Confesiones · Parte 1
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ConfesionesParte 1

Lo tenía todo con ella y aun así fui infiel

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Gylab Click
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Confesiones
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¿Cuál es la razón por la que un hombre comienza a serle infiel a su pareja?
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¿Cuál es la razón por la que un hombre comienza a serle infiel a su pareja?…

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Lo tenía todo con ella y aun así fui infiel



Nunca pensé que algún día escribiría algo así.

Durante años fui de esas personas que miraban una infidelidad desde afuera y pensaban que todo era sencillo.

“Si ya no la quieres, termínala.”

“Si quieres estar con otra persona, déjala primero.”

“Si te trata bien, ¿qué necesidad tienes de buscar algo afuera?”

Parecía lógico.

Incluso hoy me sigue pareciendo lógico.

El problema es que, cuando me tocó estar del otro lado, descubrí que una persona puede saber perfectamente qué está bien y aun así hacer exactamente lo contrario.

Mi novia era probablemente la mejor mujer con la que había estado.

Voy a llamarla Laura.

No quiero utilizar su verdadero nombre porque, aunque probablemente nunca lea esto, ya le hice suficiente daño.

Conocí a Laura cuando yo tenía 26 años.

Ella tenía 24.

No fue amor a primera vista ni una historia de película.

Nos conocimos por amigos en común.

La primera vez que hablamos estuvimos sentados afuera de un restaurante esperando a que los demás terminaran de pagar.

Yo hice algún comentario tonto sobre una pareja que estaba discutiendo en el estacionamiento y ella se rio.

De ahí empezamos a hablar.

Después nos seguimos en Instagram.

Luego llegaron los mensajes.

Después las llamadas de madrugada.

Y aproximadamente tres meses después comenzamos oficialmente una relación.

Durante los primeros dos años, sinceramente, no tengo casi nada malo que decir.

Laura era detallista.

Si sabía que tenía una reunión importante, me escribía antes para desearme suerte.

Si yo estaba enfermo, aparecía con comida.

Cuando tuve problemas económicos, nunca me humilló.

Cuando cambié de trabajo y estaba completamente estresado, me escuchó quejarme durante semanas.

No era perfecta.

Obviamente discutíamos.

A veces podía ser demasiado directa.

Yo podía ser orgulloso.

Teníamos diferencias.

Pero nunca hubo maltrato.

Nunca hubo desprecio.

Nunca hubo una razón que justificara lo que terminé haciendo.

Y quizá por eso todavía me cuesta entenderme.

Porque muchas historias de infidelidad comienzan con:

“Mi pareja dejó de prestarme atención.”

“Ya no teníamos intimidad.”

“Me trataba mal.”

“Vivíamos peleando.”

En mi caso no fue así.

Laura me quería.

Y yo también la quería.

Ese es precisamente el problema.

La primera señal



La primera cosa que hice probablemente parecerá insignificante.

Comencé a seguir mujeres en Instagram.

No amigas.

No compañeras de trabajo.

Mujeres que simplemente me parecían atractivas.

Una, dos, cinco, veinte.

A veces reaccionaba a una historia.

Nada demasiado evidente.

Un emoji.

Una respuesta.

Un comentario.

Si alguna respondía, sentía una especie de satisfacción difícil de explicar.

Era como una pequeña victoria.

Laura no sabía nada.

O quizá sí lo sabía y simplemente no decía nada.

Yo me justificaba pensando:

“No estoy haciendo nada.”

“No le estoy siendo infiel.”

“Solo estoy hablando.”

Después comencé a revisar perfiles de mis exnovias.

Personas con las que no hablaba desde hacía años.

Me preguntaba cómo estaban.

Con quién estaban.

Si todavía se acordarían de mí.

Si todavía podría gustarles.

Un día una ex me respondió una historia.

Conversamos quizá veinte minutos.

No ocurrió absolutamente nada.

Pero recuerdo perfectamente cómo me sentí.

Fue una especie de adrenalina.

No porque quisiera volver con ella.

No quería.

Si me hubieran preguntado en ese momento si cambiaría a Laura por esa mujer, habría dicho que no inmediatamente.

Pero saber que alguien de mi pasado todavía quería hablar conmigo me hizo sentir bien.

Y ahí probablemente comenzó todo.

Nunca era suficiente



Poco a poco empecé a buscar esa sensación cada vez más.

Laura podía decirme:

“Te ves guapísimo hoy.”

Pero no me producía lo mismo que recibir un comentario parecido de una desconocida.

Eso es algo que ahora me avergüenza admitir.

La persona que estaba conmigo todos los días podía decirme que me amaba, que le gustaba, que estaba orgullosa de mí.

Pero en algún lugar de mi cabeza aparecía una voz diciendo:

“Claro que ella dice eso. Es tu novia.”

En cambio, si una mujer que apenas conocía mostraba interés, para mí significaba algo distinto.

Era una confirmación.

Una prueba.

“Todavía puedo.”

“Todavía soy atractivo.”

“Todavía podría estar con alguien más si quisiera.”

Y nunca me pregunté por qué necesitaba demostrarme eso constantemente.

Mi infancia



No quiero convertir esto en una excusa.

Quiero dejar eso muy claro.

Lo que hice fue decisión mía.

Pero después de todo lo ocurrido comencé terapia y terminé hablando muchísimo de mi adolescencia.

Yo no fui precisamente el chico popular.

Era extremadamente tímido.

Durante buena parte de mi adolescencia tenía sobrepeso.

Las mujeres que me gustaban casi nunca mostraban interés en mí.

Recuerdo particularmente una situación cuando tenía 15 años.

Una chica me gustaba muchísimo.

Mis amigos lo sabían.

Un día uno de ellos le dijo enfrente de otras personas que yo estaba enamorado de ella.

Ella respondió:

“¿Él? Ni loca.”

Todos se rieron.

Probablemente para ella fue un comentario que olvidó cinco minutos después.

Yo lo recordé durante años.

Hubo otras situaciones similares.

Nada especialmente traumático visto desde afuera.

Pero suficientes pequeños rechazos para que yo desarrollara una idea bastante clara sobre mí mismo:

No soy alguien que las mujeres quieran.

Después crecí.

Bajé de peso.

Comencé a entrenar.

Conseguí un mejor trabajo.

Aprendí a vestirme mejor.

Perdí parte de mi timidez.

Y de repente las cosas cambiaron.

Las mujeres comenzaron a prestarme atención.

La primera vez que una mujer realmente atractiva me pidió el número recuerdo que me sentí increíble.

Era como si mi yo adolescente estuviera celebrando.

Finalmente había demostrado algo.

El problema fue que nunca dejé de necesitar demostrarlo.

La primera mentira seria



Laura comenzó a darse cuenta de que algo estaba diferente.

Una noche estábamos viendo una película y mi teléfono recibió varios mensajes.

Ella preguntó:

—¿Quién es?

Yo respondí:

—Un grupo del trabajo.

Era mentira.

Era una chica que había conocido por Instagram.

No estábamos hablando de nada explícito.

Pero yo sabía perfectamente que si Laura hubiera leído la conversación se habría molestado.

La chica sabía que yo tenía novia.

Yo sabía que ella estaba interesada.

Y aun así seguía hablando.

La conversación terminó esa misma semana.

Pero algo había cambiado.

Por primera vez había mentido directamente para esconder a otra mujer.

No sentí culpa inmediatamente.

Sentí miedo.

Miedo de que Laura descubriera algo.

Y cuando te preocupa que tu pareja descubra una conversación, probablemente ya sabes que estás haciendo algo que no deberías.

La tranquilidad empezó a aburrirme



Esto quizá sea la parte más difícil de explicar.

Laura y yo teníamos una relación estable.

Demasiado estable.

Suena absurdo decir eso.

No había grandes peleas.

No terminábamos y regresábamos.

No nos bloqueábamos.

No existía esa montaña rusa emocional que había tenido con parejas anteriores.

Con una exnovia podía pasar de odiarla a extrañarla en cuestión de horas.

Discutíamos, terminábamos, nos reconciliábamos.

Todo era intenso.

Con Laura no.

Si teníamos un problema, hablábamos.

Si estaba molesta, me decía por qué.

Si yo necesitaba espacio, me lo daba.

Durante mucho tiempo pensé que eso era exactamente lo que quería.

Y probablemente sí lo era.

Pero había una parte de mí que asociaba el amor con incertidumbre.

Con persecución.

Con ansiedad.

Con esa sensación de no saber qué ocurriría mañana.

Cuando finalmente tuve una relación sana, una parte de mí comenzó a interpretarla como aburrimiento.

Y en vez de reconocerlo, busqué emoción afuera.

La primera infidelidad



Fue durante un viaje de trabajo.

Había conocido a una chica unos meses antes.

Vamos a llamarla Andrea.

Sabía perfectamente que ella estaba interesada en mí.

Yo también encontraba atractiva a Andrea.

Esa noche varios compañeros salimos a beber.

Laura me había escrito antes de dormir:

“Disfruta. Te amo. Avísame cuando llegues al hotel.”

Todavía recuerdo ese mensaje.

Porque aproximadamente tres horas después besé a Andrea.

No fue un accidente.

No estaba tan borracho como después intenté convencerme.

Sabía lo que estaba haciendo.

Y tuve varios momentos para detenerme.

No lo hice.

No llegamos más lejos.

Pero cuando regresé al hotel sentí una mezcla extraña.

Primero adrenalina.

Luego miedo.

Después culpa.

Abrí el teléfono.

Laura había enviado otro mensaje.

“Espero que la estés pasando bien ❤️”

Me senté en la cama mirando la pantalla.

Pensé en llamarla.

Pensé en contarle inmediatamente.

Pero después pensé:

“Solo fue un beso.”

“Si se lo digo voy a destruir todo.”

“No volverá a pasar.”

Y ahí cometí probablemente el segundo gran error.

El primero había sido besar a Andrea.

El segundo fue descubrir que podía ocultarlo.

La culpa desaparece más rápido de lo que debería



Los primeros días después del viaje fui increíblemente cariñoso con Laura.

Le compré flores.

La invité a cenar.

Pasé más tiempo con ella.

Ella probablemente pensó que simplemente la había extrañado.

En realidad estaba compensando mi culpa.

Después pasaron semanas.

Luego meses.

Y algo aterrador ocurrió.

Dejé de sentirme tan culpable.

El secreto pasó de sentirse enorme a convertirse en una pequeña caja escondida en algún lugar de mi cabeza.

No pensaba en ello todos los días.

Laura seguía siendo feliz.

Nuestra relación seguía funcionando.

Y mi cerebro comenzó a aprender una lección peligrosa:

Puedes hacer algo terrible y, si nadie se entera, tu vida continúa normalmente.

Después fue más fácil



No quiero entrar en detalles innecesarios.

Solo diré que el beso con Andrea no fue la última vez.

Hubo otras conversaciones.

Otras mujeres.

Otro encuentro.

Y eventualmente crucé completamente la línea.

Tuve relaciones con otra persona.

Recuerdo regresar a casa después y mirar a Laura preparando café en la cocina.

Me saludó como siempre.

Me dio un beso.

Y por un segundo sentí que no podía respirar.

Ella estaba ahí, completamente tranquila, confiando en mí.

Y yo sabía algo que podía destruirla.

Ese día pensé seriamente en confesar.

Pero nuevamente apareció el miedo.

“No volverá a pasar.”

“¿Para qué hacerla sufrir?”

“Quizá pueda arreglarlo sin que lo sepa.”

Todas esas frases suenan ridículas ahora.

En realidad no estaba protegiéndola.

Me estaba protegiendo a mí.

Algo todavía peor



Con el tiempo ocurrió una cosa que incluso ahora me cuesta escribir.

Nuestra vida íntima no era mala.

Laura tenía deseo.

Me buscaba.

Intentaba mantener viva la relación.

Pero algunas veces, mientras estábamos juntos, mi mente se iba hacia otra persona.

No necesariamente alguien específico.

A veces una mujer que había visto.

Una ex.

Alguien de Instagram.

Cualquier fantasía.

Y comencé a necesitar eso para sentir la misma emoción.

No porque Laura hubiera dejado de atraerme.

Era como si mi cerebro se hubiera acostumbrado tanto a perseguir novedad que lo familiar ya no producía suficiente estímulo.

Cuando terminé contándole esto a mi terapeuta me preguntó:

—¿Cuándo fue la última vez que sentiste que eras suficiente sin necesitar que alguien más te validara?

No supe responder.

Ella comenzó a sospechar



Laura no era tonta.

Empezó a notar cambios.

Yo protegía más el teléfono.

A veces desaparecía durante horas.

Seguía nuevas mujeres constantemente.

Mis excusas comenzaron a repetirse.

Una noche me preguntó directamente:

—¿Hay alguien más?

Le dije que no.

La miré a los ojos y mentí.

Ella comenzó a llorar.

No porque tuviera pruebas.

Sino porque sentía que algo estaba mal y yo la estaba haciendo dudar de sí misma.

Eso es probablemente una de las cosas por las que más culpa siento.

No solo fui infiel.

Hice que una persona que confiaba en su intuición comenzara a pensar que estaba imaginando cosas.

Le decía:

“Estás exagerando.”

“Siempre piensas lo peor.”

“¿Por qué no confías en mí?”

Cuando en realidad ella tenía razón.

El descubrimiento



No me descubrió revisando mi teléfono.

Fue algo mucho más absurdo.

Una de las mujeres con las que había hablado respondió una historia antigua mientras Laura estaba usando mi computadora.

Mi cuenta estaba abierta.

Apareció la notificación.

Laura hizo clic.

Después leyó.

No sé exactamente cuánto tiempo estuvo leyendo antes de llamarme.

Yo estaba conduciendo.

Cuando vi su nombre contesté normalmente.

Su voz sonaba diferente.

Solo dijo:

—Necesito que vengas.

Pregunté qué ocurría.

Respondió:

—Ya sé.

Sentí frío.

No tuve que preguntar qué sabía.

Cuando llegué, estaba sentada en el sofá.

Mi computadora estaba sobre la mesa.

No estaba gritando.

Eso fue peor.

Me preguntó:

—¿Cuántas?

Mentí otra vez.

Dije que solo una.

Después tuvo que sacarme la verdad poco a poco.

Cada vez que pensaba que ya sabía todo, aparecía algo más.

Mensajes.

Nombres.

Fechas.

Historias.

Nunca había visto a alguien decepcionarse de mí de esa manera.

En algún momento me preguntó:

—¿Qué hice mal?

Esa pregunta me destruyó.

Porque la respuesta era:

Nada.

No había hecho nada.

“¿Por qué?”



Esa fue la pregunta que más repitió.

¿Por qué?

¿Por qué si ella me trataba bien?

¿Por qué si nuestra relación funcionaba?

¿Por qué si yo decía que la amaba?

¿Por qué no simplemente terminar?

Yo no tenía respuesta.

Decir “porque soy idiota” no explicaba nada.

Decir “porque estaba aburrido” era cruel.

Decir “porque necesitaba atención” sonaba patético.

Ella esperaba una explicación que hiciera que todo tuviera sentido.

No existía.

A veces hacemos cosas que ni siquiera nosotros entendemos hasta mucho tiempo después.

Ella se fue esa noche.

La relación terminó oficialmente dos semanas después.

Intenté convencerla de ir a terapia de pareja.

Dije que podía cambiar.

Prometí darle acceso a mi teléfono.

Eliminar redes.

Bloquear personas.

Hacer cualquier cosa.

Ella dijo una frase que todavía recuerdo:

—El problema no es que pueda vigilarte mejor. El problema es que yo ya no quiero convertirme en una persona que tenga que vigilarte.

Y tenía razón.

Cuando finalmente estuve solo



Al principio pensé que la extrañaba simplemente porque había perdido la relación.

Después entendí que extrañaba la tranquilidad.

La rutina.

Despertar y encontrar su mensaje.

Contarle algo absurdo del trabajo.

Compartir comida.

Ver una serie.

Todo lo que antes parecía cotidiano comenzó a sentirse enorme cuando desapareció.

Intenté hablar con otras mujeres.

Irónicamente, la atención que antes me hacía sentir tan bien dejó de significar algo.

Una chica podía decirme que era atractivo y yo pensaba:

“Laura también lo decía.”

Podía conseguir una cita y pensar:

“Laura estaría riéndose de esto.”

Había pasado años buscando validación de desconocidas y terminé perdiendo a la única persona cuya opinión realmente me importaba.

La terapia



Comencé terapia aproximadamente cuatro meses después.

No para recuperar a Laura.

Ella ya había dejado claro que no quería regresar.

Fui porque tenía miedo de repetir lo mismo con otra persona.

Mi terapeuta nunca intentó justificar lo que hice.

Eso me gustó.

No me dijo:

“Fue por tus traumas.”

Me explicó algo mucho más incómodo:

Tus experiencias pueden ayudarte a entender por qué desarrollaste ciertas conductas.

Pero entender una conducta no elimina tu responsabilidad.

Hablamos de mi adolescencia.

De mis inseguridades.

De lo mucho que necesitaba aprobación.

De cómo confundía deseo con valor personal.

Cada nueva mujer interesada en mí funcionaba como una pequeña dosis de autoestima.

Pero el efecto duraba poco.

Entonces necesitaba otra.

Y otra.

Y otra.

El problema nunca habían sido esas mujeres.

El problema era que yo había convertido la atención externa en una especie de marcador de mi valor.

Mientras más personas me quisieran, más valioso me sentía.

Pero como ninguna cantidad era suficiente, siempre necesitaba demostrarlo otra vez.

Lo que aprendí sobre la infidelidad



Antes pensaba que una persona era infiel porque su pareja no le daba algo.

Ahora creo que algunas veces es así.

Hay relaciones completamente destruidas.

Personas que llevan años sin afecto.

Parejas que dejaron de comunicarse.

Gente que vive como compañeros de apartamento.

Pero también creo que existe otro tipo de infidelidad.

La que ocurre incluso cuando la relación es buena.

La que no intenta llenar un vacío de pareja.

Intenta llenar un vacío personal.

Y eso es peligroso.

Porque ninguna pareja puede competir contra algo que está dentro de ti.

Laura podía quererme muchísimo.

Pero no podía solucionar una inseguridad que yo mismo me negaba a reconocer.

¿La falta de sexo justifica algo?



Después de contar parte de mi historia anónimamente en internet, muchas personas comenzaron a hablar de sus propias relaciones.

Algunos hombres decían:

“Mi esposa ya nunca quiere tener relaciones.”

Otros comentaban:

“Llevo años sintiéndome rechazado.”

Algunas mujeres respondían:

“Quizá ella está agotada.”

“Quizá dejaste de ser romántico.”

“Quizá hay problemas que nunca hablaron.”

Otros decían:

“Si no estás satisfecho, termina.”

Pero la realidad suele ser más complicada.

Una relación de diez años no desaparece con presionar un botón.

Puede haber hijos.

Una casa.

Finanzas.

Familias mezcladas.

Historia.

Rutinas.

Cariño.

Miedo.

Todo eso puede hacer que una persona permanezca mucho tiempo en una relación que ya no funciona.

Lo que sí creo ahora es que ninguna de esas cosas convierte una infidelidad en la única opción.

Puedes hablar.

Puedes pedir terapia.

Puedes expresar lo que necesitas.

Puedes decidir terminar.

Todas esas opciones pueden ser dolorosas.

Pero al menos permiten que la otra persona conozca la realidad en la que vive.

La infidelidad le quita esa posibilidad.

Mientras tú sabes que la relación está rota, la otra persona puede seguir haciendo planes contigo sin conocer toda la información.

Eso fue exactamente lo que hice con Laura.

Mientras yo llevaba una vida paralela, ella hablaba de viajes futuros.

De dónde podríamos vivir.

De adoptar un perro.

Ella estaba tomando decisiones basándose en una relación que ya no existía realmente.

Los hijos y las relaciones rotas



Otro debate que surgió fue sobre permanecer juntos por los hijos.

No tengo hijos, así que no voy a fingir que sé lo que significa enfrentar esa decisión.

Pero varias personas contaron haber crecido en hogares donde sus padres permanecieron juntos “por ellos”.

Algunos dijeron que lo agradecían.

Otros dijeron que fue terrible.

Recordaban los silencios.

Las discusiones.

El desprecio.

Dormitorios separados.

La sensación constante de que algo estaba mal.

Una persona escribió algo que se me quedó grabado:

“Un niño puede aprender que el amor significa vivir miserable para no romper una familia.”

No sé si siempre separarse es mejor.

Probablemente no.

Cada familia será diferente.

Pero sí creo que fingir que una relación funciona tampoco protege necesariamente a nadie.

Un año después



Hace poco más de un año que Laura y yo terminamos.

No hemos vuelto.

Hablamos dos veces después de la ruptura.

La última conversación fue probablemente hace siete meses.

Me dijo que estaba mejor.

No pregunté si estaba con alguien.

Una parte de mí quería saber.

Otra prefería no hacerlo.

Le pedí perdón nuevamente.

Ella dijo que ya no necesitaba mis disculpas.

No lo dijo con odio.

Eso curiosamente dolió más.

Era indiferencia.

Como si yo finalmente hubiera dejado de ocupar un espacio importante en su vida.

Y quizá eso era exactamente lo que necesitaba.

¿Me arrepiento?



Sí.

Pero también aprendí que arrepentirse después de perder algo es muy fácil.

La verdadera prueba habría sido valorar la relación mientras todavía la tenía.

No quiero presentarme como una víctima de mis inseguridades.

Yo tomé decisiones.

Muchas.

No fue un único error.

Tuve cientos de oportunidades para detenerme.

Cuando seguí a aquella primera mujer.

Cuando respondí mensajes.

Cuando oculté conversaciones.

Cuando mentí.

Cuando besé a Andrea.

Cuando regresé a casa.

Cuando ocurrió nuevamente.

Cada pequeño paso fue una decisión.

Eso también fue algo que tuve que aceptar.

La infidelidad casi nunca ocurre en un segundo.

Generalmente está formada por decenas de pequeñas decisiones que van empujando el límite.

La pregunta que todavía no sé responder



Si Laura regresara mañana y dijera que quiere intentarlo otra vez, ¿qué haría?

Durante mucho tiempo pensé que diría que sí inmediatamente.

Ahora no estoy seguro.

No porque no la quiera.

Sino porque quizá amar a alguien también significa reconocer cuando ya le hiciste suficiente daño.

Ella merece una relación donde no tenga que preguntarse cada vez que su pareja recibe un mensaje:

“¿Será otra vez?”

Y yo necesito aprender a construir una relación donde no dependa de la atención de otras personas para sentir que tengo valor.

Quizá algún día pueda hacerlo.

Quizá no.

Pero por primera vez estoy intentando entenderme antes de volver a prometerle fidelidad a alguien.

Y ahora les pregunto a ustedes



Esta es la parte que todavía me genera dudas.

¿Una persona que ha sido infiel varias veces realmente puede cambiar?

¿O simplemente aprende a esconderlo mejor?

¿Creen que alguien puede amar sinceramente a su pareja y aun así traicionarla?

¿La búsqueda constante de otras personas nace del aburrimiento, de la inmadurez, de inseguridades profundas o simplemente de egoísmo?

Y quizá la pregunta más difícil:

Si tienes frente a ti a alguien que te quiere, te respeta, te desea y te acompaña… pero aun así sientes la necesidad constante de buscar algo más, ¿el problema está realmente en tu relación o está dentro de ti?

Porque yo tardé demasiado tiempo en descubrir mi respuesta.

Laura nunca fue insuficiente.

El que nunca se sintió suficiente fui yo.
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