
Novelas · Parte 3
Cuando BTS se perdió en Ciudad de México y uno de ellos cambió mi vida
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Cuando BTS se perdió en Ciudad de México y uno de ellos cambió mi vida
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Detalles
- Autor
- Gylab Click
- Categoría
- Novelas
- Click
- Perdida en CDMX, encontrada por BTS: el fanfic que me cambió la vida
- Capítulo
- Parte 3
- Vistas
- 4
Sinopsis
Cuando BTS llegó a Ciudad de México, todo debía salir perfecto. Pero una confusión, una moto dañada y una noche inesperada cambiaron por completo el destino de Valeria, una joven mexicana que jamás imaginó cruzarse con ellos de esa manera. Lo que empezó como un accidente terminó convirtiéndose en una historia de amor, decisiones difíciles y un vínculo que crecería contra todo pronóstico.…
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PARTE 3 DE 3 — Una promesa entre México y Corea: nuestra boda, nuestros hijos y el hogar que construimos
Fanfic romántico de ficción inspirado en BTS. Las relaciones, acontecimientos y conversaciones narrados son imaginarios.
Nunca pensé que una motocicleta accidentada pudiera llevarme hasta el altar.
Mucho menos que el hombre con quien terminaría casándome sería Kim Taehyung, alguien a quien durante años había admirado desde la pantalla de mi teléfono, convencida de que jamás tendría oportunidad de conocerlo.
Pero si algo aprendí de nuestra historia es que las cosas más importantes de la vida no siempre comienzan de una manera extraordinaria.
A veces empiezan con una persona perdida.
Una mano lastimada.
Una libreta de flores.
Y dos desconocidos que deciden seguir hablando incluso después de que sus caminos deberían haberse separado.
Me llamo Valeria Ortega Hernández, soy mexicana, nací en Ciudad de México y esta es la última parte de la historia de cómo me enamoré de Taehyung.
En la primera parte les conté cómo lo conocí junto a Jungkook después de un accidente de motocicleta durante una noche lluviosa en la colonia Del Valle.
En la segunda les conté cómo comenzamos a hablar, cómo nos enamoramos a distancia y cómo aprendimos que tener una relación con una persona famosa era mucho más complicado de lo que imaginábamos.
Ahora quiero contarles lo que sucedió después.
Porque sí, terminamos casándonos.
Tuvimos hijos.
Construimos una familia.
Pero entre aquella primera llamada y el día de nuestra boda ocurrieron tantas cosas que, por momentos, pensé que jamás conseguiríamos llegar tan lejos.
Nuestra historia continuó en el Aeropuerto Internacional de Incheon, en Corea del Sur.
Yo acababa de aterrizar después de un viaje larguísimo y apenas podía mantener los ojos abiertos.
Era mi primera vez en Asia.
Había pasado tantas horas dentro de aviones y aeropuertos que ya no sabía exactamente qué hora era ni cuánto tiempo llevaba despierta.
Mi cabello estaba desordenado, tenía ojeras y llevaba una sudadera que decía «Ciudad de México» porque Andrea insistió en que debía viajar representando nuestras raíces.
Mientras esperaba mi maleta, recibí un mensaje.
«Bienvenida a Corea, mi amor».
Era Taehyung.
Sonreí inmediatamente.
Le respondí que acababa de aterrizar.
Unos segundos después llegó otro.
«Estoy esperando afuera. Y tengo una sorpresa».
Miré el teléfono con curiosidad.
Le pregunté qué sorpresa.
Respondió:
«Si te lo digo, deja de ser una sorpresa».
Me reí sola.
Había algo en aquella manera de bromear que siempre me hacía sentir cerca de él, incluso cuando estábamos separados por miles de kilómetros.
Cuando finalmente salí hacia la zona de llegadas, vi a una persona del equipo sosteniendo discretamente una pequeña tarjeta con mi nombre.
Me saludó con amabilidad y me acompañó hacia un vehículo estacionado en un área autorizada.
Taehyung estaba dentro.
Lo primero que vi fue su sonrisa.
Después sus brazos extendidos.
—Valeria.
Dejé mi mochila sobre el asiento y lo abracé.
Fue uno de esos abrazos que parecen durar solamente unos segundos, pero en los que una persona consigue olvidar semanas enteras de cansancio.
Él me sostuvo con fuerza.
—Te extrañé —le dije.
Apoyó su rostro junto al mío.
—Muchísimo.
Cuando nos separamos, me miró de arriba abajo.
—You look tired.
Solté una carcajada.
—Gracias. Tú también te ves muy bonito.
Se rio.
—That's not what I meant.
—Lo sé.
Me tomó la mano y me preguntó cómo había estado el vuelo.
Le conté que había dormido poco, que me había emocionado al ver las luces de Seúl desde el avión y que casi pierdo mi pasaporte dentro de la mochila porque lo había guardado en un compartimento equivocado.
Taehyung comenzó a reírse.
—You always lose things.
—No siempre.
Me miró.
Le sostuve la mirada.
Finalmente ambos comenzamos a reírnos.
Era verdad.
Yo perdía las llaves, los cargadores y las plumas constantemente.
Había comprado una pequeña bolsa especial para guardar el pasaporte porque Andrea amenazó con acompañarme personalmente hasta Corea si no aprendía a organizarme.
Durante el trayecto observé la ciudad a través de la ventana.
Las avenidas amplias.
Los edificios iluminados.
Los anuncios en coreano.
Los automóviles.
Los puentes.
Todo me parecía nuevo.
Taehyung me señalaba algunos lugares y explicaba cosas que conocía.
Yo intentaba prestar atención, pero estaba tan emocionada que apenas conseguía concentrarme.
En un momento me preguntó si quería descansar.
Asentí.
Apoyé la cabeza sobre su hombro y cerré los ojos.
Sentí sus dedos acariciando suavemente mi mano.
Y pensé algo que me hizo sonreír.
Por primera vez desde que comenzamos nuestra relación, no teníamos que despedirnos al terminar una videollamada.
Estábamos juntos.
En la misma ciudad.
Y durante las próximas semanas podríamos compartir momentos cotidianos que antes parecían imposibles.
Taehyung había organizado mi estancia en un alojamiento privado cercano a la zona donde pasaríamos buena parte del tiempo.
No me instaló automáticamente en su casa ni asumió que debíamos convivir de inmediato.
Habíamos hablado de ello antes del viaje.
Yo quería conocer Corea, pasar tiempo con él y descubrir cómo nos llevábamos sin la distancia, pero también necesitaba conservar mi espacio.
Taehyung lo comprendió perfectamente.
Aquella primera noche cenamos algo sencillo.
Estaba tan cansada que apenas podía mantener una conversación.
Él me preguntó si quería salir a conocer la ciudad.
Lo miré como si estuviera loco.
—Taehyung, llevo casi un día viajando.
Se echó a reír.
—Okay, okay. Tomorrow.
Antes de despedirse sacó una pequeña caja de su bolso.
—This is for you.
La abrí.
Dentro había una correa para mi cámara, de un material suave y resistente, con un pequeño bordado de flores moradas.
Me quedé mirándola.
—¿Es para mí?
Asintió.
—Jacarandas.
Sentí un nudo en la garganta.
Recordaba aquella conversación en la papelería de mi tía.
La primera vez que le hablé de los árboles que llenaban de flores algunas calles de Ciudad de México.
Habían pasado meses.
Pero él lo recordaba.
—Es preciosa —susurré.
Taehyung sonrió.
—So you can take Mexico with you.
Lo abracé.
No necesitaba un regalo costoso.
Aquella correa significaba muchísimo más porque había pensado en algo que realmente me gustaba.
Esa noche, antes de dormir, le envié una fotografía de la cámara con la correa puesta.
«Prometo tomar muchas fotos».
Respondió:
«Mañana empezamos».
Y cumplió su palabra.
Durante los primeros días me mostró partes de Seúl que no conocía más allá de fotografías.
Caminamos por calles tranquilas de Seongsu-dong.
Visitamos pequeñas cafeterías.
Comimos platos coreanos que yo no sabía pronunciar correctamente.
Y pasamos una tarde junto al río Han, observando cómo cambiaba la luz cuando comenzaba a oscurecer.
Yo llevaba mi cámara a todas partes.
Tomaba fotografías de edificios, escaparates, árboles y pequeños detalles.
Taehyung se burlaba cariñosamente porque podía tardar diez minutos fotografiando una taza de café.
—It's just coffee, Valeria.
Negué.
—No entiendes. Mira cómo entra la luz.
Se acercaba a observar la pantalla.
Después sonreía.
—Okay. I understand now.
Lo curioso era que él podía hacer exactamente lo mismo.
Una vez estuvimos casi media hora observando una pequeña tienda de objetos antiguos porque encontró una cámara fotográfica que le llamó la atención.
Cuando finalmente salimos, le dije:
—¿Ves? Ahora comprendes cómo me siento cuando me esperas.
Se rio.
—Fair enough.
Aquellas primeras semanas parecían un sueño.
Pero también había momentos que me recordaban que nuestra relación no sería como la de cualquier pareja.
No podíamos caminar tranquilamente por cualquier lugar sin pensar en la posibilidad de ser reconocidos.
Había actividades donde Taehyung necesitaba ir acompañado por personal de su equipo.
Otras veces debía cambiar nuestros planes porque surgían compromisos profesionales.
Y aunque yo sabía que formaba parte de su vida, descubrirlo de cerca era diferente de comprenderlo a través de mensajes.
Una tarde habíamos planeado visitar una galería.
Yo estaba especialmente emocionada porque había visto fotografías de una exposición que quería conocer.
Pero poco antes de salir, Taehyung recibió una llamada.
Lo observé mientras hablaba en coreano.
Su expresión cambió.
Cuando terminó, se acercó.
—Valeria, I'm sorry. I have to go to a meeting.
Sentí una decepción inmediata.
Pero intenté no demostrarla.
—Está bien.
Me miró.
—Are you sure?
Respiré profundamente.
—Estoy un poco triste porque quería ir contigo, pero entiendo que no siempre puedes controlar tu horario.
Taehyung tomó mis manos.
—I know.
Después preguntó si quería que buscara otro día para ir juntos.
Asentí.
Pero también le dije algo importante.
—Y si no podemos, puedo ir sola. Quiero conocer la ciudad, no quedarme encerrada esperando a que tengas tiempo.
Me miró sorprendido.
Después sonrió.
—That's good.
Y así aprendimos a organizarnos.
Cuando él tenía compromisos, yo aprovechaba para visitar museos, fotografiar calles o practicar coreano.
También continuaba con algunos proyectos de fotografía y edición que podía realizar desde mi computadora.
Había viajado como turista y respetaba las condiciones de mi estancia, pero seguía preparando mi portafolio, estudiando y organizando mis proyectos para cuando regresara a México.
No quería dejar de ser Valeria solamente porque estaba enamorada.
Y Taehyung nunca me pidió que lo hiciera.
Una de las cosas más importantes que ocurrió durante aquel viaje fue conocer a los demás integrantes de BTS.
Yo había intentado prepararme mentalmente.
Pero resultó imposible.
La reunión se organizó en un espacio privado, durante una cena sencilla donde también asistieron algunas personas cercanas.
Taehyung me había dicho que no necesitaba ponerme nerviosa.
Lo miré mientras caminábamos hacia el lugar.
—¿Cómo no voy a ponerme nerviosa? ¡Voy a conocer a todos tus amigos!
Se rio.
—You already know Jungkook.
—Lo conocí después de que chocaran una motocicleta. No cuenta como una presentación normal.
Taehyung comenzó a reírse tan fuerte que tuvo que detenerse unos segundos.
—He's never going to forget that.
—Yo tampoco.
Cuando entramos, Jungkook fue uno de los primeros en saludarnos.
Me reconoció inmediatamente.
—Valeria!
Sonreí.
—Hola, Jungkook.
Se acercó para saludarme.
Después miró a Taehyung con una expresión divertida.
—So, no motorcycles today?
Me reí.
—Espero que no.
Taehyung puso los ojos en blanco.
—Can we forget that story?
Jungkook respondió algo en coreano.
No entendí las palabras, pero todos comenzaron a reírse.
Era evidente que el accidente se había convertido en una broma interna.
Después conocí a Namjoon, quien me saludó con mucha amabilidad y habló conmigo en inglés.
Me preguntó por mis estudios y por la fotografía.
Cuando le conté que estaba intentando desarrollar mi carrera audiovisual, pareció interesado.
Conversamos brevemente sobre museos y artistas.
Jin me recibió haciendo un comentario divertido que me ayudó a relajarme.
Hoseok tenía una energía contagiosa y me hizo sentir incluida rápidamente.
Jimin fue especialmente atento al preguntarme si estaba cómoda y si necesitaba que alguien tradujera alguna conversación.
Yoongi parecía más tranquilo al principio, pero cuando comenzamos a hablar de música y fotografía participó con observaciones que me hicieron sonreír.
Y Jungkook, por supuesto, aprovechó cualquier oportunidad para recordar aquella noche en Ciudad de México.
—Taehyung was so dramatic —comentó en inglés.
Abrí los ojos.
—¡No fui yo quien chocó la moto!
Todos comenzaron a reírse.
Taehyung se llevó una mano a la frente.
—I knew this would happen.
Me sentí increíblemente cómoda.
No porque hubiera olvidado quiénes eran.
Sino porque estaban comportándose como un grupo de amigos que disfrutaban pasar tiempo juntos.
Durante la cena hablamos de comida mexicana.
Les expliqué la diferencia entre algunos tacos y por qué en mi familia nadie estaba completamente de acuerdo sobre dónde se preparaban los mejores.
Jin quiso saber si realmente comíamos picante todos los días.
Le respondí que dependía de la persona y de su tolerancia.
Jungkook preguntó qué era lo más picante que había probado.
Le conté una historia sobre una salsa que mi tía Estela preparó durante una fiesta y que hizo llorar a casi todos los invitados.
Las carcajadas continuaron durante varios minutos.
Más tarde, mientras algunos conversaban en otro extremo de la mesa, Jimin se acercó discretamente.
—Can I ask you something?
Asentí.
Me miró con una sonrisa amable.
—Are you happy with Taehyung?
La pregunta me sorprendió.
Observé a Taehyung, que estaba conversando con Jungkook.
Sonreí.
—Muchísimo.
Jimin asintió.
—That's good.
Después agregó:
—He smiles a lot when he talks about you.
Sentí que me ponía roja.
—¿De verdad?
Jimin sonrió más.
—A lot.
Cuando Taehyung se acercó, le pregunté qué les había contado sobre mí.
Él miró a Jimin.
Jimin se echó a reír y se alejó.
—What did he say? —preguntó Taehyung.
Lo miré fingiendo seriedad.
—Que hablas muchísimo de mí.
Taehyung se quedó quieto.
Después sonrió tímidamente.
—Maybe.
Aquella noche regresé a mi alojamiento con el corazón lleno.
Había conocido personas que durante años solamente había visto sobre escenarios y entrevistas.
Pero lo que más me importó no fue haber estado frente a artistas famosos.
Fue descubrir que Taehyung tenía amigos que lo querían, lo cuidaban y se alegraban de verlo feliz.
Y que, poco a poco, yo comenzaba a formar parte de esa vida.
No como una admiradora que había conseguido entrar en un mundo exclusivo.
Sino como una persona a la que él estaba eligiendo amar.
Sin embargo, todavía existía una conversación que debíamos tener.
Una que ninguno de los dos podía seguir evitando.
¿Qué sucedería cuando yo regresara a México?
La pregunta apareció una noche mientras caminábamos por un sendero junto al río Han.
Habíamos salido después de cenar y llevábamos abrigos porque el aire estaba frío.
Taehyung sostenía mi mano dentro del bolsillo de su chaqueta.
Yo observaba las luces reflejadas sobre el agua.
Llevaba casi tres semanas en Corea.
Pronto tendría que regresar.
Mi mamá me esperaba.
También mis estudios, mis compromisos y los clientes con los que había comenzado a trabajar.
Pero cada día resultaba más difícil imaginar otra despedida en un aeropuerto.
Taehyung se detuvo junto a una barandilla.
—Valeria, I've been thinking.
Lo miré.
—Yo también.
Sonrió ligeramente.
—About us?
Asentí.
Se quedó callado unos segundos.
Después me preguntó si alguna vez consideraría vivir en Corea durante una temporada más larga.
Sentí que se me aceleraba el corazón.
Sabía que aquella pregunta llegaría tarde o temprano.
—Sí lo he pensado —respondí—. Pero me da miedo.
Su expresión se volvió seria.
—Why?
Miré las luces de la ciudad.
—Porque en México está mi familia. Estoy construyendo mi carrera. Apenas estoy comenzando a conseguir clientes. No sé si podría dejar todo eso.
Taehyung asintió.
—You shouldn't leave everything.
Lo miré sorprendida.
Él continuó:
—If someday you come here, I want it to be because you want to. Not because you think you have to.
Aquellas palabras me hicieron sentir un alivio enorme.
Le expliqué que quizá podría buscar oportunidades relacionadas con fotografía y producción audiovisual en Corea.
Había programas de formación, talleres y posibilidades para artistas extranjeros que quería investigar.
Pero necesitaba terminar mi carrera y comprender los requisitos para estudiar o trabajar legalmente.
No quería llegar sin un plan y depender económicamente de él.
Taehyung tomó mi mano.
—Then we'll make a plan.
Sonreí.
—¿Así de sencillo?
Se rio.
—Not simple. But possible.
Y así comenzamos a pensar en un futuro real.
No uno construido solamente con promesas románticas.
Un futuro donde ambos tuviéramos responsabilidades, trabajo, amigos y espacio para crecer.
Durante los siguientes meses regresé a Ciudad de México y continué estudiando.
Taehyung siguió trabajando en Corea.
Nos visitamos cuando nuestras agendas lo permitían.
Hubo momentos preciosos.
También hubo dificultades.
Pasamos cumpleaños separados.
Navidades en las que solamente podíamos hablarnos por teléfono.
Días en los que yo estaba enferma y él deseaba poder acompañarme.
Semanas en las que Taehyung tenía compromisos agotadores y yo sentía impotencia por no poder hacer mucho más que escucharlo.
Pero aprendimos algo que terminó fortaleciendo nuestra relación.
No necesitábamos resolver cada problema inmediatamente.
A veces bastaba con decir:
«Hoy fue un día difícil. ¿Podemos hablar mañana?».
O:
«Te extraño. No necesito que hagas nada. Solo quería decírtelo».
Dejamos de exigirnos una perfección imposible.
Y eso nos ayudó muchísimo.
Casi un año después de mi primer viaje a Corea terminé mis estudios universitarios.
Mi mamá lloró durante la ceremonia.
Andrea gritó mi nombre tan fuerte que varias personas voltearon a verla.
Mi tía Estela llevó un ramo de flores enorme.
Taehyung no pudo asistir personalmente por compromisos profesionales, pero me envió un video privado felicitándome.
Lo vi después de la ceremonia.
Aparecía sonriendo frente a la cámara.
Me dijo que estaba orgulloso de mí.
Que recordaba perfectamente a la muchacha de Dulce Papel que le había enseñado fotografías tomadas con una cámara usada.
Y que esperaba que nunca dejara de perseguir sus sueños.
Lloré al escucharlo.
Pero también sonreí.
Porque él tenía razón.
Mi vida había cambiado muchísimo.
Había conocido a BTS.
Me había enamorado.
Había viajado a Corea.
Pero aquel título universitario me pertenecía a mí.
Era el resultado de años de estudiar después de trabajar, de entregar proyectos de madrugada y de continuar incluso cuando pensaba que jamás terminaría.
Y esa sensación fue maravillosa.
Poco tiempo después conseguí participar en un programa de formación fotográfica en Seúl.
No fue una oportunidad que apareció mágicamente por ser novia de Taehyung.
Preparé un portafolio, reuní los documentos, participé en entrevistas y cumplí con los requisitos correspondientes.
Cuando me aceptaron, fui la primera persona en sorprenderse.
Llamé a Taehyung llorando.
—I got in!
Él abrió los ojos.
—Really?
Asentí.
Comenzó a reírse.
Después levantó los brazos como si hubiera ganado un premio.
—I'm so proud of you!
Me hizo reír todavía más.
Aquel programa me permitiría pasar una temporada más larga en Corea, con los trámites migratorios adecuados para mis actividades.
También tendría la oportunidad de conocer profesionales, estudiar nuevas técnicas y ampliar mi portafolio.
Mi mamá estaba feliz por mí.
Aunque cuando le conté cuánto tiempo podría estar fuera, su expresión cambió.
—Te voy a extrañar muchísimo.
La abracé.
—Yo también.
Permanecimos un rato así.
Después mi mamá me acarició el cabello.
—Tu papá estaría muy orgulloso.
Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas.
—Ojalá pudiera verlo.
Mi mamá sonrió con tristeza.
—Yo también.
Aquella conversación fue importante.
Porque comprendí que comenzar una vida nueva no significaba olvidar la anterior.
México siempre sería mi hogar.
Pero también podía aprender a construir otro.
Regresé a Seúl unos meses después.
Esta vez llevaba más equipaje.
Más libros.
Más equipo fotográfico.
Y una seguridad que no había tenido durante mi primer viaje.
Taehyung me recibió con flores.
No eran rosas rojas.
Eran flores pequeñas, de tonos violetas y blancos.
—For my favorite photographer —dijo.
Lo abracé.
—Gracias.
Durante los primeros meses continué viviendo en un apartamento cercano al lugar donde estudiaba.
Nos veíamos cuando podíamos.
En algunas ocasiones cenábamos juntos.
Otras pasábamos tardes enteras editando fotografías mientras él escuchaba música o trabajaba en proyectos propios.
Descubrí que la convivencia cotidiana tenía momentos mucho menos románticos que las películas.
Yo dejaba tazas olvidadas sobre la mesa.
Taehyung podía concentrarse tanto en algo que tardaba en escuchar cuando le hablaba.
A veces no coincidíamos en la temperatura que queríamos dentro de casa.
Y había noches en las que ambos estábamos demasiado cansados para conversar.
Pero también aprendimos a cuidar aquellos detalles.
Una vez discutimos porque yo había tenido un día terrible y él canceló una cena debido a una reunión de trabajo.
Me molesté.
Él también se frustró porque sintió que no estaba comprendiendo sus responsabilidades.
Terminamos hablando con dureza.
Después permanecimos en silencio durante un rato.
Finalmente Taehyung se acercó.
—I'm sorry. I should have told you sooner.
Yo también le pedí disculpas por haber respondido con enojo.
Nos sentamos en el sofá.
Le expliqué que no esperaba que cancelara su trabajo por mí.
Solo necesitaba sentir que, cuando las cosas cambiaran, podíamos hablar sin convertirnos en enemigos.
Taehyung asintió.
—We're a team.
Lo miré.
Sonreí.
—Sí. Somos un equipo.
Con el tiempo aprendimos que esa frase era mucho más importante que cualquier promesa de amor eterno.
Porque amar a alguien no significa estar de acuerdo en todo.
Significa aprender a resolver las diferencias sin perder el respeto.
Después de casi dos años de relación comenzamos a hablar seriamente de vivir juntos.
La conversación no llegó durante una cena elegante.
Llegó un domingo mientras preparábamos desayuno.
Yo estaba buscando una taza.
Taehyung intentaba preparar café.
Y los dos nos dimos cuenta de que yo tenía cada vez más cosas guardadas en su apartamento.
Había un cepillo de dientes.
Un par de zapatos.
Libros.
Una sudadera.
Cargadores.
Y varias fotografías que había impreso.
Taehyung observó el desorden.
Después me miró.
—Valeria.
—¿Sí?
—Maybe you should just move in.
Me quedé inmóvil con una taza en la mano.
—¿Qué?
Sonrió.
—I mean… if you want.
Lo observé durante unos segundos.
Después miré alrededor.
Había pasado tanto tiempo viajando entre dos lugares que la idea de vivir juntos me resultaba emocionante y aterradora al mismo tiempo.
—Tenemos que hablarlo bien —respondí.
Asintió inmediatamente.
—I know.
Y eso hicimos.
Hablamos durante varias semanas.
De dinero.
De responsabilidades.
De privacidad.
De tiempo personal.
De lo que sucedería si yo necesitaba regresar a México por trabajo o para visitar a mi mamá.
También hablamos de algo que me preocupaba muchísimo.
No quería que la diferencia económica entre nosotros se convirtiera en una diferencia de poder dentro de la relación.
Taehyung comprendió mi inquietud.
Acordamos organizar nuestros gastos de manera justa según nuestras posibilidades, sin convertir el dinero en una manera de controlar las decisiones del otro.
Yo mantendría mis propias cuentas y continuaría desarrollando mi carrera.
También acordamos que ambos necesitábamos espacios personales.
No todo tenía que hacerse en pareja.
Él conservaría sus actividades y amistades.
Yo las mías.
Y si alguno necesitaba estar solo, el otro no debía interpretarlo como falta de amor.
Cuando finalmente llevé mis últimas cajas, Taehyung me recibió en la entrada con una sonrisa.
—Welcome home.
Me quedé mirándolo.
Home.
Hogar.
Durante años aquella palabra había significado exclusivamente mi casa de Narvarte.
La cocina de mi mamá.
Las reuniones con Andrea.
La papelería de mi tía.
Pero ahora estaba comenzando a significar algo más.
Un lugar donde podía regresar después de un día difícil y encontrar a alguien que me esperaba.
Dejé la última caja en el suelo.
Me acerqué.
Y lo abracé.
—Estoy en casa —susurré.
Nuestra vida juntos no fue perfecta.
Hubo mañanas con prisas.
Cenas que se quemaron.
Ropa que olvidamos sacar de la lavadora.
Pequeñas discusiones por cosas absurdas.
También hubo momentos maravillosos.
Taehyung aprendió a preparar algunos platillos mexicanos con recetas que mi mamá le enviaba.
Yo comencé a cocinar platos coreanos.
Cuando alguno tenía un día complicado, el otro intentaba preparar su comida favorita.
A veces bailábamos en la cocina mientras esperábamos que terminara la cena.
Otras nos quedábamos dormidos viendo películas.
Y había noches en que simplemente nos sentábamos frente a la ventana, escuchando música, sin necesidad de decir nada.
Pero mientras nuestra vida privada se volvía más estable, la atención pública sobre nuestra relación comenzó a crecer.
Habíamos sido cuidadosos.
Sin embargo, resultaba imposible ocultar indefinidamente algo que estaba convirtiéndose en una parte tan importante de nuestras vidas.
Un día comenzaron a circular fotografías donde se nos veía caminando juntos.
Después aparecieron especulaciones sobre si yo estaba viviendo en Corea.
Algunos comentarios eran amables.
Muchas personas simplemente deseaban que Taehyung estuviera feliz.
Pero otras comenzaron a investigar mis trabajos, mis fotografías y la identidad de mis familiares.
Volví a sentir el miedo que había experimentado cuando encontraron la tienda de mi tía.
Esta vez, sin embargo, estábamos mejor preparados.
Hablamos con profesionales para proteger nuestra privacidad.
También acordamos que, si algún día reconocíamos públicamente la relación, lo haríamos de una manera sencilla, sin exponer a personas que no habían elegido formar parte de ella.
No queríamos convertir nuestro amor en una campaña publicitaria.
Tampoco queríamos vivir como si hubiéramos hecho algo malo.
Finalmente, después de conversarlo mucho, decidimos confirmar que estábamos juntos.
No dimos detalles íntimos.
No publicamos la dirección donde vivíamos.
No mostramos información sobre nuestros familiares.
Simplemente reconocimos nuestra relación y pedimos respeto.
Aquella decisión provocó una cantidad enorme de comentarios.
Hubo felicitaciones.
Sorpresa.
Curiosidad.
Críticas.
Personas que comenzaron a recordar las fotografías antiguas de Ciudad de México.
Y miles de teorías sobre cómo nos habíamos conocido.
Andrea me llamó riéndose.
—Valeria, hay una cuenta diciendo que tú eras una heredera millonaria que conoció a Taehyung durante una fiesta privada.
Me eché a reír.
—¡Yo estaba trabajando en una cafetería!
—También dicen que estudiaste en una universidad de lujo en Suiza.
—Andrea, apenas conseguía pagar mis materiales.
Nos reímos durante varios minutos.
Después mi amiga se puso seria.
—¿Estás bien?
Miré hacia la sala.
Taehyung estaba sentado revisando unas fotografías que yo había tomado.
Sonreí.
—Sí. Estoy bien.
Y lo estaba.
La atención continuaba siendo incómoda algunas veces.
Pero ya no sentía que debía elegir entre mi identidad y nuestra relación.
Habíamos aprendido a proteger ambas.
Poco después llegó uno de los momentos más importantes de nuestra historia.
Una tarde Taehyung me preguntó si quería viajar con él a Ciudad de México.
Me sorprendió.
—¿Por qué?
Sonrió.
—Because I miss your family.
Me reí.
—Mi tía Estela te va a obligar a comprar otra libreta.
Taehyung fingió preocupación.
—Not another notebook.
Después agregó que también quería visitar algunos lugares que habíamos conocido durante nuestras primeras citas.
Acepté emocionada.
Llevaba meses sin regresar a México.
Extrañaba a mi mamá.
A Andrea.
Los tacos al pastor.
El olor de las panaderías por la mañana.
Las calles de mi colonia.
Y las jacarandas.
Especialmente las jacarandas.
Viajamos juntos y nos quedamos varios días.
Mi mamá nos recibió con un abrazo enorme.
Mi tía Estela preparó comida para demasiadas personas.
Andrea apareció con una bolsa llena de regalos y la misma energía de siempre.
Durante aquellas vacaciones hicimos cosas sencillas.
Visitamos Coyoacán.
Comimos en restaurantes pequeños.
Pasamos una tarde en el Bosque de Chapultepec.
Y regresamos a la papelería Dulce Papel.
Yo no sabía que aquella última visita estaba a punto de cambiar mi vida.
Era una tarde tranquila.
Mi tía había cerrado temprano porque, según dijo, necesitaba organizar un inventario.
Nos pidió que pasáramos a recoger unas cosas.
No sospeché nada.
Taehyung parecía un poco nervioso, pero pensé que estaba cansado por el viaje.
Cuando llegamos, la tienda estaba iluminada.
Había pequeñas flores moradas sobre el mostrador.
Y una libreta azul colocada cuidadosamente en el centro.
La reconocí inmediatamente.
Era igual a la que Taehyung había comprado la noche del accidente.
Me acerqué.
—¿De dónde salió esto?
Taehyung sonrió.
—Open it.
Tomé la libreta.
La abrí.
En la primera página estaba mi letra.
«El Bosque de Chapultepec, temprano por la mañana, cuando todavía no hay tanta gente. —Valeria».
Debajo aparecía mi número de teléfono, escrito años atrás.
Me llevé una mano a la boca.
Era la libreta original.
La misma que él había comprado después de nuestro primer encuentro.
La que llevaba consigo cuando regresó a Corea.
La que había conservado durante toda nuestra relación.
Pasé la página.
Había una fotografía de la cafetería donde tuvimos nuestra primera cita.
Después otra del río Han.
Una imagen de mi primera exposición.
Una fotografía de nosotros riéndonos durante una tarde en Seúl.
Y pequeñas frases que había escrito junto a cada recuerdo.
En una página decía:
«El día que aprendí que perderse también puede llevarte a casa».
Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas.
Seguí pasando las hojas.
Había imágenes de nuestra vida.
Momentos sencillos.
Desayunos.
Calles.
Viajes.
La primera fotografía que nos tomamos juntos.
Y al final encontré una página en blanco.
Taehyung estaba a mi lado.
Lo miré.
Tenía los ojos brillantes.
—Valeria…
Mi corazón comenzó a latir tan fuerte que apenas podía escuchar otra cosa.
—Taehyung…
Él tomó mis manos.
Respiró profundamente.
Después habló despacio, mezclando el español que había practicado con algunas frases en inglés.
—La primera vez que te vi, estaba perdido.
Sonreí entre lágrimas.
Continuó:
—Tú me ayudaste cuando no sabías quién era realmente para ti.
Se rio nerviosamente.
—Bueno, sí sabías quién era. Pero no sabías quién podía llegar a ser en tu vida.
Comencé a llorar todavía más.
Taehyung sonrió.
—Desde entonces, hemos estado aprendiendo muchas cosas. Tu idioma, mi idioma, nuestras costumbres, nuestras ciudades…
Apretó suavemente mis manos.
—Y aprendí que no quiero vivir una vida donde tú no estés.
Sentí que las piernas me temblaban.
Entonces se arrodilló.
Sacó una pequeña caja.
La abrió.
Dentro había un anillo precioso, delicado, con una piedra central y un diseño elegante.
Pero apenas lo miré.
Porque toda mi atención estaba en él.
En su expresión nerviosa.
En sus ojos.
En la sonrisa que intentaba mantener mientras esperaba mi respuesta.
—Valeria Ortega Hernández —dijo lentamente—, ¿quieres casarte conmigo?
Durante un segundo no conseguí responder.
Me llevé ambas manos a la boca.
Comencé a llorar y a reír al mismo tiempo.
Taehyung también parecía al borde de las lágrimas.
Finalmente asentí.
—Sí.
Él abrió los ojos.
—¿Sí?
Me reí.
—¡Sí, Taehyung! ¡Claro que quiero casarme contigo!
Se levantó y me abrazó.
Lo abracé tan fuerte que casi perdimos el equilibrio.
Después nos besamos.
Un beso lleno de años de llamadas, aeropuertos, despedidas y reencuentros.
Cuando nos separamos, todavía estábamos llorando.
Taehyung tomó mi mano y colocó el anillo cuidadosamente.
—Te amo —dijo en español.
Lo miré.
—Yo también te amo.
Entonces escuché un ruido detrás de una estantería.
Me giré.
Andrea apareció llorando.
Mi mamá estaba detrás de ella.
Y mi tía Estela sostenía una caja de pañuelos.
—¡Ya era hora! —exclamó mi mejor amiga.
Comencé a reírme.
—¡¿Ustedes sabían?!
Mi mamá asintió emocionada.
—Nos pidió permiso para preparar la sorpresa aquí.
Mi tía se acercó.
—Y casi me mata del susto porque quería mover todos mis cuadernos.
Taehyung comenzó a reírse.
Andrea se acercó para abrazarme.
—¡Te vas a casar!
Yo todavía no podía creerlo.
Miré el anillo.
Después a Taehyung.
Y recordé aquella noche en que entró mojado en la tienda, acompañado por Jungkook, después de un accidente absurdo.
El hombre al que había ayudado a encontrar un lugar seguro acababa de pedirme que compartiéramos nuestras vidas.
Y yo había dicho que sí.
Organizar nuestra boda resultó mucho más complicado de lo que había imaginado.
Yo pensaba que lo difícil era decidir si queríamos casarnos.
Después descubrí que faltaba hablar de dos países, dos idiomas, nuestras familias, el trabajo de Taehyung, mis proyectos y una cantidad sorprendente de documentos.
Mi mamá quería que nos casáramos en México.
La familia de Taehyung también deseaba acompañarnos en una celebración cercana.
Nosotros queríamos que todos pudieran sentirse incluidos.
Y, sobre todo, no deseábamos que nuestra boda terminara convirtiéndose en un evento gigantesco organizado para satisfacer la curiosidad de desconocidos.
Durante las primeras semanas recibimos todo tipo de sugerencias.
Alguien propuso una ceremonia enorme.
Otra persona mencionó un lugar espectacular donde cabrían cientos de invitados.
Hubo quien sugirió convertir la celebración en un documental.
Taehyung y yo escuchamos las ideas.
Después regresamos a casa, nos sentamos en el sofá y comenzamos a reírnos.
—This is getting out of control —dijo.
Asentí.
—Yo solamente quiero casarme contigo.
Me miró.
Sonrió.
—Me too.
Entonces decidimos organizar las cosas a nuestra manera.
Primero resolveríamos los trámites legales necesarios, con orientación profesional para que nuestro matrimonio tuviera el reconocimiento correspondiente.
Después celebraríamos una ceremonia íntima en México, acompañados por nuestras familias y amigos más cercanos.
También tendríamos una reunión especial en Corea para compartir aquel momento con personas importantes en la vida de Taehyung.
No necesitábamos demostrar nada.
Solo queríamos celebrar.
Durante los meses siguientes continuamos con nuestros trabajos.
Yo había comenzado a desarrollar proyectos fotográficos para pequeñas marcas, además de colaborar con otros artistas.
Algunos clientes estaban en México.
Otros en Corea.
Me sentía orgullosa de haber conseguido mantener mi carrera y construir nuevas oportunidades.
Taehyung también continuaba con sus actividades musicales y artísticas.
A veces nuestras agendas eran complicadas.
Pero ahora había algo diferente.
Ya no hablábamos del futuro como si fuera una posibilidad lejana.
Estábamos tomando decisiones concretas para construirlo.
Un día encontré a Taehyung sentado frente a la computadora, observando fotografías de vestidos de novia.
Me detuve en la puerta.
—¿Qué estás haciendo?
Cerró la pantalla rápidamente.
—Nothing.
Entrecerré los ojos.
—¿Estás mirando vestidos?
Se rio.
—Maybe.
Me acerqué.
—Se supone que no debes ver mi vestido antes de la boda.
Levantó ambas manos.
—Okay. I won't look.
Después añadió:
—But whatever you choose, you'll be beautiful.
Lo besé en la mejilla.
—Eso fue muy cursi.
Sonrió.
—I know.
Andrea viajó conmigo para elegir el vestido.
Fuimos a varias tiendas y probé modelos muy diferentes.
Algunos tenían faldas enormes.
Otros estaban cubiertos de encaje.
Había vestidos tan elaborados que apenas podía caminar con ellos.
Finalmente encontré uno sencillo, de tela suave, con detalles delicados y una caída elegante.
Cuando me miré en el espejo, sentí algo que no había sentido con los anteriores.
Me reconocí.
No parecía una princesa de una película.
Parecía Valeria.
Solo que estaba a punto de casarse.
Andrea comenzó a llorar.
—Este es.
Me giré hacia ella.
—¿De verdad?
Asintió.
—Te ves preciosa.
Después se limpió las lágrimas y añadió:
—Tu papá estaría llorando más fuerte que yo.
Aquellas palabras me hicieron llorar también.
Durante varios segundos permanecimos abrazadas.
Extrañaba muchísimo a mi padre.
Me habría encantado que pudiera conocer a Taehyung.
Que conversaran.
Que se rieran.
Que viera cómo había conseguido terminar mis estudios y encontrar a alguien con quien me sentía profundamente querida.
Pero también sabía que mi papá seguía presente en muchas de las cosas que yo hacía.
En mis fotografías.
En la manera en que intentaba tratar bien a las personas.
En mis ganas de construir una familia donde nadie sintiera que tenía que ganarse el cariño de los demás.
El día de nuestra boda llegó finalmente.
La ceremonia se celebró en un jardín privado de Coyoacán.
Había flores blancas y moradas.
Luces cálidas.
Mesas pequeñas.
Y un ambiente que me recordó las reuniones familiares de mi infancia.
La decoración incluía detalles mexicanos y coreanos.
Queríamos que nuestras dos culturas estuvieran presentes sin convertirlas en un espectáculo.
Mi mamá llegó temprano.
Mi tía Estela supervisaba las flores como si fuera la directora de una producción cinematográfica.
Andrea caminaba de un lado a otro comprobando que todo estuviera listo.
Yo me encontraba dentro de una habitación, intentando controlar los nervios.
Llevaba el vestido que habíamos elegido.
El cabello recogido parcialmente.
Y un pequeño accesorio que había pertenecido a mi mamá cuando se casó con mi papá.
Andrea entró.
Me observó durante varios segundos.
Después comenzó a llorar.
—No empieces —le dije—. Vas a arruinarme el maquillaje.
Se rio entre lágrimas.
—Es que estás hermosa.
Mi mamá apareció detrás de ella.
Se llevó una mano a la boca.
Durante un momento ninguna dijo nada.
Después se acercó y me abrazó.
—Hija, estoy tan orgullosa de ti.
Sentí que la voz me temblaba.
—Gracias por todo, mamá.
Me sostuvo el rostro entre las manos.
—Lo único que quiero es que seas feliz. Y que nunca olvides que siempre tendrás un hogar aquí.
Asentí.
—Nunca lo voy a olvidar.
Cuando llegó el momento de salir, sentí que el corazón me golpeaba el pecho.
Escuché la música.
Las voces de los invitados.
Y después vi el jardín.
Había personas que conocía desde pequeña.
Familiares.
Amigos.
Gente que me había acompañado durante mis años más difíciles.
También estaban los familiares y amigos cercanos de Taehyung que habían podido viajar.
Y, por supuesto, algunos integrantes de BTS.
Jungkook me sonrió desde su lugar.
Jimin parecía emocionado.
Jin conversaba discretamente con Hoseok.
Namjoon observaba la ceremonia con una expresión tranquila.
Yoongi sonrió cuando nuestras miradas se cruzaron.
Pero apenas conseguí prestar atención a nadie.
Porque al final del pasillo estaba Taehyung.
Llevaba un traje oscuro, elegante, y tenía el cabello perfectamente arreglado.
Cuando me vio, su expresión cambió.
Se llevó una mano al rostro.
Después sonrió.
Y comenzó a llorar.
Verlo así hizo que yo también empezara a llorar.
Caminé lentamente, acompañada por mi mamá.
Cuando llegamos, ella tomó mi mano y la colocó suavemente sobre la de Taehyung.
Él la miró.
—Thank you —le dijo.
Mi mamá sonrió.
—Cuídense mucho los dos.
Taehyung asintió.
Después me miró.
Durante unos segundos ninguno habló.
Finalmente susurró:
—You look beautiful.
Sonreí entre lágrimas.
—Tú tampoco estás nada mal.
Se echó a reír.
Aquello nos ayudó a tranquilizarnos.
La ceremonia fue íntima.
Hablamos de nuestras familias, del respeto, de las dificultades que habíamos superado y de la importancia de seguir eligiéndonos incluso cuando la vida no fuera sencilla.
Cuando llegó el momento de nuestros votos, Taehyung tomó mis manos.
Había preparado unas palabras en español.
Yo sabía cuánto había practicado porque durante semanas lo escuché hablando solo en diferentes habitaciones, convencida de que estaba ensayando alguna presentación.
Respiró profundamente.
—Valeria, cuando llegué a México, estaba perdido.
Los invitados comenzaron a reírse suavemente.
Jungkook bajó la cabeza, sonriendo.
Taehyung continuó:
—No conocía bien las calles. No sabía dónde estaba. Y tuve un accidente muy tonto.
Volvieron a escucharse algunas risas.
Yo sonreía entre lágrimas.
—Pero aquella noche encontré a alguien que me ayudó sin esperar nada a cambio.
Me apretó suavemente las manos.
—Después descubrí que esa persona tenía sueños, miedos, una familia hermosa y un corazón que quería conocer el mundo.
Su voz tembló.
—Prometo respetar tus sueños. Escucharte cuando estés triste. Celebrar tus alegrías. Y recordar, incluso en los días difíciles, que somos un equipo.
Comencé a llorar.
Taehyung respiró profundamente.
—No prometo que nuestra vida será perfecta. Pero prometo que nunca dejaré de intentar construir contigo un hogar lleno de amor.
Cuando terminó, tuve que esperar unos segundos antes de poder hablar.
Mis votos también estaban preparados.
Pero al mirarlo, sentí que las palabras escritas no alcanzaban para explicar todo lo que significaba para mí.
—Taehyung —comencé—, antes de conocerte pensaba que mi vida era demasiado común para que ocurriera algo extraordinario.
Sonrió.
—Después llegaste una noche a la ciudad, te perdiste, chocaste una motocicleta y terminaste sentado en la papelería de mi tía.
Se escucharon carcajadas.
Yo también me reí.
—Desde entonces aprendí que no hay vidas pequeñas. Hay personas que consiguen convertir los momentos sencillos en recuerdos maravillosos.
Lo miré directamente.
—Prometo acompañarte sin intentar cambiar quién eres. Recordarte que puedes descansar cuando estés cansado. Escucharte incluso cuando no encontremos las palabras en el mismo idioma. Y seguir eligiéndote no porque seas perfecto, sino porque quiero construir contigo una vida real.
Taehyung tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Te amo —añadí.
Él sonrió.
—Te amo.
Intercambiamos los anillos.
Y finalmente llegó el momento del beso.
Taehyung sostuvo suavemente mi rostro.
Me acerqué.
Nos besamos.
Y los invitados comenzaron a aplaudir.
Escuché a Andrea gritar.
También escuché a Jungkook reírse.
Y durante unos segundos sentí que todo el mundo desaparecía.
No había cámaras.
Ni rumores.
Ni miles de personas pendientes de nuestra relación.
Solamente nosotros.
Dos personas que habían decidido compartir su futuro.
La celebración fue maravillosa.
Hubo comida mexicana y coreana.
Música.
Baile.
Fotografías.
Abrazos.
Mi tía Estela terminó conversando con varios invitados mediante un traductor en el teléfono.
Jin hizo reír a buena parte de nuestra mesa.
Hoseok fue de los primeros en levantarse a bailar.
Jimin y Jungkook participaron con entusiasmo.
Y cuando llegó el momento de brindar, Namjoon nos dedicó unas palabras muy bonitas sobre la amistad y los caminos inesperados que pueden unir a las personas.
Jungkook también quiso hablar.
Me preocupé inmediatamente.
Tomó el micrófono.
Miró a Taehyung.
Después a mí.
Y dijo:
—Quiero agradecerle a Valeria por ayudarnos aquella noche. Aunque todavía creo que Taehyung debería agradecerle también a la motocicleta.
Todos comenzaron a reírse.
Taehyung se cubrió el rostro con una mano.
Yo me incliné hacia él.
—Nunca van a dejarte olvidar ese accidente.
Suspiró fingiendo resignación.
—Never.
Después me miró.
Sonrió.
—But it was worth it.
Y me besó.
Aquella noche bailamos juntos bajo las luces del jardín.
Había pasado tanto tiempo imaginando un futuro con él que todavía me costaba creer que finalmente lo estábamos viviendo.
Apoyé la cabeza sobre su hombro.
—Somos esposos —susurré.
Taehyung sonrió.
—Husband and wife.
Me reí.
—Suena extraño.
—Good strange?
Levanté la cabeza.
—El mejor tipo de extraño.
Nos besamos nuevamente.
Y supe que recordaría aquella noche durante el resto de mi vida.
Después de la boda regresamos a Corea, donde organizamos una celebración más pequeña con familiares y amigos que no habían podido viajar a México.
Fue diferente, pero igual de hermosa.
Compartimos comidas, tradiciones y momentos que me ayudaron a sentirme cada vez más cerca de su familia.
Mi mamá también viajó para acompañarnos durante algunos días.
Nunca olvidaré verla caminando por Seúl, observando los edificios con una emoción casi infantil.
Una tarde me tomó del brazo mientras paseábamos.
—Valeria, ¿te das cuenta de dónde estamos?
Sonreí.
—Sí, mamá.
Me miró.
—Cuando eras pequeña me preguntabas si algún día conocerías otro país. Ahora tienes una vida aquí.
Sentí un nudo en la garganta.
—Pero México sigue siendo mi casa.
Mi mamá sonrió.
—Uno puede tener más de un hogar, hija.
Aquella frase se quedó conmigo.
Los años siguientes estuvieron llenos de cambios.
Yo continué trabajando en fotografía y producción audiovisual.
Con el tiempo conseguí desarrollar proyectos propios y colaborar con equipos creativos de distintos países.
Taehyung continuó con su carrera musical y artística.
No siempre era sencillo encontrar tiempo para nosotros.
Había viajes.
Ensayos.
Grabaciones.
Sesiones de fotografía.
Reuniones.
Pero habíamos aprendido a proteger algunos momentos.
Intentábamos desayunar juntos cuando estábamos en la misma ciudad.
Organizábamos pequeñas escapadas cuando nuestros horarios lo permitían.
Y manteníamos la costumbre de enviarnos fotografías del cielo cuando alguno tenía un día complicado.
Incluso después de casarnos, aquella pequeña tradición seguía teniendo el mismo significado.
«Estoy aquí».
Pasaron casi dos años de matrimonio antes de que comenzáramos a hablar seriamente de tener hijos.
Siempre habíamos mencionado la posibilidad.
Pero no queríamos hacerlo porque alguien esperara que una pareja casada tuviera bebés inmediatamente.
Queríamos estar preparados.
Una noche estábamos sentados en el sofá, viendo fotografías de la boda.
Taehyung se detuvo en una imagen donde aparecíamos junto a nuestros familiares.
Después me preguntó:
—Have you thought about having children?
Lo miré.
—Sí.
Sonrió.
—Me too.
Nos quedamos callados un momento.
Después hablamos durante horas.
De nuestros horarios.
De las responsabilidades.
De cómo nos organizaríamos para que ninguno tuviera que abandonar completamente su carrera.
También hablamos de la privacidad.
Ambos sabíamos que, si algún día teníamos hijos, no queríamos convertirlos en personajes públicos.
Ellos debían tener derecho a crecer, equivocarse, aprender y construir su propia identidad sin sentir que el mundo entero estaba observándolos.
Acordamos que cuidaríamos especialmente esa parte de nuestra vida.
Y cuando finalmente decidimos intentar formar una familia, lo hicimos con ilusión, pero también con la conciencia de que la vida no siempre sigue exactamente nuestros planes.
Tiempo después llegó la noticia.
Recuerdo que estaba en casa, en Seúl.
Había comprado una prueba de embarazo y estaba tan nerviosa que apenas podía sostenerla.
Cuando vi el resultado, me quedé inmóvil.
Después comencé a llorar.
Necesité unos minutos para procesarlo.
Llamé a mi médica para organizar la atención correspondiente y confirmar el embarazo.
Más tarde preparé una pequeña sorpresa para Taehyung.
Coloqué sobre la mesa la libreta azul que había conservado desde nuestra propuesta de matrimonio.
Dentro puse una fotografía reciente de nosotros y una nota.
Cuando regresó a casa, le pedí que la abriera.
Taehyung sonrió al reconocerla.
—Our notebook.
Asentí.
Pasó algunas páginas.
Llegó a la nota.
La leyó.
Después se quedó completamente inmóvil.
Me miró.
Volvió a mirar el papel.
—Valeria…
Sonreí entre lágrimas.
—Vamos a tener un bebé.
Durante un segundo pareció incapaz de hablar.
Después se llevó las manos a la boca.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Really?
Asentí.
Se acercó y me abrazó con muchísimo cuidado.
Comenzó a reírse y a llorar al mismo tiempo.
—We're going to be parents.
Apoyé la cabeza sobre su pecho.
—Sí.
Permanecimos abrazados durante mucho tiempo.
Aquella noche no hicimos grandes planes.
No comenzamos a elegir nombres ni a comprar cosas.
Simplemente nos sentamos en el sofá, tomados de la mano, intentando comprender que nuestra familia estaba a punto de crecer.
Durante los meses siguientes Taehyung me acompañó a las citas médicas siempre que sus compromisos y las posibilidades reales se lo permitieron.
Cuando no podía asistir, buscábamos maneras de compartir la información después.
Fue atento, pero no perfecto.
Hubo días en los que estaba agotado.
Otros en los que yo estaba demasiado sensible o preocupada.
También tuvimos conversaciones difíciles sobre cómo organizaríamos nuestras responsabilidades después del nacimiento.
Pero nunca sentí que debiera enfrentar aquella etapa sola.
Mi mamá viajó durante una temporada para ayudarme.
Y la presencia de mi familia hizo que todo fuera mucho más llevadero.
Nuestro primer hijo nació sano.
Le pusimos Daniel.
Elegimos un nombre sencillo de pronunciar para nuestras dos familias, y también le dimos un nombre coreano que utilizaríamos dentro de su entorno familiar.
Cuando lo sostuve por primera vez, sentí algo que todavía me cuesta describir.
Era pequeño.
Tenía las manos diminutas.
Y estaba completamente ajeno a la enorme emoción que había provocado su llegada.
Taehyung estaba a mi lado.
Lo observé mientras miraba a nuestro hijo.
Tenía los ojos llenos de lágrimas.
—He's beautiful —susurró.
Sonreí.
—Sí.
Taehyung se inclinó y besó suavemente mi frente.
—Thank you.
Lo miré.
—Somos un equipo, ¿recuerdas?
Sonrió.
—Always.
La paternidad nos cambió muchísimo.
Y no todo fue tan hermoso como las fotografías.
Hubo noches sin dormir.
Llantos que no conseguíamos comprender inmediatamente.
Ropa que necesitaba lavarse constantemente.
Preocupaciones por pequeñas cosas que antes ni siquiera habríamos notado.
Yo estaba cansada.
Taehyung también.
A veces discutíamos porque uno había olvidado una tarea o porque ambos necesitábamos descansar.
Pero aprendimos a pedir ayuda.
Mi mamá estuvo presente cuando pudo.
También contamos con apoyo profesional y familiar en distintas etapas.
No queríamos aparentar que podíamos hacerlo absolutamente todo.
Una noche, cuando Daniel todavía era muy pequeño, me desperté y descubrí que Taehyung no estaba en la cama.
Escuché una música suave desde la habitación del bebé.
Me levanté.
Caminé despacio.
Y lo encontré sentado en una mecedora, sosteniendo a nuestro hijo.
Le estaba cantando en voz baja.
No una canción famosa.
Simplemente una melodía tranquila que parecía haber inventado en aquel momento.
Daniel dormía profundamente.
Taehyung no me había visto.
Me quedé observándolos desde la puerta.
Y sentí una felicidad tan grande que tuve que cubrirme la boca para no llorar.
En aquel momento recordé la primera vez que lo vi.
Sentado sobre una banqueta mojada.
Con una mano lastimada.
Completamente perdido en una ciudad que no conocía.
Nunca habría imaginado que años después lo encontraría en nuestra casa, cantándole una canción a nuestro hijo.
Taehyung levantó la mirada.
Me vio.
Sonrió.
—Go back to sleep.
Negué.
Me acerqué.
Me senté junto a él.
Y permanecimos allí, observando a Daniel mientras descansaba.
Tiempo después llegó nuestra segunda hija.
La llamamos Hana.
Era una niña alegre, curiosa y con una energía que parecía multiplicarse cada día.
Daniel se emocionó muchísimo cuando supo que tendría una hermana.
Aunque al principio no comprendía exactamente qué significaba.
Cuando finalmente la conoció, la observó durante varios segundos.
Después preguntó:
—¿Se va a quedar con nosotros?
Me reí.
—Sí, mi amor. Es tu hermanita.
Daniel sonrió.
—Entonces le voy a enseñar mis juguetes.
Taehyung se rio detrás de mí.
—Good big brother.
Con dos hijos, nuestra vida se volvió todavía más intensa.
Había juguetes por todas partes.
Libros infantiles.
Mochilas pequeñas.
Desayunos que terminaban sobre el piso.
Y tardes en las que el mayor logro del día era conseguir que todos estuvieran bañados, alimentados y listos para dormir.
Pero también había una felicidad difícil de explicar.
Nuestra casa estaba llena de risas.
De música.
De palabras en español y coreano.
De fotografías pegadas sobre el refrigerador.
Y de dibujos infantiles que Taehyung insistía en conservar aunque ya no supiéramos dónde guardarlos.
Queríamos que nuestros hijos crecieran conociendo las dos culturas.
Les enseñábamos español y coreano.
Celebrábamos tradiciones familiares de ambos países.
Viajábamos a México cuando nuestras circunstancias lo permitían.
Y procurábamos que mantuvieran una relación cercana con sus abuelos y familiares.
Mi mamá era inmensamente feliz cuando los veía.
En una ocasión, durante una visita a Ciudad de México, Daniel le preguntó por qué teníamos dos casas.
Mi mamá sonrió.
—Porque tienes personas que te quieren en lugares diferentes.
El niño pareció pensarlo.
Después respondió:
—Entonces tenemos mucho amor.
Mi mamá comenzó a llorar.
Yo también.
Taehyung nos observó sin entender completamente por qué estábamos emocionadas.
Le traduje la conversación.
Sonrió.
Después abrazó a Daniel.
—Yes. A lot of love.
Una de nuestras visitas a México terminó convirtiéndose en uno de mis recuerdos favoritos.
Habíamos regresado para pasar unos días con mi familia.
Daniel y Hana estaban emocionados porque mi tía Estela les había prometido regalos.
Fuimos a Dulce Papel una tarde.
La tienda seguía funcionando.
Había cambiado algunas estanterías y renovado el letrero, pero conservaba el mismo mostrador donde Taehyung había comprado aquella primera libreta azul.
Mi tía nos recibió con abrazos.
Daniel corrió inmediatamente hacia una sección de cuadernos con ilustraciones de animales.
Hana se quedó fascinada con una caja de lápices de colores.
Taehyung comenzó a ayudarles a elegir algunas cosas.
Yo los observaba desde la entrada.
Entonces recordé exactamente cómo había empezado todo.
La lluvia.
El accidente.
La motocicleta.
Jungkook intentando comunicarse con su equipo.
Taehyung sentado en una silla.
Y yo preguntándome si estaba viviendo el momento más absurdo de mi existencia.
Me acerqué al mostrador.
Pasé los dedos sobre la madera.
Mi tía me observó.
—¿Qué estás pensando?
Sonreí.
—En aquella noche.
Ella también sonrió.
—Quién iba a decir que un muchacho que vino a comprar una libreta terminaría formando una familia contigo.
Me reí.
—Ni yo lo habría creído.
Mi tía me abrazó.
Después miramos hacia el otro extremo de la tienda.
Taehyung estaba agachado junto a Daniel, ayudándolo a elegir un cuaderno.
Hana sostenía una caja de colores contra el pecho.
Los tres se reían.
Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas.
Mi tía me tomó la mano.
—Valeria, ¿eres feliz?
Observé a mi familia.
Después la miré.
—Muchísimo.
Y era verdad.
No porque nuestra vida fuera perfecta.
Ni porque mi esposo fuera famoso.
Ni porque pudiéramos viajar a lugares que antes solamente veía en fotografías.
Era feliz porque había conseguido construir algo que durante muchos años me pareció imposible.
Una familia donde el cariño se demostraba mediante acciones.
Donde podíamos hablar cuando estábamos tristes.
Donde nuestros hijos podían equivocarse sin sentir que dejaríamos de amarlos.
Y donde el amor no significaba abandonar los sueños propios.
Hoy, cuando pienso en todo lo que sucedió, me parece increíble que hayan pasado tantos años.
Todavía sigo tomando fotografías.
Taehyung continúa dedicándose a la música y a sus proyectos artísticos.
Nuestros hijos están creciendo y descubriendo sus propios intereses.
Daniel parece disfrutar muchísimo de la música.
Hana siente una curiosidad enorme por los colores, las plantas y cualquier cosa que pueda dibujar.
No sabemos qué querrán hacer cuando sean mayores.
Y tampoco queremos decidirlo por ellos.
Si algún día desean dedicarse al arte, los apoyaremos.
Si prefieren estudiar algo completamente diferente, también.
Queremos que descubran quiénes son sin sentir que deben cumplir las expectativas que otras personas tienen sobre sus padres.
Conservamos gran parte de nuestra vida familiar lejos de las redes sociales.
Compartimos algunos momentos cuando lo consideramos apropiado, pero protegemos especialmente la privacidad de nuestros hijos.
No queremos que sus recuerdos de infancia se conviertan en contenido público sin que ellos puedan decidirlo.
A veces Taehyung tiene que viajar durante varios días.
Otras soy yo quien necesita trasladarse por un proyecto fotográfico.
Todavía nos extrañamos.
Todavía tenemos días difíciles.
Pero seguimos haciendo lo mismo que aprendimos durante nuestra relación a distancia.
Nos enviamos fotografías del cielo.
Él me manda una desde donde se encuentre.
Yo le respondo con otra.
Y casi siempre añadimos las mismas palabras.
«Estoy aquí».
Hace poco encontré la libreta azul mientras organizaba unas cajas.
La abrí con cuidado.
Sus páginas estaban llenas de fotografías, notas y recuerdos.
Había imágenes de nuestra primera cita.
De nuestros viajes.
De nuestra boda.
Del nacimiento de Daniel.
De la llegada de Hana.
También encontré una fotografía de Taehyung durmiendo en el sofá mientras nuestro hijo pequeño descansaba sobre su pecho.
Sonreí.
Después llegué a la última página.
Era una hoja que habíamos dejado en blanco.
Durante nuestra boda, Taehyung había dicho que quería reservarla para algo especial.
Tomé una pluma.
Y escribí:
«Querido Taehyung:
Aquella noche te encontré perdido en una ciudad que no conocías.
Hoy, después de tantos años, sigo pensando que el destino tiene maneras extrañas de acercar a las personas.
Pero también sé que no fue el accidente lo que construyó nuestra historia.
Fueron las llamadas cuando estábamos cansados.
Las veces que decidimos escucharnos.
Los aeropuertos.
Las despedidas.
Los reencuentros.
Los días en que nada salía como esperábamos.
Y la decisión de seguir siendo un equipo.
Gracias por convertir tantos momentos sencillos en recuerdos que quiero conservar para siempre.
Con amor, Valeria».
Cerré la libreta.
La dejé sobre la mesa.
Unos minutos después Taehyung apareció en la habitación.
—What are you doing?
Sonreí.
—Recordando cosas.
Se acercó.
Vio la libreta.
La reconoció inmediatamente.
—Our story.
Asentí.
La abrió.
Encontró mi mensaje.
Lo leyó en silencio.
Después levantó la mirada.
Tenía los ojos brillantes.
—Valeria…
Me acerqué.
—¿Sí?
Me abrazó.
—I'd get lost in Mexico all over again.
Comencé a reírme.
—No, por favor. Nuestros hijos ya tienen suficientes historias sobre aquel accidente.
Taehyung también se rio.
Después apoyó su frente contra la mía.
—I love you.
Lo besé suavemente.
—Yo también te amo.
Entonces escuchamos unos pasos pequeños acercándose por el pasillo.
Daniel apareció en la puerta.
—¡Mamá! ¡Hana está pintando la mesa!
Abrí los ojos.
—¿Qué?
Taehyung comenzó a reírse.
Salimos rápidamente de la habitación.
Encontramos a nuestra hija sentada junto a una mesa pequeña, completamente concentrada en un dibujo que había extendido un poco más allá del papel.
Cuando nos vio, levantó los ojos.
—Estoy haciendo una casa.
Taehyung se agachó junto a ella.
—A house?
Hana asintió.
Señaló su dibujo.
Había cuatro figuras.
Un árbol.
Y algo que parecía una enorme nube morada.
—Esta es mamá —explicó—. Este es papá. Este es Daniel. Y esta soy yo.
Sonreí.
—¿Y qué es eso morado?
Hana levantó la mirada.
—El árbol de las flores que le gustan a mamá.
Sentí que el corazón se me encogía de ternura.
Una jacaranda.
Mi hija había dibujado una jacaranda.
El mismo árbol del que hablé con Taehyung durante nuestra primera noche.
Me senté junto a ella.
La abracé.
Después Taehyung nos rodeó con sus brazos.
Daniel se acercó también.
Terminamos los cuatro abrazados alrededor de una mesa manchada de colores.
Y pensé que, si alguien me hubiera mostrado aquella imagen cuando tenía veinticuatro años, jamás habría creído que correspondía a mi futuro.
Una familia construida entre México y Corea del Sur.
Dos hijos maravillosos.
Un esposo al que seguía amando incluso después de conocer sus defectos, sus costumbres y sus días difíciles.
Una vida llena de música, fotografías, responsabilidades, desorden y muchísimo cariño.
No había un final perfecto.
Porque nuestra historia no había terminado realmente.
Mañana habría trabajo.
Tareas.
Desayunos que preparar.
Tal vez alguna discusión pequeña.
Y cientos de cosas que resolver.
Pero eso era justamente lo que más me gustaba.
No vivíamos dentro de una película donde todo terminaba cuando los protagonistas se besaban.
Vivíamos una vida de verdad, dentro de este mundo imaginario que comenzó con una coincidencia imposible.
Y seguíamos eligiéndonos todos los días.
Si alguien me preguntara cuál fue el momento más importante de nuestra historia, probablemente esperaría que respondiera que fue nuestra boda.
O el nacimiento de nuestros hijos.
O el día en que Taehyung me dijo por primera vez que me amaba.
Todos fueron momentos maravillosos.
Pero yo elegiría otro.
Elegiría aquella noche lluviosa en Ciudad de México.
Cuando una muchacha cansada salió de trabajar.
Escuchó un golpe.
Vio a dos desconocidos junto a una motocicleta.
Y decidió acercarse para preguntar si necesitaban ayuda.
Porque, aunque en aquel momento no lo sabía, estaba dando el primer paso hacia una vida que jamás habría podido imaginar.
Y por eso, si pudiera regresar al pasado y hablar con aquella Valeria de veinticuatro años, le diría algo muy sencillo:
No tengas miedo de vivir algo inesperado. Pero tampoco olvides quién eres mientras lo estás viviendo.
Porque el amor más bonito no es el que nos obliga a convertirnos en otra persona.
Es el que nos permite crecer sin dejar de reconocernos.
Mi nombre es Valeria Ortega Hernández.
Nací en Ciudad de México.
Conocí a Kim Taehyung después de que se perdiera junto a Jungkook y sufrieran un accidente de motocicleta.
Nos enamoramos.
Aprendimos a vivir entre dos culturas.
Nos casamos.
Tuvimos dos hijos.
Y construimos un hogar donde nunca faltan la música, las fotografías y las risas.
Todavía conservo aquella primera libreta azul.
Y cada vez que la abro recuerdo que, a veces, los caminos más inesperados nos llevan precisamente al lugar donde queremos estar.
Gracias por acompañarme durante estas tres partes, Click.
Y ahora quiero preguntarles algo.
¿Ustedes creen en esos encuentros inesperados que pueden cambiar una vida entera? ¿Qué habrían hecho si se encontraran con su artista favorito perdido en una ciudad desconocida?
Porque yo todavía pienso en aquella noche y sonrío.
Después miro a mi esposo, a nuestros hijos y a la familia que construimos.
Y agradezco haberme acercado para hacer una pregunta tan sencilla:
—¿Están bien? ¿Necesitan ayuda?
FIN. 💜
Fanfic romántico de ficción inspirado en BTS. Las relaciones, acontecimientos y conversaciones narrados son imaginarios.
Nunca pensé que una motocicleta accidentada pudiera llevarme hasta el altar.
Mucho menos que el hombre con quien terminaría casándome sería Kim Taehyung, alguien a quien durante años había admirado desde la pantalla de mi teléfono, convencida de que jamás tendría oportunidad de conocerlo.
Pero si algo aprendí de nuestra historia es que las cosas más importantes de la vida no siempre comienzan de una manera extraordinaria.
A veces empiezan con una persona perdida.
Una mano lastimada.
Una libreta de flores.
Y dos desconocidos que deciden seguir hablando incluso después de que sus caminos deberían haberse separado.
Me llamo Valeria Ortega Hernández, soy mexicana, nací en Ciudad de México y esta es la última parte de la historia de cómo me enamoré de Taehyung.
En la primera parte les conté cómo lo conocí junto a Jungkook después de un accidente de motocicleta durante una noche lluviosa en la colonia Del Valle.
En la segunda les conté cómo comenzamos a hablar, cómo nos enamoramos a distancia y cómo aprendimos que tener una relación con una persona famosa era mucho más complicado de lo que imaginábamos.
Ahora quiero contarles lo que sucedió después.
Porque sí, terminamos casándonos.
Tuvimos hijos.
Construimos una familia.
Pero entre aquella primera llamada y el día de nuestra boda ocurrieron tantas cosas que, por momentos, pensé que jamás conseguiríamos llegar tan lejos.
Nuestra historia continuó en el Aeropuerto Internacional de Incheon, en Corea del Sur.
Yo acababa de aterrizar después de un viaje larguísimo y apenas podía mantener los ojos abiertos.
Era mi primera vez en Asia.
Había pasado tantas horas dentro de aviones y aeropuertos que ya no sabía exactamente qué hora era ni cuánto tiempo llevaba despierta.
Mi cabello estaba desordenado, tenía ojeras y llevaba una sudadera que decía «Ciudad de México» porque Andrea insistió en que debía viajar representando nuestras raíces.
Mientras esperaba mi maleta, recibí un mensaje.
«Bienvenida a Corea, mi amor».
Era Taehyung.
Sonreí inmediatamente.
Le respondí que acababa de aterrizar.
Unos segundos después llegó otro.
«Estoy esperando afuera. Y tengo una sorpresa».
Miré el teléfono con curiosidad.
Le pregunté qué sorpresa.
Respondió:
«Si te lo digo, deja de ser una sorpresa».
Me reí sola.
Había algo en aquella manera de bromear que siempre me hacía sentir cerca de él, incluso cuando estábamos separados por miles de kilómetros.
Cuando finalmente salí hacia la zona de llegadas, vi a una persona del equipo sosteniendo discretamente una pequeña tarjeta con mi nombre.
Me saludó con amabilidad y me acompañó hacia un vehículo estacionado en un área autorizada.
Taehyung estaba dentro.
Lo primero que vi fue su sonrisa.
Después sus brazos extendidos.
—Valeria.
Dejé mi mochila sobre el asiento y lo abracé.
Fue uno de esos abrazos que parecen durar solamente unos segundos, pero en los que una persona consigue olvidar semanas enteras de cansancio.
Él me sostuvo con fuerza.
—Te extrañé —le dije.
Apoyó su rostro junto al mío.
—Muchísimo.
Cuando nos separamos, me miró de arriba abajo.
—You look tired.
Solté una carcajada.
—Gracias. Tú también te ves muy bonito.
Se rio.
—That's not what I meant.
—Lo sé.
Me tomó la mano y me preguntó cómo había estado el vuelo.
Le conté que había dormido poco, que me había emocionado al ver las luces de Seúl desde el avión y que casi pierdo mi pasaporte dentro de la mochila porque lo había guardado en un compartimento equivocado.
Taehyung comenzó a reírse.
—You always lose things.
—No siempre.
Me miró.
Le sostuve la mirada.
Finalmente ambos comenzamos a reírnos.
Era verdad.
Yo perdía las llaves, los cargadores y las plumas constantemente.
Había comprado una pequeña bolsa especial para guardar el pasaporte porque Andrea amenazó con acompañarme personalmente hasta Corea si no aprendía a organizarme.
Durante el trayecto observé la ciudad a través de la ventana.
Las avenidas amplias.
Los edificios iluminados.
Los anuncios en coreano.
Los automóviles.
Los puentes.
Todo me parecía nuevo.
Taehyung me señalaba algunos lugares y explicaba cosas que conocía.
Yo intentaba prestar atención, pero estaba tan emocionada que apenas conseguía concentrarme.
En un momento me preguntó si quería descansar.
Asentí.
Apoyé la cabeza sobre su hombro y cerré los ojos.
Sentí sus dedos acariciando suavemente mi mano.
Y pensé algo que me hizo sonreír.
Por primera vez desde que comenzamos nuestra relación, no teníamos que despedirnos al terminar una videollamada.
Estábamos juntos.
En la misma ciudad.
Y durante las próximas semanas podríamos compartir momentos cotidianos que antes parecían imposibles.
Taehyung había organizado mi estancia en un alojamiento privado cercano a la zona donde pasaríamos buena parte del tiempo.
No me instaló automáticamente en su casa ni asumió que debíamos convivir de inmediato.
Habíamos hablado de ello antes del viaje.
Yo quería conocer Corea, pasar tiempo con él y descubrir cómo nos llevábamos sin la distancia, pero también necesitaba conservar mi espacio.
Taehyung lo comprendió perfectamente.
Aquella primera noche cenamos algo sencillo.
Estaba tan cansada que apenas podía mantener una conversación.
Él me preguntó si quería salir a conocer la ciudad.
Lo miré como si estuviera loco.
—Taehyung, llevo casi un día viajando.
Se echó a reír.
—Okay, okay. Tomorrow.
Antes de despedirse sacó una pequeña caja de su bolso.
—This is for you.
La abrí.
Dentro había una correa para mi cámara, de un material suave y resistente, con un pequeño bordado de flores moradas.
Me quedé mirándola.
—¿Es para mí?
Asintió.
—Jacarandas.
Sentí un nudo en la garganta.
Recordaba aquella conversación en la papelería de mi tía.
La primera vez que le hablé de los árboles que llenaban de flores algunas calles de Ciudad de México.
Habían pasado meses.
Pero él lo recordaba.
—Es preciosa —susurré.
Taehyung sonrió.
—So you can take Mexico with you.
Lo abracé.
No necesitaba un regalo costoso.
Aquella correa significaba muchísimo más porque había pensado en algo que realmente me gustaba.
Esa noche, antes de dormir, le envié una fotografía de la cámara con la correa puesta.
«Prometo tomar muchas fotos».
Respondió:
«Mañana empezamos».
Y cumplió su palabra.
Durante los primeros días me mostró partes de Seúl que no conocía más allá de fotografías.
Caminamos por calles tranquilas de Seongsu-dong.
Visitamos pequeñas cafeterías.
Comimos platos coreanos que yo no sabía pronunciar correctamente.
Y pasamos una tarde junto al río Han, observando cómo cambiaba la luz cuando comenzaba a oscurecer.
Yo llevaba mi cámara a todas partes.
Tomaba fotografías de edificios, escaparates, árboles y pequeños detalles.
Taehyung se burlaba cariñosamente porque podía tardar diez minutos fotografiando una taza de café.
—It's just coffee, Valeria.
Negué.
—No entiendes. Mira cómo entra la luz.
Se acercaba a observar la pantalla.
Después sonreía.
—Okay. I understand now.
Lo curioso era que él podía hacer exactamente lo mismo.
Una vez estuvimos casi media hora observando una pequeña tienda de objetos antiguos porque encontró una cámara fotográfica que le llamó la atención.
Cuando finalmente salimos, le dije:
—¿Ves? Ahora comprendes cómo me siento cuando me esperas.
Se rio.
—Fair enough.
Aquellas primeras semanas parecían un sueño.
Pero también había momentos que me recordaban que nuestra relación no sería como la de cualquier pareja.
No podíamos caminar tranquilamente por cualquier lugar sin pensar en la posibilidad de ser reconocidos.
Había actividades donde Taehyung necesitaba ir acompañado por personal de su equipo.
Otras veces debía cambiar nuestros planes porque surgían compromisos profesionales.
Y aunque yo sabía que formaba parte de su vida, descubrirlo de cerca era diferente de comprenderlo a través de mensajes.
Una tarde habíamos planeado visitar una galería.
Yo estaba especialmente emocionada porque había visto fotografías de una exposición que quería conocer.
Pero poco antes de salir, Taehyung recibió una llamada.
Lo observé mientras hablaba en coreano.
Su expresión cambió.
Cuando terminó, se acercó.
—Valeria, I'm sorry. I have to go to a meeting.
Sentí una decepción inmediata.
Pero intenté no demostrarla.
—Está bien.
Me miró.
—Are you sure?
Respiré profundamente.
—Estoy un poco triste porque quería ir contigo, pero entiendo que no siempre puedes controlar tu horario.
Taehyung tomó mis manos.
—I know.
Después preguntó si quería que buscara otro día para ir juntos.
Asentí.
Pero también le dije algo importante.
—Y si no podemos, puedo ir sola. Quiero conocer la ciudad, no quedarme encerrada esperando a que tengas tiempo.
Me miró sorprendido.
Después sonrió.
—That's good.
Y así aprendimos a organizarnos.
Cuando él tenía compromisos, yo aprovechaba para visitar museos, fotografiar calles o practicar coreano.
También continuaba con algunos proyectos de fotografía y edición que podía realizar desde mi computadora.
Había viajado como turista y respetaba las condiciones de mi estancia, pero seguía preparando mi portafolio, estudiando y organizando mis proyectos para cuando regresara a México.
No quería dejar de ser Valeria solamente porque estaba enamorada.
Y Taehyung nunca me pidió que lo hiciera.
Una de las cosas más importantes que ocurrió durante aquel viaje fue conocer a los demás integrantes de BTS.
Yo había intentado prepararme mentalmente.
Pero resultó imposible.
La reunión se organizó en un espacio privado, durante una cena sencilla donde también asistieron algunas personas cercanas.
Taehyung me había dicho que no necesitaba ponerme nerviosa.
Lo miré mientras caminábamos hacia el lugar.
—¿Cómo no voy a ponerme nerviosa? ¡Voy a conocer a todos tus amigos!
Se rio.
—You already know Jungkook.
—Lo conocí después de que chocaran una motocicleta. No cuenta como una presentación normal.
Taehyung comenzó a reírse tan fuerte que tuvo que detenerse unos segundos.
—He's never going to forget that.
—Yo tampoco.
Cuando entramos, Jungkook fue uno de los primeros en saludarnos.
Me reconoció inmediatamente.
—Valeria!
Sonreí.
—Hola, Jungkook.
Se acercó para saludarme.
Después miró a Taehyung con una expresión divertida.
—So, no motorcycles today?
Me reí.
—Espero que no.
Taehyung puso los ojos en blanco.
—Can we forget that story?
Jungkook respondió algo en coreano.
No entendí las palabras, pero todos comenzaron a reírse.
Era evidente que el accidente se había convertido en una broma interna.
Después conocí a Namjoon, quien me saludó con mucha amabilidad y habló conmigo en inglés.
Me preguntó por mis estudios y por la fotografía.
Cuando le conté que estaba intentando desarrollar mi carrera audiovisual, pareció interesado.
Conversamos brevemente sobre museos y artistas.
Jin me recibió haciendo un comentario divertido que me ayudó a relajarme.
Hoseok tenía una energía contagiosa y me hizo sentir incluida rápidamente.
Jimin fue especialmente atento al preguntarme si estaba cómoda y si necesitaba que alguien tradujera alguna conversación.
Yoongi parecía más tranquilo al principio, pero cuando comenzamos a hablar de música y fotografía participó con observaciones que me hicieron sonreír.
Y Jungkook, por supuesto, aprovechó cualquier oportunidad para recordar aquella noche en Ciudad de México.
—Taehyung was so dramatic —comentó en inglés.
Abrí los ojos.
—¡No fui yo quien chocó la moto!
Todos comenzaron a reírse.
Taehyung se llevó una mano a la frente.
—I knew this would happen.
Me sentí increíblemente cómoda.
No porque hubiera olvidado quiénes eran.
Sino porque estaban comportándose como un grupo de amigos que disfrutaban pasar tiempo juntos.
Durante la cena hablamos de comida mexicana.
Les expliqué la diferencia entre algunos tacos y por qué en mi familia nadie estaba completamente de acuerdo sobre dónde se preparaban los mejores.
Jin quiso saber si realmente comíamos picante todos los días.
Le respondí que dependía de la persona y de su tolerancia.
Jungkook preguntó qué era lo más picante que había probado.
Le conté una historia sobre una salsa que mi tía Estela preparó durante una fiesta y que hizo llorar a casi todos los invitados.
Las carcajadas continuaron durante varios minutos.
Más tarde, mientras algunos conversaban en otro extremo de la mesa, Jimin se acercó discretamente.
—Can I ask you something?
Asentí.
Me miró con una sonrisa amable.
—Are you happy with Taehyung?
La pregunta me sorprendió.
Observé a Taehyung, que estaba conversando con Jungkook.
Sonreí.
—Muchísimo.
Jimin asintió.
—That's good.
Después agregó:
—He smiles a lot when he talks about you.
Sentí que me ponía roja.
—¿De verdad?
Jimin sonrió más.
—A lot.
Cuando Taehyung se acercó, le pregunté qué les había contado sobre mí.
Él miró a Jimin.
Jimin se echó a reír y se alejó.
—What did he say? —preguntó Taehyung.
Lo miré fingiendo seriedad.
—Que hablas muchísimo de mí.
Taehyung se quedó quieto.
Después sonrió tímidamente.
—Maybe.
Aquella noche regresé a mi alojamiento con el corazón lleno.
Había conocido personas que durante años solamente había visto sobre escenarios y entrevistas.
Pero lo que más me importó no fue haber estado frente a artistas famosos.
Fue descubrir que Taehyung tenía amigos que lo querían, lo cuidaban y se alegraban de verlo feliz.
Y que, poco a poco, yo comenzaba a formar parte de esa vida.
No como una admiradora que había conseguido entrar en un mundo exclusivo.
Sino como una persona a la que él estaba eligiendo amar.
Sin embargo, todavía existía una conversación que debíamos tener.
Una que ninguno de los dos podía seguir evitando.
¿Qué sucedería cuando yo regresara a México?
La pregunta apareció una noche mientras caminábamos por un sendero junto al río Han.
Habíamos salido después de cenar y llevábamos abrigos porque el aire estaba frío.
Taehyung sostenía mi mano dentro del bolsillo de su chaqueta.
Yo observaba las luces reflejadas sobre el agua.
Llevaba casi tres semanas en Corea.
Pronto tendría que regresar.
Mi mamá me esperaba.
También mis estudios, mis compromisos y los clientes con los que había comenzado a trabajar.
Pero cada día resultaba más difícil imaginar otra despedida en un aeropuerto.
Taehyung se detuvo junto a una barandilla.
—Valeria, I've been thinking.
Lo miré.
—Yo también.
Sonrió ligeramente.
—About us?
Asentí.
Se quedó callado unos segundos.
Después me preguntó si alguna vez consideraría vivir en Corea durante una temporada más larga.
Sentí que se me aceleraba el corazón.
Sabía que aquella pregunta llegaría tarde o temprano.
—Sí lo he pensado —respondí—. Pero me da miedo.
Su expresión se volvió seria.
—Why?
Miré las luces de la ciudad.
—Porque en México está mi familia. Estoy construyendo mi carrera. Apenas estoy comenzando a conseguir clientes. No sé si podría dejar todo eso.
Taehyung asintió.
—You shouldn't leave everything.
Lo miré sorprendida.
Él continuó:
—If someday you come here, I want it to be because you want to. Not because you think you have to.
Aquellas palabras me hicieron sentir un alivio enorme.
Le expliqué que quizá podría buscar oportunidades relacionadas con fotografía y producción audiovisual en Corea.
Había programas de formación, talleres y posibilidades para artistas extranjeros que quería investigar.
Pero necesitaba terminar mi carrera y comprender los requisitos para estudiar o trabajar legalmente.
No quería llegar sin un plan y depender económicamente de él.
Taehyung tomó mi mano.
—Then we'll make a plan.
Sonreí.
—¿Así de sencillo?
Se rio.
—Not simple. But possible.
Y así comenzamos a pensar en un futuro real.
No uno construido solamente con promesas románticas.
Un futuro donde ambos tuviéramos responsabilidades, trabajo, amigos y espacio para crecer.
Durante los siguientes meses regresé a Ciudad de México y continué estudiando.
Taehyung siguió trabajando en Corea.
Nos visitamos cuando nuestras agendas lo permitían.
Hubo momentos preciosos.
También hubo dificultades.
Pasamos cumpleaños separados.
Navidades en las que solamente podíamos hablarnos por teléfono.
Días en los que yo estaba enferma y él deseaba poder acompañarme.
Semanas en las que Taehyung tenía compromisos agotadores y yo sentía impotencia por no poder hacer mucho más que escucharlo.
Pero aprendimos algo que terminó fortaleciendo nuestra relación.
No necesitábamos resolver cada problema inmediatamente.
A veces bastaba con decir:
«Hoy fue un día difícil. ¿Podemos hablar mañana?».
O:
«Te extraño. No necesito que hagas nada. Solo quería decírtelo».
Dejamos de exigirnos una perfección imposible.
Y eso nos ayudó muchísimo.
Casi un año después de mi primer viaje a Corea terminé mis estudios universitarios.
Mi mamá lloró durante la ceremonia.
Andrea gritó mi nombre tan fuerte que varias personas voltearon a verla.
Mi tía Estela llevó un ramo de flores enorme.
Taehyung no pudo asistir personalmente por compromisos profesionales, pero me envió un video privado felicitándome.
Lo vi después de la ceremonia.
Aparecía sonriendo frente a la cámara.
Me dijo que estaba orgulloso de mí.
Que recordaba perfectamente a la muchacha de Dulce Papel que le había enseñado fotografías tomadas con una cámara usada.
Y que esperaba que nunca dejara de perseguir sus sueños.
Lloré al escucharlo.
Pero también sonreí.
Porque él tenía razón.
Mi vida había cambiado muchísimo.
Había conocido a BTS.
Me había enamorado.
Había viajado a Corea.
Pero aquel título universitario me pertenecía a mí.
Era el resultado de años de estudiar después de trabajar, de entregar proyectos de madrugada y de continuar incluso cuando pensaba que jamás terminaría.
Y esa sensación fue maravillosa.
Poco tiempo después conseguí participar en un programa de formación fotográfica en Seúl.
No fue una oportunidad que apareció mágicamente por ser novia de Taehyung.
Preparé un portafolio, reuní los documentos, participé en entrevistas y cumplí con los requisitos correspondientes.
Cuando me aceptaron, fui la primera persona en sorprenderse.
Llamé a Taehyung llorando.
—I got in!
Él abrió los ojos.
—Really?
Asentí.
Comenzó a reírse.
Después levantó los brazos como si hubiera ganado un premio.
—I'm so proud of you!
Me hizo reír todavía más.
Aquel programa me permitiría pasar una temporada más larga en Corea, con los trámites migratorios adecuados para mis actividades.
También tendría la oportunidad de conocer profesionales, estudiar nuevas técnicas y ampliar mi portafolio.
Mi mamá estaba feliz por mí.
Aunque cuando le conté cuánto tiempo podría estar fuera, su expresión cambió.
—Te voy a extrañar muchísimo.
La abracé.
—Yo también.
Permanecimos un rato así.
Después mi mamá me acarició el cabello.
—Tu papá estaría muy orgulloso.
Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas.
—Ojalá pudiera verlo.
Mi mamá sonrió con tristeza.
—Yo también.
Aquella conversación fue importante.
Porque comprendí que comenzar una vida nueva no significaba olvidar la anterior.
México siempre sería mi hogar.
Pero también podía aprender a construir otro.
Regresé a Seúl unos meses después.
Esta vez llevaba más equipaje.
Más libros.
Más equipo fotográfico.
Y una seguridad que no había tenido durante mi primer viaje.
Taehyung me recibió con flores.
No eran rosas rojas.
Eran flores pequeñas, de tonos violetas y blancos.
—For my favorite photographer —dijo.
Lo abracé.
—Gracias.
Durante los primeros meses continué viviendo en un apartamento cercano al lugar donde estudiaba.
Nos veíamos cuando podíamos.
En algunas ocasiones cenábamos juntos.
Otras pasábamos tardes enteras editando fotografías mientras él escuchaba música o trabajaba en proyectos propios.
Descubrí que la convivencia cotidiana tenía momentos mucho menos románticos que las películas.
Yo dejaba tazas olvidadas sobre la mesa.
Taehyung podía concentrarse tanto en algo que tardaba en escuchar cuando le hablaba.
A veces no coincidíamos en la temperatura que queríamos dentro de casa.
Y había noches en las que ambos estábamos demasiado cansados para conversar.
Pero también aprendimos a cuidar aquellos detalles.
Una vez discutimos porque yo había tenido un día terrible y él canceló una cena debido a una reunión de trabajo.
Me molesté.
Él también se frustró porque sintió que no estaba comprendiendo sus responsabilidades.
Terminamos hablando con dureza.
Después permanecimos en silencio durante un rato.
Finalmente Taehyung se acercó.
—I'm sorry. I should have told you sooner.
Yo también le pedí disculpas por haber respondido con enojo.
Nos sentamos en el sofá.
Le expliqué que no esperaba que cancelara su trabajo por mí.
Solo necesitaba sentir que, cuando las cosas cambiaran, podíamos hablar sin convertirnos en enemigos.
Taehyung asintió.
—We're a team.
Lo miré.
Sonreí.
—Sí. Somos un equipo.
Con el tiempo aprendimos que esa frase era mucho más importante que cualquier promesa de amor eterno.
Porque amar a alguien no significa estar de acuerdo en todo.
Significa aprender a resolver las diferencias sin perder el respeto.
Después de casi dos años de relación comenzamos a hablar seriamente de vivir juntos.
La conversación no llegó durante una cena elegante.
Llegó un domingo mientras preparábamos desayuno.
Yo estaba buscando una taza.
Taehyung intentaba preparar café.
Y los dos nos dimos cuenta de que yo tenía cada vez más cosas guardadas en su apartamento.
Había un cepillo de dientes.
Un par de zapatos.
Libros.
Una sudadera.
Cargadores.
Y varias fotografías que había impreso.
Taehyung observó el desorden.
Después me miró.
—Valeria.
—¿Sí?
—Maybe you should just move in.
Me quedé inmóvil con una taza en la mano.
—¿Qué?
Sonrió.
—I mean… if you want.
Lo observé durante unos segundos.
Después miré alrededor.
Había pasado tanto tiempo viajando entre dos lugares que la idea de vivir juntos me resultaba emocionante y aterradora al mismo tiempo.
—Tenemos que hablarlo bien —respondí.
Asintió inmediatamente.
—I know.
Y eso hicimos.
Hablamos durante varias semanas.
De dinero.
De responsabilidades.
De privacidad.
De tiempo personal.
De lo que sucedería si yo necesitaba regresar a México por trabajo o para visitar a mi mamá.
También hablamos de algo que me preocupaba muchísimo.
No quería que la diferencia económica entre nosotros se convirtiera en una diferencia de poder dentro de la relación.
Taehyung comprendió mi inquietud.
Acordamos organizar nuestros gastos de manera justa según nuestras posibilidades, sin convertir el dinero en una manera de controlar las decisiones del otro.
Yo mantendría mis propias cuentas y continuaría desarrollando mi carrera.
También acordamos que ambos necesitábamos espacios personales.
No todo tenía que hacerse en pareja.
Él conservaría sus actividades y amistades.
Yo las mías.
Y si alguno necesitaba estar solo, el otro no debía interpretarlo como falta de amor.
Cuando finalmente llevé mis últimas cajas, Taehyung me recibió en la entrada con una sonrisa.
—Welcome home.
Me quedé mirándolo.
Home.
Hogar.
Durante años aquella palabra había significado exclusivamente mi casa de Narvarte.
La cocina de mi mamá.
Las reuniones con Andrea.
La papelería de mi tía.
Pero ahora estaba comenzando a significar algo más.
Un lugar donde podía regresar después de un día difícil y encontrar a alguien que me esperaba.
Dejé la última caja en el suelo.
Me acerqué.
Y lo abracé.
—Estoy en casa —susurré.
Nuestra vida juntos no fue perfecta.
Hubo mañanas con prisas.
Cenas que se quemaron.
Ropa que olvidamos sacar de la lavadora.
Pequeñas discusiones por cosas absurdas.
También hubo momentos maravillosos.
Taehyung aprendió a preparar algunos platillos mexicanos con recetas que mi mamá le enviaba.
Yo comencé a cocinar platos coreanos.
Cuando alguno tenía un día complicado, el otro intentaba preparar su comida favorita.
A veces bailábamos en la cocina mientras esperábamos que terminara la cena.
Otras nos quedábamos dormidos viendo películas.
Y había noches en que simplemente nos sentábamos frente a la ventana, escuchando música, sin necesidad de decir nada.
Pero mientras nuestra vida privada se volvía más estable, la atención pública sobre nuestra relación comenzó a crecer.
Habíamos sido cuidadosos.
Sin embargo, resultaba imposible ocultar indefinidamente algo que estaba convirtiéndose en una parte tan importante de nuestras vidas.
Un día comenzaron a circular fotografías donde se nos veía caminando juntos.
Después aparecieron especulaciones sobre si yo estaba viviendo en Corea.
Algunos comentarios eran amables.
Muchas personas simplemente deseaban que Taehyung estuviera feliz.
Pero otras comenzaron a investigar mis trabajos, mis fotografías y la identidad de mis familiares.
Volví a sentir el miedo que había experimentado cuando encontraron la tienda de mi tía.
Esta vez, sin embargo, estábamos mejor preparados.
Hablamos con profesionales para proteger nuestra privacidad.
También acordamos que, si algún día reconocíamos públicamente la relación, lo haríamos de una manera sencilla, sin exponer a personas que no habían elegido formar parte de ella.
No queríamos convertir nuestro amor en una campaña publicitaria.
Tampoco queríamos vivir como si hubiéramos hecho algo malo.
Finalmente, después de conversarlo mucho, decidimos confirmar que estábamos juntos.
No dimos detalles íntimos.
No publicamos la dirección donde vivíamos.
No mostramos información sobre nuestros familiares.
Simplemente reconocimos nuestra relación y pedimos respeto.
Aquella decisión provocó una cantidad enorme de comentarios.
Hubo felicitaciones.
Sorpresa.
Curiosidad.
Críticas.
Personas que comenzaron a recordar las fotografías antiguas de Ciudad de México.
Y miles de teorías sobre cómo nos habíamos conocido.
Andrea me llamó riéndose.
—Valeria, hay una cuenta diciendo que tú eras una heredera millonaria que conoció a Taehyung durante una fiesta privada.
Me eché a reír.
—¡Yo estaba trabajando en una cafetería!
—También dicen que estudiaste en una universidad de lujo en Suiza.
—Andrea, apenas conseguía pagar mis materiales.
Nos reímos durante varios minutos.
Después mi amiga se puso seria.
—¿Estás bien?
Miré hacia la sala.
Taehyung estaba sentado revisando unas fotografías que yo había tomado.
Sonreí.
—Sí. Estoy bien.
Y lo estaba.
La atención continuaba siendo incómoda algunas veces.
Pero ya no sentía que debía elegir entre mi identidad y nuestra relación.
Habíamos aprendido a proteger ambas.
Poco después llegó uno de los momentos más importantes de nuestra historia.
Una tarde Taehyung me preguntó si quería viajar con él a Ciudad de México.
Me sorprendió.
—¿Por qué?
Sonrió.
—Because I miss your family.
Me reí.
—Mi tía Estela te va a obligar a comprar otra libreta.
Taehyung fingió preocupación.
—Not another notebook.
Después agregó que también quería visitar algunos lugares que habíamos conocido durante nuestras primeras citas.
Acepté emocionada.
Llevaba meses sin regresar a México.
Extrañaba a mi mamá.
A Andrea.
Los tacos al pastor.
El olor de las panaderías por la mañana.
Las calles de mi colonia.
Y las jacarandas.
Especialmente las jacarandas.
Viajamos juntos y nos quedamos varios días.
Mi mamá nos recibió con un abrazo enorme.
Mi tía Estela preparó comida para demasiadas personas.
Andrea apareció con una bolsa llena de regalos y la misma energía de siempre.
Durante aquellas vacaciones hicimos cosas sencillas.
Visitamos Coyoacán.
Comimos en restaurantes pequeños.
Pasamos una tarde en el Bosque de Chapultepec.
Y regresamos a la papelería Dulce Papel.
Yo no sabía que aquella última visita estaba a punto de cambiar mi vida.
Era una tarde tranquila.
Mi tía había cerrado temprano porque, según dijo, necesitaba organizar un inventario.
Nos pidió que pasáramos a recoger unas cosas.
No sospeché nada.
Taehyung parecía un poco nervioso, pero pensé que estaba cansado por el viaje.
Cuando llegamos, la tienda estaba iluminada.
Había pequeñas flores moradas sobre el mostrador.
Y una libreta azul colocada cuidadosamente en el centro.
La reconocí inmediatamente.
Era igual a la que Taehyung había comprado la noche del accidente.
Me acerqué.
—¿De dónde salió esto?
Taehyung sonrió.
—Open it.
Tomé la libreta.
La abrí.
En la primera página estaba mi letra.
«El Bosque de Chapultepec, temprano por la mañana, cuando todavía no hay tanta gente. —Valeria».
Debajo aparecía mi número de teléfono, escrito años atrás.
Me llevé una mano a la boca.
Era la libreta original.
La misma que él había comprado después de nuestro primer encuentro.
La que llevaba consigo cuando regresó a Corea.
La que había conservado durante toda nuestra relación.
Pasé la página.
Había una fotografía de la cafetería donde tuvimos nuestra primera cita.
Después otra del río Han.
Una imagen de mi primera exposición.
Una fotografía de nosotros riéndonos durante una tarde en Seúl.
Y pequeñas frases que había escrito junto a cada recuerdo.
En una página decía:
«El día que aprendí que perderse también puede llevarte a casa».
Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas.
Seguí pasando las hojas.
Había imágenes de nuestra vida.
Momentos sencillos.
Desayunos.
Calles.
Viajes.
La primera fotografía que nos tomamos juntos.
Y al final encontré una página en blanco.
Taehyung estaba a mi lado.
Lo miré.
Tenía los ojos brillantes.
—Valeria…
Mi corazón comenzó a latir tan fuerte que apenas podía escuchar otra cosa.
—Taehyung…
Él tomó mis manos.
Respiró profundamente.
Después habló despacio, mezclando el español que había practicado con algunas frases en inglés.
—La primera vez que te vi, estaba perdido.
Sonreí entre lágrimas.
Continuó:
—Tú me ayudaste cuando no sabías quién era realmente para ti.
Se rio nerviosamente.
—Bueno, sí sabías quién era. Pero no sabías quién podía llegar a ser en tu vida.
Comencé a llorar todavía más.
Taehyung sonrió.
—Desde entonces, hemos estado aprendiendo muchas cosas. Tu idioma, mi idioma, nuestras costumbres, nuestras ciudades…
Apretó suavemente mis manos.
—Y aprendí que no quiero vivir una vida donde tú no estés.
Sentí que las piernas me temblaban.
Entonces se arrodilló.
Sacó una pequeña caja.
La abrió.
Dentro había un anillo precioso, delicado, con una piedra central y un diseño elegante.
Pero apenas lo miré.
Porque toda mi atención estaba en él.
En su expresión nerviosa.
En sus ojos.
En la sonrisa que intentaba mantener mientras esperaba mi respuesta.
—Valeria Ortega Hernández —dijo lentamente—, ¿quieres casarte conmigo?
Durante un segundo no conseguí responder.
Me llevé ambas manos a la boca.
Comencé a llorar y a reír al mismo tiempo.
Taehyung también parecía al borde de las lágrimas.
Finalmente asentí.
—Sí.
Él abrió los ojos.
—¿Sí?
Me reí.
—¡Sí, Taehyung! ¡Claro que quiero casarme contigo!
Se levantó y me abrazó.
Lo abracé tan fuerte que casi perdimos el equilibrio.
Después nos besamos.
Un beso lleno de años de llamadas, aeropuertos, despedidas y reencuentros.
Cuando nos separamos, todavía estábamos llorando.
Taehyung tomó mi mano y colocó el anillo cuidadosamente.
—Te amo —dijo en español.
Lo miré.
—Yo también te amo.
Entonces escuché un ruido detrás de una estantería.
Me giré.
Andrea apareció llorando.
Mi mamá estaba detrás de ella.
Y mi tía Estela sostenía una caja de pañuelos.
—¡Ya era hora! —exclamó mi mejor amiga.
Comencé a reírme.
—¡¿Ustedes sabían?!
Mi mamá asintió emocionada.
—Nos pidió permiso para preparar la sorpresa aquí.
Mi tía se acercó.
—Y casi me mata del susto porque quería mover todos mis cuadernos.
Taehyung comenzó a reírse.
Andrea se acercó para abrazarme.
—¡Te vas a casar!
Yo todavía no podía creerlo.
Miré el anillo.
Después a Taehyung.
Y recordé aquella noche en que entró mojado en la tienda, acompañado por Jungkook, después de un accidente absurdo.
El hombre al que había ayudado a encontrar un lugar seguro acababa de pedirme que compartiéramos nuestras vidas.
Y yo había dicho que sí.
Organizar nuestra boda resultó mucho más complicado de lo que había imaginado.
Yo pensaba que lo difícil era decidir si queríamos casarnos.
Después descubrí que faltaba hablar de dos países, dos idiomas, nuestras familias, el trabajo de Taehyung, mis proyectos y una cantidad sorprendente de documentos.
Mi mamá quería que nos casáramos en México.
La familia de Taehyung también deseaba acompañarnos en una celebración cercana.
Nosotros queríamos que todos pudieran sentirse incluidos.
Y, sobre todo, no deseábamos que nuestra boda terminara convirtiéndose en un evento gigantesco organizado para satisfacer la curiosidad de desconocidos.
Durante las primeras semanas recibimos todo tipo de sugerencias.
Alguien propuso una ceremonia enorme.
Otra persona mencionó un lugar espectacular donde cabrían cientos de invitados.
Hubo quien sugirió convertir la celebración en un documental.
Taehyung y yo escuchamos las ideas.
Después regresamos a casa, nos sentamos en el sofá y comenzamos a reírnos.
—This is getting out of control —dijo.
Asentí.
—Yo solamente quiero casarme contigo.
Me miró.
Sonrió.
—Me too.
Entonces decidimos organizar las cosas a nuestra manera.
Primero resolveríamos los trámites legales necesarios, con orientación profesional para que nuestro matrimonio tuviera el reconocimiento correspondiente.
Después celebraríamos una ceremonia íntima en México, acompañados por nuestras familias y amigos más cercanos.
También tendríamos una reunión especial en Corea para compartir aquel momento con personas importantes en la vida de Taehyung.
No necesitábamos demostrar nada.
Solo queríamos celebrar.
Durante los meses siguientes continuamos con nuestros trabajos.
Yo había comenzado a desarrollar proyectos fotográficos para pequeñas marcas, además de colaborar con otros artistas.
Algunos clientes estaban en México.
Otros en Corea.
Me sentía orgullosa de haber conseguido mantener mi carrera y construir nuevas oportunidades.
Taehyung también continuaba con sus actividades musicales y artísticas.
A veces nuestras agendas eran complicadas.
Pero ahora había algo diferente.
Ya no hablábamos del futuro como si fuera una posibilidad lejana.
Estábamos tomando decisiones concretas para construirlo.
Un día encontré a Taehyung sentado frente a la computadora, observando fotografías de vestidos de novia.
Me detuve en la puerta.
—¿Qué estás haciendo?
Cerró la pantalla rápidamente.
—Nothing.
Entrecerré los ojos.
—¿Estás mirando vestidos?
Se rio.
—Maybe.
Me acerqué.
—Se supone que no debes ver mi vestido antes de la boda.
Levantó ambas manos.
—Okay. I won't look.
Después añadió:
—But whatever you choose, you'll be beautiful.
Lo besé en la mejilla.
—Eso fue muy cursi.
Sonrió.
—I know.
Andrea viajó conmigo para elegir el vestido.
Fuimos a varias tiendas y probé modelos muy diferentes.
Algunos tenían faldas enormes.
Otros estaban cubiertos de encaje.
Había vestidos tan elaborados que apenas podía caminar con ellos.
Finalmente encontré uno sencillo, de tela suave, con detalles delicados y una caída elegante.
Cuando me miré en el espejo, sentí algo que no había sentido con los anteriores.
Me reconocí.
No parecía una princesa de una película.
Parecía Valeria.
Solo que estaba a punto de casarse.
Andrea comenzó a llorar.
—Este es.
Me giré hacia ella.
—¿De verdad?
Asintió.
—Te ves preciosa.
Después se limpió las lágrimas y añadió:
—Tu papá estaría llorando más fuerte que yo.
Aquellas palabras me hicieron llorar también.
Durante varios segundos permanecimos abrazadas.
Extrañaba muchísimo a mi padre.
Me habría encantado que pudiera conocer a Taehyung.
Que conversaran.
Que se rieran.
Que viera cómo había conseguido terminar mis estudios y encontrar a alguien con quien me sentía profundamente querida.
Pero también sabía que mi papá seguía presente en muchas de las cosas que yo hacía.
En mis fotografías.
En la manera en que intentaba tratar bien a las personas.
En mis ganas de construir una familia donde nadie sintiera que tenía que ganarse el cariño de los demás.
El día de nuestra boda llegó finalmente.
La ceremonia se celebró en un jardín privado de Coyoacán.
Había flores blancas y moradas.
Luces cálidas.
Mesas pequeñas.
Y un ambiente que me recordó las reuniones familiares de mi infancia.
La decoración incluía detalles mexicanos y coreanos.
Queríamos que nuestras dos culturas estuvieran presentes sin convertirlas en un espectáculo.
Mi mamá llegó temprano.
Mi tía Estela supervisaba las flores como si fuera la directora de una producción cinematográfica.
Andrea caminaba de un lado a otro comprobando que todo estuviera listo.
Yo me encontraba dentro de una habitación, intentando controlar los nervios.
Llevaba el vestido que habíamos elegido.
El cabello recogido parcialmente.
Y un pequeño accesorio que había pertenecido a mi mamá cuando se casó con mi papá.
Andrea entró.
Me observó durante varios segundos.
Después comenzó a llorar.
—No empieces —le dije—. Vas a arruinarme el maquillaje.
Se rio entre lágrimas.
—Es que estás hermosa.
Mi mamá apareció detrás de ella.
Se llevó una mano a la boca.
Durante un momento ninguna dijo nada.
Después se acercó y me abrazó.
—Hija, estoy tan orgullosa de ti.
Sentí que la voz me temblaba.
—Gracias por todo, mamá.
Me sostuvo el rostro entre las manos.
—Lo único que quiero es que seas feliz. Y que nunca olvides que siempre tendrás un hogar aquí.
Asentí.
—Nunca lo voy a olvidar.
Cuando llegó el momento de salir, sentí que el corazón me golpeaba el pecho.
Escuché la música.
Las voces de los invitados.
Y después vi el jardín.
Había personas que conocía desde pequeña.
Familiares.
Amigos.
Gente que me había acompañado durante mis años más difíciles.
También estaban los familiares y amigos cercanos de Taehyung que habían podido viajar.
Y, por supuesto, algunos integrantes de BTS.
Jungkook me sonrió desde su lugar.
Jimin parecía emocionado.
Jin conversaba discretamente con Hoseok.
Namjoon observaba la ceremonia con una expresión tranquila.
Yoongi sonrió cuando nuestras miradas se cruzaron.
Pero apenas conseguí prestar atención a nadie.
Porque al final del pasillo estaba Taehyung.
Llevaba un traje oscuro, elegante, y tenía el cabello perfectamente arreglado.
Cuando me vio, su expresión cambió.
Se llevó una mano al rostro.
Después sonrió.
Y comenzó a llorar.
Verlo así hizo que yo también empezara a llorar.
Caminé lentamente, acompañada por mi mamá.
Cuando llegamos, ella tomó mi mano y la colocó suavemente sobre la de Taehyung.
Él la miró.
—Thank you —le dijo.
Mi mamá sonrió.
—Cuídense mucho los dos.
Taehyung asintió.
Después me miró.
Durante unos segundos ninguno habló.
Finalmente susurró:
—You look beautiful.
Sonreí entre lágrimas.
—Tú tampoco estás nada mal.
Se echó a reír.
Aquello nos ayudó a tranquilizarnos.
La ceremonia fue íntima.
Hablamos de nuestras familias, del respeto, de las dificultades que habíamos superado y de la importancia de seguir eligiéndonos incluso cuando la vida no fuera sencilla.
Cuando llegó el momento de nuestros votos, Taehyung tomó mis manos.
Había preparado unas palabras en español.
Yo sabía cuánto había practicado porque durante semanas lo escuché hablando solo en diferentes habitaciones, convencida de que estaba ensayando alguna presentación.
Respiró profundamente.
—Valeria, cuando llegué a México, estaba perdido.
Los invitados comenzaron a reírse suavemente.
Jungkook bajó la cabeza, sonriendo.
Taehyung continuó:
—No conocía bien las calles. No sabía dónde estaba. Y tuve un accidente muy tonto.
Volvieron a escucharse algunas risas.
Yo sonreía entre lágrimas.
—Pero aquella noche encontré a alguien que me ayudó sin esperar nada a cambio.
Me apretó suavemente las manos.
—Después descubrí que esa persona tenía sueños, miedos, una familia hermosa y un corazón que quería conocer el mundo.
Su voz tembló.
—Prometo respetar tus sueños. Escucharte cuando estés triste. Celebrar tus alegrías. Y recordar, incluso en los días difíciles, que somos un equipo.
Comencé a llorar.
Taehyung respiró profundamente.
—No prometo que nuestra vida será perfecta. Pero prometo que nunca dejaré de intentar construir contigo un hogar lleno de amor.
Cuando terminó, tuve que esperar unos segundos antes de poder hablar.
Mis votos también estaban preparados.
Pero al mirarlo, sentí que las palabras escritas no alcanzaban para explicar todo lo que significaba para mí.
—Taehyung —comencé—, antes de conocerte pensaba que mi vida era demasiado común para que ocurriera algo extraordinario.
Sonrió.
—Después llegaste una noche a la ciudad, te perdiste, chocaste una motocicleta y terminaste sentado en la papelería de mi tía.
Se escucharon carcajadas.
Yo también me reí.
—Desde entonces aprendí que no hay vidas pequeñas. Hay personas que consiguen convertir los momentos sencillos en recuerdos maravillosos.
Lo miré directamente.
—Prometo acompañarte sin intentar cambiar quién eres. Recordarte que puedes descansar cuando estés cansado. Escucharte incluso cuando no encontremos las palabras en el mismo idioma. Y seguir eligiéndote no porque seas perfecto, sino porque quiero construir contigo una vida real.
Taehyung tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Te amo —añadí.
Él sonrió.
—Te amo.
Intercambiamos los anillos.
Y finalmente llegó el momento del beso.
Taehyung sostuvo suavemente mi rostro.
Me acerqué.
Nos besamos.
Y los invitados comenzaron a aplaudir.
Escuché a Andrea gritar.
También escuché a Jungkook reírse.
Y durante unos segundos sentí que todo el mundo desaparecía.
No había cámaras.
Ni rumores.
Ni miles de personas pendientes de nuestra relación.
Solamente nosotros.
Dos personas que habían decidido compartir su futuro.
La celebración fue maravillosa.
Hubo comida mexicana y coreana.
Música.
Baile.
Fotografías.
Abrazos.
Mi tía Estela terminó conversando con varios invitados mediante un traductor en el teléfono.
Jin hizo reír a buena parte de nuestra mesa.
Hoseok fue de los primeros en levantarse a bailar.
Jimin y Jungkook participaron con entusiasmo.
Y cuando llegó el momento de brindar, Namjoon nos dedicó unas palabras muy bonitas sobre la amistad y los caminos inesperados que pueden unir a las personas.
Jungkook también quiso hablar.
Me preocupé inmediatamente.
Tomó el micrófono.
Miró a Taehyung.
Después a mí.
Y dijo:
—Quiero agradecerle a Valeria por ayudarnos aquella noche. Aunque todavía creo que Taehyung debería agradecerle también a la motocicleta.
Todos comenzaron a reírse.
Taehyung se cubrió el rostro con una mano.
Yo me incliné hacia él.
—Nunca van a dejarte olvidar ese accidente.
Suspiró fingiendo resignación.
—Never.
Después me miró.
Sonrió.
—But it was worth it.
Y me besó.
Aquella noche bailamos juntos bajo las luces del jardín.
Había pasado tanto tiempo imaginando un futuro con él que todavía me costaba creer que finalmente lo estábamos viviendo.
Apoyé la cabeza sobre su hombro.
—Somos esposos —susurré.
Taehyung sonrió.
—Husband and wife.
Me reí.
—Suena extraño.
—Good strange?
Levanté la cabeza.
—El mejor tipo de extraño.
Nos besamos nuevamente.
Y supe que recordaría aquella noche durante el resto de mi vida.
Después de la boda regresamos a Corea, donde organizamos una celebración más pequeña con familiares y amigos que no habían podido viajar a México.
Fue diferente, pero igual de hermosa.
Compartimos comidas, tradiciones y momentos que me ayudaron a sentirme cada vez más cerca de su familia.
Mi mamá también viajó para acompañarnos durante algunos días.
Nunca olvidaré verla caminando por Seúl, observando los edificios con una emoción casi infantil.
Una tarde me tomó del brazo mientras paseábamos.
—Valeria, ¿te das cuenta de dónde estamos?
Sonreí.
—Sí, mamá.
Me miró.
—Cuando eras pequeña me preguntabas si algún día conocerías otro país. Ahora tienes una vida aquí.
Sentí un nudo en la garganta.
—Pero México sigue siendo mi casa.
Mi mamá sonrió.
—Uno puede tener más de un hogar, hija.
Aquella frase se quedó conmigo.
Los años siguientes estuvieron llenos de cambios.
Yo continué trabajando en fotografía y producción audiovisual.
Con el tiempo conseguí desarrollar proyectos propios y colaborar con equipos creativos de distintos países.
Taehyung continuó con su carrera musical y artística.
No siempre era sencillo encontrar tiempo para nosotros.
Había viajes.
Ensayos.
Grabaciones.
Sesiones de fotografía.
Reuniones.
Pero habíamos aprendido a proteger algunos momentos.
Intentábamos desayunar juntos cuando estábamos en la misma ciudad.
Organizábamos pequeñas escapadas cuando nuestros horarios lo permitían.
Y manteníamos la costumbre de enviarnos fotografías del cielo cuando alguno tenía un día complicado.
Incluso después de casarnos, aquella pequeña tradición seguía teniendo el mismo significado.
«Estoy aquí».
Pasaron casi dos años de matrimonio antes de que comenzáramos a hablar seriamente de tener hijos.
Siempre habíamos mencionado la posibilidad.
Pero no queríamos hacerlo porque alguien esperara que una pareja casada tuviera bebés inmediatamente.
Queríamos estar preparados.
Una noche estábamos sentados en el sofá, viendo fotografías de la boda.
Taehyung se detuvo en una imagen donde aparecíamos junto a nuestros familiares.
Después me preguntó:
—Have you thought about having children?
Lo miré.
—Sí.
Sonrió.
—Me too.
Nos quedamos callados un momento.
Después hablamos durante horas.
De nuestros horarios.
De las responsabilidades.
De cómo nos organizaríamos para que ninguno tuviera que abandonar completamente su carrera.
También hablamos de la privacidad.
Ambos sabíamos que, si algún día teníamos hijos, no queríamos convertirlos en personajes públicos.
Ellos debían tener derecho a crecer, equivocarse, aprender y construir su propia identidad sin sentir que el mundo entero estaba observándolos.
Acordamos que cuidaríamos especialmente esa parte de nuestra vida.
Y cuando finalmente decidimos intentar formar una familia, lo hicimos con ilusión, pero también con la conciencia de que la vida no siempre sigue exactamente nuestros planes.
Tiempo después llegó la noticia.
Recuerdo que estaba en casa, en Seúl.
Había comprado una prueba de embarazo y estaba tan nerviosa que apenas podía sostenerla.
Cuando vi el resultado, me quedé inmóvil.
Después comencé a llorar.
Necesité unos minutos para procesarlo.
Llamé a mi médica para organizar la atención correspondiente y confirmar el embarazo.
Más tarde preparé una pequeña sorpresa para Taehyung.
Coloqué sobre la mesa la libreta azul que había conservado desde nuestra propuesta de matrimonio.
Dentro puse una fotografía reciente de nosotros y una nota.
Cuando regresó a casa, le pedí que la abriera.
Taehyung sonrió al reconocerla.
—Our notebook.
Asentí.
Pasó algunas páginas.
Llegó a la nota.
La leyó.
Después se quedó completamente inmóvil.
Me miró.
Volvió a mirar el papel.
—Valeria…
Sonreí entre lágrimas.
—Vamos a tener un bebé.
Durante un segundo pareció incapaz de hablar.
Después se llevó las manos a la boca.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Really?
Asentí.
Se acercó y me abrazó con muchísimo cuidado.
Comenzó a reírse y a llorar al mismo tiempo.
—We're going to be parents.
Apoyé la cabeza sobre su pecho.
—Sí.
Permanecimos abrazados durante mucho tiempo.
Aquella noche no hicimos grandes planes.
No comenzamos a elegir nombres ni a comprar cosas.
Simplemente nos sentamos en el sofá, tomados de la mano, intentando comprender que nuestra familia estaba a punto de crecer.
Durante los meses siguientes Taehyung me acompañó a las citas médicas siempre que sus compromisos y las posibilidades reales se lo permitieron.
Cuando no podía asistir, buscábamos maneras de compartir la información después.
Fue atento, pero no perfecto.
Hubo días en los que estaba agotado.
Otros en los que yo estaba demasiado sensible o preocupada.
También tuvimos conversaciones difíciles sobre cómo organizaríamos nuestras responsabilidades después del nacimiento.
Pero nunca sentí que debiera enfrentar aquella etapa sola.
Mi mamá viajó durante una temporada para ayudarme.
Y la presencia de mi familia hizo que todo fuera mucho más llevadero.
Nuestro primer hijo nació sano.
Le pusimos Daniel.
Elegimos un nombre sencillo de pronunciar para nuestras dos familias, y también le dimos un nombre coreano que utilizaríamos dentro de su entorno familiar.
Cuando lo sostuve por primera vez, sentí algo que todavía me cuesta describir.
Era pequeño.
Tenía las manos diminutas.
Y estaba completamente ajeno a la enorme emoción que había provocado su llegada.
Taehyung estaba a mi lado.
Lo observé mientras miraba a nuestro hijo.
Tenía los ojos llenos de lágrimas.
—He's beautiful —susurró.
Sonreí.
—Sí.
Taehyung se inclinó y besó suavemente mi frente.
—Thank you.
Lo miré.
—Somos un equipo, ¿recuerdas?
Sonrió.
—Always.
La paternidad nos cambió muchísimo.
Y no todo fue tan hermoso como las fotografías.
Hubo noches sin dormir.
Llantos que no conseguíamos comprender inmediatamente.
Ropa que necesitaba lavarse constantemente.
Preocupaciones por pequeñas cosas que antes ni siquiera habríamos notado.
Yo estaba cansada.
Taehyung también.
A veces discutíamos porque uno había olvidado una tarea o porque ambos necesitábamos descansar.
Pero aprendimos a pedir ayuda.
Mi mamá estuvo presente cuando pudo.
También contamos con apoyo profesional y familiar en distintas etapas.
No queríamos aparentar que podíamos hacerlo absolutamente todo.
Una noche, cuando Daniel todavía era muy pequeño, me desperté y descubrí que Taehyung no estaba en la cama.
Escuché una música suave desde la habitación del bebé.
Me levanté.
Caminé despacio.
Y lo encontré sentado en una mecedora, sosteniendo a nuestro hijo.
Le estaba cantando en voz baja.
No una canción famosa.
Simplemente una melodía tranquila que parecía haber inventado en aquel momento.
Daniel dormía profundamente.
Taehyung no me había visto.
Me quedé observándolos desde la puerta.
Y sentí una felicidad tan grande que tuve que cubrirme la boca para no llorar.
En aquel momento recordé la primera vez que lo vi.
Sentado sobre una banqueta mojada.
Con una mano lastimada.
Completamente perdido en una ciudad que no conocía.
Nunca habría imaginado que años después lo encontraría en nuestra casa, cantándole una canción a nuestro hijo.
Taehyung levantó la mirada.
Me vio.
Sonrió.
—Go back to sleep.
Negué.
Me acerqué.
Me senté junto a él.
Y permanecimos allí, observando a Daniel mientras descansaba.
Tiempo después llegó nuestra segunda hija.
La llamamos Hana.
Era una niña alegre, curiosa y con una energía que parecía multiplicarse cada día.
Daniel se emocionó muchísimo cuando supo que tendría una hermana.
Aunque al principio no comprendía exactamente qué significaba.
Cuando finalmente la conoció, la observó durante varios segundos.
Después preguntó:
—¿Se va a quedar con nosotros?
Me reí.
—Sí, mi amor. Es tu hermanita.
Daniel sonrió.
—Entonces le voy a enseñar mis juguetes.
Taehyung se rio detrás de mí.
—Good big brother.
Con dos hijos, nuestra vida se volvió todavía más intensa.
Había juguetes por todas partes.
Libros infantiles.
Mochilas pequeñas.
Desayunos que terminaban sobre el piso.
Y tardes en las que el mayor logro del día era conseguir que todos estuvieran bañados, alimentados y listos para dormir.
Pero también había una felicidad difícil de explicar.
Nuestra casa estaba llena de risas.
De música.
De palabras en español y coreano.
De fotografías pegadas sobre el refrigerador.
Y de dibujos infantiles que Taehyung insistía en conservar aunque ya no supiéramos dónde guardarlos.
Queríamos que nuestros hijos crecieran conociendo las dos culturas.
Les enseñábamos español y coreano.
Celebrábamos tradiciones familiares de ambos países.
Viajábamos a México cuando nuestras circunstancias lo permitían.
Y procurábamos que mantuvieran una relación cercana con sus abuelos y familiares.
Mi mamá era inmensamente feliz cuando los veía.
En una ocasión, durante una visita a Ciudad de México, Daniel le preguntó por qué teníamos dos casas.
Mi mamá sonrió.
—Porque tienes personas que te quieren en lugares diferentes.
El niño pareció pensarlo.
Después respondió:
—Entonces tenemos mucho amor.
Mi mamá comenzó a llorar.
Yo también.
Taehyung nos observó sin entender completamente por qué estábamos emocionadas.
Le traduje la conversación.
Sonrió.
Después abrazó a Daniel.
—Yes. A lot of love.
Una de nuestras visitas a México terminó convirtiéndose en uno de mis recuerdos favoritos.
Habíamos regresado para pasar unos días con mi familia.
Daniel y Hana estaban emocionados porque mi tía Estela les había prometido regalos.
Fuimos a Dulce Papel una tarde.
La tienda seguía funcionando.
Había cambiado algunas estanterías y renovado el letrero, pero conservaba el mismo mostrador donde Taehyung había comprado aquella primera libreta azul.
Mi tía nos recibió con abrazos.
Daniel corrió inmediatamente hacia una sección de cuadernos con ilustraciones de animales.
Hana se quedó fascinada con una caja de lápices de colores.
Taehyung comenzó a ayudarles a elegir algunas cosas.
Yo los observaba desde la entrada.
Entonces recordé exactamente cómo había empezado todo.
La lluvia.
El accidente.
La motocicleta.
Jungkook intentando comunicarse con su equipo.
Taehyung sentado en una silla.
Y yo preguntándome si estaba viviendo el momento más absurdo de mi existencia.
Me acerqué al mostrador.
Pasé los dedos sobre la madera.
Mi tía me observó.
—¿Qué estás pensando?
Sonreí.
—En aquella noche.
Ella también sonrió.
—Quién iba a decir que un muchacho que vino a comprar una libreta terminaría formando una familia contigo.
Me reí.
—Ni yo lo habría creído.
Mi tía me abrazó.
Después miramos hacia el otro extremo de la tienda.
Taehyung estaba agachado junto a Daniel, ayudándolo a elegir un cuaderno.
Hana sostenía una caja de colores contra el pecho.
Los tres se reían.
Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas.
Mi tía me tomó la mano.
—Valeria, ¿eres feliz?
Observé a mi familia.
Después la miré.
—Muchísimo.
Y era verdad.
No porque nuestra vida fuera perfecta.
Ni porque mi esposo fuera famoso.
Ni porque pudiéramos viajar a lugares que antes solamente veía en fotografías.
Era feliz porque había conseguido construir algo que durante muchos años me pareció imposible.
Una familia donde el cariño se demostraba mediante acciones.
Donde podíamos hablar cuando estábamos tristes.
Donde nuestros hijos podían equivocarse sin sentir que dejaríamos de amarlos.
Y donde el amor no significaba abandonar los sueños propios.
Hoy, cuando pienso en todo lo que sucedió, me parece increíble que hayan pasado tantos años.
Todavía sigo tomando fotografías.
Taehyung continúa dedicándose a la música y a sus proyectos artísticos.
Nuestros hijos están creciendo y descubriendo sus propios intereses.
Daniel parece disfrutar muchísimo de la música.
Hana siente una curiosidad enorme por los colores, las plantas y cualquier cosa que pueda dibujar.
No sabemos qué querrán hacer cuando sean mayores.
Y tampoco queremos decidirlo por ellos.
Si algún día desean dedicarse al arte, los apoyaremos.
Si prefieren estudiar algo completamente diferente, también.
Queremos que descubran quiénes son sin sentir que deben cumplir las expectativas que otras personas tienen sobre sus padres.
Conservamos gran parte de nuestra vida familiar lejos de las redes sociales.
Compartimos algunos momentos cuando lo consideramos apropiado, pero protegemos especialmente la privacidad de nuestros hijos.
No queremos que sus recuerdos de infancia se conviertan en contenido público sin que ellos puedan decidirlo.
A veces Taehyung tiene que viajar durante varios días.
Otras soy yo quien necesita trasladarse por un proyecto fotográfico.
Todavía nos extrañamos.
Todavía tenemos días difíciles.
Pero seguimos haciendo lo mismo que aprendimos durante nuestra relación a distancia.
Nos enviamos fotografías del cielo.
Él me manda una desde donde se encuentre.
Yo le respondo con otra.
Y casi siempre añadimos las mismas palabras.
«Estoy aquí».
Hace poco encontré la libreta azul mientras organizaba unas cajas.
La abrí con cuidado.
Sus páginas estaban llenas de fotografías, notas y recuerdos.
Había imágenes de nuestra primera cita.
De nuestros viajes.
De nuestra boda.
Del nacimiento de Daniel.
De la llegada de Hana.
También encontré una fotografía de Taehyung durmiendo en el sofá mientras nuestro hijo pequeño descansaba sobre su pecho.
Sonreí.
Después llegué a la última página.
Era una hoja que habíamos dejado en blanco.
Durante nuestra boda, Taehyung había dicho que quería reservarla para algo especial.
Tomé una pluma.
Y escribí:
«Querido Taehyung:
Aquella noche te encontré perdido en una ciudad que no conocías.
Hoy, después de tantos años, sigo pensando que el destino tiene maneras extrañas de acercar a las personas.
Pero también sé que no fue el accidente lo que construyó nuestra historia.
Fueron las llamadas cuando estábamos cansados.
Las veces que decidimos escucharnos.
Los aeropuertos.
Las despedidas.
Los reencuentros.
Los días en que nada salía como esperábamos.
Y la decisión de seguir siendo un equipo.
Gracias por convertir tantos momentos sencillos en recuerdos que quiero conservar para siempre.
Con amor, Valeria».
Cerré la libreta.
La dejé sobre la mesa.
Unos minutos después Taehyung apareció en la habitación.
—What are you doing?
Sonreí.
—Recordando cosas.
Se acercó.
Vio la libreta.
La reconoció inmediatamente.
—Our story.
Asentí.
La abrió.
Encontró mi mensaje.
Lo leyó en silencio.
Después levantó la mirada.
Tenía los ojos brillantes.
—Valeria…
Me acerqué.
—¿Sí?
Me abrazó.
—I'd get lost in Mexico all over again.
Comencé a reírme.
—No, por favor. Nuestros hijos ya tienen suficientes historias sobre aquel accidente.
Taehyung también se rio.
Después apoyó su frente contra la mía.
—I love you.
Lo besé suavemente.
—Yo también te amo.
Entonces escuchamos unos pasos pequeños acercándose por el pasillo.
Daniel apareció en la puerta.
—¡Mamá! ¡Hana está pintando la mesa!
Abrí los ojos.
—¿Qué?
Taehyung comenzó a reírse.
Salimos rápidamente de la habitación.
Encontramos a nuestra hija sentada junto a una mesa pequeña, completamente concentrada en un dibujo que había extendido un poco más allá del papel.
Cuando nos vio, levantó los ojos.
—Estoy haciendo una casa.
Taehyung se agachó junto a ella.
—A house?
Hana asintió.
Señaló su dibujo.
Había cuatro figuras.
Un árbol.
Y algo que parecía una enorme nube morada.
—Esta es mamá —explicó—. Este es papá. Este es Daniel. Y esta soy yo.
Sonreí.
—¿Y qué es eso morado?
Hana levantó la mirada.
—El árbol de las flores que le gustan a mamá.
Sentí que el corazón se me encogía de ternura.
Una jacaranda.
Mi hija había dibujado una jacaranda.
El mismo árbol del que hablé con Taehyung durante nuestra primera noche.
Me senté junto a ella.
La abracé.
Después Taehyung nos rodeó con sus brazos.
Daniel se acercó también.
Terminamos los cuatro abrazados alrededor de una mesa manchada de colores.
Y pensé que, si alguien me hubiera mostrado aquella imagen cuando tenía veinticuatro años, jamás habría creído que correspondía a mi futuro.
Una familia construida entre México y Corea del Sur.
Dos hijos maravillosos.
Un esposo al que seguía amando incluso después de conocer sus defectos, sus costumbres y sus días difíciles.
Una vida llena de música, fotografías, responsabilidades, desorden y muchísimo cariño.
No había un final perfecto.
Porque nuestra historia no había terminado realmente.
Mañana habría trabajo.
Tareas.
Desayunos que preparar.
Tal vez alguna discusión pequeña.
Y cientos de cosas que resolver.
Pero eso era justamente lo que más me gustaba.
No vivíamos dentro de una película donde todo terminaba cuando los protagonistas se besaban.
Vivíamos una vida de verdad, dentro de este mundo imaginario que comenzó con una coincidencia imposible.
Y seguíamos eligiéndonos todos los días.
Si alguien me preguntara cuál fue el momento más importante de nuestra historia, probablemente esperaría que respondiera que fue nuestra boda.
O el nacimiento de nuestros hijos.
O el día en que Taehyung me dijo por primera vez que me amaba.
Todos fueron momentos maravillosos.
Pero yo elegiría otro.
Elegiría aquella noche lluviosa en Ciudad de México.
Cuando una muchacha cansada salió de trabajar.
Escuchó un golpe.
Vio a dos desconocidos junto a una motocicleta.
Y decidió acercarse para preguntar si necesitaban ayuda.
Porque, aunque en aquel momento no lo sabía, estaba dando el primer paso hacia una vida que jamás habría podido imaginar.
Y por eso, si pudiera regresar al pasado y hablar con aquella Valeria de veinticuatro años, le diría algo muy sencillo:
No tengas miedo de vivir algo inesperado. Pero tampoco olvides quién eres mientras lo estás viviendo.
Porque el amor más bonito no es el que nos obliga a convertirnos en otra persona.
Es el que nos permite crecer sin dejar de reconocernos.
Mi nombre es Valeria Ortega Hernández.
Nací en Ciudad de México.
Conocí a Kim Taehyung después de que se perdiera junto a Jungkook y sufrieran un accidente de motocicleta.
Nos enamoramos.
Aprendimos a vivir entre dos culturas.
Nos casamos.
Tuvimos dos hijos.
Y construimos un hogar donde nunca faltan la música, las fotografías y las risas.
Todavía conservo aquella primera libreta azul.
Y cada vez que la abro recuerdo que, a veces, los caminos más inesperados nos llevan precisamente al lugar donde queremos estar.
Gracias por acompañarme durante estas tres partes, Click.
Y ahora quiero preguntarles algo.
¿Ustedes creen en esos encuentros inesperados que pueden cambiar una vida entera? ¿Qué habrían hecho si se encontraran con su artista favorito perdido en una ciudad desconocida?
Porque yo todavía pienso en aquella noche y sonrío.
Después miro a mi esposo, a nuestros hijos y a la familia que construimos.
Y agradezco haberme acercado para hacer una pregunta tan sencilla:
—¿Están bien? ¿Necesitan ayuda?
FIN. 💜
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