
Novelas · Parte 2
Cuando BTS se perdió en Ciudad de México y uno de ellos cambió mi vida 💜
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Cuando BTS se perdió en Ciudad de México y uno de ellos cambió mi vida 💜
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Detalles
- Autor
- Gylab Click
- Categoría
- Novelas
- Click
- Perdida en CDMX, encontrada por BTS: el fanfic que me cambió la vida
- Capítulo
- Parte 2
- Vistas
- 4
Sinopsis
Cuando BTS llegó a Ciudad de México, todo debía salir perfecto. Pero una confusión, una moto dañada y una noche inesperada cambiaron por completo el destino de Valeria, una joven mexicana que jamás imaginó cruzarse con ellos de esa manera. Lo que empezó como un accidente terminó convirtiéndose en una historia de amor, decisiones difíciles y un vínculo que crecería contra todo pronóstico.…
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PARTE 2 DE 3 — Un amor entre México y Corea del Sur
Fanfic romántico de ficción inspirado en BTS. Las situaciones, relaciones y conversaciones de esta historia son imaginarias.
Me quedé mirando el mensaje de Taehyung durante tanto tiempo que mi compañera Mariana tuvo que tocarme el hombro para recordarme que estaba trabajando.
«¿Te gustaría enseñarme esa cafetería antes de que salgamos de México?».
Leí aquella pregunta cinco veces.
Después otras cinco.
Tenía las manos frías y el corazón latiéndome de una manera completamente ridícula.
Dos días antes, aquel hombre había estado sentado dentro de la papelería de mi tía, con una raspadura en la mano después de sufrir un accidente en motocicleta. Habíamos conversado sobre fotografías, jacarandas y lugares bonitos de la ciudad.
Yo había pensado que jamás volvería a verlo.
Y ahora estaba invitándome a tomar café.
No a una entrevista.
No a una actividad oficial.
A tomar café.
Con él.
Tuve que sentarme sobre una caja de refrescos en la pequeña bodega de la cafetería porque me estaban temblando las piernas.
Mi primera reacción fue escribirle inmediatamente que sí.
Pero antes de hacerlo, me detuve.
¿Era realmente una invitación romántica?
Quizá solo quería agradecerme.
Quizá buscaba una persona que conociera la ciudad y pudiera recomendarle lugares.
Quizá estaba siendo amable con una muchacha que lo había ayudado.
No quería imaginar una historia completa basándome en un simple mensaje.
Así que respiré profundamente y le respondí en inglés:
«Me encantaría, pero primero tenemos que asegurarnos de que tu equipo esté de acuerdo. No quiero que vuelvas a meterte en problemas por una aventura en Ciudad de México».
La respuesta llegó casi inmediatamente.
«Esta vez pregunté primero».
Me reí sola.
Después apareció otro mensaje.
«Y prometí no conducir motocicletas».
Solté una carcajada tan fuerte que Mariana abrió la puerta de la bodega.
—¿Qué está pasando contigo?
Guardé el teléfono.
—Nada.
Me miró con desconfianza.
—Valeria, llevas veinte minutos sonriendo como si te hubieras ganado la lotería.
—Es que me escribieron algo bonito.
Mariana cruzó los brazos.
—¿Un muchacho?
Sentí que me ponía roja.
Ella abrió los ojos.
—¡Es un muchacho!
—Mariana, por favor, no empieces.
—Está bien, no voy a preguntar. Pero si mañana apareces casada, quiero invitación.
Me reí.
Si hubiera sabido quién me había escrito, probablemente no me habría dejado trabajar durante el resto del día.
Aquella noche hablé con Andrea.
Nos reunimos en mi habitación, cerramos la puerta y le mostré la conversación.
Mi mejor amiga leyó los mensajes en absoluto silencio.
Eso me preocupó más que si hubiera gritado.
Después dejó el teléfono sobre la cama.
Se levantó.
Caminó hasta la ventana.
Regresó.
Y finalmente me miró.
—Valeria, te voy a hacer una pregunta muy seria.
—Dime.
—¿Tú entiendes que Kim Taehyung te está invitando a salir?
Me cubrí la cara con las manos.
—No sé si me está invitando a salir. Quizá solo quiere conocer la cafetería.
Andrea me observó como si acabara de decir la cosa más absurda del mundo.
—Tiene un equipo entero que puede llevarlo a cualquier cafetería de México. ¿Por qué te está escribiendo personalmente?
No supe qué contestar.
Ella se sentó junto a mí.
—Mira, voy a dejar de gritar un momento.
—Te lo agradecería.
—Esto puede ser precioso, pero también complicado.
Aquella frase me sorprendió.
Andrea era la primera persona que normalmente se emocionaba con cualquier situación relacionada con BTS.
Sin embargo, ahora estaba hablando con una seriedad que rara vez mostraba.
—Él vive en Corea —continuó—. Es famoso en todo el mundo. Tú tienes una vida aquí, una familia, tus estudios y un trabajo. No te confundas solamente porque te gusta desde hace años.
La miré.
—Lo sé.
—Y tampoco permitas que nadie te haga sentir menos por no pertenecer a su mundo.
Aquello me conmovió.
La abracé.
—Gracias.
Andrea me apretó contra ella.
Después se separó y dijo:
—Ahora sí, necesito gritar.
Tuve que taparle la boca con una almohada.
Al día siguiente Taehyung me escribió nuevamente.
Me explicó que su agenda estaba muy ocupada, pero que tendría un espacio libre por la tarde dos días después.
También me comentó que, por seguridad, prefería no organizar una salida improvisada.
Su equipo había recomendado una cafetería pequeña con una zona privada que podía reservarse con anticipación.
No era exactamente el lugar que yo le había recomendado, pero estaba cerca de Paseo de la Reforma y tenía una vista bonita hacia una de las avenidas principales.
Me preguntó si me parecía bien.
Le dije que sí.
Entonces llegó el mensaje que me hizo pasar otra noche sin dormir.
«Quiero conocerte un poco mejor, Valeria. La otra noche hablamos de mi accidente. Esta vez me gustaría hablar de ti».
Lo leí varias veces.
No pude evitar sonreír.
Era una frase sencilla.
Pero, por alguna razón, me pareció más bonita que cualquier declaración exagerada.
La tarde de nuestra cita me cambié de ropa cuatro veces.
Primero elegí un vestido azul.
Después pensé que era demasiado formal.
Me puse pantalones negros y una blusa blanca.
Luego decidí que parecía que iba a una entrevista de trabajo.
Finalmente terminé utilizando un vestido color crema, una chamarra ligera y unos zapatos cómodos.
Me dejé el cabello suelto.
Andrea llegó para ayudarme con el maquillaje.
Mi mamá nos observaba desde la puerta.
—¿Se puede saber por qué están convirtiendo mi casa en un salón de belleza?
Andrea me miró.
Yo miré a Andrea.
Ninguna sabía qué decir.
Finalmente respondí:
—Voy a salir con alguien.
Mi mamá levantó las cejas.
—¿Con alguien que conozco?
—No.
—¿Es mexicano?
Me quedé callada un segundo.
—No.
Mi mamá se cruzó de brazos.
—Valeria, cada respuesta me preocupa más que la anterior.
Andrea soltó una carcajada.
Tuve que explicarle que había conocido a una persona extranjera durante un incidente y que íbamos a tomar café en un lugar público.
No le dije todavía que era Taehyung.
Mi mamá me pidió su nombre, información suficiente para saber dónde estaría y que le avisara al llegar y regresar.
Acepté.
También le expliqué que Andrea tenía la ubicación de mi teléfono.
No era por desconfiar de Taehyung.
Era simplemente una precaución razonable al salir por primera vez con alguien.
Mi mamá finalmente sonrió.
—Bueno, hija. Que te vaya bonito.
Después se acercó y me acomodó un mechón de cabello.
—Y no intentes parecer otra persona para gustarle.
Aquellas palabras se quedaron conmigo.
Porque, de todas las cosas que me preocupaban aquella tarde, la más grande era precisamente esa.
¿Qué podía tener yo de interesante para alguien como él?
No era famosa.
No tenía dinero.
No hablaba coreano con fluidez.
Mi guardarropa cabía dentro de un armario pequeño y mi experiencia viajando fuera de México era prácticamente inexistente.
Él conocía ciudades del mundo entero.
Había estado sobre escenarios enormes.
Trabajaba con artistas que yo admiraba desde una pantalla.
Y yo estaba preocupada porque mis zapatos no combinaban perfectamente con la chamarra.
La diferencia entre nuestras vidas parecía gigantesca.
Pero recordé algo que me había dicho Andrea.
No tenía que competir con su mundo.
Solo necesitaba presentarme como era.
Llegué a la cafetería unos minutos antes.
Una persona del equipo me recibió de manera amable y me condujo a una mesa ubicada en una sección reservada.
El lugar tenía luces cálidas, muebles de madera y ventanas amplias desde las que se veían los automóviles avanzar lentamente por Reforma.
Había flores pequeñas sobre las mesas.
Y una música suave de jazz que me hizo pensar inmediatamente en Taehyung.
Me senté.
Revisé mi cabello en la cámara frontal del teléfono.
Después guardé el celular.
Volví a sacarlo.
Lo guardé otra vez.
Hasta que escuché una voz detrás de mí.
—Valeria.
Me giré.
Y allí estaba.
Llevaba pantalones oscuros, una camisa sencilla y un saco negro. Tenía el cabello ligeramente despeinado y una expresión mucho más relajada que la noche del accidente.
Sonrió.
—Hola.
Me levanté de inmediato.
—Hola.
Durante un segundo ninguno pareció saber qué hacer.
No estábamos en una convención.
No había cámaras.
No había una motocicleta tirada.
Ni un accidente que necesitáramos resolver.
Simplemente éramos dos personas que habían decidido encontrarse.
Taehyung me preguntó si podía abrazarme.
Asentí.
Fue un abrazo breve, cálido y algo torpe por los nervios de ambos.
Después nos sentamos.
—You look beautiful —dijo.
Sentí que me ardía la cara.
—Gracias.
Él sonrió.
—Did I say it correctly?
Me reí.
—Perfectamente.
Pidió café.
Yo elegí un chocolate caliente porque estaba nerviosa y sabía que demasiada cafeína empeoraría las cosas.
Taehyung observó mi taza cuando llegó.
—Chocolate?
Asentí.
—Me encanta.
Sonrió.
—Good choice.
Al principio conversamos sobre cosas sencillas.
Me preguntó cuánto tiempo llevaba trabajando en la cafetería.
Le conté que estudiaba comunicación audiovisual y que estaba ahorrando para mejorar mi equipo fotográfico.
Me preguntó por mi familia.
Le hablé de mi mamá Patricia, de mi tía Estela y de mi papá.
Cuando le expliqué que había fallecido años atrás, Taehyung dejó de sonreír.
—I'm sorry.
Le agradecí.
Después añadió:
—He must be proud of you.
Me quedé callada.
No esperaba escuchar aquellas palabras.
Durante muchos años había sentido que estaba avanzando demasiado despacio.
Veía a antiguos compañeros terminar sus carreras, conseguir trabajos estables y viajar mientras yo todavía intentaba equilibrar los estudios con dos empleos.
Le expliqué que a veces sentía que me estaba quedando atrás.
Taehyung escuchó sin interrumpirme.
Después dijo algo que nunca olvidé.
—Everyone has a different road.
Lo miré.
Continuó, buscando las palabras adecuadas:
—Some people walk fast. Some people need more time. That doesn't mean they are going nowhere.
Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas.
No porque fuera una frase extraordinaria.
Sino porque necesitaba escucharla.
Le confesé que a veces me preocupaba no conseguir nunca dedicarme completamente a lo que amaba.
Taehyung me preguntó qué era lo que más me gustaba fotografiar.
Le respondí que las personas cuando no sabían que estaban siendo observadas por una cámara, aunque siempre buscaba respetar su privacidad y pedir permiso cuando correspondía.
Las expresiones espontáneas.
Las manos de una persona mayor preparando comida.
Una muchacha leyendo en el Metro.
Un niño riéndose con su papá en un parque.
Los pequeños momentos que podían desaparecer sin que nadie los recordara.
Taehyung se quedó pensativo.
Después señaló la ventana.
—Like that?
Seguí su mirada.
Del otro lado del cristal, un señor mayor ayudaba a su esposa a acomodarse una bufanda antes de cruzar la calle.
Era un gesto sencillo.
Pero había una ternura increíble en la manera en que él la miraba.
Sonreí.
—Exactamente así.
Taehyung sacó una pequeña cámara compacta de su bolso y la sostuvo entre las manos.
—Sometimes I like taking pictures of things like that too.
Comenzamos a hablar de fotografía durante casi una hora.
Comparábamos nuestras preferencias.
Él me contó qué tipo de imágenes disfrutaba tomar durante sus viajes.
Yo le hablé de los mercados de Coyoacán, las calles de la Roma y la luz de la tarde sobre los edificios del Centro Histórico.
Cuando nos dimos cuenta, nuestras bebidas se habían enfriado.
Taehyung miró el reloj y pareció decepcionado.
—Time goes fast.
Asentí.
—Demasiado.
Sonrió.
—Especially when the company is good.
Me quedé mirándolo.
—¿Estás intentando coquetear conmigo?
Se echó a reír.
—Maybe.
Por primera vez en toda la tarde, fui yo quien se atrevió a sostenerle la mirada.
—Pues te está saliendo bien.
Se cubrió parcialmente la sonrisa con una mano.
Y en aquel momento comprendí algo.
No estaba sentada frente a una imagen perfecta creada por internet.
Estaba frente a un hombre que también podía ponerse nervioso.
Que tenía una risa contagiosa.
Que se equivocaba buscando palabras en otro idioma.
Y que parecía estar disfrutando tanto aquella conversación como yo.
Cuando llegó el momento de despedirnos, me acompañó hasta la entrada.
Afuera continuaba el movimiento de la ciudad.
Las luces de los automóviles iluminaban el pavimento y una ligera brisa movía las ramas de los árboles.
Taehyung se detuvo junto a mí.
—I have to leave Mexico soon.
Sentí una punzada de tristeza.
—Lo sé.
Miró hacia la avenida.
Después volvió a mirarme.
—I don't want this to be the last time we talk.
Mi corazón comenzó a latir más rápido.
—Yo tampoco.
Se quedó callado unos segundos.
Después preguntó:
—Can I call you when I'm in Korea?
Sonreí.
—Claro.
Él pareció aliviado.
—Even with the time difference?
—Puedo sobrevivir a unas cuantas llamadas nocturnas.
Se rio.
Después me abrazó nuevamente.
Esta vez el abrazo duró un poco más.
Cuando nos separamos, tenía una sonrisa tímida.
—Good night, Valeria.
—Buenas noches, Taehyung.
Lo vi regresar hacia su vehículo.
Antes de entrar, levantó una mano para despedirse.
Yo hice lo mismo.
Y cuando el automóvil se alejó, me quedé mirando la avenida con una sensación que no recordaba haber experimentado nunca.
No sabía si aquello se convertiría en amor.
Ni siquiera sabía si volveríamos a vernos.
Pero por primera vez en muchos años, el futuro me parecía emocionante de una manera completamente nueva.
Esa noche Andrea me recibió en mi habitación como si fuera una periodista esperando una conferencia de prensa.
—Siéntate —ordenó—. Necesito todos los detalles.
Me dejé caer sobre la cama.
Ella se sentó frente a mí.
—¿Te besó?
—No.
—¿Te tomó de la mano?
—No.
—¿Te dijo algo romántico?
Pensé en nuestra conversación.
En la manera en que había escuchado mis planes.
En lo que me había dicho sobre avanzar a nuestro propio ritmo.
Sonreí.
—Sí.
Andrea abrió los ojos.
—¡¿Qué?!
Le conté todo.
Y cuando terminé, mi amiga se quedó observándome.
—Valeria, creo que estás empezando a enamorarte.
Negué rápidamente.
—Lo conozco desde hace unos días.
—No dije que estés enamorada. Dije que estás empezando.
Miré el teléfono.
Había un mensaje nuevo.
Era de Taehyung.
«Llegué bien. Gracias por una tarde muy bonita».
Respondí:
«Yo también la pasé muy bien».
Un minuto después apareció otro mensaje.
«Next time, I want to hear more about your dreams».
Sentí que el corazón se me derretía.
Andrea se inclinó para leer.
Después me miró con una sonrisa enorme.
—Definitivamente estás en problemas.
Y tenía razón.
Porque lo que comenzó como una cita sencilla pronto se convirtió en algo mucho más profundo de lo que cualquiera de los dos había planeado.
Taehyung regresó a Corea del Sur cuatro días después.
Lo supe porque me envió un mensaje desde el aeropuerto antes de abordar.
«Gracias por mostrarme una parte bonita de tu ciudad».
Le respondí que esperaba que pudiera regresar algún día.
Su respuesta apareció cuando yo ya estaba acostada.
«Tengo una razón más para hacerlo».
Me quedé mirando aquella frase durante varios minutos.
No sabía qué responder sin sonar demasiado emocionada.
Finalmente escribí:
«Entonces aquí te espero».
Durante los primeros días después de su partida conversamos mediante mensajes.
No todo el tiempo.
Él tenía ensayos, grabaciones, reuniones y compromisos que yo apenas comprendía. Yo tenía clases, turnos en la cafetería y trabajos de fotografía.
A veces transcurrían varias horas entre un mensaje y otro.
Otras veces él escribía cuando en México todavía era madrugada.
La diferencia de horario se convirtió en nuestro primer desafío.
Una noche recibí una llamada mientras estaba preparando una presentación para la universidad.
Eran casi las once en Ciudad de México.
Contesté y apareció Taehyung en la pantalla.
Estaba sentado en un sofá, con una sudadera gris y el cabello desordenado.
—Hola, Valeria.
Sonreí inmediatamente.
—Hola. ¿Qué hora es allá?
—Afternoon.
Miré el reloj.
—Aquí ya casi es medianoche.
Abrió los ojos.
—Oh! Sorry.
—No te preocupes. Todavía estoy despierta.
Me preguntó qué estaba haciendo.
Le mostré la computadora y le expliqué que tenía que preparar una presentación sobre narrativa visual.
Taehyung pareció interesado.
Me pidió que le enseñara algunas fotografías.
Terminamos hablando durante casi cuarenta minutos.
En algún momento tuve que detenerme porque mi mamá apareció en la puerta.
—Valeria, ¿quieres té?
Me giré rápidamente.
—No, gracias, mamá.
Taehyung escuchó la voz.
—Your mother?
Asentí.
Entonces saludó en español.
—Buenas noches, señora.
Mi mamá se quedó inmóvil.
Miró la pantalla.
Volvió a mirarme.
Después preguntó:
—¿Ese muchacho no es el cantante de tus videos?
Quise desaparecer.
Taehyung comenzó a reírse.
Yo me cubrí el rostro con una mano.
—Mamá, por favor.
Ella se acercó.
—Mucho gusto, joven.
Taehyung se incorporó ligeramente.
—Mucho gusto.
Su pronunciación hizo sonreír a mi mamá.
Hablaron apenas un minuto, con mi ayuda para traducir algunas cosas.
Antes de marcharse, ella dijo:
—No la desvele mucho. Mañana trabaja temprano.
Taehyung asintió solemnemente.
—Yes, ma'am.
Cuando cerró la puerta, los dos comenzamos a reírnos.
—Your mother is nice —dijo.
—Sí, pero ahora me va a interrogar durante tres días.
Taehyung sonrió.
—Sorry.
No estaba realmente arrepentido.
Lo supe por la expresión divertida que tenía.
Aquella llamada fue la primera de muchas.
Comenzamos a conocernos mediante detalles pequeños.
Yo descubrí que Taehyung podía pasar bastante tiempo hablando de una fotografía que le gustaba, que tenía un sentido del humor inesperado y que a veces prefería escuchar música tranquilamente antes que conversar.
Él descubrió que yo hablaba demasiado cuando estaba nerviosa, que siempre olvidaba dónde dejaba las llaves y que tenía la costumbre de fotografiar mi desayuno cuando la luz entraba bonita por la ventana.
También conoció a Yeontan mediante algunas fotografías y recuerdos que Taehyung compartía con cariño.
Cuando hablábamos de animales, yo le contaba historias de los perros que mi mamá había rescatado temporalmente durante mi infancia.
Comenzamos a enviarnos canciones.
Él me recomendaba artistas de jazz y música coreana que yo no conocía.
Yo le enviaba boleros, algunas canciones mexicanas y fotografías de lugares que me recordaban a sus melodías.
Una tarde le mandé una canción antigua que mi papá solía escuchar.
Taehyung me preguntó por qué era especial.
Le expliqué que mi padre la ponía los domingos cuando preparaba el desayuno.
Durante unos minutos hablamos sobre cómo una melodía podía guardar recuerdos que parecían dormidos.
Después me envió una fotografía del cielo desde una ventana.
«Sometimes a song feels like home».
Le respondí:
«Sí. Incluso cuando estamos muy lejos de casa».
Aquella frase terminó convirtiéndose en algo parecido a un secreto entre nosotros.
Cuando uno tenía un día difícil, enviaba al otro una fotografía del cielo.
No necesitábamos explicar demasiado.
Era nuestra forma de decir:
«Estoy aquí».
Pasaron las semanas.
Después los meses.
Y la amistad comenzó a transformarse en algo que ninguno de los dos podía seguir fingiendo que no existía.
La primera vez que hablamos directamente de nuestros sentimientos fue durante una videollamada un domingo por la noche.
Yo acababa de regresar de fotografiar un pequeño evento familiar.
Estaba cansada, con los pies adoloridos y el cabello recogido.
Taehyung me llamó después de terminar unos compromisos.
Conversamos sobre nuestro día.
Después hubo un silencio largo.
No incómodo.
Solo tranquilo.
Hasta que él dijo:
—Valeria, can I ask you something?
—Claro.
Parecía nervioso.
—Do you think about our day in Mexico?
Sonreí.
—Sí. Bastante.
Bajó la mirada.
—Me too.
Después respiró profundamente.
—Sometimes I wish we could go to that café again. Not because I miss Mexico only.
Sentí que se me aceleraba el corazón.
—¿Entonces por qué?
Levantó los ojos hacia la cámara.
—Because I miss you.
Durante varios segundos no conseguí hablar.
Había imaginado escuchar algo parecido, pero cuando finalmente ocurrió me dejó sin palabras.
—Yo también te extraño —respondí.
Taehyung sonrió.
Después preguntó con una seriedad que no le había visto antes:
—Do you think this could become something more?
Miré mi habitación.
Los libros sobre el escritorio.
La cámara usada sobre una repisa.
La fotografía de mi papá junto a la ventana.
Todo aquello era mi vida.
Una vida muy distinta de la suya.
—No lo sé —contesté sinceramente—. Estamos en países diferentes. Apenas hemos podido vernos en persona.
Asintió.
—I know.
—Y tu vida es muy complicada.
Volvió a asentir.
—Very complicated.
Se quedó callado unos segundos.
Después dijo:
—But I would like to try. If you want to.
Lo miré.
No estaba prometiéndome una historia perfecta.
No me estaba diciendo que abandonaría su carrera ni que aparecería mágicamente frente a mi casa al día siguiente.
Simplemente estaba preguntándome si queríamos intentar conocernos de una manera diferente.
Y quizá por eso me pareció tan importante.
—Yo también quiero intentarlo —respondí.
Sonrió.
Una sonrisa inmensa.
Se pasó la mano por el cabello, claramente aliviado.
—Really?
Me reí.
—Sí, de verdad.
Y aquella noche comenzó oficialmente nuestra relación.
Aunque decir «oficialmente» era bastante curioso, porque prácticamente nadie lo sabía.
Solo Andrea y mi mamá estaban al tanto.
Del lado de Taehyung, algunos integrantes de BTS y personas muy cercanas de su equipo conocían la situación.
No lo escondíamos porque sintiéramos vergüenza.
Lo hacíamos porque queríamos descubrir si aquello podía funcionar antes de convertirlo en una conversación mundial.
Y créanme, había muchas razones para tener cuidado.
Durante los siguientes meses, aprendimos que enamorarse a distancia no es tan romántico como muestran las películas.
Había días en que nos extrañábamos terriblemente.
A veces Taehyung terminaba una jornada agotadora cuando yo estaba entrando a trabajar.
Otras yo tenía tiempo para hablar precisamente cuando él necesitaba dormir.
En ocasiones hacíamos planes para llamarnos y después alguno tenía que cancelarlos.
Al principio intentábamos fingir que no nos importaba.
Pero una noche discutimos por primera vez.
Yo llevaba varios días esperando que pudiéramos conversar tranquilamente.
Habíamos acordado una videollamada para el sábado.
Preparé mi cena, terminé una tarea antes de tiempo y me senté frente a la computadora.
Pasó la hora acordada.
Después media hora.
Luego una hora.
Taehyung finalmente me escribió diciendo que había surgido un compromiso inesperado y que no podría llamar.
Le respondí:
«Está bien».
Pero no estaba bien.
Me sentía decepcionada.
Había reorganizado mi día.
Y aunque comprendía que su trabajo tenía exigencias enormes, necesitaba sentir que nuestro tiempo también importaba.
Él lo notó.
Me llamó unas horas después.
—Are you upset?
Al principio dije que no.
Después respiré profundamente.
—Sí, un poco.
Taehyung se quedó escuchando.
Le expliqué que no estaba enojada porque tuviera trabajo.
Estaba triste porque había esperado toda la semana aquel momento y me había enterado del cambio cuando ya llevaba mucho tiempo esperando.
Su expresión cambió.
—I'm sorry.
Le dije que no necesitaba pedir disculpas por trabajar.
Solo quería que nos comunicáramos mejor.
Guardó silencio unos segundos.
Después respondió:
—You're right. I should have told you earlier.
Aquella conversación me hizo sentir más tranquila.
Pero también aprendimos algo.
El cariño no era suficiente si no encontrábamos maneras concretas de cuidarnos.
Comenzamos a organizar mejor nuestras llamadas.
Cuando uno tenía una semana complicada, lo decía con anticipación.
Aprendimos a no interpretar cada mensaje tardío como falta de interés.
Y a hablar cuando algo nos lastimaba, en lugar de acumularlo durante días.
No siempre resultaba perfecto.
Pero nos esforzábamos.
Unos meses después, Taehyung me contó que tendría algunos días libres y quería regresar a México.
Al principio creí que estaba bromeando.
—¿De verdad?
—Yes.
—¿Por trabajo?
Sonrió.
—Partly.
Levanté una ceja.
—¿Y la otra parte?
—You.
Sentí que el corazón se me iba a salir del pecho.
Cuando Andrea se enteró, casi tiró una taza de café.
—Valeria, ese hombre va a cruzar medio mundo para verte.
—También tiene compromisos relacionados con su carrera —aclaré.
Mi amiga me miró.
—Déjame emocionarme cinco minutos.
Aquella segunda visita fue completamente diferente de la primera.
No hubo accidentes.
No hubo motocicletas.
Y tampoco hubo encuentros improvisados en la calle.
Todo se organizó con anticipación.
Taehyung se hospedó en un lugar donde podía tener privacidad, y acordamos encontrarnos en espacios tranquilos, siempre respetando las medidas necesarias para evitar situaciones incómodas.
No quería que alguien terminara persiguiéndonos por conseguir una fotografía.
El primer día fuimos a cenar.
Llevaba semanas pensando en cómo sería volver a verlo.
Había hablado con él tantas veces mediante una pantalla que, cuando apareció frente a mí, sentí una emoción extraña.
Era familiar y nuevo al mismo tiempo.
Me miró.
Sonrió.
Y abrió los brazos.
Caminé hacia él casi sin pensar.
Nos abrazamos durante mucho tiempo.
—Te extrañé —le dije.
Apoyó suavemente su mejilla sobre mi cabello.
—Me too.
Cuando nos separamos, levantó una mano y me acomodó un mechón detrás de la oreja.
Me miró de una manera que hizo desaparecer todas las preguntas que había estado acumulando.
—You're really here —murmuró.
Me reí.
—Tú también.
Aquella noche caminamos por un patio privado lleno de plantas, conversamos durante horas y compartimos historias que nunca habíamos tenido oportunidad de contar en persona.
Me habló de sus amigos, de sus responsabilidades y de lo difícil que podía ser encontrar momentos de verdadera tranquilidad.
Yo le conté que había comenzado a recibir más trabajos de fotografía.
Había conseguido comprar un lente nuevo con mis ahorros.
También estaba cerca de terminar una etapa importante de mis estudios.
Taehyung parecía genuinamente orgulloso.
—You did it.
Sonreí.
—Todavía me falta mucho.
—But you did this.
Me tomó suavemente la mano.
Y por primera vez nuestros dedos permanecieron entrelazados.
No recuerdo quién dio el primer paso.
Solo recuerdo que ambos miramos nuestras manos y comenzamos a sonreír.
Más tarde, cuando nos despedíamos junto a una puerta, Taehyung se quedó observándome.
—Valeria…
—¿Sí?
Se acercó ligeramente.
—Can I kiss you?
Sentí que el tiempo se detenía.
Asentí.
Fue un beso suave.
Breve al principio.
Un beso que parecía contener todos los mensajes, las llamadas nocturnas y los meses que habíamos pasado extrañándonos.
Cuando nos separamos, apoyó su frente contra la mía.
Ambos nos reímos nerviosamente.
—Finally —murmuró.
Yo también lo había pensado.
Finalmente.
Durante aquella visita compartimos momentos que no parecían extraordinarios para otras personas, pero que para nosotros significaban muchísimo.
Desayunamos juntos.
Vimos una película.
Caminamos por un jardín tranquilo.
Le enseñé algunas expresiones mexicanas y él intentó enseñarme frases en coreano.
Descubrimos que teníamos gustos diferentes en comida, pero que ambos disfrutábamos sentarnos a escuchar música sin hablar demasiado.
Una noche preparamos chocolate caliente.
Taehyung insistió en ayudarme.
Terminó derramando un poco sobre la mesa.
Se quedó mirando el desastre.
—I'm sorry.
Le entregué un trapo.
—Felicidades. Ya eres oficialmente parte de una cocina mexicana.
Se echó a reír.
Después me besó en la frente.
Aquellas pequeñas cosas hicieron que comenzara a enamorarme de una manera mucho más profunda.
Ya no era solamente emoción por conversar con alguien a quien había admirado durante años.
Estaba conociendo sus defectos.
Sus días malos.
Su cansancio.
La manera en que necesitaba espacio para pensar algunas veces.
Y también su lado más atento, divertido y cariñoso.
Descubrí que podíamos discutir sin intentar lastimarnos.
Que podíamos guardar silencio sin sentirnos incómodos.
Y que, aunque veníamos de lugares completamente diferentes, compartíamos algo esencial.
Ambos queríamos una vida donde el trabajo fuera importante, pero no lo único que existiera.
Antes de regresar a Corea, Taehyung me hizo una pregunta.
Estábamos sentados junto a una ventana, observando la ciudad iluminada.
—Would you ever visit Seoul?
Lo miré.
—Me encantaría conocer Corea.
—Not just as a tourist.
Sentí que el corazón se me aceleraba.
—¿Qué quieres decir?
Parecía estar eligiendo las palabras.
—I want you to see my world too.
Me quedé callada.
Durante meses él había conocido partes de mi vida.
Mi ciudad.
Mis fotografías.
Mis historias familiares.
Pero yo todavía no había visto el lugar donde vivía, trabajaba y pasaba sus días.
—Me gustaría —respondí—. Pero necesito organizar mis estudios y ahorrar.
Taehyung asintió.
—I understand.
Después agregó:
—I can help with the trip.
Lo miré seriamente.
—Quiero que entiendas algo.
Su expresión cambió.
—What?
—Me gusta estar contigo. Muchísimo. Pero no quiero sentir que mi vida depende de lo que tú puedas pagar.
Se quedó escuchando.
Le expliqué que necesitaba terminar mis compromisos y seguir construyendo mi carrera.
No quería abandonar todo por una historia romántica, por bonita que fuera.
Taehyung guardó silencio durante unos segundos.
Después tomó mi mano.
—That's one of the things I like about you.
Sonreí.
—¿Que soy complicada?
Se echó a reír.
—That you know what matters to you.
Aquella noche acordamos algo.
Yo viajaría a Corea cuando pudiera hacerlo sin abandonar mis responsabilidades.
Y él respetaría mi ritmo.
No intentaríamos construir una vida juntos mediante sacrificios que después terminaríamos reprochándonos.
Al despedirnos en aquella visita lloré.
No pude evitarlo.
Sabía que volveríamos a pasar meses separados.
Taehyung me abrazó.
—We'll see each other again.
Asentí.
—I know.
Después me miró.
—Promise me something.
—¿Qué cosa?
—Don't stop taking pictures.
Sonreí entre lágrimas.
—Te lo prometo.
Él me dio un último beso.
Y volvió a marcharse.
Esta vez no me quedé preguntándome si volvería a escribir.
Sabía que lo haría.
Pero todavía no conocía la parte más difícil de nuestra historia.
Porque hasta entonces habíamos logrado mantener nuestra relación lejos de la atención pública.
Y eso estaba a punto de cambiar.
La primera fotografía apareció en internet tres semanas después de que Taehyung regresara a Corea.
Era una imagen borrosa, tomada desde lejos, donde se nos veía saliendo de un restaurante en Ciudad de México.
Yo llevaba el vestido color crema de nuestra primera cita.
Él aparecía con un saco oscuro.
No estábamos besándonos ni abrazándonos.
Simplemente caminábamos uno junto al otro.
Pero alguien había reconocido a Taehyung.
Una cuenta de entretenimiento publicó la imagen con una pregunta:
«¿Quién es la misteriosa mexicana que acompañó a V durante su visita?».
En pocas horas comenzaron las especulaciones.
Algunas personas dijeron que yo era una empleada del restaurante.
Otras pensaron que era una intérprete.
Alguien aseguró que formaba parte de una empresa encargada de organizar actividades turísticas.
Intenté no preocuparme.
Hasta que apareció otra fotografía.
Esta vez era de la papelería de mi tía.
Alguien había encontrado publicaciones antiguas donde yo aparecía ayudando en Dulce Papel.
También descubrieron mi nombre.
Y poco después comenzaron a llegar mensajes a mis redes sociales.
Algunos eran amables.
Me preguntaban si realmente conocía a Taehyung.
Otros me felicitaban por las fotografías que publicaba.
Pero había mensajes bastante desagradables.
Personas que decían que seguramente estaba utilizando al artista para volverme famosa.
Otras aseguraban que había planeado el accidente de la motocicleta para acercarme a él.
Aquello era tan absurdo que al principio me dio risa.
Después dejó de parecer gracioso.
Una mañana llegué a la papelería y encontré a mi tía nerviosa.
—Valeria, hay dos muchachas afuera preguntando por ti.
Me acerqué a la ventana.
Había un pequeño grupo de personas tomando fotografías del local.
No eran muchas.
Pero suficientes para incomodar a mi tía y a los clientes.
Sentí un miedo enorme.
Nunca había pensado que una relación privada pudiera afectar a otras personas de esa manera.
Llamé a Taehyung.
Contestó apenas pudo.
Le expliqué lo que estaba ocurriendo.
Su expresión se llenó de preocupación.
—I'm sorry, Valeria.
Negué con la cabeza.
—No quiero que te disculpes por algo que no hiciste.
—But this is happening because of me.
Respiré profundamente.
—Está pasando porque algunas personas creen que tienen derecho a investigar toda la vida privada de alguien.
Taehyung guardó silencio.
Después dijo:
—I don't want you to get hurt.
Le expliqué que me preocupaba principalmente mi familia.
Mi tía dependía de su negocio.
Mi mamá trabajaba en una escuela.
No quería que personas desconocidas comenzaran a presentarse en sus lugares de trabajo.
Taehyung se tomó el asunto muy en serio.
Su equipo buscó una manera de solicitar respeto por la privacidad sin confirmar detalles innecesarios de nuestra relación.
También nos orientaron sobre cómo documentar mensajes amenazantes y evitar difundir información personal.
Yo cerré temporalmente algunas de mis redes.
Durante varios días dejé de publicar fotografías.
Y me dolió.
Porque la fotografía era mi pasión.
Mi proyecto.
La parte de mi vida que había construido mucho antes de conocerlo.
Una noche me quedé mirando mi cuenta profesional.
Tenía imágenes de mercados, calles, retratos y pequeños negocios.
Había dedicado años a conseguir aquellos trabajos.
Y ahora los comentarios hablaban casi exclusivamente de Taehyung.
Me sentí invisible dentro de mi propia vida.
Cuando él me llamó, no pude evitar llorar.
—No sé si puedo hacer esto —le confesé.
Taehyung se quedó completamente serio.
—What do you mean?
—No sé si puedo vivir sintiendo que todo lo que hago será analizado porque estoy contigo.
No respondió inmediatamente.
Le expliqué que estaba enamorándome de él, pero que también tenía miedo de perder la tranquilidad.
Había personas fotografiando la tienda.
Desconocidos investigando mi familia.
Rumores que convertían cualquier movimiento en una historia inventada.
—Yo no elegí ser famosa —le dije—. Y no quiero convertirme en alguien que necesita esconderse para comprar pan.
Taehyung bajó la mirada.
Durante unos segundos pensé que se había enojado.
Pero cuando habló, su voz sonaba triste.
—I've been afraid of this.
Lo miré.
Continuó:
—I wanted to know you without bringing all of this into your life.
Sentí que se me rompía el corazón.
Porque comprendí que había estado intentando protegerme desde el principio.
No por vergüenza.
No porque quisiera ocultarme.
Sino porque conocía mucho mejor que yo las consecuencias de vivir bajo una atención constante.
Aquella noche no resolvimos todo.
Necesitábamos pensar.
Durante algunos días hablamos menos.
No porque hubiéramos dejado de querernos, sino porque ambos estábamos intentando comprender si nuestra relación podía sostenerse sin exigir que uno de los dos renunciara a su identidad.
Andrea estuvo conmigo durante aquellos días.
Una tarde salimos a caminar por el Parque de los Venados.
Le expliqué mis dudas.
Mi mejor amiga me escuchó.
Después dijo:
—Valeria, puedes querer mucho a alguien y aun así necesitar límites.
Asentí.
—Pero tengo miedo de que piense que no lo quiero suficiente.
Andrea me miró.
—El amor no debería medirse por cuánto puedes soportar antes de dejar de ser tú misma.
Aquella frase me hizo pensar.
No necesitaba decidir entre Taehyung y mi carrera.
Pero sí necesitábamos encontrar una manera de que ambas partes de mi vida pudieran existir.
Esa noche le escribí.
Le pedí que habláramos.
Aceptó inmediatamente.
Durante la videollamada le expliqué que quería continuar nuestra relación.
Que lo extrañaba.
Que estaba enamorada de él.
Pero que necesitaba seguir trabajando, estudiando y viviendo sin sentir que mi existencia estaba completamente determinada por la suya.
Taehyung me escuchó en silencio.
Después dijo:
—That's what I want too.
Me sorprendió.
—I don't want you to become just someone's girlfriend.
Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas.
Continuó:
—I want you to be Valeria. The girl who takes beautiful pictures. The girl who helped two idiots with a motorcycle.
Me reí entre lágrimas.
—Definitivamente eran dos idiotas.
Taehyung comenzó a reírse también.
Después se puso serio.
—I love you, Valeria.
Fue la primera vez que lo dijo.
No hubo música de fondo.
Ni una puesta de sol espectacular.
Ni un escenario preparado.
Solo una videollamada entre México y Corea del Sur.
Yo estaba sentada en mi habitación, con una camiseta vieja y los ojos llenos de lágrimas.
Pero jamás había escuchado algo tan hermoso.
—Yo también te amo, Taehyung.
Sonrió.
Y durante varios segundos ninguno dijo nada.
No necesitábamos hacerlo.
Después de aquella conversación comenzamos a organizar las cosas de manera diferente.
Yo recuperé gradualmente mi actividad profesional, ajustando la privacidad de mi información personal.
Taehyung respetó que no quisiera publicar detalles de mi familia ni del negocio de mi tía.
También hablamos de la posibilidad de reconocernos públicamente algún día, cuando ambos estuviéramos preparados, sin convertir nuestra relación en contenido promocional.
No desaparecieron todos los rumores.
Pero aprendimos a no vivir pendientes de ellos.
Meses después conseguí algo que llevaba mucho tiempo deseando.
Una pequeña exposición fotográfica colectiva en Ciudad de México.
Había enviado varios trabajos a una convocatoria para artistas emergentes.
Seleccionaron tres de mis fotografías.
Una mostraba a un vendedor de flores acomodando su puesto al amanecer.
Otra retrataba las jacarandas caídas sobre una banqueta después de la lluvia.
La tercera era la fotografía de mi mamá leyendo junto a la ventana.
Cuando recibí la noticia, lloré de felicidad.
Llamé a mi mamá.
Después a Andrea.
Y finalmente a Taehyung.
Él contestó desde un estudio de grabación.
—Valeria!
Le mostré el correo.
Leyó lentamente.
Después abrió los ojos.
—You got it?
Asentí.
Sonrió de una manera que me hizo reír.
—I'm so proud of you!
Me preguntó cuándo sería la exposición.
Le di la fecha.
Pareció pensativo.
—I'll see what I can do.
No quise hacerme ilusiones.
Sabía que tenía compromisos.
Pero el día de la inauguración, cuando estaba conversando con uno de los organizadores, recibí un mensaje.
«Look behind you».
Me giré.
Y allí estaba.
No dentro de un sueño.
No en una pantalla.
Taehyung estaba a unos metros, vestido de manera sencilla, acompañado discretamente por personal de su equipo.
Me llevé las manos a la boca.
Él sonrió.
Caminé hacia él.
Lo abracé.
—¿Qué haces aquí?
Se rio.
—I didn't want to miss your first exhibition.
Comencé a llorar.
Taehyung me sostuvo suavemente.
—Hey, don't cry.
—Son lágrimas felices.
Sonrió.
—Good.
Después caminamos por la exposición.
Observó mis fotografías sin prisas.
Se detuvo especialmente frente a la imagen de mi mamá.
La misma que le había mostrado durante nuestra primera conversación en Dulce Papel.
—This one —dijo—. I remember.
Asentí.
Me tomó de la mano.
—You kept your promise.
Lo miré.
—¿Cuál?
—You didn't stop taking pictures.
Sentí que se me llenaban otra vez los ojos de lágrimas.
Aquella noche conoció formalmente a mi mamá y a mi tía Estela.
Mi mamá estaba tan nerviosa que comenzó a explicarle, con mi ayuda, cómo preparaba los chilaquiles.
Taehyung escuchaba muy atento.
Mi tía, en cambio, fue directa.
—Muchacho, ¿tú eres el que compró la libreta azul?
Él sonrió inmediatamente.
—Yes.
—Pues qué bueno que te gustó, porque todavía tenemos más.
Todos comenzamos a reírnos.
Andrea apareció unos minutos después.
Se quedó mirando a Taehyung con una expresión tan seria que me preocupé.
Finalmente le dijo en inglés:
—Please take care of my best friend.
Taehyung respondió sin bromear:
—I will do my best.
Andrea asintió.
Después se acercó a mí y susurró:
—Ahora sí puedo morir tranquila.
Tuve que contener la risa.
Aquella noche fue una de las más felices de mi vida.
No porque Taehyung hubiera aparecido.
Aunque su presencia significó muchísimo.
Sino porque las distintas partes de mi mundo comenzaron a encontrarse sin que yo tuviera que esconder ninguna.
Él conoció a mi familia.
Vio mi trabajo.
Conversó con mis amigos.
Y no intentó convertirse en el centro de la celebración.
Estaba allí para acompañarme.
Como mi pareja.
No como una estrella a la que todos debían atender.
Cuando la exposición terminó, salimos a una terraza tranquila.
La ciudad brillaba a lo lejos.
Taehyung tomó mi mano.
—Valeria, I think it's time you came to Seoul.
Lo miré.
Habíamos hablado muchas veces sobre aquella posibilidad.
Pero ahora las circunstancias eran diferentes.
Yo había avanzado considerablemente con mis estudios.
Tenía un pequeño portafolio de clientes.
Y había conseguido ahorrar dinero para un viaje.
Sonreí.
—Creo que ahora sí puedo hacerlo.
Sus ojos se iluminaron.
—Really?
Asentí.
Me abrazó.
Y por primera vez imaginé seriamente cómo sería caminar por las calles de Seúl con él.
Conocer el lugar donde había crecido.
Escuchar su idioma a mi alrededor.
Descubrir una parte de su vida que hasta entonces solamente había visto mediante videollamadas.
No sabía que aquel viaje terminaría convirtiéndose en el momento más importante de nuestra relación.
Dos meses después tenía mi pasaporte, los boletos y una maleta abierta sobre la cama.
Mi mamá me había preparado una bolsa con pequeños regalos mexicanos.
Mi tía Estela insistió en enviarme una libreta artesanal para Taehyung.
Andrea me acompañó al aeropuerto.
Antes de entrar a la zona de salidas me abrazó tan fuerte que casi no podía respirar.
—¿Te das cuenta de todo lo que ha pasado desde aquella noche?
Sonreí.
—Todavía no.
Mi amiga me miró emocionada.
—Conociste a un muchacho porque se perdió en Ciudad de México. Ahora estás viajando al otro lado del mundo para verlo.
Bajé la mirada hacia mi maleta.
Tenía razón.
Pero para mí aquella historia ya no trataba solamente de una coincidencia increíble.
Trataba de dos personas que habían decidido conocerse más allá de sus diferencias.
De llamadas realizadas a horas imposibles.
De conversaciones difíciles.
De aprender a respetar los sueños del otro.
Y de descubrir que el amor no tiene por qué pedirnos que dejemos de ser quienes somos.
Cuando el avión despegó, observé las luces de Ciudad de México desaparecer lentamente entre las nubes.
Pensé en mi papá.
En mi mamá.
En las calles donde había crecido.
En mi vieja cámara.
Y en la muchacha que había salido cansada de trabajar aquella noche de lluvia, sin imaginar que su vida estaba a punto de cambiar.
Muchas horas después aterricé en Corea del Sur.
Mientras esperaba mi equipaje, encendí el teléfono.
Había un mensaje de Taehyung.
«Welcome to Korea, my love».
Sonreí.
Después apareció otro.
«I have something very special planned for you».
Sentí una mezcla de emoción y nervios.
Le pregunté qué era.
Su respuesta llegó unos segundos después.
«You'll see. This time, I want to show you the place I call home».
No sabía qué me esperaba en Seúl.
No sabía cómo sería conocer más de cerca a los demás integrantes de BTS, compartir tiempo con las personas importantes para él o comenzar a imaginar un futuro en el que nuestros dos países formaran parte de una misma familia.
Y mucho menos imaginaba que, durante aquel viaje, Taehyung tomaría una decisión que cambiaría nuestra vida para siempre.
Porque nuestra historia todavía no había llegado a su momento más hermoso.
En realidad, lo que comenzó con una motocicleta caída bajo la lluvia estaba a punto de convertirse en una promesa para toda la vida.
Continuará en la Parte 3: Una promesa entre México y Corea — La boda, nuestros hijos y el hogar que construimos juntos.
Fanfic romántico de ficción inspirado en BTS. Las situaciones, relaciones y conversaciones de esta historia son imaginarias.
Me quedé mirando el mensaje de Taehyung durante tanto tiempo que mi compañera Mariana tuvo que tocarme el hombro para recordarme que estaba trabajando.
«¿Te gustaría enseñarme esa cafetería antes de que salgamos de México?».
Leí aquella pregunta cinco veces.
Después otras cinco.
Tenía las manos frías y el corazón latiéndome de una manera completamente ridícula.
Dos días antes, aquel hombre había estado sentado dentro de la papelería de mi tía, con una raspadura en la mano después de sufrir un accidente en motocicleta. Habíamos conversado sobre fotografías, jacarandas y lugares bonitos de la ciudad.
Yo había pensado que jamás volvería a verlo.
Y ahora estaba invitándome a tomar café.
No a una entrevista.
No a una actividad oficial.
A tomar café.
Con él.
Tuve que sentarme sobre una caja de refrescos en la pequeña bodega de la cafetería porque me estaban temblando las piernas.
Mi primera reacción fue escribirle inmediatamente que sí.
Pero antes de hacerlo, me detuve.
¿Era realmente una invitación romántica?
Quizá solo quería agradecerme.
Quizá buscaba una persona que conociera la ciudad y pudiera recomendarle lugares.
Quizá estaba siendo amable con una muchacha que lo había ayudado.
No quería imaginar una historia completa basándome en un simple mensaje.
Así que respiré profundamente y le respondí en inglés:
«Me encantaría, pero primero tenemos que asegurarnos de que tu equipo esté de acuerdo. No quiero que vuelvas a meterte en problemas por una aventura en Ciudad de México».
La respuesta llegó casi inmediatamente.
«Esta vez pregunté primero».
Me reí sola.
Después apareció otro mensaje.
«Y prometí no conducir motocicletas».
Solté una carcajada tan fuerte que Mariana abrió la puerta de la bodega.
—¿Qué está pasando contigo?
Guardé el teléfono.
—Nada.
Me miró con desconfianza.
—Valeria, llevas veinte minutos sonriendo como si te hubieras ganado la lotería.
—Es que me escribieron algo bonito.
Mariana cruzó los brazos.
—¿Un muchacho?
Sentí que me ponía roja.
Ella abrió los ojos.
—¡Es un muchacho!
—Mariana, por favor, no empieces.
—Está bien, no voy a preguntar. Pero si mañana apareces casada, quiero invitación.
Me reí.
Si hubiera sabido quién me había escrito, probablemente no me habría dejado trabajar durante el resto del día.
Aquella noche hablé con Andrea.
Nos reunimos en mi habitación, cerramos la puerta y le mostré la conversación.
Mi mejor amiga leyó los mensajes en absoluto silencio.
Eso me preocupó más que si hubiera gritado.
Después dejó el teléfono sobre la cama.
Se levantó.
Caminó hasta la ventana.
Regresó.
Y finalmente me miró.
—Valeria, te voy a hacer una pregunta muy seria.
—Dime.
—¿Tú entiendes que Kim Taehyung te está invitando a salir?
Me cubrí la cara con las manos.
—No sé si me está invitando a salir. Quizá solo quiere conocer la cafetería.
Andrea me observó como si acabara de decir la cosa más absurda del mundo.
—Tiene un equipo entero que puede llevarlo a cualquier cafetería de México. ¿Por qué te está escribiendo personalmente?
No supe qué contestar.
Ella se sentó junto a mí.
—Mira, voy a dejar de gritar un momento.
—Te lo agradecería.
—Esto puede ser precioso, pero también complicado.
Aquella frase me sorprendió.
Andrea era la primera persona que normalmente se emocionaba con cualquier situación relacionada con BTS.
Sin embargo, ahora estaba hablando con una seriedad que rara vez mostraba.
—Él vive en Corea —continuó—. Es famoso en todo el mundo. Tú tienes una vida aquí, una familia, tus estudios y un trabajo. No te confundas solamente porque te gusta desde hace años.
La miré.
—Lo sé.
—Y tampoco permitas que nadie te haga sentir menos por no pertenecer a su mundo.
Aquello me conmovió.
La abracé.
—Gracias.
Andrea me apretó contra ella.
Después se separó y dijo:
—Ahora sí, necesito gritar.
Tuve que taparle la boca con una almohada.
Al día siguiente Taehyung me escribió nuevamente.
Me explicó que su agenda estaba muy ocupada, pero que tendría un espacio libre por la tarde dos días después.
También me comentó que, por seguridad, prefería no organizar una salida improvisada.
Su equipo había recomendado una cafetería pequeña con una zona privada que podía reservarse con anticipación.
No era exactamente el lugar que yo le había recomendado, pero estaba cerca de Paseo de la Reforma y tenía una vista bonita hacia una de las avenidas principales.
Me preguntó si me parecía bien.
Le dije que sí.
Entonces llegó el mensaje que me hizo pasar otra noche sin dormir.
«Quiero conocerte un poco mejor, Valeria. La otra noche hablamos de mi accidente. Esta vez me gustaría hablar de ti».
Lo leí varias veces.
No pude evitar sonreír.
Era una frase sencilla.
Pero, por alguna razón, me pareció más bonita que cualquier declaración exagerada.
La tarde de nuestra cita me cambié de ropa cuatro veces.
Primero elegí un vestido azul.
Después pensé que era demasiado formal.
Me puse pantalones negros y una blusa blanca.
Luego decidí que parecía que iba a una entrevista de trabajo.
Finalmente terminé utilizando un vestido color crema, una chamarra ligera y unos zapatos cómodos.
Me dejé el cabello suelto.
Andrea llegó para ayudarme con el maquillaje.
Mi mamá nos observaba desde la puerta.
—¿Se puede saber por qué están convirtiendo mi casa en un salón de belleza?
Andrea me miró.
Yo miré a Andrea.
Ninguna sabía qué decir.
Finalmente respondí:
—Voy a salir con alguien.
Mi mamá levantó las cejas.
—¿Con alguien que conozco?
—No.
—¿Es mexicano?
Me quedé callada un segundo.
—No.
Mi mamá se cruzó de brazos.
—Valeria, cada respuesta me preocupa más que la anterior.
Andrea soltó una carcajada.
Tuve que explicarle que había conocido a una persona extranjera durante un incidente y que íbamos a tomar café en un lugar público.
No le dije todavía que era Taehyung.
Mi mamá me pidió su nombre, información suficiente para saber dónde estaría y que le avisara al llegar y regresar.
Acepté.
También le expliqué que Andrea tenía la ubicación de mi teléfono.
No era por desconfiar de Taehyung.
Era simplemente una precaución razonable al salir por primera vez con alguien.
Mi mamá finalmente sonrió.
—Bueno, hija. Que te vaya bonito.
Después se acercó y me acomodó un mechón de cabello.
—Y no intentes parecer otra persona para gustarle.
Aquellas palabras se quedaron conmigo.
Porque, de todas las cosas que me preocupaban aquella tarde, la más grande era precisamente esa.
¿Qué podía tener yo de interesante para alguien como él?
No era famosa.
No tenía dinero.
No hablaba coreano con fluidez.
Mi guardarropa cabía dentro de un armario pequeño y mi experiencia viajando fuera de México era prácticamente inexistente.
Él conocía ciudades del mundo entero.
Había estado sobre escenarios enormes.
Trabajaba con artistas que yo admiraba desde una pantalla.
Y yo estaba preocupada porque mis zapatos no combinaban perfectamente con la chamarra.
La diferencia entre nuestras vidas parecía gigantesca.
Pero recordé algo que me había dicho Andrea.
No tenía que competir con su mundo.
Solo necesitaba presentarme como era.
Llegué a la cafetería unos minutos antes.
Una persona del equipo me recibió de manera amable y me condujo a una mesa ubicada en una sección reservada.
El lugar tenía luces cálidas, muebles de madera y ventanas amplias desde las que se veían los automóviles avanzar lentamente por Reforma.
Había flores pequeñas sobre las mesas.
Y una música suave de jazz que me hizo pensar inmediatamente en Taehyung.
Me senté.
Revisé mi cabello en la cámara frontal del teléfono.
Después guardé el celular.
Volví a sacarlo.
Lo guardé otra vez.
Hasta que escuché una voz detrás de mí.
—Valeria.
Me giré.
Y allí estaba.
Llevaba pantalones oscuros, una camisa sencilla y un saco negro. Tenía el cabello ligeramente despeinado y una expresión mucho más relajada que la noche del accidente.
Sonrió.
—Hola.
Me levanté de inmediato.
—Hola.
Durante un segundo ninguno pareció saber qué hacer.
No estábamos en una convención.
No había cámaras.
No había una motocicleta tirada.
Ni un accidente que necesitáramos resolver.
Simplemente éramos dos personas que habían decidido encontrarse.
Taehyung me preguntó si podía abrazarme.
Asentí.
Fue un abrazo breve, cálido y algo torpe por los nervios de ambos.
Después nos sentamos.
—You look beautiful —dijo.
Sentí que me ardía la cara.
—Gracias.
Él sonrió.
—Did I say it correctly?
Me reí.
—Perfectamente.
Pidió café.
Yo elegí un chocolate caliente porque estaba nerviosa y sabía que demasiada cafeína empeoraría las cosas.
Taehyung observó mi taza cuando llegó.
—Chocolate?
Asentí.
—Me encanta.
Sonrió.
—Good choice.
Al principio conversamos sobre cosas sencillas.
Me preguntó cuánto tiempo llevaba trabajando en la cafetería.
Le conté que estudiaba comunicación audiovisual y que estaba ahorrando para mejorar mi equipo fotográfico.
Me preguntó por mi familia.
Le hablé de mi mamá Patricia, de mi tía Estela y de mi papá.
Cuando le expliqué que había fallecido años atrás, Taehyung dejó de sonreír.
—I'm sorry.
Le agradecí.
Después añadió:
—He must be proud of you.
Me quedé callada.
No esperaba escuchar aquellas palabras.
Durante muchos años había sentido que estaba avanzando demasiado despacio.
Veía a antiguos compañeros terminar sus carreras, conseguir trabajos estables y viajar mientras yo todavía intentaba equilibrar los estudios con dos empleos.
Le expliqué que a veces sentía que me estaba quedando atrás.
Taehyung escuchó sin interrumpirme.
Después dijo algo que nunca olvidé.
—Everyone has a different road.
Lo miré.
Continuó, buscando las palabras adecuadas:
—Some people walk fast. Some people need more time. That doesn't mean they are going nowhere.
Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas.
No porque fuera una frase extraordinaria.
Sino porque necesitaba escucharla.
Le confesé que a veces me preocupaba no conseguir nunca dedicarme completamente a lo que amaba.
Taehyung me preguntó qué era lo que más me gustaba fotografiar.
Le respondí que las personas cuando no sabían que estaban siendo observadas por una cámara, aunque siempre buscaba respetar su privacidad y pedir permiso cuando correspondía.
Las expresiones espontáneas.
Las manos de una persona mayor preparando comida.
Una muchacha leyendo en el Metro.
Un niño riéndose con su papá en un parque.
Los pequeños momentos que podían desaparecer sin que nadie los recordara.
Taehyung se quedó pensativo.
Después señaló la ventana.
—Like that?
Seguí su mirada.
Del otro lado del cristal, un señor mayor ayudaba a su esposa a acomodarse una bufanda antes de cruzar la calle.
Era un gesto sencillo.
Pero había una ternura increíble en la manera en que él la miraba.
Sonreí.
—Exactamente así.
Taehyung sacó una pequeña cámara compacta de su bolso y la sostuvo entre las manos.
—Sometimes I like taking pictures of things like that too.
Comenzamos a hablar de fotografía durante casi una hora.
Comparábamos nuestras preferencias.
Él me contó qué tipo de imágenes disfrutaba tomar durante sus viajes.
Yo le hablé de los mercados de Coyoacán, las calles de la Roma y la luz de la tarde sobre los edificios del Centro Histórico.
Cuando nos dimos cuenta, nuestras bebidas se habían enfriado.
Taehyung miró el reloj y pareció decepcionado.
—Time goes fast.
Asentí.
—Demasiado.
Sonrió.
—Especially when the company is good.
Me quedé mirándolo.
—¿Estás intentando coquetear conmigo?
Se echó a reír.
—Maybe.
Por primera vez en toda la tarde, fui yo quien se atrevió a sostenerle la mirada.
—Pues te está saliendo bien.
Se cubrió parcialmente la sonrisa con una mano.
Y en aquel momento comprendí algo.
No estaba sentada frente a una imagen perfecta creada por internet.
Estaba frente a un hombre que también podía ponerse nervioso.
Que tenía una risa contagiosa.
Que se equivocaba buscando palabras en otro idioma.
Y que parecía estar disfrutando tanto aquella conversación como yo.
Cuando llegó el momento de despedirnos, me acompañó hasta la entrada.
Afuera continuaba el movimiento de la ciudad.
Las luces de los automóviles iluminaban el pavimento y una ligera brisa movía las ramas de los árboles.
Taehyung se detuvo junto a mí.
—I have to leave Mexico soon.
Sentí una punzada de tristeza.
—Lo sé.
Miró hacia la avenida.
Después volvió a mirarme.
—I don't want this to be the last time we talk.
Mi corazón comenzó a latir más rápido.
—Yo tampoco.
Se quedó callado unos segundos.
Después preguntó:
—Can I call you when I'm in Korea?
Sonreí.
—Claro.
Él pareció aliviado.
—Even with the time difference?
—Puedo sobrevivir a unas cuantas llamadas nocturnas.
Se rio.
Después me abrazó nuevamente.
Esta vez el abrazo duró un poco más.
Cuando nos separamos, tenía una sonrisa tímida.
—Good night, Valeria.
—Buenas noches, Taehyung.
Lo vi regresar hacia su vehículo.
Antes de entrar, levantó una mano para despedirse.
Yo hice lo mismo.
Y cuando el automóvil se alejó, me quedé mirando la avenida con una sensación que no recordaba haber experimentado nunca.
No sabía si aquello se convertiría en amor.
Ni siquiera sabía si volveríamos a vernos.
Pero por primera vez en muchos años, el futuro me parecía emocionante de una manera completamente nueva.
Esa noche Andrea me recibió en mi habitación como si fuera una periodista esperando una conferencia de prensa.
—Siéntate —ordenó—. Necesito todos los detalles.
Me dejé caer sobre la cama.
Ella se sentó frente a mí.
—¿Te besó?
—No.
—¿Te tomó de la mano?
—No.
—¿Te dijo algo romántico?
Pensé en nuestra conversación.
En la manera en que había escuchado mis planes.
En lo que me había dicho sobre avanzar a nuestro propio ritmo.
Sonreí.
—Sí.
Andrea abrió los ojos.
—¡¿Qué?!
Le conté todo.
Y cuando terminé, mi amiga se quedó observándome.
—Valeria, creo que estás empezando a enamorarte.
Negué rápidamente.
—Lo conozco desde hace unos días.
—No dije que estés enamorada. Dije que estás empezando.
Miré el teléfono.
Había un mensaje nuevo.
Era de Taehyung.
«Llegué bien. Gracias por una tarde muy bonita».
Respondí:
«Yo también la pasé muy bien».
Un minuto después apareció otro mensaje.
«Next time, I want to hear more about your dreams».
Sentí que el corazón se me derretía.
Andrea se inclinó para leer.
Después me miró con una sonrisa enorme.
—Definitivamente estás en problemas.
Y tenía razón.
Porque lo que comenzó como una cita sencilla pronto se convirtió en algo mucho más profundo de lo que cualquiera de los dos había planeado.
Taehyung regresó a Corea del Sur cuatro días después.
Lo supe porque me envió un mensaje desde el aeropuerto antes de abordar.
«Gracias por mostrarme una parte bonita de tu ciudad».
Le respondí que esperaba que pudiera regresar algún día.
Su respuesta apareció cuando yo ya estaba acostada.
«Tengo una razón más para hacerlo».
Me quedé mirando aquella frase durante varios minutos.
No sabía qué responder sin sonar demasiado emocionada.
Finalmente escribí:
«Entonces aquí te espero».
Durante los primeros días después de su partida conversamos mediante mensajes.
No todo el tiempo.
Él tenía ensayos, grabaciones, reuniones y compromisos que yo apenas comprendía. Yo tenía clases, turnos en la cafetería y trabajos de fotografía.
A veces transcurrían varias horas entre un mensaje y otro.
Otras veces él escribía cuando en México todavía era madrugada.
La diferencia de horario se convirtió en nuestro primer desafío.
Una noche recibí una llamada mientras estaba preparando una presentación para la universidad.
Eran casi las once en Ciudad de México.
Contesté y apareció Taehyung en la pantalla.
Estaba sentado en un sofá, con una sudadera gris y el cabello desordenado.
—Hola, Valeria.
Sonreí inmediatamente.
—Hola. ¿Qué hora es allá?
—Afternoon.
Miré el reloj.
—Aquí ya casi es medianoche.
Abrió los ojos.
—Oh! Sorry.
—No te preocupes. Todavía estoy despierta.
Me preguntó qué estaba haciendo.
Le mostré la computadora y le expliqué que tenía que preparar una presentación sobre narrativa visual.
Taehyung pareció interesado.
Me pidió que le enseñara algunas fotografías.
Terminamos hablando durante casi cuarenta minutos.
En algún momento tuve que detenerme porque mi mamá apareció en la puerta.
—Valeria, ¿quieres té?
Me giré rápidamente.
—No, gracias, mamá.
Taehyung escuchó la voz.
—Your mother?
Asentí.
Entonces saludó en español.
—Buenas noches, señora.
Mi mamá se quedó inmóvil.
Miró la pantalla.
Volvió a mirarme.
Después preguntó:
—¿Ese muchacho no es el cantante de tus videos?
Quise desaparecer.
Taehyung comenzó a reírse.
Yo me cubrí el rostro con una mano.
—Mamá, por favor.
Ella se acercó.
—Mucho gusto, joven.
Taehyung se incorporó ligeramente.
—Mucho gusto.
Su pronunciación hizo sonreír a mi mamá.
Hablaron apenas un minuto, con mi ayuda para traducir algunas cosas.
Antes de marcharse, ella dijo:
—No la desvele mucho. Mañana trabaja temprano.
Taehyung asintió solemnemente.
—Yes, ma'am.
Cuando cerró la puerta, los dos comenzamos a reírnos.
—Your mother is nice —dijo.
—Sí, pero ahora me va a interrogar durante tres días.
Taehyung sonrió.
—Sorry.
No estaba realmente arrepentido.
Lo supe por la expresión divertida que tenía.
Aquella llamada fue la primera de muchas.
Comenzamos a conocernos mediante detalles pequeños.
Yo descubrí que Taehyung podía pasar bastante tiempo hablando de una fotografía que le gustaba, que tenía un sentido del humor inesperado y que a veces prefería escuchar música tranquilamente antes que conversar.
Él descubrió que yo hablaba demasiado cuando estaba nerviosa, que siempre olvidaba dónde dejaba las llaves y que tenía la costumbre de fotografiar mi desayuno cuando la luz entraba bonita por la ventana.
También conoció a Yeontan mediante algunas fotografías y recuerdos que Taehyung compartía con cariño.
Cuando hablábamos de animales, yo le contaba historias de los perros que mi mamá había rescatado temporalmente durante mi infancia.
Comenzamos a enviarnos canciones.
Él me recomendaba artistas de jazz y música coreana que yo no conocía.
Yo le enviaba boleros, algunas canciones mexicanas y fotografías de lugares que me recordaban a sus melodías.
Una tarde le mandé una canción antigua que mi papá solía escuchar.
Taehyung me preguntó por qué era especial.
Le expliqué que mi padre la ponía los domingos cuando preparaba el desayuno.
Durante unos minutos hablamos sobre cómo una melodía podía guardar recuerdos que parecían dormidos.
Después me envió una fotografía del cielo desde una ventana.
«Sometimes a song feels like home».
Le respondí:
«Sí. Incluso cuando estamos muy lejos de casa».
Aquella frase terminó convirtiéndose en algo parecido a un secreto entre nosotros.
Cuando uno tenía un día difícil, enviaba al otro una fotografía del cielo.
No necesitábamos explicar demasiado.
Era nuestra forma de decir:
«Estoy aquí».
Pasaron las semanas.
Después los meses.
Y la amistad comenzó a transformarse en algo que ninguno de los dos podía seguir fingiendo que no existía.
La primera vez que hablamos directamente de nuestros sentimientos fue durante una videollamada un domingo por la noche.
Yo acababa de regresar de fotografiar un pequeño evento familiar.
Estaba cansada, con los pies adoloridos y el cabello recogido.
Taehyung me llamó después de terminar unos compromisos.
Conversamos sobre nuestro día.
Después hubo un silencio largo.
No incómodo.
Solo tranquilo.
Hasta que él dijo:
—Valeria, can I ask you something?
—Claro.
Parecía nervioso.
—Do you think about our day in Mexico?
Sonreí.
—Sí. Bastante.
Bajó la mirada.
—Me too.
Después respiró profundamente.
—Sometimes I wish we could go to that café again. Not because I miss Mexico only.
Sentí que se me aceleraba el corazón.
—¿Entonces por qué?
Levantó los ojos hacia la cámara.
—Because I miss you.
Durante varios segundos no conseguí hablar.
Había imaginado escuchar algo parecido, pero cuando finalmente ocurrió me dejó sin palabras.
—Yo también te extraño —respondí.
Taehyung sonrió.
Después preguntó con una seriedad que no le había visto antes:
—Do you think this could become something more?
Miré mi habitación.
Los libros sobre el escritorio.
La cámara usada sobre una repisa.
La fotografía de mi papá junto a la ventana.
Todo aquello era mi vida.
Una vida muy distinta de la suya.
—No lo sé —contesté sinceramente—. Estamos en países diferentes. Apenas hemos podido vernos en persona.
Asintió.
—I know.
—Y tu vida es muy complicada.
Volvió a asentir.
—Very complicated.
Se quedó callado unos segundos.
Después dijo:
—But I would like to try. If you want to.
Lo miré.
No estaba prometiéndome una historia perfecta.
No me estaba diciendo que abandonaría su carrera ni que aparecería mágicamente frente a mi casa al día siguiente.
Simplemente estaba preguntándome si queríamos intentar conocernos de una manera diferente.
Y quizá por eso me pareció tan importante.
—Yo también quiero intentarlo —respondí.
Sonrió.
Una sonrisa inmensa.
Se pasó la mano por el cabello, claramente aliviado.
—Really?
Me reí.
—Sí, de verdad.
Y aquella noche comenzó oficialmente nuestra relación.
Aunque decir «oficialmente» era bastante curioso, porque prácticamente nadie lo sabía.
Solo Andrea y mi mamá estaban al tanto.
Del lado de Taehyung, algunos integrantes de BTS y personas muy cercanas de su equipo conocían la situación.
No lo escondíamos porque sintiéramos vergüenza.
Lo hacíamos porque queríamos descubrir si aquello podía funcionar antes de convertirlo en una conversación mundial.
Y créanme, había muchas razones para tener cuidado.
Durante los siguientes meses, aprendimos que enamorarse a distancia no es tan romántico como muestran las películas.
Había días en que nos extrañábamos terriblemente.
A veces Taehyung terminaba una jornada agotadora cuando yo estaba entrando a trabajar.
Otras yo tenía tiempo para hablar precisamente cuando él necesitaba dormir.
En ocasiones hacíamos planes para llamarnos y después alguno tenía que cancelarlos.
Al principio intentábamos fingir que no nos importaba.
Pero una noche discutimos por primera vez.
Yo llevaba varios días esperando que pudiéramos conversar tranquilamente.
Habíamos acordado una videollamada para el sábado.
Preparé mi cena, terminé una tarea antes de tiempo y me senté frente a la computadora.
Pasó la hora acordada.
Después media hora.
Luego una hora.
Taehyung finalmente me escribió diciendo que había surgido un compromiso inesperado y que no podría llamar.
Le respondí:
«Está bien».
Pero no estaba bien.
Me sentía decepcionada.
Había reorganizado mi día.
Y aunque comprendía que su trabajo tenía exigencias enormes, necesitaba sentir que nuestro tiempo también importaba.
Él lo notó.
Me llamó unas horas después.
—Are you upset?
Al principio dije que no.
Después respiré profundamente.
—Sí, un poco.
Taehyung se quedó escuchando.
Le expliqué que no estaba enojada porque tuviera trabajo.
Estaba triste porque había esperado toda la semana aquel momento y me había enterado del cambio cuando ya llevaba mucho tiempo esperando.
Su expresión cambió.
—I'm sorry.
Le dije que no necesitaba pedir disculpas por trabajar.
Solo quería que nos comunicáramos mejor.
Guardó silencio unos segundos.
Después respondió:
—You're right. I should have told you earlier.
Aquella conversación me hizo sentir más tranquila.
Pero también aprendimos algo.
El cariño no era suficiente si no encontrábamos maneras concretas de cuidarnos.
Comenzamos a organizar mejor nuestras llamadas.
Cuando uno tenía una semana complicada, lo decía con anticipación.
Aprendimos a no interpretar cada mensaje tardío como falta de interés.
Y a hablar cuando algo nos lastimaba, en lugar de acumularlo durante días.
No siempre resultaba perfecto.
Pero nos esforzábamos.
Unos meses después, Taehyung me contó que tendría algunos días libres y quería regresar a México.
Al principio creí que estaba bromeando.
—¿De verdad?
—Yes.
—¿Por trabajo?
Sonrió.
—Partly.
Levanté una ceja.
—¿Y la otra parte?
—You.
Sentí que el corazón se me iba a salir del pecho.
Cuando Andrea se enteró, casi tiró una taza de café.
—Valeria, ese hombre va a cruzar medio mundo para verte.
—También tiene compromisos relacionados con su carrera —aclaré.
Mi amiga me miró.
—Déjame emocionarme cinco minutos.
Aquella segunda visita fue completamente diferente de la primera.
No hubo accidentes.
No hubo motocicletas.
Y tampoco hubo encuentros improvisados en la calle.
Todo se organizó con anticipación.
Taehyung se hospedó en un lugar donde podía tener privacidad, y acordamos encontrarnos en espacios tranquilos, siempre respetando las medidas necesarias para evitar situaciones incómodas.
No quería que alguien terminara persiguiéndonos por conseguir una fotografía.
El primer día fuimos a cenar.
Llevaba semanas pensando en cómo sería volver a verlo.
Había hablado con él tantas veces mediante una pantalla que, cuando apareció frente a mí, sentí una emoción extraña.
Era familiar y nuevo al mismo tiempo.
Me miró.
Sonrió.
Y abrió los brazos.
Caminé hacia él casi sin pensar.
Nos abrazamos durante mucho tiempo.
—Te extrañé —le dije.
Apoyó suavemente su mejilla sobre mi cabello.
—Me too.
Cuando nos separamos, levantó una mano y me acomodó un mechón detrás de la oreja.
Me miró de una manera que hizo desaparecer todas las preguntas que había estado acumulando.
—You're really here —murmuró.
Me reí.
—Tú también.
Aquella noche caminamos por un patio privado lleno de plantas, conversamos durante horas y compartimos historias que nunca habíamos tenido oportunidad de contar en persona.
Me habló de sus amigos, de sus responsabilidades y de lo difícil que podía ser encontrar momentos de verdadera tranquilidad.
Yo le conté que había comenzado a recibir más trabajos de fotografía.
Había conseguido comprar un lente nuevo con mis ahorros.
También estaba cerca de terminar una etapa importante de mis estudios.
Taehyung parecía genuinamente orgulloso.
—You did it.
Sonreí.
—Todavía me falta mucho.
—But you did this.
Me tomó suavemente la mano.
Y por primera vez nuestros dedos permanecieron entrelazados.
No recuerdo quién dio el primer paso.
Solo recuerdo que ambos miramos nuestras manos y comenzamos a sonreír.
Más tarde, cuando nos despedíamos junto a una puerta, Taehyung se quedó observándome.
—Valeria…
—¿Sí?
Se acercó ligeramente.
—Can I kiss you?
Sentí que el tiempo se detenía.
Asentí.
Fue un beso suave.
Breve al principio.
Un beso que parecía contener todos los mensajes, las llamadas nocturnas y los meses que habíamos pasado extrañándonos.
Cuando nos separamos, apoyó su frente contra la mía.
Ambos nos reímos nerviosamente.
—Finally —murmuró.
Yo también lo había pensado.
Finalmente.
Durante aquella visita compartimos momentos que no parecían extraordinarios para otras personas, pero que para nosotros significaban muchísimo.
Desayunamos juntos.
Vimos una película.
Caminamos por un jardín tranquilo.
Le enseñé algunas expresiones mexicanas y él intentó enseñarme frases en coreano.
Descubrimos que teníamos gustos diferentes en comida, pero que ambos disfrutábamos sentarnos a escuchar música sin hablar demasiado.
Una noche preparamos chocolate caliente.
Taehyung insistió en ayudarme.
Terminó derramando un poco sobre la mesa.
Se quedó mirando el desastre.
—I'm sorry.
Le entregué un trapo.
—Felicidades. Ya eres oficialmente parte de una cocina mexicana.
Se echó a reír.
Después me besó en la frente.
Aquellas pequeñas cosas hicieron que comenzara a enamorarme de una manera mucho más profunda.
Ya no era solamente emoción por conversar con alguien a quien había admirado durante años.
Estaba conociendo sus defectos.
Sus días malos.
Su cansancio.
La manera en que necesitaba espacio para pensar algunas veces.
Y también su lado más atento, divertido y cariñoso.
Descubrí que podíamos discutir sin intentar lastimarnos.
Que podíamos guardar silencio sin sentirnos incómodos.
Y que, aunque veníamos de lugares completamente diferentes, compartíamos algo esencial.
Ambos queríamos una vida donde el trabajo fuera importante, pero no lo único que existiera.
Antes de regresar a Corea, Taehyung me hizo una pregunta.
Estábamos sentados junto a una ventana, observando la ciudad iluminada.
—Would you ever visit Seoul?
Lo miré.
—Me encantaría conocer Corea.
—Not just as a tourist.
Sentí que el corazón se me aceleraba.
—¿Qué quieres decir?
Parecía estar eligiendo las palabras.
—I want you to see my world too.
Me quedé callada.
Durante meses él había conocido partes de mi vida.
Mi ciudad.
Mis fotografías.
Mis historias familiares.
Pero yo todavía no había visto el lugar donde vivía, trabajaba y pasaba sus días.
—Me gustaría —respondí—. Pero necesito organizar mis estudios y ahorrar.
Taehyung asintió.
—I understand.
Después agregó:
—I can help with the trip.
Lo miré seriamente.
—Quiero que entiendas algo.
Su expresión cambió.
—What?
—Me gusta estar contigo. Muchísimo. Pero no quiero sentir que mi vida depende de lo que tú puedas pagar.
Se quedó escuchando.
Le expliqué que necesitaba terminar mis compromisos y seguir construyendo mi carrera.
No quería abandonar todo por una historia romántica, por bonita que fuera.
Taehyung guardó silencio durante unos segundos.
Después tomó mi mano.
—That's one of the things I like about you.
Sonreí.
—¿Que soy complicada?
Se echó a reír.
—That you know what matters to you.
Aquella noche acordamos algo.
Yo viajaría a Corea cuando pudiera hacerlo sin abandonar mis responsabilidades.
Y él respetaría mi ritmo.
No intentaríamos construir una vida juntos mediante sacrificios que después terminaríamos reprochándonos.
Al despedirnos en aquella visita lloré.
No pude evitarlo.
Sabía que volveríamos a pasar meses separados.
Taehyung me abrazó.
—We'll see each other again.
Asentí.
—I know.
Después me miró.
—Promise me something.
—¿Qué cosa?
—Don't stop taking pictures.
Sonreí entre lágrimas.
—Te lo prometo.
Él me dio un último beso.
Y volvió a marcharse.
Esta vez no me quedé preguntándome si volvería a escribir.
Sabía que lo haría.
Pero todavía no conocía la parte más difícil de nuestra historia.
Porque hasta entonces habíamos logrado mantener nuestra relación lejos de la atención pública.
Y eso estaba a punto de cambiar.
La primera fotografía apareció en internet tres semanas después de que Taehyung regresara a Corea.
Era una imagen borrosa, tomada desde lejos, donde se nos veía saliendo de un restaurante en Ciudad de México.
Yo llevaba el vestido color crema de nuestra primera cita.
Él aparecía con un saco oscuro.
No estábamos besándonos ni abrazándonos.
Simplemente caminábamos uno junto al otro.
Pero alguien había reconocido a Taehyung.
Una cuenta de entretenimiento publicó la imagen con una pregunta:
«¿Quién es la misteriosa mexicana que acompañó a V durante su visita?».
En pocas horas comenzaron las especulaciones.
Algunas personas dijeron que yo era una empleada del restaurante.
Otras pensaron que era una intérprete.
Alguien aseguró que formaba parte de una empresa encargada de organizar actividades turísticas.
Intenté no preocuparme.
Hasta que apareció otra fotografía.
Esta vez era de la papelería de mi tía.
Alguien había encontrado publicaciones antiguas donde yo aparecía ayudando en Dulce Papel.
También descubrieron mi nombre.
Y poco después comenzaron a llegar mensajes a mis redes sociales.
Algunos eran amables.
Me preguntaban si realmente conocía a Taehyung.
Otros me felicitaban por las fotografías que publicaba.
Pero había mensajes bastante desagradables.
Personas que decían que seguramente estaba utilizando al artista para volverme famosa.
Otras aseguraban que había planeado el accidente de la motocicleta para acercarme a él.
Aquello era tan absurdo que al principio me dio risa.
Después dejó de parecer gracioso.
Una mañana llegué a la papelería y encontré a mi tía nerviosa.
—Valeria, hay dos muchachas afuera preguntando por ti.
Me acerqué a la ventana.
Había un pequeño grupo de personas tomando fotografías del local.
No eran muchas.
Pero suficientes para incomodar a mi tía y a los clientes.
Sentí un miedo enorme.
Nunca había pensado que una relación privada pudiera afectar a otras personas de esa manera.
Llamé a Taehyung.
Contestó apenas pudo.
Le expliqué lo que estaba ocurriendo.
Su expresión se llenó de preocupación.
—I'm sorry, Valeria.
Negué con la cabeza.
—No quiero que te disculpes por algo que no hiciste.
—But this is happening because of me.
Respiré profundamente.
—Está pasando porque algunas personas creen que tienen derecho a investigar toda la vida privada de alguien.
Taehyung guardó silencio.
Después dijo:
—I don't want you to get hurt.
Le expliqué que me preocupaba principalmente mi familia.
Mi tía dependía de su negocio.
Mi mamá trabajaba en una escuela.
No quería que personas desconocidas comenzaran a presentarse en sus lugares de trabajo.
Taehyung se tomó el asunto muy en serio.
Su equipo buscó una manera de solicitar respeto por la privacidad sin confirmar detalles innecesarios de nuestra relación.
También nos orientaron sobre cómo documentar mensajes amenazantes y evitar difundir información personal.
Yo cerré temporalmente algunas de mis redes.
Durante varios días dejé de publicar fotografías.
Y me dolió.
Porque la fotografía era mi pasión.
Mi proyecto.
La parte de mi vida que había construido mucho antes de conocerlo.
Una noche me quedé mirando mi cuenta profesional.
Tenía imágenes de mercados, calles, retratos y pequeños negocios.
Había dedicado años a conseguir aquellos trabajos.
Y ahora los comentarios hablaban casi exclusivamente de Taehyung.
Me sentí invisible dentro de mi propia vida.
Cuando él me llamó, no pude evitar llorar.
—No sé si puedo hacer esto —le confesé.
Taehyung se quedó completamente serio.
—What do you mean?
—No sé si puedo vivir sintiendo que todo lo que hago será analizado porque estoy contigo.
No respondió inmediatamente.
Le expliqué que estaba enamorándome de él, pero que también tenía miedo de perder la tranquilidad.
Había personas fotografiando la tienda.
Desconocidos investigando mi familia.
Rumores que convertían cualquier movimiento en una historia inventada.
—Yo no elegí ser famosa —le dije—. Y no quiero convertirme en alguien que necesita esconderse para comprar pan.
Taehyung bajó la mirada.
Durante unos segundos pensé que se había enojado.
Pero cuando habló, su voz sonaba triste.
—I've been afraid of this.
Lo miré.
Continuó:
—I wanted to know you without bringing all of this into your life.
Sentí que se me rompía el corazón.
Porque comprendí que había estado intentando protegerme desde el principio.
No por vergüenza.
No porque quisiera ocultarme.
Sino porque conocía mucho mejor que yo las consecuencias de vivir bajo una atención constante.
Aquella noche no resolvimos todo.
Necesitábamos pensar.
Durante algunos días hablamos menos.
No porque hubiéramos dejado de querernos, sino porque ambos estábamos intentando comprender si nuestra relación podía sostenerse sin exigir que uno de los dos renunciara a su identidad.
Andrea estuvo conmigo durante aquellos días.
Una tarde salimos a caminar por el Parque de los Venados.
Le expliqué mis dudas.
Mi mejor amiga me escuchó.
Después dijo:
—Valeria, puedes querer mucho a alguien y aun así necesitar límites.
Asentí.
—Pero tengo miedo de que piense que no lo quiero suficiente.
Andrea me miró.
—El amor no debería medirse por cuánto puedes soportar antes de dejar de ser tú misma.
Aquella frase me hizo pensar.
No necesitaba decidir entre Taehyung y mi carrera.
Pero sí necesitábamos encontrar una manera de que ambas partes de mi vida pudieran existir.
Esa noche le escribí.
Le pedí que habláramos.
Aceptó inmediatamente.
Durante la videollamada le expliqué que quería continuar nuestra relación.
Que lo extrañaba.
Que estaba enamorada de él.
Pero que necesitaba seguir trabajando, estudiando y viviendo sin sentir que mi existencia estaba completamente determinada por la suya.
Taehyung me escuchó en silencio.
Después dijo:
—That's what I want too.
Me sorprendió.
—I don't want you to become just someone's girlfriend.
Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas.
Continuó:
—I want you to be Valeria. The girl who takes beautiful pictures. The girl who helped two idiots with a motorcycle.
Me reí entre lágrimas.
—Definitivamente eran dos idiotas.
Taehyung comenzó a reírse también.
Después se puso serio.
—I love you, Valeria.
Fue la primera vez que lo dijo.
No hubo música de fondo.
Ni una puesta de sol espectacular.
Ni un escenario preparado.
Solo una videollamada entre México y Corea del Sur.
Yo estaba sentada en mi habitación, con una camiseta vieja y los ojos llenos de lágrimas.
Pero jamás había escuchado algo tan hermoso.
—Yo también te amo, Taehyung.
Sonrió.
Y durante varios segundos ninguno dijo nada.
No necesitábamos hacerlo.
Después de aquella conversación comenzamos a organizar las cosas de manera diferente.
Yo recuperé gradualmente mi actividad profesional, ajustando la privacidad de mi información personal.
Taehyung respetó que no quisiera publicar detalles de mi familia ni del negocio de mi tía.
También hablamos de la posibilidad de reconocernos públicamente algún día, cuando ambos estuviéramos preparados, sin convertir nuestra relación en contenido promocional.
No desaparecieron todos los rumores.
Pero aprendimos a no vivir pendientes de ellos.
Meses después conseguí algo que llevaba mucho tiempo deseando.
Una pequeña exposición fotográfica colectiva en Ciudad de México.
Había enviado varios trabajos a una convocatoria para artistas emergentes.
Seleccionaron tres de mis fotografías.
Una mostraba a un vendedor de flores acomodando su puesto al amanecer.
Otra retrataba las jacarandas caídas sobre una banqueta después de la lluvia.
La tercera era la fotografía de mi mamá leyendo junto a la ventana.
Cuando recibí la noticia, lloré de felicidad.
Llamé a mi mamá.
Después a Andrea.
Y finalmente a Taehyung.
Él contestó desde un estudio de grabación.
—Valeria!
Le mostré el correo.
Leyó lentamente.
Después abrió los ojos.
—You got it?
Asentí.
Sonrió de una manera que me hizo reír.
—I'm so proud of you!
Me preguntó cuándo sería la exposición.
Le di la fecha.
Pareció pensativo.
—I'll see what I can do.
No quise hacerme ilusiones.
Sabía que tenía compromisos.
Pero el día de la inauguración, cuando estaba conversando con uno de los organizadores, recibí un mensaje.
«Look behind you».
Me giré.
Y allí estaba.
No dentro de un sueño.
No en una pantalla.
Taehyung estaba a unos metros, vestido de manera sencilla, acompañado discretamente por personal de su equipo.
Me llevé las manos a la boca.
Él sonrió.
Caminé hacia él.
Lo abracé.
—¿Qué haces aquí?
Se rio.
—I didn't want to miss your first exhibition.
Comencé a llorar.
Taehyung me sostuvo suavemente.
—Hey, don't cry.
—Son lágrimas felices.
Sonrió.
—Good.
Después caminamos por la exposición.
Observó mis fotografías sin prisas.
Se detuvo especialmente frente a la imagen de mi mamá.
La misma que le había mostrado durante nuestra primera conversación en Dulce Papel.
—This one —dijo—. I remember.
Asentí.
Me tomó de la mano.
—You kept your promise.
Lo miré.
—¿Cuál?
—You didn't stop taking pictures.
Sentí que se me llenaban otra vez los ojos de lágrimas.
Aquella noche conoció formalmente a mi mamá y a mi tía Estela.
Mi mamá estaba tan nerviosa que comenzó a explicarle, con mi ayuda, cómo preparaba los chilaquiles.
Taehyung escuchaba muy atento.
Mi tía, en cambio, fue directa.
—Muchacho, ¿tú eres el que compró la libreta azul?
Él sonrió inmediatamente.
—Yes.
—Pues qué bueno que te gustó, porque todavía tenemos más.
Todos comenzamos a reírnos.
Andrea apareció unos minutos después.
Se quedó mirando a Taehyung con una expresión tan seria que me preocupé.
Finalmente le dijo en inglés:
—Please take care of my best friend.
Taehyung respondió sin bromear:
—I will do my best.
Andrea asintió.
Después se acercó a mí y susurró:
—Ahora sí puedo morir tranquila.
Tuve que contener la risa.
Aquella noche fue una de las más felices de mi vida.
No porque Taehyung hubiera aparecido.
Aunque su presencia significó muchísimo.
Sino porque las distintas partes de mi mundo comenzaron a encontrarse sin que yo tuviera que esconder ninguna.
Él conoció a mi familia.
Vio mi trabajo.
Conversó con mis amigos.
Y no intentó convertirse en el centro de la celebración.
Estaba allí para acompañarme.
Como mi pareja.
No como una estrella a la que todos debían atender.
Cuando la exposición terminó, salimos a una terraza tranquila.
La ciudad brillaba a lo lejos.
Taehyung tomó mi mano.
—Valeria, I think it's time you came to Seoul.
Lo miré.
Habíamos hablado muchas veces sobre aquella posibilidad.
Pero ahora las circunstancias eran diferentes.
Yo había avanzado considerablemente con mis estudios.
Tenía un pequeño portafolio de clientes.
Y había conseguido ahorrar dinero para un viaje.
Sonreí.
—Creo que ahora sí puedo hacerlo.
Sus ojos se iluminaron.
—Really?
Asentí.
Me abrazó.
Y por primera vez imaginé seriamente cómo sería caminar por las calles de Seúl con él.
Conocer el lugar donde había crecido.
Escuchar su idioma a mi alrededor.
Descubrir una parte de su vida que hasta entonces solamente había visto mediante videollamadas.
No sabía que aquel viaje terminaría convirtiéndose en el momento más importante de nuestra relación.
Dos meses después tenía mi pasaporte, los boletos y una maleta abierta sobre la cama.
Mi mamá me había preparado una bolsa con pequeños regalos mexicanos.
Mi tía Estela insistió en enviarme una libreta artesanal para Taehyung.
Andrea me acompañó al aeropuerto.
Antes de entrar a la zona de salidas me abrazó tan fuerte que casi no podía respirar.
—¿Te das cuenta de todo lo que ha pasado desde aquella noche?
Sonreí.
—Todavía no.
Mi amiga me miró emocionada.
—Conociste a un muchacho porque se perdió en Ciudad de México. Ahora estás viajando al otro lado del mundo para verlo.
Bajé la mirada hacia mi maleta.
Tenía razón.
Pero para mí aquella historia ya no trataba solamente de una coincidencia increíble.
Trataba de dos personas que habían decidido conocerse más allá de sus diferencias.
De llamadas realizadas a horas imposibles.
De conversaciones difíciles.
De aprender a respetar los sueños del otro.
Y de descubrir que el amor no tiene por qué pedirnos que dejemos de ser quienes somos.
Cuando el avión despegó, observé las luces de Ciudad de México desaparecer lentamente entre las nubes.
Pensé en mi papá.
En mi mamá.
En las calles donde había crecido.
En mi vieja cámara.
Y en la muchacha que había salido cansada de trabajar aquella noche de lluvia, sin imaginar que su vida estaba a punto de cambiar.
Muchas horas después aterricé en Corea del Sur.
Mientras esperaba mi equipaje, encendí el teléfono.
Había un mensaje de Taehyung.
«Welcome to Korea, my love».
Sonreí.
Después apareció otro.
«I have something very special planned for you».
Sentí una mezcla de emoción y nervios.
Le pregunté qué era.
Su respuesta llegó unos segundos después.
«You'll see. This time, I want to show you the place I call home».
No sabía qué me esperaba en Seúl.
No sabía cómo sería conocer más de cerca a los demás integrantes de BTS, compartir tiempo con las personas importantes para él o comenzar a imaginar un futuro en el que nuestros dos países formaran parte de una misma familia.
Y mucho menos imaginaba que, durante aquel viaje, Taehyung tomaría una decisión que cambiaría nuestra vida para siempre.
Porque nuestra historia todavía no había llegado a su momento más hermoso.
En realidad, lo que comenzó con una motocicleta caída bajo la lluvia estaba a punto de convertirse en una promesa para toda la vida.
Continuará en la Parte 3: Una promesa entre México y Corea — La boda, nuestros hijos y el hogar que construimos juntos.
El texto está oculto. El audiolibro puede seguir reproduciéndose. Pulsa «Texto completo» para volver a leer.

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