Novelas · Parte 2
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NovelasParte 2

El despertar de Kael y la prueba de los corazones

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Detalles

Autor
Gylab Click
Categoría
Novelas
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SHIRFS: La maga de nivel 1 que desafió a los más poderosos
Capítulo
Parte 2
Vistas
7

Sinopsis

Perla, una joven maga de Noruega con apenas nivel 1, ingresa a Shirfs, la academia de magia más poderosa del mundo. Rodeada de estudiantes de niveles superiores, humillada por los populares y despreciada por su debilidad, descubre una antigua fórmula relacionada con las criaturas mágicas y los corazones unidos. Su encuentro con una misteriosa serpiente herida podría cambiar para siempre las reglas de la magia.…

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PARTE 2 DE 9 — El despertar de Kael y la prueba de los corazones
Capítulo 1. La voz que salió de la oscuridad
La primera vez que Perla escuchó la voz de Kael pensó que había soñado.

El dormitorio de la Torre del Viento estaba completamente oscuro. Afuera, los puentes suspendidos de Shirfs tintineaban bajo una lluvia de cristales diminutos. Nerina dormía en la otra cama, rodeada de libros abiertos y una lámpara que se apagaba sola cada vez que detectaba un ronquido.

Perla permanecía sentada junto a la cesta de la serpiente blanca.

—¿Fuiste tú quien habló? —susurró.

Kael abrió un ojo azul. No movió la boca. No parecía comprenderla. Sin embargo, cuando la joven acercó los dedos, sintió un latido extraño en la marca de escama que llevaba en la mano.

«No vuelvas a dejarme solo».

Aquella había sido la frase. Una voz de hombre, cansada y temblorosa, como si hubiera tenido que cruzar una montaña para llegar hasta ella.

—No voy a dejarte —repitió Perla—. Pero necesito saber qué eres.

La serpiente acercó la cabeza a su muñeca. Durante un instante apareció entre ambas un hilo azul, más delgado que un cabello. Se rompió enseguida y Kael volvió a acurrucarse.

Perla buscó una hoja y anotó lo ocurrido: la voz, el brillo de los ojos, el símbolo de la escama. No quería confundir un sueño con una prueba.

A la mañana siguiente, Nerina encontró las notas.

—¿Le estás haciendo un diario a tu serpiente?

—Creo que intenta hablar conmigo.

Nerina dejó de sonreír.

—¿Con palabras?

Perla asintió.

—Eso no es normal. Los vínculos de corazón permiten compartir emociones al principio. Las palabras llegan después de muchos años, y ni siquiera siempre.

—Pues escuché una voz.

Su amiga volvió a mirar la cesta. Kael parecía tan indefenso que resultaba difícil imaginarlo pronunciando algo más complejo que un siseo.

—No se lo cuentes todavía a Darian ni a Celeste —aconsejó—. Convertirían cualquier cosa que digas en una nueva burla.

Perla guardó sus notas. Lo que todavía no sabía era que la misma voz había despertado algo en la torre más alta de la academia: un retrato antiguo cuyo joven protagonista acababa de abrir los ojos.
Capítulo 2. La enfermera y los tres límites
La enfermera Elowen examinó a Kael después del desayuno. Colocó bajo su cuerpo un círculo de cristales verdes y esperó a que apareciera la lectura.

«Especie: no identificada. Nivel: sellado. Estado: agotamiento profundo».

La mujer frunció el ceño.

—Es la tercera vez que sucede. Ni siquiera puedo determinar cuánta energía necesita para recuperarse.

—¿La magia de restauración no funciona?

—Cierra las heridas, pero no toca lo que las provocó. Es como intentar llenar una jarra que tiene el fondo escondido.

Perla bajó los ojos. Había llevado a Kael hasta allí buscando una solución y salía con más preguntas.

Elowen le entregó tres pequeñas piedras pulidas.

—Son medidores de vínculo. La primera reacciona cuando dos criaturas se escuchan. La segunda, cuando confían. La tercera, cuando una está dispuesta a renunciar a algo por la otra.

Perla recordó de inmediato el libro prohibido.

—Escucha, confianza y renuncia —murmuró.

La enfermera levantó la mirada.

—¿Dónde oíste esas palabras?

—Las leí en un texto antiguo.

Elowen retiró lentamente la mano de la mesa.

—Ten cuidado con los libros antiguos de Shirfs. Algunos conocimientos fueron ocultados por buenos motivos. Otros, porque quienes tenían poder no querían compartirlos.

Señaló las piedras.

—Úsalas para observar, no para obligar a Kael a mejorar. Un vínculo forzado puede quebrar ambos corazones.

Perla guardó las piedras y prometió regresar si la herida empeoraba. Antes de salir, Elowen le ofreció una pequeña caja de ungüento y añadió:

—Y otra cosa: no confundas un número alto con una criatura saludable. He tratado dragones que podían destruir fortalezas y no soportaban que nadie se acercara a ellos.

En el pasillo, Kael asomó la cabeza desde la bufanda de Perla. Al escuchar la palabra «dragones», su cuerpo se tensó de una forma extraña.

—¿Les tienes miedo? —preguntó ella.

Por primera vez, la serpiente no evitó sus ojos.

En la piedra de la escucha apareció un destello breve.
Capítulo 3. Un entrenamiento para dos débiles
El patio norte estaba reservado para estudiantes que necesitaban practicar sin poner en peligro los edificios. Allí había blancos de madera, pequeñas piedras encantadas y un estanque que se regeneraba cuando alguien congelaba el agua por accidente.

Perla eligió el rincón más alejado.

Puso a Kael sobre una manta y colocó delante de ambos una pluma.

—Hoy solo intentaremos moverla —anunció—. No necesitamos levantar una torre.

La serpiente la observó en silencio.

Perla extendió la mano.

—Elevatio.

La pluma tembló, dio una pequeña vuelta y cayó.

Volvió a intentarlo. Y otra vez. A la décima tentativa le dolían los dedos.

—Quizá Darian tiene razón —murmuró.

Kael golpeó suavemente la manta con la cola.

—Ya sé. No debería hablar así de mí misma.

Se sentó a su lado. Durante unos minutos dejaron de entrenar. La joven le contó cómo era su pueblo en Noruega, las montañas detrás de su casa y la costumbre de su padre de cantar mientras trabajaba la madera.

Kael mantuvo la cabeza levantada. Cuando Perla mencionó a su madre, el animal se quedó inmóvil.

—Se llamaba Astrid. Desapareció cuando yo era pequeña.

Una imagen apareció fugazmente en la mente de Perla: nieve manchada de azul, una puerta de piedra, la silueta de una mujer sosteniendo un bastón.

La visión duró menos de un segundo.

Perla se llevó una mano a la frente.

—¿Qué fue eso?

Kael parecía igual de sobresaltado.

La primera piedra, la de la escucha, se iluminó. La pluma se levantó sin que Perla pronunciara un hechizo. Flotó entre los dos durante cinco segundos y descendió suavemente.

Perla quedó boquiabierta.

—Lo hicimos.

Kael cerró los ojos. Por primera vez pareció descansar sin dolor.

Desde una ventana, el profesor Arven había presenciado la escena. No vio la imagen de nieve ni la piedra iluminada; solo una pluma moviéndose sin fórmula pronunciada. Y decidió que debía informar a la dirección.
Capítulo 4. El aviso del profesor Arven
Arven convocó a Perla al aula de hechizos básicos después del almuerzo. Era un hombre exigente, de barba corta y nivel 214, al que no le gustaban las excepciones.

—Tu expediente dice nivel 1, pero alguien te vio realizar magia sin pronunciar una fórmula.

—Solo fue una pluma, profesor.

—Precisamente. No deberías poder hacerlo.

Perla explicó que había estado conversando con su mascota cuando la pluma comenzó a flotar.

Arven revisó el registro del vínculo. Aparecía un solo punto de armonía.

—Quizá fue una descarga involuntaria —dijo—. O quizá esta serpiente posee una capacidad que todavía no hemos medido. Quiero que evites entrenamientos sin supervisión.

La joven sintió que le arrebataban lo poco que acababa de conseguir.

—Pero es el único momento del día en que mejoramos.

—No estoy castigándote, Perla. Estoy intentando impedir que un accidente te lastime.

Entonces llamó a uno de los alumnos más avanzados para demostrar un hechizo de canalización. El muchacho creó una esfera que debía iluminarse al absorber magia del ambiente.

Perla observó atentamente. El cristal estaba agrietado. Cuando el alumno lo activó, una corriente de luz escapó hacia los pupitres.

—¡Al suelo! —gritó Arven.

La esfera iba directamente hacia una estudiante que había tropezado al levantarse. Perla actuó sin pensar: extendió el brazo para cubrirla.

Nada apareció frente a su mano. No hubo escudo ni destello espectacular. Pero Kael, escondido dentro de su bufanda, se retorció y lanzó un siseo.

La corriente se desvió apenas lo suficiente para romper una ventana en lugar de alcanzar a la estudiante.

Arven contuvo el resto de la energía. Cuando miró a Perla, tenía el rostro pálido.

—¿Qué hiciste?

—No lo sé.

La muchacha a la que había protegido le dio las gracias. Era Iris, una alumna tranquila de nivel 47 que casi nunca hablaba en clase.

Arven ordenó revisar el cristal defectuoso. No acusó a Perla, pero tampoco le permitió marcharse hasta registrar lo sucedido.

Aquella tarde, la noticia de que la alumna de nivel 1 había interferido con un hechizo llegó a los oídos de Celeste. La popular maga no creyó ni una palabra.
Capítulo 5. La prueba de resonancia
El viernes, las nueve torres anunciaron el primer examen práctico del trimestre: la Prueba de Resonancia. No era el examen final, pero los resultados determinarían quiénes podían entrenar en el Santuario de las Criaturas.

Arven reunió a los alumnos en un patio circular.

—Van a entrar por parejas a un laberinto encantado. Deben recuperar una campana de cristal y regresar antes de que se cierre la puerta. Las criaturas no pueden atacar a otros estudiantes. El objetivo es demostrar cooperación.

Darian alzó la mano.

—¿Y si alguien trae una serpiente incapaz de hacer magia?

—Tendrá que utilizar la inteligencia —respondió Arven, sin mirarlo.

Perla esperaba competir junto a Nerina, pero la selección de parejas fue aleatoria. A Nerina le tocó un muchacho de nivel 61 llamado Tarek, aprendiz de alquimia. Perla quedó emparejada con Iris.

—No te preocupes —dijo Iris—. Soy buena encontrando caminos.

—Y yo soy buena perdiéndome —respondió Perla.

Ambas rieron nerviosas.

El laberinto era un jardín de paredes vegetales que cambiaban de lugar según el miedo de quienes entraban. Los estudiantes con niveles altos solían abrirse paso con hechizos. Perla no podía hacer eso.

Apenas atravesaron la entrada, una voz comenzó a susurrar desde los arbustos.

«No perteneces aquí».

Perla reconoció el tono de Darian, pero no había nadie. Era el laberinto utilizando sus recuerdos.

Iris le tomó el brazo.

—No escuches. Si reaccionamos al miedo, las paredes cambiarán.

Caminaron despacio. Kael sobresalía de la bufanda de Perla y observaba cada giro.

Después de veinte minutos llegaron a un puente suspendido sobre un estanque oscuro. Del otro lado brillaba la campana.

—Parece demasiado sencillo —murmuró Iris.

En cuanto pisó el puente, una ilusión se abrió debajo de sus pies. El suelo parecía desaparecer. La muchacha retrocedió y cayó de rodillas.

—No puedo cruzar —dijo con la voz quebrada—. Tengo miedo a las alturas.

Perla miró el abismo falso. Sabía que era una ilusión, pero su cuerpo se resistía igualmente.

Kael se deslizó desde su bufanda hasta el borde. Tocó la madera con la cola. La primera piedra del vínculo brilló.

Entonces Perla comprendió que el camino no era el puente: era la confianza de quien se atreviera a avanzar sobre él.
Capítulo 6. Una mano sobre el vacío
Iris estaba temblando.

—Lo siento. Vamos a reprobar por mi culpa.

—No —respondió Perla—. No voy a dejarte aquí.

La joven noruega se arrodilló frente a ella.

—Mírame. El puente sigue ahí. Podemos tocarlo con las manos antes de dar cada paso.

Iris intentó respirar más despacio.

—No puedo.

Perla recordó sus propios fracasos frente a toda la clase. Nadie podía obligar a otra persona a dejar de tener miedo. Podía, en cambio, acompañarla.

—Entonces esperaremos —dijo.

Pasó un minuto. Después otro.

A lo lejos sonó la primera campana que anunciaba el cierre del laberinto.

Kael volvió a tocar el puente. Una línea azul recorrió la madera y dibujó cada tabla verdadera bajo la ilusión. No eliminó el miedo ni construyó un camino nuevo. Solo mostró el que ya estaba allí.

—¿Lo ves? —preguntó Perla.

Iris asintió débilmente.

Caminaron sujetándose de las manos. Cada paso parecía llevarlas hacia un vacío interminable. Pero sus botas encontraban siempre madera firme.

Al otro lado, Iris se echó a llorar de alivio. Tomó la campana y la levantó.

—Lo conseguimos.

El laberinto respondió con un rugido. Las paredes comenzaron a moverse rápidamente. Las salidas desaparecían una tras otra.

Perla observó a Kael. La serpiente tenía los ojos cerrados y respiraba con dificultad. Mostrar las tablas le había costado casi toda su energía.

—No hagas más magia —le susurró.

Iris abrió su cuaderno y dibujó las rutas que recordaba. Perla se concentró en la dirección del viento, que seguía entrando por la puerta exterior incluso cuando las paredes cambiaban.

Corrieron. Tropezaron. Volvieron a levantarse.

Cuando cruzaron la salida, la última campana sonaba sobre la torre. Arven las esperaba junto a los demás.

—Tiempo cumplido —anunció.

Perla bajó la cabeza, segura de que habían llegado tarde.

Pero el profesor levantó la campana que Iris sostenía.

—Han regresado juntas. Esa era la condición principal.

Sobre ambas apareció un pequeño sello verde: «Prueba superada».

La multitud murmuró. No todos estaban contentos.
Capítulo 7. Siete puntos y una acusación
Los resultados se exhibieron aquella tarde en el salón principal.

Celeste y su compañero terminaron el laberinto en pocos minutos. Darian obtuvo una calificación elevada gracias a su capacidad para deshacer las paredes.

Perla e Iris habían llegado entre las últimas parejas aprobadas.

Sin embargo, junto al nombre de Perla apareció una cifra inesperada:

«Resonancia con criatura: 7%».

Nerina abrió la boca.

—¡Perla! ¡Tenías uno y ahora tienes siete!

La joven se acercó al registro, incapaz de creerlo.

No era un nivel de poder. Su nivel personal seguía siendo 1. Pero la barra de vínculo con Kael había aumentado seis puntos durante la prueba.

—Esto no debería ser posible —dijo Darian, acercándose.

Celeste observó el resultado en silencio. Después señaló el sello verde.

—Exijo una revisión. Esa serpiente está usando una magia que nadie puede identificar.

Arven le recordó que los registros habían sido verificados por el sistema del laberinto.

—El resultado es válido.

—¿Aunque sea una criatura sin registro?

—Mientras no haya cometido una infracción, sí.

Darian intervino:

—¿Y si está robando energía de los demás?

La acusación se extendió por el salón. Algunos estudiantes comenzaron a apartarse de Perla.

Nerina dio un paso al frente.

—Eso es mentira.

—Demuéstralo —respondió Celeste.

Perla sostuvo la cesta con ambas manos. No tenía cómo demostrar la naturaleza de una magia que ni siquiera comprendía.

Arven ordenó detener la discusión, pero informó que trasladaría el caso al consejo académico. Hasta que se resolviera, Perla no podría acceder al Santuario.

La noticia le cayó como un golpe. Había conseguido su primera aprobación, y sin embargo la recompensa era otra puerta cerrada.

Esa noche, mientras curaba las escamas de Kael, la segunda piedra de Elowen mostró una tenue línea luminosa.

La piedra de la confianza.

Perla sonrió cansada.

—Parece que al menos nosotros sabemos lo que pasó.

Desde la cesta, una voz débil apareció en su mente.

«No todos».

La muchacha levantó la mirada.

—¿Kael?

Pero la voz no volvió a responder.
Capítulo 8. Los recuerdos que no eran de Perla
Aquella noche Perla soñó con una guerra.

No había visto nunca aquellos lugares: una llanura cubierta de ceniza azul, armaduras rotas, magos levantando muros de hielo contra algo inmenso que avanzaba desde el cielo.

En medio del campo, un joven de cabello blanco sostenía una espada hecha de luz. Su capa estaba desgarrada y sus ojos brillaban con el mismo azul que los de Kael.

Una mujer lo llamó desde una torre.

—¡No uses el sello! ¡No sobrevivirás!

El muchacho se volvió, pero su rostro permaneció borroso.

—Si no lo hago, caerán las nueve torres.

Después la visión cambió. Perla vio un dragón negro encadenado, una mano cubierta de escamas y el símbolo de dos corazones separándose bajo una lluvia de fuego.

Despertó con un grito.

Nerina encendió la lámpara.

—¿Qué ocurrió?

Perla tenía lágrimas en los ojos. Había sentido el dolor de aquella espada, el frío de la ceniza y una pena tan intensa que parecía pertenecerle.

—Vi a alguien —susurró—. Un mago con cabello blanco.

Kael se retorcía en la cesta. Su herida, que ya había sanado, volvía a emitir una luz azul desde debajo de las escamas.

Nerina fue a buscar agua y Perla sostuvo al animal contra su pecho.

—Está bien. Estamos aquí. Nadie va a hacerte daño.

La serpiente dejó de temblar gradualmente.

A la mañana siguiente, Perla buscó en la biblioteca información sobre la Guerra de los Nueve Reinos. Encontró fechas, retratos de generales y mapas de territorios desaparecidos.

En una crónica se mencionaba a un joven llamado Kael Arvandor, mago de nivel 88. La crónica lo acusaba de desobedecer una orden durante la batalla, antes de desaparecer. Después le habían retirado su lugar entre los héroes.

La página siguiente estaba arrancada.

Perla pasó los dedos por el borde roto.

—Kael —murmuró.

La serpiente, escondida en su manga, dejó de moverse.
Capítulo 9. El dragón que recordaba demasiado
Mientras Perla reunía preguntas, Celeste preparaba su propia victoria.

Había conseguido una autorización especial para visitar el Santuario de las Criaturas antes de la ceremonia de elección. Su familia había donado cristales protectores a la academia durante generaciones, y Celeste estaba acostumbrada a que las puertas se abrieran cuando pronunciaba su apellido.

La acompañaban Darian y el guardián del santuario, un hombre rígido llamado Varek, de nivel 301.

Detrás de una puerta de hierro antiguo descansaba Astarion, el dragón negro de ojos dorados.

Era mucho más grande de lo que mostraban las proyecciones. Cada respiración movía el polvo del suelo. Sus cuernos parecían tallados en obsidiana y varias cadenas de luz recorrían sus alas plegadas.

Celeste se acercó con confianza.

—Soy Celeste Valmora. Seré tu compañera.

Astarion abrió un ojo. Su mirada no mostró interés.

—Mi familia ha preparado durante años un contrato digno de ti —continuó ella—. Juntos superaremos el récord de la academia.

El dragón cerró el ojo.

Darian soltó una risa nerviosa.

—Quizá solo está cansado.

Celeste apretó los dientes.

—Mírame cuando te hablo.

Astarion exhaló una nube de humo negro. Las cadenas se tensaron y Varek ordenó retroceder.

—Los dragones no responden bien a las exigencias —advirtió.

Celeste apartó la mirada, humillada. En ese momento una imagen surgió fugazmente en la mente de Astarion: una muchacha de ojos azules, una piedra con forma de lágrima y un joven de cabello blanco en un campo de ceniza.

El dragón abrió ambos ojos.

Al otro lado de Shirfs, Kael se encogió dolorosamente dentro de la cesta de Perla.

Dos criaturas separadas por ochenta años acababan de recordar la misma noche.
Capítulo 10. La visita de Magina
La directora encontró a Perla en la enfermería, acompañando a Kael mientras Elowen verificaba su estado. La presencia de Magina hizo que todos guardaran silencio.

—Necesito hablar con Perla a solas —dijo.

Elowen dudó, pero salió de la sala.

Magina contempló la serpiente durante un largo momento.

—Has cuidado bien de ella.

—Se llama Kael.

Los dedos de la directora se tensaron apenas.

—¿Quién eligió ese nombre?

—Yo. Se me ocurrió cuando la vi.

Magina se acercó a la ventana.

—¿Has sentido alguna vez que los sueños pueden contener recuerdos que no te pertenecen?

Perla la miró sorprendida.

—Anoche vi una guerra. Había un mago que se llamaba como mi serpiente.

La directora no respondió de inmediato.

—Algunos vínculos permiten que el dolor viaje de un corazón a otro —explicó al fin—. Eso no significa que debas cargar con todo lo que sienta tu compañero.

—¿Usted sabe quién es Kael?

Magina volvió a mirar a la serpiente.

—Sé que ha sufrido.

—No es lo mismo que responder.

Por primera vez, una sombra de sonrisa apareció en el rostro de la directora.

—Te pareces mucho a Astrid.

Perla quedó inmóvil.

—¿Conoció a mi madre?

Magina sostuvo la mirada.

—Sí.

—¿Sabe qué le ocurrió?

La directora cerró los ojos un instante.

—Sé que desapareció intentando proteger algo que consideraba más importante que su propia seguridad.

—¿Qué estaba protegiendo?

Magina no contestó. En su lugar, entregó a Perla una pequeña llave de plata marcada con nueve líneas.

—Dentro de siete noches habrá una evaluación de vínculos en la Torre de Restauración. Preséntate. Si tu compañera no demuestra estabilidad, el consejo podría separarlas por seguridad.

Perla apretó la llave.

—¿Y si no estamos listas?

—Entonces tendrán que aprender a estarlo.

Cuando Magina salió, Perla sintió una mezcla dolorosa de gratitud y desconfianza. La directora sabía mucho más de lo que estaba dispuesta a contar.
Capítulo 11. La noche del espejo
Durante cinco noches Perla había entrenado con la ayuda de Nerina, Iris y Tarek. Apenas consiguió levantar unas plumas y mantener su concentración unos minutos, pero aprendió a reconocer cuándo Kael estaba agotado y debía descansar.

La sexta noche, alguien dejó bajo la puerta un paquete envuelto en tela oscura. No había nombre ni remitente.

Dentro encontraron un pequeño espejo de marco plateado y una nota:

«Si deseas conocer el verdadero rostro de tu mascota, mírala bajo la Luna Azul».

Nerina quiso llevarlo inmediatamente a un profesor. Perla estaba de acuerdo, hasta que la marca de su mano comenzó a arder.

Kael levantó la cabeza con un siseo que ambas reconocieron como miedo.

—No le gusta —dijo Perla.

El espejo mostró por un instante una imagen imposible: un joven de cabello blanco mirando desde el otro lado del cristal. Tenía los ojos azules y una expresión agotada.

Perla dio un paso atrás.

—¿Quién eres?

Una grieta apareció en el vidrio. La imagen desapareció y en su lugar surgió un pasillo lleno de puertas, todas con el símbolo de la Fórmula de los Dos Corazones.

Nerina extendió una mano para cubrir el espejo con la tela.

La superficie se volvió negra y una voz distinta, profunda y sin emoción, resonó en la habitación:

—Entréguenme a la criatura y no sufrirán consecuencias.

Las ventanas se cerraron de golpe. La lámpara estalló. Una mano hecha de humo comenzó a salir del marco.

Perla intentó retroceder con Kael en brazos. No tenía un hechizo capaz de enfrentar aquello. Nerina invocó un círculo de viento, pero el humo lo atravesó.

La voz volvió a escucharse:

—Esa serpiente no les pertenece.

Perla sintió el impulso de correr. En lugar de eso, miró a Kael. La criatura estaba temblando tanto como ella.

—Tal vez tengas razón —respondió al espejo—. Kael no me pertenece. Pero tampoco voy a entregarlo a alguien que viene a reclamarlo como si fuera un objeto.

La segunda piedra brilló en su bolsillo.

Kael levantó la cabeza. Sus ojos azules iluminaron toda la habitación.

Una palabra apareció dentro de la mente de Perla:

«Juntos».

La joven extendió la mano, sin pronunciar ningún hechizo. Una luz azul brotó entre sus dedos y la cabeza de la serpiente. No fue un ataque: rodeó el espejo como una cinta y cerró la grieta por la que entraba el humo.

El cristal se rompió en pedazos que se disolvieron antes de tocar el suelo.

Las ventanas volvieron a abrirse. Nerina se dejó caer en la cama, pálida.

—Perla... ¿qué acabamos de ver?

La joven observó su mano. La marca de escama seguía brillando.

En el registro del vínculo había aparecido un nuevo valor: 12%.

Pero junto a la cifra surgió también una advertencia:

«Tercer sello: renuncia. No disponible».
Capítulo 12. Doce puntos contra toda la academia
La prueba de estabilidad se celebró en una sala de piedra iluminada por nueve círculos. Había profesores, guardianes y tres representantes del consejo académico.

Celeste estaba entre los estudiantes autorizados a observar. Darian permanecía a su lado, confiado en que aquella sería la última mañana de Perla con su serpiente.

Arven anunció las reglas:

—No se medirá fuerza destructiva. Se evaluará si la criatura responde voluntariamente, si puede interrumpir un hechizo cuando su compañera lo solicita y si ambos conservan el control ante el miedo.

Perla sostuvo a Kael con ambas manos. La serpiente estaba nerviosa, pero no intentó escapar.

El primer ejercicio consistió en encender una lámpara. Perla no consiguió producir una llama. Celeste dejó escapar una sonrisa burlona.

—Ni siquiera lo básico —susurró.

El segundo ejercicio les mostró una ilusión de una tormenta. Perla sintió el viento helado de Noruega y recordó la soledad de sus primeros días en Shirfs. Kael se enroscó alrededor de su muñeca; el miedo se volvió soportable.

La tercera prueba fue diferente. Apareció frente a ellas una pequeña jaula de luz. Dentro había una imagen de Kael herido, abandonado sobre la tierra. Una voz anunció que Perla debía destruir la ilusión antes de que el tiempo terminara.

La joven extendió las manos y reunió la poca energía que poseía. Una chispa surgió y desapareció. No podía romper la jaula.

Darian comenzó a reír.

Entonces Perla bajó los brazos.

—No voy a atacarla —dijo.

Uno de los consejeros frunció el ceño.

—¿Te rindes?

—No. Reconozco que no tengo fuerza suficiente. Pero Kael no necesita que finja ser poderosa. Necesita saber que sigo aquí.

Se sentó frente a la ilusión y sostuvo al verdadero Kael junto a su corazón.

La serpiente emitió un siseo suave. La jaula comenzó a agrietarse por dentro. No porque Perla la destruyera, sino porque la criatura decidió salir por sí misma.

La ilusión desapareció.

Sobre la sala apareció una puntuación:

«Estabilidad del vínculo: 12%. Voluntad compartida: confirmada».

Un murmullo recorrió el consejo. Arven asintió lentamente. Magina cerró los ojos, aliviada.

—La criatura permanecerá con su compañera —anunció la directora.

Perla se llevó una mano a la boca. Nerina e Iris aplaudieron desde el fondo. Celeste se marchó antes de que terminara la sesión.

Aquella victoria no había convertido a Perla en una maga poderosa. Continuaba en nivel 1. Pero, por primera vez, una sala entera había tenido que reconocer lo que ella y Kael habían construido.
Capítulo 13. El nombre oculto entre las escamas
La noche siguiente, Perla encontró a Kael despierto, mirando la Luna Azul desde la ventana. El festival de elección de criaturas estaba cada vez más cerca, y Shirfs se llenaba de estandartes, música y visitantes.

La joven se sentó junto a él.

—Hoy no tenemos que demostrar nada —dijo.

Kael apoyó la cabeza sobre su mano.

Perla pensó en la visión del espejo, en el joven de cabello blanco y en el nombre borrado del registro de héroes.

—No sé quién eras antes de llegar a mí —susurró—. Tampoco sé por qué te tienen tanto miedo. Pero quiero que puedas decidir qué hacer con tu vida, incluso si algún día decides marcharte.

La tercera piedra, la de la renuncia, emitió un destello tan breve que Perla creyó haberlo imaginado.

Kael levantó la cabeza. Durante unos segundos, su cuerpo pareció rodearse de un contorno humano. La luz mostró unos dedos, una mano y la forma de un rostro joven. Después todo desapareció.

Perla abrió mucho los ojos.

—¿Kael?

La voz regresó a su mente, más clara que nunca:

«No soy lo que ellos te dijeron».

—Lo sé.

«Y si recuerdas mi nombre completo, vendrán por nosotros».

Perla se quedó inmóvil.

—¿Quiénes?

Kael cerró los ojos, agotado. Una última frase llegó hasta ella:

«No confíes en el espejo... ni en quien te entregue al dragón».

A muchas torres de distancia, Celeste recibía en secreto una invitación sellada para presentarse a medianoche en el Santuario. El sobre llevaba un dibujo de Astarion y una promesa escrita en tinta dorada:

«El dragón negro puede ser tuyo antes de la ceremonia».

Celeste sonrió.

Mientras tanto, en el dormitorio de Perla, la barra azul de vínculo permanecía en 12%. Su nivel personal seguía marcando 1.

Ninguno de aquellos números revelaba que, bajo la academia, una puerta sellada durante ochenta años acababa de abrirse un dedo.

Detrás de ella, alguien pronunció el nombre de Kael Arvandor.

Y una voz de mujer respondió desde la oscuridad:

—Si Perla ya lo encontró, entonces el tiempo se nos ha terminado.

Fin de la Parte 2.

Continuará en la Parte 3: La ceremonia de las criaturas y el pacto del dragón negro.
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