Novelas · Parte 3
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NovelasParte 3

Parte 3: Aprender a cazar monstruos

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Detalles

Autor
Gylab Click
Categoría
Novelas
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YUMEGARI (夢狩り) | Los cazadores de sueños
Capítulo
Parte 3
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4

Sinopsis

🌙 Cuando el mundo duerme, comienza la verdadera batalla. En Yukisawa, una ciudad del norte de Japón, la vida transcurre con absoluta normalidad. Las personas trabajan, estudian, se enamoran y sueñan sin imaginar que, durante la noche, criaturas sobrenaturales acechan entre las sombras. Una organización secreta de magos protege a la humanidad de monstruos, espíritus y pesadillas que amenazan con invadir la realidad. Ren Mizuhara, un joven de 23 años que trabaja en una pequeña …

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El primer monstruo al que Ren Mizuhara tuvo que enfrentarse durante su entrenamiento no tenía colmillos, garras ni ojos brillantes.

Era una hoja de papel.

Una hoja rectangular, de color amarillo pálido, colocada sobre una mesa en el sótano del Observatorio del Norte.

—Hacela quedarse ahí —ordenó Akari Kujo.

Ren la contempló con desconfianza.

—Está sobre la mesa.

—Lo sé.

—No parece tener intenciones de marcharse.

—Ren.

—¿Y si la amenaza verbalmente? Soy bastante bueno discutiendo con objetos que no responden.

Akari cerró los ojos un instante. A su lado, Taiga Sakamoto se tapó la boca para disimular una carcajada.

Era el quinto día de entrenamiento formal, a comienzos de mayo. Ren había descubierto que aprender magia se parecía mucho menos a convertirse en el protagonista de un videojuego y mucho más a asistir a clases de educación física impartidas por alguien que estaba decidida a descubrir cada uno de sus defectos.

La primera sesión había consistido en respirar.

La segunda, en respirar mientras caminaba.

La tercera, en respirar sin tensar los hombros.

Durante la cuarta, Genji Arakawa le había pedido que permaneciera sentado frente a una campana sin tocarla, hasta distinguir el sonido de los ventiladores del ruido que hacía su propia sangre dentro de los oídos.

Ren seguía sin entender por qué un hombre capaz de dibujar sellos sobrenaturales insistía tanto en enseñarle cosas que, en teoría, cualquier ser humano llevaba haciendo desde su nacimiento.

—La hoja tiene un sello de desplazamiento —explicó Akari—. Cuando Taiga active el circuito, una corriente de aire intentará empujarla. Tu trabajo consiste en establecer una frontera a su alrededor para que permanezca en su sitio.

—¿Una barrera?

—Una frontera pequeña. No necesito una muralla. No necesito una explosión azul. Y, por encima de todo, no necesito llamar otra vez al equipo de mantenimiento.

Ren bajó la mirada.

La semana anterior había estropeado una lámpara al intentar encender un círculo del tamaño de una moneda. Ayame Fujimoto le había entregado una factura escrita a mano, con un dibujo de su rostro llorando junto al importe.

Akari levantó dos dedos.

—Una sola respiración. Si notás que tu energía se extiende más allá de la mesa, soltás el ejercicio. ¿Entendido?

—Entendido.

Taiga se colocó junto al pequeño aparato que movería el aire.

—¿Preparado, campeón?

—Preparado desde que nací.

—Entonces naciste sin preparación —respondió Akari.

Taiga soltó una carcajada que se convirtió en tos cuando ella le dirigió la mirada.

Ren apoyó las palmas sobre la mesa y respiró. Había aprendido a reconocer la sensación previa a su poder: un ligero frío bajo los dedos, como si el aire escondiera una profundidad que antes no estaba allí. Si intentaba atraparlo con fuerza, la sensación desaparecía. Si pensaba en la noche del callejón, aparecía demasiado deprisa y le dejaba el corazón acelerado.

Esta vez imaginó únicamente una línea alrededor de la hoja.

No una cárcel.

No un arma.

Solo un límite.

Una luz azul violácea recorrió el borde de la mesa y formó un círculo irregular.

—Bien —dijo Akari, sin entusiasmo—. Mantenelo.

Taiga pulsó el aparato.

La corriente de aire levantó la esquina del papel.

Ren apretó los dientes.

El círculo brilló con más intensidad.

La hoja quedó suspendida apenas un instante.

—¡Lo estoy haciendo!

—No hablés —ordenó Akari.

—¡Pero lo estoy haciendo!

La barrera se extendió de golpe.

La hoja salió disparada contra la cara de Taiga.

El aparato rodó por la mesa y cayó al suelo.

Ren cerró el puño demasiado tarde.

Se hizo un silencio incómodo.

Taiga retiró el papel de su nariz. Tenía impresa en la frente la pequeña marca del sello, como un sello postal.

—Impresionante —dijo—. Tu magia acaba de enviarme correspondencia.

Akari anotó algo en una carpeta.

—Ocho segundos de control parcial. Terminación tardía. Exceso de respuesta emocional.

—¿Ocho segundos? —repitió Ren—. ¡Eso es más del doble que ayer!

—Ayer aguantaste tres.

—Justamente. Progreso extraordinario.

Akari dejó la carpeta sobre la mesa.

—El progreso existe. La imprudencia también.

Ren sonrió menos.

El fracaso de la prueba anterior, cuando su magia había alcanzado un sueño ajeno, seguía asustándolo.

Akari recogió la hoja y volvió a ponerla en su sitio.

—Descansá diez minutos. Después repetimos.

Ren se llevó una mano al estómago.

—¿Diez minutos? Tengo entendido que la ley japonesa protege el derecho a los almuerzos enormes.

—Todavía no es mediodía.

—La injusticia no tiene horario.

Taiga le pasó una botella de agua.

—Bienvenido al lado heroico de la magia. Está lleno de hojas de papel y gente que te ordena beber líquidos.

Ren aceptó la botella.

Mientras caminaban hacia la sala de descanso, volvió la cabeza.

Sobre la mesa, la hoja estaba quieta.

Por primera vez, aquella quietud le pareció una victoria que valía la pena perseguir.

Había descubierto que incluso la magia más extraña podía empezar por aprender a no hacer daño.

En Bento Niji, la rutina continuaba: Daisuke Ono gritaba cuando los pedidos se retrasaban, la señora Fujita compraba dos porciones de arroz y Ren intentaba compaginar el trabajo con dos tardes de entrenamiento y una evaluación física semanal.

—¿Esa persona que te escribe es una novia? —preguntó Daisuke al verlo sobresaltarse con el teléfono.

—No.

—Entonces debe de ser un cobrador.

—Peor. Una instructora.

Daisuke le acercó un cuenco de arroz y miró las marcas del entrenamiento que llevaba en los brazos.

—¿Te enseñan a defenderte?

—Algo así.

—Aprendé también a retirarte.

Ren alzó la mirada.

—¿Eso no suena cobarde?

El cocinero dejó el cuchillo sobre la tabla.

—Cobarde es dejar que otro pague por tu orgullo. Si alguien sabe más que vos, escuchalo.

Ren recordó el extraño silencio de su jefe después del ataque de Midorichō. Quiso preguntarle por qué hablaba como si conociera aquel mundo, pero Daisuke ya estaba señalando los pedidos pendientes.

—Y no te olvidés de los pepinillos de la mesa seis.

Esa misma tarde, Natsuki Hara apareció al salir del Hospital Hoshimi. Había recuperado su energía habitual, aunque algunas noches todavía despertaba con sueños confusos que no conseguía explicar.

Ren le sirvió té y se sentó frente a ella durante su descanso.

—Dijiste que me debías una conversación —recordó Natsuki.

Él asintió.

—Lo que pasó cerca de la parada fue real —dijo al fin.

Natsuki dejó la taza sobre la mesa.

—Ya lo imaginaba.

—Hubo alguien que nos ayudó. Una mujer. Estoy hablando con ella para entenderlo mejor.

—¿Es la que recuerdo con una luz roja?

Ren tragó saliva.

—Sí.

Natsuki lo miró largamente.

—¿Y por qué siento que olvidé algo importante?

Él bajó los ojos.

—Porque alguien intervino sobre tus recuerdos después del ataque. No te lo habían explicado bien y yo tampoco tuve valor para hacerlo.

La enfermera permaneció inmóvil.

—¿Me estás diciendo que modificaron mi memoria?

—Sí.

—¿Sin preguntarme si estaba de acuerdo?

—Te opusiste.

Ren pronunció las dos palabras sin intentar suavizarlas.

Natsuki apretó las manos alrededor de la taza. Había miedo en su expresión, pero el enfado llegó primero.

—Trabajo en un hospital. Paso todos los días pidiéndoles permiso a las personas antes de hacerles cosas que pueden incomodarlas. ¿Quién se cree con derecho a decidir eso por mí?

—No tengo una respuesta que lo justifique.

—Entonces quiero hablar con esa mujer.

Ren asintió.

—Puedo pedirle que nos reciba. No voy a organizarlo a tus espaldas.

Natsuki lo observó como si estuviera comprobando que había escuchado correctamente.

—¿Desde cuándo sos tan razonable?

—Estoy pasando por una transformación personal muy desagradable.

Ella no se rio de inmediato. Primero miró sus propias manos, después el reflejo del té. Al cabo de unos segundos, soltó el aire.

—No quiero que vuelvas a mentirme para protegerme, Ren.

—Voy a intentarlo.

—No es una promesa brillante.

—Es la más honesta que tengo.

Natsuki lo estudió un instante. Entonces dio un pequeño sorbo al té.

—Está bien. Empecemos por ahí.

Cuando se marchó, Ren se quedó observando su asiento vacío.

Ren abrió el teléfono y escribió a Akari para solicitar una reunión formal entre ambas.

La respuesta tardó cinco minutos.

Estoy de acuerdo. Que ella elija el día. No será un procedimiento de memoria ni un interrogatorio.

Ren leyó el mensaje dos veces.

Después se guardó el teléfono y volvió al trabajo.

Por primera vez desde que había descubierto la magia, tenía la sensación de haber protegido a alguien sin encender una sola luz.

El sábado siguiente, Ren encontró a Taiga Sakamoto colgado de una cuerda en el gimnasio de la Guardia.

Había intentado impulsarse con una descarga eléctrica, sufrido un calambre en el gemelo y terminado abrazado a la cuerda como un gato que se arrepentía de haber subido a un árbol.

—No le digás nada a Akari —pidió.

—¿Sobre tu técnica secreta para quedarte atrapado?

—Estoy investigando la resistencia de los materiales.

—Yo voy a investigar cuánto tardás en bajar.

Una voz elegante sonó desde la puerta.

—Si eso era una exhibición, solicito un reembolso.

Un hombre alto, de cabello impecablemente peinado, chaqueta oscura y pañuelo de seda, los observaba con divertida desaprobación.

—Kei Hoshizaki —se presentó—. Veintiséis años. Diseñador de moda, especialista en ilusiones y víctima habitual de Taiga.

—Ren Mizuhara —respondió el muchacho—. Empleado de restaurante y víctima habitual de mi jefe.

Kei lo estudió de arriba abajo.

—La camiseta negra necesita ayuda.

—¿También hacés magia con la ropa?

—Ojalá pudiera hacer milagros.

Levantó dos dedos. De pronto había tres Kei frente a Ren. Uno sonrió, otro se acomodó el pañuelo y el tercero caminó hacia un muro. Ren lo siguió con la mano extendida: atravesó la imagen sin sentir nada.

—¿Podés enviar uno a trabajar por mí?

—No tienen cuerpo. Engañan los sentidos, pero no pueden cargar objetos, herir a alguien ni pagar tus deudas.

—Qué tragedia.

—Una ilusión puede evitar una pelea —dijo Kei—. Su valor depende de quién consiga escapar mientras el enemigo la mira.

En el corredor se escucharon dos pares de pasos.

Entraron dos mujeres idénticas de cabello oscuro, ropa de entrenamiento y expresiones distintas: una seria, otra casi divertida.

—Reina Amamiya —dijo la primera—. Veintiocho años. Supervisora de campo.

—Reina Amamiya —repitió la segunda—. La misma, pero con mejor sentido del humor.

Ren miró a Taiga.

—¿Gemelas?

—Doble Existencia —explicó éste—. Reina divide su cuerpo físico en exactamente dos. Ambas pueden actuar, recibir golpes y cansarse. Y cuando se reúnen, los daños no desaparecen.

—Tampoco duplico mi energía —añadió la primera Reina.

—Ni mi paciencia —completó la segunda.

Las dos se acercaron y sus siluetas se superpusieron. Quedó una sola Reina, que se masajeó el cuello.

—Ahora dejen de hacer el ridículo. Akari los espera en la simulación.

Taiga señaló a Ren.

—¿Ves? Ya tenemos a alguien que habla por los dos.

—Y alguien que no escucha por ninguno —respondió Reina.

La sala de simulación imitaba un andén ferroviario: bancos metálicos, una línea amarilla, puertas de tren falsas y pantallas que proyectaban un convoy detenido. Ayame Fujimoto vigilaba las uniones del suelo con la resignación de una arquitecta que conocía demasiado bien las facturas de reparación de aquel lugar.

Shunpei Kuroda explicó el ejercicio. Había tres pasajeros simulados, una sombra proyectada y un corredor de evacuación. No importaba derrotar a la amenaza, sino sacar a los tres sin añadir heridos.

Un guardián de treinta y cuatro años colocaba las figuras junto a los asientos. Tenía el cabello oscuro corto y una voz cálida.

—Riku Endo —se presentó—. Me especializo en barreras y evacuación. Si cometés un error, lo estudiamos y repetimos. Nadie nace sabiendo sacar gente de un lugar peligroso.

Ren le estrechó la mano.

—¿Y si cometo cinco?

—Tendremos bastante material para estudiar.

Akari asignó funciones. Kei engañaría al enemigo con ilusiones, Reina abriría rutas físicas, Taiga sostendría una barrera y Riku guiaría a los pasajeros. Ren debía observar, señalar zonas seguras y comunicar lo que no supiera. Ninguna descarga onírica sin autorización.

El primer intento terminó cuando Ren cruzó la línea de seguridad para ver mejor la sombra.

—Fuera de zona —indicó Shunpei.

—Solo estaba mirando.

—Desde el lugar equivocado —respondió Akari.

El segundo falló porque Taiga prometió aguantar una barrera cinco segundos y solo logró cuatro. El muñeco infantil quedó atrapado detrás de un banco.

Riku se acercó a Ren.

—¿Por dónde lo sacamos?

Ren examinó el suelo iluminado y negó con la cabeza.

—No lo sé.

—Excelente. Ya sabemos qué información nos falta.

Shunpei mostró el alcance verdadero de la sombra. Había una franja libre junto al muro; Kei podía crear una figura falsa en el extremo opuesto, mientras Reina, dividida en dos cuerpos, despejaba la salida.

—Si Taiga aguanta cuatro segundos y no cinco, la ruta tiene que funcionar en cuatro —dijo Ren.

Akari asintió.

—Exactamente.

En el tercer intento, Kei perdió su ilusión antes de lo previsto y las dos Reinas tuvieron que apartar un obstáculo más pesado. Pero Riku sacó a los tres pasajeros simulados sin abandonar a ninguno.

Ren levantó ambos brazos.

—¡Salvamos a tres personas de plástico!

—Una victoria histórica —murmuró Ayame, comprobando las baldosas—. Y solo me rayaste una.

Riku se acercó con dos vasos de agua.

—¿Sabés qué es lo que más me gusta de las operaciones que salen bien? —preguntó.

—¿La comida al final?

—Que casi nadie se acuerda de mí. Prefiero que los pasajeros recuerden haber encontrado una salida y no a la persona que tuvo que cargarlos.

Ren miró al guardián. Hasta entonces había pensado que cazar monstruos significaba lanzar ataques espectaculares. Aquella tarde descubrió que sostener una puerta podía resultar más importante.

Dos días después, Shunpei reunió a Akari y Genji frente al plano ferroviario de Yukisawa.

—Cuatro anomalías en once días —explicó—. Fallas de iluminación, señales que no coinciden y testimonios sobre reflejos que avanzan antes que las personas. Ocurrieron entre Yukisawa Central y el distrito Minato.

Mostró dos registros digitales.

En ambos faltaba exactamente un segundo.

Akari recordó la prueba en que el poder de Ren había alcanzado a una persona dormida a kilómetros del Observatorio.

—¿Están relacionados?

—No tengo pruebas —dijo Shunpei—. Las lecturas pueden ser interferencias eléctricas. Propongo inspeccionar el ramal con la empresa ferroviaria, después de la hora punta y sin interferir con los trenes de pasajeros.

Genji observó el túnel antiguo que aparecía en el mapa.

—No confundamos una coincidencia con una explicación. Pero tampoco la ignoremos.

Akari exigió un plan de evacuación, coordinación con los operadores y equipo médico de apoyo antes de autorizar la inspección.

No mencionó a Ren.

Taiga se encargó accidentalmente de hacerlo durante el almuerzo.

—Mañana voy a revisar las vías de Minato —comentó mientras abría una bebida—. Dicen que los trenes tienen reflejos que se mueven solos.

Ren dejó su pan sobre la mesa.

—¡Quiero ir!

Taiga palideció. Yuna, que estaba sentada junto a él, suspiró.

—Felicitaciones. Acabás de invitarlo.

—¡No era una invitación!

Akari apareció detrás de Ren.

—No vas a ir sin autorización.

—Podría observar. No necesito pelear.

—La última vez que observaste una anomalía, alcanzaste un sueño ajeno y perdiste el conocimiento.

Ren bajó la mirada. Después recordó las palabras de Riku.

—¿Qué debo demostrar para no estorbar?

Akari se sentó frente a él.

—Que sabés detenerte aunque tengas miedo. Terminá tu revisión médica y la prueba de interrupción. Si después existe una tarea segura, lo discutiremos.

La evaluación se realizó al día siguiente. La médica autorizó actividad moderada y Shunpei colocó sensores alrededor de una plataforma. Akari le pidió a Ren una sola cosa: encender el inicio de su luz azul y extinguirla inmediatamente al escuchar la palabra alto.

Falló la primera vez. En la segunda, la energía alcanzó una campana y la hizo vibrar. En la tercera, respiró, reconoció el frío bajo los dedos y dejó de empujar contra él.

—Alto —ordenó Akari.

Ren soltó el aire.

La luz desapareció.

Repitieron el ejercicio hasta lograr cuatro interrupciones limpias seguidas. Terminó agotado, pero sin perder la orientación ni afectar los sensores externos.

—Esto demuestra un control limitado en condiciones seguras —explicó Akari—. No te autoriza a combatir.

—¿Y puedo observar?

—Solo en una tarea de apoyo que el equipo considere segura. Permanecerás en el punto asignado, te retirarás si se te ordena y no utilizarás magia salvo protección inmediata ante una emergencia que no permita esperar. Cualquier decisión se revisará después.

Ren asintió.

La autorización llegó para una inspección de sensores cerca del depósito de Minato, acompañado por Riku. El resto del equipo verificaría las anomalías en coordinación con personal ferroviario. El tren previsto estaría fuera de servicio y el acceso asegurado.

—¿Sabés qué significa ser un novato inteligente? —preguntó Taiga mientras comprobaba las linternas.

—¿Tener una espada impresionante?

—Volver con todos los dedos.

Ren se miró las manos.

—La verdad es que les tengo cariño.

Cuando llegaron al depósito, el tren ya estaba empezando a moverse donde no debía.

El depósito de Minato olía a metal húmedo, aceite y lluvia reciente.

Ren llegó con Riku poco después de las diez de la noche. El encargado comprobó sus identificaciones de inspección y les indicó la zona segura, detrás de una barandilla. En el patio había un tren de mantenimiento y, más allá, una composición de pasajeros retenida por una falla de señalización antes de entrar al depósito.

Los siguientes servicios habían sido desviados. Nadie debía circular por el ramal antiguo.

—Quedan siete pasajeros, el conductor y una agente de estación —explicó el encargado—. Estamos organizando su traslado a la plataforma segura.

Ren miró las ventanas encendidas. En la simulación, los pasajeros eran muñecos. Allí había personas que solo querían regresar a sus casas.

La radio del encargado crepitó.

La voz de un operador anunció que una aguja había cambiado de posición sin recibir una orden.

—Repita —exigió el hombre.

Bajo los rieles sonó una vibración grave.

El tren retenido avanzó unos metros, se detuvo y volvió a moverse hacia la entrada del túnel antiguo. Los operadores ordenaron aislar la alimentación, cerrar el tramo y activar los procedimientos de emergencia.

Riku llamó a Akari.

—Nos quedamos aquí —advirtió a Ren—. No seguimos al tren.

Ren asintió, pero entonces vio una silueta oscura adherida a la última ventanilla. El reflejo de aquella cosa se movía antes que su cuerpo.

—Hay algo dentro —dijo.

—Describilo.

—Una sombra. No tiene rostro. Su reflejo va por delante.

Las luces del vagón parpadearon. Se escuchó un grito.

Ren avanzó un paso por instinto y Riku se interpuso.

—Si entrás sin protección, tendremos que rescatarte también. Necesito que sigás mirando desde acá.

El muchacho apretó los puños.

En el borde oscuro del túnel aparecieron tres manchas. Treparon por el vagón como grietas que se abrían en una superficie invisible.

—Tres entidades. Están acercándose a las puertas —informó Ren.

Akari respondió por radio que el equipo entraba por el acceso norte. Ordenó permanecer en la plataforma hasta nuevo aviso.

Ren miró el reloj digital sobre la reja.

Los segundos avanzaron.

De pronto faltó uno.

Las tres manchas se inclinaron hacia el tren exactamente al mismo tiempo.

El joven sintió aquella conocida corriente de frío bajo los dedos.

Quiso correr, pero recordó la instrucción de Riku y su propia promesa.

Se quedó quieto.

Akari llegó por el acceso norte acompañada de Taiga, Kei, Reina y Shunpei. Llevaban identificaciones de mantenimiento, linternas, equipo de protección y pequeños sellos de seguridad preparados para no interferir con la maquinaria ferroviaria.

Shunpei se comunicó primero con el responsable de operaciones. El convoy había quedado inmovilizado dentro del tramo de inspección; se había aislado la alimentación del sector y no habría otra circulación mientras continuara la emergencia.

Los pasajeros estaban agrupados en el último vagón. El conductor permanecía en su cabina, con comunicación intermitente, y una agente de estación intentaba mantener a todos alejados de las puertas.

—La policía y los servicios de emergencia están advertidos de una avería eléctrica —explicó el encargado—. Pueden entrar por el pasillo lateral de mantenimiento siempre que se mantengan fuera de las vías.

Akari asintió y repartió funciones.

—Riku, evacuación por la pasarela. Reina, inspeccioná ambos extremos y asegurá que el camino no quede bloqueado. Kei, distraé cualquier entidad que intente seguir a los pasajeros. Taiga, barrera de contención cuando yo te dé la señal. Shunpei, localizá la fuente. Ren, te quedás junto al punto de apoyo y me comunicás si percibís otra alteración.

—Entendido —respondió Ren.

Ella lo miró un instante, como si hubiera esperado una protesta.

No llegó ninguna.

El equipo avanzó por una pasarela de mantenimiento que corría paralela al último vagón. Una puerta de emergencia permitía alcanzar una zona elevada junto a las ventanillas, sin pisar la vía. Allí, tras coordinarse con el personal ferroviario, Riku se preparó para recibir a los pasajeros si la salida podía abrirse con seguridad.

Reina se detuvo en un pequeño ensanchamiento de la pasarela.

Respiró hondo.

Su figura se dividió en dos.

La primera Reina se dirigió hacia la salida norte con una linterna. La segunda avanzó hacia el extremo más próximo al túnel, sonriente a pesar de la tensión.

—Acordate de no hacer nada estúpido —dijo la primera.

—Te estaba por decir lo mismo —respondió la segunda.

Ren observó cómo ambas desaparecían en direcciones opuestas.

—Nunca voy a acostumbrarme.

Kei pasó junto a él.

—Yo tampoco. Y mirá que llevo bastante tiempo teniendo que soportar las discusiones de Reina consigo misma.

Un golpe estremeció el vagón.

Dentro se apagaron dos lámparas.

Los pasajeros gritaron.

Akari levantó la mano. Un brillo rojo se extendió sobre la estructura de la pasarela, formando un borde de protección. Era pequeño y preciso; no tocaba el tren ni sus sistemas eléctricos.

—A nadie se le ocurra romper la puerta —ordenó—. Necesitamos que el personal la libere de forma segura.

Desde el interior, la agente ferroviaria confirmó que podía abrir un acceso manual una vez comprobadas las condiciones del tramo. Riku se preparó con una cuerda de seguridad y un equipo de iluminación.

Entonces una sombra se despegó de la ventanilla.

Su cuerpo parecía una grieta suspendida en el aire. No tenía forma humana estable. Una de sus puntas rozaba el techo del vagón mientras otra se alargaba hacia la pasarela. Cada vez que pasaba por un punto iluminado se contraía, pero al tocar la siguiente zona oscura recuperaba tamaño.

—Sombra de Grieta —dijo Akari—. Confirmada.

Kei hizo aparecer una figura idéntica a Riku junto a una puerta que no se utilizaría. La entidad se inclinó hacia aquella imagen y se deslizó en su dirección.

—Mirá que sos popular —murmuró Taiga.

—Preferiría serlo con otro público —respondió Riku.

La segunda sombra apareció por debajo de una unión metálica.

Taiga extendió la mano.

Varias líneas amarillas formaron una barrera breve entre la criatura y el acceso de evacuación.

La sombra chocó contra la luz. Retrocedió.

Taiga apretó los dientes.

—Esto no va a durar mucho.

—No tiene que durar mucho —respondió Akari—. Solo hasta que salga el primer grupo.

El pasillo se llenó del ruido de las herramientas ferroviarias. Una luz blanca anunció que la puerta estaba lista para abrirse.

Riku se acercó con los brazos extendidos.

Una mujer mayor apareció primero, seguida de un empleado que la ayudaba a bajar el pequeño desnivel. Después salió un hombre con un maletín y una estudiante de uniforme escolar.

—Por aquí —indicó Riku—. Una persona a la vez. No corran. Hay espacio para todos.

Ren esperaba al otro extremo de la pasarela, dispuesto a dirigirlos hacia la plataforma segura.

La estudiante se detuvo ante él.

—Mi hermano sigue adentro —dijo.

Ren miró hacia el vagón.

—Riku lo está buscando. Vos seguí con la señora hasta la salida.

La muchacha negó con la cabeza.

—Tiene diez años. Se asusta con los espacios oscuros.

Ren sintió una punzada de angustia. Vio por un instante a Natsuki en el suelo del callejón, con una sombra encima. Tuvo ganas de correr.

Pero se obligó a preguntar:

—¿Cómo se llama?

—Haru.

—¿Qué llevaba puesto?

—Una chaqueta verde. Tiene una mochila con un llavero de pez.

Ren transmitió los datos por radio. Riku respondió que había localizado al niño detrás de dos asientos, donde se había escondido después del primer apagón.

—Lo tengo a la vista. Voy hacia él.

La estudiante soltó un pequeño sollozo.

Ren la acompañó hasta el punto de reunión sin prometerle que todo saldría bien. Solo le dijo que Riku sabía lo que estaba haciendo.

Era la primera vez que una frase tan sencilla le costaba tanto.

Dentro del túnel, la tercera sombra descendió desde una lámpara apagada.

Shunpei advirtió la variación en sus sensores.

—Atención. No está siguiendo el movimiento de Kei. Las tres entidades acaban de cambiar de dirección al mismo tiempo.

Akari observó la pasarela.

La sombra que perseguía la ilusión se detuvo.

La que chocaba contra la barrera de Taiga también.

Y la tercera se estiró hacia el interior del vagón, justo donde Riku levantaba a Haru de detrás de un asiento.

—Riku, retrocedé —ordenó Akari.

El guardián cargó al niño contra su pecho y lo cubrió con un brazo.

Las luces del túnel parpadearon.

Por una fracción de segundo, el reflejo de los tres monstruos apareció sobre distintas superficies con la misma postura, como si fueran una sola criatura reflejada en tres espejos.

Después atacaron.

Akari levantó una cortina carmesí sobre el acceso. Las primeras dos sombras chocaron contra ella y se dispersaron en hilos oscuros. La tercera alcanzó una ventanilla rota y comenzó a filtrarse hacia el vagón.

—Kei, necesito distraerla.

El ilusionista produjo una imagen de la agente ferroviaria corriendo por el pasillo vacío. La sombra giró hacia la figura, pero apenas unos instantes después pareció reconocer la engañosa falta de cuerpo y volvió a buscar a los pasajeros.

—Está aprendiendo demasiado rápido —murmuró Kei.

Reina regresó por el lado del túnel. Su segunda mitad llevaba una marca roja en el antebrazo, producida al apartar una pieza metálica desprendida.

—La ruta este está libre, pero el borde de la pasarela se está debilitando —informó.

Desde el otro extremo, la primera Reina respondió por radio:

—Tengo la salida preparada. Nos queda poco tiempo para usarla.

La barrera de Taiga empezó a parpadear.

—Capitana, mis brazos no van a sostener esto mucho más.

Akari miró a Shunpei.

—¿Origen?

—No puedo localizarlo. Las lecturas se están reproduciendo de forma simultánea en las tres sombras. Es como si todas respondieran a un mismo pulso.

Ren escuchaba desde su puesto, junto a los pasajeros evacuados. Tenía una mano apoyada sobre el dispositivo de radio y otra sobre la barandilla.

El aire volvió a enfriarse.

No era el frío normal de la noche.

Era aquella sensación imposible de encontrar un borde donde no debería haberlo.

Ren levantó la mirada hacia el reloj de la plataforma.

Vio avanzar el segundero.

Uno.

Dos.

Un salto.

Y al mismo tiempo, las tres sombras se inclinaron hacia el vagón.

—Akari —dijo por radio—. No están buscando la salida. Esperan a que el reloj se salte un segundo.

Shunpei respondió antes que ella.

—¿Podés confirmarlo?

—Pasó una vez antes del ataque. Ahora otra. Las tres se movieron juntas exactamente cuando faltó ese segundo.

—Eso no demuestra que lo provoquen —advirtió Shunpei.

—No digo que lo provoquen. Solo que parecen estar esperando.

Akari dejó pasar un instante.

—Repetimos observación. Nadie actúa basándose solo en una coincidencia.

Ren asintió, aunque nadie pudiera verlo.

En el vagón, Riku avanzaba con Haru en brazos. El niño lloraba en silencio, con la cara escondida contra su chaqueta.

Una sombra se deslizó detrás de ellos.

Kei envió dos ilusiones en direcciones opuestas. La criatura vaciló, pero enseguida eligió la ruta verdadera.

—No se está dejando distraer —advirtió.

La barandilla de la pasarela crujió.

Una pieza de metal se soltó junto al último punto de salida. Los pasajeros que esperaban al otro lado retrocedieron.

Riku se detuvo.

No podía bajar al niño por aquella abertura sin ponerlo en peligro.

La primera Reina llegó desde la salida y sostuvo la pieza con ambas manos. La segunda regresó hacia ella. Durante unos instantes, las dos trabajaron juntas, mientras una mantenía el peso y la otra buscaba un apoyo seguro.

Luego se reunificaron en un destello tenue.

Reina se tambaleó.

La herida del brazo seguía allí y ahora el esfuerzo de ambas mitades pesaba en un solo cuerpo.

—No voy a aguantar esto mucho más —advirtió.

Ren vio el problema desde donde estaba.

También vio que el pequeño tramo de pasarela delante de Riku seguía libre.

Si el niño podía atravesar esos metros, la salida quedaría a su alcance.

Pensó en la hoja de papel.

Ocho segundos.

En una frontera tan pequeña como la anchura de la pasarela.

Levantó la radio.

—Akari. Puedo intentar una barrera corta junto a Riku. Sin tocar el tren. Solo para bloquear la sombra mientras cruza.

La respuesta tardó menos de un segundo.

—Negativo. Estás fuera del punto designado. Kei, acercate a Riku.

Ren apretó los labios.

Kei avanzó, pero una segunda entidad se lanzó sobre él. Su ilusión se deshizo al recibir el impacto; el propio Kei consiguió apartarse por poco.

—No llego a tiempo —advirtió.

La sombra del vagón extendió una punta hacia el niño.

Akari mantenía dos criaturas contenidas con su cortina. Taiga ya estaba arrodillado, con los brazos temblorosos. Reina sostenía la salida para que no cediera bajo el peso de quienes aún esperaban.

Riku retrocedió hasta chocar con una pared.

Ren escuchó la respiración agitada del niño por la radio abierta.

No había otra persona lo bastante cerca para cerrar el último hueco.

—Akari —dijo Ren—. Voy a proteger la pasarela desde aquí. Solo el espacio delante de Riku.

No esperó una respuesta que quizá llegaría demasiado tarde.

Extendió una mano hacia el tramo vacío.

La luz azul apareció con una violencia que le hizo doler los dedos.

Ren cerró los ojos un instante.

No pensó en derrotar al monstruo.

No pensó en salvar a toda la ciudad.

Imaginó la hoja sobre la mesa.

Un límite.

Nada más.

El aire delante de Riku se iluminó con un círculo azul violáceo. La barrera no cubrió el tren ni el túnel. Apenas ocupó el ancho de la pasarela.

La sombra chocó contra ella.

Ren sintió el golpe como una presión detrás de los ojos.

—Riku, ahora —consiguió decir.

El guardián corrió hacia la salida con Haru sujeto al pecho.

Uno.

La criatura volvió a golpear.

Dos.

El borde de la barrera comenzó a temblar.

Tres.

Riku pasó junto a Reina.

Cuatro.

La luz de Ren se deshizo en pequeñas chispas.

Riku alcanzó el lado seguro.

Ren cerró el puño y soltó el aire.

La barrera desapareció antes de extenderse más allá de la pasarela.

Sus rodillas cedieron.

Una mano lo sostuvo por detrás.

Era la agente ferroviaria, que había terminado de ayudar a los últimos pasajeros y lo había visto tambalearse.

—¿Está bien?

Ren respiró con dificultad.

—Creo que necesito sentarme.

—Entonces siéntese.

Lo ayudó a bajar junto al muro mientras él intentaba recuperar la vista, cubierta de manchas azuladas.

En el otro extremo del pasillo, Akari lanzó un corte carmesí que separó a la primera sombra del borde de una columna. Taiga levantó por última vez la barrera y las otras dos quedaron dentro de un pequeño perímetro de contención.

—Reina, despejá la salida —ordenó la capitana—. Kei, confirmá que no quede nadie en el vagón.

Ambos respondieron por radio.

Riku había entregado a Haru a su hermana. Los dos permanecían abrazados junto a una manta térmica.

El niño tenía los ojos hinchados de llorar, pero estaba ileso.

Ren los observó desde el suelo.

Sentía ganas de reír y de vomitar al mismo tiempo.

Entonces Akari apareció frente a él.

Tenía el rostro tenso.

—Te dije que permanecieras en tu puesto.

Ren bajó la mirada.

—Lo sé.

—¿Por qué utilizaste magia sin mi autorización?

Él miró hacia donde Haru estaba abrazando a su hermana.

—Porque no había nadie más que pudiera cerrar ese hueco a tiempo.

Akari no respondió enseguida.

No parecía satisfecha.

Tampoco podía negar lo que había ocurrido.

—Lo revisaremos después —dijo al fin—. Ahora necesitás una evaluación médica. Y no volvás a intentar nada.

—No pensaba hacerlo.

—Por primera vez, te creo.

Ren soltó una risa débil.

Detrás de ellos, las tres sombras se retorcieron dentro de las barreras.

Shunpei levantó la cabeza de su tableta.

—Hay un nuevo salto temporal.

Las entidades se quedaron inmóviles.

Después intentaron moverse todas a la vez.

Pero Akari había observado ya el patrón.

—Taiga, cerrá los laterales. Kei, mantené imágenes en la zona exterior. Reina, retirate del borde. No necesito que ninguna vuelva a cambiar de objetivo mientras cerramos esto.

Akari concentró su energía en una hoja estrecha. La luz carmesí cruzó el perímetro en dos movimientos precisos. Taiga fijó las sombras contra una zona sin salida; las ilusiones de Kei les ofrecieron rutas falsas hacia la oscuridad.

Esta vez no hubo una gran explosión.

Hubo un sonido semejante al de una tela que se rasgara a lo largo de una costura.

Las tres criaturas comenzaron a disolverse.

Sus cuerpos dejaron rastros oscuros sobre el suelo, incapaces de mantener una forma estable lejos de las grietas que las alimentaban.

Akari no las persiguió cuando desaparecieron. Se aseguró de que ninguna manifestación permaneciera cerca del tren y ordenó revisar toda la estructura antes de declarar segura la zona.

La oscuridad dejó de moverse.

Un silencio cansado llenó el túnel.

—Todos los pasajeros afuera —informó Riku—. Siete, más el conductor y la agente. Ninguna víctima grave.

Akari cerró los ojos un instante.

—Bien. Lo primero era eso.

La revisión de la zona se prolongó hasta después de medianoche.

El personal ferroviario inspeccionó señales, puertas y vías. Ayame llegó para evaluar la pasarela dañada. No prometió repararla con un solo gesto: primero comprobó los materiales y la estabilidad. Después comenzó a devolver forma a las uniones deformadas, despacio, mientras el tramo permanecía cerrado.

Ren descansaba en una camilla de primeros auxilios. La médica no detectó lesiones nuevas de gravedad, pero le ordenó reposo durante el fin de semana.

Riku se sentó a su lado, con polvo todavía en la mejilla.

—Haru y su hermana están a salvo. Sus familiares vienen por ellos.

Ren dejó escapar el aire.

—Akari está enfadada conmigo.

—Tiene motivos. Desobedeciste una orden de seguridad, aunque tu barrera nos dio el tiempo necesario. Las dos cosas son ciertas.

—No había nadie más cerca para cerrarla.

—Lo revisaremos. Solo te pido que no confundás haber acertado una vez con poder hacerlo siempre. Un guardián solo no es un equipo.

Taiga apareció con unas galletas compradas en una máquina.

—¡Comida de celebración!

Kei leyó la etiqueta.

—Estaban rebajadas.

—El heroísmo no impide ahorrar.

Reina llegó masajeándose el brazo herido.

—Y si alguno vuelve a decir que duplicarme significa trabajar el doble, lo pongo a mover vigas hasta el amanecer.

Ren rio, aunque le dolía el costado. Los otros compartieron las galletas sentados contra la pared. Tenían ropa sucia, músculos cansados y ninguna intención de posar para una fotografía.

Le gustaron más por eso.

En el Observatorio, Shunpei presentó las grabaciones ante Akari y un hombre del departamento de Archivo.

El recién llegado tenía cuarenta y cuatro años, llevaba lentes de montura delgada y una carpeta cuidadosamente ordenada. Se llamaba Masaru Tohno y era el jefe adjunto de Archivo. Hablaba con voz tranquila y escuchaba sin interrumpir a quien exponía los datos.

—Preserven los originales —indicó después de revisar los registros—. Si los movimientos fueron simultáneos, necesitaremos compararlos con otros incidentes. No voy a emitir una conclusión antes de que tengamos más pruebas.

Shunpei señaló los tres trazos de energía que aparecían en la pantalla.

—Ninguna criatura parecía dirigir a las demás. Pero las tres esperaban exactamente el mismo intervalo temporal.

—Eso es inusual —dijo Masaru—. Podemos abrir una búsqueda en los expedientes ferroviarios antiguos. Yo mismo gestionaré las autorizaciones para que el equipo no pierda días entre oficinas.

Akari asintió.

—Gracias. Necesitamos información, no rumores.

Masaru cerró la carpeta.

—Entonces mantendremos separados los hechos y las hipótesis.

Su eficiencia alivió parte del cansancio de la sala. Shunpei le entregó una copia del índice de archivos y volvió a sus monitores.

Cuando todos salieron, Akari permaneció unos minutos observando la última imagen del tren. Tres sombras habían girado al mismo tiempo hacia un niño al que ninguna de ellas podía ver desde donde se encontraba.

No le gustó la coincidencia.

Tampoco tenía derecho a llamarla certeza.

Abrió el informe de Ren.

En el apartado de evaluación, escribió que el joven había incumplido una orden directa durante una emergencia, pero había mantenido una barrera limitada, interrumpiéndola antes de perder el control. Añadió que su autorización operativa debía revisarse y que seguiría bajo supervisión.

Después escribió una observación final.

Había aprendido a detenerse.

Le faltaba aprender cuándo debía avanzar.

Akari guardó el informe sin saber todavía cuánto tiempo costaría enseñarle ambas cosas.

A la mañana siguiente, Ren se despertó con un mensaje de Natsuki.

¿Seguís vivo? Daisuke dice que te dio el fin de semana libre y eso me parece sospechoso.

Ren miró el techo.

Le dolían las piernas, tenía hambre y todavía recordaba a Haru aferrándose a la chaqueta de Riku.

Contestó:

Estoy vivo. También descubrí que trabajar en equipo significa que cuatro personas te regañan al mismo tiempo.

Natsuki respondió con rapidez.

Bien. Tal vez así aprendas.

Un segundo mensaje apareció debajo.

Por cierto, quiero ir a esa reunión de la que hablamos. Y hay algo extraño que está pasando en el hospital. Anoche una compañera escuchó a alguien llamarla desde el ala antigua, aunque esa zona sigue cerrada.

Ren se incorporó lentamente.

Miró el mensaje.

La noche del callejón le pareció de pronto demasiado cercana.

Escribió:

No vayas a investigar sola. Te llamo en un rato.

Natsuki contestó:

No pensaba hacerlo. Soy enfermera, no protagonista de una película de terror.

Ren soltó una carcajada.

Después abrió la ventana.

Yukisawa amanecía bajo un cielo gris claro. La ciudad estaba llena de trenes que volverían a circular, tiendas que abrirían sus puertas y personas que jamás sabrían cuánto había costado que una noche terminara sin víctimas.

Ren observó su mano derecha.

La luz azul no apareció.

No la llamó.

Por una vez, aquello no le pareció un fracaso.

Muy lejos de allí, en el ala antigua del Hospital Hoshimi, una puerta permanecía cerrada desde hacía años.

Del otro lado sonaron tres golpes.

Nadie respondió.

Un instante después, una voz suave pronunció un nombre que no figuraba en ningún registro visible de aquella planta.

Y el reloj del pasillo siguió avanzando, como si no hubiera oído nada.
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