Novelas · Parte 1
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NovelasParte 1

Cuando BTS se perdió en Ciudad de México y uno de ellos cambió mi vida

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Cuando BTS se perdió en Ciudad de México y uno de ellos cambió mi vida Narrado desde Click · Gylab Click
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Detalles

Autor
Gylab Click
Categoría
Novelas
Click
Perdida en CDMX, encontrada por BTS: el fanfic que me cambió la vida
Capítulo
Parte 1
Vistas
9

Sinopsis

Cuando BTS llegó a Ciudad de México, todo debía salir perfecto. Pero una confusión, una moto dañada y una noche inesperada cambiaron por completo el destino de Valeria, una joven mexicana que jamás imaginó cruzarse con ellos de esa manera. Lo que empezó como un accidente terminó convirtiéndose en una historia de amor, decisiones difíciles y un vínculo que crecería contra todo pronóstico.…

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PARTE 1 DE 3 — La noche en que conocí a Kim Taehyung

Fanfic romántico de ficción. Los acontecimientos, conversaciones y relaciones narrados son imaginarios.

Nunca imaginé que el amor de mi vida llegaría a mí después de un accidente de motocicleta, bajo la lluvia de Ciudad de México, con una herida en la mano y sin saber explicar en español dónde estaba.

Mucho menos imaginé que aquel hombre sería Kim Taehyung, uno de los integrantes de BTS.

Si alguien me hubiera contado esta historia antes de vivirla, habría pensado que estaba leyendo una novela de internet. Una de esas donde una muchacha normal se encuentra casualmente con un artista famoso, él se enamora de ella y todo termina de manera perfecta.

La realidad de esta historia fue bastante más complicada.

Hubo llamadas a escondidas, diferencias culturales, meses de distancia, personas que intentaron separarnos y momentos en los que estuve convencida de que lo mejor era olvidarlo.

También hubo decisiones que jamás pensé que sería capaz de tomar.

Pero antes de contarles cómo un artista mundialmente conocido terminó entrando en mi vida, necesito explicarles quién era yo antes de conocerlo.

Me llamo Valeria Ortega Hernández. Tenía veinticuatro años cuando comenzó todo y llevaba prácticamente toda mi vida viviendo en la Ciudad de México.

Crecí en una casa modesta de la colonia Narvarte, en la alcaldía Benito Juárez. No teníamos grandes lujos, pero nunca nos faltó cariño.

Mi papá, Ricardo Ortega, trabajaba como contador en una empresa de distribución. Mi mamá, Patricia, era profesora de primaria. Teníamos una vida bastante tranquila hasta que mi papá falleció cuando yo tenía dieciséis años.

Su muerte nos cambió.

Mi mamá tuvo que aprender a administrar la casa con un solo ingreso, y yo comencé a trabajar apenas terminé la preparatoria.

Siempre quise estudiar comunicación audiovisual, especialmente producción de video y fotografía. Me fascinaba la idea de contar historias mediante imágenes, pero las cosas no resultaron como había planeado.

Conseguí un lugar en la universidad, aunque tuve que reducir mis materias porque necesitaba trabajar.

Durante las mañanas ayudaba en una cafetería ubicada en la Roma Norte. Por las tardes, algunos días, trabajaba con mi tía Estela en su pequeña tienda de papelería y regalos, situada cerca de la avenida División del Norte.

Mi tía tenía un negocio llamado Dulce Papel.

Vendía cuadernos, agendas, plumas, tarjetas, cajas decorativas y todo tipo de artículos que la gente compraba para cumpleaños, aniversarios o regalos de última hora.

Yo solía bromear diciendo que aquella tienda parecía el resultado de encerrar a una persona obsesionada con la organización dentro de una fábrica de colores pastel.

Mi tía respondía que por lo menos sus cuadernos no necesitaban actualizaciones de software.

Nos llevábamos muy bien.

También tenía una mejor amiga llamada Andrea, a quien conocía desde la secundaria.

Andrea estudiaba diseño gráfico y era una persona completamente incapaz de emocionarse en silencio.

Cuando algo le gustaba, gritaba.

Cuando se enojaba, hablaba durante media hora.

Y cuando se trataba de BTS, podía convertirse en una verdadera enciclopedia humana.

Yo también era fan.

Los había descubierto durante una época complicada, poco después de la muerte de mi papá. Una compañera me mostró uno de sus videos y, por curiosidad, comencé a escuchar sus canciones.

Al principio me gustaba la música.

Después me interesaron las entrevistas, las presentaciones y las historias que compartían sobre sus carreras.

Con el tiempo se convirtieron en una especie de compañía durante los trayectos largos en el Metro, las noches de estudio y los días en los que todo parecía salir mal.

No voy a decir que conocía realmente a los siete integrantes.

Una cosa es admirar a una persona por su trabajo y otra muy distinta conocerla personalmente.

Pero había desarrollado un cariño especial por su música.

Mis integrantes favoritos eran Jungkook y Taehyung.

Jungkook me impresionaba por su disciplina y la cantidad de cosas que podía hacer bien.

Taehyung, en cambio, despertaba mi curiosidad por algo difícil de explicar.

Me gustaba su voz, su estilo, su manera de hablar de la fotografía y su aparente gusto por las cosas sencillas.

Había visto entrevistas donde mencionaba que disfrutaba caminar, escuchar jazz y observar detalles que otras personas pasaban por alto.

Como a mí también me gustaba la fotografía, sentía cierta afinidad con esos intereses.

Aunque, por supuesto, jamás pensé que algún día tendríamos una conversación real.

Para mí, Taehyung era alguien que existía dentro de la pantalla de mi teléfono.

Una persona que vivía en otro país, hablaba otro idioma y pertenecía a un mundo completamente diferente al mío.

Hasta aquella semana.

Todo comenzó cuando se anunció que BTS realizaría una visita especial a Ciudad de México como parte de una serie ficticia de actividades promocionales, grabaciones y encuentros relacionados con un nuevo proyecto musical.

La ciudad se volvió loca.

Las redes sociales estaban llenas de publicaciones.

La gente compartía videos del aeropuerto, rumores de hoteles y teorías sobre los lugares que podrían visitar.

Andrea me llamó un lunes por la noche.

—Valeria, necesito que me digas que viste la noticia.

Yo estaba preparando una tarea.

—¿Cuál de todas?

—¡BTS viene a México!

—Sí, Andrea. Ya lo sé.

—¡No, no entiendes! ¡Los siete! ¡En la misma ciudad que nosotras!

Solté una carcajada.

—También viven millones de personas aquí y no conocemos ni al vecino del edificio de enfrente.

—No arruines mi emoción.

Le pregunté si pensaba ir a recibirlos al aeropuerto.

Me respondió que prefería no participar en aglomeraciones y que seguramente existirían oportunidades oficiales para verlos.

Después comenzó a imaginar situaciones absurdas.

—¿Y si Jungkook entra a comprar café donde trabajas?

—Le cobro su café.

—¿Y si Taehyung entra a la papelería de tu tía?

—Le vendo una libreta.

—Valeria, eres la persona menos romántica del planeta.

Me reí.

—Soy realista.

—Algún día la vida te va a dar una sorpresa.

No sabía cuánta razón tenía.

Durante esa semana trabajé más horas de lo habitual.

Una compañera de la cafetería había enfermado y necesitábamos cubrir sus turnos.

Además, mi tía estaba preparando pedidos para una escuela, así que algunos días salía de la cafetería y continuaba trabajando en Dulce Papel.

El viernes llegué a casa tan cansada que me quedé dormida con el uniforme puesto.

Mi mamá me despertó para cenar.

—Hija, estás trabajando demasiado.

—Solo será esta semana.

Me sirvió sopa caliente.

—Eso dijiste la semana pasada.

Tenía razón.

Durante años había intentado ayudar económicamente en la casa y, al mismo tiempo, ahorrar para comprar una cámara mejor.

Quería comenzar a ofrecer sesiones fotográficas y pequeñas producciones audiovisuales por mi cuenta.

Tenía una cámara usada, dos lentes y una computadora que hacía un ruido espantoso cuando exportaba videos.

Pero estaba aprendiendo.

Y tenía esperanzas de que algún día todo ese esfuerzo sirviera para algo.

El sábado, cuando ocurrió el accidente, yo había salido de trabajar poco después de las diez de la noche.

La cafetería estaba especialmente llena porque había llovido gran parte de la tarde y muchas personas entraban a refugiarse.

Mis zapatos estaban mojados.

Tenía el cabello recogido en una coleta desordenada.

Y lo único que quería era llegar a casa, quitarme los tenis y dormir.

Mi compañera Mariana me ofreció compartir un automóvil de aplicación, pero ella vivía en otra dirección y no quería hacerla desviarse.

Le dije que pediría uno cuando llegara a una zona donde el conductor pudiera detenerse fácilmente.

Caminé varias calles bajo una lluvia ligera.

La Ciudad de México tenía ese aspecto extraño que adquiere por las noches después de una tormenta.

Las luces de los automóviles se reflejaban sobre el pavimento.

Los puestos de comida seguían abiertos.

Algunas personas corrían para evitar mojarse.

Y el ruido del tráfico parecía mezclarse con el sonido del agua cayendo de los árboles.

Recuerdo haber mirado el teléfono.

Tenía nueve por ciento de batería.

Mi mamá me había enviado un mensaje preguntándome si ya venía de regreso.

Le respondí que sí.

Guardé el celular y continué caminando.

Entonces escuché el ruido de una motocicleta acercándose.

No presté demasiada atención.

Pero unos segundos después oí un frenazo.

Luego un golpe seco.

Volteé inmediatamente.

Una motocicleta había perdido el equilibrio cerca de una esquina. Parecía que el conductor había frenado demasiado fuerte sobre el pavimento mojado después de intentar evitar un vehículo que salió inesperadamente.

La moto se deslizó de lado a baja velocidad y terminó junto a la banqueta.

Dos hombres que viajaban en ella cayeron de forma aparatosa, aunque ambos lograron moverse casi inmediatamente.

Varias personas voltearon.

Una señora preguntó si necesitaban ayuda.

Un conductor tocó el claxon porque estaban obstruyendo parcialmente la circulación.

Yo dudé unos segundos.

No sabía si debía acercarme.

Pero vi que uno de los hombres estaba intentando levantar la moto mientras el otro permanecía sentado sobre la banqueta.

Así que caminé hacia ellos.

—¿Están bien? —pregunté.

El hombre que estaba junto a la motocicleta respondió algo en coreano.

Me quedé inmóvil.

Había escuchado suficiente coreano durante años como para reconocer el idioma, aunque no podía mantener una conversación fluida.

Volví a preguntar en inglés.

—Are you okay? Do you need help?

El hombre levantó la cabeza.

Llevaba un casco negro.

Se quitó la visera y respondió:

—We're okay. Just… a little problem.

Su voz me resultó familiar.

Demasiado familiar.

Después se quitó el casco.

Era Jungkook.

No supe cómo reaccionar.

Me quedé mirándolo con la boca ligeramente abierta.

Sentí que mi cerebro necesitaba varios segundos para procesar lo que estaba viendo.

Jungkook, uno de los artistas que había escuchado durante años, estaba a unos pasos de mí, sosteniendo una motocicleta dañada en una calle de Ciudad de México.

Entonces miré al otro hombre.

Se estaba quitando el casco con cuidado.

Tenía el cabello oscuro un poco despeinado y una expresión de evidente frustración.

Cuando levantó el rostro, sentí que se me detenía el corazón.

Era Taehyung.

Kim Taehyung.

El mismo hombre cuyas fotografías había utilizado como fondo de pantalla cuando tenía veinte años.

El mismo cuya voz escuchaba cuando volvía cansada del trabajo.

Estaba sentado sobre una banqueta mojada, examinándose la mano derecha.

Durante un instante olvidé completamente cómo hablar.

Jungkook me observó.

—Are you okay?

Era absurdo.

Él acababa de sufrir un accidente y me estaba preguntando si yo estaba bien.

Parpadeé.

—Yes. Sorry. Are you hurt?

Taehyung levantó la mano.

Tenía una raspadura pequeña en la palma y parecía molesto por el golpe.

—A little —respondió.

Miré alrededor.

Un muchacho acababa de sacar su teléfono.

Dos personas se acercaban con curiosidad.

Comprendí que, si los reconocían, la situación podría complicarse rápidamente.

—Tienen que llamar a su equipo —les dije en inglés—. Y no deberían seguir conduciendo esa motocicleta.

Jungkook asintió.

—Yes. We know.

Taehyung miró hacia la calle.

Después levantó los ojos hacia mí.

—Where are we?

Casi me reí.

No porque la pregunta fuera graciosa, sino porque era completamente surrealista.

Dos integrantes de BTS estaban perdidos en Ciudad de México después de chocar una motocicleta.

—Estamos cerca de la colonia Del Valle —respondí en inglés, explicándoles las calles cercanas.

Jungkook revisó su teléfono.

Parecía tener dificultades con la ubicación.

—The GPS took us the wrong way.

—El GPS puede ser complicado aquí —contesté.

Taehyung sonrió ligeramente.

Pero su expresión cambió cuando intentó ponerse de pie.

Se llevó una mano al brazo.

—Does it hurt? —le pregunté.

—A little. I'm okay.

No estaba convencida.

Les expliqué que, aunque pareciera un accidente leve, era mejor que un profesional de salud revisara cualquier lesión antes de continuar.

Jungkook comenzó a llamar a alguien.

Yo ayudé a que pudieran apartarse del paso de los automóviles mientras esperaban apoyo.

Un conductor que se había detenido preguntó si necesitábamos una ambulancia.

Le expliqué que ambos estaban conscientes y que sus acompañantes estaban coordinando ayuda, pero que debíamos vigilar si presentaban molestias importantes.

Taehyung se sentó nuevamente.

La lluvia comenzó a intensificarse.

Fue entonces cuando recordé que el local de mi tía estaba relativamente cerca.

—Hay una papelería a unas calles —les dije—. Es de mi tía. Podemos esperar allí, siempre que su equipo sepa dónde están.

Jungkook me miró con cautela.

—A shop?

—Sí. Está cerrada, pero tengo llave.

Me di cuenta de que aquello podía sonar sospechoso.

Era una desconocida ofreciendo llevar a dos celebridades a un local cerrado.

Así que añadí:

—También pueden quedarse aquí. Solo pensé que sería mejor esperar bajo techo.

Taehyung miró la lluvia.

Después miró a Jungkook.

Intercambiaron algunas palabras en coreano.

Finalmente Jungkook respondió:

—If our team knows the address, okay.

Les envié la ubicación exacta.

Jungkook la compartió con la persona que había logrado contactar.

Después, con ayuda de un conductor que se ofreció a colaborar, dejaron la motocicleta asegurada a un costado, fuera de circulación, para que el equipo pudiera organizar su retiro.

No intentaron volver a utilizarla.

Y los tres comenzamos a caminar.

Todavía no podía creer lo que estaba pasando.

Yo iba adelante.

Detrás venían dos de los artistas más famosos del mundo, con gorras, cascos en las manos y la ropa mojada.

Nadie parecía darse cuenta de quiénes eran.

Y cada vez que volteaba para comprobar que seguían conmigo, Taehyung me regalaba una pequeña sonrisa.

Una de esas sonrisas que parecían decir:

«Sí, esto también me parece absurdo».

Llegamos a Dulce Papel pocos minutos después.

Saqué las llaves de la bolsa.

Me costó encontrar la correcta porque tenía las manos temblando.

Jungkook lo notó.

—Are you nervous?

Solté una risa.

—Muchísimo.

Los dos se rieron.

Finalmente abrí la cortina, encendí las luces del local y los invité a pasar.

Jungkook fue el primero en entrar.

Taehyung se detuvo un instante para observar el pequeño letrero sobre la puerta.

—Dulce Papel —leyó lentamente.

Su pronunciación fue bastante buena.

—Es el nombre de la tienda —expliqué.

—Sweet paper? —preguntó.

—Exactamente.

Sonrió.

—Cute.

Cerré la puerta y respiré profundamente.

Por primera vez desde el accidente estábamos en un lugar tranquilo.

Jungkook volvió a comunicarse con su equipo.

Taehyung se sentó en una silla junto al mostrador.

Yo fui a la pequeña bodega a buscar el botiquín.

Mientras revisaba los cajones, me miré en el espejo de la pared.

Tenía el cabello mojado.

El maquillaje corrido.

Una mancha de café sobre la manga.

Y una expresión de absoluto desconcierto.

—No puede estar pasando esto —susurré.

Pero estaba pasando.

Regresé con el botiquín y una botella de agua.

Le ofrecí agua a ambos.

Después le pregunté a Taehyung si quería una gasa limpia para cubrir la raspadura hasta que su equipo consiguiera atención médica.

Aceptó.

Me senté a su lado.

Intenté no mirar demasiado su rostro mientras le entregaba las cosas.

—Thank you —dijo.

—No hay problema.

Taehyung observó mis manos.

—You are shaking.

Sentí que me ardían las mejillas.

—Es que estoy intentando actuar normal.

Soltó una carcajada.

Jungkook también se rio desde el otro lado del mostrador.

—You recognized us?

Los miré.

—Creo que se dieron cuenta hace rato.

Jungkook sonrió.

—A little.

Me cubrí la cara con una mano.

—Esto es muy vergonzoso.

Taehyung negó suavemente con la cabeza.

—No. You're kind.

Aquellas palabras me hicieron sentir todavía más nerviosa.

Pero también me tranquilizaron.

Porque, durante aquellos minutos, dejé de pensar en lo famosos que eran.

Estaban cansados, mojados, preocupados por el accidente y agradecidos de tener un lugar seguro donde esperar.

Como cualquier otra persona.

Y eso hizo que la conversación comenzara a sentirse sorprendentemente natural.

Jungkook terminó su llamada y nos explicó que un vehículo del equipo llegaría en aproximadamente veinte minutos.

Su expresión era una mezcla de alivio y preocupación.

—Our manager is not happy —comentó.

Taehyung se rio.

—Very, very not happy.

Yo también me reí.

—Bueno, la verdad es que no fue su mejor idea salir en moto por una ciudad que no conocen, con lluvia y de noche.

Jungkook levantó las manos.

—We know. Lesson learned.

Me sorprendía lo fácil que resultaba conversar con ellos una vez que dejaba de pensar en quiénes eran.

Había ciertas dificultades con el idioma, por supuesto. Mi inglés era suficientemente bueno para atender turistas y entender películas, pero no para hablar con absoluta fluidez.

A veces me faltaba una palabra.

Otras tenía que explicar las cosas de dos maneras diferentes.

Taehyung también buscaba palabras, y de vez en cuando Jungkook nos ayudaba a aclarar algo.

Pero ninguno parecía molesto.

Al contrario.

Taehyung comenzó a observar las estanterías de la tienda.

Había pequeñas cajas con ilustraciones de flores, agendas de distintos colores y una colección de cuadernos artesanales que mi tía compraba a productores locales.

Se levantó lentamente y se acercó a uno de los muebles.

—Are these handmade?

—Algunos sí.

Le expliqué que mi tía trabajaba con una pequeña empresa familiar que fabricaba libretas encuadernadas a mano.

Tomó una de color azul oscuro.

Tenía una ilustración de flores de jacaranda en la portada y hojas gruesas de papel color crema.

La abrió cuidadosamente.

—Beautiful —murmuró.

Le dije que las jacarandas eran especialmente bonitas durante la primavera y que algunas calles de la ciudad se llenaban de flores moradas.

Sus ojos brillaron con interés.

—Purple trees?

—Sí. Árboles morados, por todas partes.

Jungkook se acercó.

—You like purple, right?

Taehyung sonrió.

—Of course.

Los tres nos reímos.

Después me preguntó si yo tomaba fotografías.

Me sorprendió.

—¿Por qué?

Señaló mi bolsa.

En una de las correas llevaba un pequeño llavero con forma de cámara.

Le expliqué que estudiaba comunicación audiovisual y que quería dedicarme profesionalmente a la fotografía y la producción de video.

Taehyung pareció interesarse de verdad.

—What do you photograph?

Pensé unos segundos.

—Principalmente la ciudad. Personas, edificios, calles. También hago fotografías de productos para pequeños negocios.

—Do you have pictures?

Me quedé paralizada.

Mi primera reacción fue pensar que no podía mostrarle mis fotografías a alguien que había trabajado con algunos de los mejores fotógrafos del mundo.

Después recordé que me había preguntado por curiosidad, no para evaluar mi portafolio.

Saqué el teléfono.

Tenía muy poca batería, así que lo conecté a un cargador de la tienda.

Le mostré una fotografía que había tomado en el Centro Histórico después de la lluvia.

Se veía una calle iluminada, con el pavimento reflejando los edificios antiguos.

Taehyung observó la imagen en silencio.

Después deslizó el dedo para mirar la siguiente.

Era una fotografía del Bosque de Chapultepec al amanecer.

Luego apareció una imagen de mi mamá sentada junto a la ventana de nuestra casa, leyendo un libro.

Había tomado aquella fotografía sin preparar ninguna pose.

Simplemente me gustaba la luz que entraba por las cortinas.

Taehyung se detuvo en esa imagen.

—Your mother?

Asentí.

—Sí. Mi mamá.

La observó durante varios segundos.

—It's warm.

No supe si se refería a la iluminación o a lo que le transmitía la fotografía.

Pero me hizo feliz escucharlo.

Después señaló una imagen de una señora mayor vendiendo flores en un mercado.

—I like this one.

Le conté que la había tomado después de pedir permiso a la señora y que posteriormente le llevé una copia impresa.

Taehyung sonrió.

—That's nice.

Entonces ocurrió algo que todavía recuerdo con mucha claridad.

Me preguntó si quería dedicarme a fotografiar personas famosas.

Me reí.

—No necesariamente.

—Why?

Miré mis fotografías.

—Porque me gustan las personas cuando están haciendo cosas normales. Creo que hay historias bonitas en momentos que casi nadie considera importantes.

Taehyung guardó silencio.

Después observó la tienda.

Las cajas.

Las agendas.

La lluvia golpeando suavemente la ventana.

—Normal moments —repitió.

Asentí.

—Exactamente.

Sonrió de una manera diferente.

No era la sonrisa divertida que había mostrado antes.

Parecía más tranquila.

—Me gusta eso —dijo en español.

Fue una frase pequeña.

Pero sentí que la guardaría durante mucho tiempo.

Poco después, Jungkook recibió otra llamada.

El vehículo de su equipo estaba cerca.

Los dos comenzaron a preparar sus cosas.

Yo guardé el botiquín y revisé que no hubieran olvidado nada.

Taehyung seguía sosteniendo la libreta azul.

—Can I buy this?

Me sorprendió que realmente quisiera comprarla.

—Sí, claro.

Le dije el precio.

Buscó su cartera, pero Jungkook comenzó a bromear con él en coreano.

Yo no entendí las palabras, aunque por sus expresiones sospeché que se estaban burlando de lo ridículo que había resultado su aventura.

Finalmente Taehyung pagó la libreta.

Le envolví la compra en una pequeña bolsa.

—It's for remembering Mexico —dijo.

—Espero que recuerdes algo más que el accidente.

Se rio.

—I'll remember this place.

Entonces sonaron varios golpes suaves en la cortina metálica.

Jungkook fue a revisar.

Una voz habló en coreano desde afuera.

El equipo había llegado.

Entraron dos integrantes de seguridad y una persona encargada de coordinar sus actividades.

Se mostraban preocupados, aunque evidentemente aliviados de encontrarlos bien.

Uno de ellos me agradeció por haberlos ayudado.

Le expliqué brevemente lo ocurrido, la ubicación de la motocicleta y la necesidad de que revisaran las molestias de Taehyung.

El coordinador aseguró que se encargarían de todo.

Después me preguntó si alguien había tomado fotografías dentro del local.

Le respondí que no.

—¿Ni siquiera una con ellos? —preguntó, sorprendido.

Negué.

No había tomado ninguna.

Y aunque ahora pueda parecer una oportunidad perdida, en aquel momento me parecía más importante que pudieran regresar tranquilos.

El hombre me agradeció nuevamente.

Jungkook se acercó.

—Thank you, Valeria.

Le estreché la mano.

—De nada. Y por favor, no vuelvan a perderse en moto.

Se rio.

—I'll try.

Después se dirigió hacia la salida.

Taehyung permaneció junto al mostrador.

Parecía querer decir algo, pero dudaba.

Yo pensé que estaba esperando a Jungkook.

Finalmente levantó la libreta azul.

—Can you write something here?

—¿Como qué?

—Your favorite place in Mexico City.

Me sorprendió.

Le pregunté si quería una recomendación turística.

Asintió.

Abrí la libreta en la primera página.

Escribí:

«El Bosque de Chapultepec, temprano por la mañana, cuando todavía no hay tanta gente. —Valeria».

Después añadí el nombre de una cafetería pequeña que me gustaba, sin poner una dirección privada ni información delicada.

Le devolví la libreta.

Taehyung leyó lo que había escrito.

—Thank you.

Entonces preguntó:

—And… how can I tell you I liked it?

Me quedé mirándolo.

—¿Cómo?

Se rio un poco, como si tampoco estuviera seguro de haber hecho bien la pregunta.

—If I visit. How can I tell you?

Sentí que el corazón me comenzaba a latir rapidísimo.

No quería interpretar algo que quizá era solamente amabilidad.

—Puedes escribirle a la tienda —respondí—. Mi tía tiene una cuenta de contacto para pedidos.

Taehyung levantó una ceja.

—Only the shop?

Me puse roja.

Jungkook, que estaba cerca de la puerta, comenzó a reírse.

Taehyung le dijo algo en coreano.

No entendí qué.

Pero Jungkook levantó las manos, divertido.

—Okay, okay.

Entonces Taehyung volvió a mirarme.

—Can I have your number? Only if you want.

Aquella pregunta me dejó completamente inmóvil.

Yo era una muchacha que normalmente se ponía nerviosa cuando tenía que llamar para pedir una pizza.

Y ahora Kim Taehyung me estaba pidiendo mi número de teléfono.

Intenté mantener la calma.

—Sí —respondí finalmente.

Él sonrió.

Le escribí mi número en una página de la libreta.

Después agregué una frase:

«La próxima vez, mejor contraten a alguien que conozca la ciudad».

Taehyung la leyó con ayuda de mi explicación.

Comenzó a reírse.

—Maybe you?

Abrí los ojos.

—¿Yo?

—You know the city.

Me reí nerviosamente.

—También trabajo demasiado.

—Then maybe coffee.

No supe qué responder.

El coordinador volvió a llamarlo desde la entrada.

Taehyung miró hacia la puerta.

Después me dedicó una pequeña inclinación de cabeza.

—Good night, Valeria.

—Buenas noches, Taehyung.

Me sonrió al escuchar su nombre en mi voz.

Y finalmente se marchó.

Cuando la cortina se cerró, me quedé completamente sola.

El silencio parecía irreal.

Durante casi una hora habían estado allí Jungkook y Taehyung.

En una papelería de la colonia Del Valle.

Habíamos hablado de fotografía, jacarandas y cafeterías.

Yo había atendido una herida pequeña.

Y uno de ellos tenía mi número.

Me senté detrás del mostrador.

Miré las estanterías.

La silla donde Taehyung había estado sentado.

La bolsa vacía de la libreta que acababa de venderle.

Después comencé a reírme.

No podía evitarlo.

Me reía y me cubría la cara con las manos.

En algún momento también empecé a llorar.

No de tristeza.

Era demasiada emoción acumulada.

Finalmente llamé a Andrea.

Contestó casi inmediatamente.

—¿Ya llegaste a tu casa?

—Andrea, necesito que te sientes.

—¿Qué hiciste?

—No hice nada.

—Valeria, cuando empiezas así, siempre hiciste algo.

Respiré profundamente.

—Acabo de conocer a Jungkook y a Taehyung.

Hubo silencio.

Después escuché una carcajada.

—Muy graciosa.

—No estoy bromeando.

—¿Dónde?

Miré alrededor.

—En la papelería de mi tía.

Andrea dejó de reírse.

—¿Qué?

Comencé a contarle todo.

El accidente.

La motocicleta.

La lluvia.

La tienda.

La conversación.

La libreta.

Cuando llegué a la parte del número telefónico, Andrea soltó un grito tan fuerte que tuve que apartar el celular de mi oído.

—¡¿QUÉ QUIERES DECIR CON QUE LE DISTE TU NÚMERO?!

—Exactamente eso.

—¡VALERIA!

—¡No grites!

—¡¿CÓMO QUIERES QUE NO GRITE?!

Me reí.

Andrea comenzó a hacer preguntas sin detenerse.

Si Taehyung era tan guapo en persona como parecía en videos.

Si Jungkook había sido amable.

Si habían hablado de música.

Si les había pedido una fotografía.

Cuando le dije que no tenía ninguna, guardó silencio.

—No tienes pruebas —murmuró.

—No pensé en tomarles fotos después de un accidente.

Se quedó callada unos segundos.

Después dijo:

—Tienes razón. Pero me cuesta aceptar que el universo te eligiera a ti, que nunca sales, mientras yo llevo años manifestando algo así.

Nos reímos durante varios minutos.

Antes de despedirnos, le pedí algo.

—Andrea, por favor, no se lo cuentes a nadie.

Su tono cambió.

—¿Ni a Mariana?

—A nadie.

—¿Por qué?

Miré la puerta de la tienda.

—Porque me ayudaron a confiar en que no iba a convertir el accidente en un espectáculo.

Andrea suspiró.

—Está bien. Te lo prometo.

Aquella promesa resultaría más importante de lo que cualquiera de las dos imaginaba.

Llegué a casa cerca de la medianoche.

Mi mamá estaba viendo televisión.

—¿Por qué tardaste tanto?

Le expliqué que había ayudado a unas personas que tuvieron un accidente leve y después tuvieron que esperar a que llegaran por ellas.

No le conté todos los detalles.

No porque no confiara en ella, sino porque todavía necesitaba procesarlo.

Mi mamá me preguntó si las personas estaban bien.

Le respondí que sí.

Después subí a mi habitación.

Me quité los zapatos.

Me puse una pijama.

Y me acosté.

Durante casi una hora permanecí mirando el techo.

Cada vez que cerraba los ojos recordaba a Taehyung leyendo mi libreta.

Su sonrisa.

La manera en que había pronunciado mi nombre.

Las palabras que había utilizado para describir mis fotografías.

Finalmente tomé el teléfono.

No había mensajes nuevos.

Me sentí ridícula.

¿Por qué estaría esperando uno?

Era un artista internacional.

Seguramente tenía cientos de mensajes, reuniones, viajes, ensayos y compromisos.

Yo había sido una desconocida amable en una noche complicada.

Nada más.

Me dije que lo mejor sería guardar aquella experiencia como un recuerdo bonito.

Un encuentro improbable.

Una historia que podría contar algún día sin mencionar detalles privados.

Y después seguir con mi vida.

Pero el domingo por la mañana ocurrió algo que me hizo pensar que todo había terminado antes de comenzar.

Aparecieron fotografías en redes sociales de una motocicleta dañada cerca de una calle de la Del Valle.

Una cuenta de entretenimiento afirmaba que dos integrantes de BTS habían sido vistos caminando por la zona durante la noche.

Las imágenes estaban borrosas.

No se distinguían sus rostros con claridad.

Pero algunos seguidores comenzaron a especular.

Andrea me envió la publicación.

«No digas nada. Ya vi esto».

Le respondí que no pensaba hacerlo.

Durante el día varias cuentas comenzaron a compartir distintas versiones.

Algunas aseguraban que Jungkook había salido solo.

Otras decían que los artistas estaban grabando contenido secreto.

Hubo quien inventó que los habían perseguido fanáticos.

Nada de eso coincidía con lo que yo había visto.

Por suerte, nadie mencionó Dulce Papel.

Respiré aliviada.

Aquella tarde regresé al trabajo.

Preparé bebidas.

Limpié mesas.

Atendí clientes.

La normalidad comenzó a imponerse.

Me repetí que era mejor así.

Que el número escrito en una libreta probablemente no significaba nada.

Que aquella historia tendría un final sencillo.

Y entonces, dos días después del accidente, recibí un mensaje de un número desconocido.

Estaba acomodando vasos detrás del mostrador cuando mi teléfono vibró.

Lo miré sin demasiado interés.

El mensaje estaba escrito en inglés.

«Hola, Valeria. No me he vuelto a perder. Soy Taehyung».

Me quedé inmóvil.

Lo leí una vez.

Después otra.

Y otra más.

Sentí que la cara me ardía.

Mariana, mi compañera, me preguntó qué ocurría.

—Nada —respondí demasiado rápido.

—Tienes cara de que te dieron una noticia increíble.

Guardé el teléfono.

—Es algo de la escuela.

Mariana levantó una ceja.

—¿Y por una tarea te pones roja?

No respondí.

Esperé hasta mi descanso para abrir nuevamente la conversación.

Había otro mensaje.

«Espero que no te moleste que te escriba. Quería darte las gracias otra vez».

Me quedé mirando la pantalla.

Después escribí:

«No me molesta. ¿Cómo sigue tu mano?».

Tardó unos minutos en responder.

«Mucho mejor. El médico dijo que no era nada grave».

Sentí un alivio enorme.

Le dije que me alegraba.

Entonces apareció otro mensaje.

«Jungkook prometió que no volverá a manejar en una ciudad desconocida con lluvia».

Me reí.

Le respondí:

«Espero que cumpla su promesa».

Taehyung envió un emoji de risa.

Después escribió:

«¿Todavía recomiendas el café de tu libreta?».

Mi corazón volvió a acelerarse.

«Sí. Es muy bueno».

Pasaron varios segundos.

Entonces llegó la pregunta que cambiaría nuestra relación.

«¿Te gustaría enseñármelo antes de que salgamos de México?».

No respondí inmediatamente.

No porque no quisiera.

Sino porque, por primera vez, comprendí que aquella historia podía continuar.

Y no estaba segura de estar preparada para lo que significaba.

Continuará en la Parte 2: Lo que comenzó como un café entre dos desconocidos se convertirá en un romance que ninguno de los dos podrá mantener en secreto para siempre.
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