
Novelas · Parte 2
Entre jacarandás y promesas 💜 · Parte 2
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Entre jacarandás y promesas 💜 · Parte 2
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Detalles
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- Gylab Click
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- Novelas
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- Entre jacarandás y promesas 💜
- Capítulo
- Parte 2
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- 7
Sinopsis
En un colegio de Buenos Aires, Lara y Tomás fueron mejores amigos hasta que una traición los separó. Ahora, en su último año de secundaria, deberán organizar juntos el festival escolar. Entre rivalidades, celos, amistades, secretos y sentimientos que ninguno se atreve a confesar, descubrirán que algunas historias de amor comienzan con un corazón roto. 💜 Una novela juvenil de romance, odio y amistad ambientada en Argentina. **Parte 1 de 2.**…
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PARTE 2 DE 2 — La última primavera
La primera vez que Lara Benítez vio llorar a Mora Salvatierra fue detrás del gimnasio, un viernes de septiembre en el que todavía faltaban once días para el Festival del Jacarandá.
No lloraba de manera escandalosa. Tenía la espalda apoyada contra una pared, el teléfono apagado entre las manos y dos lágrimas que se negaba a limpiarse. Lara la observaba a unos pasos de distancia, con la fotografía anónima de la imprenta todavía iluminada en su propia pantalla.
—¿Qué video del año pasado? —preguntó Lara.
Mora tragó saliva. Del otro lado del patio se escuchó a Nico reclamando que alguien le devolviera un cable de sonido. La escuela seguía funcionando con una normalidad que a Lara le pareció casi ofensiva.
—Te tengo que contar algo —respondió su amiga.
—Eso ya lo entendí.
—No sabía cómo hacerlo sin que pensaras que también te había traicionado.
Lara sintió que esa palabra se le clavaba en el pecho.
—¿También?
Mora bajó la cabeza. Hacía cuatro años que compartían banco, apuntes, meriendas y secretos que ninguna había contado en su casa. Era la persona que había dormido junto a Lara cuando murió su abuelo, la que sabía reconocer sus ataques de nervios por la manera en que se mordía el labio. Y ahora estaba frente a ella, eligiendo cuidadosamente palabras que llegaban un año tarde.
—La noche de la imprenta, Tomás me llamó —admitió Mora—. Estaba en la guardia de un hospital con su hermana. Me pidió que te avisara.
Por un momento Lara no entendió las palabras. Recordaba el viejo rodaje: una imprenta fría, una silla vacía donde debía sentarse un entrevistado, el celular vibrando sin respuestas y la fecha de entrega acercándose. Recordaba también el mensaje que Abril le había mostrado después, la captura que parecía demostrar que Tomás se burlaba de su sueño de estudiar cine.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
Mora se frotó la cara.
—Porque cuando conseguí encontrarte ya estabas llorando con Abril. Ella dijo que Tomás te había escrito cosas horribles. Yo no sabía que te habían mostrado una captura. Pensé que contar lo del hospital iba a sonar como una excusa. Y después... después pasó demasiado tiempo.
Lara soltó una risa seca.
—¿Un año es demasiado tiempo para decirme que mi mejor amigo estaba con su hermana en un hospital?
—Tenés razón. Fui una cobarde.
—Vos me viste llorar. Me escuchaste decir que jamás volvería a confiar en él. ¿Y te quedaste callada?
—Pensé que si me metía iba a perderte.
Aquello hizo que Lara retrocediera. Le hubiera dolido menos escuchar una justificación absurda.
—Bueno —murmuró—. Ahora no sé si puedo confiar en vos tampoco.
Mora abrió la boca, pero Lara ya estaba caminando. No corrió. Se alejó despacio, con la cabeza alta, porque sentía que si alguien la tocaba iba a deshacerse delante del colegio entero.
En el baño del segundo piso, Lara abrió la foto anónima de la imprenta. Estaba de espaldas, llorando bajo la lluvia, con la carpeta apretada contra el pecho. Había olvidado que alguien había fotografiado uno de los peores días de su vida. Ahora se había convertido en entretenimiento escolar.
El teléfono vibró. Un mensaje de Bruno: «Si necesitás salir un rato, estoy en la cancha. No hace falta que me cuentes nada». Lara lo leyó dos veces y escribió que estaba bien, aunque no lo estaba.
Después apareció un mensaje de Tomás: «No firmé para sacarte del documental. Te mandé la solicitud completa al correo. No te pido que me creas ahora. Solo mirala cuando puedas».
Lara cerró los ojos. La confianza no era una puerta que se abría porque alguien le enviara un archivo adjunto. Pero sí podía leer antes de decidir. Entró al correo.
La solicitud decía que, hasta identificar el origen de la transferencia, proponía bloquear temporalmente las credenciales asociadas a todos los pedidos del equipo audiovisual, incluidas las suyas y las de Tomás, sin modificar la autoría ni la inscripción del corto. Había una segunda página con la aclaración firmada por él: «Lara Benítez continuará como directora del proyecto. Esta medida protege sus archivos y evita atribuciones erróneas durante la revisión».
El documento que alguien había dejado sobre la mesa contenía solamente la primera página.
Lara apoyó la frente contra la puerta del cubículo.
Era la segunda vez que una verdad incompleta la llevaba a odiar a Tomás.
A las cuatro, Santoro reunió al comité. La transferencia había salido como adelanto para «Luz de Andén», un proveedor nuevo, y se había asociado al proyecto de Lara. Sin embargo, la instrucción final partía del acceso de tesorería, sin la segunda aprobación que exigía el colegio. La directora suspendió nuevos pagos mientras revisaban el caso y pidió que nadie difundiera acusaciones.
—Hasta que sepamos qué pasó, no quiero acusaciones en redes ni conversaciones sobre culpables —advirtió Santoro—. Esto se investiga con documentos, no con encuestas de popularidad.
Abril, sentada junto a la ventana, mantenía las manos cruzadas sobre su carpeta. Tomás entregó un registro de versiones de la planilla compartida. Lara apenas lo miró. Mora estaba en la puerta, pero no se atrevió a acercarse.
—El corto sigue inscrito —confirmó la directora—. Los equipos que sean propiedad del colegio pueden utilizarse. Ninguno de ustedes perderá una oportunidad académica por una investigación que todavía no concluye.
Lara levantó la mano.
—¿Y el festival? Si faltan las luces, los puestos y la pantalla, no alcanzamos a terminar.
Santoro miró a todos.
—Entonces habrá que ajustar lo que depende de nosotros. No vamos a ocultar un problema para tener una noche perfecta. Prefiero un festival modesto y limpio.
Al salir de la reunión, Tomás esperó a Lara junto a la escalera. Admitió que debería haberle avisado antes de solicitar el bloqueo temporal de los accesos. Ella reconoció que tendría que haber leído el documento completo. No resolvieron nada, pero Lara lo citó para el lunes después de clase: quería escuchar por fin todo lo ocurrido en la imprenta. Tomás aceptó sin intentar convertir la conversación en una broma.
El fin de semana Lara ayudó a Estela en la panadería. Envolvía pedidos distraída, mientras su mamá amasaba al fondo. Cuando le contó lo ocurrido, Estela apagó la máquina y se sentó a escucharla.
—Se te está cayendo la cabeza de tanto pensar —observó su mamá.
—Creo que estoy perdiendo a mis amigos.
Estela apagó la amasadora.
Lara le contó la parte que pudo: el rumor sobre el dinero, el festival, la fotografía del año anterior y el secreto que Mora había guardado. No habló todavía de la forma en que Tomás la miraba cuando nadie estaba prestando atención. Eso le daba demasiada vergüenza.
—Es horrible sentir que te mintieron personas que querés —dijo Estela.
—No sé si exageré durante un año.
—Tal vez te lastimaron de verdad y también entendiste mal algunas cosas. Las dos pueden ser ciertas.
Lara se sentó sobre un cajón vacío.
—¿Y si termino quedándome sin beca por todo este lío?
Su mamá la miró con una seriedad poco habitual.
—La beca importa, hija. Muchísimo. Pero tu trabajo no desaparece porque alguien hable mal de vos. Guardá tus archivos, pedí ayuda y no dejes de filmar.
El domingo Nico avisó que el papá de Valen les prestaría una pantalla y un proyector para reemplazar los equipos alquilados. También preguntó por Mora, que seguía intentando pedir perdón. Lara respondió que todavía necesitaba tiempo. Después abrió la edición: treinta y seis entrevistas, canciones originales y una escena final que aún no sabía cerrar. Decidió que un rumor no iba a escribir el final por ella.
El lunes Tomás llegó a la sala de Música cinco minutos antes de la hora acordada. Lara lo encontró sentado frente al piano desafinado, sin tocarlo. Las ventanas estaban abiertas y el perfume de los jacarandás entraba mezclado con el ruido de los autos. Él llevaba una carpeta gris, un teléfono viejo y una botella de agua que no había abierto.
—No vine para pelear —dijo Lara, cerrando la puerta.
—Yo tampoco.
Se sentó a dos sillas de distancia. Tomás miró el teléfono como si fuera una prueba difícil.
—Mi hermana Julia tenía trece años cuando filmábamos en la imprenta. Esa mañana sufrió una crisis respiratoria fuerte. Mi vieja estaba trabajando en un hospital del otro lado de la ciudad y yo era el único en casa. La llevé a una guardia. En el camino se rompió mi celular cuando se me cayó al bajar del taxi.
Lara recordó vagamente a Julia, una chica que utilizaba anteojos redondos y llevaba libros enormes a todas partes. Había oído después que había estado enferma, pero nunca relacionó las fechas.
—Desde la guardia pedí prestado un teléfono para llamar a Mora —continuó Tomás—. Era el único número que me acordaba además del de mamá. Le dije que avisara que no iba a llegar y que se cancelara la entrevista. Pensé que con eso alcanzaba para que no estuvieras esperando.
—No alcanzó —respondió Lara.
—Lo sé. Cuando volví a tener teléfono, vi el mensaje donde me decías que no querías volver a verme. Abril me había mostrado lo que supuestamente dijiste de mí en el grupo. Yo pensé que me odiabas porque te había fallado, y... dejé pasar los días.
—¿Y aquella captura?
Tomás abrió el teléfono viejo. Tenía la pantalla agrietada pero todavía funcionaba conectado a un cargador. Buscó un archivo exportado de una conversación del antiguo equipo del corto. Lara se inclinó para leer. Había mensajes de Abril, de la noche anterior al rodaje, criticando que el proyecto no tenía suficiente presupuesto y preguntando si valía la pena invertir el tiempo de todos «en el capricho de alguien que juega a dirigir».
Debajo aparecía la respuesta completa de Tomás: «Lara no es alguien que juega a dirigir. Ese proyecto no es un capricho. Y no tiene el nivel de apoyo que merece: le faltan equipos, permiso para la entrevista y gente que cumpla lo que promete. Si no podemos ayudar, por lo menos no la tiremos abajo».
Lara leyó de nuevo. Las palabras que había odiado durante un año estaban allí, pero formaban una defensa. Alguien había recortado fragmentos y unido frases para que parecieran un ataque.
—¿Podría estar editado este archivo? —preguntó, aunque deseó no sonar cruel.
Tomás asintió.
—Sí. Por eso no quiero que me creas solo porque te lo muestro yo. Tengo los mensajes en el respaldo y la hora del envío. Nico estaba en ese grupo. La profesora que supervisaba el concurso recibió una copia de la conversación cuando hubo problemas con el permiso. Podemos revisarlo con ella.
Lara dejó el teléfono sobre la mesa.
—¿Por qué guardaste todo?
—Porque después del concurso pensé en demostrarte que no había dicho eso. Lo intenté un par de veces, pero me habías bloqueado y yo no sabía cómo hablarte sin parecer que estaba usando lo de Julia como excusa para no haber cumplido. Después me dio vergüenza seguir intentando.
—Tendrías que haber venido a decirme la verdad en la cara.
—Sí.
No se defendió. Aquella admisión dolió de una forma distinta. Lara había preparado durante un año discursos enteros para el momento en que Tomás intentara justificar lo injustificable. No había preparado nada para descubrir que él también se había sentido rechazado y que ambos habían elegido el silencio como una forma de protegerse.
—¿Julia está bien? —preguntó.
Tomás levantó la cabeza.
—Sí. Hace controles y aprendimos a manejar mejor sus episodios. Ahora tiene catorce y cree que soy la persona más aburrida del planeta. Eso es buena señal.
Lara dejó escapar una risa breve. Después se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Yo pensé que te habías burlado de lo único que de verdad me importaba.
—Nunca me burlaría de tus películas, Lara.
—Pero me dejaste sola.
—Sí —respondió él, con una tristeza que no escondió—. No pude estar aquel día. Después tampoco supe reparar lo que pasó. Me arrepiento de eso.
Desde el pasillo llegó la voz de un profesor llamando a su curso. Lara tomó aire. Quería abrazarlo, reclamarle y salir corriendo al mismo tiempo.
—Necesito pensar —dijo.
Tomás apartó la silla para dejarla pasar.
—Tomate el tiempo que quieras. Esta vez no voy a desaparecer sin avisarte.
Lara salió con el ruido del piano todavía vibrándole en la memoria, aunque ninguno de los dos había tocado una sola tecla.
Esa tarde Lara contrastó los mensajes con la copia conservada por la profesora de Audiovisuales. Coincidían. Nico también confirmó que había presenciado la discusión original. Comprendió que no había sido solamente un malentendido: alguien había construido aquella mentira con fragmentos reales.
Cuando salió del colegio encontró a Mora esperándola junto a la parada del colectivo. Llevaba dos paraguas, aunque todavía no llovía. Lara se quedó quieta a unos pasos.
—No voy a pedirte que me perdones hoy —dijo Mora—. Solo quiero contarte lo que hice mal sin inventarme una excusa.
Lara se apoyó contra el poste.
Mora admitió que Abril había llevado la captura a Lara después del concurso. Ella sabía lo de la llamada desde el hospital, pero temió que Lara pensara que estaba defendiendo a Tomás. Después dejó pasar tanto tiempo que decir la verdad se volvió más difícil que callar.
—Te dejé construir una historia falsa porque preferí no arriesgar nuestra amistad —admitió—. Es horrible decirlo en voz alta.
—Lo es.
—Tenés derecho a estar enojada conmigo.
Un colectivo llegó levantando hojas mojadas y pasó de largo porque ninguna hizo señas. Lara observó los paraguas.
—Yo te habría escuchado, Mora. Incluso si me hubiera enojado. Eso era lo que necesitaba de vos.
Mora asintió con lágrimas en los ojos.
—Lo sé ahora.
Lara no la abrazó. Le pidió espacio y volvió a casa caminando. Pero esa noche, cuando vio un meme absurdo sobre estudiantes que estudian cinco minutos y descansan cuatro horas, estuvo a punto de mandárselo por costumbre. Comprendió que extrañar a alguien no significaba haber dejado de estar dolida.
A ocho días del festival, el proveedor «Luz de Andén» había recibido el adelanto, pero todavía no confirmaba la reserva. Faltaban datos en la factura. Santoro exigió por escrito que devolvieran el pago hasta aclarar el contrato. Abril insistía en que se trataba de un malentendido.
Tomás y Lara revisaron las cotizaciones desde la biblioteca con Nico como testigo y un docente supervisando el acceso a los archivos. Una de las propuestas originales era de un negocio del barrio, con precio más bajo y material suficiente. La otra había sido incorporada después, cuando Abril recibió los permisos de tesorería. En los registros figuraba que el cambio lo había hecho ella. Lara sintió una punzada de rabia al ver que el pedido estaba etiquetado con su nombre por ser la directora del audiovisual.
—No podemos decir que Abril se quedó con la plata —recordó Tomás—. Todavía no sabemos qué pasó después de la transferencia.
—Pero alguien permitió que pareciera mi gasto.
—Eso sí podemos comprobarlo.
Santoro convocó a Abril y a su familia para revisar la contratación con administración. Mientras tanto, el colegio mantendría el festival en marcha con equipos prestados y emitiría una aclaración, aunque la cuenta anónima seguía difundiendo acusaciones.
Bruno la encontró colocando afiches cerca de la cancha y la invitó a salir el sábado. Lara respiró profundo. Él había sido amable incluso cuando nadie sabía cómo acercarse a ella. No merecía una respuesta ambigua.
—Me gusta estar con vos, Bruno, pero no quiero confundirte. No estoy buscando algo romántico.
Él bajó la mirada y después sonrió con una tristeza discreta.
—Arce, ¿no? Cuando alguien lo nombra ponés cara de estar resolviendo una ecuación imposible.
—Perdón —susurró Lara.
—No tenés que pedir perdón por no sentir lo mismo. Ojalá se te arregle la ecuación.
La ayudó a terminar los afiches antes de irse. Lara agradeció que pudiera recibir un no sin convertirlo en un reproche.
El miércoles, Valen organizó una jornada de escenografía. Reemplazaron las luces alquiladas con equipos del taller de teatro y pintaron un telón de edificios porteños. Nico probó el sonido; una interferencia amplificó su comentario: «Si esto explota, díganle a mi mamá que yo quería estudiar Diseño». Todos se rieron. Lara filmó a sus compañeros trabajando y sintió que el festival improvisado tenía más personalidad que el plan original.
Mora apareció con una caja de galletitas y preguntó a Valen si necesitaba ayuda. Lara trabajó con ella en el mismo salón durante dos horas, sin forzar una conversación. Nico acompañó a Mora al terminar y le recordó que no podía exigirle a Lara perdonar al mismo ritmo que a ella le convenía. Desde el pasillo, Lara los vio reírse por una broma tonta y comprendió que todavía extrañaba a su amiga, aunque seguía dolida.
Esa noche Tomás le envió a Lara una pista de guitarra. El archivo se llamaba «jacaranda_03_no_terminada». Ella tardó en abrirlo porque estaba ocupada ajustando una escena del documental. Cuando por fin pulsó reproducir, escuchó una melodía sencilla, de acordes cálidos y pausas tímidas. No había letra. La guitarra entraba y salía como si la canción tuviera miedo de decir algo importante.
Le escribió: «Es linda. ¿Para el documental?».
Tomás respondió después de unos minutos: «La empecé hace un año. Pensé que nunca iba a mostrártela».
Lara se quedó mirando la pantalla. Quiso preguntar por qué la había escrito, pero solo contestó: «Me gustaría usarla si estás de acuerdo».
«Sí. Pero poné mi nombre en los créditos. Mi mamá quiere comprobar que no llevo tres años tocando para molestar a los vecinos».
Lara soltó una carcajada. Exportó la escena final con la guitarra de Tomás debajo. En pantalla aparecían los bancos vacíos al atardecer. Por primera vez, el cierre comenzó a parecerle completo.
El jueves Santoro confirmó que «Luz de Andén» pertenecía a un familiar de Abril. La relación debió declararse y el adelanto no tenía autorización completa. Exigieron el reintegro; Abril quedó apartada de tesorería mientras revisaban su participación. El colegio también investigaría por qué el sistema había permitido procesar el pago.
Lara sintió alivio, pero también una incomodidad: alguien había utilizado el nombre de su proyecto para justificar una contratación irregular, y el rumor todavía circulaba como si se hubiera demostrado que ella era culpable.
—La escuela publicará una aclaración —dijo Santoro—. Y necesito que ustedes no conviertan la investigación en una pelea pública. Las responsabilidades se determinarán con los documentos correspondientes.
Tomás asintió. Lara también.
Al salir encontraron a Abril sola frente a los casilleros. Tenía los ojos rojos y una carpeta contra el pecho. Lara se detuvo. Abril los vio y adoptó su sonrisa habitual, pero le temblaba la boca.
—Supongo que ahora están felices —dijo.
—No —respondió Lara—. Quiero saber por qué mi nombre aparecía asociado a un pago que no aprobé. Y quiero saber qué pasó con la captura del año pasado.
Abril miró a Tomás. Él no intervino. La dejó responder.
—No voy a hablar de eso en un pasillo —murmuró.
—Entonces decime dónde.
Abril se quedó inmóvil. Finalmente señaló el salón de dibujo, vacío a esa hora.
—Después de clase. Con un adulto presente si hace falta. Ya estoy cansada de que todos crean que soy un monstruo.
Lara sostuvo su mirada.
—Y yo estoy cansada de que la verdad siempre llegue cuando ya hicieron daño.
La conversación en el salón de dibujo no tuvo nada de cinematográfica. No hubo gritos ni confesiones perfectas. Santoro estuvo presente porque el asunto involucraba dinero del colegio y una difusión dañina de documentos. Abril se sentó frente a Lara y Tomás, con las manos escondidas debajo de la mesa.
Admitió que había contratado a un negocio vinculado con su tío porque él le prometió conseguir los equipos por menos dinero si reservaba rápido. La oferta terminó siendo más cara y las condiciones cambiaron. Temerosa de perder la reserva y de quedar mal, ordenó el adelanto sin completar las autorizaciones. Después dejó el nombre del proyecto audiovisual como referencia y no corrigió el registro cuando supo que podía atribuirse a Lara. La administración del colegio también tendría que revisar por qué su sistema permitió ese pago.
—¿Y la cuenta anónima? —preguntó Lara.
Abril bajó los ojos.
—La hice yo.
Tomás se quedó quieto. Lara sintió que el enojo le subía por el cuello.
Abril dijo que había querido desviar las preguntas sobre su decisión. Publicó la orden recortada para que el problema pareciera una discusión del equipo audiovisual y no una contratación que había gestionado sin autorización. La fotografía antigua salió de un archivo de producción que todavía conservaba de cuarto año. Cuando Lara preguntó por qué había usado justamente esa imagen, Abril tardó mucho en contestar.
—Porque sabía que te dolía —admitió.
El silencio que siguió fue peor que un insulto.
—¿Y lo del concurso anterior? —preguntó Tomás.
Abril cerró los ojos.
—Recorté la conversación. Quería que Lara se enojara con vos.
—¿Por qué? —preguntó Lara.
Abril miró el piso. Había sentido que sus dibujos eran ignorados cuando todos elogiaban los videos de Lara. También había estado enamorada de Tomás y le había dolido descubrir que él miraba a Lara de otra manera. En vez de hablar de sus celos y sus inseguridades, había elegido hacer daño. No fueron excusas; ni siquiera ella intentó presentarlas como tales.
—Pensé que si dejaban de hablar, todo volvería a ser como antes —susurró—. Después vi que estaban destrozados y no supe cómo reconocerlo.
Lara se levantó lentamente.
—Vos sabías cuánto significaba ese concurso para mí. Me viste pensar durante un año que mi mejor amigo me despreciaba. Y ahora quisiste hacerme quedar como una ladrona.
Abril comenzó a llorar.
—Lo sé. Lo siento.
—No te puedo perdonar ahora —respondió Lara—. Y no quiero que me pidas que te consuele porque finalmente lo contaste.
Santoro intervino con firmeza. Abril tendría que entregar todos los materiales a la revisión, asumir las consecuencias disciplinarias y participar en la rectificación pública de las acusaciones. La directora también aclaró que el colegio debía responder por sus controles deficientes. Nadie podía resolver algo así con un simple «perdón» en una reunión cerrada.
Cuando salieron, Tomás caminó junto a Lara sin hablar. Llegaron a las escaleras y ella se detuvo.
—Perdón por creer esa captura sin dejarte explicarme —dijo.
Tomás negó.
—No tenías por qué imaginar que alguien había hecho algo así. Y yo tendría que haber insistido en hablarte antes.
Lara miró hacia el patio, donde las flores moradas comenzaban a cubrir los bordes de los bancos.
—Perdimos un año por no decirnos la verdad.
—Sí —respondió él—. Pero todavía nos queda la última primavera.
No intentó besarla. No le tomó la mano. Lara agradeció que le permitiera sentir todo aquello sin exigir una respuesta romántica como premio por haber aclarado el pasado.
Los días siguientes estuvieron llenos de pintura y cables. El adelanto regresó a la cuenta del colegio con constancia formal, aunque continuó la revisión. Santoro aclaró públicamente que Lara no había autorizado la transferencia. Abril rectificó los rumores desde la cuenta anónima y después la cerró. Algunos compañeros se disculparon. Otros fingieron no haber compartido nada.
Mora la ayudó a clasificar las entrevistas finales. Trabajaron casi una hora en silencio, hasta que Lara le pasó un auricular.
—¿Me decís si esta parte se escucha bien?
Mora la miró con una esperanza que intentó disimular.
—Sí.
Al terminar la escena, Lara dejó el auricular sobre la mesa.
—Sigo enojada con vos. Pero te extraño.
Mora comenzó a llorar. Lara se rió entre lágrimas y le alcanzó una servilleta.
—No hagas que me arrepienta de decirlo.
—No voy a esconderte otra cosa por miedo a perderte —respondió Mora.
Se abrazaron brevemente. No resolvieron un año de silencio en diez segundos, pero dieron el primer paso sin pretender que nunca había ocurrido.
La tarde del festival, el Jacarandá parecía otro colegio: puestos de comida en el patio, historietas de Nico y un escenario pequeño con las estrellas pintadas por Valen. Estela vendía medialunas y budín, mientras anotaba encargos de vecinos para la panadería. No solucionaba automáticamente el aumento del alquiler, pero le daba nuevas posibilidades de negocio.
Bruno saludó a Lara desde el sector de deportes. Estaba acompañado de sus compañeros y le levantó el pulgar. Ella respondió con una sonrisa. La amistad que habían comenzado a construir no necesitaba convertirse en algo más para ser valiosa.
A las ocho apagaron las luces del salón de actos. Lara sintió que el corazón se le salía del pecho. Tomás se inclinó hacia ella.
—¿La última revisión de sonido?
—Si hacemos otra, voy a arrancar los cables con los dientes.
—Entonces estamos listos.
El documental comenzó con una toma del jacarandá sobre la reja azul. Después aparecieron las voces de los alumnos: uno decía que extrañaría a la preceptora que siempre le guardaba una curita; otra hablaba del miedo a mudarse para estudiar; un tercero confesaba que nunca se había atrevido a invitar a salir a alguien del curso. El público rió, se quedó callado y volvió a reír. Lara había dejado fuera cualquier acusación personal. Aquella película no se trataba de castigar a nadie, sino de mostrar lo que significaba crecer entre personas imperfectas.
La última escena mostró las aulas vacías. Debajo sonaba la guitarra de Tomás. Una voz decía: «Lo que voy a extrañar no son las paredes. Es saber que, si me sale todo mal, alguien me espera en el recreo». Entonces apareció una frase sobre la pantalla: «Hay promesas que no consisten en quedarse para siempre, sino en decir la verdad mientras estamos».
Cuando terminaron los créditos, el silencio duró apenas un segundo. Después el salón comenzó a aplaudir. Nico gritó el nombre de Lara desde el fondo. Mora lloraba sin disimulo. Estela, sentada en primera fila, se secaba las mejillas con una servilleta que había sacado del bolsillo del delantal. Lara buscó a Tomás entre la multitud. Él no estaba mirando la pantalla. La estaba mirando a ella.
Al terminar la muestra, el jurado anunció que «Lo que dejamos cuando suena el timbre» recibiría la recomendación del instituto para postular al programa de becas de la escuela de cine. No era una beca asegurada: Lara tendría que presentar un portafolio y pasar una entrevista. Sin embargo, cuando Santoro le entregó la carta, ella sintió que podía respirar de nuevo. Había conseguido que su trabajo hablara por sí mismo.
Más tarde encontró a Tomás junto al jacarandá. Las luces del festival reflejaban pequeños círculos sobre sus zapatos. Él sostenía un sobre doblado.
—No es otra solicitud administrativa —aclaró antes de que ella pudiera burlarse.
Dentro había una hoja de cuaderno con una lista de escenas que nunca habían filmado juntos: un viaje en tren, el amanecer en la costanera, un domingo trabajando en la panadería y un corto protagonizado por una bicicleta que se perdía en Buenos Aires.
—La escribimos en tercero —dijo Lara, reconociendo su propia letra.
—La guardé. Pensé que algún día volveríamos a hacer alguna.
Ella lo miró. Tomás parecía tan nervioso como el muchacho que años antes le había prestado una calculadora.
—La canción también era para vos —añadió él—. Me gustabas antes de que todo se rompiera. Después no sabía si decirlo iba a complicar todavía más las cosas.
Lara sintió un calor suave en el rostro.
—Sos bastante malo para elegir el momento de las confesiones.
—Me estoy dando cuenta.
—A mí también me gustabas —admitió—. Me daba tanta bronca que ni siquiera podía reconocerlo.
Tomás sonrió. Le preguntó si podía tomarle la mano. Ella entrelazó los dedos con los suyos antes de contestar. Unos compañeros pasaron corriendo hacia el escenario, gritando porque la banda había empezado su última canción.
—¿Y ahora? —preguntó él.
—Ahora terminamos quinto —respondió Lara—. Yo intento conseguir la beca y vos averiguás lo de estudiar sonido en La Plata. Después vemos. No quiero promesas imposibles.
—¿Y una promesa pequeña?
—Depende.
—Si alguna vez nos enojamos, nos vamos a hablar. Aunque sea incómodo.
Lara sonrió.
—Esa sí.
Tomás se inclinó despacio. Lara acortó la distancia y lo besó. No hubo fuegos artificiales ni música que sonara justo a tiempo. Se escuchó a Nico desafinar terriblemente desde el escenario, seguido por las carcajadas del público. Lara se apartó riendo.
—Voy a tener que cortar eso de la banda sonora de nuestro recuerdo.
—Ni se te ocurra —respondió Tomás—. Es lo más argentino que nos podía pasar.
En diciembre sonó el último timbre. Lara salió al patio con el diploma, la cámara y la carta de recomendación para la beca. La entrevista con la escuela de cine había salido bien; aún esperaba una decisión sobre la ayuda económica. Estela consiguió negociar unos meses de estabilidad para la panadería. Mora y Nico discutían por una fotografía en la que él había cerrado los ojos; Valen llevaba pintura en el saco y Bruno organizaba un partido de despedida.
Tomás apareció junto a Lara, con dos medialunas dentro de una bolsa de papel.
—¿Llegaste temprano por primera vez? —preguntó ella.
—No. El colectivo se retrasó. Pero esta vez vine caminando.
Le ofreció una medialuna. Lara tomó la más grande.
Miró el edificio que habían odiado los lunes, amado durante los recreos y convertido en escenario de sus primeros desengaños. No sabía qué ocurriría en la universidad ni cuáles de aquellos amigos seguirían cerca dentro de diez años. Sabía que algunas amistades habían cambiado de forma y que ninguna disculpa podía borrar por completo un daño. También sabía que escuchar la verdad, aun cuando llegaba tarde, podía darles una oportunidad de elegir de nuevo.
Levantó la cámara y encuadró a sus amigos debajo del jacarandá florecido.
—¡Una última foto! —gritó.
Mora levantó los brazos. Nico hizo una mueca. Bruno se inclinó para entrar en el cuadro. Tomás apareció detrás de Lara, sin invadir el espacio que ella necesitaba para sostener la cámara.
El temporizador comenzó a contar.
Tres.
Dos.
Uno.
El clic congeló una primavera que ninguno podría conservar para siempre. Y, precisamente por eso, Lara supo que valía la pena recordarla.
FIN DE LA NOVELA.
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