Confesiones · Parte 1
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ConfesionesParte 1

Tengo novio desde hace 15 años, pero estoy enamorada de su mejor amiga. Soy lesbiana y no sé qué hacer.

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Tengo novio desde hace 15 años, pero estoy enamorada de su mejor amiga. Soy lesbiana y no sé qué hacer. Narrado desde Click · Gylab Click
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Detalles

Autor
Gylab Click
Categoría
Confesiones
Click
15 años juntos y un secreto
Capítulo
Parte 1
Vistas
5

Sinopsis

Tengo 33 años y llevo 15 con el mismo hombre. Nunca le he sido infiel, pero últimamente mis sentimientos por alguien muy cercano a él me han hecho cuestionar toda mi vida. No quiero lastimarlo, pero tampoco quiero seguir ocultando quién soy. ¿Qué harían ustedes?…

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Hola, Click. No sé si alguien va a entender lo que estoy a punto de contar, y probablemente muchas personas me van a juzgar, pero necesito sacarlo de mi pecho porque siento que estoy viviendo una vida que ya no me pertenece.

Tengo 33 años, llevo 15 años de relación con mi novio y estoy enamorada de su mejor amiga.

Sí, leyeron bien.

Su mejor amiga.

Una mujer.

Y después de pasar casi toda mi vida adulta intentando ignorar lo que siento, finalmente puedo decir algo que me ha costado muchísimo aceptar: soy lesbiana.

Antes de que comiencen a insultarme, quiero aclarar algo. Nunca le he sido infiel a mi novio. No lo he engañado, no he besado a otra persona a sus espaldas y jamás he mantenido una relación secreta. No lo hice antes, no lo estoy haciendo ahora y no pienso hacerlo en el futuro.

Pero hay algo que me está destruyendo por dentro.

Siento que desperdicié mi juventud tratando de cumplir con una vida que todos esperaban de mí, sin detenerme a descubrir qué quería realmente.

Conocí a mi novio cuando tenía 18 años. Voy a llamarlo Daniel porque no quiero utilizar su verdadero nombre.

Daniel tenía 19 cuando comenzamos a salir. Era atento, respetuoso y bastante romántico. Nos conocimos por unos amigos en común y, aunque al principio solamente hablábamos por mensajes, terminamos pasando prácticamente todos los días juntos.

Él fue mi primer novio formal.

Mi primer beso que realmente consideré importante.

Mi primera relación seria.

Y también la primera persona con la que imaginé construir una familia.

En aquel momento no me parecía extraño. Casi todas mis amigas tenían novio y muchas hablaban de casarse antes de los treinta. Mis padres estaban encantados con Daniel porque era responsable y siempre me trataba bien.

Todo el mundo decía que yo había tenido suerte.

Y durante mucho tiempo también lo creí.

A los 20 años ya hablábamos de vivir juntos. A los 23 comenzamos a ahorrar. A los 25 nuestras familias preguntaban cuándo nos casaríamos.

Ahora tengo 33 y seguimos juntos.

Quince años.

¿Se imaginan lo que significa pasar quince años con una sola persona?

Prácticamente toda mi juventud está relacionada con Daniel.

Mis cumpleaños.

Mis vacaciones.

Mis graduaciones.

Mis primeros trabajos.

Los viajes.

Las celebraciones familiares.

Si alguien abre las fotografías de mi vida adulta, Daniel aparece en casi todas.

Y eso es precisamente lo que hace que todo sea tan complicado.

Porque no puedo decir que Daniel sea una mala persona.

Ojalá fuera tan sencillo.

Ojalá pudiera contarles que me trata mal, que es irresponsable o que me ha engañado.

Pero no.

Daniel es una buena persona.

Me cuida cuando estoy enferma, se preocupa por mí, recuerda las cosas que me gustan y todavía tiene pequeños detalles que muchas amigas desearían recibir de sus parejas.

Hace unos meses llegó a casa con mi postre favorito porque sabía que había tenido una semana difícil.

Me abrazó y me dijo:

—Quería verte sonreír.

Y yo sonreí.

Después fui al baño y lloré.

Porque me sentí horrible.

Me pregunté cómo podía sentirme tan confundida estando con alguien que había hecho tantas cosas buenas por mí.

Durante años pensé que el problema era que nuestra relación se había vuelto rutinaria.

Es normal, ¿verdad?

Después de quince años ya no existen los mismos nervios de las primeras citas.

Ya no pasamos horas hablando por teléfono.

Conocemos prácticamente todas nuestras historias.

Sabemos qué comida pedirá el otro, qué película elegirá y cómo reaccionará cuando tenga un mal día.

Pensé que simplemente estábamos atravesando una etapa de monotonía.

Pero la verdad es que había algo más.

Algo que yo llevaba años intentando esconder, incluso de mí misma.

Desde adolescente me llamaban la atención algunas mujeres.

No sabía exactamente qué significaba.

Recuerdo que cuando mis amigas hablaban de los muchachos más atractivos del colegio, yo participaba para no sentirme diferente.

Decía que uno era guapo o que otro tenía una sonrisa bonita.

Y probablemente lo pensaba de verdad.

Pero nunca experimentaba la misma emoción que describían mis amigas.

En cambio, había compañeras a las que miraba demasiado.

Me ponía nerviosa cuando alguna me abrazaba.

Sentía algo extraño cuando una chica que admiraba me tomaba de la mano.

Pero nunca lo interpreté como atracción.

Me decía que era admiración.

Que simplemente quería parecerme a ellas.

Que todas las mujeres sentíamos curiosidad por otras mujeres.

Y cuando empecé a salir con Daniel, dejé de hacerme aquellas preguntas.

¿Por qué iba a cuestionarme algo que parecía estar funcionando?

Tenía un novio al que todos querían.

Una relación estable.

Planes para el futuro.

Y una familia que estaba orgullosa de mí.

Así que continué.

Pasaron cinco años.

Después diez.

Y cuando me di cuenta, había cumplido treinta sin haber experimentado la vida de una mujer soltera.

Nunca tuve la oportunidad de conocer diferentes personas sin sentir que estaba comprometiendo mi relación.

Nunca salí con otra mujer.

Nunca descubrí cómo sería tener una cita con alguien que realmente despertara en mí aquella emoción que llevaba años intentando comprender.

Y quiero que entiendan algo.

No estoy diciendo que todas las personas deban tener muchas parejas para ser felices.

Sé que hay quienes conocen al amor de su vida a los dieciocho años y construyen una relación maravillosa.

Me parece precioso.

Pero yo nunca tuve la oportunidad de preguntarme si esa era realmente la vida que quería.

Simplemente comencé una relación y seguí adelante porque parecía lo correcto.

Hasta que apareció ella.

Voy a llamarla Andrea.

Andrea tiene 32 años y es una de las mejores amigas de Daniel.

Se conocen desde la universidad y siempre han tenido una amistad muy cercana.

Aclaro esto porque sé lo que algunos van a pensar: no, Andrea y Daniel nunca fueron pareja. No hubo ninguna relación romántica entre ellos. Siempre se han tratado como amigos, casi como hermanos.

Yo la conocí hace aproximadamente cuatro años, cuando regresó a nuestra ciudad después de trabajar un tiempo en el extranjero.

Daniel estaba emocionadísimo.

—Tienes que conocerla —me decía—. Es una de las personas más importantes de mi vida.

Recuerdo perfectamente la primera vez que la vi.

Estábamos en un restaurante con varios amigos.

Andrea llegó un poco tarde, con el cabello recogido, unos jeans y una camisa blanca.

Nada especialmente llamativo.

Pero cuando sonrió, sentí algo que llevaba muchísimo tiempo sin experimentar.

Nervios.

Nervios verdaderos.

Me dio vergüenza mirarla demasiado.

Cuando Daniel nos presentó, ella me abrazó y dijo:

—¡Por fin conozco a la famosa novia de Daniel!

Me reí.

Pero recuerdo que durante toda la cena estuve demasiado pendiente de ella.

De cómo hablaba.

De cómo se reía.

De la manera en que movía las manos cuando contaba una historia.

Me pareció una mujer increíble.

Al principio me convencí de que simplemente me caía muy bien.

Y la verdad es que nos hicimos amigas rápidamente.

Andrea es divertida, inteligente y bastante espontánea.

Tiene esa facilidad de hacerte sentir cómoda incluso cuando apenas la conoces.

Comenzamos a salir los tres.

Después, en algunas ocasiones, salíamos solamente ella y yo.

Íbamos por café, de compras o a caminar.

Daniel estaba feliz.

—Me encanta que las dos se lleven tan bien —me decía—. Son mis personas favoritas.

Si supiera cuánto me duele recordar esa frase.

Porque mientras nuestra amistad crecía, mis sentimientos comenzaron a cambiar.

Al principio eran cosas pequeñas.

Esperaba sus mensajes.

Me emocionaba cuando me invitaba a salir.

Pasaba demasiado tiempo eligiendo qué ropa ponerme si sabía que iba a verla.

Y cuando me abrazaba para despedirse, deseaba que el abrazo durara unos segundos más.

Empecé a compararlo con lo que sentía al estar con Daniel.

Y eso me asustó.

Muchísimo.

Porque nunca había sentido por él aquella intensidad.

Lo quiero.

Le tengo cariño.

Confío en él.

Hemos compartido momentos maravillosos.

Pero lo que Andrea despertaba en mí era completamente distinto.

La primera vez que me di cuenta de que podía estar enamorándome de ella fue durante una tarde lluviosa.

Habíamos salido por café y comenzó a llover tan fuerte que decidimos quedarnos dentro del automóvil esperando que pasara.

Andrea puso música.

Después empezó a contarme una historia absurda sobre su trabajo y terminó riéndose tanto que se le salieron las lágrimas.

Yo me quedé observándola.

Y pensé algo que me dejó helada.

Quiero besarla.

No fue una idea pasajera.

No fue una simple curiosidad.

Realmente deseaba acercarme y besarla.

Me sentí tan culpable que aparté la mirada inmediatamente.

Andrea notó que me había quedado callada.

—¿Estás bien?

—Sí, claro.

—Te quedaste muy seria.

—Solo estaba pensando.

Ella sonrió.

—Pues deja de pensar tanto. La vida es demasiado corta.

Me reí para disimular.

Pero aquella frase se quedó conmigo durante semanas.

La vida es demasiado corta.

Y yo llevaba años viviendo como si tuviera todo el tiempo del mundo para descubrir quién era.

Esa noche regresé a casa.

Daniel estaba preparando la cena.

Me besó y preguntó cómo me había ido.

—Muy bien —respondí.

Era verdad.

Me había ido demasiado bien.

Y eso me hizo sentir terrible.

Con el paso del tiempo comencé a buscar información sobre orientación sexual, sobre mujeres que descubrían su lesbianismo después de pasar años en relaciones con hombres y sobre personas que habían confundido durante mucho tiempo el cariño con el amor romántico.

Leí muchísimas experiencias.

Algunas me hicieron llorar.

Otras me parecieron demasiado cercanas a mi propia vida.

Y poco a poco comencé a comprender algo que había ignorado desde adolescente.

No era solamente Andrea.

Ella había despertado preguntas que llevaban años esperando una respuesta.

Cuando imaginaba una relación romántica con una mujer, sentía ilusión.

Cuando me imaginaba casándome con Daniel, sentía tranquilidad por conservar nuestra vida, pero también una tristeza que no sabía explicar.

La idea de pasar otros quince o veinte años sin explorar aquella parte de mí comenzó a asustarme.

Y después de mucho tiempo intentando encontrar otra explicación, pude decirlo en voz alta.

Estaba sola en mi habitación.

Me miré al espejo y dije:

—Soy lesbiana.

Comencé a llorar.

No porque creyera que hubiera algo malo en serlo.

Sino porque tenía 33 años y sentía que acababa de descubrir una parte fundamental de mí demasiado tarde.

Sé que nunca es tarde para conocerse.

Pero también sé que no puedo recuperar los años que ya pasaron.

Y eso me duele.

Me duele pensar en las experiencias que no tuve.

En las personas que nunca conocí.

En las veces que oculté mis emociones porque creía que debía estar satisfecha con la relación que tenía.

A veces me siento egoísta por pensar así.

Daniel me ha dado quince años de cariño y compañía.

No quiero convertir nuestra historia en algo falso.

Hubo momentos felices.

Lo quise sinceramente.

Pero ahora me pregunto si ese amor siempre fue más parecido a una amistad profunda que a la clase de relación romántica que yo necesitaba.

Y me siento culpable porque él no sabe nada.

No sabe que cuando hablamos de casarnos me quedo callada porque no puedo imaginarme feliz frente a un altar.

No sabe que he llorado después de algunas conversaciones sobre tener hijos.

No sabe que estoy enamorada de su mejor amiga.

Y lo peor es que Andrea tampoco lo sabe.

Nunca se lo he confesado.

Nunca intenté besarla.

Nunca le envié mensajes románticos.

No he tenido encuentros secretos ni conversaciones que intenten convertir nuestra amistad en una relación a escondidas.

Incluso comencé a verla menos porque comprendí que necesitaba ordenar mis sentimientos.

Ella me preguntó hace unas semanas:

—¿Hice algo malo? Te siento distante.

Casi me pongo a llorar.

—No, Andrea. No hiciste nada.

—Entonces, ¿qué pasa?

Le dije que estaba atravesando un momento personal complicado.

No fue toda la verdad.

Pero tampoco quería contarle algo tan importante sin haber resuelto primero qué iba a hacer con Daniel.

Andrea me abrazó.

—Sabes que puedes contar conmigo para lo que sea.

Y ahí estaba yo, deseando decirle que parte del problema era precisamente lo que sentía por ella.

Pero me quedé callada.

A veces pienso que ni siquiera sé si Andrea siente atracción por las mujeres.

Nunca hemos tenido una conversación profunda sobre su orientación.

La he visto salir con hombres, pero eso no significa que pueda asumir nada sobre lo que siente.

Y aunque ella pudiera enamorarse de otra mujer, tampoco significa que sentiría lo mismo por mí.

Soy consciente de que podría terminar mi relación de quince años y descubrir que Andrea nunca me verá como algo más que una amiga.

Me da miedo.

Muchísimo.

Pero hay algo que me asusta todavía más.

Pasar el resto de mi vida preguntándome qué habría ocurrido si hubiera sido sincera conmigo misma.

Hace un mes Daniel me llevó a cenar.

Era nuestro aniversario.

Quince años juntos.

Reservó una mesa bonita, me llevó flores y recordó varias historias de cuando éramos adolescentes.

Nos reímos muchísimo.

Por un momento todo parecía normal.

Hasta que empezó a hablar del futuro.

—Estaba pensando que podríamos comenzar a buscar una casa más grande —me dijo—. Y quizá el próximo año finalmente organizar la boda.

Sentí un nudo en el estómago.

Daniel sonrió.

—¿Qué opinas?

Lo miré.

Era el muchacho que había conocido cuando tenía dieciocho años.

El hombre que había estado conmigo cuando falleció mi abuela.

El que me acompañó durante mis estudios.

El que me sostuvo cuando perdí mi primer trabajo.

¿Cómo le explicas a alguien así que ya no sabes si puedes construir el futuro que lleva tantos años imaginando contigo?

—No sé si estoy preparada —respondí.

Su sonrisa desapareció lentamente.

—¿Después de quince años?

No supe qué decir.

Daniel bajó la mirada.

—Últimamente siento que estás lejos de mí.

Aquellas palabras me dolieron.

—No quiero lastimarte.

Me tomó la mano.

—Entonces dime qué está pasando.

Quise contárselo.

De verdad.

Pero tuve miedo.

Miedo de verlo llorar.

Miedo de perder su amistad.

Miedo de que su familia me odiara.

Miedo de perder a Andrea también.

Y, sobre todo, miedo de aceptar que una relación que ha ocupado prácticamente toda mi vida podría terminar.

Así que le dije que estaba confundida y necesitaba tiempo.

Él no discutió.

Solamente respondió:

—Está bien. Pero no me dejes esperando una respuesta para siempre.

Desde aquella noche casi no puedo dormir.

He pensado incluso en buscar terapia para comprender mejor mis sentimientos y encontrar una manera responsable de hablar con él.

También he pensado en terminar nuestra relación sin mencionar a Andrea, porque no quiero destruir una amistad de tantos años.

Pero después me pregunto si estaría ocultando una parte demasiado importante de la verdad.

Y tampoco quiero seguir viviendo con mentiras.

Sé que no puedo controlar lo que siento.

Pero sí puedo decidir qué hago con esos sentimientos.

No quiero engañar a Daniel.

No quiero involucrar a Andrea en una relación secreta.

No quiero que ninguno de los dos termine sufriendo por decisiones que yo no me atreví a tomar a tiempo.

Al mismo tiempo, tampoco quiero continuar una relación solamente porque me da miedo salir de ella.

Click, me siento atrapada entre la gratitud por los quince años que compartí con Daniel y el deseo de descubrir quién soy realmente.

Hay días en los que pienso que debería terminar nuestra relación, quedarme soltera durante un tiempo y aprender a vivir sin depender emocionalmente de alguien a quien conozco desde los dieciocho años.

Ni siquiera sé si sería buena idea intentar algo con Andrea después.

Quizá necesito estar sola.

Conocerme.

Aprender qué me gusta.

Viajar sin tener que planearlo todo como pareja.

Salir a una cita con una mujer algún día, sin sentir que estoy traicionando a nadie.

O simplemente descubrir cómo es mi vida cuando no estoy intentando cumplir las expectativas de otra persona.

Pero otros días miro a Daniel y siento una tristeza enorme.

Porque sé que, si le digo la verdad, puedo romperle el corazón.

Y él no hizo nada para merecerlo.

También he comenzado a preguntarme si parte de mi enamoramiento por Andrea está relacionado con todo aquello que siento que no viví. Tal vez ella representa una libertad que nunca me permití explorar. Tal vez mis sentimientos son más profundos que eso. No lo sé con certeza, pero tengo claro que mi orientación no depende de que Andrea me corresponda.

Soy lesbiana.

Estoy intentando aceptar esa verdad.

Y quisiera poder hacerlo sin sentir que por eso tengo que convertirme en la villana de la historia de Daniel.

No pretendo que quince años de relación desaparezcan de un día para otro.

Tampoco pretendo que él comprenda todo inmediatamente.

Si alguien me dijera que la persona con quien imaginé construir mi futuro acaba de descubrir que no puede amarme como yo esperaba, seguramente también me sentiría destrozada.

Por eso quiero hacer las cosas bien.

Aunque todavía no sepa cómo.

Hay algo de lo que sí estoy segura: nunca he sido infiel y no voy a comenzar ahora.

No voy a besar a Andrea mientras continúe con Daniel.

No voy a buscar una relación escondida para averiguar si realmente me gustan las mujeres.

Y no voy a utilizar el cariño de mi novio como una especie de seguridad económica o emocional mientras intento construir una vida con otra persona.

Él merece tener la oportunidad de encontrar a alguien que desee estar con él plenamente.

Y yo también merezco descubrir si existe una vida en la que no tenga que esconder una parte tan importante de mí.

Pero entenderlo no hace que tomar la decisión sea fácil.

Ayer encontré una caja con fotografías nuestras.

Daniel y yo a los dieciocho.

Daniel y yo a los veintidós.

Nuestro primer viaje juntos.

Nuestra primera Navidad viviendo en el mismo apartamento.

Me quedé observándolas durante casi una hora.

Lloré muchísimo.

Porque comprendí que posiblemente estoy acercándome al final de una historia que, durante quince años, pensé que duraría toda la vida.

Y aunque sé que necesito ser sincera, todavía me cuesta imaginar el momento en que tenga que sentarme frente a él y decirle:

«Daniel, te quiero muchísimo, pero he descubierto que soy lesbiana y no puedo seguir prometiéndote un futuro romántico que ya no siento verdadero para mí».

Solo escribir esas palabras me hace temblar.

Tengo miedo de perderlo.

Pero también tengo miedo de perderme a mí misma por continuar huyendo de esta conversación.

Así que quiero preguntarles algo, Click, y de verdad necesito leer sus opiniones.

¿Ustedes qué harían en mi lugar?

¿Terminarían una relación de quince años para comenzar a descubrirse a los 33?

¿Le contarían a Daniel que están enamoradas de su mejor amiga o hablarían primero solamente de la orientación sexual y de lo que está ocurriendo con la relación?

¿Se alejarían de Andrea definitivamente, al menos mientras se aclara todo?

¿Creen que es egoísta desear experimentar una vida que nunca tuve, incluso cuando eso podría lastimar a una persona que me ha querido durante tantos años?

Y especialmente quiero preguntarle a cualquier mujer que haya descubierto su orientación después de pasar años con un hombre:

¿Cómo encontraron el valor para comenzar de nuevo sin sentir que habían desperdiciado toda su vida anterior?

No quiero justificar una infidelidad porque no pienso cometerla.

No estoy buscando que me digan que Daniel es el malo porque no lo es.

Solamente estoy intentando comprender cómo ser honesta con alguien a quien quiero sin seguir siendo deshonesta conmigo misma.

Tengo 33 años.

Llevo quince años con el mismo hombre.

Estoy enamorada de su mejor amiga.

Y creo que, por primera vez en mi vida, necesito aprender a estar sola antes de decidir con quién quiero compartir mi futuro.

Gracias por leer mi confesión, Click.

No sé cuál será el final de esta historia.

Pero espero que, cuando llegue el momento de tomar una decisión, tenga el valor de hacerlo con respeto, sin traicionar a nadie y sin volver a abandonarme a mí misma.
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