Novelas · Parte 1
Avatar de gylabclickGylab Click ♛@gylabclick · 1 d
NovelasParte 1

YUMEGARI (夢狩り) — Parte 1: La noche en que despertó la magia

Descarga todas las partes publicadas de este Click. Un único pago por ebook.
Escucha esta historia
🎧 Audiolibro Click · Parte 1
YUMEGARI (夢狩り) — Parte 1: La noche en que despertó la magia Narrado desde Click · Gylab Click
0:00 / 0:00
Listo para escuchar

Escucha MP3 gratis y sin cuenta. Para descargar, inicia sesión.

🎧 Escucha gratuita · sin registro · ⬇ Descarga con cuenta: 500 puntos por 2 descargas.
Continuar a otra historia de este ClickAl terminar, permanecerás en este audiolibro.

Detalles

Autor
Gylab Click
Categoría
Novelas
Click
YUMEGARI (夢狩り) | Los cazadores de sueños
Capítulo
Parte 1
Vistas
7

Sinopsis

🌙 Cuando el mundo duerme, comienza la verdadera batalla. En Yukisawa, una ciudad del norte de Japón, la vida transcurre con absoluta normalidad. Las personas trabajan, estudian, se enamoran y sueñan sin imaginar que, durante la noche, criaturas sobrenaturales acechan entre las sombras. Una organización secreta de magos protege a la humanidad de monstruos, espíritus y pesadillas que amenazan con invadir la realidad. Ren Mizuhara, un joven de 23 años que trabaja en una pequeña …

Leer la historia completa
CENTRO DE LECTURA

Tu historia, a tu manera

Lee toda la historia a tu ritmo u oculta el texto para escuchar el audiolibro.

📖 Lectura completaDesliza dentro del recuadro para leer a tu ritmo
A las siete y cuarenta y tres de la mañana, Ren Mizuhara descubrió que había tres cosas capaces de arruinarle el día antes del desayuno: quedarse sin dinero, perder el último tren y recibir diecisiete llamadas de su jefe.

Aquella mañana había conseguido las tres.

—¡MALDICIÓN!

Su grito atravesó el pequeño apartamento del segundo piso y probablemente despertó a la anciana que vivía al otro lado de la pared.

Ren saltó de la cama, tropezó con una zapatilla y estuvo a punto de estrellarse contra la mesa. Consiguió recuperar el equilibrio agarrándose de una silla, pero el movimiento hizo caer una montaña de recibos.

—¡No, no, no! ¡Hoy no!

La pantalla de su teléfono volvió a iluminarse.

DAISUKE ONO — LLAMADA ENTRANTE

Ren observó el nombre como si acabara de recibir una sentencia de muerte.

Deslizó el dedo para contestar.

—¡Buenos días, jefe! ¡Qué hermosa mañana tenemos!

—¡MIZUHARAAAA!

La voz fue tan potente que Ren apartó el teléfono de su oreja.

—¡¿DÓNDE ESTÁS?!

—Bueno, eso depende de cómo definamos exactamente la palabra «dónde».

—¡LA TIENDA ABRIÓ HACE CUARENTA MINUTOS!

—¡Ah, entonces estamos usando la definición tradicional!

—¡REN!

—¡YA VOY!

Cortó.

Durante un segundo permaneció completamente inmóvil.

Después miró el reloj.

—Voy a morir.

Y comenzó a vestirse.

Su apartamento era pequeño incluso para una persona que había renunciado a tener demasiadas pertenencias. Tenía una cocina estrecha, un baño, un armario que rara vez cerraba correctamente y una habitación donde convivían una cama, una mesa plegable y un televisor que había comprado de segunda mano.

Sobre el refrigerador había una fotografía de su familia tomada varios años atrás. Su madre sonreía mientras sostenía un pastel. Su padre levantaba una mano detrás de la cabeza de Ren, fingiendo unos cuernos, y su hermana menor parecía estar riéndose de algo que había ocurrido fuera de la fotografía.

Ren apenas tuvo tiempo de mirarla.

Abrió el refrigerador.

Una botella de agua.

Media cebolla.

Un recipiente de salsa.

Y un huevo cuya fecha de caducidad prefería no investigar.

—Desayuno de campeón.

Cerró la puerta.

Se puso una camiseta negra, unos pantalones oscuros y sus zapatillas rojas. Agarró las llaves, comprobó que llevaba el teléfono y salió corriendo.

Tres segundos después regresó.

Había olvidado los pantalones del uniforme.

***

Yukisawa despertaba bajo un cielo despejado de primavera.

La ciudad se extendía entre avenidas modernas, calles comerciales y barrios residenciales donde todavía podían encontrarse casas antiguas con pequeños jardines. Los autobuses circulaban puntualmente, los estudiantes caminaban hacia sus centros educativos y los empleados de oficina avanzaban mirando sus teléfonos, sujetando vasos de café o hablando por auriculares.

Era abril de 2026.

En las pantallas publicitarias aparecían anuncios de videojuegos, ofertas de teléfonos inteligentes y promociones de restaurantes. Los repartidores esquivaban el tráfico de las calles secundarias. Una mujer paseaba a un perro diminuto que parecía mucho más enfadado que su dueña.

Nada fuera de lo común.

En la distancia, la Torre del Reloj de Yukisawa destacaba sobre los edificios del centro. Era una estructura antigua, restaurada varias veces, que se había convertido en uno de los símbolos más reconocibles de la ciudad.

Ren pasó corriendo frente a una tienda de conveniencia.

—¡Disculpe!

Esquivó a un hombre que llevaba dos bolsas.

—¡Perdón!

Saltó sobre un pequeño charco.

—¡Lo siento!

Una bicicleta tocó el timbre detrás de él.

—¡¿PERO DE DÓNDE SALEN TANTAS PERSONAS?!

El ciclista lo adelantó sin prestarle atención.

Ren redujo la velocidad al llegar a un semáforo.

Apoyó las manos sobre las rodillas, respirando con dificultad.

—Necesito... hacer ejercicio...

Su teléfono vibró.

Un mensaje de su hermana Ema.

¿Le mandaste dinero a mamá para su cumpleaños?

Ren cerró los ojos.

—El cumpleaños de mamá...

Otro mensaje.

Ren. No me digas que lo olvidaste.

Él escribió rápidamente:

Por supuesto que no. Tengo todo preparado.

Miró el saldo de su cuenta bancaria.

Mil ochocientos cuarenta yenes.

Permaneció mirando aquella cifra con una expresión de absoluto vacío.

—Tengo preparado el desastre.

El semáforo cambió.

Ren guardó el teléfono y volvió a correr.

***

Bento Niji ocupaba la esquina de una pequeña calle comercial del barrio de Midorichō.

No era un restaurante elegante.

Tenía un mostrador de madera, seis mesas pequeñas y una cocina abierta desde la que se podía observar buena parte de la preparación de los alimentos. En una pizarra junto a la entrada aparecían los platos del día, escritos con una caligrafía que cambiaba dependiendo de quién hubiera llegado primero al trabajo.

Los vecinos conocían el lugar por tres razones.

La comida era buena.

Las porciones eran generosas.

Y su propietario gritaba como si estuviera dirigiendo un ejército.

—¡REN MIZUHARA!

El muchacho acababa de entrar por la puerta trasera cuando una voz retumbó por todo el establecimiento.

Daisuke Ono apareció desde la cocina sosteniendo una espátula.

Tenía cuarenta y seis años, hombros anchos, barba corta y una cinta blanca atada alrededor de la cabeza. Su delantal azul oscuro estaba manchado de harina, y una pequeña gota de salsa le había quedado sobre la mejilla.

Sonreía.

Eso era lo preocupante.

—Buenos días —dijo Ren, inclinándose ligeramente—. ¿Ya desayunó?

Daisuke levantó lentamente la espátula.

—¿Sabés qué hora es?

—Una hora preciosa para celebrar que seguimos vivos.

—¿SABÉS QUÉ HORA ES?

—Las ocho y... algo.

—¡LAS OCHO Y DIECISIETE!

—Entonces llegué antes de las nueve. Técnicamente es una victoria.

Daisuke dejó escapar una carcajada.

Ren sonrió aliviado.

Hasta que su jefe le dio un golpe en la cabeza con un pequeño rollo de papel de cocina.

—¡PONETE EL DELANTAL!

—¡Eso es violencia laboral!

—¡Violencia laboral es lo que le hacés a mi paciencia!

Desde una mesa cercana, una señora mayor soltó una risita.

Ren se puso el delantal negro y comenzó a trabajar.

La mañana avanzó entre pedidos, clientes habituales y pequeñas discusiones.

A las nueve y veinte confundió un bento de pollo con uno de pescado.

A las diez, dejó caer un paquete de servilletas.

A las diez y media, una niña le preguntó por qué parecía tan cansado.

—Porque soy adulto —respondió Ren con solemnidad—. No cometas el mismo error.

La madre de la niña se echó a reír.

Daisuke, desde la cocina, le gritó que dejara de asustar a los clientes.

A pesar de todo, Ren era bueno tratando con la gente.

Recordaba los pedidos de los vecinos, ayudaba a las personas mayores a llevar sus compras hasta la puerta y sabía cuándo un cliente necesitaba una conversación en lugar de limitarse a recoger comida.

La señora Fujita, que visitaba la tienda casi todos los días, siempre pedía dos porciones de arroz.

Una para ella.

La otra, según decía, para su marido.

Ren sabía que su esposo había fallecido el invierno anterior.

Nunca le preguntaba por qué seguía comprando dos.

Simplemente añadía una pequeña porción de encurtidos sin cobrarle.

Daisuke lo había descubierto semanas atrás.

No dijo nada.

Desde entonces preparaba aquellos encurtidos personalmente.

***

A la una y diecisiete de la tarde, Natsuki Hara apareció en Bento Niji con la expresión de alguien que acababa de sobrevivir a una guerra.

Su cabello castaño rojizo estaba recogido en un moño desordenado, y llevaba una chaqueta ligera sobre el uniforme rosa del Hospital Hoshimi. Una identificación colgaba de su cuello.

Se detuvo frente al mostrador.

Miró a Ren.

Ren la miró.

—Vaya —dijo él—. Parece que alguien ha tenido una mañana estupenda.

—Necesito comida.

—Eso suele pasar en los restaurantes.

—Ren.

—¿Sí?

—Si hacés otro chiste, voy a usar tu cabeza como almohada.

Ren señaló una mesa.

—Bienvenida a Bento Niji. Nuestra especialidad es evitar que las enfermeras cometan homicidios.

Natsuki se dejó caer en una silla.

Tenía veinticuatro años y conocía a Ren desde que ambos eran niños. Habían crecido en barrios cercanos, asistido a la misma escuela primaria y acumulado suficientes anécdotas vergonzosas como para arruinarse mutuamente la reputación.

Natsuki recordaba el día en que Ren intentó impresionar a sus compañeros saltando una cerca y terminó atrapado por los pantalones.

Ren recordaba cuando ella participó en una obra escolar y olvidó absolutamente todas sus líneas.

Ninguno permitía que el otro olvidara aquellos acontecimientos.

—¿Qué ocurrió en el hospital? —preguntó Ren, colocando un vaso de agua frente a ella.

—Turno complicado.

—Eso no suena bien.

—Dos pacientes nuevos, una avería en el sistema de registros y alguien que llevaba toda la mañana insistiendo en que había escuchado a su madre llamándolo desde una habitación vacía.

Ren arqueó una ceja.

—Eso último parece una película de terror.

—Lo sé. Y no ayuda que el ala antigua del hospital tenga pasillos que parecen sacados de una.

—¿Por qué no la derriban?

—Porque los edificios cuestan dinero, Ren.

—Qué concepto tan desagradable.

Natsuki bebió agua.

—Además, esta mañana tuvimos un pequeño problema con los relojes.

—¿Con los relojes?

—Algunos registros electrónicos mostraban horas que no coincidían con las cámaras. Nada grave, seguramente una falla de sincronización.

Ren apoyó los codos sobre el mostrador.

—¿Se perdió mucho tiempo?

—Un segundo, aparentemente.

—Qué tragedia. Imaginate todo lo que podría hacer con un segundo extra.

—Llegar tarde de todas formas.

—Eso fue innecesario.

Daisuke apareció con una bandeja.

—¡Natsuki! ¡Mi clienta favorita!

—Hola, señor Ono.

—¡Te preparé pollo con arroz y verduras! ¡Hoy necesitás comer bien!

—Gracias. Usted siempre me salva.

—¿Y YO QUÉ? —protestó Ren.

—Vos me das dolor de cabeza.

Daisuke volvió a reír.

Natsuki comenzó a comer con una satisfacción que hizo que Ren la observara con cierta envidia.

—¿No vas a comprar algo para vos? —preguntó ella.

—Estoy trabajando.

—Eso no responde mi pregunta.

—Mi situación financiera está atravesando un período de reflexión.

Natsuki dejó los palillos.

—Ren.

—No empieces.

—¿Comiste algo hoy?

—Claro.

—¿Qué?

—Una cosa.

—¿Qué cosa?

—Algo pequeño.

Natsuki lo miró fijamente.

Ren sostuvo su mirada durante dos segundos.

—Agua.

—¡REN!

Daisuke volvió a asomarse desde la cocina.

—¡YA LE TENGO GUARDADO EL ALMUERZO! ¡PERO PRIMERO QUE TERMINE LOS PEDIDOS!

Natsuki suspiró.

—No sé qué harías sin nosotros.

—Probablemente morir de una manera muy elegante.

—Morirías intentando cocinar un huevo en el microondas.

—Eso pasó una sola vez.

—¡EXPLOTÓ!

—¡El huevo tomó sus propias decisiones!

Natsuki comenzó a reírse.

Ren también.

Durante unos minutos, todo fue exactamente como debía ser.

Una tienda cálida.

Comida recién preparada.

Dos amigos que llevaban años discutiendo por estupideces.

Y una ciudad que parecía demasiado ocupada viviendo para preocuparse por cosas imposibles.

Entonces Daisuke dejó de sonreír.

Fue apenas un instante.

Tenía una mano apoyada sobre el marco de la cocina y miraba hacia la ventana.

Al otro lado del cristal, una pantalla publicitaria mostraba a una mujer promocionando un nuevo teléfono.

La imagen titiló.

La pantalla quedó negra durante una fracción de segundo.

Después continuó reproduciendo el anuncio.

Daisuke apretó ligeramente la mano.

—¿Señor Ono? —preguntó Natsuki.

El hombre parpadeó.

—¿Eh?

—¿Está bien?

Su sonrisa regresó de inmediato.

—¡Por supuesto! ¡Estaba pensando que hoy necesitamos comprar más cebollas!

Ren hizo una mueca.

—Qué vida tan emocionante.

Daisuke regresó a la cocina.

Pero antes de hacerlo volvió a mirar por la ventana.

Y esta vez no parecía estar pensando en cebollas.

***

A las nueve y veintiséis de la noche, Ren descubrió que había cometido un error terrible.

Había aceptado cubrir el turno de limpieza.

—¿Por qué hago estas cosas? —murmuró mientras fregaba el suelo.

—¡Porque necesitás dinero! —respondió Daisuke desde la cocina.

—¡Era una pregunta filosófica!

—¡Entonces filosofá con el trapeador!

La tienda ya estaba cerrada.

Fuera, Midorichō comenzaba a vaciarse. Algunos comercios todavía mantenían sus luces encendidas. Un repartidor pasó en motocicleta y, desde un edificio cercano, llegó el sonido amortiguado de un programa de televisión.

Daisuke guardó los últimos utensilios.

—Terminá eso y andate a descansar.

Ren levantó la cabeza.

—¿No hay una segunda tarea?

—No.

—¿Ninguna orden inesperada?

—No.

—¿No va a pedirme que limpie el techo?

—¿Querés limpiar el techo?

—¡Buenas noches, jefe!

Daisuke soltó una carcajada.

Ren dejó el trapeador, se quitó el delantal y fue a buscar sus cosas.

Antes de salir, su jefe lo llamó.

—Ren.

El muchacho se volvió.

—¿Sí?

Daisuke le lanzó una bolsa pequeña.

Ren la atrapó contra su pecho.

Dentro había dos bentos.

—Te sobró comida —dijo Daisuke.

Ren miró la bolsa.

—¿Dos?

—Uno para vos. El otro para esa enfermera que trabaja demasiado.

—Natsuki ya comió.

—Entonces tendrá almuerzo mañana.

Ren sonrió.

—Gracias, jefe.

—Y mañana llegás a tiempo.

—No arruine el momento.

Daisuke hizo un gesto amenazante con la espátula.

Ren salió riéndose.

El hombre esperó hasta que la puerta se cerró.

Entonces apagó las luces del mostrador.

El silencio se extendió por la tienda.

Daisuke se acercó lentamente a la ventana.

En algún lugar de la calle, algo produjo una vibración tan débil que ningún oído humano habría podido escucharla.

El cocinero la sintió en los huesos.

Su expresión cambió.

—No puede ser...

Miró hacia la dirección en que Ren había desaparecido.

Durante un instante pareció dispuesto a seguirlo.

Pero la vibración cesó.

Daisuke permaneció junto a la ventana, inmóvil, hasta que una última motocicleta pasó por la calle.

Después bajó la persiana.

***

Ren caminaba con una bolsa de comida en una mano y el teléfono en la otra.

Había decidido pasar por el Hospital Hoshimi.

Natsuki seguía de turno aquella noche y él podía aprovechar para entregarle el segundo bento.

También tenía otra razón.

Quería preguntarle si podía prestarle algo de dinero.

Una cantidad pequeña.

Lo suficiente para sobrevivir hasta el próximo pago.

Estaba redactando el mensaje cuando su teléfono mostró las nueve y treinta y nueve minutos.

Ren levantó la mirada.

Una pantalla digital sobre la parada de autobús también indicaba la hora.

21:39:12.

21:39:13.

21:39:14.

21:39:16.

Ren frunció el ceño.

—Qué raro.

Volvió a mirar su teléfono.

Durante una fracción de segundo, la pantalla pareció mostrar dos horas superpuestas.

Después todo regresó a la normalidad.

—Definitivamente tengo que dormir más.

Guardó el aparato.

Entonces escuchó pasos.

No era extraño escuchar pasos en una ciudad.

Lo extraño fue que los pasos continuaran cuando él se detuvo.

Tac.

Tac.

Tac.

Ren miró detrás de sí.

La acera estaba vacía.

A unos metros había una máquina expendedora y, junto a ella, un pequeño callejón que conectaba con una calle de servicio.

El viento movió una bolsa de plástico.

Ren soltó el aire.

—Muy bien. Felicidades, Ren. Ahora te asustan las bolsas de basura.

Reanudó la marcha.

Tac.

Tac.

Tac.

Volvió a detenerse.

Esta vez los pasos se detuvieron un instante después.

Su sonrisa desapareció.

Un autobús pasó por la avenida principal, iluminando brevemente el callejón.

Ren vio algo.

Una figura alta y estrecha.

Parecía una persona de pie junto a la pared.

Pero cuando las luces del vehículo desaparecieron, la figura también lo hizo.

Ren tragó saliva.

—¿Hola?

Nadie respondió.

—Si esto es una broma, aviso que estoy muy cansado.

Silencio.

El muchacho retrocedió.

En ese momento recibió un mensaje.

Era Natsuki.

Salí hace cinco minutos. Estoy cerca de la parada de Midorichō. ¿Seguís en la tienda?

Ren miró hacia el callejón.

Después hacia el teléfono.

Y sintió un desagradable frío en el estómago.

La parada de Midorichō estaba justo al otro lado de aquella calle.

Escribió:

No te muevas. Voy para allá.

Comenzó a caminar deprisa.

A su espalda, algo volvió a dar un paso.

***

Natsuki estaba frente a la parada, buscando las llaves dentro de su bolso.

Su turno había terminado antes de lo previsto, aunque le dolían las piernas y todavía tenía la sensación de escuchar los monitores del hospital.

Había comprado una bebida caliente en una máquina expendedora.

Mientras esperaba, observó la calle.

No había nadie.

Al otro lado de la avenida, el letrero luminoso de una farmacia parpadeó.

Natsuki lo miró distraídamente.

Un segundo después escuchó una voz.

—Natsuki...

Levantó la cabeza.

—¿Ren?

La voz había llegado desde el callejón.

Natsuki se acercó unos pasos.

—¿Estás ahí?

No hubo respuesta.

Miró el teléfono.

Ren acababa de enviarle un mensaje diciendo que iba en camino.

—Qué idiota —murmuró—. ¿Para qué me llamás entonces?

Se asomó al callejón.

Una lámpara iluminaba parcialmente la pared.

Había cajas apiladas, una bicicleta oxidada y bolsas destinadas a la recogida de basura.

Nada más.

Natsuki estaba a punto de regresar a la parada cuando escuchó su nombre otra vez.

—Natsuki...

La voz se parecía a la de Ren.

Pero había algo incorrecto en ella.

Era demasiado lenta.

Como una grabación reproducida a una velocidad equivocada.

Natsuki retrocedió.

—¿Quién está ahí?

Al fondo del callejón, la sombra de la bicicleta se movió.

La bicicleta permaneció inmóvil.

Su sombra, no.

Primero se estiró contra el suelo.

Después trepó por la pared.

Y finalmente comenzó a desprenderse de ella.

Natsuki abrió los ojos.

La oscuridad adquirió volumen.

Algo parecido a un brazo apareció entre dos manchas negras. Luego surgió otro. La figura se retorció como una tela atrapada bajo el agua.

No tenía un cuerpo estable.

Por momentos parecía una persona extremadamente delgada.

Por momentos parecía una multitud de siluetas superpuestas.

Donde debía estar su rostro había una superficie gris que se abría y cerraba lentamente.

Natsuki quiso gritar.

No pudo.

La cosa inclinó la cabeza.

Y con una voz que sonó exactamente igual a la suya, preguntó:

—¿Ya terminaste tu turno?

La bebida cayó de su mano.

El vaso se abrió contra el pavimento.

La criatura avanzó.

Natsuki intentó correr.

Su zapato se enganchó en una irregularidad del suelo y perdió el equilibrio.

Cayó de rodillas.

La sombra se extendió sobre ella.

Entonces alguien gritó desde la entrada del callejón.

—¡NATSUKI!

Ren apareció corriendo.

Vio a su amiga en el suelo.

Vio la figura oscura.

Y se quedó completamente paralizado.

Durante un segundo su mente buscó desesperadamente una explicación.

Un hombre disfrazado.

Un truco de luces.

Alguna clase de proyección.

Nada encajaba.

La figura giró lentamente hacia él.

Tenía una altura imposible.

Sus extremidades parecían cambiar de longitud cada vez que se movía.

Ren abrió la boca.

—¿Qué...?

La criatura emitió un sonido húmedo.

Natsuki lo miró.

—¡REN, CORRÉ!

La sombra se precipitó hacia ella.

Ren no pensó.

Soltó la bolsa con los bentos y se lanzó hacia delante.

Consiguió agarrar a Natsuki por el brazo y apartarla del lugar donde la criatura golpeó el suelo.

El impacto abrió una grieta en el pavimento.

Una de las cajas salió disparada contra la pared.

Ren rodó sobre el hombro.

Sintió un dolor agudo en el costado.

—¡AU! ¡MALDICIÓN!

Natsuki intentó incorporarse.

—¡¿QUÉ ES ESO?!

—¡NO TENGO IDEA!

—¡¿CÓMO QUE NO TENÉS IDEA?!

—¡¿TE PARECE QUE ESTOY EN CONDICIONES DE INVESTIGAR?!

La criatura volvió a moverse.

Ren agarró un tubo metálico que sobresalía de una caja rota.

Lo levantó con ambas manos.

—¡Eh! ¡Vos!

La figura se detuvo.

Ren intentó adoptar una expresión amenazante.

—No sé qué clase de cosa seas, pero si das un paso más...

La criatura avanzó.

—...voy a hacer algo muy peligroso.

Otro paso.

Ren apretó el tubo.

—¡LO DIGO EN SERIO!

Golpeó.

El metal atravesó la sombra como si hubiera intentado golpear humo.

El impulso hizo que Ren perdiera el equilibrio.

La criatura lo alcanzó con un movimiento brusco.

Algo le golpeó el pecho.

El muchacho salió despedido contra la pared.

El dolor le robó el aire.

Cayó sentado sobre el pavimento.

El tubo rodó hasta una alcantarilla.

Durante varios segundos solo pudo escuchar un zumbido.

Natsuki gritó su nombre.

Ren intentó levantarse.

Sus piernas no respondieron.

La sombra se deslizó hacia la enfermera.

Natsuki retrocedía arrastrándose.

El monstruo abrió la parte gris que ocupaba su rostro.

Desde el interior surgieron voces.

Una mujer llorando.

Un niño llamando a su madre.

Alguien suplicando ayuda.

Todas hablaban al mismo tiempo.

Ren sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

No sabía qué estaba viendo.

No sabía si estaba soñando.

No sabía por qué aquella cosa existía.

Pero sabía algo.

Natsuki iba a morir.

Y él estaba sentado contra una pared, incapaz de hacer nada.

—Vamos...

Apoyó una mano en el suelo.

—Levantate...

Sus piernas temblaron.

La criatura extendió un brazo hacia Natsuki.

Ren recordó una tarde de su infancia.

No supo por qué.

Solo apareció una imagen.

Una habitación blanca.

Un ruido parecido al de un reloj.

Y una luz azul detrás de una puerta que alguien le había dicho que nunca debía abrir.

El recuerdo desapareció tan deprisa como había llegado.

Ren apretó los dientes.

—¡HE DICHO QUE TE APARTÉS DE ELLA!

Algo se rompió.

No en la calle.

No dentro de la criatura.

En algún lugar que Ren no sabía nombrar.

El aire a su alrededor vibró.

Una luz azul violácea apareció entre sus dedos.

Durante una fracción de segundo, el callejón dejó de parecer un callejón.

Las paredes se alargaron.

El suelo reflejó un cielo lleno de estrellas.

Y la voz de una mujer desconocida pareció pronunciar una palabra que Ren había escuchado alguna vez, hacía muchísimos años.

La luz explotó.

Una onda irregular atravesó el callejón.

La criatura salió despedida hacia el fondo, arrastrando consigo fragmentos de oscuridad que se deshicieron contra las paredes.

Las ventanas temblaron.

Una lámpara estalló.

El suelo se llenó de pequeñas chispas azules.

Ren permaneció de rodillas.

Tenía una mano extendida.

Sus dedos brillaban.

—¿Qué...?

La luz comenzó a extinguirse.

—¿Qué hice?

Natsuki lo observaba sin poder hablar.

La criatura se retorció al fondo del callejón.

Su cuerpo se había abierto en varias secciones.

Pero no estaba muerta.

Las sombras comenzaron a reunirse otra vez.

Ren levantó lentamente la cabeza.

—No...

La figura creció.

Ahora era más grande.

Más oscura.

Y parecía estar enfadada.

—No, no, no...

Intentó ponerse de pie.

Su cuerpo cedió.

Natsuki se arrastró hacia él.

—¡Ren!

—¡Andate!

—¡No voy a dejarte!

—¡NATSUKI, CORRÉ!

La criatura lanzó un chillido.

Y entonces una voz femenina cortó el aire.

—¡Agáchense!

Ren apenas tuvo tiempo de mirar hacia arriba.

Una línea roja atravesó la oscuridad.

No era fuego ordinario.

Era una corriente de energía carmesí que descendió desde la azotea del edificio y golpeó el suelo entre ellos y el monstruo.

El impacto levantó una barrera luminosa.

La criatura chocó contra ella.

Retrocedió con un sonido desgarrador.

Un segundo después, una mujer aterrizó en medio del callejón.

Llevaba el cabello rojo oscuro recogido en una larga coleta y una chaqueta negra con detalles carmesíes y blancos. Sus botas golpearon el pavimento con una precisión que hizo pensar a Ren que aquel salto había sido completamente normal para ella.

La desconocida se incorporó.

Miró primero a Natsuki.

Después a Ren.

Finalmente observó a la criatura.

—Qué desastre —murmuró.

Ren parpadeó.

—¿Perdón?

La mujer levantó la mano derecha.

La energía roja volvió a aparecer alrededor de sus dedos.

—Los dos. Detrás de mí. Ahora.

Ren abrió la boca.

—Disculpe, pero...

Ella giró ligeramente la cabeza.

Sus ojos lo atravesaron con una mirada fría.

—¿Querés discutir o querés vivir?

Ren levantó las manos.

—Me gusta muchísimo vivir.

—Entonces obedecé.

La mujer avanzó hacia la sombra.

Y, por primera vez desde que había comenzado aquella pesadilla, Ren tuvo la sensación de que la criatura era quien debía sentir miedo.

***

Akari Kujo llevaba once horas despierta y había pasado las últimas tres persiguiendo una anomalía que, según el informe recibido aquella tarde, no debería haber sido capaz de abandonar su lugar de origen.

El informe estaba equivocado.

Y eso la irritaba.

La criatura se retorcía frente a ella, aferrándose a las sombras de los contenedores y a las grietas abiertas en el suelo. Su cuerpo parecía estar formado por capas incompletas de oscuridad que se separaban y volvían a unirse.

Akari la observó sin pestañear.

—Un Deshilado...

La criatura abrió aquella cosa que utilizaba como boca.

—A... ka... ri...

La mujer estrechó los ojos.

—Así que también imitás nombres.

El monstruo lanzó un brazo contra ella.

Akari se movió.

Ren apenas consiguió seguirla con la mirada.

Un instante estaba frente a la criatura.

Al siguiente se encontraba a su izquierda.

La extremidad oscura chocó contra la pared, arrancando varios ladrillos.

Akari extendió dos dedos.

Una línea de energía carmesí recorrió su antebrazo y se concentró en la palma de su mano.

—Primera forma.

La luz adquirió la apariencia de una hoja estrecha.

—Corte de Vigilia.

La mujer avanzó.

No hubo un gran movimiento teatral.

Simplemente dio un paso y trazó un arco limpio con el brazo.

El cuerpo del monstruo se abrió desde el hombro hasta el costado.

Una sustancia parecida al humo negro salió despedida.

La criatura emitió un chillido que hizo que Ren se tapara los oídos.

Natsuki, arrodillada junto a él, se estremeció.

—¿Qué está pasando?

Ren negó con la cabeza.

—Creo que esa señora está ganando.

—¡Eso ya lo veo!

La criatura retrocedió.

Sus dos mitades comenzaron a unirse.

Akari chasqueó la lengua.

—Demasiado inestable.

Levantó la mano izquierda.

Un círculo rojizo apareció sobre el suelo y se expandió hasta rodear al monstruo.

Varios símbolos se iluminaron a lo largo de su borde.

La criatura intentó escapar.

Golpeó el círculo con uno de sus brazos.

La barrera tembló.

Akari apretó los dientes.

—Quieto.

Otro golpe.

Una pequeña fisura apareció en la luz.

La mujer frunció el ceño.

—No puede ser...

El monstruo se retorció.

Su boca se abrió de nuevo.

Y de su interior salió una voz diferente.

Esta vez parecía la de una mujer anciana.

—Todavía... falta...

Akari endureció la expresión.

—¿Qué falta?

—Un... segundo...

La criatura chocó contra la barrera.

Una explosión negra cubrió el círculo.

Akari giró sobre un pie y extendió ambos brazos.

La energía roja se desplegó como una cortina alrededor de Ren y Natsuki.

El aire vibró.

Ren sintió una presión insoportable en los oídos.

Los cristales de un edificio cercano se agrietaron.

La barrera exterior se deshizo.

Pero la cortina que los protegía permaneció intacta.

Cuando el humo desapareció, la criatura estaba al fondo del callejón.

Había perdido buena parte de su cuerpo.

Sin embargo, seguía moviéndose.

Akari respiró profundamente.

La energía de sus manos disminuyó apenas un instante.

Ren lo notó.

La mujer estaba cansada.

No sabía cómo podía saberlo, pero lo vio en la tensión de sus hombros, en la manera en que apretaba los dedos y en aquella respiración que intentaba mantener controlada.

—¿Está bien? —preguntó.

Akari no respondió.

Miraba al monstruo.

La criatura extendió lentamente uno de sus brazos.

Apuntaba hacia Ren.

La mujer siguió aquella dirección.

Sus ojos se encontraron con los del muchacho.

Después observó el suelo chamuscado, donde todavía quedaban pequeños destellos azules.

Por primera vez, su expresión cambió.

—¿Eso lo hiciste vos?

Ren miró sus manos.

—¿Qué cosa?

—La energía azul.

—Ah.

Se produjo un silencio absurdo.

—Creo que sí.

Akari lo miró como si acabara de decirle que no sabía si tenía dos o tres piernas.

—¿Creés?

—¡ES QUE NUNCA HABÍA HECHO ALGO ASÍ!

El monstruo lanzó otro chillido.

Akari volvió a mirar hacia delante.

—Después hablamos.

La criatura se abalanzó sobre ellos.

Esta vez no atacó de frente.

Su cuerpo se deshizo en varias tiras oscuras que treparon por las paredes y descendieron desde distintos ángulos.

Akari levantó la mano.

Una llama carmesí cortó dos de aquellas prolongaciones.

Una tercera pasó sobre su hombro.

Otra golpeó la barrera.

La mujer retrocedió.

—¡No se muevan!

Ren tenía intención de obedecer.

De verdad.

Pero algo cayó desde la pared.

Un contenedor metálico, golpeado durante el ataque anterior, se desprendió de una estructura elevada y comenzó a precipitarse hacia Natsuki.

Ren lo vio antes que ella.

—¡CUIDADO!

La empujó hacia un lado.

El contenedor chocó contra el suelo.

Ren cayó sobre los adoquines, a pocos centímetros del impacto.

Akari giró la cabeza.

—¡Te dije que no te movieras!

—¡Y YO LE DIGO QUE CASI NOS APLASTA UN CONTENEDOR!

La mujer apretó los labios.

No tenía tiempo para aquella discusión.

La criatura estaba regenerándose demasiado deprisa.

Y el joven había vuelto a quedar fuera del espacio protegido.

Akari avanzó hacia él.

El monstruo reaccionó de inmediato.

Todas sus extremidades se extendieron en dirección a Ren.

Akari lo agarró por la parte posterior de la camiseta y tiró de él.

Ren salió despedido hacia atrás.

—¡AAAH!

Aterrizó junto a Natsuki.

La mujer se interpuso.

—Escuchame bien, muchacho.

Ren se incorporó a medias.

—Me llamo Ren.

—Me da igual cómo te llames.

—Vaya, qué agradable.

—No vuelvas a separarte de la barrera.

—¿Podemos poner una puerta? Porque entrar y salir está siendo bastante complicado.

Akari cerró los ojos durante medio segundo.

—Voy a fingir que no escuché eso.

Natsuki miraba de uno a otro con absoluta incredulidad.

—¡¿EN SERIO ESTÁN DISCUTIENDO AHORA?!

El Deshilado volvió a lanzarse sobre ellos.

Akari extendió la mano.

La llama roja se dividió en cuatro líneas que atravesaron el aire y se clavaron en las paredes del callejón.

Los símbolos de la barrera reaparecieron.

Esta vez no rodeaban únicamente al monstruo.

Cerraban también las rutas por las que podía escapar.

La criatura se retorció.

Akari respiró con dificultad.

—Segunda forma.

Las cuatro líneas se tensaron.

—Jaula Carmesí.

El monstruo chocó contra ellas.

Un grito agudo llenó la calle.

Akari cerró el puño.

La jaula se contrajo.

La oscuridad comenzó a comprimirse lentamente, como una tela que alguien estuviera retorciendo desde sus extremos.

Ren contempló aquello sin comprenderlo.

No era un sueño.

El dolor de su espalda resultaba demasiado real.

Tampoco podía ser un truco.

Había visto romperse el pavimento.

Había sentido la energía azul.

Y la mujer que luchaba frente a él parecía dominar una fuerza que hasta aquella noche solo había existido en las películas y los videojuegos.

Entonces el monstruo volvió a hablar.

—No... quiero... despertar...

Akari se detuvo.

Apenas un instante.

Su mano tembló.

La criatura aprovechó aquella vacilación y lanzó una última prolongación oscura.

No hacia ella.

Hacia Natsuki.

Ren reaccionó, pero estaba demasiado lejos.

Akari abrió los ojos.

—¡No!

La cortina de energía roja se cerró sobre la enfermera.

La sombra chocó contra la barrera.

Akari extendió su otro brazo y ejecutó un movimiento seco.

La jaula se contrajo definitivamente.

El monstruo lanzó un último chillido.

Después su cuerpo se deshizo en innumerables fragmentos negros que comenzaron a desaparecer antes de tocar el suelo.

Una corriente de aire recorrió el callejón.

Las luces dejaron de parpadear.

El silencio regresó.

Akari permaneció inmóvil unos segundos.

Después dejó caer los brazos.

Las últimas líneas rojas se apagaron.

Ren observó el lugar donde había estado la criatura.

—¿Se acabó?

La mujer no respondió inmediatamente.

Miró las paredes.

Las marcas negras.

El pavimento roto.

La lámpara destruida.

Finalmente asintió.

—Por ahora.

Ren dejó escapar el aire.

—Excelente.

Se apoyó contra la pared.

—Fantástico.

Cerró los ojos.

—Voy a desmayarme.

Y se desmayó.

***

Cuando volvió a abrirlos, estaba mirando el rostro de Natsuki.

—Ren.

Él parpadeó.

—¿Mamá?

Natsuki le dio un golpecito en la frente.

—¡No soy tu madre, idiota!

—Entonces definitivamente estoy vivo.

Intentó incorporarse.

Un dolor intenso le atravesó el costado.

—¡AU!

—¡No te movás!

Natsuki colocó una mano sobre su hombro.

Ahora que el peligro había pasado, había recuperado parte de su formación profesional.

—Podrías tener una costilla lesionada. ¿Te duele respirar?

—Solo cuando lo hago.

—Ren.

—Sí, me duele.

La enfermera le palpó cuidadosamente el costado.

Ren apretó los dientes.

—No parece que tengas una lesión grave —murmuró ella—, pero necesitás una evaluación médica.

—¿La consulta tiene descuento por amistad?

—Podés pagarme dejando de decir estupideces durante cinco minutos.

—Eso sale demasiado caro.

Natsuki intentó sonreír.

No lo consiguió.

Le temblaban las manos.

Ren lo notó.

—Oye...

Ella levantó la mirada.

—¿Estás bien?

Natsuki abrió la boca.

La cerró.

Después miró las marcas del pavimento.

—No sé.

Ren tampoco sabía qué decir.

Habían crecido juntos.

Se habían visto enfermos, enfadados, tristes y asustados.

Pero nunca había observado aquella expresión en sus ojos.

Natsuki miró hacia el fondo del callejón.

—Eso... nos iba a matar.

Ren tragó saliva.

—Sí.

—Y vos...

Ella miró sus manos.

—Había una luz.

Ren bajó la mirada.

Sus dedos ya no brillaban.

—Lo sé.

—Salió de vos.

—También lo sé.

—¿Cómo?

Ren soltó una risa nerviosa.

—Si lo descubro, te aviso.

Natsuki se cubrió el rostro con ambas manos.

Permaneció así durante varios segundos.

Después dejó escapar una carcajada breve.

No porque la situación fuera divertida.

Sino porque su cuerpo parecía incapaz de decidir entre llorar y reír.

—Somos unos idiotas.

Ren asintió.

—Unos idiotas bastante resistentes.

—Casi morimos.

—Eso reduce un poco nuestro promedio.

Natsuki le dio un golpe suave en el hombro.

Él se quejó.

Ella se disculpó inmediatamente.

Y ambos terminaron riéndose, aunque ninguno tenía demasiadas ganas.

A unos metros, Akari hablaba por teléfono.

—Objetivo contenido. Dos civiles involucrados. Uno presenta exposición directa y manifestación energética no registrada.

Escuchó la respuesta.

—Sí, estoy segura.

Nueva pausa.

—No. No fue una descarga residual.

Su mirada se desplazó hacia Ren.

—La produjo él.

Ren levantó una mano tímidamente.

Akari lo ignoró.

—Solicito equipo de restauración y protocolo de memoria. Nivel de discreción tres. Tenemos daños estructurales visibles y una posible fuga de observación.

Terminó la llamada.

Durante unos segundos permaneció mirando el dispositivo.

Después regresó junto a ellos.

—¿Pueden caminar?

—Creo que sí —respondió Natsuki.

—Yo puedo quejarme mientras camino —añadió Ren—. No sé si eso cuenta.

Akari lo observó.

—¿Siempre hablás tanto?

—Normalmente hablo más, pero acabo de recibir una paliza sobrenatural.

Natsuki bajó la cabeza para ocultar una sonrisa.

Akari suspiró.

—Necesito hacerles unas preguntas.

Ren alzó la mano.

—Yo también tengo unas cuantas.

—Primero yo.

—Qué sorpresa.

La mujer se arrodilló frente a él.

Sus ojos estaban a la misma altura.

—¿Tu nombre completo?

—Ren Mizuhara.

—¿Edad?

—Veintitrés.

—¿Profesión?

—Empleado de una tienda de comida.

—¿Antecedentes de manifestaciones anómalas?

Ren parpadeó.

—¿De qué?

—Luces que aparecen sin explicación. Objetos que se mueven solos. Sueños repetitivos. Pérdidas de tiempo. Recuerdos que no encajan.

El muchacho dejó de sonreír.

La mujer lo notó.

—¿Qué pasa?

Ren pensó en la habitación blanca.

En la puerta.

En aquel resplandor azul.

Una imagen incompleta que llevaba años apareciendo en sus sueños y que siempre desaparecía cuando intentaba recordarla por completo.

—Nada —respondió.

Akari no pareció convencida.

—¿Estás seguro?

—Sí.

La mujer sostuvo su mirada un instante más.

Después se volvió hacia Natsuki.

—¿Tu nombre?

—Natsuki Hara.

—¿Edad?

—Veinticuatro.

—¿Profesión?

—Enfermera. Trabajo en el Hospital Hoshimi.

Algo cambió en la expresión de Akari.

Fue tan pequeño que Natsuki no lo notó.

Ren sí.

—¿Hospital Hoshimi? —repitió la mujer.

—Sí.

—¿En qué sector?

—Planta de medicina interna. A veces cubro turnos en otras áreas.

Akari guardó silencio.

Ren frunció el ceño.

—¿Eso es importante?

—Todavía no lo sé.

—Esa respuesta no tranquiliza nada.

La mujer se puso de pie.

—Escuchen. Lo que vieron esta noche es peligroso. Necesito que permanezcan aquí hasta que llegue mi equipo.

Natsuki levantó la mirada.

—¿Su equipo?

—Personas que se encargarán de asegurar la zona.

Ren miró alrededor.

—¿La policía?

—No exactamente.

—¿Los bomberos?

—No.

—¿El gobierno?

Akari no respondió.

Ren abrió mucho los ojos.

—¿LOS EXTRATERRESTRES?

—¡NO!

—Bueno, tenía que descartar opciones.

Akari se llevó una mano a la frente.

Durante un segundo pareció preguntarse qué había hecho para merecer aquella misión.

***

Los primeros en llegar fueron dos hombres vestidos con chaquetas grises.

No llevaban armas visibles.

Uno tenía una pequeña maleta negra.

El otro transportaba un aparato parecido a una cámara fotográfica, aunque su superficie estaba cubierta por símbolos diminutos.

Ambos saludaron a Akari con una breve inclinación.

—Capitana Kujo.

Ren levantó la cabeza.

—¿Capitana?

Akari no lo miró.

—El Deshilado fue neutralizado. Revisen los límites del incidente y asegúrense de que no haya contaminación residual.

Uno de los hombres observó el pavimento.

—Los daños son considerables.

—Lo sé.

—La restauradora llegará en veinte minutos.

—Que priorice las tuberías y la instalación eléctrica. No quiero que nadie resulte herido por un derrumbe secundario.

El hombre asintió.

Ren escuchaba con la boca abierta.

—¿Restauradora? ¿Van a reparar todo eso esta noche?

Akari se volvió hacia él.

—Sí.

—¿Cómo?

—Con los recursos adecuados.

—¿Qué recursos?

—Los que tenemos.

—Esa explicación es increíblemente sospechosa.

La mujer decidió ignorarlo.

El segundo hombre abrió su maleta.

Dentro había pequeños objetos metálicos colocados en compartimentos individuales.

Tomó dos.

Parecían monedas plateadas atravesadas por una línea azul.

Se acercó a Akari.

—Los testigos están conscientes. Podemos realizar el procedimiento cuando usted autorice.

Natsuki miró los objetos.

—¿Qué procedimiento?

Akari permaneció callada un momento.

Después se sentó sobre una caja que no había resultado dañada.

—Voy a explicarles algo —dijo—. Necesito que escuchen con atención.

Ren se incorporó lentamente.

—Por fin.

—Existen fenómenos que la mayoría de las personas no puede comprender ni enfrentar.

—Eso ya lo descubrimos.

—Ren —murmuró Natsuki.

—Perdón.

Akari continuó.

—Algunos son manifestaciones espirituales. Otros se forman a partir de emociones, recuerdos o sueños que atraviesan una frontera que normalmente debería permanecer cerrada.

Natsuki frunció el ceño.

—¿Sueños?

—No todos los sueños permanecen dentro de la mente.

Ren sintió un escalofrío.

Akari observó las marcas del suelo.

—La criatura que apareció esta noche era un Deshilado. Una entidad incompleta que perdió su forma original al cruzar esa frontera.

—¿Un demonio? —preguntó Ren.

—No exactamente.

—¿Un fantasma?

—Tampoco.

—¿Algo peor?

Akari guardó silencio.

Ren levantó lentamente una mano.

—Odio cuando la respuesta es el silencio.

La mujer continuó.

—Hay personas capaces de percibir esas entidades y otras capaces de combatirlas. Mi trabajo consiste en intervenir antes de que provoquen víctimas.

Natsuki miró la mano de Akari.

—La luz roja...

—Magia —respondió la mujer.

Ren soltó una carcajada.

Akari lo miró.

—¿Qué es tan divertido?

—Nada. Es que pensé que iba a decir alguna cosa científica.

—La magia también puede estudiarse.

—Claro. Por supuesto.

Ren se pasó una mano por el cabello.

—Entonces, resumiendo: existen monstruos, algunas personas tienen poderes y usted trabaja cazándolos.

—Es una explicación bastante incompleta, pero sí.

—Fantástico.

El muchacho miró al cielo.

—Mi vida acaba de convertirse en un videojuego.

—No —replicó Akari con frialdad—. En un videojuego podés volver a empezar cuando morís.

La sonrisa de Ren desapareció.

Natsuki bajó los ojos.

El callejón pareció enfriarse.

Akari dejó que sus palabras permanecieran un instante entre ellos.

Después se levantó.

—Por eso lo que ocurre esta noche no puede divulgarse sin control. Una persona que intente perseguir a una de esas criaturas para grabarla podría morir. Alguien que intente copiar una técnica podría resultar herido. Y algunas entidades reaccionan precisamente al miedo o a la atención que reciben.

Ren miró su teléfono.

Había pensado en sacar una fotografía.

Ahora se sintió ridículo.

—¿Van a pedirnos que firmemos algo? —preguntó Natsuki.

Akari observó a los dos hombres.

—No.

Uno de ellos se acercó con las monedas plateadas.

Ren lo miró.

—¿Qué es eso?

—Un sello de estabilización —respondió Akari.

Natsuki frunció el ceño.

—¿Para qué?

La mujer respiró profundamente.

—Para reducir el impacto de los recuerdos traumáticos y evitar que este incidente los siga afectando.

Ren sintió una incomodidad inmediata.

—¿Reducir los recuerdos?

—Sí.

—¿Cómo que reducir?

Akari se quedó mirándolo.

—Escuchaste bien.

—¿Nos van a borrar la memoria?

Uno de los hombres abrió la boca.

Akari levantó una mano para indicarle que guardara silencio.

—Se trata de un procedimiento controlado.

Ren dio un paso atrás.

—Eso no responde mi pregunta.

—No siempre implica una pérdida completa del recuerdo.

—Tampoco esa.

Natsuki se puso de pie.

—Un momento. ¿Piensan modificar nuestros recuerdos sin permiso?

El hombre de la maleta intervino.

—El procedimiento es seguro. Es el protocolo habitual en incidentes de esta categoría.

Natsuki lo miró con incredulidad.

—Soy enfermera. Sé perfectamente lo que significa llamar «seguro» a un procedimiento. También sé que hay que explicar sus riesgos y obtener consentimiento.

Akari sostuvo su mirada.

—Entiendo tu preocupación.

—Entonces conteste.

La mujer no habló durante unos segundos.

Finalmente dijo:

—Sí. El procedimiento altera la memoria reciente.

Ren sintió que algo se tensaba dentro de su pecho.

No sabía por qué aquellas palabras le resultaban tan desagradables.

Debería haber estado preocupado por la criatura.

Por sus heridas.

Por la posibilidad de que hubiera otros monstruos rondando las calles.

Pero la idea de que alguien pudiera entrar en su cabeza y quitarle un recuerdo le produjo un miedo distinto.

Más antiguo.

—No quiero que hagan eso —dijo.

Akari lo observó.

—Ren...

—Hablo en serio.

Su voz había perdido cualquier rastro de humor.

—No sé qué está pasando. No sé quiénes son ustedes. Y tampoco sé por qué yo pude hacer... lo que hice.

Miró sus manos.

—Pero no quiero olvidarlo porque alguien decidió que sería más conveniente.

El hombre de la maleta volvió a intervenir.

—Capitana, debemos seguir el reglamento.

Akari miró hacia la calle.

Una ventana acababa de encenderse en el edificio contiguo.

El tiempo para asegurar el lugar se estaba agotando.

—Prepará un sello de intensidad mínima —ordenó.

El hombre asintió.

Natsuki dio un paso adelante.

—¡Espere!

—Solo lo utilizaremos para reducir la exposición inmediata —respondió Akari—. Después habrá una evaluación.

—¿Y quién va a decidir si necesitamos otra?

Akari sostuvo su mirada.

—Yo me haré responsable de esa decisión.

No era la respuesta que Natsuki deseaba.

Pero había algo en la forma en que la mujer la pronunció que le impidió seguir discutiendo.

El hombre levantó una de las monedas.

Un resplandor tenue apareció sobre la superficie.

Natsuki retrocedió.

—No me gusta esto.

Ren intentó ponerse frente a ella.

Akari alzó la mano.

—No se acerquen.

El sello emitió una luz azul pálida.

Durante un instante, Natsuki contempló una imagen que no estaba allí.

Una habitación blanca.

Un monitor.

La cama vacía de un hospital.

Después escuchó el sonido de una campana.

Sus párpados temblaron.

El mundo pareció inclinarse.

Ren la sujetó antes de que cayera.

—¡Natsuki!

La enfermera parpadeó.

—¿Qué...?

Miró alrededor.

—¿Dónde estamos?

El muchacho sintió un escalofrío.

—En la calle. Cerca de la parada.

Natsuki frunció el ceño.

—Yo...

Su voz se apagó.

Parecía intentar recordar algo que se encontraba justo fuera de su alcance.

—Había alguien...

Miró hacia el fondo del callejón.

—O algo...

Akari observó al hombre.

—Resultado.

—Reducción parcial. El recuerdo conserva fragmentos emocionales e imágenes aisladas.

—¿Daño cognitivo?

—No detectado.

Akari asintió.

—Que la examinen en cuanto llegue el equipo médico.

Ren apretó los dientes.

—¿Por qué sigue recordando cosas?

La mujer se volvió hacia él.

—Porque no es un borrado absoluto.

—Entonces no funciona perfectamente.

—No dije que lo hiciera.

Aquella respuesta lo sorprendió.

Esperaba una excusa.

Una amenaza.

Algo que justificara lo que acababa de ocurrir.

Pero Akari parecía tan incómoda como él.

El hombre levantó la segunda moneda.

—Ahora el joven.

Ren retrocedió.

Akari lo miró.

—Será una exposición mínima.

—No quiero.

—Necesitamos saber cómo reaccionás.

—¿Y si reacciono mal?

—Interrumpiremos el procedimiento.

Ren observó la mano de Natsuki, todavía temblorosa.

Después miró el sello.

Podría haber intentado escapar.

Pero el callejón estaba lleno de gente que acababa de demostrar que podía utilizar poderes sobrenaturales.

Además, tenía las piernas doloridas y le costaba respirar.

—Está bien —murmuró finalmente—. Pero si me deja tonto, usted le explicará a mi jefe por qué no puedo trabajar.

Akari alzó ligeramente una ceja.

—No creo que nadie note la diferencia.

Ren abrió la boca.

Natsuki soltó una risita involuntaria.

—¡¿ACABA DE INSULTARME?!

Por primera vez, Akari sonrió.

Fue una sonrisa pequeña.

Casi imperceptible.

—Quedate quieto.

El hombre levantó la moneda.

La luz azul pálida envolvió a Ren.

Durante un segundo, el muchacho sintió que alguien intentaba abrir una puerta.

Una puerta situada en el interior de su cabeza.

Detrás había recuerdos.

La escuela primaria.

La voz de su madre.

Un festival de verano.

Natsuki llorando porque había perdido un muñeco.

Y después...

Una habitación blanca.

Un reloj.

Una luz azul.

La misma imagen.

Pero esta vez había alguien frente a la puerta.

Una figura sin rostro que extendía una mano hacia él.

Ren abrió los ojos.

—¡NO!

Una descarga azul violácea brotó de sus dedos.

El sello plateado estalló.

El hombre cayó sentado sobre el pavimento.

La luz desapareció.

Ren retrocedió, jadeando.

Akari se colocó inmediatamente frente a él.

Su mano derecha brilló con energía roja.

—¡Quieto!

El muchacho levantó ambas manos.

—¡NO HICE NADA!

Akari miró los fragmentos de la moneda.

Después miró a Ren.

El otro hombre recogió rápidamente un pequeño dispositivo y lo acercó al sello destruido.

La pantalla mostró una serie de símbolos.

El técnico se quedó inmóvil.

—Capitana...

Akari no apartó la mirada de Ren.

—Hablá.

—El sello no encontró una vía de acceso estable.

—¿Resistencia?

—No exactamente.

El hombre tragó saliva.

—Es como si hubiera encontrado otra estructura ocupando el mismo espacio.

Akari bajó lentamente la mano.

—Eso no tiene sentido.

—Lo sé.

El técnico miró a Ren con una mezcla de curiosidad y temor.

—No debería ser posible.

Ren los observó.

—¿Alguien podría explicarme por qué todos siguen diciendo que no debería ser posible algo que acaba de pasarme?

Nadie respondió.

Y aquella ausencia de respuestas comenzó a asustarlo mucho más que las preguntas.

***

A las once y cincuenta y ocho de la noche, Ren Mizuhara estaba sentado en una ambulancia que no tenía ningún símbolo médico visible.

Una mujer de cabello corto revisaba su costado mientras Natsuki descansaba al otro lado del vehículo.

—Respirá profundamente —indicó la médica.

Ren obedeció.

Una punzada le atravesó las costillas.

—¡AU!

—Otra vez.

—¿No podemos hacer una prueba que incluya comer pastel?

La médica no sonrió.

—Respirá.

Ren obedeció con resignación.

Después de examinarlo, la mujer le colocó un pequeño dispositivo sobre el costado.

Una luz verde recorrió la zona dolorida.

El muchacho sintió un calor agradable.

—¿Eso también es magia?

—Una técnica de estabilización —respondió ella—. No sustituye una evaluación médica convencional, pero puede reducir la inflamación superficial.

—¿Y cura costillas rotas?

—No.

—¿Y arregla problemas económicos?

La mujer lo miró.

—No.

Ren suspiró.

—Qué decepción.

Al otro lado del vehículo, Natsuki permanecía sentada con una manta sobre los hombros.

Parecía agotada.

Recordaba haber salido del hospital.

Recordaba la parada de autobús.

Recordaba una sombra.

Y algo más.

Una luz roja.

Un dolor intenso.

La sensación de que Ren había estado en peligro.

Cuando intentaba ordenar aquellas imágenes, le resultaba imposible distinguir qué había ocurrido y qué había soñado.

—Ren...

Él se volvió.

—¿Sí?

—¿Nos pasó algo malo?

El muchacho miró hacia la puerta abierta de la ambulancia.

Akari hablaba con uno de los técnicos.

Más allá, dos trabajadores examinaban el pavimento destruido. Uno dibujaba símbolos alrededor de una tubería rota mientras el otro colocaba pequeñas placas metálicas sobre la pared.

Ninguno parecía sorprendido por lo que estaba haciendo.

Ren volvió a mirar a Natsuki.

Podría contarle todo.

Pero ella ya había sufrido bastante.

Y no estaba seguro de cuánto debía decirle delante de aquellas personas.

—Tuvimos un accidente —respondió.

Natsuki bajó la mirada.

—Eso me dijeron.

—Y estamos bien.

Ella levantó los ojos.

—No me estás contando todo.

Ren intentó sonreír.

—Nunca te cuento mis problemas económicos.

—Ren.

La sonrisa desapareció.

Natsuki lo conocía demasiado bien.

Sabía cuándo estaba mintiendo.

Sabía cuándo estaba asustado.

Y aquella noche parecía estar ambas cosas.

—No sé qué pasó exactamente —dijo él finalmente.

No era toda la verdad.

Pero tampoco era una mentira completa.

—Solo sé que hubo un momento en el que pensé que no volvería a verte.

Natsuki permaneció callada.

Después extendió una mano.

Le dio un pequeño golpe en el brazo.

Esta vez tuvo cuidado de no tocarle las costillas.

—Entonces dejá de hacer estupideces peligrosas.

Ren soltó una risa breve.

—Eso elimina buena parte de mi personalidad.

Ella sonrió débilmente.

—Podés conservar la parte que llega tarde al trabajo.

—Qué generosa.

Natsuki bajó la cabeza.

—Gracias.

Ren frunció el ceño.

—¿Por qué?

—No estoy segura.

La enfermera miró hacia la calle.

—Pero siento que debería darte las gracias.

El muchacho permaneció observándola.

Después apartó la mirada.

—No fue nada.

Y, por primera vez en toda la noche, no hizo ningún chiste para acompañar sus palabras.

***

Akari Kujo revisó el informe preliminar junto a la ambulancia.

El técnico sostenía una tableta.

—La restauración estructural comenzará cuando termine la revisión de daños. Los testigos del edificio contiguo recibirán atención individual si resulta necesaria.

Akari asintió.

—¿Alguna grabación?

—Dos cámaras muestran interferencias. Una tercera registró el inicio del incidente, pero no la manifestación completa.

—Preservá los archivos originales.

El hombre levantó la mirada.

—¿No debemos eliminarlos?

—He dicho que los preserves.

—Entendido.

Akari pasó a la siguiente página.

El informe del sello destruido aparecía marcado con una advertencia.

INTERFERENCIA DE ORIGEN DESCONOCIDO.

COMPATIBILIDAD NO DETERMINADA.

RESPUESTA ENERGÉTICA ANÓMALA.

La mujer observó aquellos datos durante varios segundos.

—¿Alguna coincidencia en los registros?

—No encontramos ninguna en el archivo ordinario.

—Buscá también en los expedientes antiguos.

El técnico vaciló.

—Capitana, algunos de esos registros están restringidos.

Akari lo miró.

—Entonces solicitá acceso.

—¿Bajo qué justificación?

La mujer volvió la vista hacia la ambulancia.

Ren estaba intentando convencer a la médica de que necesitaba un certificado que le permitiera faltar al trabajo durante una semana.

La profesional le respondía que necesitaba descansar, pero que aquello no justificaba siete días de vacaciones.

Ren parecía profundamente ofendido.

Akari regresó al informe.

—Manifestación espontánea sin entrenamiento. Rechazo completo del sello de estabilización. Alteración energética no catalogada.

El técnico guardó silencio.

La capitana añadió:

—Y un civil que estuvo a punto de morir por proteger a otra persona.

El hombre escribió la justificación.

—¿Qué hacemos con él?

Akari pensó durante unos segundos.

—Nada esta noche.

—¿Lo dejamos marchar?

—Sí.

—Pero el reglamento...

—Conozco el reglamento.

El técnico bajó la mirada.

Akari suspiró.

—No quiero que nadie intente otro procedimiento sobre su memoria sin autorización expresa de mi departamento. Primero debemos saber qué le ocurrió.

—Entendido.

La mujer observó una última vez el informe.

En una esquina aparecía un dato adicional.

HORA DE LA PRIMERA ALTERACIÓN: 21:39:15.

Akari frunció el ceño.

El registro del sistema mostraba un salto.

Del segundo catorce al dieciséis.

El mismo intervalo que habían mencionado otros informes menores recibidos durante aquella semana.

Apagó la pantalla.

Todavía no tenía suficientes pruebas para relacionarlos.

Y no pensaba cometer el error de inventar una explicación únicamente porque los datos le resultaban inquietantes.

—Mandá una copia al área de análisis —ordenó—. Que comparen las marcas temporales.

El técnico asintió.

Akari guardó el dispositivo.

La noche apenas estaba comenzando.

***

Ren regresó a su apartamento poco después de la una de la madrugada.

Natsuki había aceptado que la llevaran hasta su vivienda después de que el equipo médico confirmara que no presentaba lesiones importantes. Antes de marcharse, insistió tres veces en que Ren buscara atención si aumentaba el dolor y que no trabajara cargando objetos pesados.

Él le prometió que se cuidaría.

Natsuki no pareció creerle.

Ahora estaba solo.

Subió las escaleras lentamente, abrió la puerta y dejó las llaves sobre la mesa.

La habitación permanecía exactamente como la había abandonado aquella mañana.

Los recibos seguían tirados en el suelo.

Una zapatilla estaba debajo de la silla.

El refrigerador seguía haciendo aquel sonido extraño que llevaba meses prometiéndose reparar.

Todo parecía normal.

Demasiado normal.

Ren se quitó los zapatos.

Caminó hasta el baño.

Encendió la luz.

Y se quedó mirando su reflejo.

Tenía el cabello revuelto, una pequeña herida sobre la ceja y ojeras bastante pronunciadas.

Levantó la mano derecha.

Nada.

Abrió y cerró los dedos.

Nada.

—Vamos...

Extendió el brazo hacia el espejo.

—Hacé lo de antes.

Silencio.

Ren apretó el puño.

—¡LUZ AZUL!

Nada ocurrió.

Probó otra vez.

—¡PODER MÁGICO!

El foco del baño parpadeó.

Ren dio un salto.

—¡AH!

La luz volvió a estabilizarse.

Durante varios segundos contempló el techo.

Después se cubrió el rostro.

—No puedo creer que acabe de intentar hacer magia gritando en el baño.

Regresó a su habitación.

Se dejó caer sobre la cama.

El colchón crujió bajo su peso.

En el techo había una pequeña mancha de humedad que conocía perfectamente. Había pasado demasiadas noches observándola mientras pensaba en el alquiler, en su trabajo o en lo que haría con su vida.

Aquella noche, sin embargo, todas sus preocupaciones parecían diminutas.

Había visto una criatura imposible.

Había conocido a una mujer capaz de controlar energía roja.

Y él mismo había producido una luz azul que casi destruyó un callejón.

¿Se suponía que al día siguiente debía levantarse y seguir vendiendo bentos como si nada?

Ren soltó una risa.

Después volvió a pensar en Natsuki.

En la criatura acercándose a ella.

En sus propias piernas negándose a responder.

La sonrisa desapareció.

Durante aquel instante había sentido una impotencia que nunca había experimentado.

No le importaba demasiado ser considerado un empleado irresponsable.

No le importaba que Daisuke lo regañara.

Ni siquiera le importaban tanto sus problemas económicos como fingía.

Pero la idea de ver morir a alguien querido mientras él permanecía incapaz de hacer nada...

Ren cerró los ojos.

—No quiero volver a sentir eso.

Permaneció en silencio.

El reloj digital junto a su cama marcaba la una y veintitrés minutos.

Ren recordó la habitación blanca.

Una imagen antigua.

Una luz azul.

No conseguía ubicarla en ningún momento concreto de su infancia.

Sabía que había soñado con ella varias veces, aunque nunca le había dado importancia.

Ahora parecía diferente.

Demasiado real.

Intentó recordar si alguna vez había hablado de aquello con sus padres.

No pudo.

Su teléfono vibró sobre la mesa.

Ren abrió los ojos.

Un número desconocido.

Había recibido un mensaje.

Lo abrió.

La pantalla mostraba una sola frase:

Ren Mizuhara. Si querés comprender lo que ocurrió esta noche, acudí mañana a las diez de la mañana a la biblioteca del Observatorio del Norte.

Debajo había una segunda línea.

No intentes utilizar tu poder sin supervisión.

Y finalmente:

Akari Kujo.

Ren leyó el mensaje tres veces.

Después observó la habitación.

—¿Observatorio del Norte?

Se incorporó.

Buscó el lugar en el mapa de su teléfono.

Estaba al otro extremo de la ciudad.

El trayecto requería un autobús y una caminata bastante larga.

Ren calculó mentalmente cuánto dinero le quedaba.

Se llevó ambas manos a la cabeza.

—¡¿PERO NI SIQUIERA PUEDEN PAGARME EL TRANSPORTE?!

Su grito atravesó la pared.

Desde el apartamento vecino llegó un golpe seco.

—¡SILENCIO!

Ren se encogió.

—¡PERDÓN!

Volvió a mirar el mensaje.

Durante un momento estuvo tentado de borrarlo.

Podía fingir que nada había ocurrido.

Despertarse.

Ir a trabajar.

Seguir con su vida.

Quizá con el tiempo conseguiría convencerse de que todo había sido una alucinación causada por el cansancio.

Pero recordó algo.

El hombre que había intentado alterar su memoria había dicho que una estructura extraña ocupaba el espacio al que debía acceder.

Como si hubiera algo dentro de su cabeza.

Algo que no debería estar allí.

Ren abrió la aplicación de mensajes.

Escribió una respuesta.

Está bien. Iré.

Dudó.

Después añadió:

Pero si es una reunión de ventas o una secta, me voy inmediatamente.

Envió el mensaje.

No recibió respuesta.

Dejó el teléfono sobre la mesa.

Apagó la luz.

Y se acomodó cuidadosamente para no presionar el costado dolorido.

Pasaron varios minutos.

Cuando estaba a punto de dormirse, una imagen volvió a aparecer en su mente.

La puerta blanca.

El reloj.

La luz azul.

Esta vez recordó algo más.

Una mano pequeña apoyada sobre un cristal.

Su propia mano.

Y una voz adulta diciendo, desde algún lugar que no lograba reconocer:

—No mires atrás, Ren.

Abrió los ojos.

La habitación estaba oscura.

El corazón le latía con fuerza.

Se incorporó lentamente.

—¿Quién...?

No había nadie.

Miró hacia la ventana.

A lo lejos, entre los edificios de Yukisawa, podía distinguirse la silueta de la Torre del Reloj.

Sus manecillas avanzaban con normalidad.

O al menos eso parecía.

Ren observó el segundero iluminado.

Un movimiento.

Otro.

Después...

Durante un instante, la aguja pareció detenerse.

Y saltó directamente al siguiente segundo.

El muchacho sintió que el frío le recorría la espalda.

Bajó lentamente la mirada hacia su mano.

En el centro de la palma apareció un destello azul.

Pequeño.

Tan débil que apenas iluminó sus dedos.

La luz permaneció allí unos segundos.

Después se apagó.

Ren siguió mirando su mano mucho tiempo.

Hasta aquella noche, su mayor preocupación había sido llegar tarde al trabajo.

Ahora sabía que había monstruos escondidos en la ciudad.

Que existía la magia.

Y que alguien, en algún lugar, parecía conocer un secreto sobre él que ni siquiera él mismo recordaba.

Se recostó nuevamente.

Cerró los ojos.

Y, mientras Yukisawa continuaba durmiendo bajo las luces de la primavera, Ren Mizuhara comprendió algo que todavía no podía explicar.

La mujer de cabello rojo no había aparecido aquella noche por casualidad.

Tampoco había sido una casualidad que aquella criatura lo persiguiera.

Y, sobre todo, aquella luz azul no se había manifestado por primera vez en el callejón.

De algún modo imposible, su cuerpo la recordaba.

Aunque su mente no.

Al otro lado de la ciudad, la Torre del Reloj marcó la una y treinta.

Esta vez, el segundero avanzó correctamente.

Pero Ren ya estaba despierto.

Y no consiguió volver a dormirse.
♥ 0💬 0👁 7 vistas · 5 visitantes↗ Compartir

Comentarios

0 comentarios

Puedes leer todos los comentarios. Para comentar, inicia sesión o crea tu perfil.
Todavía no hay comentarios.