
Confesiones · Parte 1
Rechacé a la gótica culona por una china tranquila y casi termino en la cárcel por no querer ser su novio
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Rechacé a la gótica culona por una china tranquila y casi termino en la cárcel por no querer ser su novio
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Detalles
- Autor
- Gylab Click
- Categoría
- Confesiones
- Click
- La gótica Qlona se obsesionó conmigo, pero la rechacé por una china tranquila… ¡Y terminó denunciándome!
- Capítulo
- Parte 1
- Vistas
- 9
Sinopsis
Una gótica de curvas peligrosas se enamoró de mí, pero yo solo quería una relación tranquila con una chica china. Ella intentó conquistarme de mil maneras, se volvió mi peor pesadilla y hasta quiso denunciarme por rechazarla. Lo peor fue cuando descubrí su último plan. ¿Hasta dónde puede llegar alguien que no acepta un NO? 😂💀 Relato de ficción con humor, romance y mucho drama.…
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Hola, Click. Me llamo Diego, tengo veintinueve años y vengo a contarles cómo pasé de ser un hombre soltero, tranquilo y sin enemigos a convertirme en el villano de una historia de amor gótica que yo ni siquiera sabía que estaba protagonizando.
Todo comenzó cuando conocí a Lucía, una mujer de veintiocho años que en redes sociales se hacía llamar Morgana, Princesa de las Tinieblas.
Pero entre mis amigos tenía otro apodo: la gótica culona.
Y antes de que me juzguen, quiero aclarar que no era un apodo que yo hubiera inventado. Ella misma lo utilizaba y hasta tenía una camiseta que decía: "Cuidado, gótica culona en circulación".
Lucía era una mujer bastante atractiva. Tenía el cabello negro, botas enormes, delineador tan intenso que parecía poder invocar demonios con una mirada y una colección de vestidos negros que probablemente consumía el presupuesto de una funeraria.
También tenía unas curvas que llamaban la atención.
Pero yo tenía un problema.
O, mejor dicho, tenía una preferencia.
A mí me gustaban las citas tranquilas, los restaurantes pequeños, conversar sin gritar y pasar los domingos tomando café o viendo películas.
Y en aquel momento estaba conociendo a Mei, una chica china de veintisiete años que trabajaba como diseñadora y tenía una cafetería favorita donde preparaban un té espectacular.
Mei era tranquila cuando quería, pero también tenía un sentido del humor bastante filoso.
Una vez le dije que yo era excelente cocinando.
Me preguntó qué sabía preparar.
Respondí que huevos revueltos.
Me miró seriamente y dijo:
—Diego, eso no es cocinar. Eso es sobrevivir.
Me enamoré un poquito ese día.
Pero todavía no éramos novios.
Lucía apareció en mi vida durante el cumpleaños de mi amigo Roberto.
Yo estaba sentado en una mesa comiendo nachos cuando se acercó, me miró de arriba abajo y preguntó:
—¿Tú eres Diego?
—Depende. ¿Debo dinero?
Soltó una carcajada.
—Me dijeron que eras divertido.
—Te mintieron. Lo único interesante que hago es pagar Netflix y quejarme del tráfico.
Se sentó junto a mí.
Aquella noche conversamos bastante.
Me habló de sus conciertos, de películas de terror y de su fascinación por los cementerios antiguos.
Yo le conté que me gustaban los documentales, la fotografía y dormir ocho horas.
Ella dijo:
—Somos completamente diferentes.
Respondí:
—Como una misa y un concierto de metal.
Se rio.
Yo pensé que habíamos tenido una conversación agradable.
Ella pensó que acabábamos de encontrar nuestras almas gemelas.
Dos días después comenzó a escribirme.
Al principio eran mensajes normales.
"Hola, Diego. ¿Cómo estás?"
"¿Qué haces?"
"¿Ya comiste?"
Pero después las cosas empezaron a ponerse raras.
Una noche, a las dos de la madrugada, recibí un mensaje que decía:
"Estoy contemplando la oscuridad y pensando en ti".
Yo estaba dormido.
Lo leí a las siete de la mañana mientras me preparaba para trabajar.
Le respondí:
"Buenos días. Yo estaba contemplando mi almohada".
Me envió diecisiete corazones negros.
La situación empeoró cuando comenzó a mandarme canciones románticas de metal con títulos que parecían amenazas judiciales.
"Mi alma te pertenece".
"Moriremos juntos bajo la luna".
"Tu sangre será mi eternidad".
Yo solamente quería escuchar música relajante mientras conducía.
Un viernes me invitó a salir.
Le agradecí y le expliqué amablemente que no estaba interesado en una relación con ella.
También le conté que estaba conociendo a otra persona.
Pensé que lo comprendería.
Me equivoqué.
—¿Otra persona? —preguntó.
—Sí.
—¿Es más bonita que yo?
—Lucía, no se trata de eso.
—¿Tiene mejor cuerpo?
—Tampoco se trata de eso.
—Entonces, ¿qué tiene que yo no tenga?
Suspiré.
—Me gusta su personalidad. Nos llevamos bien y tenemos intereses parecidos.
Se quedó callada.
Después preguntó:
—¿Es gótica?
—No.
—¿Es rubia?
—No.
—¿Es extranjera?
—Es china.
Hubo un silencio enorme.
Finalmente dijo:
—¿ME ESTÁS RECHAZANDO POR UNA CHINA?
—No, Lucía. Te estoy diciendo que me gusta Mei.
—¡Pero yo tengo más curvas!
Me quedé sin palabras.
No sabía si estaba participando en una conversación romántica o en una competencia de geometría.
—No estoy comprando un automóvil —respondí—. No necesito comparar especificaciones.
Colgó.
Pensé que aquello sería el final.
Pero apenas estaba comenzando.
Durante las siguientes semanas, Lucía decidió que debía convertirse en mi mujer ideal.
Primero comenzó a enviarme fotografías de gatos.
Yo había comentado que me gustaban.
El problema era que las fotografías tenían mensajes como:
"Este gatito está triste porque su papá no quiere salir con su mamá".
Le pregunté desde cuándo teníamos un gato compartido.
Respondió:
"Desde que nuestras almas se encontraron".
Después comenzó su etapa espiritual.
Subía historias meditando con velas negras.
Una tarde me escribió:
"Diego, estoy trabajando en mi paz interior".
Le respondí que me alegraba.
Cinco minutos después llegó otro mensaje:
"¡PERO ME MOLESTA QUE NO ME PRESTES ATENCIÓN!"
Le dije que quizá debía continuar meditando.
Me bloqueó durante tres horas.
Después me desbloqueó para enviarme un meme.
Una semana más tarde apareció en el cumpleaños de Roberto vestida completamente de blanco.
Todos nos quedamos sorprendidos.
Lucía jamás utilizaba ropa blanca.
Ni siquiera en Navidad.
Se acercó a mí sonriendo.
—Hola, Diego.
La miré.
—¿Todo bien?
—Sí. Estoy explorando una versión más tranquila de mí misma.
—Qué bueno.
—Ahora me gusta el té.
—Perfecto.
—Y la música relajante.
—Excelente.
—Y ya no me gustan los hombres tóxicos.
—Me alegra escuchar eso.
Entonces se acercó a mi oído y susurró:
—¿Ya dejaste a la china?
Casi me atraganto con el refresco.
—¡Lucía!
—¿Qué?
—¡No puedes decir eso!
—¿Entonces todavía estás con ella?
Le expliqué que Mei y yo estábamos comenzando una relación.
Lucía me miró como si acabara de anunciar que había destruido la Luna.
Después regresó a su mesa.
Diez minutos más tarde estaba escuchando metal a todo volumen desde su teléfono.
Roberto se acercó.
—Hermano, ¿qué le hiciste?
—Nada. La rechacé.
Mi amigo observó a Lucía, que estaba mirando fijamente una vela.
—Pues parece que rechazaste al jefe final de un videojuego.
La situación se volvió todavía más incómoda cuando Mei y yo decidimos formalizar nuestra relación.
Subí una fotografía sencilla de nuestras manos sosteniendo dos tazas de café.
No mostré su rostro.
Solamente escribí:
"Un domingo bonito".
Cinco minutos después, Lucía publicó una historia.
Fondo negro.
Letras rojas.
"Algunas personas prefieren una taza de té antes que un océano de pasión".
Roberto me envió una captura.
"Diego, creo que acaban de declararte la guerra".
No respondí.
Pensé que ignorar la situación ayudaría.
Pero Lucía tenía otros planes.
Una noche me envió un mensaje larguísimo.
Decía que habíamos tenido una conexión espiritual, que yo había despertado sentimientos que llevaba años escondiendo y que ahora tenía la obligación moral de darme una oportunidad con ella.
Le respondí con respeto:
"Lucía, nunca tuvimos una relación. Siempre fui claro contigo. No quiero lastimarte, pero necesito que respetes mi decisión".
Me escribió:
"Está bien. Lo entiendo".
Respiré aliviado.
Diez segundos después añadió:
"Pero mi corazón no".
Apagué el teléfono.
Al día siguiente apareció un video suyo en redes sociales.
Estaba maquillada como si acabara de regresar de un funeral medieval.
Miraba a la cámara con música dramática de fondo.
Decía:
"Hay hombres que juegan con los sentimientos de una mujer y después la abandonan por alguien completamente diferente".
No dijo mi nombre.
Pero dejó suficientes pistas como para que Roberto me llamara preguntando si necesitaba un abogado o un sacerdote.
Yo estaba harto.
Le escribí una última vez para pedirle que dejara de insinuar que habíamos sido pareja.
Me respondió:
"Si no quieres ser mío, vas a conocer mi lado oscuro".
Le dije:
"Lucía, tu lado oscuro lleva tres meses escribiéndome. Ya lo conozco bastante".
Aquello fue un error.
Se enojó tanto que publicó otra historia.
Esta vez decía:
"PRONTO TODOS SABRÁN LA VERDAD".
Me preocupé.
No porque hubiera hecho algo malo.
Sino porque conocía su capacidad para convertir una conversación de cinco minutos en una tragedia de ocho temporadas.
Dos días después recibí una llamada.
Era Roberto.
—Diego, siéntate.
—¿Qué pasó?
—Lucía dice que va a denunciarte.
Sentí que se me helaba la sangre.
—¿Denunciarme por qué?
—Por daños emocionales.
Me quedé callado.
—¿Qué?
—Dice que la ilusionaste.
—¡Pero nunca salí con ella!
—Eso ya lo sé. Pero anda diciendo que tú le prometiste amor eterno.
Me froté la frente.
—Roberto, lo único eterno que le prometí fue que jamás entendería por qué le gustaban las películas de terror.
Mi amigo suspiró.
—Pues ten cuidado. Ya no parece una broma.
Y tenía razón.
Porque una cosa era soportar mensajes extraños.
Otra muy diferente era que alguien comenzara a hacer acusaciones falsas.
Lucía publicó capturas de una conversación donde supuestamente yo le decía que ella era el amor de mi vida y que después la había amenazado para que no contara nuestra relación.
Aquello me dejó completamente desconcertado.
Las capturas no coincidían con nuestra conversación real.
Algunas frases estaban recortadas.
Otras simplemente nunca las había escrito.
Me preocupé lo suficiente como para consultar a un abogado.
Me recomendó conservar los mensajes originales, guardar las publicaciones y evitar cualquier discusión pública con Lucía.
Seguí sus indicaciones.
También le expliqué lo sucedido a Mei.
Estaba nervioso.
Tenía miedo de que pensara que yo había provocado aquella situación.
Ella escuchó toda la historia sin interrumpirme.
Después observó las capturas.
Miró mi teléfono.
Volvió a observar las capturas.
Y dijo:
—Diego, esta mujer está inventando una relación completa.
Suspiré.
—Lo sé.
Mei cruzó los brazos.
—¿Y por qué no me contaste que ya estabas casado espiritualmente?
La miré horrorizado.
Ella comenzó a reírse.
—¡Mei, por favor!
Me abrazó.
—Tranquilo. Vamos a resolverlo con pruebas, no con dramas.
Fue uno de los momentos en que más agradecí estar con ella.
No porque fuera china.
Sino porque tenía una manera extraordinaria de mantener la cabeza fría.
Lucía finalmente presentó una denuncia alegando que yo la estaba acosando mediante mensajes.
La situación dejó de ser graciosa.
Tuve que dedicar tiempo a reunir conversaciones, fechas y publicaciones para aclarar lo ocurrido, siguiendo la orientación legal que recibí.
Durante la revisión de la información se evidenciaron inconsistencias importantes entre las capturas difundidas y los registros originales que yo conservaba.
También resultó relevante que, después de mi negativa, era ella quien continuaba enviándome mensajes insistentes.
La denuncia no prosperó por falta de elementos que respaldaran sus acusaciones.
No hubo una escena de película donde alguien golpeara un escritorio y gritara que yo era inocente.
Tampoco apareció un juez sacando un martillo del bolsillo.
Simplemente fue un proceso incómodo que terminó sin que se acreditara lo que Lucía había afirmado.
Yo estaba aliviado.
Pero también enojado.
Porque todo aquello había comenzado por decir que no.
Mi abogado me aconsejó no continuar el conflicto en redes sociales.
Y decidí seguir adelante.
Unas semanas después, Lucía eliminó las publicaciones donde me acusaba y reconoció ante varios amigos en común que había exagerado e inventado cosas porque se sentía rechazada.
No volvimos a hablar.
Pensé que por fin había terminado aquella historia.
Hasta que Roberto me llamó un sábado.
—Diego, tengo noticias de la gótica.
Suspiré.
—No quiero saber.
—Créeme, sí quieres.
—Roberto…
—Tiene novio.
Me quedé sorprendido.
—¿En serio?
—Sí.
—Pues qué bueno.
Hubo una pausa.
Después pregunté:
—¿Quién es?
Roberto comenzó a reírse.
—Un contador.
—¿Y eso qué tiene de raro?
—Que el hombre usa camisas beige, vende seguros los fines de semana y se duerme a las nueve de la noche.
Me quedé callado.
Después comenzamos a reírnos.
La mujer que había declarado que necesitaba una relación llena de oscuridad, pasión y caos había terminado enamorándose de un hombre que utilizaba Excel para organizar sus vacaciones.
Meses después los vi por casualidad en un centro comercial.
Lucía llevaba sus botas negras y un vestido gótico.
Su novio llevaba pantalones color caqui y una camisa de botones.
Estaban tomados de la mano.
Él sostenía una bolsa con velas aromáticas.
Ella llevaba una calculadora nueva.
Parecían Batman y un empleado del Ministerio de Hacienda.
Al verme, Lucía se quedó inmóvil.
Yo también.
Durante unos segundos hubo un silencio incómodo.
Finalmente ella levantó ligeramente una mano.
La saludé desde lejos.
Y seguí caminando.
No necesitábamos conversar.
Habíamos tenido suficiente drama para toda una vida.
Hoy Mei y yo seguimos juntos.
Nos gusta cocinar, salir a caminar y pasar las tardes viendo series.
Aunque debo confesar que tampoco es tan tranquila como yo creía.
Una vez me encontró comiéndome el último pedazo de pastel que había guardado en el refrigerador.
Me miró con una seriedad que nunca había visto.
—Diego, tienes tres segundos para explicar lo que hiciste.
Y les aseguro que sentí más miedo en esos tres segundos que durante todos los meses de mensajes de Morgana, Princesa de las Tinieblas.
Desde entonces aprendí dos cosas.
La primera es que nadie está obligado a corresponder sentimientos románticos, por muy atractiva que sea la otra persona.
Y la segunda es que no hay que confundir tranquilidad con falta de carácter.
Porque mi novia podrá ser la persona más dulce del mundo, pero si me como su pastel otra vez, probablemente necesite protección internacional.
Hace poco Roberto me envió una última fotografía de Lucía y su novio.
Estaban celebrando su aniversario.
Ella llevaba un vestido negro espectacular.
Él sostenía un pastel con forma de corazón.
Y debajo de la fotografía había un mensaje escrito por Lucía:
"Finalmente encontré al hombre que equilibra mi oscuridad".
Roberto añadió:
"Diego, al final no necesitaba un vampiro. Necesitaba un contador público".
Me reí durante cinco minutos.
Y así terminó mi historia con la famosa gótica culona.
Ella encontró a su contador.
Yo encontré a Mei.
Y Roberto sigue soltero porque dice que después de ver nuestras relaciones prefiere invertir su dinero en una consola de videojuegos.
Ahora díganme ustedes, Click.
¿Alguna vez rechazaron a alguien que después hizo un drama completamente innecesario?
¿Y ustedes qué habrían hecho si una gótica culona les dijera que estaban destinados a estar juntos, pero su corazón ya perteneciera a otra persona?
Porque yo elegí la tranquilidad.
Aunque todavía estoy pagando las consecuencias de haberme comido aquel pastel.
FIN.
Todo comenzó cuando conocí a Lucía, una mujer de veintiocho años que en redes sociales se hacía llamar Morgana, Princesa de las Tinieblas.
Pero entre mis amigos tenía otro apodo: la gótica culona.
Y antes de que me juzguen, quiero aclarar que no era un apodo que yo hubiera inventado. Ella misma lo utilizaba y hasta tenía una camiseta que decía: "Cuidado, gótica culona en circulación".
Lucía era una mujer bastante atractiva. Tenía el cabello negro, botas enormes, delineador tan intenso que parecía poder invocar demonios con una mirada y una colección de vestidos negros que probablemente consumía el presupuesto de una funeraria.
También tenía unas curvas que llamaban la atención.
Pero yo tenía un problema.
O, mejor dicho, tenía una preferencia.
A mí me gustaban las citas tranquilas, los restaurantes pequeños, conversar sin gritar y pasar los domingos tomando café o viendo películas.
Y en aquel momento estaba conociendo a Mei, una chica china de veintisiete años que trabajaba como diseñadora y tenía una cafetería favorita donde preparaban un té espectacular.
Mei era tranquila cuando quería, pero también tenía un sentido del humor bastante filoso.
Una vez le dije que yo era excelente cocinando.
Me preguntó qué sabía preparar.
Respondí que huevos revueltos.
Me miró seriamente y dijo:
—Diego, eso no es cocinar. Eso es sobrevivir.
Me enamoré un poquito ese día.
Pero todavía no éramos novios.
Lucía apareció en mi vida durante el cumpleaños de mi amigo Roberto.
Yo estaba sentado en una mesa comiendo nachos cuando se acercó, me miró de arriba abajo y preguntó:
—¿Tú eres Diego?
—Depende. ¿Debo dinero?
Soltó una carcajada.
—Me dijeron que eras divertido.
—Te mintieron. Lo único interesante que hago es pagar Netflix y quejarme del tráfico.
Se sentó junto a mí.
Aquella noche conversamos bastante.
Me habló de sus conciertos, de películas de terror y de su fascinación por los cementerios antiguos.
Yo le conté que me gustaban los documentales, la fotografía y dormir ocho horas.
Ella dijo:
—Somos completamente diferentes.
Respondí:
—Como una misa y un concierto de metal.
Se rio.
Yo pensé que habíamos tenido una conversación agradable.
Ella pensó que acabábamos de encontrar nuestras almas gemelas.
Dos días después comenzó a escribirme.
Al principio eran mensajes normales.
"Hola, Diego. ¿Cómo estás?"
"¿Qué haces?"
"¿Ya comiste?"
Pero después las cosas empezaron a ponerse raras.
Una noche, a las dos de la madrugada, recibí un mensaje que decía:
"Estoy contemplando la oscuridad y pensando en ti".
Yo estaba dormido.
Lo leí a las siete de la mañana mientras me preparaba para trabajar.
Le respondí:
"Buenos días. Yo estaba contemplando mi almohada".
Me envió diecisiete corazones negros.
La situación empeoró cuando comenzó a mandarme canciones románticas de metal con títulos que parecían amenazas judiciales.
"Mi alma te pertenece".
"Moriremos juntos bajo la luna".
"Tu sangre será mi eternidad".
Yo solamente quería escuchar música relajante mientras conducía.
Un viernes me invitó a salir.
Le agradecí y le expliqué amablemente que no estaba interesado en una relación con ella.
También le conté que estaba conociendo a otra persona.
Pensé que lo comprendería.
Me equivoqué.
—¿Otra persona? —preguntó.
—Sí.
—¿Es más bonita que yo?
—Lucía, no se trata de eso.
—¿Tiene mejor cuerpo?
—Tampoco se trata de eso.
—Entonces, ¿qué tiene que yo no tenga?
Suspiré.
—Me gusta su personalidad. Nos llevamos bien y tenemos intereses parecidos.
Se quedó callada.
Después preguntó:
—¿Es gótica?
—No.
—¿Es rubia?
—No.
—¿Es extranjera?
—Es china.
Hubo un silencio enorme.
Finalmente dijo:
—¿ME ESTÁS RECHAZANDO POR UNA CHINA?
—No, Lucía. Te estoy diciendo que me gusta Mei.
—¡Pero yo tengo más curvas!
Me quedé sin palabras.
No sabía si estaba participando en una conversación romántica o en una competencia de geometría.
—No estoy comprando un automóvil —respondí—. No necesito comparar especificaciones.
Colgó.
Pensé que aquello sería el final.
Pero apenas estaba comenzando.
Durante las siguientes semanas, Lucía decidió que debía convertirse en mi mujer ideal.
Primero comenzó a enviarme fotografías de gatos.
Yo había comentado que me gustaban.
El problema era que las fotografías tenían mensajes como:
"Este gatito está triste porque su papá no quiere salir con su mamá".
Le pregunté desde cuándo teníamos un gato compartido.
Respondió:
"Desde que nuestras almas se encontraron".
Después comenzó su etapa espiritual.
Subía historias meditando con velas negras.
Una tarde me escribió:
"Diego, estoy trabajando en mi paz interior".
Le respondí que me alegraba.
Cinco minutos después llegó otro mensaje:
"¡PERO ME MOLESTA QUE NO ME PRESTES ATENCIÓN!"
Le dije que quizá debía continuar meditando.
Me bloqueó durante tres horas.
Después me desbloqueó para enviarme un meme.
Una semana más tarde apareció en el cumpleaños de Roberto vestida completamente de blanco.
Todos nos quedamos sorprendidos.
Lucía jamás utilizaba ropa blanca.
Ni siquiera en Navidad.
Se acercó a mí sonriendo.
—Hola, Diego.
La miré.
—¿Todo bien?
—Sí. Estoy explorando una versión más tranquila de mí misma.
—Qué bueno.
—Ahora me gusta el té.
—Perfecto.
—Y la música relajante.
—Excelente.
—Y ya no me gustan los hombres tóxicos.
—Me alegra escuchar eso.
Entonces se acercó a mi oído y susurró:
—¿Ya dejaste a la china?
Casi me atraganto con el refresco.
—¡Lucía!
—¿Qué?
—¡No puedes decir eso!
—¿Entonces todavía estás con ella?
Le expliqué que Mei y yo estábamos comenzando una relación.
Lucía me miró como si acabara de anunciar que había destruido la Luna.
Después regresó a su mesa.
Diez minutos más tarde estaba escuchando metal a todo volumen desde su teléfono.
Roberto se acercó.
—Hermano, ¿qué le hiciste?
—Nada. La rechacé.
Mi amigo observó a Lucía, que estaba mirando fijamente una vela.
—Pues parece que rechazaste al jefe final de un videojuego.
La situación se volvió todavía más incómoda cuando Mei y yo decidimos formalizar nuestra relación.
Subí una fotografía sencilla de nuestras manos sosteniendo dos tazas de café.
No mostré su rostro.
Solamente escribí:
"Un domingo bonito".
Cinco minutos después, Lucía publicó una historia.
Fondo negro.
Letras rojas.
"Algunas personas prefieren una taza de té antes que un océano de pasión".
Roberto me envió una captura.
"Diego, creo que acaban de declararte la guerra".
No respondí.
Pensé que ignorar la situación ayudaría.
Pero Lucía tenía otros planes.
Una noche me envió un mensaje larguísimo.
Decía que habíamos tenido una conexión espiritual, que yo había despertado sentimientos que llevaba años escondiendo y que ahora tenía la obligación moral de darme una oportunidad con ella.
Le respondí con respeto:
"Lucía, nunca tuvimos una relación. Siempre fui claro contigo. No quiero lastimarte, pero necesito que respetes mi decisión".
Me escribió:
"Está bien. Lo entiendo".
Respiré aliviado.
Diez segundos después añadió:
"Pero mi corazón no".
Apagué el teléfono.
Al día siguiente apareció un video suyo en redes sociales.
Estaba maquillada como si acabara de regresar de un funeral medieval.
Miraba a la cámara con música dramática de fondo.
Decía:
"Hay hombres que juegan con los sentimientos de una mujer y después la abandonan por alguien completamente diferente".
No dijo mi nombre.
Pero dejó suficientes pistas como para que Roberto me llamara preguntando si necesitaba un abogado o un sacerdote.
Yo estaba harto.
Le escribí una última vez para pedirle que dejara de insinuar que habíamos sido pareja.
Me respondió:
"Si no quieres ser mío, vas a conocer mi lado oscuro".
Le dije:
"Lucía, tu lado oscuro lleva tres meses escribiéndome. Ya lo conozco bastante".
Aquello fue un error.
Se enojó tanto que publicó otra historia.
Esta vez decía:
"PRONTO TODOS SABRÁN LA VERDAD".
Me preocupé.
No porque hubiera hecho algo malo.
Sino porque conocía su capacidad para convertir una conversación de cinco minutos en una tragedia de ocho temporadas.
Dos días después recibí una llamada.
Era Roberto.
—Diego, siéntate.
—¿Qué pasó?
—Lucía dice que va a denunciarte.
Sentí que se me helaba la sangre.
—¿Denunciarme por qué?
—Por daños emocionales.
Me quedé callado.
—¿Qué?
—Dice que la ilusionaste.
—¡Pero nunca salí con ella!
—Eso ya lo sé. Pero anda diciendo que tú le prometiste amor eterno.
Me froté la frente.
—Roberto, lo único eterno que le prometí fue que jamás entendería por qué le gustaban las películas de terror.
Mi amigo suspiró.
—Pues ten cuidado. Ya no parece una broma.
Y tenía razón.
Porque una cosa era soportar mensajes extraños.
Otra muy diferente era que alguien comenzara a hacer acusaciones falsas.
Lucía publicó capturas de una conversación donde supuestamente yo le decía que ella era el amor de mi vida y que después la había amenazado para que no contara nuestra relación.
Aquello me dejó completamente desconcertado.
Las capturas no coincidían con nuestra conversación real.
Algunas frases estaban recortadas.
Otras simplemente nunca las había escrito.
Me preocupé lo suficiente como para consultar a un abogado.
Me recomendó conservar los mensajes originales, guardar las publicaciones y evitar cualquier discusión pública con Lucía.
Seguí sus indicaciones.
También le expliqué lo sucedido a Mei.
Estaba nervioso.
Tenía miedo de que pensara que yo había provocado aquella situación.
Ella escuchó toda la historia sin interrumpirme.
Después observó las capturas.
Miró mi teléfono.
Volvió a observar las capturas.
Y dijo:
—Diego, esta mujer está inventando una relación completa.
Suspiré.
—Lo sé.
Mei cruzó los brazos.
—¿Y por qué no me contaste que ya estabas casado espiritualmente?
La miré horrorizado.
Ella comenzó a reírse.
—¡Mei, por favor!
Me abrazó.
—Tranquilo. Vamos a resolverlo con pruebas, no con dramas.
Fue uno de los momentos en que más agradecí estar con ella.
No porque fuera china.
Sino porque tenía una manera extraordinaria de mantener la cabeza fría.
Lucía finalmente presentó una denuncia alegando que yo la estaba acosando mediante mensajes.
La situación dejó de ser graciosa.
Tuve que dedicar tiempo a reunir conversaciones, fechas y publicaciones para aclarar lo ocurrido, siguiendo la orientación legal que recibí.
Durante la revisión de la información se evidenciaron inconsistencias importantes entre las capturas difundidas y los registros originales que yo conservaba.
También resultó relevante que, después de mi negativa, era ella quien continuaba enviándome mensajes insistentes.
La denuncia no prosperó por falta de elementos que respaldaran sus acusaciones.
No hubo una escena de película donde alguien golpeara un escritorio y gritara que yo era inocente.
Tampoco apareció un juez sacando un martillo del bolsillo.
Simplemente fue un proceso incómodo que terminó sin que se acreditara lo que Lucía había afirmado.
Yo estaba aliviado.
Pero también enojado.
Porque todo aquello había comenzado por decir que no.
Mi abogado me aconsejó no continuar el conflicto en redes sociales.
Y decidí seguir adelante.
Unas semanas después, Lucía eliminó las publicaciones donde me acusaba y reconoció ante varios amigos en común que había exagerado e inventado cosas porque se sentía rechazada.
No volvimos a hablar.
Pensé que por fin había terminado aquella historia.
Hasta que Roberto me llamó un sábado.
—Diego, tengo noticias de la gótica.
Suspiré.
—No quiero saber.
—Créeme, sí quieres.
—Roberto…
—Tiene novio.
Me quedé sorprendido.
—¿En serio?
—Sí.
—Pues qué bueno.
Hubo una pausa.
Después pregunté:
—¿Quién es?
Roberto comenzó a reírse.
—Un contador.
—¿Y eso qué tiene de raro?
—Que el hombre usa camisas beige, vende seguros los fines de semana y se duerme a las nueve de la noche.
Me quedé callado.
Después comenzamos a reírnos.
La mujer que había declarado que necesitaba una relación llena de oscuridad, pasión y caos había terminado enamorándose de un hombre que utilizaba Excel para organizar sus vacaciones.
Meses después los vi por casualidad en un centro comercial.
Lucía llevaba sus botas negras y un vestido gótico.
Su novio llevaba pantalones color caqui y una camisa de botones.
Estaban tomados de la mano.
Él sostenía una bolsa con velas aromáticas.
Ella llevaba una calculadora nueva.
Parecían Batman y un empleado del Ministerio de Hacienda.
Al verme, Lucía se quedó inmóvil.
Yo también.
Durante unos segundos hubo un silencio incómodo.
Finalmente ella levantó ligeramente una mano.
La saludé desde lejos.
Y seguí caminando.
No necesitábamos conversar.
Habíamos tenido suficiente drama para toda una vida.
Hoy Mei y yo seguimos juntos.
Nos gusta cocinar, salir a caminar y pasar las tardes viendo series.
Aunque debo confesar que tampoco es tan tranquila como yo creía.
Una vez me encontró comiéndome el último pedazo de pastel que había guardado en el refrigerador.
Me miró con una seriedad que nunca había visto.
—Diego, tienes tres segundos para explicar lo que hiciste.
Y les aseguro que sentí más miedo en esos tres segundos que durante todos los meses de mensajes de Morgana, Princesa de las Tinieblas.
Desde entonces aprendí dos cosas.
La primera es que nadie está obligado a corresponder sentimientos románticos, por muy atractiva que sea la otra persona.
Y la segunda es que no hay que confundir tranquilidad con falta de carácter.
Porque mi novia podrá ser la persona más dulce del mundo, pero si me como su pastel otra vez, probablemente necesite protección internacional.
Hace poco Roberto me envió una última fotografía de Lucía y su novio.
Estaban celebrando su aniversario.
Ella llevaba un vestido negro espectacular.
Él sostenía un pastel con forma de corazón.
Y debajo de la fotografía había un mensaje escrito por Lucía:
"Finalmente encontré al hombre que equilibra mi oscuridad".
Roberto añadió:
"Diego, al final no necesitaba un vampiro. Necesitaba un contador público".
Me reí durante cinco minutos.
Y así terminó mi historia con la famosa gótica culona.
Ella encontró a su contador.
Yo encontré a Mei.
Y Roberto sigue soltero porque dice que después de ver nuestras relaciones prefiere invertir su dinero en una consola de videojuegos.
Ahora díganme ustedes, Click.
¿Alguna vez rechazaron a alguien que después hizo un drama completamente innecesario?
¿Y ustedes qué habrían hecho si una gótica culona les dijera que estaban destinados a estar juntos, pero su corazón ya perteneciera a otra persona?
Porque yo elegí la tranquilidad.
Aunque todavía estoy pagando las consecuencias de haberme comido aquel pastel.
FIN.
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