
Parte 4: El fantasma que no debía existir

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- YUMEGARI (夢狩り) | Los cazadores de sueños
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Sinopsis
🌙 Cuando el mundo duerme, comienza la verdadera batalla. En Yukisawa, una ciudad del norte de Japón, la vida transcurre con absoluta normalidad. Las personas trabajan, estudian, se enamoran y sueñan sin imaginar que, durante la noche, criaturas sobrenaturales acechan entre las sombras. Una organización secreta de magos protege a la humanidad de monstruos, espíritus y pesadillas que amenazan con invadir la realidad. Ren Mizuhara, un joven de 23 años que trabaja en una pequeña …
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La segunda vez, buscó en el historial del enfermo algún medicamento que pudiera explicarlo.
La tercera ocurrió a las tres y diecisiete de la madrugada, cuando una mujer que dormía dos habitaciones más allá pronunció exactamente las mismas palabras.
—No me dejen aquí.
Natsuki se quedó junto a la cama con el termómetro todavía en la mano.
La paciente era una profesora jubilada que había ingresado por una infección respiratoria. Tenía la fiebre controlada y sus constantes se mantenían estables. Cuando Natsuki la llamó por su nombre, abrió los ojos y preguntó por qué estaba encendida la luz.
—¿Soñó algo, señora Okabe?
—Con un pasillo —respondió la mujer, confundida—. Creo que buscaba el baño.
Natsuki comprobó que no necesitara asistencia, anotó la observación y siguió su ronda. No quería convertir un sueño en un misterio por el simple hecho de que ella misma llevara semanas durmiendo mal.
En el Hospital Hoshimi siempre ocurrían cosas que parecían extrañas a las tres de la mañana. Las alarmas sonaban cuando alguien se daba vuelta en la cama, las ruedas de las camillas chirriaban con una persistencia casi personal y el café de las máquinas parecía hecho para castigar a quien lo bebiera.
Sin embargo, al pasar frente al puesto de enfermería, vio a su compañera Miki Senda observando una cámara de seguridad.
—¿Qué pasa? —preguntó.
Miki levantó un dedo, pidiéndole silencio.
La imagen mostraba el corredor de servicio que conducía al ala antigua. La puerta metálica estaba cerrada. A su lado, una luz de emergencia dibujaba una raya verde sobre el suelo.
No había nadie.
—Decime qué tengo que mirar —susurró Natsuki.
—Esperá.
Un minuto después, la luz del corredor se apagó y volvió a encenderse.
La manija de la puerta bajó lentamente.
Natsuki se acercó a la pantalla.
La manija recuperó su posición.
—¿Hay alguien del equipo de mantenimiento? —preguntó.
—Nadie tiene autorización para entrar a estas horas. Ayer escuché tres golpes detrás de esa puerta. Pensé que había un trabajador revisando las cañerías.
—¿Llamaste a seguridad?
—Vinieron. La cerradura no tenía señales de manipulación.
Miki se apartó de la cámara.
—Hoy también escuché una voz. Dijo que faltaba alguien.
Natsuki recordó el mensaje que le había enviado a Ren al terminar un turno el mes anterior. Había prometido no investigar sola. Aquella promesa le pareció bastante sensata.
—Voy a registrar esto como una incidencia —dijo—. Y vamos a pedirle a seguridad que compruebe la puerta. Nada de abrirla por nuestra cuenta.
Miki asintió, aliviada.
Entonces, en la pantalla, apareció una figura al fondo del pasillo.
No entró desde ninguna puerta.
Simplemente estaba allí.
Parecía una mujer vestida con un uniforme blanco de otra época. Su cabeza permanecía inclinada, como si observara algo que sostenía entre las manos.
Miki dejó escapar un grito ahogado.
Natsuki dio un paso hacia el monitor.
La figura levantó el rostro.
La imagen se llenó de interferencias.
Cuando regresó, el pasillo estaba vacío.
Natsuki llamó a seguridad sin apartar los ojos de la pantalla. Por primera vez, deseó que el problema fuera una cámara averiada. Las cámaras averiadas no podían mirar directamente a quien las estaba observando.
A las seis y diez de la mañana, cuando terminó el turno, tenía tres informes pendientes, un dolor de cabeza persistente y un mensaje sin responder de Ren.
¿Ya saliste? Me deben dejar llegar tarde al entrenamiento si es una emergencia médica, ¿verdad?
Natsuki escribió:
Necesito hablar con vos. No es una emergencia médica. Creo.
Ren respondió casi de inmediato.
Esa última palabra no me gusta nada.
A Natsuki tampoco.
A pesar del cansancio, se permitió sonreír.
Había descubierto que la vida podía cambiar en un callejón oscuro y que los recuerdos podían alterarse sin pedir permiso. No pensaba permitir que su siguiente problema comenzara con dos personas fingiendo que no tenían miedo.
A las ocho estaba sentada frente a Akari Kujo, con Ren a su izquierda y una taza de té que no había llegado a probar.
La reunión se celebraba en una sala discreta de la biblioteca del Observatorio del Norte. El edificio estaba abierto al público, pero aquel cuarto tenía una segunda puerta que únicamente se desbloqueaba después de que Shunpei verificara una pequeña marca en la credencial de Akari.
Ren había llegado con una bolsa de pan dulce y la expresión de alguien que estaba muy orgulloso de no haber utilizado magia en tres días.
Natsuki dejó la taza sobre la mesa.
—En el hospital hay algo detrás de una puerta cerrada. Una compañera lo vio conmigo en la cámara.
La broma murió sin necesidad de que nadie la interrumpiera.
Akari escuchó su relato completo. No intentó explicarle que las cámaras mentían ni le pidió que olvidara lo sucedido. Hizo preguntas concretas sobre las horas, el estado de los pacientes, las autorizaciones de acceso y la conservación de la grabación.
—¿Tenés el archivo? —preguntó Shunpei.
—Está en el sistema de seguridad del hospital. No voy a copiar imágenes de un centro médico a un teléfono personal. Puedo solicitar que las revise el personal autorizado.
Shunpei asintió.
—Es lo correcto. Podemos pedir colaboración formal al hospital para comprobar el corredor sin tocar información clínica que no nos corresponda.
Akari abrió un plano del Hospital Hoshimi. La construcción tenía varias ampliaciones de épocas distintas. El ala antigua ocupaba una pequeña sección detrás de los edificios modernos, conectada por un corredor de servicio. En el plano actual figuraba como área clausurada por problemas de instalaciones.
—No podemos asumir que sea un espíritu —dijo—. Algunas entidades imitan personas. Otras reproducen movimientos que no significan nada. Nuestra prioridad es comprobar que nadie esté en peligro.
Natsuki respiró hondo.
—¿Y mi prioridad?
—Tus pacientes. Tu trabajo. Y que no te obliguemos a ocultar un riesgo real para el hospital.
Akari guardó la tableta.
—Quiero que estés informada de lo que hagamos en tu lugar de trabajo. Podés decidir no participar. Nadie va a alterar tus recuerdos como respuesta a esta denuncia.
La enfermera la miró durante un largo momento.
No había olvidado por completo aquella noche en Midorichō. Algunos recuerdos continuaban reducidos a sensaciones, pero la idea de que otras personas tomaran decisiones sobre su mente seguía haciéndole apretar los dientes.
—Voy a participar —respondió—. No porque quiera cazar fantasmas. Porque hay pacientes asustados y alguien tiene que averiguar por qué.
Ren sonrió.
—Eso es exactamente lo que diría la protagonista de una película de terror antes de entrar al sótano.
—Y esto es lo que diría ella antes de dejar de invitarte a comer —contestó Natsuki.
Ren dejó de sonreír.
—Apoyo completamente tu decisión profesional.
Shunpei anotó la hora de las apariciones. Todas habían ocurrido cuando los sistemas del hospital registraban una irregularidad de aproximadamente un segundo.
Akari observó los números sin hacer ningún comentario.
Ren, en cambio, sintió frío en la palma de la mano.
El mismo segundo que había faltado en el tren.
El mismo que había desaparecido la noche del callejón.
Esta vez no dijo que se trataba de una coincidencia. Tampoco se atrevió a afirmar que conocía la razón.
Aún estaba aprendiendo la diferencia.
Yuna Tachibana llegó veinte minutos después con el cabello recogido en dos mechones sueltos y una pequeña mochila de equipo al hombro. Llevaba una chaqueta violeta sobre una camiseta negra y parecía haber salido de una grabación de voz en lugar de una guardia nocturna.
—Me dijeron que hay una enfermera fantasma que se niega a jubilarse —saludó.
Natsuki la miró.
—Todavía no sabemos si es una enfermera.
—Excelente. La parte de fantasma tampoco está confirmada. Ya tenemos dos cosas que investigar.
Yuna se sentó junto a ella, sin invadir su espacio.
—Soy Yuna. Mi especialidad es escuchar lo que queda cuando una historia parece haber terminado.
—¿Escuchar espíritus?
Akari cruzó los brazos.
—Esta tarde iremos al hospital. Nada de entrar en áreas clausuradas sin evaluación de seguridad. Shunpei coordinará los registros. Riku se ocupará del perímetro si hay que evacuar. Ren permanecerá como observador.
—¿Observador avanzado? —preguntó él.
—Observador que no toca nada.
—El ascenso más triste de mi carrera.
Natsuki soltó una risa. Hacía varios días que no sentía alivio de aquella manera. No porque el peligro hubiera desaparecido, sino porque los guardianes parecían capaces de bromear sin olvidar que había personas esperando una respuesta.
El Hospital Hoshimi parecía menos amenazante a las cuatro de la tarde.
Los ventanales reflejaban el cielo pálido de junio. En la entrada principal, una máquina dispensaba números para las consultas y un hombre discutía amablemente con una niña que quería llevarse a casa todas las pegatinas de la recepción. Dos repartidores descargaban cajas de suministros. Alguien había colocado flores frescas cerca del ascensor.
La directora de operaciones, Sachiko Muroi, recibió a Akari y Shunpei con una expresión seria. Tenía cincuenta y tantos años, llevaba el cabello corto y una identificación colgada sobre la chaqueta blanca.
Las credenciales de la Guardia, presentadas mediante el procedimiento reservado que utilizaban con determinadas instituciones, permitían realizar una inspección técnica sin explicar a cada empleado la existencia del Umbral. Aun así, Muroi dejó claro desde el principio que ninguna actividad extraordinaria justificaría poner en peligro a un paciente.
Akari estuvo de acuerdo.
El equipo solicitó revisar la estructura del ala antigua, sus instalaciones eléctricas y el registro de accesos. La responsable de seguridad, un hombre llamado Takeda, confirmó que la puerta no debía haberse abierto desde hacía meses y que ninguna persona había entrado según las tarjetas electrónicas.
—Eso no significa que nadie haya intentado entrar —precisó—. Las puertas tienen controles mecánicos que no dependen del lector.
Shunpei agradeció la aclaración.
—¿Podemos ver las grabaciones conservadas por su departamento y registrar los horarios sin retirar las imágenes del hospital?
Takeda asintió.
Se dirigieron a la sala de seguridad. En la pantalla, Miki Senda apareció a la izquierda de la imagen, hablando con Natsuki frente al puesto de enfermería. Una segunda cámara mostraba la puerta clausurada.
La manija bajó.
La figura blanca apareció al fondo.
Y entonces la imagen saltó.
—Un segundo —dijo Shunpei.
Reprodujo el archivo otra vez.
El contador pasó del segundo catorce al dieciséis, sin registrar el quince. Sin embargo, los otros dispositivos del sistema sí habían guardado datos durante aquel intervalo.
La grabación se reprodujo por tercera vez.
La figura apareció.
Ren reconoció el gesto con que levantaba el rostro. Era un movimiento demasiado lento, demasiado cuidadoso, como si la mujer no quisiera asustar a nadie y no supiera que ya lo había hecho.
Entonces la pantalla pareció llenarse de agua.
Las paredes del pasillo se curvaron hacia el interior. Por una fracción de segundo, la puerta cerrada se transformó en una puerta de madera pintada de verde.
Ren sintió un tirón bajo las costillas.
—Apagala —dijo.
Shunpei detuvo la reproducción.
—¿Qué percibiste?
Ren abrió y cerró la mano.
—No lo sé. No estaba en la pantalla. O quizá sí. Vi una puerta que ya no existe.
Takeda lo observó, desconcertado.
Yuna, que permanecía en silencio desde que habían entrado, se acercó al altavoz del monitor.
—¿Podemos escuchar el audio original?
—La cámara del pasillo no tiene micrófono —respondió Takeda.
—Lo sé.
Yuna cerró los ojos.
Nadie habló durante algunos segundos.
Cuando los abrió, parecía más cansada.
—No hay voz grabada —dijo—. Pero algo se quedó pegado a este instante. No está intentando salir de la cámara. Está intentando llevarnos a un lugar.
—¿Podés decir cuál? —preguntó Akari.
—Todavía no. Hay demasiadas impresiones superpuestas. Necesito acercarme al origen.
La directora Muroi pidió una nueva revisión de instalaciones antes de autorizar cualquier entrada.
Akari no protestó.
Ren se preguntó por qué le resultaba tan difícil comportarse de ese modo cuando alguien le decía que esperara.
La respuesta le pareció poco halagadora.
A veces confundía tener miedo por otra persona con ser el único capaz de ayudarla.
No quería repetirlo.
Mientras los técnicos verificaban la antigua alimentación eléctrica, Natsuki volvió a su planta. Tenía que cubrir parte del turno de una compañera y verificar el estado de los enfermos. Ren la acompañó hasta el ascensor.
—¿Estás segura de que querés seguir aquí? —preguntó.
Natsuki lo miró con una ceja alzada.
—Trabajo aquí.
—Ya, claro. Me refiero a lo de la aparición.
—Si de verdad hay algo peligroso, quiero saberlo antes de que una paciente vuelva a escuchar voces y piense que está perdiendo la cabeza.
Ren bajó la mirada.
—Lo entiendo.
—No necesitás salvarme de cada pasillo oscuro.
—Solo de los que tengan monstruos.
—Especialmente de esos. Porque yo también puedo pedir ayuda, Ren.
El muchacho dejó escapar una respiración lenta.
—Está bien.
Una hora después, una alarma silenciosa llegó a la tableta de Shunpei.
El ala antigua había registrado una caída repentina de temperatura en el corredor de servicio. El sensor podía estar averiado, pero también se había activado un aviso de puerta abierta.
Akari ordenó verificar el sector de inmediato.
Riku Endo llegó con un chaleco de seguridad y un rollo de cinta de señalización que parecía pesar tanto como su paciencia.
—Me prometieron una inspección tranquila —saludó.
Riku comprobó el plano y la ruta hasta las escaleras.
La prioridad era cerrar temporalmente el tránsito de empleados por aquella sección y mantener despejada una salida. No había pacientes ingresados en el ala vieja. En la zona contigua funcionaban depósitos y oficinas, por lo que bastaba con trasladar al personal a otra ruta durante la inspección.
La jefa de mantenimiento confirmó que no había riesgo conocido de derrumbe en el corredor exterior, pero prohibió atravesar la puerta interior hasta completar una comprobación presencial de la instalación. Nadie discutió la orden.
Al llegar al pasillo, encontraron una camilla vacía detenida junto al ascensor de servicio.
Había sido colocada allí para reparar una rueda.
Ahora estaba en mitad del corredor, orientada hacia la puerta clausurada.
—¿La movió alguien? —preguntó Akari por radio.
La respuesta llegó inmediatamente: nadie había accedido al sector.
Ren observó las ruedas.
Una giraba muy despacio.
Yuna se arrodilló a dos metros de la camilla.
—No la toquen todavía.
Una mancha de humedad apareció sobre el colchón.
Después otra.
Y otra más, siguiendo un recorrido que dibujó la silueta de una persona tendida.
Ren sintió que el cuello se le enfriaba.
—Eso no lo hace una rueda rota.
La marca se desvaneció.
La camilla avanzó unos centímetros.
Riku abrió una barrera corta entre ella y la salida. No atrapó ningún espíritu; solo impidió que el objeto pudiera golpear a alguien si volvía a moverse.
Yuna acercó una mano al colchón sin tocarlo.
—Esperá —susurró.
El metal de la cama emitió un crujido.
Yuna inclinó la cabeza.
—Hay alguien intentando decirnos dónde estaba una persona.
—¿Una víctima? —preguntó Akari.
—Eso quiero averiguar.
En aquel momento, una puerta lateral se abrió de golpe.
Miki Senda apareció al otro lado, pálida.
—¡No se acerquen a la puerta grande! —exclamó—. Hay una mujer en el pasillo. Viene detrás de mí.
Riku la tomó suavemente del brazo y la condujo hacia la ruta segura. Miki temblaba tanto que apenas podía hablar.
—La vi por la ventana de la escalera. Pensé que era una empleada. Le pregunté si necesitaba ayuda. Entonces giró la cabeza y empezó a caminar hacia mí sin mover los pies.
Ren miró la escalera.
Allí estaba la figura.
Una mujer con uniforme blanco, el cabello recogido y las manos cerradas sobre algo invisible.
Su rostro no tenía rasgos definidos. No era una máscara; parecía una fotografía a la que alguien hubiera borrado los ojos, la boca y la nariz.
La imagen avanzó un metro sin dar un paso.
Miki se aferró a la manga de Riku.
Akari levantó el brazo, preparada para desplegar una defensa si se acercaba.
Yuna se colocó delante de ella.
—No ataques.
—Se aproxima al personal —respondió Akari.
—Lo sé. Pero no está buscando sus cuerpos.
La figura levantó las manos.
Entre los dedos apareció una línea oscura semejante a una cinta de papel quemado.
Yuna cerró los ojos.
Su voz cambió. No se volvió más fuerte, sino más lenta, como si necesitara separar cuidadosamente cada palabra de otra voz que estuviera hablando al mismo tiempo.
—Mostrame lo que querés mostrar. Sin lastimar a nadie.
La aparición se detuvo.
Entonces, desde la escalera, llegó el sonido de unas ruedas.
No había ninguna camilla detrás de ella.
El ruido se acercó.
La luz de emergencia parpadeó.
Shunpei alzó su detector.
—La resonancia crece. No es un fenómeno aislado; está ligado a todo este corredor.
La figura volvió a moverse.
Ren dio un paso al frente.
Akari extendió la mano para detenerlo.
—Tu sitio es detrás de la barrera.
—No iba a atacarla —respondió.
Era cierto. La energía azul que había sentido en la sala de seguridad no se parecía a la rabia ni al miedo del Deshilado. Aquella presencia le provocaba una tristeza incómoda, como cuando alguien intentaba contar una historia y los demás lo interrumpían.
La aparición se detuvo frente a la puerta metálica.
Levantó una mano.
Y golpeó tres veces.
Riku miró a Miki.
—¿Eso escuchaste?
Ella asintió.
Yuna abrió los ojos.
—Quiere que miremos detrás de esa puerta.
—La entrada interior sigue sin autorización —recordó Akari.
La figura golpeó otras tres veces.
Entonces inclinó la cabeza, como si hubiera escuchado una respuesta que los vivos no podían oír.
Una corriente helada atravesó el pasillo y apagó la luz más cercana.
Ren vio, por un instante, la puerta verde que había aparecido en la grabación.
No era la misma puerta que los técnicos habían clausurado.
Estaba varios metros más atrás, en un espacio que no aparecía en el plano.
—Shunpei —dijo—. Creo que hay otra habitación.
El especialista comparó las medidas del edificio en su tableta.
El ancho del corredor no coincidía con la distancia entre las fachadas.
Faltaba un tramo.
No un metro.
Casi una habitación entera.
La figura se deshizo en una niebla ligera.
Pero antes de desaparecer, la cinta oscura entre sus manos se transformó en una tira blanca.
Ren pudo leer algo escrito en ella.
Solo dos palabras.
No borrar.
Después la tira ardió sin producir calor.
Yuna se apoyó contra la pared.
Por primera vez, su sonrisa había desaparecido por completo.
—No es un ataque —dijo, casi sin voz—. Está repitiendo una advertencia.
Akari miró la puerta.
—¿De quién?
Yuna tardó unos segundos en responder.
—De alguien a quien nadie quiso escuchar.
La inspección quedó suspendida hasta la mañana siguiente.
Akari no permitió que nadie atravesara la puerta sin que mantenimiento terminara la revisión. Un fenómeno sobrenatural podía explicar la aparición de una mujer donde no debía haber nadie. No podía garantizar que una tubería oxidada dejara de ser peligrosa.
Riku dejó una barrera de advertencia preparada, pero no activada. Colocó una señal ordinaria de acceso restringido y pidió al guardia de seguridad que cerrara las puertas de servicio a ambos lados del corredor.
No mencionó la magia. Todavía no sabía cómo explicar a una compañera que existía gente capaz de escuchar una advertencia atrapada en el aire.
En el Observatorio, Shunpei trabajó hasta entrada la noche comparando planos históricos del hospital. Los documentos no coincidían.
El proyecto de ampliación de 2018 mostraba un depósito detrás de la puerta metálica. Una versión anterior, fechada en 2012, indicaba dos habitaciones de archivo y una pequeña zona de observación. La distribución parecía razonable. Lo desconcertante era que entre ambos planos faltaba un espacio de unos quince metros cuadrados.
—¿Lo demolieron? —preguntó Ren, acercándose con una bolsa de fideos instantáneos.
—Si lo demolieron, debía quedar constancia de la reforma y de las cargas estructurales que cambiaron —contestó Shunpei—. El plano nuevo tiene una pared donde el plano viejo muestra una puerta.
—Tal vez el arquitecto estaba cansado.
—Los arquitectos se cansan. Las mediciones no deberían hacerlo.
Ayame Fujimoto, que revisaba las fotografías a través de una llamada, levantó la mirada desde su propio escritorio.
—Gracias por defender mi profesión, Shunpei. ¿Me pasás el detalle de los tabiques?
Shunpei amplió un corte de la planta.
Ayame lo observó durante varios segundos.
—Alguien construyó una separación interior sobre una distribución antigua. Eso no es imposible ni necesariamente ilegal. Pero si eliminaron un corredor de evacuación de la documentación sin actualizar el plan de seguridad, quiero que el hospital lo compruebe.
—¿Podés venir? —preguntó Akari.
—Puedo revisar la estructura mañana con la autorización correspondiente. No voy a reconstruir una pared de la que todavía no sabemos nada.
La llamada terminó.
Natsuki, mientras tanto, no dejó de trabajar.
Esa noche visitó a la señora Okabe durante el cambio de turno. La paciente había descansado mejor. Al preguntarle si recordaba el sueño, respondió que había visto un carrito de medicamentos delante de una puerta verde.
—No me asustó —aclaró—. Era como si alguien intentara recordarme que tenía que entregar algo.
Natsuki tomó nota de la descripción sin sugerirle nuevas imágenes. No quería contaminar el recuerdo de la paciente con sus propias sospechas.
En la habitación contigua, un hombre de mediana edad que se recuperaba de una operación relató un sueño parecido. Había un pasillo, dijo, pero no recordaba el color de las puertas.
Natsuki informó a la médica de guardia. Ambas revisaron las condiciones clínicas y los tratamientos, descartando cualquier urgencia inmediata. Los casos no demostraban un fenómeno mágico. Pero su coincidencia merecía quedar documentada.
Después, con autorización del área de calidad, Natsuki revisó el registro interno de incidencias relacionadas con el corredor clausurado. No accedió a historias clínicas fuera de sus funciones. Buscaba reportes de puertas, ruidos, fallas eléctricas y observaciones del personal.
Encontró once en los últimos cuatro meses.
Nueve hablaban de interrupciones de luz.
Uno mencionaba el movimiento inexplicable de una silla.
El último, registrado por un auxiliar de limpieza, contenía una frase que le aceleró el pulso.
Escuché a alguien decir que faltaba un nombre en la lista.
La incidencia figuraba como resuelta.
Acción adoptada: ninguna anomalía confirmada.
Natsuki abrió la referencia de seguimiento.
El campo estaba vacío.
No había firma de cierre ni descripción de una inspección. Podía deberse a un error administrativo. Pero la ausencia era precisamente el problema.
Preparó una consulta al área responsable. No la imprimió ni la fotografió. Era información del hospital y había un procedimiento para verificarla.
Al día siguiente, Ayame y el personal de mantenimiento verificaron los muros. Una cámara de inspección introducida por un registro técnico confirmó que detrás de la división había un pequeño corredor y una puerta de madera. No era un espacio sobrenatural aparecido de la nada. Era una sección antigua sellada durante una reforma que nunca había quedado bien reflejada en el plano entregado al personal actual.
—No hay riesgo inmediato de colapso —informó Ayame—. Pero las instalaciones son viejas y el aire lleva años sin renovarse bien. Si entran, necesitarán ventilación, iluminación y equipo apropiado. No voy a dejar a nadie respirar polvo por hacerse el valiente.
Ren levantó la mano.
—Me siento señalado.
—Sos la razón por la que expliqué la última frase —respondió ella.
La directora Muroi autorizó una apertura controlada acompañada por mantenimiento y seguridad. El hospital conservó la responsabilidad sobre el edificio y sus archivos. Akari estableció un perímetro de protección sobrenatural limitado al sector clausurado y designó a Riku como responsable de la salida.
Natsuki participaría únicamente como enlace clínico del hospital y podría retirarse en cualquier momento. Yuna entraría para intentar comunicarse con la presencia. Shunpei registraría las anomalías y la documentación técnica. Ren se mantendría junto a Riku, lejos de cualquier contacto directo.
—¿Y si la aparición quiere hablar conmigo? —preguntó Ren.
—Te lo dirá Yuna —contestó Akari.
—¿Y si intenta tocarme?
—Te retirás.
—¿Y si me persigue?
Riku le entregó un pequeño plano de evacuación.
—Seguís las flechas.
Ren miró el papel.
—Sos una persona terriblemente práctica.
—Gracias. Eso mantiene a la gente viva.
La puerta metálica se abrió con un sonido largo y áspero.
Detrás se extendía un corredor angosto, iluminado por lámparas portátiles. El aire olía a yeso, polvo y madera vieja. En una pared quedaban restos de pintura verde.
Ren sintió que alguien le apretaba el corazón.
Era el mismo verde que había visto en la pantalla.
Pero no dijo nada. A veces el miedo llenaba con facilidad los espacios que todavía no comprendía.
La entrada a la habitación oculta estaba al fondo.
Sobre la madera, casi borrado por el tiempo, se distinguía un número.
Diecisiete.
Yuna se detuvo a varios pasos.
—Está aquí.
Nadie vio nada al principio.
Después apareció una sombra bajo la puerta.
No pertenecía a ninguno de ellos.
La sombra se alargó, cruzó el umbral y dibujó la silueta de una mano abierta sobre el suelo.
Ren dio un paso involuntario hacia atrás.
Riku apoyó dos dedos sobre el borde de su barrera.
—Respirá. La salida sigue libre.
Yuna se arrodilló, procurando que su rostro quedara a la altura de aquella mano.
—Vine a escucharte —dijo.
La sombra permaneció quieta.
—No voy a pedirte que desaparezcas. No voy a obligarte a decir algo que no puedas decir. Solo quiero entender por qué seguís aquí.
Una mancha de luz se encendió bajo la puerta.
Shunpei levantó su detector.
—Hay un patrón estable. Se repite cada diecisiete segundos.
—No lo cuentes en voz alta —murmuró Yuna.
Shunpei parpadeó.
—¿Por qué?
—Porque cada vez que escucha un número intenta recordar uno diferente.
La sombra tembló.
Entonces, en una pared, apareció por un instante la imagen de un carrito de medicamentos con cuatro cajas pequeñas.
Tres tenían etiquetas.
La cuarta estaba vacía.
Natsuki se llevó una mano al pecho.
—No es un paciente —susurró—. Es una lista.
Yuna volvió la cabeza hacia ella.
—¿Qué querés decir?
—No está mostrando una cama. Está mostrando una casilla que alguien dejó sin completar.
La pared recuperó su aspecto original.
La sombra se contrajo.
De detrás de la madera llegó un sonido semejante a una respiración agotada.
Yuna cerró los ojos.
Su rostro palideció.
—Hay un nombre —dijo—. Lo repite, pero no logro escucharlo. Cada vez que intenta pronunciarlo se le corta la voz.
Ren apretó las manos.
—¿Puedo hacer algo?
Akari lo miró.
—Sí. Permanecé donde estás y ayudá a Riku si hay que evacuar.
Ren asintió.
La aparición se desplazó hacia arriba, sobre la puerta.
Una silueta blanca comenzó a formarse.
Era la mujer de la grabación.
Sus manos sostenían un documento que no tenía peso ni textura. Lo acercó a Yuna, pero cada vez que la especialista intentaba enfocar las letras, estas se deshacían como ceniza.
—No puedo leerlo por vos —susurró Yuna—. Tenés que mostrarme dónde está el original.
La figura abrió la boca.
No salió ninguna palabra.
En su lugar, un golpe sacudió la pared.
Después otro.
Y otro más.
La lámpara más cercana se apagó.
El viejo corredor quedó iluminado únicamente por los equipos portátiles de los inspectores.
Riku reforzó la salida.
—Tiempo de barrera, seis minutos. Si la estructura reacciona, nos retiramos.
Shunpei miró las lecturas.
—La resonancia está elevándose. No sé cuánto más podrá mantener esta forma.
La aparición se volvió hacia la puerta diecisiete.
Sus dedos atravesaron la madera.
En la pared apareció una grieta fina que recorrió el yeso hasta un armario metálico.
Un tornillo cayó al suelo.
La caja de herramientas de mantenimiento vibró.
La figura empezó a agitarse.
Yuna se llevó una mano al oído.
—No está atacándonos —dijo con esfuerzo—. Está reviviendo el momento en que no consiguió que alguien se detuviera.
Una ráfaga de aire empujó a los presentes.
Ren se agarró de una barandilla.
Detrás de él, un ayudante de mantenimiento perdió el equilibrio sobre un escalón.
Riku lo sostuvo antes de que golpeara el suelo.
—Todos atrás —ordenó—. Por la salida señalada. Sin correr.
Akari levantó una cortina carmesí para proteger la entrada. La energía permaneció a varios metros de la figura, sin alcanzarla.
Yuna siguió arrodillada.
—Escuchame. No tenés que hacerlo todo otra vez.
La mujer blanca extendió una mano hacia ella.
Por un momento, Yuna pareció ver otra habitación.
Ren lo supo porque la voz de la especialista se quebró.
—Hay gente detrás de la puerta —murmuró.
—¿Ahora? —preguntó Natsuki.
—No. Antes. Hace mucho tiempo.
Yuna abrió los ojos, aterrada por algo que solo ella podía percibir.
—Les prometiste que alguien volvería por ellos.
La aparición se deshizo de golpe.
La pared quedó inmóvil.
El silencio llegó tan bruscamente que Ren pudo escuchar su propia respiración.
Yuna se inclinó hacia delante.
Akari acudió a sujetarla.
—Basta por hoy.
—No hemos terminado —respondió Yuna, con la voz débil.
—Justamente por eso. Necesito que puedas volver mañana.
Riku guio la retirada.
Ren no protestó. Ayudó a recoger una lámpara que había rodado hacia la salida y esperó mientras Natsuki comprobaba que el ayudante de mantenimiento no estuviera lesionado.
Cuando finalmente salieron, la puerta antigua se cerró detrás de ellos.
Yuna se sentó en el suelo del corredor moderno, con la espalda apoyada contra la pared.
Ren le ofreció agua.
—Gracias —dijo ella.
Tenía las manos frías.
—¿Qué viste? —preguntó él.
Yuna bebió antes de responder.
—No vi lo suficiente para afirmar que fuera un recuerdo completo. Eran emociones, imágenes repetidas. Una puerta, un documento, gente esperando. Y una mujer que tenía miedo de irse porque creyó que, si se marchaba, nadie conservaría sus nombres.
Ren miró la puerta cerrada.
—¿Está muerta?
Yuna dejó de mirar el agua.
—Tal vez la mujer murió hace años. Tal vez lo que estamos viendo sea un eco de su último esfuerzo. No es lo mismo que tener delante a una persona viva, ni significa que podamos traerla de vuelta.
—Pero su advertencia puede ser real —intervino Natsuki.
Yuna asintió lentamente.
—Exactamente.
Ren se quedó callado.
No todas las cosas que necesitaban protección podían pedirla como Haru en el tren. Algunas solo dejaban señales y esperaban que alguien estuviera dispuesto a entenderlas.
La respuesta llegó de una persona viva.
Se llamaba Tomoko Ishida y había trabajado durante veintiocho años en el área administrativa del Hospital Hoshimi. Ahora estaba jubilada, pero seguía visitando a antiguos compañeros de vez en cuando. Muroi la invitó a conversar después de que el equipo encontrara su firma en la recepción de documentos del ala antigua.
Tomoko miró una fotografía de la puerta verde.
—Eso era la sala de registros —dijo—. Antes de que cambiaran los sistemas, guardábamos allí las hojas de traslado y las autorizaciones.
—¿Recuerda a alguna empleada que se encargara de ellas? —preguntó Natsuki.
La mujer tardó un momento.
—Miyako Fushimi. Era auxiliar de archivo clínico. Tenía la costumbre de revisar dos veces todo. Me desesperaba un poco, para qué voy a mentir.
Sonrió con tristeza.
—Pero nunca perdía un expediente.
Shunpei consultó el índice de personal autorizado para la investigación.
Miyako había trabajado en el hospital hasta finales de 2014. Su nombre figuraba en una nómina antigua, pero no aparecía en el registro consolidado de empleados que Natsuki había consultado inicialmente. En un archivo de personal separado constaba que había fallecido meses después de dejar el puesto.
—¿Qué ocurrió en la sala? —preguntó Akari.
Tomoko bajó la mirada.
—Hubo una reorganización de pacientes. Nos dijeron que ciertos documentos pasaban a otra unidad y que no debíamos conservar duplicados. Miyako se opuso porque faltaban comprobantes de recepción. Recuerdo que discutió con un supervisor, pero no estuve presente cuando se cerró el asunto.
—¿Sabe si alguien sufrió daños? —preguntó Natsuki.
—No lo sé. Eso es lo que me avergüenza. Nunca volví a preguntar.
Yuna, sentada al fondo, no dijo nada. Se limitó a escuchar.
La conversación no probaba que Miyako fuera la aparición. Tampoco aclaraba qué había ocurrido con los pacientes. Pero ofrecía una pista que no dependía de recuerdos sobrenaturales.
Muroi autorizó una búsqueda administrativa controlada en la habitación sellada. La revisión debía contar con personal del hospital para identificar, inventariar y custodiar cualquier documento encontrado.
Esta vez entraron sin prisas.
Ayame confirmó la estabilidad de los muebles y permitió retirar un panel deteriorado. Detrás había un antiguo armario empotrado, parcialmente cubierto durante la reforma. En una rendija quedaba atrapado un sobre amarillento.
Natsuki no lo tocó.
Pidió a la responsable documental que registrara el hallazgo.
El sobre se abrió sobre una mesa limpia, bajo la mirada de dos testigos.
Contenía una copia de carbón de una hoja de traslados.
Cuatro líneas.
Tres tenían constancia de recepción.
En la cuarta, el espacio destinado al nombre había sido cubierto por una mancha oscura. La firma de quien autorizaba el movimiento tampoco podía leerse. Había una anotación manuscrita al margen.
Comprobar destino antes de destruir duplicado.
Debajo de la frase alguien había dibujado tres círculos superpuestos.
Shunpei dejó escapar el aire muy despacio.
Era la primera vez que veía aquel símbolo en un documento material y no en una imagen alterada por sensores.
—Tenemos que preservar esto —dijo.
Muroi asintió.
—Se custodiará como parte de una revisión interna. Si revela un traslado no justificado, activaremos las vías de investigación correspondientes.
Ren observó la cuarta línea borrada.
Esperaba que la verdad apareciera escrita con letras enormes. En cambio, solo tenían una ausencia.
Y esa ausencia parecía haber pesado sobre alguien durante años.
La temperatura descendió de pronto.
La mujer blanca apareció al otro lado de la mesa.
No levantó los brazos ni hizo temblar las lámparas. Observó el documento y permaneció inmóvil.
Yuna dio un paso hacia ella.
—Lo encontramos —dijo con suavidad—. Ya no depende solamente de vos.
La figura giró el rostro sin rasgos.
Yuna cerró los ojos. Esta vez no intentó obligar a la presencia a repetir la historia. Se concentró en escuchar hasta el final.
Ren sintió una vibración azul bajo la piel. Instintivamente quiso extender la mano, pero recordó su entrenamiento y dejó que la sensación pasara. No necesitaban otra descarga de magia.
Durante un instante, todos escucharon un ruido muy leve.
El sonido de un lápiz escribiendo sobre papel.
Después, la voz de una mujer pareció formarse entre los ecos de la habitación.
—No los olviden.
La aparición abrió las manos.
El documento invisible que llevaba años sosteniendo comenzó a deshacerse en partículas pálidas. No cayó al suelo. Se elevó lentamente hasta desaparecer en la luz que entraba por la puerta.
Yuna abrió los ojos con lágrimas que no intentó esconder.
—No vamos a prometer lo que todavía no sabemos —respondió—. Pero vamos a conservar lo que dejaste.
La figura inclinó ligeramente la cabeza.
Y se desvaneció.
No hubo una explosión, ni un grito, ni una victoria celebrada con los puños en alto.
Solo regresó el aire templado del corredor.
En el detector de Shunpei, la señal dejó de repetirse.
Riku bajó la barrera que había mantenido preparada durante la despedida.
—¿Terminó? —preguntó Ren.
Yuna miró la habitación vacía.
—Su espera, creo que sí. Lo demás acaba de comenzar.
Aquella tarde, Natsuki regresó a su planta con la sensación de haber aprendido algo que ninguna clase de medicina le había enseñado. No podía explicar por qué una mujer desaparecida de un registro parecía haber permanecido tantos años junto a un armario. Pero entendía el motivo de su insistencia.
Alguien había notado que faltaba una persona en una lista.
Y nadie había cerrado aquella pregunta.
Muroi confirmó que el hospital revisaría los documentos originales, contrastaría fechas y buscaría las autorizaciones sin divulgar datos de pacientes. Natsuki ofreció colaborar dentro de sus funciones. No quería convertirse en investigadora clandestina, pero tampoco seguiría fingiendo que una casilla vacía era un detalle sin importancia.
Al despedirse, Akari se detuvo junto a ella.
—Pudiste haberte retirado.
—También ustedes.
—Es nuestro trabajo.
Natsuki miró a través de la ventana. En el jardín del hospital, una mujer ayudaba a su padre a caminar lentamente entre dos bancos.
—Este es el mío.
Akari asintió. Por primera vez no pareció tener una respuesta que añadir.
Esa noche, Ren llegó a Bento Niji con veinte minutos de anticipación para recoger su cena.
Daisuke Ono lo observó desde la cocina como si hubiera visto aparecer un segundo sol.
—¿Estás enfermo?
—No.
—¿Te persigue alguien?
—Hoy no.
—Entonces, ¿por qué llegaste temprano?
Ren apoyó los codos sobre el mostrador.
—Estoy madurando como persona.
Daisuke soltó una carcajada tan estruendosa que una clienta dejó de remover su sopa.
—Esa sí que es buena.
Ren aceptó el bento que su jefe le entregó y renunció a defenderse.
Mientras caminaba hacia la salida, recibió un mensaje de Natsuki.
Encontramos una pista. Todavía no sabemos qué significa. Gracias por no intentar resolverlo todo a golpes.
Ren respondió:
Me especializo en aprender tarde.
Guardó el teléfono.
Por primera vez desde aquella noche del callejón, no sintió necesidad de mirar cada sombra de la calle. Algunas merecían precaución. Otras podían estar esperando que alguien las escuchara.
Al otro lado de Yukisawa, Shunpei examinó la imagen digital autorizada del formulario hallado en Hoshimi. La firma seguía siendo ilegible. Los tres círculos, en cambio, se distinguían perfectamente.
Abrió un archivo de comparación con las alteraciones registradas en el tren.
Las formas no eran idénticas.
La coincidencia podía no significar nada.
Por eso decidió conservar ambos registros sin añadir una conclusión.
Antes de cerrar su sesión apareció una nueva notificación de incidencias.
Tres personas, de tres barrios diferentes, habían descrito durante la misma noche un sueño parecido.
Un corredor interminable.
Una puerta cerrada.
Y alguien, desde el otro lado, que pedía que lo despertaran.
Shunpei miró la hora de los informes.
La diferencia entre ellos era de un segundo.
El reloj de la pared continuó avanzando.
Él no apartó los ojos de la pantalla.
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