mano.

Todas las puertas de sus dedos comenzaron a girar.

Akari golpeó primero, no contra el cuerpo del Tejedor, sino contra los hilos que avanzaban hacia Kei. La hoja carmesí cortó dos. Del corte brotaron escenas fugaces: un cumpleaños, un tren vacío, una habitación de hospital.

La tercera hebra tocó la manga del ilusionista.

Kei se quedó inmóvil.

—¿Quién…? —murmuró.

Akari lo tomó del hombro.

—Kei. Decime tu nombre.

—Kei Hoshizaki.

—¿Dónde estamos?

Él miró el corredor.

—En… no lo sé.

—Eso está bien. ¿Por qué vinimos?

El hombre parpadeó.

—A rescatar a alguien.

Genji recuperó el hilo cortado con una pieza de cobre. No intentó guardarlo; lo atrapó dentro de un pequeño círculo de sellos que empezó a humear.

—No la dejen unir nuestras experiencias. Si compartimos la misma puerta, puede arrastrarnos a una sola historia de la que nadie recuerde cómo salir.

El Tejedor inclinó la cabeza.

Desde sus hombros surgió una voz hecha de varias voces superpuestas.

—Aquí no llega tarde nadie.

Akari apretó la mandíbula.

—¿Dónde está la mujer desaparecida?

La criatura señaló un rincón vacío.

En ese lugar apareció una mesa de cocina. A su lado estaba sentada una mujer con chaleco naranja y el rostro cubierto por las manos.

—Kaede Mori —dijo Genji.

La mujer no reaccionó.

Kei se acercó con cautela. Antes de llegar, la mesa se alejó varios metros sin mover sus patas.

Akari extendió una barrera entre ellos y el Tejedor.

—No podemos pelear y evacuar al mismo tiempo si seguimos esta geometría.

—Es lo que quiere —respondió Genji—. Que elijamos una imagen y olvidemos todas las demás.

Los hilos del monstruo comenzaron a tensarse alrededor de la mujer. Cada vez que Kaede levantaba la cabeza, aparecía otra versión de sí misma, sentada en otra mesa, dentro de otra habitación.

—¿Cuál es ella? —preguntó Kei.

Genji negó con la cabeza.

—Todavía no sabemos siquiera si estamos viendo a la persona o a su recuerdo.

El comunicador de Akari emitió tres golpes cortos. Era la señal acordada desde el exterior.

Shunpei habló por el canal protegido.

—Van ocho minutos. La actividad del depósito aumentó de repente. El cuerpo de Mori ha sido localizado detrás de una estantería real, inconsciente y respirando. El equipo médico la atiende, pero no logra que responda.

Akari miró hacia la figura sentada.

—Entonces lo que buscamos es su conciencia.

—Exactamente —respondió Genji—. Y si arrancamos estos hilos por la fuerza, no sabemos qué parte de ella quedará del otro lado.

Kei apretó la pieza de cobre fría.

—Tengo una idea. No podemos construirle una puerta mejor, pero podemos mostrarle cuál es el recuerdo que está eligiendo.

Proyectó una escena sencilla frente a Kaede: una mesa, dos tazas de té y una ventana. No inventó una persona que la llamara por su nombre. Dejó el segundo asiento vacío.

La mujer levantó lentamente la cabeza.

—¿Quién está ahí? —preguntó.

Kei mantuvo la imagen quieta.

—Somos un equipo de rescate. Tu cuerpo está a salvo. Si querés regresar, podemos ayudarte a encontrar el camino.

Kaede miró la taza vacía.

—Mi padre va a venir.

—No lo sé —respondió Kei—. No voy a inventar una respuesta.

La mujer comenzó a llorar.

El Tejedor levantó los brazos.

Las cintas se apretaron como si la sinceridad hubiera abierto una grieta en su obra.

Akari reforzó la barrera, pero una sombra atravesó el suelo hacia Genji. El anciano hundió el talón sobre un sello.

La sombra se detuvo.

Genji respiró con dificultad.

—Kei, seguí hablando. No le prometas nada que no podás cumplir.

En algún lugar al otro lado del corredor, Ren oyó los tres golpes.

No eran una voz de su infancia.

No le prometían respuestas.

Simplemente se repetían.

El olor a mandarina llegó después, tan fuera de lugar en el patio de su vieja escuela que Ren sintió que el sueño tropezaba.

Recordó a Kei.

Recordó a Akari.

Recordó que Natsuki le había dicho que debía regresar.

La puerta blanca volvió a abrirse delante de él. Detrás seguía la habitación de sus recuerdos.

—Puedo descubrirlo —susurró.

Un paso le bastaría.

En la manija apareció una pequeña mano azul, idéntica a la que Ren había visto tras el cristal durante años.

No supo si pertenecía a un recuerdo verdadero.

Tampoco si alguien la había colocado allí para atraerlo.

Ren cerró los ojos.

—No voy a resolver mi vida entrando en una puerta que no entiendo.

Los tres golpes sonaron otra vez.

Intentó seguirlos.

La línea azul se tensó alrededor de su muñeca.

La puerta no lo dejó avanzar.

En ese momento escuchó algo diferente.

No era una voz humana y tampoco el eco del Tejedor.

Una presión inmensa se movió al otro lado de la habitación blanca, como si una voluntad distante hubiera descubierto que alguien estaba tocando una de sus paredes.

Durante un instante, Ren creyó oír una frase.

No pudo distinguir las palabras.

Sintió, en cambio, una intención horrible: quedarse allí podía ser fácil. Nadie le pediría cuentas. Nadie podría reprocharle nada. Podría vivir una tarde sin obligaciones ni fracasos, una y otra vez, hasta olvidar que alguna vez deseó algo más.

Ren recordó a su jefe gritándole por llegar tarde.

A Natsuki exigiéndole que dijera la verdad.

A Taiga riéndose de sus entrenamientos.

A Akari esperando que pensara antes de lanzarse a salvar a alguien.

Aquellas personas a veces lo hacían sentirse torpe.

Pero eran reales.

Y no quería una vida donde todos le dijeran únicamente lo que deseaba escuchar.

—Quiero salir —dijo.

La presión aumentó.

Ren apretó la mano que llevaba libre.

Una pequeña luz azul violácea apareció entre sus dedos.

No la lanzó contra la puerta.

La acercó a los hilos que lo sujetaban, buscando la tensión que había aprendido a reconocer en el entrenamiento.

Consiguió aflojar uno.

El esfuerzo le produjo un dolor punzante detrás de los ojos.

Aflojó el segundo.

Durante un segundo olvidó dónde estaba su apartamento.

Ren detuvo la técnica.

Había prometido no seguir hasta perderse.

—Akari —llamó—. Estoy aquí. Necesito ayuda.

La voz salió débil, pero esta vez encontró un camino.

El comunicador de Shunpei emitió una señal inesperada.

Una nueva firma térmica se había detenido junto al perímetro exterior.

Taiga se volvió al oír los pasos.

Daisuke Ono estaba frente a la verja del depósito, todavía con sus pantalones de trabajo y una camisa oscura que había cambiado por el delantal.

—Buenas noches —dijo el cocinero.

Taiga lo reconoció de inmediato.

—¿Usted es el jefe de Ren?

—A veces. Últimamente parece que trabaja para una secta con muy malos horarios.

—No puede entrar —respondió Riku acercándose—. Hay una operación en marcha.

Daisuke le mostró una antigua placa de metal, ennegrecida en los bordes.

Riku la observó sin comprender.

Genji respondió desde el canal interior, con la respiración trabajosa.

—Dejalo pasar hasta el primer sello.

Akari se volvió, sorprendida.

—¿Maestre?

—No tenemos tiempo de discutirlo. Ono conoce el cierre lateral. Es una técnica que ya no se enseña.

Daisuke firmó el registro y subió despacio los escalones, con una mano sobre el costado.

Al llegar al marco de la puerta vio la mancha de hollín.

La tocó apenas con dos dedos.

—Todavía está aquí —murmuró.

El sello de retorno brillaba débilmente.

—Tenemos menos de dos minutos —avisó Shunpei.

Daisuke cerró los ojos. Apretó el puño derecho hasta que una luz anaranjada apareció bajo la piel de sus nudillos.

No era una llamarada.

Era calor concentrado, como el que permanece dentro de una piedra después de pasar horas al fuego.

Daisuke trazó una curva corta sobre el marco, siguiendo la marca antigua.

El aire se onduló.

La puerta mostró, durante un instante, una salida distinta: un tramo de pasillo del depósito que todavía conservaba sus baldosas de piedra y una pared de ladrillos intacta.

—Ahí —dijo Daisuke, jadeando—. Esa costura no se ha cerrado. Puedo mantenerla abierta unos segundos.

Al otro lado, Genji alzó la cabeza.

Reconoció el calor.

—Daisuke.

—Después me regañás —respondió el cocinero por el comunicador—. Ahora traé a los muchachos a casa.

Genji plantó el sexto sello de retorno.

La barrera de Akari tembló al recibir la presión del Tejedor. Kei sostuvo la ilusión de la mesa para que Kaede pudiera concentrarse en su propia decisión.

—¿Puedo volver? —preguntó ella.

—Hay gente contigo en el depósito —respondió Kei—. No conocemos todo lo que vas a recordar al despertar. Pero estás aquí, ahora, y podés intentar seguir nuestra voz.

Kaede miró la silla vacía.

La apartó lentamente.

—Quiero regresar —dijo.

Uno de los hilos que la sujetaban se aflojó.

Genji lo vio.

—Akari, sostené el espacio. Kei, guiala hasta el marcador. No la arrastrés.

La mujer se puso en pie.

El Tejedor abrió todas sus pequeñas puertas a la vez.

Un ruido parecido al de cientos de páginas arrancadas llenó el corredor.

Akari extendió ambas manos. Su barrera carmesí soportó el impacto, pero su respiración se volvió irregular. No tenía fuerzas para destruir aquello y proteger a todos al mismo tiempo.

—Ren —llamó—. Si me oís, seguí la señal. No necesitás derribar ninguna puerta.

En el patio blanco, Ren escuchó la voz como si llegara desde el fondo de su pecho.

Se aferró a los tres golpes.

Al frío del cobre que había sujetado antes de entrar.

Al olor de mandarina.

Dio un paso alejándose de la puerta infantil.

El cielo blanco se rasgó.

No como una herida, sino como una hoja de papel que recuperara su forma original.

Ren apareció de rodillas junto al corredor del hospital.

Kei lo sostuvo antes de que cayera sobre el suelo.

—Bienvenido. Llegás tarde incluso cuando volvés de tu propia infancia.

Ren intentó sonreír.

—No vuelvas a usar mandarina para nada. La voy a odiar toda mi vida.

—Eso significa que funcionó.

Akari lo miró a los ojos.

—¿Sabés quién soy?

—La persona que va a hacerme un discurso cuando salgamos.

—Respuesta aceptable.

Genji señaló hacia la pared.

Una abertura anaranjada se había formado donde antes solo había ladrillos mojados. Duraría apenas unos segundos.

El Tejedor se lanzó contra ellos.

Akari cortó el hilo que descendía hacia Kaede. Kei sostuvo su mano sin tirar de ella. Genji levantó el sello principal y pronunció una serie de palabras antiguas que Ren no consiguió recordar.

La criatura se detuvo.

Sus pequeñas puertas comenzaron a cerrarse una tras otra.

No parecía herida.

Parecía sorprendida de que alguien hubiera elegido marcharse.

Genji tiró del último marcador.

—¡Ahora!

Kei condujo a Kaede hacia la abertura. Akari mantuvo la barrera entre el grupo y el Tejedor. Ren caminó apoyado en el hombro del ilusionista, repitiendo en voz baja su nombre, su edad y la dirección de Bento Niji para comprobar que podía recordarlos.

Al cruzar el marco anaranjado, sintió olor a ladrillo húmedo.

Después, aire frío de un ventilador industrial.

Y por fin el suelo firme del depósito.

Ren cayó de rodillas y comenzó a reír y toser al mismo tiempo.

—Detesto las excursiones culturales.

Kei se dejó caer a su lado.

—Yo voy a denunciar a ese lugar por mal gusto.

Genji salió el último. Colocó el sello de retorno sobre la manija de latón. Akari sostuvo la puerta mientras el anciano cerraba el perímetro con dos trazos precisos.

La abertura desapareció.

Quedó una pared ordinaria, con humedad y ladrillos descascarados.

Nadie la golpeó para comprobarlo.

—Clausurada, no destruida —dijo Genji—. Hay que vigilarla. No sabemos qué sucedería con las personas conectadas si la arrancáramos de este lugar.

Fuera, los médicos confirmaron que Kaede había abierto los ojos. Seguía desorientada y no recordaba cómo había llegado al depósito. Pudo decir su nombre y pidió hablar con su hermana. El equipo no la presionó para reconstruir lo vivido.

Daisuke estaba sentado junto a una columna.

La luz anaranjada había desaparecido de sus manos. Tenía el rostro pálido y respiraba con cuidado. Bajo la camisa, una antigua cicatriz del costado se había inflamado.

Ren se detuvo frente a él.

—Jefe…

Daisuke levantó la cabeza.

—Espero que esto no signifique que mañana vas a llegar tarde.

Ren no se rió.

—Usted sabía que existía la magia.

El cocinero bajó la mirada.

—Sí.

—¿Desde cuándo?

Daisuke respiró hondo, soportando el dolor.

—Antes de abrir Bento Niji fui guardián. Me ocupaba de contener pasos pequeños, de los que casi nadie se entera. Una misión salió mal. Una persona volvió, pero yo quedé con una herida que no podía seguir ignorando. Me retiré porque continuar habría puesto a otros en peligro.

Ren sintió un enfado que le resultó difícil nombrar.

—¿Y me dejó creer que estaba solo con todo esto?

—Sí —respondió Daisuke, sin defenderse—. Creí que guardar silencio te mantendría lejos. Cuando apareciste con esa luz azul, reconocí algo que esperaba no volver a sentir.

—¿Qué reconoció?

Daisuke miró a Genji, que esperaba a unos pasos.

—No puedo explicártelo con seguridad. Y ya te oculté demasiadas cosas como para inventarte ahora una respuesta.

Ren apretó los puños. Quería seguir preguntando. También veía cómo su jefe intentaba no mostrar el dolor.

—Va a dejar que lo revise un médico —dijo finalmente.

—¿Me estás dando órdenes?

—Sí. Alguien tiene que hacerlo.

Daisuke soltó una risa corta que terminó en una mueca.

Akari se acercó a ellos.

—Su intervención nos permitió regresar. Pero no quiero que vuelva a utilizar esa técnica sin una evaluación. Podría agravar la lesión.

—No me entusiasma repetirla —admitió él.

Genji puso una mano sobre el hombro del antiguo guardián.

—Gracias por venir.

Daisuke miró hacia la pared clausurada.

—No vine por la Guardia. Vine por Ren.

La mañana siguiente encontró a Ren sentado en su apartamento, delante de una taza de té que se había enfriado sin que la tocara.

La revisión médica había descartado lesiones graves. Aun así, experimentaba una laguna extraña: recordaba que Kei había golpeado metal tres veces, pero no conseguía recordar en qué mano llevaba la pieza de cobre. También había olvidado una conversación breve ocurrida antes del ingreso, aunque Akari le aseguró que estaba registrada.

No intentó recuperar aquellos detalles a la fuerza.

Le asustaba que un recuerdo pudiera desprenderse sin hacer ruido.

Su teléfono vibró. Natsuki había enviado un mensaje.

«Daisuke está descansando. Kaede sigue bajo observación y su familia pudo verla. ¿Vos cómo estás?»

Ren escribió:

«Cansado. Quiero hablar con vos cuando termine de dormir».

La respuesta apareció enseguida.

«Dormí primero. Hablar después también es una forma de cuidarse».

Ren dejó el teléfono sobre la mesa. Abrió un cajón para buscar un analgésico que le habían indicado, y encontró una caja de fotografías antiguas que había traído de casa de sus padres meses atrás.

Entre varias imágenes había una hoja doblada.

La desplegó.

Era un dibujo infantil, hecho con lápices de colores: una torre alta, un reloj demasiado grande y una puerta blanca sin edificio alrededor. A través del papel corría una línea azul irregular, como si alguien hubiera intentado coser los dos lados de la hoja.

Ren sintió que le faltaba el aire.

En una esquina estaba escrito su nombre con la caligrafía torpe de un niño.

No recordaba haberlo dibujado.

Lo fotografió y envió la imagen a Akari, sin intentar interpretar su significado.

Pocos minutos después llegó la respuesta.

«Guardá el original. No lo lleves a ninguna parte. Voy a solicitar acceso a los registros antiguos».

Ren volvió a mirar la torre.

Fuera de su ventana, Yukisawa despertaba con su ruido habitual. Un autobús frenó en la esquina. Alguien discutía con una máquina expendedora. El mundo seguía funcionando.

Pero en el papel, el segundero del reloj estaba detenido entre dos marcas.

Y la costura azul atravesaba exactamente el espacio donde debía encontrarse la siguiente.
♥ 0💬 0👁 4 vistas · 4 visitantes↗ Compartir

Comentarios

0 comentarios

Puedes leer todos los comentarios. Para comentar, inicia sesión o crea tu perfil.
Todavía no hay comentarios.