
Historias reales · Parte 1
Me operé con un doctor del mercado negro para ponerme tetas y culo… y ahora me arrepiento
Descarga todas las partes publicadas de este Click. Un único pago por ebook.
Escucha esta historia

🎧 Audiolibro Click · Parte 1
Me operé con un doctor del mercado negro para ponerme tetas y culo… y ahora me arrepiento
0:00 / 0:00
Listo para escuchar
Escucha MP3 gratis y sin cuenta. Para descargar, inicia sesión.
🎧 Escucha gratuita · sin registro · ⬇ Descarga con cuenta: 500 puntos por 2 descargas.
Detalles
- Autor
- Gylab Click
- Categoría
- Historias reales
- Click
- La belleza que casi me destruye
- Capítulo
- Parte 1
- Vistas
- 8
Sinopsis
Soy Susana Martínez, de Ciudad de México. Mi obsesión por tener tetas y culo me llevó a pagar una operación clandestina con un supuesto doctor que prometía resultados perfectos. Al principio todo parecía maravilloso, pero meses después mi cuerpo empezó a cambiar de una forma aterradora. Hoy me arrepiento y no sé cómo recuperar mi salud ni mi vida anterior.…
Leer la historia completa
CENTRO DE LECTURA
Tu historia, a tu manera
Lee toda la historia a tu ritmo u oculta el texto para escuchar el audiolibro.
📖 Lectura completaDesliza dentro del recuadro para leer a tu ritmo
Hola, Click. Me llamo Susana Martínez, soy de Ciudad de México, y voy a contarles algo que nunca pensé que terminaría confesando frente a desconocidos. Hace un tiempo habría dado cualquier cosa para que todos voltearan a verme. Hoy me cuesta salir por una botella de agua porque siento que las miradas se quedan sobre mi cuerpo. Y lo peor es que sé exactamente cómo llegué aquí. No fue un accidente que ocurrió de la nada. Fueron muchas decisiones pequeñas, muchas mentiras que me repetí y una operación clandestina que acepté aun cuando una de las personas que más me quiere me rogó que no lo hiciera.
Siempre quise tener más de lo que tenía. Me da vergüenza reconocerlo, pero así era yo: muy, muy presumida. Crecí en una colonia de la ciudad donde había que pensar dos veces antes de comprar zapatos nuevos. Mi mamá trabajaba atendiendo un puesto de comida y mi papá se fue cuando yo era pequeña. No nos faltó cariño, pero sí dinero. Recuerdo que una compañera llegó a la secundaria con una bolsa de marca y yo pasé la tarde buscando la manera de conseguir una parecida. No quería la bolsa por útil. Quería ver qué se sentía cuando alguien te miraba y decía: «Qué bonita, qué suerte tienes».
A los veintitantos comencé a seguir a mujeres que mostraban viajes, ropa de diseñador y cuerpos que parecían no tener una sola imperfección. No sabía cuánto de aquello estaba editado, financiado a crédito o preparado para las cámaras. Yo solo veía cinturas pequeñas, tetas grandes y un culo perfecto, y sentía que mi cuerpo no era suficiente. Un día dije frente al espejo: «Yo también me voy a poner tetas y culo». Lo dije riéndome, como si fuera una ocurrencia. Después lo repetí tanto que se volvió un plan. Y luego una obsesión.
Quiero aclarar que no creo que esté mal operarse por estética. Hay mujeres que toman esa decisión informadas, con médicos preparados, por razones personales y sin dejar de quererse a sí mismas. Mi problema no fue simplemente querer cambiar algo de mi cuerpo. Mi problema era que yo odiaba mirarme y creía que una operación iba a arreglarlo todo: mi inseguridad, mis deudas, mis relaciones y hasta el vacío que sentía cuando apagaba el teléfono. Si una foto tenía pocos «me gusta», me deprimía. Si otra mujer recibía un cumplido, yo me comparaba durante horas. Y si un hombre me rechazaba, concluía que debía hacerme algo más.
Un viernes me senté con mi amiga Mariana, que me conocía desde la preparatoria, en una cafetería de la Roma y le mostré las fotos de los cuerpos que quería conseguir. Mariana me escuchó y me preguntó cuánto dinero había ahorrado. Le dije una cantidad que era mentira. Me conocía demasiado.
—¿Es dinero que tienes o dinero que esperas conseguir?
Me molesté. Le respondí que no tenía derecho a interrogarme. Ella no levantó la voz; solo dijo:
—Si quieres operarte, busca profesionales acreditados, infórmate de los riesgos y espera a poder pagarlo. No pongas tu salud en manos de cualquiera por una foto.
Lo que no le conté aquella tarde fue que mis deudas ya eran mucho más grandes de lo que ella imaginaba. Había empezado a aceptar encuentros sexuales pagados para conseguir dinero. No voy a dar detalles porque esta historia no trata de eso, pero sí quiero ser clara: lo hice yo, siendo adulta, convencida de que podría reunir rápido lo que necesitaba. Algunas experiencias fueron incómodas y otras me hicieron sentir profundamente desconectada de mí misma. No pienso juzgar a las personas que realizan trabajo sexual; cada una tiene su historia y sus circunstancias. En mi caso, entré por desesperación, por presión que yo misma me había creado y por una necesidad enfermiza de aparentar. Me arrepiento de las situaciones en que me puse, de no haber cuidado mis límites y de haber mentido a quienes intentaban ayudarme.
Comencé a pedir presupuestos de cirugía estética. En clínicas serias me explicaban que necesitaba una valoración completa, estudios, tiempo de recuperación y dinero no solo para operarme, sino para los cuidados posteriores y cualquier complicación. Los costos estaban fuera de mi alcance. Yo me enfurecía. No pensaba en lo que incluía ese precio ni en la seguridad. Pensaba que me estaban cobrando por tener un cuerpo que otras mujeres mostraban gratis en internet. Buscaba alternativas a medianoche, comparaba anuncios y entraba a grupos donde desconocidas recomendaban «arreglitos económicos».
Así conocí el contacto que terminó cambiando mi vida. Una mujer publicó fotografías del antes y después de varias pacientes. Las cinturas parecían imposibles y los resultados, perfectos. Decía que trabajaban con un «doctor de mucha experiencia» que atendía discretamente, sin tantos trámites y por una fracción de lo que costaba una clínica formal. Le escribí. Contestó de inmediato. Me llamó «hermosa» y aseguró que podía conseguir exactamente lo que buscaba. Me envió una lista de precios y una promoción si me hacía los dos procedimientos. La cifra seguía siendo considerable para mí, pero por primera vez parecía alcanzable.
La supuesta coordinadora me dijo que tenía que reservar rápido porque solo quedaba un espacio con precio especial. Le mandé un adelanto. No le conté a Mariana. Dije en casa que estaba ahorrando para un viaje y seguí publicando fotos en las que parecía que cada semana vivía una nueva aventura. En realidad, juntaba billetes y revisaba el saldo del banco con angustia. Vendí algunas cosas, acepté más encuentros que después lamenté y dejé de pagar a tiempo varias cuentas. Cada sacrificio me parecía justificable porque imaginaba el día en que saldría de la operación convertida en otra mujer.
Mariana terminó enterándose por accidente. Estábamos en mi departamento cuando sonó mi teléfono. En la pantalla apareció un mensaje: «Confirma el resto del pago y la fecha del procedimiento». Ella lo vio antes de que pudiera esconderlo. Me preguntó quién era. Le conté a medias. Revisó el perfil que me habían enviado y, en pocos minutos, empezó a hacerme preguntas que yo había evitado durante semanas. No encontraba información verificable sobre el especialista, la dirección había cambiado dos veces y las fotografías aparecían repetidas en distintas cuentas.
—Susana, esto es peligrosísimo —me dijo—. No sabes quién va a operarte.
Me puse a la defensiva. Le dije que estaba exagerando, que era mi dinero y mi cuerpo. Ella insistió en que una cirugía no era lo mismo que hacerse las uñas y que una mala decisión podía costarme la salud.
—No lo hagas, por favor. Aunque pierdas el anticipo, no vayas —me pidió.
Lo recuerdo con una claridad insoportable. Estaba sentada en el borde de mi sofá, casi llorando de impotencia, mientras yo le respondía que tenía envidia porque sabía que iba a verme increíble. Apenas lo dije supe que había sido cruel. Mariana se quedó callada. Después tomó sus cosas y, antes de salir, me dijo:
—No tengo envidia de ti, Susi. Tengo miedo por ti.
Me quedé sola. Durante unos minutos abrí el perfil otra vez y noté cosas raras: comentarios desactivados, respuestas idénticas, pacientes que no parecían existir. Estuve a punto de cancelar. Tenía el número escrito y el mensaje preparado. Pero miré las fotos de los supuestos resultados y pensé en todas las veces que había dicho públicamente que pronto tendría el cuerpo de mis sueños. Pensé en el dinero adelantado y en la vergüenza de admitir que me habían engañado. Borré el mensaje de cancelación. Si alguien me pregunta cuál fue mi peor error, no sé si fue aquella decisión o las semanas de autoengaño que la precedieron.
El día de la operación salí temprano con una mochila. Le dije a mi mamá que iba a pasar unos días fuera por trabajo. No quería que me preguntara demasiado. La ubicación que me enviaron estaba en un edificio que no se parecía a las fotografías. Había un letrero pequeño, un elevador viejo y una sala con muebles nuevos que parecían colocados para aparentar limpieza. La mujer que me había escrito me recibió sonriendo. Me dijo que no tomara fotografías por la privacidad de los pacientes. Me pidió el resto del dinero antes de que viera al médico.
Todavía recuerdo el olor fuerte a desinfectante y lo mucho que me sudaban las manos. El hombre que se presentó como doctor habló conmigo pocos minutos. Me prometió un resultado muy llamativo, dijo que todo estaba controlado y minimizó las preguntas que hice sobre complicaciones. No recibí una explicación clara ni pude comprobar que el lugar contara con las condiciones necesarias para una cirugía de ese tipo. Había documentos sobre una mesa, pero apenas me dieron tiempo de leerlos. Cuando pregunté qué ocurriría si algo salía mal, me respondieron:
—Eso casi nunca pasa. No te preocupes.
Había tantas señales de alarma que hoy me da rabia recordarlas. Pero ya había pagado. Estaba lejos de casa, tenía miedo de quedar como una cobarde y seguía convencida de que al despertar iba a comenzar mi nueva vida. No quiero describir la operación como si supiera exactamente qué me hicieron, porque esa es precisamente una de las cosas que todavía intento averiguar. Me hablaron de implantes en el pecho y de un procedimiento para aumentar los glúteos, pero después los médicos que me atendieron no pudieron confirmar que se hubiera utilizado lo que me habían prometido. Yo entré creyendo que conocía el plan y salí sin tener documentación confiable de lo que habían puesto en mi cuerpo.
Cuando desperté estaba adolorida y confundida. Me dijeron que era normal, que descansara y siguiera unas indicaciones que me entregaron a toda prisa. No permanecí allí tanto tiempo como esperaba y no tuve el seguimiento que me habían hecho creer que recibiría. La coordinadora me mandó mensajes durante los primeros días asegurándome que la inflamación bajaría y que pronto vería los resultados. Yo quería confiar en ella. No le dije a nadie dónde me había operado. Ni siquiera a Mariana.
Las primeras semanas fueron difíciles, pero me convencí de que todo formaba parte de la recuperación. Me miraba con cautela, tomaba fotografías y comparaba cada cambio. Después de un tiempo llegó una etapa en la que, sinceramente, pensé que había conseguido lo que quería. La ropa me quedaba de otra manera. Recibía cumplidos. Personas que nunca habían prestado atención a mis publicaciones empezaron a escribirme. Yo respondía con frases sobre disciplina y amor propio. Algunas mujeres me preguntaban quién me había operado y yo evitaba dar el contacto, no porque quisiera protegerlas, sino porque comenzaba a sentir una vergüenza que ni siquiera entendía.
Después de meses en los que me creí invencible, una mañana desperté con un dolor que no estaba allí la noche anterior. Noté una zona dura en uno de los glúteos. Me molestaba al sentarme. Pensé que sería parte del proceso. Después apareció una irregularidad que no había visto antes. Algunos días se notaba más, otros menos. Le escribí a la coordinadora. Me respondió que era normal y que dejara de preocuparme. Más adelante el pecho comenzó a sentirse diferente de un lado. Había molestias, cambios de forma y una tirantez que no desaparecía. Intenté conseguir una cita con el supuesto doctor. Me dieron largas. Una semana me dijeron que estaba de viaje; otra, que su agenda estaba llena.
Una mañana desperté y supe que no podía seguir ignorándolo. Una de las zonas estaba más inflamada, me dolía y tenía cambios visibles en la piel. Me asusté de verdad. Llamé al número de la clínica y nadie respondió. Busqué la dirección y descubrí que el lugar había cerrado. El perfil donde había visto la promoción ya no existía. Los mensajes seguían en mi teléfono, pero las fotografías habían desaparecido. No sabía el nombre auténtico del hombre que me operó, no tenía un expediente completo y no podía demostrar qué materiales me habían utilizado. Me senté en el piso del baño y lloré como no había llorado en años.
Aquella misma tarde fui a recibir atención médica. Me evaluaron, me hicieron preguntas y me explicaron que necesitaba estudios para determinar qué estaba ocurriendo. No me dieron un diagnóstico definitivo basado únicamente en cómo me veía. Me hablaron de posibles complicaciones posquirúrgicas y de la importancia de conocer los materiales utilizados, pero yo no tenía esa información. Me explicaron también que algunos problemas relacionados con procedimientos estéticos pueden aparecer meses después, incluso cuando al principio parece que todo va bien. Lo que más recuerdo es la mirada seria de la doctora cuando le dije que no sabía si el hombre que me operó tenía una especialidad reconocida.
—Susana, vamos a ocuparnos de lo que está pasando ahora —me dijo—. Pero necesitas decirnos la verdad completa para poder ayudarte.
Lo siguiente fue todavía más duro. Los estudios y las valoraciones mostraron que tenía complicaciones que requerían atención especializada. No puedo decirles que todo mi cuerpo quedó destruido ni que sea imposible recuperarme, porque todavía hay cosas que los médicos están investigando. Lo que sí puedo decir es que tengo asimetrías, zonas endurecidas, cambios en la forma y molestias que han afectado mi vida diaria. Cuando me miro desnuda veo un cuerpo muy distinto del que tenía antes de operarme y también del resultado que me habían prometido. Hay días en que la palabra «deforme» me sale sola, aunque estoy intentando dejar de hablarme con tanta crueldad. Mi cuerpo no merece que lo odie por haber sufrido las consecuencias de una mala decisión.
La recuperación no ha sido una línea recta. He pasado por consultas, estudios y conversaciones difíciles sobre posibles tratamientos y correcciones. Me explicaron que no todo se resuelve con otra cirugía inmediata y que intervenir sin entender primero el problema podría empeorarlo. Me recomendaron llevar un seguimiento con especialistas debidamente acreditados. Estoy reuniendo documentación, guardando todos los comprobantes y considerando denunciar el establecimiento y a quienes me atendieron. No sé cuánto dinero necesitaré ni cuánto tiempo tomará. Tampoco voy a inventar un final milagroso para que esta historia suene bonita. Hoy sigo buscando una solución médica responsable.
Cuando finalmente le conté a Mariana, llevaba casi una semana sin dormir bien. Le mandé un mensaje sencillo: «Necesito hablar contigo. Tenías razón en preocuparte y me da vergüenza pedirte ayuda». Me respondió en menos de un minuto: «¿Dónde estás?». Llegó a mi departamento esa noche. Yo llevaba una sudadera enorme y tenía los ojos hinchados. Apenas la vi empecé a llorar. Ella dejó su bolso en el suelo y me abrazó sin preguntarme nada. Después nos sentamos en la cocina y le conté todo, desde la operación hasta los resultados de los estudios.
—Fui horrible contigo —le dije—. Te acusé de tenerme envidia cuando solo querías cuidarme.
Mariana se quedó callada un momento.
—Sí, me lastimaste —respondió—. Pero no vine para cobrarte aquello. Vine porque estás pasando por algo serio.
También tuve que contarle a mi mamá. Esa conversación fue una de las más difíciles. Le había mentido sobre viajes, deudas y hasta sobre la razón por la que faltaba tanto dinero en mi cuenta. Pensé que me gritaría. Se quedó en silencio, con las manos sobre la mesa. Después me preguntó si estaba recibiendo atención médica. Asentí. Me dijo que me acompañaría cuando pudiera y que necesitábamos revisar juntas las deudas para evitar que yo volviera a buscar soluciones peligrosas por desesperación. No me justificó ni fingió que mis decisiones habían sido buenas. Pero tampoco me hizo sentir que había dejado de ser su hija.
Sigo teniendo días muy malos. Hay mañanas en que no quiero mirarme al espejo y otras en que me angustia calcular cuánto costará la próxima consulta. Algunas prendas ya no me quedan como antes. He dejado de subir fotografías nuevas y personas que me seguían preguntan por qué estoy tan desaparecida. No les debo explicaciones sobre mi cuerpo, pero tampoco quiero seguir alimentando la imagen falsa de una vida perfecta. Cerré varias cuentas donde publicaba únicamente para presumir. Conservé una pequeña para hablar con mis amigas y compartir cosas cotidianas. Por primera vez en años subí una foto de un café sin fingir que estaba de vacaciones en un hotel caro.
No escribo esto para decir que toda cirugía estética sale mal. Sería injusto y falso. Tampoco para hacer sentir culpable a quien ha decidido cambiar algo de su apariencia. Es su cuerpo y merece tomar decisiones informadas. Mi historia trata de lo que ocurre cuando alguien está tan desesperada por conseguir un resultado que acepta una intervención de alto riesgo sin comprobar quién la realizará, dónde se hará y qué atención tendrá si surge una complicación. A mí me prometieron seguridad, resultados perfectos y un precio increíble. Compré la promesa porque era exactamente lo que quería escuchar.
Si alguien que está leyendo esto está considerando operarse, por favor no tome mi experiencia como una lista de miedos, sino como una razón para informarse. Busquen profesionales con credenciales verificables, instalaciones autorizadas, una explicación clara de los riesgos, documentación de lo que van a utilizar y un plan real de seguimiento. Desconfíen de quien los presione para pagar rápido o les prometa resultados sin riesgos. Y si ya se sometieron a un procedimiento y notan cambios preocupantes, no escondan los síntomas por vergüenza ni intenten arreglarlos con remedios improvisados. Busquen atención médica profesional. Lo digo porque yo perdí tiempo precioso intentando sostener una apariencia.
Hoy no sé si mi cuerpo volverá a verse como antes. Tampoco sé cuánto tardaré en sentirme cómoda con él. A veces quisiera tener una respuesta fácil para las personas que me preguntan qué voy a hacer. No la tengo. Estoy siguiendo mi tratamiento, organizando mis finanzas y aprendiendo a pedir ayuda. También quiero recibir apoyo psicológico, porque una parte de esta historia comenzó mucho antes de la cirugía. Necesito entender por qué llegué a creer que mi valor dependía de cuántas personas me miraban y por qué me parecía más terrible admitir que no tenía dinero que poner mi salud en peligro.
Si pudiera dejarles una sola reflexión sería esta: no permitan que la necesidad de aparentar les haga negociar su salud, su dignidad o su tranquilidad. Un cuerpo no es un trofeo para convencer a desconocidos de que somos felices. Y una fotografía llena de cumplidos no puede cuidar de nosotros cuando las luces se apagan y aparecen las consecuencias. Escuchen a quienes los quieren, hagan preguntas incómodas y recuerden que lo barato puede salir mucho más caro de lo que cabe en una factura. Yo todavía estoy aprendiendo a mirarme sin odio. Espero que, cuando vuelva a hacerlo con tranquilidad, no sea porque me vea perfecta, sino porque por fin entienda que nunca tuve que serlo.
Gracias por leerme, Click. Ojalá mi confesión le sirva a alguien para detenerse a tiempo. Y si otra persona está viviendo algo parecido, quiero decirle algo que necesito repetirme todos los días: pedir ayuda no es una vergüenza. La vergüenza no debería ser más fuerte que nuestras ganas de sanar.
Siempre quise tener más de lo que tenía. Me da vergüenza reconocerlo, pero así era yo: muy, muy presumida. Crecí en una colonia de la ciudad donde había que pensar dos veces antes de comprar zapatos nuevos. Mi mamá trabajaba atendiendo un puesto de comida y mi papá se fue cuando yo era pequeña. No nos faltó cariño, pero sí dinero. Recuerdo que una compañera llegó a la secundaria con una bolsa de marca y yo pasé la tarde buscando la manera de conseguir una parecida. No quería la bolsa por útil. Quería ver qué se sentía cuando alguien te miraba y decía: «Qué bonita, qué suerte tienes».
A los veintitantos comencé a seguir a mujeres que mostraban viajes, ropa de diseñador y cuerpos que parecían no tener una sola imperfección. No sabía cuánto de aquello estaba editado, financiado a crédito o preparado para las cámaras. Yo solo veía cinturas pequeñas, tetas grandes y un culo perfecto, y sentía que mi cuerpo no era suficiente. Un día dije frente al espejo: «Yo también me voy a poner tetas y culo». Lo dije riéndome, como si fuera una ocurrencia. Después lo repetí tanto que se volvió un plan. Y luego una obsesión.
Quiero aclarar que no creo que esté mal operarse por estética. Hay mujeres que toman esa decisión informadas, con médicos preparados, por razones personales y sin dejar de quererse a sí mismas. Mi problema no fue simplemente querer cambiar algo de mi cuerpo. Mi problema era que yo odiaba mirarme y creía que una operación iba a arreglarlo todo: mi inseguridad, mis deudas, mis relaciones y hasta el vacío que sentía cuando apagaba el teléfono. Si una foto tenía pocos «me gusta», me deprimía. Si otra mujer recibía un cumplido, yo me comparaba durante horas. Y si un hombre me rechazaba, concluía que debía hacerme algo más.
Un viernes me senté con mi amiga Mariana, que me conocía desde la preparatoria, en una cafetería de la Roma y le mostré las fotos de los cuerpos que quería conseguir. Mariana me escuchó y me preguntó cuánto dinero había ahorrado. Le dije una cantidad que era mentira. Me conocía demasiado.
—¿Es dinero que tienes o dinero que esperas conseguir?
Me molesté. Le respondí que no tenía derecho a interrogarme. Ella no levantó la voz; solo dijo:
—Si quieres operarte, busca profesionales acreditados, infórmate de los riesgos y espera a poder pagarlo. No pongas tu salud en manos de cualquiera por una foto.
Lo que no le conté aquella tarde fue que mis deudas ya eran mucho más grandes de lo que ella imaginaba. Había empezado a aceptar encuentros sexuales pagados para conseguir dinero. No voy a dar detalles porque esta historia no trata de eso, pero sí quiero ser clara: lo hice yo, siendo adulta, convencida de que podría reunir rápido lo que necesitaba. Algunas experiencias fueron incómodas y otras me hicieron sentir profundamente desconectada de mí misma. No pienso juzgar a las personas que realizan trabajo sexual; cada una tiene su historia y sus circunstancias. En mi caso, entré por desesperación, por presión que yo misma me había creado y por una necesidad enfermiza de aparentar. Me arrepiento de las situaciones en que me puse, de no haber cuidado mis límites y de haber mentido a quienes intentaban ayudarme.
Comencé a pedir presupuestos de cirugía estética. En clínicas serias me explicaban que necesitaba una valoración completa, estudios, tiempo de recuperación y dinero no solo para operarme, sino para los cuidados posteriores y cualquier complicación. Los costos estaban fuera de mi alcance. Yo me enfurecía. No pensaba en lo que incluía ese precio ni en la seguridad. Pensaba que me estaban cobrando por tener un cuerpo que otras mujeres mostraban gratis en internet. Buscaba alternativas a medianoche, comparaba anuncios y entraba a grupos donde desconocidas recomendaban «arreglitos económicos».
Así conocí el contacto que terminó cambiando mi vida. Una mujer publicó fotografías del antes y después de varias pacientes. Las cinturas parecían imposibles y los resultados, perfectos. Decía que trabajaban con un «doctor de mucha experiencia» que atendía discretamente, sin tantos trámites y por una fracción de lo que costaba una clínica formal. Le escribí. Contestó de inmediato. Me llamó «hermosa» y aseguró que podía conseguir exactamente lo que buscaba. Me envió una lista de precios y una promoción si me hacía los dos procedimientos. La cifra seguía siendo considerable para mí, pero por primera vez parecía alcanzable.
La supuesta coordinadora me dijo que tenía que reservar rápido porque solo quedaba un espacio con precio especial. Le mandé un adelanto. No le conté a Mariana. Dije en casa que estaba ahorrando para un viaje y seguí publicando fotos en las que parecía que cada semana vivía una nueva aventura. En realidad, juntaba billetes y revisaba el saldo del banco con angustia. Vendí algunas cosas, acepté más encuentros que después lamenté y dejé de pagar a tiempo varias cuentas. Cada sacrificio me parecía justificable porque imaginaba el día en que saldría de la operación convertida en otra mujer.
Mariana terminó enterándose por accidente. Estábamos en mi departamento cuando sonó mi teléfono. En la pantalla apareció un mensaje: «Confirma el resto del pago y la fecha del procedimiento». Ella lo vio antes de que pudiera esconderlo. Me preguntó quién era. Le conté a medias. Revisó el perfil que me habían enviado y, en pocos minutos, empezó a hacerme preguntas que yo había evitado durante semanas. No encontraba información verificable sobre el especialista, la dirección había cambiado dos veces y las fotografías aparecían repetidas en distintas cuentas.
—Susana, esto es peligrosísimo —me dijo—. No sabes quién va a operarte.
Me puse a la defensiva. Le dije que estaba exagerando, que era mi dinero y mi cuerpo. Ella insistió en que una cirugía no era lo mismo que hacerse las uñas y que una mala decisión podía costarme la salud.
—No lo hagas, por favor. Aunque pierdas el anticipo, no vayas —me pidió.
Lo recuerdo con una claridad insoportable. Estaba sentada en el borde de mi sofá, casi llorando de impotencia, mientras yo le respondía que tenía envidia porque sabía que iba a verme increíble. Apenas lo dije supe que había sido cruel. Mariana se quedó callada. Después tomó sus cosas y, antes de salir, me dijo:
—No tengo envidia de ti, Susi. Tengo miedo por ti.
Me quedé sola. Durante unos minutos abrí el perfil otra vez y noté cosas raras: comentarios desactivados, respuestas idénticas, pacientes que no parecían existir. Estuve a punto de cancelar. Tenía el número escrito y el mensaje preparado. Pero miré las fotos de los supuestos resultados y pensé en todas las veces que había dicho públicamente que pronto tendría el cuerpo de mis sueños. Pensé en el dinero adelantado y en la vergüenza de admitir que me habían engañado. Borré el mensaje de cancelación. Si alguien me pregunta cuál fue mi peor error, no sé si fue aquella decisión o las semanas de autoengaño que la precedieron.
El día de la operación salí temprano con una mochila. Le dije a mi mamá que iba a pasar unos días fuera por trabajo. No quería que me preguntara demasiado. La ubicación que me enviaron estaba en un edificio que no se parecía a las fotografías. Había un letrero pequeño, un elevador viejo y una sala con muebles nuevos que parecían colocados para aparentar limpieza. La mujer que me había escrito me recibió sonriendo. Me dijo que no tomara fotografías por la privacidad de los pacientes. Me pidió el resto del dinero antes de que viera al médico.
Todavía recuerdo el olor fuerte a desinfectante y lo mucho que me sudaban las manos. El hombre que se presentó como doctor habló conmigo pocos minutos. Me prometió un resultado muy llamativo, dijo que todo estaba controlado y minimizó las preguntas que hice sobre complicaciones. No recibí una explicación clara ni pude comprobar que el lugar contara con las condiciones necesarias para una cirugía de ese tipo. Había documentos sobre una mesa, pero apenas me dieron tiempo de leerlos. Cuando pregunté qué ocurriría si algo salía mal, me respondieron:
—Eso casi nunca pasa. No te preocupes.
Había tantas señales de alarma que hoy me da rabia recordarlas. Pero ya había pagado. Estaba lejos de casa, tenía miedo de quedar como una cobarde y seguía convencida de que al despertar iba a comenzar mi nueva vida. No quiero describir la operación como si supiera exactamente qué me hicieron, porque esa es precisamente una de las cosas que todavía intento averiguar. Me hablaron de implantes en el pecho y de un procedimiento para aumentar los glúteos, pero después los médicos que me atendieron no pudieron confirmar que se hubiera utilizado lo que me habían prometido. Yo entré creyendo que conocía el plan y salí sin tener documentación confiable de lo que habían puesto en mi cuerpo.
Cuando desperté estaba adolorida y confundida. Me dijeron que era normal, que descansara y siguiera unas indicaciones que me entregaron a toda prisa. No permanecí allí tanto tiempo como esperaba y no tuve el seguimiento que me habían hecho creer que recibiría. La coordinadora me mandó mensajes durante los primeros días asegurándome que la inflamación bajaría y que pronto vería los resultados. Yo quería confiar en ella. No le dije a nadie dónde me había operado. Ni siquiera a Mariana.
Las primeras semanas fueron difíciles, pero me convencí de que todo formaba parte de la recuperación. Me miraba con cautela, tomaba fotografías y comparaba cada cambio. Después de un tiempo llegó una etapa en la que, sinceramente, pensé que había conseguido lo que quería. La ropa me quedaba de otra manera. Recibía cumplidos. Personas que nunca habían prestado atención a mis publicaciones empezaron a escribirme. Yo respondía con frases sobre disciplina y amor propio. Algunas mujeres me preguntaban quién me había operado y yo evitaba dar el contacto, no porque quisiera protegerlas, sino porque comenzaba a sentir una vergüenza que ni siquiera entendía.
Después de meses en los que me creí invencible, una mañana desperté con un dolor que no estaba allí la noche anterior. Noté una zona dura en uno de los glúteos. Me molestaba al sentarme. Pensé que sería parte del proceso. Después apareció una irregularidad que no había visto antes. Algunos días se notaba más, otros menos. Le escribí a la coordinadora. Me respondió que era normal y que dejara de preocuparme. Más adelante el pecho comenzó a sentirse diferente de un lado. Había molestias, cambios de forma y una tirantez que no desaparecía. Intenté conseguir una cita con el supuesto doctor. Me dieron largas. Una semana me dijeron que estaba de viaje; otra, que su agenda estaba llena.
Una mañana desperté y supe que no podía seguir ignorándolo. Una de las zonas estaba más inflamada, me dolía y tenía cambios visibles en la piel. Me asusté de verdad. Llamé al número de la clínica y nadie respondió. Busqué la dirección y descubrí que el lugar había cerrado. El perfil donde había visto la promoción ya no existía. Los mensajes seguían en mi teléfono, pero las fotografías habían desaparecido. No sabía el nombre auténtico del hombre que me operó, no tenía un expediente completo y no podía demostrar qué materiales me habían utilizado. Me senté en el piso del baño y lloré como no había llorado en años.
Aquella misma tarde fui a recibir atención médica. Me evaluaron, me hicieron preguntas y me explicaron que necesitaba estudios para determinar qué estaba ocurriendo. No me dieron un diagnóstico definitivo basado únicamente en cómo me veía. Me hablaron de posibles complicaciones posquirúrgicas y de la importancia de conocer los materiales utilizados, pero yo no tenía esa información. Me explicaron también que algunos problemas relacionados con procedimientos estéticos pueden aparecer meses después, incluso cuando al principio parece que todo va bien. Lo que más recuerdo es la mirada seria de la doctora cuando le dije que no sabía si el hombre que me operó tenía una especialidad reconocida.
—Susana, vamos a ocuparnos de lo que está pasando ahora —me dijo—. Pero necesitas decirnos la verdad completa para poder ayudarte.
Lo siguiente fue todavía más duro. Los estudios y las valoraciones mostraron que tenía complicaciones que requerían atención especializada. No puedo decirles que todo mi cuerpo quedó destruido ni que sea imposible recuperarme, porque todavía hay cosas que los médicos están investigando. Lo que sí puedo decir es que tengo asimetrías, zonas endurecidas, cambios en la forma y molestias que han afectado mi vida diaria. Cuando me miro desnuda veo un cuerpo muy distinto del que tenía antes de operarme y también del resultado que me habían prometido. Hay días en que la palabra «deforme» me sale sola, aunque estoy intentando dejar de hablarme con tanta crueldad. Mi cuerpo no merece que lo odie por haber sufrido las consecuencias de una mala decisión.
La recuperación no ha sido una línea recta. He pasado por consultas, estudios y conversaciones difíciles sobre posibles tratamientos y correcciones. Me explicaron que no todo se resuelve con otra cirugía inmediata y que intervenir sin entender primero el problema podría empeorarlo. Me recomendaron llevar un seguimiento con especialistas debidamente acreditados. Estoy reuniendo documentación, guardando todos los comprobantes y considerando denunciar el establecimiento y a quienes me atendieron. No sé cuánto dinero necesitaré ni cuánto tiempo tomará. Tampoco voy a inventar un final milagroso para que esta historia suene bonita. Hoy sigo buscando una solución médica responsable.
Cuando finalmente le conté a Mariana, llevaba casi una semana sin dormir bien. Le mandé un mensaje sencillo: «Necesito hablar contigo. Tenías razón en preocuparte y me da vergüenza pedirte ayuda». Me respondió en menos de un minuto: «¿Dónde estás?». Llegó a mi departamento esa noche. Yo llevaba una sudadera enorme y tenía los ojos hinchados. Apenas la vi empecé a llorar. Ella dejó su bolso en el suelo y me abrazó sin preguntarme nada. Después nos sentamos en la cocina y le conté todo, desde la operación hasta los resultados de los estudios.
—Fui horrible contigo —le dije—. Te acusé de tenerme envidia cuando solo querías cuidarme.
Mariana se quedó callada un momento.
—Sí, me lastimaste —respondió—. Pero no vine para cobrarte aquello. Vine porque estás pasando por algo serio.
También tuve que contarle a mi mamá. Esa conversación fue una de las más difíciles. Le había mentido sobre viajes, deudas y hasta sobre la razón por la que faltaba tanto dinero en mi cuenta. Pensé que me gritaría. Se quedó en silencio, con las manos sobre la mesa. Después me preguntó si estaba recibiendo atención médica. Asentí. Me dijo que me acompañaría cuando pudiera y que necesitábamos revisar juntas las deudas para evitar que yo volviera a buscar soluciones peligrosas por desesperación. No me justificó ni fingió que mis decisiones habían sido buenas. Pero tampoco me hizo sentir que había dejado de ser su hija.
Sigo teniendo días muy malos. Hay mañanas en que no quiero mirarme al espejo y otras en que me angustia calcular cuánto costará la próxima consulta. Algunas prendas ya no me quedan como antes. He dejado de subir fotografías nuevas y personas que me seguían preguntan por qué estoy tan desaparecida. No les debo explicaciones sobre mi cuerpo, pero tampoco quiero seguir alimentando la imagen falsa de una vida perfecta. Cerré varias cuentas donde publicaba únicamente para presumir. Conservé una pequeña para hablar con mis amigas y compartir cosas cotidianas. Por primera vez en años subí una foto de un café sin fingir que estaba de vacaciones en un hotel caro.
No escribo esto para decir que toda cirugía estética sale mal. Sería injusto y falso. Tampoco para hacer sentir culpable a quien ha decidido cambiar algo de su apariencia. Es su cuerpo y merece tomar decisiones informadas. Mi historia trata de lo que ocurre cuando alguien está tan desesperada por conseguir un resultado que acepta una intervención de alto riesgo sin comprobar quién la realizará, dónde se hará y qué atención tendrá si surge una complicación. A mí me prometieron seguridad, resultados perfectos y un precio increíble. Compré la promesa porque era exactamente lo que quería escuchar.
Si alguien que está leyendo esto está considerando operarse, por favor no tome mi experiencia como una lista de miedos, sino como una razón para informarse. Busquen profesionales con credenciales verificables, instalaciones autorizadas, una explicación clara de los riesgos, documentación de lo que van a utilizar y un plan real de seguimiento. Desconfíen de quien los presione para pagar rápido o les prometa resultados sin riesgos. Y si ya se sometieron a un procedimiento y notan cambios preocupantes, no escondan los síntomas por vergüenza ni intenten arreglarlos con remedios improvisados. Busquen atención médica profesional. Lo digo porque yo perdí tiempo precioso intentando sostener una apariencia.
Hoy no sé si mi cuerpo volverá a verse como antes. Tampoco sé cuánto tardaré en sentirme cómoda con él. A veces quisiera tener una respuesta fácil para las personas que me preguntan qué voy a hacer. No la tengo. Estoy siguiendo mi tratamiento, organizando mis finanzas y aprendiendo a pedir ayuda. También quiero recibir apoyo psicológico, porque una parte de esta historia comenzó mucho antes de la cirugía. Necesito entender por qué llegué a creer que mi valor dependía de cuántas personas me miraban y por qué me parecía más terrible admitir que no tenía dinero que poner mi salud en peligro.
Si pudiera dejarles una sola reflexión sería esta: no permitan que la necesidad de aparentar les haga negociar su salud, su dignidad o su tranquilidad. Un cuerpo no es un trofeo para convencer a desconocidos de que somos felices. Y una fotografía llena de cumplidos no puede cuidar de nosotros cuando las luces se apagan y aparecen las consecuencias. Escuchen a quienes los quieren, hagan preguntas incómodas y recuerden que lo barato puede salir mucho más caro de lo que cabe en una factura. Yo todavía estoy aprendiendo a mirarme sin odio. Espero que, cuando vuelva a hacerlo con tranquilidad, no sea porque me vea perfecta, sino porque por fin entienda que nunca tuve que serlo.
Gracias por leerme, Click. Ojalá mi confesión le sirva a alguien para detenerse a tiempo. Y si otra persona está viviendo algo parecido, quiero decirle algo que necesito repetirme todos los días: pedir ayuda no es una vergüenza. La vergüenza no debería ser más fuerte que nuestras ganas de sanar.
El texto está oculto. El audiolibro puede seguir reproduciéndose. Pulsa «Texto completo» para volver a leer.

Comentarios
0 comentarios