Novelas · Parte 1
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NovelasParte 1

ENTRE JACARANDÁS Y PROMESAS

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ENTRE JACARANDÁS Y PROMESAS Narrado desde Click · Gylab Click
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Detalles

Autor
Gylab Click
Categoría
Novelas
Click
Entre jacarandás y promesas 💜
Capítulo
Parte 1
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7

Sinopsis

En un colegio de Buenos Aires, Lara y Tomás fueron mejores amigos hasta que una traición los separó. Ahora, en su último año de secundaria, deberán organizar juntos el festival escolar. Entre rivalidades, celos, amistades, secretos y sentimientos que ninguno se atreve a confesar, descubrirán que algunas historias de amor comienzan con un corazón roto. 💜 Una novela juvenil de romance, odio y amistad ambientada en Argentina. **Parte 1 de 2.**…

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PARTE 1 DE 2 — El festival de las cosas que no dijimos

El lunes en que Lara Benítez decidió que iba a odiar a Tomás Arce para siempre, llegó tarde al colegio por culpa de una SUBE sin saldo y un colectivo que pasó de largo mientras ella lo perseguía con una medialuna en la mano.

—¡Dale, maestro, son veinte metros! —le gritó al chofer, que ni siquiera miró por el espejo.

Una señora que esperaba el siguiente colectivo le ofreció una servilleta. Lara tenía azúcar en la manga, la mochila abierta y una carpeta de láminas que amenazaba con salir volando con el viento de septiembre. En dos meses terminaría quinto año, el último de secundaria, y se había prometido atravesarlo sin cometer ninguna catástrofe pública. Eran las siete y veintidós. Ya llevaba tres.

Consiguió llegar al Instituto Jacarandá a las siete y cuarenta, justo cuando el portero cerraba la reja azul. El edificio ocupaba una esquina antigua de Caballito: tres pisos, ventanas altas y un patio donde los estudiantes juraban que un árbol de jacarandá florecía cada primavera más temprano que los demás. Desde la vereda se escuchaba una guitarra desafinada y a alguien discutiendo si el mate debía lavarse con agua hirviendo. Buenos Aires seguía su mañana habitual. Lara, no.

—Llegaste tarde —dijo una voz detrás de ella.

No necesitó darse vuelta para reconocerla.

Tomás Arce llevaba el uniforme con una prolijidad ofensiva: camisa blanca sin una arruga, saco azul, el pelo oscuro apartado de la frente y una credencial del centro de estudiantes prendida a la mochila. Era de esos chicos que podían perder un examen, una final de básquet y el último tren y aun así parecer que tenían todo bajo control. Lara conocía su peor defecto: él también lo sabía.

—Gracias, reloj humano —respondió ella—. Sin vos habría pensado que eran las seis.

Tomás le mostró su teléfono. Tenía abierta la aplicación del centro de estudiantes.

—Hoy cierran las inscripciones para los proyectos del festival. Si tu grupo quiere participar, necesita entregar la propuesta antes del recreo largo.

—¿Qué te hace pensar que voy a participar?

—Tenés la cámara colgada hasta cuando comprás pan. Y ayer mandaste cuatro mensajes preguntando por los plazos.

Lara apretó la carpeta contra el pecho.

—Eso no significa que quiera hablar con vos.

—Perfecto. Yo tampoco tenía ese sueño.

La reja se abrió porque el portero, que disfrutaba demasiado de los enfrentamientos entre los dos, había oído toda la conversación. Lara entró primero. Tomás la siguió sin intentar adelantarla. Fue un detalle mínimo, pero Lara lo registró con fastidio: antes él siempre la dejaba pasar. Antes sabía cómo le gustaba su café. Antes había sido su mejor amigo.

Ahora apenas podían compartir un pasillo sin pelear.

En el aula de quinto B, Mora Salvatierra la recibió con un cartel improvisado en una hoja cuadriculada: «FELICITACIONES POR LLEGAR ANTES DEL ALMUERZO». Mora llevaba rulos cortos, zapatillas con cordones de distintos colores y la capacidad sobrenatural —según Lara— de conocer todos los chismes escolares antes de que ocurrieran. A su lado, Nico Roldán intentaba terminar una historieta en el margen de un apunte de química.

—¿Lo viste? —preguntó Mora, quitándole la medialuna aplastada.

—Si te referís a Arce, lamentablemente sigue respirando.

Nico dibujó dos monigotes peleando sobre una montaña de carpetas.

—Les propongo que se casen directamente. Nos ahorramos años de tensión narrativa.

Lara le tiró una goma de borrar. Mora se rió tan fuerte que la preceptora asomó la cabeza desde el pasillo. Nico escondió el dibujo debajo del libro y adoptó una expresión de concentración casi religiosa.

En el pizarrón alguien había escrito con tiza rosa: «ÚLTIMA PRIMAVERA — FESTIVAL DEL JACARANDÁ». Cada año el instituto organizaba una feria abierta a las familias y al barrio. Había bandas, puestos de comida, obras cortas, exposiciones de arte y competencias deportivas. Pero aquel año era especial: los alumnos de quinto organizarían todo como despedida, y el mejor proyecto audiovisual recibiría una recomendación para el programa de becas de una escuela de cine. Lara había leído esa última parte veinte veces.

Su mamá, Estela, atendía una panadería pequeña que había heredado de su abuela y que sobrevivía a fuerza de madrugadas, encargos de tortas y cuentas escritas detrás de los recibos. Lara trabajaba allí los sábados. No le faltaba lo necesario, pero una carrera privada de cine estaba completamente fuera de su alcance. Aquella beca era una posibilidad real; no quería convertirla en un sueño demasiado grande por miedo a que se rompiera.

Mora le rozó el brazo.

—Hablé con Valen. Nos presta las luces del taller de teatro. Si filmamos un documental del último año, podemos competir.

—Ya tengo un nombre —dijo Lara.

Nico levantó una ceja.

—Que no sea «Adolescentes al borde de reprobar Matemática».

—«Lo que dejamos cuando suena el timbre».

Mora sonrió. Por un segundo, Lara sintió que el día empezaba a arreglarse.

Entonces la profesora de Literatura entró con la directora y Tomás detrás. Y Lara supo, antes de que dijeran una palabra, que algo iba a salir terriblemente mal.

La directora Santoro era una mujer de voz tranquila y mirada capaz de identificar un celular escondido desde el extremo opuesto del aula. Llevaba una carpeta con los proyectos preliminares. Explicó que los fondos del festival serían administrados por una comisión mixta, que cada gasto necesitaría comprobante y que, debido a la cantidad de propuestas, dos alumnos coordinarían la muestra audiovisual.

—Tomás Arce, como representante del centro de estudiantes —anunció—. Y Lara Benítez, por la propuesta documental que presentó el viernes.

Lara tardó tres segundos en reaccionar.

—Perdón, ¿qué?

—Felicidades —susurró Nico—. Tu boda tiene presupuesto municipal.

—Nico, callate.

Tomás levantó la mano.

—Directora, quizá convendría que Lara trabajara con otra persona.

Aquello dolió más de lo que Lara esperaba. Había pensado decir lo mismo, pero escuchárselo a él, delante de todo el curso, le devolvió una vergüenza vieja.

Santoro cerró la carpeta.

—Justamente porque ambos discuten cada decisión, considero que pueden equilibrarse. Si no lo logran, buscaré reemplazos. Los estudiantes no son enemigos; esto es una escuela, no una campaña electoral.

Mora escondió una sonrisa detrás de la mano. Lara le pisó suavemente el zapato.

La reunión duraría hasta las dos de la tarde. Tomás y Lara tendrían que presentar en diez días un avance del documental, un presupuesto razonable y un cronograma de actividades. También supervisarían la exhibición de los cortos de otros cursos. Lara escuchó la mitad de las instrucciones. La otra mitad de su cabeza estaba ocupada recordando por qué, exactamente, había prometido no volver a confiar en Tomás Arce.

El año anterior habían sido inseparables. Se conocieron en segundo, cuando él se sentó a su lado durante una prueba de Física y le prestó una calculadora sin pedirle nada. Después empezaron a preparar trabajos juntos. Él corregía guiones, ella lo filmaba tocando la guitarra en actos escolares y ambos pasaban horas inventando historias sobre desconocidos que veían desde la ventana del colectivo. Tomás era la primera persona a la que Lara había mostrado sus cortometrajes malos, los que grababa con un teléfono viejo y editaba de madrugada.

En cuarto año hicieron un corto sobre los negocios que desaparecían del barrio. Ganaron un concurso local y fueron invitados a presentar otra versión en un certamen estudiantil. Lara había conseguido permiso para filmar dentro de una antigua imprenta. Faltaba una entrevista: la que Tomás había prometido hacer con un trabajador jubilado. La noche anterior, él dejó de responder los mensajes. No apareció al rodaje. La entrevista nunca se hizo y Lara entregó una versión incompleta. Lo peor vino después: alguien le mostró una conversación donde parecía que Tomás decía que ella no tenía nivel para competir de verdad y que el proyecto era «un capricho de alguien que juega a dirigir».

Lara lo enfrentó en un pasillo. Tomás no negó de manera convincente lo que había visto. Le dijo que había cosas que no podía explicar todavía. Ella interpretó aquel silencio como una confesión. Se dijeron cosas horribles. Él se alejó. Y durante casi un año convivieron como dos desconocidos que recordaban demasiado bien la forma de hacerse daño.

Al salir de clase, Tomás la esperó junto al tablero de anuncios.

—Tenemos que reunirnos por el presupuesto.

—Mirá, si la directora no me obligara, preferiría editar un video de seis horas de alguien barriendo la vereda.

—Podés incluirme barriendo. No cobro extra.

—No sos gracioso.

—Nico se ríe de mis chistes.

—Nico también se ríe de las caídas en educación física.

Tomás revisó unas hojas.

—Jueves, biblioteca, cuatro de la tarde. Llevá la propuesta completa. Yo consigo las autorizaciones.

Lara quiso responder con alguna frase brillante, pero notó un papel doblado sobresaliendo de su carpeta. Era la portada del viejo proyecto de la imprenta. Tomás la había conservado. Él siguió su mirada y guardó el papel demasiado deprisa.

—¿Por qué tenés eso? —preguntó ella.

—Porque hay cosas de las que todavía podemos aprender.

Lara retrocedió un paso.

—Qué conveniente. Siempre tenés una explicación que llega después.

Se marchó antes de que él pudiera responder. Al doblar la esquina vio que Tomás se quedaba inmóvil frente al tablero, con la carpeta apretada entre las manos. Le molestó darse cuenta de que una parte de ella quería regresar para escuchar lo que no había dicho.

El jueves llegó a la biblioteca a las cuatro menos diez. Tomás ya estaba allí, rodeado de hojas de cálculo y dos termos. Había una silla vacía frente a él. Sobre la mesa había dejado una medialuna.

—No necesitaba que me compraras nada —dijo Lara.

—Es de la cafetería. Sobró de la reunión.

—Claro. Y la pusiste justo frente a mi silla por casualidad.

—Si te molesta, Nico puede comérsela en cinco segundos.

Lara se sentó y la tomó.

En diez minutos comprendió que Tomás no se había convertido en representante por su sonrisa. Tenía listas las autorizaciones para filmar menores, el permiso del salón de actos, un inventario de luces y un cálculo cuidadoso de los costos. Lara había llevado un guion hermoso de quince páginas y ninguna idea de cómo pagar los materiales. Él tenía todas las tablas. Ella, todas las escenas. Odiaba reconocer que funcionaban mejor juntos que por separado.

—El documental no puede durar cuarenta minutos —observó Tomás.

—Son entrevistas, no un anuncio de desodorante.

—El festival dura una tarde y hay seis cortos más. Quince minutos.

—Veinticinco.

—Diecisiete.

—Veintidós.

Tomás la miró. Lara sostuvo la mirada.

—Diecinueve y medio —dijeron casi al mismo tiempo.

Se quedaron callados. Después Lara apartó los ojos primero, irritada por haber sonreído.

La puerta se abrió de golpe y entró Abril Ferreyra, tesorera de la comisión. Llevaba una carpeta impecable y una vincha roja que combinaba demasiado bien con sus uñas. Había sido amiga íntima de Lara en segundo y tercero, antes de que se distanciaran por un conflicto que ninguna de las dos sabía explicar sin mencionar a Tomás. Abril tenía una forma educada de decir cosas crueles: sonreía mientras lo hacía y después aseguraba que los demás habían entendido mal.

—Qué lindo ver que el espíritu de colaboración está vivo —dijo, observando la medialuna a medio comer—. Traigo las claves de acceso al registro de gastos y las normas de rendición. Todo se comparte en la carpeta del comité. Ningún gasto fuera del presupuesto y ninguna transferencia sin doble verificación.

Tomás revisó las hojas.

—¿La escuela ya aprobó el adelanto para escenografía?

—Está en trámite. Primero necesito la lista de proveedores.

Lara levantó la mano como si estuvieran en clase.

—¿Podemos pagar licencias de música?

Abril sonrió.

—Si encuentran plata debajo de las baldosas.

—Siempre tan útil —respondió Lara.

—Siempre tan creativa con el dinero ajeno.

Tomás alzó la mirada.

—Abril. No empecemos.

Lara notó que él no le había pedido a ella que se callara. Aquello debería haberle dado igual. No le dio igual.

Cuando Abril se marchó, Tomás compartió con Lara una carpeta digital. Las planillas tenían celdas protegidas y cada modificación quedaba registrada con usuario y hora. Explicó que el año anterior habían faltado comprobantes y Santoro no quería repetir el caos. Lara grabó una nota de voz con instrucciones porque sabía que olvidaría los nombres de cinco columnas antes de llegar a casa.

—Vos confiás en los números —comentó.

—Y vos en las historias.

—Los números también mienten.

—Las historias, más seguido.

Lara lo miró por encima de la computadora.

—¿Eso fue una indirecta?

Tomás dejó el lápiz.

—No. Fue una frase bastante torpe.

Por primera vez en aquella tarde, parecía sinceramente cansado. Lara quiso preguntarle si dormía bien. Se mordió la lengua. No iba a empezar a cuidarlo solo porque se había quedado sin una respuesta brillante.

El primer día de rodaje ocurrió en una mañana fría que de primavera tenía únicamente el nombre. Mora consiguió que seis compañeros dieran entrevistas sobre lo que más extrañarían de la escuela. Nico hizo de sonidista con un micrófono prestado y un entusiasmo desproporcionado. Valentina Quiroga, del taller de arte, diseñó tarjetas con preguntas que los entrevistados sacarían al azar. Lara dirigía todo detrás de su cámara mientras Tomás comprobaba permisos y corría bancos para liberar pasillos.

Tomás apareció al otro lado del visor y levantó un cartel improvisado: «BATERÍA: 14%». Lara hizo un gesto dramático de desesperación. Él le mostró una batería de repuesto. Ella, sin dejar de grabar, formó con los labios un «gracias». Tomás sonrió apenas. Fue tan breve que casi lo perdió.

En el recreo largo apareció Bruno Medina, capitán del equipo de vóley. Era alto, amable y tenía una forma de hablar que daba la impresión de que nunca se había preocupado demasiado por quedar mal. Traía una bolsa con alfajores para el equipo de producción.

—Mi abuela dice que nadie hace arte con hambre —anunció.

Nico agarró dos.

—Tu abuela es una visionaria.

Bruno le preguntó a Lara si necesitaban grabar la cancha. Ella dijo que sí, que quería escenas de los espacios vacíos después de los entrenamientos. Él ofreció acompañarla y enseñarles fotografías del torneo del año anterior. Antes de irse la miró de frente.

—¿Vas a ir a la fiesta de primavera del sábado?

Lara tardó un segundo en responder. Sabía que estaba preguntando algo más que una simple cuestión de agenda.

—No sé. Tengo que editar.

—Si terminás temprano, avisame. Me gustaría bailar con vos.

Se marchó sin presionarla. Mora esperó exactamente dos segundos antes de darle un codazo a Lara.

—Ese pibe está enamoradísimo.

—Está siendo amable.

—La amabilidad no te pregunta dos veces si vas a una fiesta.

Tomás, que estaba ajustando el trípode, no dijo nada. Pero apretó demasiado una rosca y Nico tuvo que ayudarlo a aflojarla. Lara lo vio. No supo por qué le resultó tan satisfactorio.

El sábado llovió. La fiesta de primavera se hizo de todas formas en un club de barrio, con luces prestadas, empanadas y una banda de cuarto año que tocaba canciones conocidas con una convicción mayor que su afinación. Lara llegó con Mora y Valen, convencida de que se iría antes de las doce. Bruno la encontró cerca de la mesa de bebidas y le ofreció una gaseosa. Bailaron una canción, después otra. Él tenía la cortesía de reírse cuando pisaba sin querer y no intentaba agarrarla de la cintura cada vez que ella se apartaba.

Desde el escenario, Nico dedicó una canción «a la gente que no sabe si está enamorada o simplemente necesita dormir». Mora lo miró indignada porque ambos sabían que la frase pertenecía a una conversación privada. Nico se encogió de hombros y empezó a tocar. Lara sospechó que entre esos dos había una historia que avanzaba a un ritmo todavía más lento que su documental.

A las once y media salió a tomar aire. Bajo el alero encontró a Tomás, solo, con una campera gris y un vaso de agua. Adentro Bruno la buscaba entre la gente.

—Te vi bailando —dijo Tomás.

—¿Tengo que registrar los movimientos en la planilla del comité?

—No. Solo iba a decir que te estabas divirtiendo.

Lara se apoyó contra la pared. La lluvia golpeaba la chapa con una constancia tranquilizadora.

—Bruno es lindo —comentó, sin mirarlo.

—Sí.

—Y buena persona.

—También.

Lara giró la cabeza.

—¿No vas a decir nada desagradable?

Tomás tardó en contestar.

—¿Por qué querría hacerlo?

No tenía una respuesta que pudiera decir en voz alta. Quizá porque el Tomás de antes habría fingido estar celoso con una broma absurda. Quizá porque el de ahora se había vuelto tan cuidadoso que la dejaba sin manera de pelear.

Una ráfaga de viento empujó la lluvia debajo del alero. Lara retrocedió y resbaló sobre un escalón mojado. Tomás la sostuvo por el codo antes de que cayera. Fue un gesto rápido. La soltó en cuanto recuperó el equilibrio.

—¿Estás bien?

—Sí.

Durante un segundo quedaron muy cerca. Lara vio una gota en las pestañas de Tomás y recordó otra noche de lluvia, un año atrás, cuando habían esperado el colectivo bajo el mismo paraguas y él le había dicho que quería mostrarle una canción que había escrito. Nunca llegó a mostrársela.

La puerta del club se abrió. Bruno apareció buscándola.

—¿Lara? ¿Volvés? Pusieron la que me dijiste.

Ella miró a Tomás, que ya se había apartado.

—Sí —respondió—. Ahora voy.

Cuando entró, todavía sentía en el codo el calor de aquella mano.

El lunes siguiente, Lara encontró un vaso de café sobre su pupitre y una nota escrita en letra diminuta: «Traje el de avena porque el común te cae mal antes de editar. No me debés nada». No había firma. Tampoco hacía falta. Mora leyó por encima de su hombro y empezó a hacer ruidos que supuestamente imitaban violines.

—No es romántico —advirtió Lara.

—Obvio. Es un procedimiento administrativo de hidratación afectiva.

Nico apareció con un rollo de cinta de papel pegado al antebrazo.

—Necesitamos que ustedes dos dejen de actuar como si una taza de café fuera una declaración de guerra. Tenemos seis días para grabar los testimonios finales.

—¿Qué pasó con tu brazo? —preguntó Lara.

—Valen me pidió que sujetara unas cartulinas y no encuentro cómo despegarme.

A mediodía hicieron la primera proyección de prueba en un aula vacía. Las imágenes mostraban el colegio de una manera que Lara nunca había visto: el reflejo de las ventanas sobre los pisos encerados, la mano de la preceptora entregando curitas, una pelota olvidada debajo de un banco, compañeros que habían pasado cinco años juntos y todavía se sorprendían al escuchar ciertas historias. En la última escena, un estudiante decía: «Lo que voy a extrañar no son las paredes. Es saber que si me sale todo mal, alguien me espera en el recreo». Lara apagó la computadora y fingió buscar el cargador para que nadie notara que se le habían humedecido los ojos.

Tomás no hizo un chiste. Se quedó mirando la pantalla negra.

—Esa frase debería cerrar el corto —dijo.

—Necesitamos algo menos obvio.

—A veces lo obvio es verdad.

Lara lo miró. Tenía la misma expresión que recordaba de sus antiguas tardes de edición: los ojos atentos, la boca apenas abierta, como si todavía estuviera escuchando el sonido de una escena que ya había terminado. Durante unos segundos olvidó el enojo. Después él agregó que faltaban permisos de dos entrevistados, y la realidad regresó con toda su burocracia.

Esa semana el colegio comenzó a transformarse. Valen pintaba una escenografía enorme de edificios porteños sobre cartón recuperado. Los alumnos del taller de gastronomía planificaban un puesto de onigiri y chipá porque a alguien le había parecido divertido mezclar recetas familiares con sus series favoritas. La banda ensayaba en el aula de Música, provocando que la profesora de Biología amenazara con adoptar los instrumentos y no devolverlos hasta diciembre. Los de quinto A preparaban una obra romántica de enredos que involucraba cinco cartas extraviadas y una cantidad inexplicable de paraguas. Parecía una de esas historias escolares japonesas que Lara veía de chica, excepto por el mate, los colectivos atrasados y el profesor de Educación Física gritando «¡Guarden eso, che!» cada diez minutos.

Una tarde, mientras guardaban cables en el salón de actos, Tomás encontró un casete viejo dentro de una caja de utilería. Tenía una etiqueta que decía «Festival 1999». Lara se acercó con curiosidad. Consiguieron prestado un reproductor del depósito y vieron a un grupo de adolescentes vestidos con ropa de otra época cantando una canción desafinada. Reconocieron a la profesora de Matemática entre los bailarines. Lara no podía parar de reír.

—Si ella supiera que tenemos esto, nos aprueba la materia —dijo.

—Nos desaprueba por extorsión —respondió Tomás.

Se quedaron viendo la grabación hasta el final. En los últimos segundos, una chica miraba a la cámara y decía: «Ojalá dentro de veinte años sigamos siendo amigos». Después alguien tapaba el lente con la mano. Lara bajó el volumen.

—¿Pensás que siguieron siéndolo? —preguntó.

Tomás apoyó los codos sobre las rodillas.

—Algunos seguro. Otros habrán dejado de hablarse por cosas estúpidas.

—No todas las cosas por las que uno deja de hablar son estúpidas.

—No dije que lo fueran.

La habitación pareció hacerse más pequeña. Lara recordó que él había guardado la portada del viejo corto. Se armó de valor.

—¿Por qué no apareciste aquel día en la imprenta?

Tomás se quedó quieto. La pantalla proyectaba una luz azul sobre su rostro.

—Pasó algo en mi casa.

—Me podrías haber avisado.

—Tenés razón.

—¿Y la conversación donde decías que yo era un capricho?

Él la miró de frente.

—No escribí eso como te lo mostraron.

—¿Cómo me lo mostraron? Era una captura.

—Una captura no siempre muestra la conversación completa.

Lara sintió que volvía el mismo enojo del año anterior.

—Tenías doce meses para explicarlo. ¿Por qué no lo hiciste?

Tomás miró hacia la puerta.

—Porque después de que me dijiste que nunca querías volver a verme, pensé que insistir solo iba a lastimarte más.

—Qué considerado de tu parte decidir por mí.

Él cerró los ojos un segundo.

—Sí. Fue cobarde. No estoy intentando hacerlo sonar mejor.

La sinceridad la desarmó. Habría preferido una respuesta arrogante, algo fácil de odiar. Sonó el timbre y la conversación quedó suspendida. Lara salió del salón sosteniendo el casete entre los dedos. No había conseguido una explicación completa, pero por primera vez comenzó a sospechar que el recuerdo sobre el que había construido su enojo podía estar incompleto.

El jueves llegaron malas noticias a la panadería. El propietario del local quería renovar el contrato con un aumento que Estela no sabía si podría pagar. La mujer había ocultado la preocupación varios días, esperando conseguir un acuerdo. Lara la encontró haciendo cuentas a oscuras porque se había olvidado de encender la luz del fondo.

—Podemos dejar el negocio y trabajar desde casa —propuso Lara.

Estela negó con la cabeza.

—La mitad de mis clientes viene porque ve el local al salir del subte. Si lo cierro, empiezo de cero.

—Entonces vamos a pensar otra cosa.

Su mamá le sonrió cansada.

—Ya tengo una cita para negociar. No necesito que dejes el documental para salvarme, por favor.

Lara se sentó junto a ella. Quería decirle que una beca no servía de nada si perdían el lugar donde trabajaba, pero Estela le puso una mano encima de la suya.

—Lara, el negocio es mi responsabilidad. Tu futuro también merece espacio en esta casa.

Quedaban once días para el festival cuando Lara decidió que el documental necesitaba una última entrevista. Tomás había organizado cada permiso, cargado trípodes bajo la lluvia y conseguido que los más tímidos aceptaran hablar frente a cámara. Sin embargo, siempre encontraba una excusa cuando ella le proponía aparecer en el video.

—No pienso entrevistarme a mí mismo —dijo él.

—Perfecto, porque voy a hacerlo yo.

Lo sentó en una silla del salón de actos y acomodó una luz. Mora, que entendió la importancia del momento antes que ellos, arrastró a Nico al pasillo con la excusa de buscar una extensión. Lara encendió la cámara.

—¿Qué vas a extrañar del Jacarandá?

Tomás miró el lente y después a ella.

—A la gente con la que podía quedarme en silencio sin que fuera incómodo.

—Esa es una respuesta de película barata.

—Vos preguntaste.

Lara tragó saliva. Le hizo otra pregunta, la que figuraba al final de todas las tarjetas.

—¿Hay algo que te hubiera gustado decir antes de terminar quinto?

Tomás tardó demasiado en contestar.

—Sí. Que no todo el mundo se aleja porque dejó de querer estar.

Lara bajó lentamente la cámara. Desde la ventana entraba el ruido de un colectivo frenando en la esquina. De pronto recordó el Tomás que le prestaba auriculares en segundo año, que aprendía a cocinar budín porque a ella le encantaba y que había desaparecido una mañana sin darle explicaciones. Quiso preguntarle qué había pasado realmente. En cambio, preguntó:

—¿Y por qué a veces no vuelven?

Él se inclinó hacia delante.

—Porque tienen miedo de que ya sea tarde.

Mora abrió la puerta antes de que cualquiera pudiera decir algo más. Llevaba una extensión en la mano y una expresión que fingía inocencia de manera escandalosa. Nico observó a Lara, luego a Tomás, y susurró: «Llegué en el momento equivocado, ¿no?». Lara apagó la cámara con las orejas ardiendo.

Esa noche editó la entrevista tres veces. Cada vez que escuchaba la última respuesta, se quedaba mirando el mismo fotograma. En un impulso escribió a Tomás: «Podemos hablar de lo del año pasado cuando termine todo esto». Él contestó: «Sí. Esta vez te voy a contar todo». Lara apoyó el teléfono contra el pecho y se sintió ridícula por estar sonriendo.

El viernes comenzaron los problemas. Una cuenta anónima llamada «Pasillo del Jacarandá» publicó una captura de una orden de pago del festival. Debajo escribió que el equipo audiovisual había aprobado una transferencia a un proveedor que nadie conocía. Lara reconoció su nombre: aparecía junto a la solicitud de presupuesto de equipos que había enviado, pero la imagen estaba recortada. No se veía la sección donde la directora debía autorizar cualquier gasto. Los comentarios crecieron rápidamente. Algunos preguntaban si se había perdido plata; otros aseguraban que Lara pensaba quedarse con parte del presupuesto para financiar su corto.

Lara corrió a buscar a Abril, la tesorera. La encontró frente a la sala del centro de estudiantes.

—¿De dónde salió esa captura?

Abril miró su celular.

—No lo sé. Igual deberías haber sido más cuidadosa con tus archivos.

—¡Vos administrás esa carpeta!

—Y Tomás también tiene acceso. No me grites porque los demás estén haciendo preguntas.

En la siguiente hora se supo que una transferencia efectivamente figuraba como realizada, aunque faltaban datos para determinar quién la había ordenado y si el comprobante era auténtico. Santoro abrió una revisión interna y suspendió temporalmente nuevos pagos. Dijo expresamente que nadie estaba acusado de robar nada. La cuenta anónima publicó lo contrario: «SE CAYÓ EL DOCUMENTAL: INVESTIGAN A LA DIRECTORA». Lara vio compañeros retirar la mirada al cruzarse con ella. Bruno le escribió para preguntarle si estaba bien. Mora quiso quedarse a su lado. Lara respondió a ambos que necesitaba pensar.

Cuando llegó a la biblioteca, encontró sobre una mesa un documento firmado por Tomás. No era una orden de pago. Era una solicitud dirigida a Santoro para apartar provisionalmente a Lara del manejo de materiales y de la coordinación mientras se verificaban los movimientos. La firma era inconfundible.

Lara sintió un golpe seco en el estómago. El año anterior él había desaparecido antes de una presentación importante. Ahora, justo cuando empezaba a creerle de nuevo, había firmado un papel para quitarla del proyecto que podía darle una beca.

Lo encontró en el pasillo vacío que conducía al salón de actos.

—¿Pediste que me sacaran? —preguntó, sosteniendo el documento.

Tomás palideció.

—Lara, escuchame. Necesitaba que no pudieran usar tu usuario mientras revisaban las cuentas. No pedí que cancelaran tu corto.

—Eso no es lo que dice acá.

—Falta una hoja. La parte donde explico por qué.

Lara soltó una risa sin humor.

—Siempre falta algo con vos. Una hoja. Un mensaje. Una explicación.

Él dio un paso hacia ella y se detuvo cuando la vio retroceder.

—Te juro que no fui yo quien publicó eso.

—No te pregunté quién lo publicó. Te pregunté por qué otra vez decidiste sobre mi vida sin hablar conmigo.

Tomás bajó los ojos. No discutió. Y aquel silencio fue peor que cualquier respuesta.

Lara salió hacia el patio con los papeles apretados contra el pecho. Junto al jacarandá encontró a Mora, que parecía haber estado buscándola. Su amiga la abrazó sin preguntar. Lara estuvo a punto de contarle todo, pero vio en la pantalla encendida del teléfono de Mora una notificación que la dejó helada: «Abril: no le digas todavía lo del video del año pasado».

Mora apagó la pantalla demasiado tarde.

—Lara, puedo explicarlo.

Las manos de Lara comenzaron a temblar. Había pasado un año culpando a Tomás por un video perdido y una conversación cruel. Ahora descubría que su mejor amiga también conocía una parte de aquella historia y había decidido callarse.

—¿Vos también sabías? —preguntó.

Mora abrió la boca, pero no encontró palabras.

Entonces el teléfono de Lara vibró. La cuenta anónima acababa de publicar un segundo mensaje. Esta vez incluía una fotografía antigua: Lara llorando fuera de la imprenta el día en que perdió el concurso. Debajo habían escrito: «Algunas personas no aprenden. Cambian de proyecto, pero siempre hacen lo mismo».

Al otro lado del patio, Tomás salió corriendo del edificio con una carpeta en la mano. Abril lo seguía, discutiendo en voz baja. Ninguno había visto todavía a Lara.

—No voy a encubrirte otra vez —dijo Tomás con una claridad terrible.

Abril se quedó inmóvil.

Lara miró a Mora. Luego la fotografía. Luego a las dos personas que habían decidido guardar sus secretos durante un año entero. El festival, la beca y la posibilidad de confiar otra vez en alguien parecieron romperse al mismo tiempo.

Por primera vez desde que conocía a Tomás, Lara no sintió solamente enojo. Sintió miedo de descubrir que había construido sus recuerdos alrededor de una mentira.

Y faltaban once días para la noche en que todo el colegio vería su película.

Fin de la Parte 1.

Continuará en la Parte 2: La última primavera.
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