
Parte 12: Cuando el mundo despierte

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- Gylab Click
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- Novelas
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- YUMEGARI (夢狩り) | Los cazadores de sueños
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Sinopsis
🌙 Cuando el mundo duerme, comienza la verdadera batalla. En Yukisawa, una ciudad del norte de Japón, la vida transcurre con absoluta normalidad. Las personas trabajan, estudian, se enamoran y sueñan sin imaginar que, durante la noche, criaturas sobrenaturales acechan entre las sombras. Una organización secreta de magos protege a la humanidad de monstruos, espíritus y pesadillas que amenazan con invadir la realidad. Ren Mizuhara, un joven de 23 años que trabaja en una pequeña …
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Ren Mizuhara tuvo la absurda impresión de que, si daba tres pasos, encontraría el mostrador de Bento Niji. Si daba otros tres, llegaría al hospital donde Natsuki trabajaba. Al fondo, una calle que debería terminar en una estación se doblaba sobre sí misma y ascendía hasta un cielo lleno de habitaciones encendidas.
—No las mires demasiado —advirtió Akari Kujo.
Su Llama Carmesí formaba una línea estrecha frente a ellos. Era suficiente para reconocer el suelo, pero no para iluminar aquella inmensidad.
Shunpei Kuroda levantó su instrumento de lectura. Los símbolos de la pantalla no permanecían quietos.
—Seguimos dentro de la Torre física. Esa es la buena noticia. La mala es que nuestras referencias espaciales están mezclándose con las de los durmientes.
—¿Y la noticia que no necesita un diccionario? —preguntó Ren.
—Podemos perdernos sin habernos movido del edificio.
—Excelente. Justo lo que necesitaba.
Seiji Kisaragi aguardaba junto a una fuente. No parecía apurado. El agua caía desde un cuenco vacío y desaparecía antes de tocar el suelo.
—Esto es lo que han estado intentando destruir —dijo—. Una ciudad donde ningún padre recibe una llamada terrible. Donde nadie despierta buscando a quien ya no está. Donde el dolor no encuentra a quién perseguir.
A su alrededor, las ventanas mostraron pequeños fragmentos de vidas.
Una anciana preparaba el desayuno para su esposo fallecido. Un muchacho estrechaba la mano de un hermano al que había perdido. Una mujer descansaba con su hija dormida sobre el regazo. Ninguno parecía asustado.
Ren comprendió por qué algunos soñadores se resistían a marcharse.
—Son felices —murmuró.
Seiji lo escuchó.
—Al fin mirás lo que yo miro.
—No dije que estuvieran aquí por voluntad propia.
El investigador dejó de sonreír por un momento.
—La voluntad es un lujo para quienes todavía soportan sus pérdidas.
Akari avanzó hasta situarse entre él y las ventanas.
—¿Dónde está el mecanismo central?
—Siempre las preguntas técnicas, capitana. ¿Nunca se cansan de tratar el sufrimiento como un problema de mantenimiento?
—El sufrimiento no es un mecanismo —respondió ella—. Lo que construyó para retener personas, sí.
Seiji extendió una mano hacia la fuente.
El agua se detuvo. Después se convirtió en una superficie lisa, tan blanca como una pared de hospital.
—Si desean encontrar el centro, tendrán que atravesar aquello que escondieron de él.
La ciudad se quebró sin hacer ruido.
Los edificios se plegaron como páginas. Las ventanas se cerraron. Bajo los pies de Ren apareció el suelo encerado de una habitación infantil.
Una silla pequeña.
Una mesa.
Un reloj que avanzaba sin segundero.
Y al fondo, la puerta blanca.
El aire le supo a desinfectante.
—Este lugar... —dijo.
Akari le tocó el hombro.
—No tenés que cruzar solo.
Seiji negó lentamente con la cabeza.
—No se trata de cruzar, Ren. Se trata de recordar quién te dejó aquí.
El reloj hizo un clic.
Shunpei miró su referencia mecánica, guardada dentro de una caja de cobre.
—Quedan nueve minutos de margen estimado antes de que la Torre intente otra sincronización. No es una cuenta regresiva exacta, pero debemos reportarnos cada minuto.
Ren apretó el borde de la cinta roja que aún llevaba a la cintura desde su uniforme de Bento Niji. Aquella tela era real. La había anudado él mismo.
—Entonces no vamos a quedarnos admirando los muebles.
Una luz azul violácea apareció alrededor de sus dedos.
Por primera vez aquella noche, Ren no intentó hacerla más grande.
La mantuvo tan pequeña como la llama de una vela.
—Primero encontramos las puertas de salida —dijo—. Después escuchamos a quienes están detrás.
Seiji ladeó la cabeza.
—Te ofrecí la verdad.
—Puede esperar unos minutos —respondió Ren—. Hay gente que no puede.
En el exterior, la Torre del Reloj estaba empezando a inclinarse. No de forma visible desde la calle: sus vigas vibraban y el mecanismo presionaba columnas fatigadas.
Ayame apoyó una mano sobre una junta rota.
—Si cede este arco, perderán la escalera.
Daisuke se acercó a un refuerzo metálico.
—Decime qué necesitás.
—Dos respiraciones de Forja Breve. No más. Después me dejás fijarlo con material real.
La energía anaranjada calentó el acero. Ayame encajó la placa; el muro dejó de desplazarse unos milímetros. Daisuke retiró las manos, pálido por su antigua lesión.
—Se acabó —dijo ella—. No voy a utilizarte como repuesto de una pared.
Por radio Taiga informó que los accesos exteriores seguían despejados. Ayame comprobó el armazón, todavía imperfecto, y miró hacia lo alto.
—Tendrán algunos minutos —anunció—. No prometo un milagro.
—Eso alcanza —respondió Akari.
Daisuke contempló las escaleras por donde Ren había desaparecido.
—Volvé, muchacho —murmuró.
En el Hospital Hoshimi, Natsuki Hara llevaba demasiadas horas trabajando. Hana Seki, la paciente que había recuperado su nombre en el Mar de Sueños, movió un dedo cuando la enfermera la llamó.
Yuna Tachibana sostuvo su Coro de Testigos mediante voces reales de familiares y sanitarios. No prometían una vida sin sufrimiento: repetían nombres, recuerdos comprobables y la dirección del hospital. Cada respuesta pertenecía al paciente.
En el pasillo apareció una niña de contornos borrosos.
—Puedo hacer que todos descansen —dijo la aparición.
Kei Hoshizaki creó una continuación ilusoria del corredor que atrajo a la criatura hacia un muro falso. La salida auténtica permaneció visible para médicos y enfermeros.
—Mis ilusiones también sirven para algo más noble que mi vestuario —comentó, agotado.
—Conservá esa conclusión —respondió Natsuki.
Hana volvió a mover la mano. Yuna cerró los ojos.
—Pregunta si puede regresar sin perder otra vez a su madre.
La madre de Hana había muerto años antes. El sueño se la había devuelto cada mañana, sentada ante una mesa donde nunca llegaban malas noticias.
Natsuki tomó suavemente el pulso de la paciente. Una luz tibia apareció entre sus dedos. Su Pulso Compartido permitía reconocer una respuesta y acompañarla, no reparar un coma ni reemplazar cuidados médicos. El esfuerzo la mareó.
—Hana, estoy aquí. No puedo devolverte a tu mamá. Tampoco puedo prometer que despertar no duela. Pero no vas a estar sola cuando abras los ojos.
El dedo de Hana rozó la sábana.
—Quiere intentarlo —susurró Yuna.
Natsuki retiró la magia antes de desmayarse. Los monitores seguían bajo vigilancia clínica. Hana abrió los ojos y comenzó a llorar. No sonrió. Había vuelto del lugar donde más deseaba quedarse.
—Estoy aquí —repitió Natsuki.
Yuna informó que una puerta se había abierto en la red de la Torre. No llamó curación a aquel despertar. Una persona había recuperado su posibilidad de decidir, y seguiría necesitando ayuda.
Las otras puertas permanecían atendidas: algunas respondían, otras todavía no. Nadie sería abandonado por no poder despertar de inmediato.
En Yukisawa Central, Taiga Sakamoto observaba una puerta automática que mostraba algo distinto cada vez que se abría. Primero un tren vacío. Después un andén inundado. Finalmente a Riku Endo, vivo, sosteniendo su cuaderno.
Taiga sujetó la copia auténtica que llevaba al cinturón.
—No sos él.
Reina Amamiya estaba dividida exactamente en dos cuerpos. Uno mantenía despejada la escalera; el otro buscaba a un vigilante que todavía faltaba en el recuento.
Un Repetidor salió de las vías como un reloj de piernas oscuras. Cada vuelta de su aguja confundía a los trabajadores que esperaban evacuación.
Taiga no lanzó una tormenta. Utilizó un Paso de Relámpago corto y una descarga medida para activar el sello de salida. El monstruo perdió el ritmo. Los rescatistas aprovecharon para llevar a las personas por el corredor verdadero.
La segunda Reina apareció con el vigilante apoyado sobre su hombro. Tenía el tobillo herido, pero estaba consciente.
—Último localizado —informó.
La falsa imagen de Riku continuaba esperando.
—Venís conmigo, ¿verdad? —preguntó con su voz.
A Taiga le dolió responder.
—Riku jamás me habría pedido abandonar a los que siguen aquí.
La figura perdió su rostro y se deshizo.
Reina se reunió en un cuerpo cuando terminó la evacuación. Tuvo que sentarse por el dolor del hombro, sin que la fusión borrara sus lesiones.
—La próxima vez que me pidan cubrir dos accesos, cobro doble —murmuró.
Taiga sonrió. Revisó dos veces el recuento de trabajadores, como Riku le había enseñado. Shunpei confirmó por radio que la estación seguía aislada de la Torre. No era una victoria completa, pero nadie había quedado olvidado en aquel pasillo.
En la habitación blanca, Seiji colocó sobre la mesa una fotografía.
Ren reconoció inmediatamente al niño que aparecía en ella. Tenía el cabello revuelto, una chaqueta demasiado grande y una expresión de desconcierto. Debía de tener unos ocho años.
A su lado había un hombre con uniforme de técnico. Detrás se veía una puerta marcada con tres círculos pequeños.
—Esto fue antes de que olvidaras —dijo Seiji.
Ren acercó la mano.
Akari lo detuvo suavemente por la muñeca.
—No sabemos si es un recuerdo o una construcción.
—Podés comprobarlo —intervino Shunpei—. La imagen muestra un número de registro. Si coincide con los expedientes recuperados, tendremos al menos un punto verificable.
Seiji dejó la fotografía sobre la mesa, al alcance del investigador.
—Comprueben cuanto quieran. La verdad no se vuelve menos dolorosa porque la escriban en un informe.
Shunpei leyó los números. Comparó el formato con una copia local de los expedientes del Programa de Alivio que había protegido de la red de la Torre.
—Existe un registro correspondiente a un incidente infantil —dijo finalmente—. La fotografía no figura en el archivo ordinario. Pero el número, la fecha y la intervención de memoria sí.
Ren sintió un peso nuevo en el pecho.
—¿Qué intervención?
En las paredes apareció una segunda habitación. No era un reflejo. Parecía una ventana abierta hacia un recuerdo.
Un corredor municipal. Personas esperando junto a una puerta de emergencia. Un niño llorando porque su padre se había alejado a hablar con un médico. Una sirena breve que nadie más parecía escuchar.
La cámara imposible se acercó hasta una mesa donde un grupo de investigadores probaba un dispositivo de contención.
La luz azul detrás del cristal vibró.
Una compuerta se abrió antes de tiempo.
Seiji no apartó la mirada.
—El prototipo debía aislar recuerdos traumáticos para que algunas personas pudieran seguir viviendo sin volver a experimentarlos cada noche. Era una investigación todavía incompleta. Una grieta se formó donde los ensayos y el Umbral se tocaban. Nadie esperaba que alcanzara el sector de espera.
Ren contempló al niño de la imagen. Él mismo.
El pequeño Ren se había soltado de la mano de un adulto y había corrido hacia la puerta al oír una voz que pedía ayuda.
—No fui a buscar un poder —murmuró el Ren de veintitrés años.
—No —respondió Seiji—. Fuiste a ver si alguien necesitaba auxilio. La grieta te alcanzó y dejó una costura entre tu conciencia y aquello que otros solo pueden visitar dormidos.
El niño tocó el cristal.
Por un instante, la luz azul respondió como si hubiera reconocido aquella mano.
Un técnico gritó una orden. Dos personas corrieron hacia él. Al fondo apareció un hombre más joven, con rasgos que Ren identificó con dificultad.
Genji Arakawa.
El anciano todavía no llevaba las arrugas que ahora conocían todos los miembros de la Guardia.
—Fue él quien me sacó de allí —dijo Ren.
—Fue él quien firmó después parte del ocultamiento —contestó Seiji—. No es lo mismo.
La visión cambió.
Una sala de revisión. Un sello luminoso. El niño de la fotografía dormido bajo una manta.
Sobre una hoja, varias firmas autorizaban limitar los recuerdos del incidente.
Ren sintió que se le aflojaban las rodillas.
No porque descubriera un destino grandioso, sino porque comprendía la pequeñez del hecho que había torcido su vida. Podría haber sido otro niño. Podría haberse quedado sentado. Podría haber llorado hasta que su padre regresara.
Y, sin embargo, había abierto una puerta.
Seiji extendió la mano hacia la imagen.
—Intentaron protegerte. También protegerse a sí mismos. El Consejo necesitaba que nadie preguntara por las personas afectadas durante los ensayos. Después fueron borrando recuerdos, cambiando informes y llamando seguridad a cada decisión que evitaba un escándalo.
Akari tenía el rostro tenso.
—Es cierto que hubo un encubrimiento. Los documentos ya lo demostraron. Pero eso no convierte en legítimo lo que está haciendo ahora.
—Yo quise impedir que volviera a ocurrir —dijo Seiji.
La luz se volvió gris.
Aparecieron rostros que Ren no conocía: pacientes que habían participado en el Programa de Alivio, familiares esperando noticias, investigadores incapaces de explicar por qué algunas conciencias ya no regresaban de un sueño inducido.
—¿Los perdió? —preguntó Ren.
Seiji tardó en responder.
—Perdí la confianza de quienes vinieron buscando alivio. Vi a una mujer despertar sin reconocer a su hijo. Vi a un hombre pedir que le devolvieran un recuerdo horrible porque en él todavía aparecía su esposa. Y vi al Consejo sellar las puertas y decir que había sido necesario.
Su voz no se quebró. Tal vez había repetido aquella confesión demasiadas veces dentro de sus propios sueños.
—Al principio creí que podíamos mejorar el procedimiento. Luego descubrí algo más sencillo. En los sueños, el dolor podía dejar de ser obligatorio.
Ren observó la ciudad perfecta que todavía asomaba detrás de los cristales.
—Y decidió que despertar también debía dejar de ser posible.
Seiji apartó los ojos.
—Decidí que nadie tendría que pasar por la misma pérdida dos veces.
—Pero eso lo decidió usted —dijo Akari—. No quienes están encerrados.
El investigador abrió ambas manos.
La habitación blanca comenzó a multiplicarse. Puertas idénticas aparecieron en el techo y en el suelo, cada una reflejando una escena donde alguien recuperaba lo que había perdido.
En una de ellas, Ren vio a Riku Endo.
Estaba vivo.
Llevaba el cuaderno bajo el brazo y discutía con Taiga acerca del orden correcto de una lista.
Ren sabía que era falso. Aun así, el alivio inicial le hizo daño.
—Podría devolverles esta noche —susurró Seiji—. A Riku. A la esposa de Genji. A todos los que quedaron al otro lado de una despedida.
—No puede devolverlos —respondió Ren—. Puede fabricar una situación donde parezca que siguen aquí.
—¿Qué diferencia hay, si esa situación ofrece consuelo?
Ren miró la imagen de Riku. Su compañero estaba riendo.
—La diferencia es que no puede salir conmigo y ayudar a Taiga a llevar el cuaderno mañana.
Seiji cerró la mano.
El falso Riku dejó de moverse.
Ren tragó saliva antes de continuar.
—No estoy diciendo que nadie deba soñar con las personas que perdió. Estoy diciendo que eso no le da derecho a encerrar a toda una ciudad en el sueño que usted eligió.
Shunpei alzó la vista del dispositivo.
—Ya localicé el origen del ciclo. No está en esta habitación. La habitación es una interfaz. El núcleo responde al movimiento del reloj real y a los vínculos que todavía no han salido de las puertas.
Seiji sonrió con tristeza.
—Hasta ahora se han protegido de la Torre. No han logrado abrirla.
—Eso es lo que vamos a intentar —dijo Akari.
La capitana activó una hoja breve de energía roja y trazó un arco contra la pared donde aparecía el reloj.
La superficie se abrió apenas, como una cortina rasgada, y dejó ver el interior de una maquinaria inmensa.
No eran engranajes de metal.
Eran hilos de luz que unían miles de puertas a una única aguja negra.
La aguja señalaba el espacio entre dos segundos.
Shunpei palideció.
—Es el intervalo perdido. El que observamos desde la primera aparición.
Ren recordó la parada del autobús. Los números habían saltado del catorce al dieciséis.
—Las nueve y treinta y nueve —murmuró.
—Y quince segundos —terminó Shunpei—. Un lugar de tiempo que el mecanismo utiliza como bisagra. No consigue detener el mundo entero; retiene y sincroniza conciencias en un intervalo que puede repetir.
Seiji levantó la cabeza.
El aire cambió de temperatura.
—Han llegado más lejos de lo que esperaba.
Akari sostuvo la barrera mientras el primer grupo de hilos descendía sobre ellos.
—Ren. Shunpei. Trabajen. Yo impediré que nos cierre el camino.
La llama roja encontró las sombras.
Y la habitación blanca comenzó a arder sin producir humo.
Ren se acercó a la maquinaria y trató de alcanzar todos los hilos al mismo tiempo. Una descarga azul le atravesó el brazo. Entre miles de voces oyó súplicas y personas que solo querían descansar.
Cayó de rodillas. Durante un segundo olvidó el nombre de Bento Niji y por qué le resultaba familiar una espátula.
—No podés sostener a toda la ciudad —dijo Shunpei, arrodillándose junto a él—. Esos hilos llevan a personas, no a objetos que debas arrastrar.
Seiji lo contempló desde la sombra.
—La voluntad de todos es demasiado pesada incluso para vos.
—Por suerte, no está solo —respondió Natsuki por el auricular.
Hana había despertado y pedido llamar a su hermana. Seguía llorando, pero era su decisión. Yuna añadió que otros soñadores preguntaban por una salida, aunque algunos todavía no quisieran cruzarla.
Shunpei señaló el núcleo.
—No debemos tirar de las personas. Tenemos que impedir que este mecanismo siga cerrando sus puertas. Los equipos exteriores pueden acompañarlas.
—Desatar Anclas —murmuró Ren.
—Sin hacer de tu cuerpo el camino de todos —confirmó Shunpei.
Akari interceptó un ataque con su Cúpula Carmesí. La luz se agrietó y sus manos temblaron.
—No puedo proteger este pasillo mucho tiempo.
Ren retiró parte de su energía. Debía escuchar a los durmientes sin apropiarse de su voluntad. Resultaba más difícil que lanzar un ataque.
A cientos de metros de la habitación blanca, la Torre real emitió una campanada incompleta. Ayame descubrió que el apoyo que había fijado comenzaba a recibir toda la tensión del mecanismo.
—Si pierde la junta oriental, perderemos la escalera —avisó.
Colocó refuerzos materiales y utilizó su reconstrucción solo para estabilizar lo que todavía existía. Daisuke quiso levantarse para ayudar con otra descarga, pero Ayame le señaló el corredor de salida.
—Tu trabajo es mantener despejado ese paso si necesitamos evacuar. No voy a utilizar tu lesión como combustible.
Él obedeció con dificultad.
Desde el auricular Akari solicitó unos minutos más.
—Voy a darte los que pueda —respondió Ayame.
Daisuke se apoyó en el muro, atento a la escalera. Ayudar sin hacerse daño también era una forma de cumplir la misión.
En el Observatorio del Norte, Genji Arakawa escuchaba las transmisiones desde una silla de ruedas provisional. Intentó sentir su primer sello. No respondió. Su pérdida seguía siendo real.
Shunpei pidió confirmar que hospital y estación permanecían aislados.
Genji consultó el indicador de cobre preparado antes de la operación.
—El Noveno Sello todavía impide la reconexión. Pero un sello puede frenar una invasión, no convencer a alguien de vivir. Eso deben decidirlo los durmientes.
Guardó la tablilla partida y añadió:
—Decile a Ren que le debo la explicación completa de su infancia. Esta vez sin expedientes ocultos.
Miró sus manos. Ya no podía sostener una ciudad con sus signos. Podía, al menos, asumir lo que había hecho.
La Torre empezó a llenarse de voces.
No eran gritos simultáneos. Shunpei había conectado las señales exteriores a un sistema de confirmación. Cada voz llegaba por una ruta identificada, separada de las ilusiones que Seiji enviaba para distraerlos.
Primero una mujer del hospital preguntó por la fecha.
Después un trabajador de la estación solicitó saber si su familia estaba a salvo.
Luego una voz muy pequeña dijo que quería salir de una habitación donde llevaba demasiado tiempo escuchando llover.
Yuna repetía los nombres con cuidado. En ocasiones pedía que una persona de confianza respondiera desde el mundo real. Cuando nadie respondía, no inventaba esa voz.
—Nos están oyendo —dijo Ren.
Seiji caminó hacia él sobre el suelo de la habitación blanca.
—También escuchan mis promesas. No todos quieren regresar.
—Entonces no vamos a fingir que todos quieren lo mismo.
El investigador observó el resplandor entre los dedos de Ren.
—No entendés la magnitud de la pérdida que les estás ofreciendo.
—No. No puedo saber cómo se siente cada uno. Precisamente por eso no debo elegir en su lugar.
Ren apoyó una mano sobre el borde del mecanismo. La luz azul violácea se extendió en hilos finos, tan delicados que Shunpei apenas pudo registrarlos.
Uno tocó una puerta cerrada.
La puerta no se abrió.
Ren sintió detrás una presencia que parecía preguntarle quién era y qué pretendía.
—Soy Ren —respondió en voz baja—. Estoy intentando abrir el camino. No voy a llevarte a ninguna parte a la fuerza.
La puerta tembló.
Se abrió una rendija.
Por ella apareció la luz apagada de una habitación de hospital. Una mujer dormida escuchó a su hijo pronunciar su nombre en el mundo real.
La mano de Ren empezó a perder sensibilidad.
—Una —dijo Shunpei—. Y no está unida de nuevo al núcleo.
Ren pasó a la siguiente.
La puerta se resistió. Del otro lado, alguien le pidió que se marchara.
Ren retiró la mano.
—Todavía no —murmuró.
Seiji lo observó con desconcierto.
—¿Vas a dejarla ahí?
—Voy a dejar la salida disponible. Cuando pueda comprender que existe, tendrá la posibilidad de utilizarla. No voy a romper su recuerdo para que me dé la razón.
La expresión del investigador se endureció.
—Eso es abandonar a quien no puede salvarse solo.
—No —respondió Natsuki por la radio—. Es mantenerlo acompañado mientras puede tomar una decisión. Hay personal atendiendo a quienes no responden. Nadie será declarado a salvo por una luz que se enciende en un mapa.
Yuna añadió:
—Y nadie se quedará sin una voz auténtica porque no quiera escuchar la nuestra todavía.
Seiji cerró los ojos.
La sombra a su espalda comenzó a crecer.
No tenía tentáculos ni fauces. Adoptó la forma de una habitación interminable, llena de ventanas donde cada persona veía exactamente lo que deseaba.
Shunpei dio un paso atrás.
—Está reuniendo lo que queda de su conciencia dentro de la red. La Torre está usando el vínculo para protegerse.
Akari mantuvo la barrera.
—Entonces no le permitiremos cerrar los caminos de vuelta.
Seiji habló desde todas las ventanas a la vez.
—Les devuelvo lo que el mundo les quitó. Y ustedes me responden con puertas abiertas hacia el dolor.
Ren sintió una presión terrible en la frente.
Delante de él apareció su infancia intacta. Su familia reía junto a una mesa; ningún recuerdo había sido alterado. Él nunca había conocido a la Guardia. Nunca había visto a Natsuki llorar en un hospital. Nunca había oído a Taiga pronunciar el nombre de Riku después de su muerte.
Era una vida sencilla.
Agradable.
La clase de vida por la que habría dado cualquier cosa una noche de abril.
Ren levantó los ojos.
—Quisiera haber tenido más días así —admitió.
Seiji sonrió.
—Todavía podés.
Ren miró la imagen de Natsuki, que lo saludaba desde el otro lado de una ventana perfecta.
—Pero esa no es Natsuki. Es la versión que nunca me discutiría nada. Y ella me habría dado una bofetada por confundir las dos cosas.
Taiga interrumpió por radio.
—Confirmo. Natsuki le habría dado una bofetada.
—Estoy oyendo todo —respondió la enfermera.
La voz de Taiga sonó un poco menos cansada.
—Eso lo vuelve todavía más probable.
Incluso Akari dejó escapar una respiración que estuvo cerca de ser una risa.
El mundo perfecto perdió nitidez.
Seiji no parecía comprender por qué aquel intercambio trivial podía resistir mejor que sus grandes promesas.
—La familiaridad con el sufrimiento no lo vuelve deseable —dijo.
—Nadie dijo que lo fuera —respondió Ren—. Por eso tratamos de ayudarnos a atravesarlo.
Extendió la mano otra vez.
Esta vez no hacia las imágenes de su propia felicidad.
Hacia la aguja negra que mantenía cerradas las puertas.
Shunpei le indicó el punto preciso. —Si separamos el cierre del reloj de las conciencias, la red perderá su forma —explicó—. La salida quedará abierta mientras los equipos atienden a los durmientes. No podremos desatar uno por uno todos los recuerdos retenidos.
Ren asintió.
—Entonces hacemos eso.
La luz azul dibujó una curva sobre el engranaje imposible.
Desatar Anclas.
No era una espada. No cortaba cuerpos ni destruía sueños. Encontraba el punto donde una estructura se había aferrado a una conciencia ajena sin permitirle retirarse.
La primera unión cedió.
Una fila de puertas recuperó sus pomos interiores.
La segunda vibró.
Ren perdió de pronto el recuerdo de lo que había desayunado aquella mañana.
La tercera se tensó tanto que la luz le quemó las manos.
No pudo recordar la última vez que había visto sonreír a Taiga.
—Detenete —ordenó Akari.
Ren aflojó la presión. La barrera seguía aguantando, pero la capitana había entendido que la magia estaba consumiendo su memoria reciente.
—Necesitamos el siguiente punto de apoyo —dijo él—. No puedo mantenerlo desde aquí.
Shunpei comprobó sus señales.
—La aguja está conectada con el reloj verdadero. Si el edificio resiste y alguien estabiliza el eje, no vas a tener que sostener toda la tensión.
Ayame respondió inmediatamente desde el otro lado.
—Tengo refuerzos instalados. El eje no está estable, pero podemos fijarlo unos segundos si dejamos de reparar otras zonas.
—No voy a pedir que arriesgues el acceso —dijo Akari.
—No me lo estás pidiendo —replicó Ayame—. Estoy evaluando el soporte que tengo delante. Si puedo hacerlo sin dejar a nadie atrapado, te aviso.
Seiji elevó ambas manos.
La Torre respondió con un golpe sordo.
Las puertas comenzaron a cerrarse de nuevo.
En la estación, Reina vio que el falso andén trataba de reaparecer. Taiga sostuvo el sello de salida con una descarga corta y se dejó caer sobre una rodilla. No podían repetir aquella maniobra muchas veces.
En el hospital, Kei perdió momentáneamente el control de una ilusión. Yuna le señaló la salida verdadera, mientras Natsuki pidió que prepararan atención adicional para los pacientes que estaban empezando a despertar.
La Torre había dejado de parecer invencible.
Eso la volvía más peligrosa.
Ayame sujetó el soporte del eje con ambas manos.
—Voy a fijarlo ahora —anunció—. Cuando diga que termina, termina. No habrá un segundo intento con este material.
El reloj real se estremeció sobre sus cabezas. Daisuke se incorporó por instinto, pero Ayame lo detuvo con una mirada.
—Vos te quedás ahí. Si el corredor cae, necesitaré que ayudes a salir a los demás. No que te quedés debajo.
Daisuke volvió a sentarse. Le costó más obedecer aquella orden que cargar una caja de comida durante doce horas.
Ayame concentró su magia en el armazón. Las placas encajaron alrededor del mecanismo. El metal crujió. La aguja principal dejó de vibrar durante un instante.
—¡Ahora, Shunpei!
En la habitación blanca, el investigador vio que dos referencias externas coincidían con la señal humana de la estación.
—Eje estabilizado. Tenemos una ventana breve. Akari, cerrá el corredor de sombra, no el de retirada.
—Entendido.
La capitana dividió su barrera. Una sección contuvo la oscuridad que Seiji estaba enviando contra ellos. La otra dejó libre la escalera auténtica.
El impacto le hizo temblar las rodillas.
Ren miró a Seiji.
El investigador seguía ofreciendo imágenes felices desde mil ventanas. Pero cada vez menos de ellas respondían a su mano. No porque Ren hubiera destruido esos recuerdos, sino porque sus dueños comenzaban a recuperar el derecho de cerrarlos o abrirlos por sí mismos.
—Todavía podés detener esto —dijo Ren.
Seiji lo observó con una calma desesperada.
—¿Y regresar al mundo que permitió que ocurriera todo?
—A un mundo donde podemos exigir respuestas. Donde usted también tendrá que darlas.
—No comprendés lo que perderán.
—Sí comprendo que perderemos cosas. Ya las perdimos.
Ren pensó en Riku, en Genji sentado sin sus sellos y en Natsuki acompañando a pacientes que quizá tardarían meses en recuperarse. La pérdida era parte de lo que estaban viviendo. Nadie podía deshacerla con una frase.
Miró su mano azulada.
—No quiero un mundo perfecto si para conservarlo tengo que quitarles la voluntad a todos.
Seiji retrocedió un paso.
La sombra intentó envolverse alrededor de la aguja negra.
Ren acercó ambas palmas, siguiendo el punto indicado por Shunpei.
La luz no explotó.
Se volvió más delgada.
Un hilo de energía azul violácea se introdujo entre la aguja y el cierre que mantenía cautivas las conciencias.
Ren sintió cada pequeño recuerdo que el mecanismo intentó utilizar contra él: su primera mañana en la Guardia, una discusión absurda con Akari, una taza de té que Genji había derramado sobre un mapa, el sonido de la risa de Taiga después de un entrenamiento.
Algunos se desprendieron de su memoria.
No vio adónde fueron.
Sintió el espacio vacío que dejaban.
—Ren, confirmá que me escuchás —ordenó Shunpei.
—Te escucho.
—Decí tu nombre.
—Ren Mizuhara.
—¿Dónde estás?
Miró las paredes. Por un instante no pudo reconocerlas.
Akari respondió antes de que el miedo lo venciera.
—En la Torre del Reloj. Con nosotros.
Ren repitió las palabras.
—En la Torre. Con ustedes.
Y tiró suavemente del último nudo.
No hacia él.
Lo separó del reloj.
La aguja negra se partió en dos líneas de luz que avanzaron en direcciones opuestas. Las puertas de toda la ciudad onírica se abrieron desde dentro. Algunas personas corrieron hacia las voces familiares que las aguardaban. Otras permanecieron sentadas, llorando, incapaces aún de decidir. Nadie fue arrastrado por la fuerza.
Seiji extendió los brazos.
—¡No pueden dejarlos solos!
—No están solos —respondió Yuna desde el hospital.
—Aquí seguimos —añadió Natsuki.
Taiga confirmó que el corredor de la estación permanecía abierto. Reina, apoyada contra una pared, escuchó a los equipos de rescate informar nuevos nombres. Kei retiró las últimas ilusiones que habían servido para desviar a las criaturas.
Entonces la Torre soltó aquello que había retenido durante meses.
Un segundo.
Solo uno.
El segundero real avanzó con un sonido claro.
En las ventanas de Yukisawa empezaron a encenderse luces. En los hospitales, algunos pacientes abrieron los ojos; otros respondieron a una voz o a una mano; otros siguieron requiriendo cuidados, pero ya no estaban sometidos al mandato de la Torre.
Shunpei observó cómo desaparecía el último pulso del mecanismo de control.
—La ancla central ha dejado de emitir —dijo, apenas capaz de creerlo—. La red ya no puede retener ni extender el sueño colectivo.
No hubo una explosión de victoria.
El falso cielo se desmoronó como papel mojado.
Seiji cayó de rodillas.
La oscuridad que había llevado dentro del Mar de Sueños se retiró de él, desprendiéndose de sus manos como ceniza en una corriente de aire. Intentó llamar a las puertas. Ninguna obedeció.
Ya no controlaba el sueño compartido. Ni siquiera pudo encender el menor signo mágico.
La Torre real reapareció a su alrededor.
Un cuarto de mantenimiento. Herramientas oxidadas. Un reloj antiguo que avanzaba normalmente.
Seiji levantó los ojos hacia Ren.
—¿Y ahora? —preguntó.
Ren respiraba con dificultad. Apenas podía recordar cómo había llegado hasta allí.
—Ahora tendremos que vivir con lo que pasó.
Akari se aproximó al investigador con un sello de custodia preparado por el equipo de seguridad. No lo ejecutó sobre su memoria.
—Seiji Kisaragi, queda bajo custodia por las intervenciones no autorizadas y por los daños causados a las personas afectadas —dijo—. Se conservarán los registros para que responda por sus actos.
Seiji no opuso resistencia.
Cuando la capitana solicitó la ruta de evacuación, Shunpei la confirmó con el reloj externo y con la voz de Taiga.
El pasillo seguía en su sitio gracias al armazón de Ayame.
Akari se volvió hacia Ren.
—Terminó. Tenemos que bajar.
Él la miró extrañado.
—Disculpe... ¿usted es la capitana Kujo?
La mano de Akari se quedó suspendida a medio camino.
—Sí.
Ren frunció el ceño, avergonzado.
—Sé que la conozco. Solo... no consigo recordar qué hicimos aquí.
Akari le ofreció el brazo.
—No tenés que resolverlo ahora.
Ren se apoyó en ella.
—¿Salió bien?
La capitana miró una última vez el reloj.
—Salió. Ahora nos toca cuidar a los que quedaron heridos.
Bajaron despacio.
Durante los días siguientes, Yukisawa descubrió que despertar no significaba recuperarse de inmediato. Reabrieron calles por sectores; hubo viviendas dañadas, pacientes confundidos y familias que necesitaron acompañamiento. Algunos habitantes temían volver a dormirse. Otros extrañaban los sueños donde todavía vivían personas a las que habían perdido.
Natsuki siguió trabajando como enfermera y aceptó formación supervisada para comprender su Pulso Vital. Su magia no sustituyó el cuidado sanitario. Yuna acompañó a quienes todavía escuchaban voces, siempre preguntando antes de intervenir.
Kei perfeccionó ilusiones para marcar rutas seguras; prefería que fueran discretas si cumplían su cometido. Reina volvió poco a poco a sus obras, rehabilitando el hombro y aprendiendo a coordinar sus dos perspectivas sin perder sus diferencias. Ayame revisó construcciones y mostró, a quien hablaba de milagros, la factura de los refuerzos utilizados.
Daisuke recibió tratamiento por su lesión y tuvo que aceptar que otros cargaran las cajas del restaurante. Shunpei registró datos verificables junto a testimonios, sin confundir señales con pruebas completas.
Genji regresó lentamente a su lavandería. No recuperó sus Nueve Sellos. Un día Ren fue a visitarlo, preocupado por los huecos de su propia memoria.
—No sé si recordaré lo que pasó en la Torre —admitió.
—No voy a prometerte que volverá todo —respondió Genji—. Tampoco voy a ocultarte nada más. Firmé parte de las decisiones que borraron tu infancia. Declararé lo que sé ante la investigación.
Ren permaneció callado.
—Sigo enojado con usted. Pero recuerdo que me sacó de aquella habitación blanca.
—Las dos cosas ocurrieron —dijo Genji.
—Entonces ninguna borra la otra.
El anciano bajó la mirada. No intentó convertir aquella conversación difícil en una lección.
La Guardia del Umbral no pudo continuar como antes. Se abrió una investigación sobre el Programa de Alivio y las intervenciones de memoria realizadas sin autorización suficiente. Se establecieron auditorías independientes, registros de víctimas y responsabilidad de mandos. El secreto sobre las amenazas sobrenaturales siguió siendo necesario en algunos casos, pero dejó de justificar automáticamente la manipulación de recuerdos.
Akari participó en aquellas reformas sin defender órdenes por costumbre. A un superior que habló de la seguridad del reglamento le mostró los informes de las personas perjudicadas.
Masaru Tohno quedó bajo custodia por la filtración que permitió la emboscada de Minato. Su colaboración posterior no anuló los hechos. Su hermano Ryo seguía hospitalizado: ninguna promesa de Seiji lo había despertado.
Taiga llevó una copia del cuaderno de evacuaciones al memorial de Riku Endo, que había muerto protegiendo la salida de Minato. Frente a la fotografía de su compañero murmuró:
—Todavía cuento dos veces.
No obtuvo respuesta. Permaneció allí un rato y luego volvió al trabajo. El recuerdo no necesitaba transformarse en una aparición para continuar con él.
En una mañana fría de diciembre, Bento Niji abrió sus puertas otra vez.
Ren llegó ocho minutos tarde.
Daisuke lo esperaba detrás del mostrador con una espátula en la mano.
—Mizuhara.
Ren se quedó inmóvil.
—Antes de que empiece, tengo una explicación excelente.
—Más te vale.
—Había un gato en la calle.
—¿Y?
—Me miró como si necesitara ayuda.
Daisuke levantó lentamente la espátula.
—No terminés esa frase.
—Entonces decidí ayudarlo a cruzar.
—¡Ren!
La señora Fujita, sentada junto a la ventana, soltó una carcajada. Su segundo bento esperaba junto al primero, como siempre. Ren colocó un poco de encurtidos sin cobrárselos.
La campanilla sonó otra vez.
Taiga entró reclamando una porción más grande. Kei anunció que el uniforme de la tienda necesitaba una renovación estética. Ayame respondió que antes había que reparar la puerta de la cocina, que seguía cerrando mal. Shunpei preguntó si aquella reparación podía registrarse digitalmente.
—Podés registrar quién la pagará —dijo Daisuke.
Reina llegó después, en un solo cuerpo, y se sentó donde pudiera ver ambas salidas. Yuna apareció con un paquete de dulces que nadie le había pedido. Akari entró a última hora, intentando fingir que no tenía hambre.
Genji se presentó con un abrigo más grueso de lo habitual. Caminaba despacio, sin recuperar ninguno de sus sellos, y se dejó caer en una silla cerca del mostrador.
—Quiero algo barato —anunció.
—Eso no existe en mi restaurante —respondió Daisuke.
—Entonces quiero el plato más caro sin pagar.
La discusión comenzó antes de que Ren pudiera traer los vasos.
Natsuki llegó con su chaqueta de hospital doblada sobre el brazo. Se detuvo frente a Ren y lo examinó con la mirada acostumbrada.
—¿Dormiste?
—Un poco.
—¿Dolor de cabeza?
—Menos que ayer.
—¿Y la mano?
Ren abrió los dedos.
Intentó despertar una chispa azul.
No apareció nada.
—Hoy tampoco —dijo.
Natsuki asintió, sin fingir que aquello era una buena noticia.
—Seguiremos revisándolo. No hagás pruebas solo.
Ren bajó la mano.
—Entendido.
Ella observó el restaurante lleno.
—¿Te acordás de todos?
Ren miró a sus compañeros. Algunas imágenes estaban claras. Otras aparecían desordenadas, como páginas que alguien hubiera cambiado de sitio. Recordaba el rostro de Riku, aunque no todos los días de entrenamiento. Recordaba la Torre, pero no el momento exacto en que el reloj había vuelto a avanzar.
—No de todo —respondió—. A veces alguien me cuenta algo y siento que debería reconocerlo.
Natsuki le dio un golpecito en el brazo.
—Podés preguntar. No tenemos que fingir que recordás.
Ren sonrió.
—Entonces tengo una pregunta importante.
—Decime.
—¿Siempre fuiste tan mandona?
—Desde que eras un niño insoportable.
—Eso sí me resulta familiar.
Al otro lado del mostrador, Akari lo llamó para que dejara de conversar y llevara los pedidos. Ren levantó ambas manos en señal de rendición.
—¡Ya voy!
Daisuke se rio. Taiga empezó una disputa sobre el tamaño de su plato. Kei pidió que nadie derramara salsa sobre su ropa. Ayame anunció que cobraría si alguien volvía a romper una silla.
Era un desorden imposible de fabricar en una ciudad perfecta.
Ren salió un momento a buscar una caja de bebidas.
En la calle, Yukisawa estaba despierta. No completamente recuperada. Había obras, comercios aún cerrados y familias que seguían esperando buenas noticias. También había autobuses llenos, estudiantes corriendo para llegar a clase y personas que se detenían a conversar bajo el sol frío.
Sobre los edificios, la Torre del Reloj dio la hora.
Una campanada.
El segundero avanzó.
Ren la observó sin miedo.
Había días que no recordaba enteros. Había aprendido que la magia no curaba todas las heridas y que ni siquiera salvar una ciudad significaba poder salvar a todos. El futuro conservaría preguntas, discusiones y dolores que nadie podría borrar con un sello.
Pero también conservaría mañanas como aquella.
La puerta de Bento Niji se abrió detrás de él.
—¡Ren! —gritó Daisuke—. ¡Los clientes están esperando!
El muchacho recogió la caja y volvió hacia la luz cálida del restaurante.
—¡Ya voy, jefe!
No necesitaba saber cómo sería el resto de su vida para entrar.
Por primera vez, le bastaba con poder elegir vivirla.
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