Novelas · Parte 5
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NovelasParte 5

Parte 5: Las pesadillas del suburbio

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Detalles

Autor
Gylab Click
Categoría
Novelas
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YUMEGARI (夢狩り) | Los cazadores de sueños
Capítulo
Parte 5
Vistas
4

Sinopsis

🌙 Cuando el mundo duerme, comienza la verdadera batalla. En Yukisawa, una ciudad del norte de Japón, la vida transcurre con absoluta normalidad. Las personas trabajan, estudian, se enamoran y sueñan sin imaginar que, durante la noche, criaturas sobrenaturales acechan entre las sombras. Una organización secreta de magos protege a la humanidad de monstruos, espíritus y pesadillas que amenazan con invadir la realidad. Ren Mizuhara, un joven de 23 años que trabaja en una pequeña …

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El primer vecino que llamó a la policía aquella madrugada no dijo que hubiera visto un monstruo.

Dijo que había perdido a su esposa dentro de la casa.

El agente que recibió la llamada le preguntó si habían discutido, si ella había salido por alguna puerta o si necesitaba asistencia médica. El hombre, de sesenta y un años, respondió que su esposa estaba acostada a su lado. Podía tocarle el hombro, escuchar su respiración y sentir el calor de su piel.

Pero no conseguía despertarla.

Cuando le repetía su nombre, ella abría los ojos y preguntaba por qué seguían frente a aquella puerta.

No había ninguna puerta frente a la cama.

El hombre lo comprobó doce veces antes de llamar.

En un edificio de la otra punta de Yukisawa, una niña de ocho años despertó llorando porque alguien había robado el sonido de una campana. Su padre encendió todas las luces y le enseñó la campanilla de bronce que tenían junto a la ventana. La niña la agitó con ambas manos. El metal sonó con claridad.

—Esa no —dijo ella—. La otra. La que no suena.

Una tercera persona, un estudiante que vivía solo sobre una lavandería en un barrio cercano, escribió una publicación a las cuatro y once de la mañana.

«¿Alguien más soñó con una puerta blanca que no se puede abrir? No es broma».

Antes de que amaneciera había recibido treinta y siete respuestas.

Ninguno de quienes contestaron sabía que, a las tres y catorce, todos los relojes digitales de tres calles distintas habían registrado un segundo de más.

Y tampoco sabían que una cosa delgada y oscura recorría las fachadas de sus edificios, deteniéndose bajo las ventanas donde todavía había alguien dormido.

En cada parada inclinaba la cabeza, como si escuchara órdenes que los demás no podían oír.

Ren Mizuhara descubrió el problema a las nueve de la mañana, cuando Daisuke Ono lo encontró dormido con la frente apoyada sobre una caja de palillos desechables.

—Ren.

—Cinco minutos, mamá.

—¡Mizuhara!

Ren levantó la cabeza de golpe.

La caja cayó al suelo. Los palillos se desparramaron debajo del mostrador. Un cliente que esperaba su pedido dio un salto.

—¡Estoy despierto! —anunció Ren, poniéndose de pie—. Y estoy completamente a favor de la productividad.

Daisuke lo observó con los brazos cruzados. Su delantal azul estaba impecable y llevaba una espátula que parecía usar más para amenazar empleados que para cocinar.

—Son las nueve y ocho. Llevás aquí cuarenta minutos. Ya te dormiste tres veces.

—Eso es eficiencia. Dormí toda la noche en menos de una hora.

Ren abrió la boca para bromear. La cerró cuando vio que su jefe no sonreía.

Desde que había comenzado a entrenar con la Guardia, Daisuke lo miraba a veces de aquella manera: como si supiera algo que Ren todavía no le había contado. Nunca le había preguntado directamente por los monstruos. Ren tampoco se había atrevido a mencionar la magia en la tienda.

—No salí anoche —admitió—. Simplemente no pude dormir.

Daisuke recogió los palillos y dejó una taza de té frente a él.

—Entonces hoy no vas a cargar cajas pesadas. Atendé el mostrador y terminá temprano.

Ren se inclinó a recuperar el último paquete de palillos y vio un cartel pegado a la pared del restaurante.

ERA UNA NOCHE TRANQUILA HASTA QUE EMPEZARON LOS SUEÑOS.

No recordaba haberlo visto antes.

—¿Quién puso eso? —preguntó.

Daisuke siguió su mirada.

Era el anuncio de una función comunitaria de cine fantástico. Debajo del eslogan había una fecha y un dibujo torpe de una puerta.

—Lo trajo la señora Fujita. ¿Por qué?

—Por nada.

Ren se enderezó.

Durante el último mes había aprendido que no todas las coincidencias escondían monstruos. Akari se lo había repetido con tanta frecuencia que podía escuchar su voz cada vez que veía una sombra sospechosa. Pero también había aprendido algo peor: algunas coincidencias dejaban de serlo cuando aparecían demasiadas veces.

El teléfono vibró en su bolsillo.

Un mensaje de Taiga.

«Necesito que vengas al Observatorio. Emergencia de nivel legendario».

Ren escribió debajo del mostrador.

«¿Hay alguien herido?».

La respuesta llegó de inmediato.

«Peor. La máquina de café se tragó mis monedas y Shunpei dice que hay anomalías en tres barrios».

Ren guardó el teléfono. Por primera vez aquella mañana, el cansancio le pareció menos importante que la pregunta que no había querido hacerse mientras contemplaba el cartel.

¿Por qué llevaba tres noches soñando con una puerta que no podía abrir?

En el Hospital Hoshimi, Natsuki Hara estaba aprendiendo a odiar la frase «durmió toda la noche».

Una paciente había pasado ocho horas en cama sin despertar por completo y había necesitado una evaluación médica al amanecer. Otra se había incorporado gritando que estaba atrapada detrás de un vidrio. Un hombre ingresado por un problema respiratorio se resistía a volver a cerrar los ojos porque decía escuchar una campana cada vez que lo hacía.

Natsuki no encontraba nada sobrenatural en las hojas clínicas. Había problemas reales, explicaciones posibles y tratamientos que debían seguirse. El cansancio, la medicación, el dolor y la ansiedad podían provocar sueños intensos. Sabía que sería irresponsable atribuir cualquier síntoma a una presencia extraña.

También sabía lo que había visto en el ala antigua semanas atrás.

Por eso tomaba notas precisas.

—¿Otra noche difícil? —preguntó Miki Senda, dejando una carpeta sobre la mesa.

—Tres pacientes con problemas relacionados con el sueño. Ninguna conclusión todavía.

—Mi sobrino también tuvo una pesadilla —comentó Miki—. Dijo que alguien le pedía que abriera una puerta.

Natsuki dejó de escribir.

—¿Una puerta?

Miki asintió.

—Se despertó convencido de que todavía estaba soñando. Mi hermana tuvo que sentarse con él casi una hora.

—¿Dónde vive tu hermana?

—En Naranodai. ¿Por qué?

Natsuki miró las anotaciones de la mañana. Una de sus pacientes vivía en Tsukimigaoka. Otro había llegado desde Midorichō.

Tres zonas diferentes.

—Por nada seguro —respondió—. Pero voy a comentárselo a la médica de turno.

Miki no insistió. Ya había estado en el corredor antiguo y había aprendido que, cuando Natsuki decía «no estoy segura», significaba exactamente eso.

A media mañana, la enfermera recibió una llamada de Ren.

—¿Dormiste bien? —preguntó él.

Natsuki miró los formularios acumulados sobre su escritorio.

—Definí «bien».

—No haber soñado con cosas raras.

La pausa fue tan larga que Ren dejó de respirar al otro lado.

—¿Natsuki?

—¿Por qué me preguntás eso?

Ren observó la puerta de Bento Niji para asegurarse de que Daisuke no lo escuchaba.

—Porque yo llevo varios días soñando con una puerta. Y Taiga acaba de decirme que pasa algo en distintos barrios.

Natsuki sintió una punzada de preocupación.

—Acá también hay personas con sueños extraños. Pero eso no significa que sea lo mismo.

—Te llamaba para avisarte. No voy a investigar solo.

Natsuki apoyó la espalda en la silla.

Recordó la enfermera que había sido antes de conocer a la Guardia. Se habría limitado a registrar los hechos y solicitar una valoración cuando correspondiera. Ahora conocía la existencia de seres capaces de alterar percepciones. Eso no anulaba su profesión; la volvía más necesaria.

—Yo tampoco —respondió—. Pero si están investigando pacientes o barrios, quiero saber qué piensan hacer. No quiero enterarme cuando aparezca otro grupo en el hospital con aparatos que nadie sabe explicar.

—Voy a decirlo.

Dos minutos después, una paciente anciana la llamó desde su habitación.

—Señorita Hara, ¿puede cerrar esa puerta?

Natsuki miró alrededor.

Todas las puertas estaban cerradas.

La paciente tenía los ojos abiertos y señalaba un punto entre dos camas.

—¿Cuál puerta, señora?

—La blanca —susurró la mujer—. La que está esperando que me duerma.

La reunión comenzó esa tarde con un mapa de Yukisawa y tres tazas de café frío.

—Tenemos dieciséis informes de despertares confusos en cuatro días. Nueve proceden de Midorichō, Naranodai y Tsukimigaoka. Otros siete requieren verificación. No es una epidemia confirmada ni una causa demostrada. Es un grupo de señales que merece investigación.

Shunpei amplió el mapa. Sobre tres conjuntos de edificios aparecieron círculos pequeños.

—Seis residentes aceptaron describir voluntariamente sus sueños a través de servicios de atención. No hemos solicitado expedientes médicos. Las descripciones independientes mencionan un corredor, una puerta blanca y una campana que no suena. En cinco testimonios el sueño termina cuando el soñador intenta recordar a quién está buscando.

—¿Hay fallecidos? —preguntó Ren.

—No —respondió Akari—. Dos caídas leves, tres personas con miedo intenso a dormirse y una atención hospitalaria por un problema previo. No vamos a atribuir lesiones a una criatura sin comprobarlo.

Yuna Tachibana estaba apoyada contra una estantería, con el teléfono apagado en la mano.

—Y hay cuarenta publicaciones diciendo que Yukisawa está embrujada —añadió—. Algunas vienen de gente que realmente tiene miedo. Otras son bromas. Dos muestran el mismo video viejo de una película, recortado para parecer una cámara de seguridad.

—¿Lo publicaron en tus redes? —preguntó Taiga.

—Me etiquetaron. No voy a usar el miedo de una familia para conseguir visitas.

Akari extendió un informe.

—La prioridad es proteger a los residentes y localizar la fuente. Riku dirigirá las evacuaciones si las necesitamos. Kei y Reina inspeccionarán Naranodai. Yuna estudiará los testimonios y acompañará a Shunpei a Tsukimigaoka. Taiga controlará la ruta de acceso en Midorichō. Ren vendrá conmigo.

Akari añadió una última condición.

—No despertarán por la fuerza a personas que parezcan afectadas. No tocarán a nadie sin necesidad y no tratarán a un durmiente como si fuera el enemigo. Si encontramos un huésped o un repetidor, protegeremos primero al civil.

—¿Repetidor? —preguntó Ren.

Shunpei cambió de pantalla. Apareció el dibujo de una figura de extremidades largas, doblada sobre sí misma como una pieza de alambre.

—Una entidad que se alimenta de acciones que no terminan. En ocasiones repite un fragmento de sueño hasta que la persona pierde la referencia de lo que realmente ocurrió.

Genji Arakawa había escuchado toda la reunión sin intervenir. Parecía profundamente concentrado en desenvolver un caramelo.

—Recuerden esto —dijo finalmente—. Si una persona no distingue entre recordar y despertar, no la contradigan con violencia. Denle algo que pueda reconocer aquí y ahora. Una voz, un nombre, un hecho sencillo. Nada de prometerle que todo está bien si no lo saben.

Yuna asintió.

El primer edificio de Midorichō parecía demasiado ordinario para contener una pesadilla colectiva.

—Ya vino un reportero esta mañana —dijo la administradora, Sachiko Ueda—. Quería grabar a los niños hablando de sus sueños. Le dije que se fuera.

—Hizo bien —respondió Akari.

Sachiko los condujo hasta la escalera del segundo piso.

—El señor Hayashi no quiere dormir. Dice que cada vez que cierra los ojos vuelve a bajar esta misma escalera. Le dejé una silla para que descansara junto a la puerta.

Un hombre de cabello entrecano estaba sentado bajo una ventana. Tenía las manos apoyadas en las rodillas y miraba cada peldaño como si hubiera descubierto algo ofensivo en su existencia.

—Buenas tardes —saludó Akari—. Soy Kujo. ¿Podemos hablar?

El hombre la miró con alivio.

—¿Ya terminaron?

Akari no respondió inmediatamente.

—¿Terminaron qué cosa?

—La inspección. Ustedes ya vinieron. Dos veces.

Ren miró a Akari. Era la primera vez que subían aquella escalera.

—Tal vez nos confunde con otro equipo —propuso Ren.

El hombre negó con la cabeza.

—Vos hiciste la misma pregunta. Y ese muchacho llevaba una bolsa con comida.

Ren bajó la mirada.

No llevaba ninguna bolsa.

Un sonido suave llegó desde la parte alta del edificio.

Tac.

Tac.

El señor Hayashi se puso de pie tan deprisa que golpeó la silla contra la pared.

—No —susurró—. Otra vez no.

La administradora intentó acercarse, pero Akari levantó una mano para detenerla.

—Señor Hayashi, mire mi credencial. Hoy es miércoles. Estamos en el segundo piso de su edificio. ¿Puede decirme cómo se llama su administradora?

—Ueda —respondió él de inmediato—. Sachiko Ueda.

—Muy bien. Mire sus manos. ¿Puede sentir la barandilla?

El hombre apoyó los dedos sobre el metal.

Respiró.

La sombra junto a los escalones se estiró.

Ren lo vio antes que los demás: una línea oscura que no coincidía con ningún objeto, repitiendo una y otra vez el movimiento de una persona que descendía.

—Akari —murmuró.

—La veo.

No hubo gritos ni movimientos espectaculares. Akari trazó una línea carmesí entre la sombra y el hombre. Ren extendió una mano y levantó una barrera azul pequeña, apenas un arco frente a la puerta por donde la administradora debía retirarse.

—Señor Hayashi, vuelva a mirar a la señora Ueda —indicó Akari—. Ella está aquí. Nosotros también. No siga a nadie por las escaleras.

El hombre asintió con esfuerzo.

Entonces, desde arriba, una voz idéntica a la de su esposa susurró:

—Ya casi llegamos.

Hayashi dio un paso involuntario.

Ren sintió la tentación de perseguir la voz.

Se contuvo.

Aún recordaba la evaluación del tren y a Haru aferrándose a la chaqueta de Riku. Había aprendido que correr primero podía dejar desprotegida a la persona que más necesitaba ayuda.

—Señor, escúcheme —dijo—. ¿Su esposa le pidió que la esperara aquí?

El hombre parpadeó.

—No. Está en el hospital, visitando a su hermana.

Miró otra vez la escalera.

La confusión comenzó a ceder.

Akari cerró los dedos y el arco rojo envolvió la sombra. No la destruyó: la mantuvo inmóvil el tiempo suficiente para que Ren guiara a Sachiko y al vecino hasta la planta baja.

Cuando estuvieron seguros, Akari bajó tras ellos.

La sombra había desaparecido.

—¿La atrapó? —preguntó Ren.

—No. Corté su vínculo con la escalera. Eso puede obligarla a buscar otro lugar.

El móvil de Akari vibró.

Era una alerta de Shunpei.

Una señal semejante acababa de aparecer en Naranodai.

Y otra en Tsukimigaoka.

Las tres estaban separadas por varios kilómetros.

Las tres habían comenzado a moverse exactamente al mismo tiempo.

En Naranodai, Kei Hoshizaki acababa de descubrir que un monstruo también podía ser grosero.

Había construido una ilusión de un corredor vacío sobre el patio de un edificio residencial. No pretendía atraer niños ni engañar a los vecinos: la administradora había despejado el área, Riku había cerrado el acceso y Reina comprobaba las salidas. Era una imagen contenida dentro de una barrera preparada para dirigir al Repetidor lejos de las viviendas.

Kei estaba orgulloso del resultado.

El corredor tenía lámparas perfectamente simétricas, una alfombra roja y puertas que parecían conducir a un salón elegante. Incluso había añadido un jarrón.

La sombra apareció sobre una pared exterior.

Era más pequeña que el Deshilado que Ren había encontrado aquella primera noche, pero su forma resultaba extrañamente inquietante: una figura de brazos largos que intentaba caminar sin recordar cuál era el siguiente paso. Cada pocos segundos volvía a la postura inicial, como un dibujo que alguien estuviera pasando hacia atrás.

La criatura se detuvo frente al corredor ilusorio.

Kei levantó una mano.

—Bienvenida, querida. Por aquí está la salida.

El Repetidor observó las puertas.

El monstruo atravesó el jarrón ilusorio y siguió hasta encontrar el límite del corredor. Allí se detuvo y abrió algo parecido a una boca. Del interior surgió un susurro que no era una voz completa.

—Otra vez.

La imagen del corredor titiló.

Kei frunció el ceño.

Había diseñado la ilusión para modificar lo que la criatura veía. No para cambiar lo que recordaba. Pero el Repetidor parecía arrastrar un fragmento de la imagen consigo y devolverlo a su posición anterior.

—Está copiando la forma —dijo—. No la apariencia. La forma de repetirse.

Reina miró el edificio.

En una ventana del tercer piso, un vecino de unos treinta años caminó hacia el balcón con los ojos abiertos y una expresión ausente. No parecía estar mirando la calle. Sus pasos eran lentos, seguros, como si avanzara por un suelo que solo él pudiera ver.

—¡Señor! —llamó Riku desde el portal—. Aléjese de la barandilla.

El hombre no reaccionó.

Reina soltó su carpeta.

—Kei, mantené ocupado al Repetidor.

—¿Vas a subir?

—Las dos vamos a subir.

Su silueta se separó con un destello breve.

Donde había estado Reina aparecieron dos mujeres idénticas, ambas vestidas del mismo modo y ambas con una expresión que auguraba una discusión.

—Yo voy por la escalera interior —dijo la primera.

—Yo reviso el balcón desde fuera —respondió la segunda.

Una de las Reinas entró al edificio. La otra trepó por una escalera de mantenimiento cuya sujeción acababa de inspeccionar. Sus movimientos eran precisos, pero la división tenía un costo visible: ambas respiraban más deprisa de lo normal y sus manos temblaban por el esfuerzo compartido.

El hombre del balcón dio otro paso.

Kei dejó de prestar atención a su propio espectáculo.

—Riku, sujeción de seguridad al tercero. Ahora.

Una barrera de emergencia apareció debajo del balcón. No prometía detener una caída desde cualquier altura, pero ofrecía una protección adicional mientras llegaban hasta él.

Kei proyectó frente al rostro del vecino una imagen de la puerta real de su apartamento, con el número pintado claramente. Añadió el pequeño felpudo verde que había observado al subir.

No sabía si serviría.

—Señor —dijo con voz firme—. Su puerta está detrás de usted. Busque la alfombra verde.

El vecino vaciló.

Por primera vez dejó de mirar el vacío.

Reina llegó desde el interior y lo sujetó por el brazo. La segunda apareció al otro lado de la barandilla, lista para apoyar su peso si tropezaba.

Lo condujeron hacia la sala.

Al encontrarse en un espacio seguro, la segunda Reina se disolvió en un destello y volvió a integrarse en la primera.

Kei bajó la mano que sostenía la ilusión.

El Repetidor había huido.

—Mi ilusión no pudo detenerlo si se caía.

—Por eso pedimos una barrera y mandamos a Reina —respondió Riku—. Nadie cubre todos los riesgos solo.

Kei observó el jarrón que todavía flotaba en el corredor inventado.

Con un gesto lo hizo desaparecer.

Había sido precioso.

Pero en aquel momento le pareció más hermoso el felpudo verde que había ayudado a un hombre a reconocer su propia casa.

En Tsukimigaoka, Yuna encontró a una niña dibujando la misma puerta que había aparecido en los informes.

Se llamaba Aoi y estaba sentada junto a su padre en una sala comunitaria del edificio. La familia había aceptado hablar con un equipo de asistencia después de que varios vecinos despertaran asustados. Shunpei había pedido consentimiento antes de registrar cualquier información.

La niña dibujó una manija de color gris y, bajo ella, tres pequeños círculos.

Yuna no señaló inmediatamente el detalle.

—¿Querés contarme algo de tu dibujo? —preguntó.

Aoi abrazó el cuaderno.

—La puerta no está cerrada. Está esperando.

—¿Esperando qué?

—Que alguien diga que sí.

—La campana hace un ruido que no se oye.

—Eso debe ser extraño.

—Se siente aquí.

Se tocó el centro del pecho.

Yuna no intentó convencerla de que el sueño fuera verdadero. Tampoco le dijo que había mentido.

—Ahora estás aquí con tu papá —respondió—. Si vuelve a asustarte, podés contarle lo que sentís. No tenés que resolver la puerta.

Aoi pareció aliviada.

Cuando terminó la conversación, Yuna salió con Shunpei al pasillo.

—La niña mencionó tres círculos —dijo él en voz baja.

—Lo escuché.

—El mismo patrón estaba en el papel encontrado en Hoshimi.

—Parecido. No sabemos si lo vio antes en algún sitio o si escuchó hablar de él. No conviertas a una niña en la prueba definitiva de tu teoría.

Shunpei guardó el dispositivo.

—Tenés razón.

Del piso de arriba llegó un golpe apagado.

Después otro.

Una vecina apareció en las escaleras, pálida.

—Mi madre está repitiendo la misma frase desde hace diez minutos. Dice que no puede pasar de la puerta.

Yuna echó a andar con ella. Shunpei contactó al equipo de atención que se encontraba cerca.

Cuando entraron a la vivienda, encontraron a una mujer mayor sentada ante la mesa de la cocina. Movía los dedos como si sostuviera una llave invisible.

—Falta un segundo —murmuraba—. Falta un segundo.

Su hija estaba junto a ella, sin saber si debía abrazarla o llamar a una ambulancia.

Yuna se arrodilló a una distancia prudente.

—Señora, soy Yuna. Su hija está aquí. ¿Puede escucharme?

La mujer parpadeó.

—¿Ya abrí?

—No necesita abrir nada ahora.

—Si no abro, vuelve a empezar.

Shunpei examinó discretamente una señal en su instrumento, sin acercarlo al rostro de la mujer. Una línea se dibujó en la pantalla.

Un pulso.

Una pausa.

El mismo pulso.

Y otra vez.

—Yuna —murmuró—. Hay una firma en la pared.

La sombra de una silla estaba moviéndose sin que la silla cambiara de posición.

No avanzaba hacia ellos. Dibujaba un arco diminuto y regresaba al principio, como una aguja atrapada.

Yuna levantó la vista.

No escuchaba el lamento de un espíritu muerto, como había ocurrido en Hoshimi. Escuchaba otra cosa: un intento de obligar a una persona viva a revivir una sensación que no había elegido.

—No sos su recuerdo —susurró, sin apartarse de la mujer.

La sombra se curvó.

Durante un instante apareció sobre el muro el perfil de una figura muy delgada.

Shunpei activó una contención de corto alcance.

El Repetidor chocó contra el límite invisible y adoptó una posición imposible, como si buscara volver a un movimiento anterior.

La mujer mayor respiró con fuerza.

—Mi hija —dijo, mirando a la joven a su lado—. ¿Por qué estás llorando?

Su hija la abrazó.

Yuna mantuvo la mirada sobre la sombra.

La criatura podría haber sido destruida con un ataque mal dirigido. Pero estaba demasiado cerca de la persona a la que había sometido. Una descarga podría empeorar su confusión o lesionarla.

—No lo persigamos dentro de la casa —indicó.

Shunpei ajustó la barrera hacia la pared exterior.

La figura se deslizó por el borde de la ventana y desapareció.

La mujer, agotada, continuó consciente. Su hija recibió orientación para una evaluación médica y aceptó que un profesional comprobara su estado.

Yuna salió al pasillo cuando la familia pidió intimidad.

—Las tres firmas son de la misma clase —dijo Shunpei—. No necesariamente de la misma criatura.

—Y las tres se fueron cuando sus víctimas recuperaron una referencia real.

El técnico miró la pantalla.

—Hay otra anomalía.

Yuna esperaba una gráfica complicada, pero Shunpei se limitó a enseñarle dos números.

Las señales de Midorichō y Tsukimigaoka habían cambiado de frecuencia a la vez.

La diferencia de tiempo era demasiado pequeña para atribuirla al desplazamiento normal de una entidad entre ambos barrios.

—Quizá reciben lo mismo —dijo Yuna.

—O alguien está utilizando las mismas condiciones en lugares diferentes.

Una alerta interrumpió la conversación.

Procedía del Hospital Hoshimi.

Natsuki había solicitado ayuda por un paciente que estaba sufriendo un episodio inexplicable.

Y el reloj del hospital acababa de registrar otro segundo ausente.

El paciente se llamaba Tomoya Suda y había ingresado por una enfermedad cardíaca que el hospital llevaba días tratando.

Aquella tarde su estado había sido estable. No había que confundir estabilidad con ausencia de riesgo: Natsuki conocía su historial clínico, las indicaciones médicas y la necesidad de vigilar cualquier cambio repentino.

Cuando entró en su habitación, lo encontró con los ojos abiertos.

—No puedo salir —dijo él.

Su voz apenas era un susurro.

—Señor Suda, estoy aquí. ¿Qué siente?

—La puerta. Volví a la puerta.

El monitor emitió una alarma.

Natsuki observó los valores y pidió asistencia por el sistema de enfermería. Comprobó rápidamente el estado del paciente, lo tranquilizó y siguió el protocolo clínico indicado mientras llegaba el equipo de respuesta. No intentó explicar las alteraciones como magia. Ante ella había una persona con signos físicos que requerían atención real.

—Míreme, señor Suda. Está en el Hospital Hoshimi. Su hija viene a visitarlo esta tarde. ¿Se acuerda?

El hombre volvió la cabeza.

—Tengo la llave —dijo.

Extendió una mano hacia un punto vacío.

Natsuki vio algo que no podía encajar en su conocimiento de enfermería: junto a aquella mano, el aire se había vuelto más oscuro, como una sombra reflejada dentro de otra sombra.

Durante un segundo, la misma mano pareció moverse dos veces.

Una alcanzaba la llave invisible.

La otra seguía tendida sobre la sábana.

Natsuki parpadeó.

La visión desapareció.

El médico de guardia entró acompañado por otra enfermera. Se hicieron cargo de la evaluación y las intervenciones necesarias. Natsuki comunicó los datos observados y continuó asistiendo conforme le indicaron.

Pero entonces sintió un dolor extraño.

No en su propio pecho.

Era como percibir un latido ajeno que se alejaba de su sitio y tropezaba contra algo.

Natsuki había visto sufrir a muchas personas. Conocía la diferencia entre compasión y síntomas físicos. Aquello no se parecía a ninguna de las dos cosas.

El señor Suda volvió a estirar la mano. La sombra junto a sus dedos se contrajo.

Natsuki sintió que, si lo dejaba seguir aquel movimiento, el paciente se perdería en una repetición que sus compañeros no podían ver.

No quería un poder.

No quería convertirse en una heroína.

Quería que aquel hombre pudiera volver a escuchar la voz de su hija.

—Señor Suda —dijo, sosteniéndole la mano como parte del esfuerzo por tranquilizarlo—. No necesita buscar ninguna llave. Estamos aquí.

Sintió un segundo latido bajo la piel.

No era el suyo.

Una luz tenue, casi transparente, se encendió entre sus dedos. No iluminó la habitación como las descargas de Ren. Parecía el resplandor que deja la luna debajo del agua.

El hombre soltó el aire.

La sombra se detuvo.

Por un instante, Natsuki percibió el cansancio de Suda como si llevara horas sosteniendo algo demasiado pesado. Sintió miedo, confusión y una fuerza vital que se resistía a apagarse.

De forma instintiva concentró su atención en esa última sensación.

No empujó.

No ordenó.

Solo intentó mantenerla estable mientras los profesionales continuaban la atención.

El resplandor duró unos segundos.

Después desapareció.

Natsuki tuvo que apoyar una mano en la cama. Una debilidad repentina le recorrió los brazos.

El médico la miró.

—Hara, ¿estás bien?

—Sí —respondió, aunque no estaba segura—. Me mareé un momento.

—Sentate y dejá que alguien te examine.

Obedeció.

No insistió en seguir atendiendo cuando sus propios síntomas podían poner en riesgo al paciente. Otra enfermera asumió sus tareas mientras el equipo médico continuaba el tratamiento.

Al cabo de un rato, el señor Suda recuperó una orientación más clara. Los parámetros clínicos fueron reevaluados y permaneció bajo observación. Nadie atribuyó la mejoría a una luz que solo Natsuki parecía haber visto.

Ella tampoco se atrevió a hacerlo.

Pero sabía que algo le había respondido desde la palma de la mano.

Y que, al retirar los dedos, había quedado exhausta como si hubiera corrido durante una hora.

Akari llegó al hospital con Ren cuarenta minutos después.

Natsuki estaba sentada en una sala de descanso, con una botella de agua entre las manos. La habían valorado por el episodio de debilidad y le habían indicado reposo. Había informado al personal responsable de que necesitaba hablar con un equipo que ya colaboraba con el hospital en el seguimiento de incidentes extraños.

Ren entró primero.

Akari permaneció de pie junto a la puerta.

—Contame exactamente lo que viste y sentiste —pidió.

Natsuki explicó todo: el cambio del paciente, la intervención clínica, la sombra duplicada, el latido que no era suyo y la luz débil. Se esforzó por separar las observaciones de lo que creía haber sentido. Cuando terminó, Akari no se apresuró a darle un nombre.

—¿Te duele algo ahora? —preguntó.

—Estoy cansada. Ya me revisaron. No hay una explicación clara para lo que ocurrió.

—No vamos a pedirte que lo repitas aquí —dijo Akari—. Si hay una manifestación, primero necesitamos comprender sus límites.

Natsuki sostuvo la botella con más fuerza.

—¿Ya sospechaban que podía ocurrirme esto?

Akari guardó silencio.

Ren sintió que el suelo se volvía más pesado.

Había partes del mundo mágico que Natsuki conocía desde el caso del fantasma. Sabía de la Guardia y había visto barreras. Pero ni él ni Akari le habían contado lo que algunos informes sugerían sobre las personas vinculadas a los incidentes oníricos.

—No teníamos una certeza sobre vos —respondió Akari—. Sí sabíamos que quienes sobreviven a ciertas exposiciones pueden desarrollar sensibilidad. También sabíamos que tus recuerdos de la primera noche fueron alterados parcialmente. No debimos tratar esas cosas como asuntos separados sin hablar contigo.

Natsuki dejó la botella sobre la mesa.

—¿Y pensaban esperar a que yo hiciera magia delante de un paciente para explicármelo?

—No —respondió Ren.

—Entonces, ¿cuándo?

No encontró una respuesta suficiente.

Durante semanas había pensado que mantenerla lejos de las misiones era protegerla. Después de verla enfrentarse al fantasma del hospital, debería haber comprendido que la protección no consistía en decidir por ella.

—Tenía miedo de que te involucraras —admitió.

Natsuki lo miró fijamente.

—Ya estaba involucrada desde aquella noche en el callejón. Vos lo sabías. Yo no podía recordarlo completo. ¿Entendés la diferencia?

Ren bajó la cabeza.

—Sí.

—No creo que quisieras hacerme daño. Pero eso no significa que haya estado bien.

—Lo sé.

Akari se acercó un paso.

—Hay un procedimiento de evaluación voluntaria para capacidades emergentes. También existe apoyo para personas que deciden no colaborar con la Guardia. La información sobre tus riesgos y tu salud no depende de que aceptés ninguna misión.

—Quiero saber qué me pasó —dijo Natsuki—. Quiero aprender a reconocerlo para no poner en peligro a mis pacientes. Pero no voy a convertirme en parte de su equipo porque ustedes lo consideren conveniente.

—Esa elección es tuya —respondió Akari.

Natsuki volvió a mirar a Ren.

—Y vos vas a dejar de ocultarme las cosas importantes para evitar que me preocupe.

—No voy a volver a decidir por vos —dijo con seriedad.

Natsuki sostuvo su mirada.

—Eso quería escuchar.

Akari recibió un mensaje en el comunicador. Shunpei había terminado de analizar la evolución de las tres señales.

—Tenemos un problema —anunció.

Ren se incorporó.

—¿Más vecinos?

—Los Repetidores se han retirado de sus primeras posiciones. Todos. Pero no se están dispersando.

—¿Entonces qué hacen?

Akari mostró el mapa.

Las marcas de tres barrios distintos habían comenzado a moverse en dirección a las avenidas que conducían al centro de Yukisawa.

—Están siguiendo la misma ruta —dijo—. Y ninguno debería ser capaz de conocer la posición de los otros.

Cuando el grupo volvió a reunirse, el cielo de julio ya estaba oscuro.

La mayoría de los vecinos afectados había regresado a sus rutinas con miedo y cansancio, pero sin recordar una sola criatura de sombra. El peligro no se había convertido en noticia porque alguien hubiese visto un monstruo. Se había convertido en un problema de seguridad porque personas reales podían tropezar, perder la orientación o pasar la noche aterradas dentro de su propia casa.

Akari eligió un paso peatonal de servicio próximo a la avenida Norte para interceptar las señales. La zona permitía establecer una barrera discreta sin bloquear edificios habitados. Riku coordinó con el personal de seguridad el desvío temporal de peatones por una ruta iluminada. Shunpei instaló tres marcas de observación; no había garantía de que funcionaran durante mucho tiempo.

Kei desplegó pequeñas imágenes de luces sobre el suelo, alineadas con las rutas de evacuación reales. No eran salidas falsas; reforzaban visualmente el camino que Riku había comprobado.

Yuna permanecía junto a Shunpei, escuchando el silencio entre los vehículos de la avenida.

—Se acercan —anunció.

Ren vio primero una sombra en la pared de un almacén. Después apareció otra bajo el puente peatonal. No corrían ni se arrastraban. Repetían pequeños movimientos hasta avanzar un trecho, como imágenes a las que les faltaran fotogramas.

Akari levantó una barrera carmesí a poca distancia de la primera.

La criatura se detuvo.

Un segundo Repetidor apareció detrás del equipo.

—Dos frentes —dijo Reina.

Su cuerpo se dividió exactamente en dos. Una Reina permaneció con Riku y la otra avanzó hacia el extremo oeste. Kei proyectó el contorno de la barrera sobre el pavimento para que ambas pudieran calcular sus distancias.

Taiga lanzó una descarga eléctrica breve contra una pieza metálica de señalización previamente aislada de las instalaciones públicas. El resplandor interrumpió por un instante el movimiento de la sombra, sin afectar a los peatones desviados.

Ren sostuvo su propia barrera delante de Shunpei.

—¿Cuánto tiempo necesitamos?

—Cuarenta segundos para comparar las firmas —respondió el técnico.

Yuna cerró los ojos.

No intentó escuchar un espíritu. Buscó el ritmo que acompañaba a las criaturas, un silencio que aparecía después de cada movimiento repetido.

Un pulso.

Una espera.

Después, algo semejante a la vibración de una campana.

No sonó en el aire.

Lo sintió como si alguien hubiera golpeado suavemente el borde de sus propios recuerdos.

—Akari —dijo—. No están avanzando por hambre. Están esperando un intervalo.

La primera criatura abrió los brazos.

La segunda hizo lo mismo.

Al otro lado del paso, una tercera sombra apareció sobre el concreto.

Las tres inclinaron la cabeza hacia la ciudad.

Al mismo tiempo.

El reloj de Shunpei saltó un segundo.

Los Repetidores dejaron de atacar.

Se quedaron inmóviles durante un latido entero, como personas que escucharan una instrucción por un auricular invisible.

Después giraron hacia el centro de Yukisawa.

Akari observó a las criaturas. Habían ignorado una salida más cercana y una barrera debilitada. No estaban eligiendo el camino fácil. Estaban respondiendo a algo que ninguno de ellos podía ver.

La segunda Reina dio un paso adelante.

—Si cruzan esa calle, encontrarán viviendas.

—No las persigamos sin saber su destino —respondió la primera—. Contengamos la ruta.

Las dos se miraron. Por una vez no discutieron.

Akari tensó la barrera carmesí. Kei desplazó sus luces hacia el límite de contención. Riku confirmó que el último peatón había alcanzado un tramo seguro. Taiga se preparó para cubrir el flanco, sin lanzar más electricidad cerca de las instalaciones.

Ren sintió una vibración azul en la palma.

Las sombras estaban conectadas por algo.

No era una cuerda real, ni una línea que pudiera señalar. Se parecía a la sensación de recordar una palabra justo antes de olvidarla. Durante un instante creyó ver tres hilos tenues extendidos en direcciones distintas.

—Akari, hay algo entre ellas.

—No intentes romperlo.

Ren apretó los dedos.

Podía sentir una salida. También podía sentir lo poco que entendía de ella.

—No voy a hacerlo.

En lugar de atacar, mantuvo su barrera mientras Yuna seguía el pulso y Shunpei terminaba de registrar las señales.

La tercera criatura se lanzó hacia el extremo del paso. Reina la interceptó con una barrera física de corto alcance, apoyada en el borde que Riku había asegurado. La segunda Reina sostuvo la ruta de evacuación. Kei proyectó una imagen de pared continua para confundir la orientación del Repetidor, sin sustituir la protección verdadera.

El impacto hizo retroceder a Reina.

—Treinta segundos —anunció Shunpei.

—¡Qué lentos son los segundos cuando intentan matarte! —se quejó Taiga.

Akari cerró su jaula carmesí sobre la sombra más cercana. La criatura se retorció, pero su cuerpo comenzó a fragmentarse en pequeños movimientos que regresaban al mismo lugar. Ren reforzó el arco protector con una descarga mínima y controlada.

No buscó destruirla.

Buscó que nadie tuviera que acercarse.

Las dos Reinas se reunieron en una sola cuando su energía empezó a agotarse. La mujer recuperó el equilibrio con dificultad; el esfuerzo de ambos cuerpos se sumó en sus piernas.

Shunpei levantó la mano.

—Registro completo.

Akari contrajo la jaula. El Repetidor contenido perdió cohesión y se deshizo en una neblina oscura que desapareció sobre el pavimento. Las otras dos criaturas retrocedieron, separándose de las barreras.

Yuna sintió de nuevo la campana que no sonaba.

Una orden incomprensible atravesó el silencio.

Las dos sombras giraron exactamente a la vez y escaparon hacia calles diferentes.

Nadie las persiguió.

Akari observó sus rutas hasta que desaparecieron.

—Eliminamos una amenaza inmediata —dijo—. No hemos resuelto la causa.

Ren dejó caer la mano. Le temblaban los dedos, pero todavía reconocía el lugar, los rostros y la hora. Había detenido su técnica antes de perder el control.

Akari miró a su equipo. Estaban agotados y sabían menos de lo que deseaban. Sin embargo, todas las personas que habían estado cerca del operativo habían salido sin daño.

—Nos retiramos —ordenó—. Mañana habrá tiempo de investigar.

Antes del amanecer, Shunpei presentó una conclusión mucho más breve de lo habitual.

Los registros mostraban que al menos dos Repetidores habían cambiado de movimiento en el mismo instante, aunque estaban separados por barrios y barreras diferentes. La coincidencia se repitió cuando dejaron de atacar.

—No demuestra quién los dirige —aclaró—. Pero sí que estamos ante una respuesta sincronizada que no se explica por el comportamiento habitual de esas criaturas.

En la pantalla aparecieron tres trazos unidos por un pequeño círculo central.

Ren recordó el dibujo de Aoi. Y el papel incompleto que Natsuki había ayudado a encontrar en el Hospital Hoshimi.

Shunpei cerró la imagen antes de que las hipótesis comenzaran a transformarse en certezas.

—Hay que investigar de dónde procede la señal.

—Sin convertir a los vecinos en objetivos de otra inspección innecesaria —añadió Yuna.

Akari asintió.

Ninguno pronunció el nombre de un enemigo.

Todavía no tenían ninguno.

Al salir el sol, Ren encontró un mensaje de Natsuki.

«El señor Suda sigue bajo observación y esta noche estuvo más tranquilo. Yo estoy descansando. Akari me ofreció una evaluación voluntaria y voy a aceptarla. No significa que me una a la Guardia».

Ren escribió:

«Lo sé. Vos decidís».

Esperó un momento y añadió:

«Cuando estés mejor, te invito a comer».

La respuesta llegó enseguida.

«Con tu dinero, no con el mío».

Ren miró su saldo bancario.

Sintió una angustia distinta, mucho más familiar.

«Voy a necesitar una misión con recompensa».

«Necesitás llegar puntual al trabajo».

Se echó a reír.

Al otro extremo de la ciudad, el sol iluminaba las ventanas del Hospital Hoshimi. Las personas que habían soñado con aquella puerta seguían buscando maneras de sentirse seguras cuando cerraban los ojos. Algunas necesitarían tiempo. Otras, acompañamiento médico y familiar. La Guardia no podía prometerles que nunca volverían a tener miedo.

Solo podía intentar que nadie tuviera que enfrentarlo a solas.

Ren guardó el teléfono y tomó el camino a Bento Niji.

Aún no había llegado cuando sintió una vibración muy tenue en la palma.

Se detuvo.

No apareció ninguna luz.

Solo tuvo, durante un segundo, la impresión de que algo esperaba detrás de una puerta situada a una distancia imposible.

Y de que aquel algo acababa de aprender a llamar a más de una persona al mismo tiempo.
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