
Parte 2: Los guardianes del Umbral

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- Gylab Click
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- YUMEGARI (夢狩り) | Los cazadores de sueños
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Sinopsis
🌙 Cuando el mundo duerme, comienza la verdadera batalla. En Yukisawa, una ciudad del norte de Japón, la vida transcurre con absoluta normalidad. Las personas trabajan, estudian, se enamoran y sueñan sin imaginar que, durante la noche, criaturas sobrenaturales acechan entre las sombras. Una organización secreta de magos protege a la humanidad de monstruos, espíritus y pesadillas que amenazan con invadir la realidad. Ren Mizuhara, un joven de 23 años que trabaja en una pequeña …
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A las siete y doce, seguía despierto.
A las siete y trece, decidió que ya no tenía sentido fingir lo contrario.
Se incorporó con cuidado. El dolor del costado le recordó la pared contra la que había salido despedido la noche anterior. La herida de la ceja tiró un poco cuando hizo una mueca. Había una receta médica doblada sobre la mesa, un pequeño vendaje y una advertencia escrita con letra pulcra: si el dolor empeoraba, debía acudir a un centro sanitario ordinario.
Lo más absurdo era que lo demás seguía donde siempre. Los recibos esparcidos por el suelo, una zapatilla debajo de la silla, la fotografía de sus padres y su hermana sobre el refrigerador. Nada en el apartamento parecía impresionado por el descubrimiento de que existían criaturas capaces de atravesar un tubo metálico y mujeres que blandían fuego rojo con la mano.
Ren extendió los dedos de la derecha.
No apareció ninguna luz.
—Muy bien —murmuró—. De día vuelvo a ser un inútil corriente.
El teléfono vibró.
Era un mensaje de Natsuki.
¿Dormiste algo?
Ren escribió: Muchísimo. Como un bebé.
La respuesta llegó antes de que dejara el aparato.
Entonces explicame por qué estás conectado desde las cinco.
Ren contempló la pantalla.
No era justo que Natsuki supiera descubrir sus mentiras incluso a través de un teléfono.
Ren respondió: ¿Vos dormiste?
Tres horas. Me desperté pensando en una luz roja. Después creí escuchar mi propia voz en el pasillo.
Ren dejó de sonreír.
No estaba seguro de cuánto recordaba ella ni de qué recuerdos seguían enterrados bajo el procedimiento que le habían aplicado en el callejón. Y eso lo enfurecía más que cualquier explicación incompleta sobre magia.
Estoy bien, añadió Natsuki. No hagás esa cara que ponés cuando querés arreglarlo todo. Voy a pasar por el hospital para una revisión, como me indicaron. Vos deberías hacer lo mismo.
Sí, la estás poniendo.
Durante un momento estuvo a punto de contarle lo de la biblioteca del Observatorio del Norte. Quería explicarle que alguien podía ayudarlo a entender la luz azul y que, si descubría qué había pasado, la llamaría de inmediato. Pero recordó a la mujer de cabello rojo, las monedas plateadas y la mirada de Natsuki después de perder fragmentos de una noche que le pertenecía.
No sabía qué podía contar sin ponerla en peligro.
Escribió: Tengo una cita para averiguar algunas cosas. No voy a hacer tonterías.
Natsuki respondió con una sola frase.
Eso último es demasiado difícil de creer.
Ren soltó una risa breve. Luego comprobó la hora, se vistió con lentitud y salió hacia Bento Niji.
No había olvidado su turno.
Había olvidado algo bastante peor: la reunión estaba programada a las diez de la mañana y Daisuke Ono todavía no sabía que necesitaría ausentarse.
Cuando Ren llegó a la tienda, Daisuke preparaba una olla de arroz. Al verlo caminar con dificultad, dejó la espátula y señaló la venda bajo su camiseta.
—¿Y por qué caminás como un señor de ochenta años?
Ren bajó los ojos hacia su costado. La noche anterior lo había cubierto con una venda limpia, pero una parte quedaba visible bajo la camiseta.
—Accidente con un contenedor.
Daisuke dejó la espátula sobre el mostrador.
—¿Qué tipo de accidente?
—El tipo en el que yo estaba tranquilo y el contenedor decidió atacarme.
Su jefe no se rio.
Se acercó, observó la venda sin tocarla y preguntó si un médico lo había revisado. Ren contestó que sí. Daisuke quiso saber si tenía dificultad para respirar, mareos o fiebre. Su tono era tan distinto del habitual que Ren lo miró con extrañeza.
—¿Desde cuándo se preocupa tanto por la medicina?
—Desde que tengo empleados que confunden una jornada laboral con una competencia para ver quién termina en el hospital.
Le colocó una silla delante.
—Sentate.
—Puedo trabajar.
—Podés sentarte y comer algo primero. No voy a tener que levantar otro cadáver de hambre de mi cocina.
Ren observó a su jefe mientras este le servía arroz, pescado y sopa caliente. Daisuke había recuperado la voz fuerte y la expresión de siempre, pero sus manos se movían con una precisión inusual. Al colocar el plato, dejó una pequeña bolsa con compresas frías junto al vaso de agua.
—¿Para qué es esto?
—Para tu costado. Y no lo cargués con cosas pesadas.
Ren guardó silencio un momento.
—Jefe, necesito pedirle un favor. Tengo que salir una o dos horas.
—¿Al hospital?
—A una biblioteca.
Daisuke lo miró incrédulo.
—¿Vos? ¿En una biblioteca?
—Me ofende esa reacción. Soy un hombre de cultura.
—La última vez usaste un libro para enderezar una mesa.
—Y quedó perfectamente nivelada.
Daisuke apoyó los nudillos sobre el mostrador. La respuesta tardó lo suficiente para que Ren imaginara tres formas distintas de ser despedido.
—Está bien —dijo al fin—. Pero hoy no hacés horas extra. Y si la médica te dijo que descansés, descansás.
Ren no ocultó su alivio. Daisuke, sin embargo, le recordó que aún le debía limpiar el almacén cuando se recuperara. Luego le entregó un bento envuelto para después de la reunión.
—Mejor todavía. Entonces no tendrás excusa para no comértelo.
Ren guardó la bolsa en su mochila y salió con el corazón algo más ligero.
No vio lo que ocurrió cuando la puerta se cerró detrás de él.
Daisuke se quedó inmóvil junto a la ventana. Contempló el lugar por donde el muchacho se había alejado y rozó con dos dedos una vieja cicatriz que le cruzaba la parte interior de la muñeca.
Después volvió a la cocina.
El arroz empezaba a pegarse.
—Maldita sea —murmuró.
Y esta vez no parecía estar hablando de la comida.
El Observatorio del Norte estaba situado sobre una colina baja, al otro lado de Yukisawa. Desde la avenida principal podía verse su cúpula blanca sobresaliendo entre cedros y edificios universitarios. Antiguamente había sido un centro de observación astronómica; con los años, una parte se había reconvertido en biblioteca pública, otra en archivo científico y otra en un espacio educativo al que los colegios llevaban excursiones.
Ren tuvo que tomar un autobús, caminar varias calles en subida y detenerse dos veces para recuperar el aliento. Cada escalón parecía especialmente interesado en recordarle el golpe de la noche anterior.
Ren llegó casi a las diez. En recepción preguntó por Akari Kujo. La bibliotecaria le indicó que subiera a la sala de consulta de archivos técnicos, al final del pasillo del segundo piso. La puerta estaba cerrada. Ren golpeó dos veces.
—Adelante —respondió una voz femenina.
Akari Kujo estaba sentada frente a una mesa repleta de carpetas. La luz de la ventana le daba un tono cobrizo al cabello rojo oscuro, recogido en la misma coleta de la noche anterior. Vestía pantalones negros, una camisa clara y una chaqueta sencilla. Sin el resplandor carmesí alrededor de los dedos, parecía una profesional que acababa de perder la paciencia con un trámite administrativo.
Ren se inclinó un poco.
—Vine. Y quiero que conste que gasté el último dinero de mi tarjeta de autobús.
Akari miró el reloj.
—Llegaste a tiempo.
—Es un día histórico.
—Sentate.
—¿Va a intentar borrarme la memoria si no lo hago?
La expresión de Akari cambió.
Ren no esperaba que aquella broma consiguiera atravesar su serenidad con tanta facilidad. La mujer cerró la carpeta que estaba leyendo.
—No —respondió—. Y necesito hablarte precisamente de eso.
El muchacho se sentó sin hacer otro comentario.
Akari colocó sobre la mesa dos fotografías impresas. En la primera aparecía el callejón antes del ataque. En la segunda se veían las grietas del pavimento, las tuberías dañadas y restos de la lámpara rota. Había manchas negras sobre la pared que parecían humo atrapado bajo el yeso.
—Todo esto ocurrió —dijo ella—. Nadie va a pedirte que finjás lo contrario.
Ren miró las fotografías.
—¿Y Natsuki?
—El equipo médico informó que pudo regresar a casa. Tendrá seguimiento si lo acepta. No estoy autorizada a mostrarte su expediente.
Aquella respuesta le resultó inesperadamente tranquilizadora.
—¿Podría recordar lo que le hicieron?
—Es posible. El sello fue de intensidad mínima. Su propósito era amortiguar una exposición peligrosa, pero afectó recuerdos que eran suyos. No voy a fingir que esa decisión fue sencilla ni que estuvo exenta de errores.
—Ella dijo que no quería.
—Lo sé.
—Y lo hicieron igual.
Akari sostuvo su mirada.
—Yo lo autoricé. Si ella presenta una reclamación, mi nombre va en el informe.
Ren apoyó las manos sobre las rodillas. Había ensayado un montón de respuestas durante el viaje, pero ninguna encajaba con una persona que reconocía tan abiertamente su responsabilidad.
—¿Vas a denunciarme? —preguntó Akari.
—Todavía no sé ante quién tendría que hacerlo.
—Esa es una buena pregunta. Cuando terminemos de hablar, te mostraré los procedimientos de revisión. Quiero que entendás a qué clase de organización estás entrando antes de que decidas nada.
—¿Entrando?
La mujer abrió la segunda carpeta.
—No es una invitación a convertirte en héroe. Es una propuesta de evaluación y formación supervisada. Tu poder apareció sin entrenamiento y rompió un sello que debería haber podido estabilizarte. Necesitamos saber qué podés hacer y qué riesgos existen. Vos también necesitás respuestas.
Ren tragó saliva.
—¿Y si digo que no?
—Te iremos proporcionando información de seguridad que no pueda utilizarse para dañar a otros. No podrás participar en operaciones. Si volvés a manifestar energía inestable en un lugar público, tendremos que intervenir para proteger a la gente. Pero no vamos a encerrarte aquí por hacer una pregunta.
—¿Eso significa que puedo levantarme e irme?
Akari señaló la puerta.
—Está abierta.
Ren miró hacia ella.
Por primera vez desde el ataque, tuvo la sensación de que alguien le devolvía una decisión.
—Me quedaré un rato —dijo.
—Bien.
Akari se puso de pie y se acercó a una estantería. Deslizó hacia la derecha un volumen grueso sobre la historia de los relojes astronómicos.
Ren esperó que se abriera una pared con estruendo.
No ocurrió nada.
La mujer se limitó a pulsar discretamente un lector oculto detrás del estante.
Un panel lateral mostró una luz verde y se abrió hacia dentro, revelando un ascensor pequeño.
Ren se quedó mirando el mecanismo.
—No puede ser.
—¿Qué?
—¿Una puerta secreta detrás de una estantería? Eso sí es exactamente lo que esperaba.
—Subí.
—¿Hay una mazmorra?
—No.
—¿Un dragón?
—No.
—¿Una cafetería?
Akari lo pensó un segundo.
—Sí.
Ren entró de inmediato.
—Esta organización acaba de ganar varios puntos.
El ascensor descendió durante varios segundos. Sobre el suelo brillaban unos símbolos tenues.
—¿Hay otras sedes? —preguntó Ren.
—Somos una unidad regional. Hay otras, pero no todas funcionan igual —respondió Akari—. Y no tenemos poder para borrar a voluntad las pruebas de Internet ni controlar a todas las autoridades.
—Ahí se va mi plan de eliminar mis deudas del alquiler.
—Te recomiendo pagarla.
El ascensor emitió una señal suave.
Al abrirse las puertas, Ren descubrió que la sede secreta de los protectores sobrenaturales de Yukisawa tenía un problema muy parecido al de cualquier empresa: demasiada gente necesitaba café.
Frente a él se extendía un corredor iluminado, con paneles informativos, habitaciones de cristal opaco y personal que caminaba deprisa con tabletas, carpetas y tazas de cartón. En una pantalla grande aparecía un mapa de la ciudad dividido en sectores. Varias luces amarillas parpadeaban sobre calles que Ren conocía.
Un empleado atravesó el pasillo quejándose porque la máquina de café le había robado monedas. Otro le gritó que presentara un informe.
—¿Esto es una oficina? —preguntó Ren.
—También —contestó Akari.
—¿Y dónde están las antorchas y los magos encapuchados?
—En una sección prohibida.
Ren abrió los ojos.
—Era una broma —añadió ella, sin sonreír.
—Tiene un sentido del humor peligrosísimo.
Una mujer que llevaba ropa de entrenamiento pasó a su lado con una férula en el brazo. Un compañero le sostenía la puerta de una sala de descanso. Cerca de un mural, dos personas discutían por unas fotografías de un puente y una tercera señalaba con insistencia el ancho de una grieta en el asfalto.
No parecía un ejército invencible. Había cansancio, conversaciones interrumpidas, zapatos mojados por la lluvia y rostros preocupados frente a monitores. Ren sintió una decepción absurda, seguida de otra sensación mucho más seria: aquellas personas debían vivir con el miedo que él había conocido apenas unas horas antes.
—¿Todos son magos? —preguntó.
—No todos. Algunos trabajan en logística, análisis, medicina, administración o apoyo a testigos. Sin ellos, quienes salen a combatir durarían muy poco.
Ren se rio.
Akari abrió la puerta de una sala amplia.
Un hombre de cabello negro despeinado estaba inclinado sobre un teléfono desmontado. Tenía una chaqueta deportiva con detalles amarillos y una expresión de concentración absoluta. Sobre la mesa había herramientas de precisión, una caja con baterías y lo que parecía un brazalete metálico cubierto de cinta aislante.
Sin levantar la cabeza, dijo:
—Si vienen por el cargador, ya dije que necesito diez minutos.
—Taiga —llamó Akari.
El joven levantó la cabeza, intentando esconder su teléfono desmontado.
—Capitana. Estaba haciendo mantenimiento estratégico.
—El estado de las comunicaciones es fundamental para la seguridad regional.
Akari señaló a Ren.
—Ren Mizuhara. Evaluación provisional. Necesito que lo acompañés mientras preparo el registro de ingreso.
Taiga miró al recién llegado de arriba abajo.
Después sonrió con una confianza que habría sido impresionante si no hubiera estado intentando esconder el teléfono roto detrás de una caja.
—Así que vos sos el muchacho del destello azul. Bienvenido. Taiga Sakamoto, guardián de campo, veinticinco años, experto en operaciones rápidas y, modestia aparte, una de las piezas más importantes de este lugar.
—Ayer no encontraste tu tarjeta y te quedaste encerrado fuera del depósito —se oyó desde la habitación contigua.
Una mujer de veintisiete años apareció con audífonos alrededor del cuello y una grabadora digital en la mano.
—Yuna Tachibana —se presentó—. Trabajo con voces y espíritus, y me divierte muchísimo recordar las hazañas menos heroicas de Taiga.
—Ren. Especialista en llegar tarde y sobrevivir por accidente —respondió él.
—Entonces vas a encajar perfectamente —dijo ella.
—Claro —respondió ella—. El gato casi no tuvo oportunidad.
Yuna parecía haber encontrado su entretenimiento del día.
La capitana salió después de ordenarles que no lo llevaran a ninguna zona restringida, que no le permitieran manipular equipos sin supervisión y, especialmente, que no realizaran demostraciones de magia dentro de aquella sala.
Taiga esperó hasta que sus pasos se perdieron en el pasillo.
Taiga esperó a que Akari desapareciera en el pasillo.
—¿Querés ver algo impresionante?
—Eso nunca termina bien —advirtió Yuna.
—No es una respuesta tranquilizadora.
El guardián levantó un dedo. Una chispa diminuta saltó entre sus nudillos con un crujido seco. Fue tan rápida que Ren creyó haberla imaginado. Taiga movió la mano y una segunda chispa recorrió su muñeca, iluminando fugazmente el brazalete metálico.
—Relámpago Errante —anunció con orgullo—. Electricidad dirigida, reflejos acelerados y una velocidad que te dejaría sin palabras.
Ren sonrió maravillado. La sonrisa de Taiga se interrumpió cuando el dedo meñique le dio un tirón involuntario. Trató de cerrar el puño, pero la mano le temblaba.
—¿Calambre? —preguntó Ren.
—Es el precio de la grandeza —contestó Taiga.
—Es el precio de ignorar a la fisioterapeuta —corrigió Yuna.
—Es el precio de no escuchar a la fisioterapeuta —corrigió Yuna.
Taiga bajó la mano y buscó una bebida isotónica en su mochila. El gesto le quitó solemnidad a la demostración, pero hizo que Ren recordara a Akari apoyándose cansada contra la pared del callejón. La magia no era una reserva infinita de trucos deslumbrantes. Se pagaba con el cuerpo.
—¿Y vos qué hacés? —preguntó Ren.
—Escucho —respondió Yuna, levantando su grabadora—. Cuando alguien muere, a veces permanece un eco de lo que quiso decir. Algunos son espíritus; otros, recuerdos que imitan una voz. Confundirlos puede ser cruel. No obligo a los muertos a revelar secretos.
—Mi trabajo no consiste en obligar a los muertos a contar secretos —añadió—. A veces lo único que quieren es que alguien los escuche sin tener miedo.
Yuna también hacía locuciones y contenido digital, sin revelar casos de la Guardia. Taiga reparaba teléfonos en el taller familiar que dirigía su hermana. Ninguno podía contar toda la verdad de sus ausencias nocturnas. Ren pensó en Natsuki y comprendió que los secretos no iban a resultarle fáciles.
Guardarse un secreto para proteger a alguien era una idea sencilla mientras no había que mirar a esa persona a los ojos.
Un carrito pasó por el pasillo cargado de mantas y botellas de agua. Lo empujaba un anciano delgado, vestido con pantalones holgados y una chaqueta de punto sobre una camiseta desteñida. Tenía el cabello entrecano recogido hacia atrás, una pequeña bolsa de pan dulce bajo el brazo y una expresión satisfecha.
—Buenos días, jóvenes talentos de la inutilidad —saludó.
Taiga levantó la mirada.
—Maestre Genji.
—¿Dónde escondieron mis galletas? —preguntó Genji.
Después examinó a Ren de arriba abajo.
—¿Dormiste? ¿Comiste? ¿Te duele algo?
—No mucho. Un poco. Prácticamente todo.
El anciano asintió.
—Entonces deberías estar en tu casa.
Ren miró a Taiga en busca de ayuda.
—Él es Genji Arakawa —explicó Yuna—. Cincuenta y seis años. Maestre de sellos, dueño de una lavandería y enemigo declarado de cualquier reunión que coincida con su hora de almuerzo.
Genji era famoso por encontrar comida gratis y por castigar a los imprudentes poniéndolos a trabajar en su lavandería. Taiga admitió que había pasado una tarde allí tras intentar secar los calcetines del maestre con electricidad. Los había dejado pegados a una pared.
Ren empezó a reír, y por primera vez el anciano le respondió con una sonrisa.
Genji lo observó sin sonreír del todo.
—Escuchá, muchacho. Si alguien aquí te dice que ya comprendió todo lo que existe al otro lado del Umbral, andate inmediatamente a buscar a una persona más honesta. Los que sobreviven más tiempo son los que conservan una pequeña cantidad de miedo.
Ren se quedó pensando en aquellas palabras.
—¿Y usted tiene miedo?
—A que alguien se coma mis galletas —respondió Genji—. Y a unas cuantas cosas que todavía no aprendimos a nombrar.
Akari regresó antes de que pudiera preguntarle más. Le entregó una tarjeta sin fotografía, válida únicamente para las áreas de visita hasta aquella noche.
—Esto te permitirá circular por las áreas de visita —explicó Akari—. No abre archivos ni instalaciones operativas.
—Cada vez me gusta más esta sinceridad —murmuró Ren.
La capitana señaló el pasillo.
—Vení. Quiero que veás algo antes de decidir.
Recorrieron las salas de apoyo. Ren vio mapas, partes de daños y fotografías de una barandilla retorcida por una barrera mal colocada durante una evacuación.
—¿Un monstruo hizo eso? —preguntó.
—Lo hicimos nosotros —respondió Akari—. Hubo civiles heridos. El puente se reparó; una persona todavía está en rehabilitación.
Ren contempló el informe.
—Entonces también pueden equivocarse.
—Y tenemos la obligación de responder cuando ocurre.
Siguieron caminando.
La última habitación parecía una pequeña sala de juntas. Había una mesa, dos pantallas apagadas y una ventana interior desde la que se veía un jardín artificial iluminado por lámparas de cultivo. Sobre la mesa esperaba un documento.
Ren miró la primera página.
Era una propuesta de formación provisional durante catorce días, con evaluación médica, restricción de acceso y derecho a suspender las pruebas no urgentes.
—¿Voy a tener que dejar mi trabajo? —preguntó Ren.
—No. Mantendrás tu vida y tus horarios acordados. No saldrás de patrulla ni entrenarás solo.
—Eso suena a una acusación preventiva.
—Anoche te desmayaste.
—Solo una y media.
Akari apoyó la mano sobre el documento.
—Ren, no puedo prometerte que vas a convertirte en un guardián. No sé si tu Núcleo responde a técnicas convencionales. Tampoco sé por qué el sello de memoria reaccionó como lo hizo. Si hoy encontramos algo que pueda hacerte daño, detendremos la prueba.
—¿Aunque yo quiera seguir?
—Especialmente entonces.
Ren frunció el ceño.
—¿Y si me niego a que me borren otro recuerdo?
—Quedará registrado. Hay protocolos de emergencia, pero no vamos a tratar tu voluntad como un detalle administrativo. Si alguna vez alguien considera necesaria una excepción, tendrá que justificarla y responder por ella.
La respuesta no resolvía todo.
Ren lo sabía.
También sabía que no existía una promesa capaz de borrar lo que había visto hacerle a Natsuki. Sin embargo, había una diferencia entre una orden y una persona dispuesta a explicar sus límites.
—Necesito hacer una pregunta —dijo al fin.
—Adelante.
—¿Si aprendo a usar esto, podré proteger a alguien como Natsuki?
Akari miró hacia el jardín artificial.
—Tal vez. Pero primero tendrás que aprender a no convertirte vos mismo en otro peligro para ella.
Ren bajó los ojos.
La frase dolió porque reconoció algo que no había querido aceptar: su descarga azul había apartado a la criatura, pero también había roto una lámpara, agrietado paredes y dejado a su amiga a pocos metros de una energía que ni él mismo comprendía.
—Entonces quiero aprender —dijo.
Akari asintió.
—Antes de firmar, vas a observar una prueba. Después volveremos a hablar.
—¿Una prueba de qué?
La mujer abrió la puerta.
—De lo que significa levantar una barrera cuando hay personas detrás de ella.
La sala de entrenamiento estaba tres niveles bajo la biblioteca. Tenía placas oscuras, columnas móviles, señalización de emergencia y estructuras para simular pasillos y barreras.
Taiga discutía con una mujer que revisaba el plano de una pared.
—Cuatro centímetros de separación entre el anclaje y el muro —decía ella—. ¿Sabés lo que ocurre si cede?
—¿Una reflexión filosófica?
—Que aplasta a alguien.
—Ayame Fujimoto —la presentó Akari—. Arquitecta. Treinta y tres años.
—Ren —saludó él.
—El de la descarga azul. Tengo registrados los daños de tu callejón. Procurá no añadir otro pavimento a la cuenta.
—¿Eso se puede pagar en cuotas? —preguntó Ren.
Ayame lo observó seriamente y Taiga retrocedió un paso.
Shunpei Kuroda, un desarrollador de software de treinta y un años, ajustaba sensores junto a un monitor. Tenía el cabello despeinado y un bolígrafo detrás de la oreja.
—Los equipos no pueden decirte quién sos —explicó cuando Ren preguntó por su poder—. Registramos respuestas e interferencias, no destinos. Y los sensores se equivocan. Sobre todo cuando Taiga se acerca con electricidad.
—Fue una vez —protestó Taiga.
—Tres —respondió Shunpei.
—No. Todavía estoy intentando que me aprueben el presupuesto del mes pasado.
Akari dio dos palmadas suaves para recuperar la atención del grupo.
—Vamos a trabajar con una Barrera Menor. Taiga la levantará. Ren observará y, si la evaluación médica lo permite, intentará reproducir una secuencia básica sin descargar su Núcleo.
—¿Qué es un Núcleo? —preguntó Ren.
—Tu forma particular de tocar el Umbral —respondió Genji.
Akari trazó tres puntos en el suelo.
—Podemos aprender técnicas comunes como barreras y sellos. Pero tu afinidad personal no es intercambiable. Mi energía es carmesí; la de Taiga es eléctrica. Ninguno puede copiar el Núcleo del otro.
—Entonces no voy a aprender a lanzar rayos.
—No —contestaron todos.
Taiga pareció decepcionado por no poder compartir su talento.
—Y eso protege a la humanidad de una segunda versión de vos —murmuró Yuna.
La demostración empezó con algo sorprendentemente poco espectacular. Taiga se colocó frente a un poste de metal, respiró profundamente y trazó tres puntos en el aire con dos dedos. En el suelo se encendieron líneas amarillas, tan débiles que Ren tuvo que inclinarse para distinguirlas.
—Primer contacto —indicó Akari.
Taiga apoyó la palma sobre la figura.
Un resplandor traslúcido se levantó entre dos columnas.
No se parecía a un muro de fuego, sino a la vibración que se ve sobre una carretera caliente. La luz dibujó un arco, unió los postes y quedó inmóvil.
—Barrera Menor —dijo Akari—. Sirve para retrasar una amenaza de baja intensidad o delimitar una zona mientras evacuamos. No convierte a nadie en invulnerable.
Ayame arrojó una pelota de goma contra el resplandor.
La pelota rebotó suavemente y cayó al suelo.
Ayame arrojó una pelota de goma contra el campo. Rebotó y cayó al suelo. Akari pidió a Taiga que aguantara unos segundos más. Al noveno, la luz tembló y el guardián apretó los dientes.
—Cortá —ordenó ella.
Taiga deshizo la barrera y se apoyó en una columna, respirando deprisa.
Taiga no discutió.
Ren empezó a entender por qué aquella organización necesitaba turnos, médicos y especialistas en estructuras. Una barrera que duraba unos segundos podía salvar a alguien, pero no servía de nada si el guardián se desmayaba antes de abrir una salida.
—¿Y si hubiera alguien herido detrás? —preguntó Ren.
—Elegís dónde apoyar el campo y dejás una salida —respondió Ayame—. Una barrera que encierra a quien intentás salvar no sirve de nada.
Genji añadió: —Cuando no sepas qué proteger, pedí ayuda antes de adivinar.
—Y si no sabés cuál proteger, pedís ayuda antes de adivinar.
Ren intentó reproducir tres puntos de apoyo dibujados sobre el suelo. Pensó primero en la puerta de su apartamento, después en el refrigerador casi vacío y, por último, en aquella puerta blanca de su infancia. Abrió los ojos, asustado.
—No te obligués a producir luz —dijo Akari—. Soltá la mandíbula y respirá.
Ren relajó la mandíbula.
Genji se acercó con una pequeña campana de bronce.
—No intentes fabricar luz. Escuchá.
La hizo sonar una vez.
El sonido se extendió por el recinto. Ren percibió el murmullo de los ventiladores, el roce de la ropa de Taiga, la respiración pausada de Akari. Por un instante, el ruido de la sede pareció retroceder.
—Buscá el principio y el final de ese sonido —indicó Genji—. Ahí empieza una frontera.
Ren cerró los ojos otra vez.
Vio una línea muy fina, como el borde de una página iluminada desde el otro lado. Trató de tocarla mentalmente. La línea tembló.
El trazo brilló unos centímetros bajo los dedos de Ren.
—¡Lo hice! —exclamó.
Se apagó inmediatamente y le dio una punzada en la cabeza.
—No lo sostuviste, pero tampoco descargaste energía contra las paredes —observó Akari—. Es un comienzo.
Taiga le sonrió.
—Acabas de intentar terminar lo que empezó el monstruo —murmuró Ren.
Yuna se volvió hacia una pared vacía.
—Escuché algo que no pertenece a esta sala.
Shunpei revisó las lecturas: no había ninguna abertura local. Genji intercambió una mirada inquieta con Akari.
—Una repetición de baja intensidad —ordenó la capitana—. Prepará el corte automático.
—Repetiremos una sola vez —ordenó la capitana—. Menos intensidad. Shunpei, prepará el corte automático.
Ren volvió a colocarse frente a la figura.
Esta vez no imaginó la puerta de su apartamento. Intentó encontrar el borde de aquel sonido que Genji le había enseñado a escuchar.
La línea apareció bajo sus dedos.
No era una descarga. No quemaba. Parecía, más bien, que un lugar muy lejano estuviera reflejándose en la superficie de un estanque.
Ren sintió que algo respondía.
Al principio creyó que era una vibración de la campana.
Después escuchó una voz.
—Por favor, no apagues la luz.
Sus ojos se abrieron.
No había oído aquellas palabras con los oídos.
La voz había surgido detrás de una imagen: una habitación desconocida, una ventana empañada y una pequeña figura sentada al borde de una cama. El suelo estaba cubierto de agua hasta los tobillos de esa figura. En la pared había un reloj sin manecillas.
Ren retrocedió.
La habitación apareció y desapareció ante Ren. El agua del suelo se había vuelto negra.
—No apagues la luz —repitió la voz.
—¿Quién está ahí? —preguntó Ren.
—Terminá el ejercicio —ordenó Akari.
—Hay alguien pidiendo ayuda.
Shunpei miró los monitores.
—Aquí no hay otra persona.
—No tenemos otra conciencia en el recinto.
La luz azul volvió a aparecer, esta vez alrededor de la muñeca de Ren. Se extendió hacia el suelo como una hebra que intentara encontrar una costura invisible.
Yuna se puso de pie.
—Capitana, yo también percibo una voz. Muy lejos. Y no parece un espíritu.
Genji avanzó dos pasos.
—Ren, soltá el trazo. Ahora.
Él quiso obedecer.
No consiguió mover la mano.
La habitación de la imagen parecía cada vez más cercana. Una mano pequeña golpeó un cristal que no podía verse desde fuera. El sonido atravesó la sala de entrenamiento, pero solo Ren pareció escucharlo con claridad.
—Está atrapado —murmuró—. Hay alguien ahí y no puede salir.
Akari llegó hasta él y lo sujetó por el hombro sano.
—Ren, mirame.
—No puedo dejarlo.
—No sabés a quién estás viendo. Tampoco sabés si esa imagen corresponde a una persona real.
La frase le recordó la noche anterior. A Natsuki arrastrándose sobre el pavimento. A la criatura extendiendo el brazo. A su propio cuerpo incapaz de responder.
—Si existe la posibilidad de ayudar...
—Ayudar empieza por no quedar atrapado vos también —respondió Akari.
Ren levantó la mirada.
Durante un segundo vio el rostro de la capitana superpuesto con la puerta blanca de su recuerdo.
Sintió náuseas.
El suelo pareció inclinarse.
—Corten la prueba —ordenó Akari.
Shunpei activó un interruptor. Las columnas emitieron un chasquido y las marcas del suelo perdieron intensidad. Pero el hilo azul seguía allí.
—La fuente no está dentro de la cámara —dijo el técnico, con la voz más alta de lo habitual—. No responde al aislamiento.
Taiga se colocó junto a una columna, preparado para desconectar equipos. Shunpei le advirtió que no utilizara electricidad sobre los sensores.
—Lo estabas pensando.
La luz azul se extendió medio metro más.
Ayame retrocedió hasta el panel estructural.
—Está afectando la junta del suelo. Si la dejás crecer, la expansión podría fracturar las placas.
Genji hizo sonar la campana.
Una vez.
Dos.
La tercera vez no produjo sonido alguno.
El silencio fue tan intenso que Ren creyó haber olvidado cómo respirar. Akari le sujetó el rostro.
—Escuchá. Estás en Yukisawa. En la sala de entrenamiento. No estás dentro de esa habitación. Primero volvé.
—No tenés que rescatar a nadie en este instante. Primero volvé.
Taiga, que seguía junto a la columna, miró hacia Yuna. Ella se arrodilló frente al trazo azul y cerró los ojos sin tocarlo.
—La voz está dormida —susurró—. No está muriendo. Tengo una sensación de sueño, no de despedida.
Aquello atravesó la confusión de Ren como una bocanada de aire frío.
Dormida.
La figura de la habitación no estaba atrapada en el lugar donde él se encontraba. Era otra persona, lejos de allí, viviendo una pesadilla.
Genji tocó el suelo con dos dedos. Una línea pálida se formó alrededor de la marca de Ren, aislándola del resto de las placas.
—No empujés contra la imagen —indicó—. Dejala estar. Ella no te pertenece.
Ren aflojó lentamente la mano.
El hilo azul se contrajo.
La habitación desapareció como un reflejo roto por el viento.
Después no quedó nada.
Ren cayó de rodillas.
El aire volvió a entrar en sus pulmones, pero le ardió la garganta. Akari lo sostuvo antes de que golpeara el suelo. Alguien trajo una bolsa para las náuseas. Ren intentó decir que estaba bien y descubrió que las palabras no se ordenaban como quería.
La última cosa que escuchó antes de cerrar los ojos fue la voz de Shunpei.
—No puede haber llegado tan lejos.
Y la respuesta de Genji, mucho más baja:
—Eso es lo que más me preocupa.
Cuando Ren volvió a abrir los ojos, tenía una manta sobre las piernas y un sabor amargo en la boca.
Estaba sentado en una habitación pequeña con una camilla, una lámpara tenue y un dispensador de agua. Un reloj de pared marcaba las tres y once. La mochila descansaba sobre una silla.
Taiga estaba junto a la camilla con un paquete de arroz de Bento Niji. Se lo ofreció.
—La médica dijo que estás agotado —explicó—. Comé. Mi primera prueba terminó con una alarma de incendios, si te sirve de consuelo.
—¿Ganaste un premio?
—Una factura de Ayame.
Ren sonrió y aceptó la comida. Tenía un hambre feroz. Durante un rato comieron sin hablar.
—¿Me expulsaron? —preguntó finalmente.
Taiga tardó unos segundos en responder.
—No. Detuvieron la evaluación. No es lo mismo.
—Sentí que había alguien pidiendo ayuda. Si de verdad era una persona, debí hacer algo.
—Hiciste lo que pudiste antes de saber dónde estabas metiendo la cabeza. Y después casi te desmayaste intentando hacer más. Yo conozco ese método; no da buenos resultados.
Ren jugueteó con el papel del bento.
—Akari tenía razón. Pude haber lastimado a cualquiera.
—Sí —respondió Taiga.
—No te voy a mentir —dijo Taiga—. Tu poder puede herir a alguien si no lo controlás. A mí me pasó con mi hermana cuando intenté apartarla de un cable caído. La salvé y después sufrí calambres tan fuertes que pasé semanas sin sostener un destornillador.
—¿Y por qué seguís aquí? —preguntó Ren.
—Porque alguien me enseñó a detenerme. Y porque aquí hay amigos que traen comida incluso cuando hacés el ridículo.
Ren contempló el bento vacío.
—Entonces todavía tengo una oportunidad.
—Eso parece.
Taiga se echó a reír.
Cuando Akari entró, encontró a los dos discutiendo si una persona podía considerarse rápida por llegar al trabajo cinco minutos antes de que la despidieran.
La capitana llevaba una carpeta y tenía el rostro cansado.
—La evaluación terminó por hoy —anunció—. Ren, la médica recomienda reposo. Voy a explicarte lo que sabemos y después podrás marcharte.
Shunpei apareció detrás con una tableta. Yuna entró en silencio y Genji se quedó junto a la puerta.
—No encontramos una grieta abierta dentro de la sede —dijo Shunpei—. Tampoco hubo una transmisión de imágenes desde el exterior. Sin embargo, el registro de tu energía coincidió con la señal de una persona dormida que estaba siendo observada de manera voluntaria por un equipo de apoyo. Está a varios kilómetros del Observatorio.
Ren miró la tableta, que solo mostraba líneas y números.
—¿Una persona real?
—Una persona real. No vamos a compartir su identidad ni el contenido de sus sueños. El equipo que la atiende verificó que está a salvo.
Ren recordó la habitación inundada.
—¿Y si vuelve a pasarle?
—Recibirá atención de quienes están a su cargo —contestó Akari—. Tu intervención no era necesaria y tampoco había sido autorizada. Precisamente por eso tenemos que averiguar cómo se produjo el contacto.
Ren bajó la cabeza.
Genji se acercó un paso.
—Escuchar una llamada no significa ser la única persona que puede responderla. Aprender eso será una de tus primeras tareas.
Shunpei amplió una gráfica. La manifestación había alcanzado una persona a kilómetros de distancia y mostraba un desfase de casi un segundo.
Ren recordó el reloj de la parada, que había saltado del catorce al dieciséis.
—¿Está relacionado conmigo?
—Todavía no lo sabemos —respondió Akari—. No vamos a inventar una respuesta.
Ren asintió lentamente. Por primera vez, la incertidumbre de los demás no le pareció una forma de esconderse. Era el reconocimiento de que incluso quienes tenían poderes podían estar frente a algo desconocido.
La capitana dejó el documento de formación sobre la mesa.
—Lo que ocurrió hoy confirma que necesitás supervisión. También confirma que debemos ser mucho más cuidadosos de lo previsto. Puedo ofrecerte continuar con ejercicios de percepción y control, sin contacto con otras conciencias. Habrá una revisión antes de cada sesión. Ninguna patrulla. Ninguna misión.
—¿Y si quiero dejarlo?
—Lo hablaremos. No perderás el derecho a tomar decisiones porque una parte de tu vida se haya vuelto extraordinaria.
Ren miró la línea destinada a su firma.
Pensó en el miedo de Natsuki, en la tienda que lo esperaba, en su madre y su hermana, en las discusiones con Daisuke por llegar tarde. Nada de aquello había desaparecido cuando vio magia por primera vez. Seguía siendo su vida y quería conservarla.
Tomó el bolígrafo.
—Acepto los catorce días. Pero necesito horarios que no hagan que mi jefe me mate.
Akari anotó algo en la carpeta.
Ren pidió ayuda con el transporte; su cuenta bancaria estaba casi vacía. Taiga ofreció enseñarle una ruta más barata y Shunpei explicó que existía un reembolso para gastos autorizados.
—¿Reembolso? Esta es la mejor organización del mundo.
—Hay que presentar recibos —advirtió Yuna.
Ren suspiró.
—La magia tiene demasiadas limitaciones.
—La magia tiene demasiadas limitaciones.
Ren salió del Observatorio con una tarjeta provisional, un calendario y la obligación de avisar si percibía otra anomalía. Taiga lo acompañó hasta la biblioteca.
—Traé zapatos cómodos —le aconsejó—. Akari puede hacerte practicar la respiración durante una hora.
—Eso suena peor que pelear contra un monstruo.
Se despidieron riéndose. Ren bajó la colina con dolor en el costado, pero ya no sentía que debía entenderlo todo solo.
Ren bajó la colina mientras el cielo empezaba a cubrirse de nubes. El dolor del costado continuaba, y no comprendía nada más sobre la habitación blanca que antes de la visita. Pero había aprendido que su poder no era un regalo que pudiera utilizar sin pensar, que las personas capaces de luchar también necesitaban descansar y que quizá no tendría que averiguarlo todo solo.
En la parada abrió el teléfono.
Natsuki había enviado un mensaje.
Mi revisión salió bien. Todavía tengo sueños raros. ¿Vos estás comiendo de verdad?
Ren miró el envoltorio vacío del bento.
Sí, escribió. Por primera vez en mi vida tengo testigos.
La respuesta apareció un instante después.
Me alegra. No te desaparezcás sin avisar.
Ren se quedó mirando la pantalla.
No sabía cómo explicarle lo que había comenzado aquel día. Pero sí sabía que no podía seguir tomando decisiones por ella indefinidamente. Cuando comprendiera mejor el peligro, tendría que encontrar una manera de contarle la verdad y escuchar lo que Natsuki quisiera hacer con ella.
Voy a pasar mañana, respondió. Te debo una conversación.
Al otro lado de la ciudad, bajo la biblioteca, Shunpei seguía revisando los datos de la prueba.
La pantalla mostró dos curvas azules que deberían haber permanecido separadas. Una pertenecía a Ren. La otra procedía del registro anónimo de la persona dormida.
Durante un segundo, ambas se habían convertido en una sola línea.
—Necesito revisar esto con el archivo —murmuró.
Genji, que había regresado por su bolsa de pan dulce, se detuvo junto a la puerta.
Observó la gráfica sin acercarse.
Shunpei señaló la pantalla.
—¿Maestre? ¿Ha visto alguna respuesta semejante?
El anciano guardó silencio.
Había pasado muchos años intentando convencerse de que ciertas anotaciones pertenecían al pasado, donde ya no podían lastimar a nadie. Pero reconocía aquella forma irregular. No había sido tan intensa la última vez.
Y, sobre todo, no había aparecido tan lejos de su origen.
—Guardá una copia sin modificar —dijo al fin—. No borres los errores de los sensores hasta comprobar que son errores.
—¿Por qué?
Genji se metió la bolsa de pan en el bolsillo.
—Porque algunas cosas parecen imposibles únicamente hasta que se repiten.
Salió sin añadir nada más.
En la pantalla, Shunpei observó una pequeña irregularidad al final del registro.
El reloj de la prueba había dejado de avanzar durante exactamente un segundo.
Después había continuado como si nada.
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