
Historias reales · Parte 1
Tuve relaciones sin protección y terminé pagando un precio que nunca imaginé
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Tuve relaciones sin protección y terminé pagando un precio que nunca imaginé
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Detalles
- Autor
- Gylab Click
- Categoría
- Historias reales
- Click
- Nunca usé protección y perdí a la mujer que amaba
- Capítulo
- Parte 1
- Vistas
- 7
Sinopsis
Gabriel llevaba años teniendo relaciones sin protección, convencido de que nunca le ocurriría nada. Cuando conoció al amor de su vida, decidió ocultar una mentira sobre su salud. Tiempo después, un diagnóstico inesperado lo obligó a enfrentar sus decisiones, el miedo de haber perjudicado a su pareja y una verdad que cambiaría su vida para siempre.…
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El día que el médico me dijo que tenía VIH, lo primero que pensé no fue en mi salud.
Pensé en mi novia.
En las noches que habíamos pasado juntos, en todas las veces que le dije que no necesitábamos usar preservativo porque éramos una pareja estable y, sobre todo, en aquella conversación donde me preguntó si me había hecho pruebas antes de conocerla.
Yo le había dicho que sí.
Era mentira.
Me llamo Gabriel, tengo 31 años y soy de Guadalajara, México. Durante mucho tiempo fui de esos hombres que presumían de sus conquistas y creían que las enfermedades de transmisión sexual solamente les ocurrían a otras personas.
No era ignorante. Sabía perfectamente que existían.
Simplemente pensaba que podía reconocer a alguien que estuviera enfermo.
Si una mujer se veía saludable, tenía un buen trabajo y parecía una persona responsable, yo asumía que no había ningún peligro.
Ahora me avergüenza escribirlo.
Porque después descubrí que muchas infecciones pueden no presentar síntomas durante bastante tiempo.
Y que alguien puede transmitir una infección sin siquiera saber que la tiene.
Lo más terrible no fue recibir un diagnóstico. Fue tener que mirar a los ojos a la mujer que amaba y confesarle que había puesto su salud en riesgo por mi irresponsabilidad.
Los años en los que creía que nada podía pasarme
A los veinticinco años comencé a trabajar organizando eventos.
Mi empleo me permitía conocer mucha gente.
Salía constantemente, asistía a fiestas y viajaba a diferentes ciudades.
Nunca fui una persona especialmente atractiva, pero tenía facilidad para conversar y hacer amigos.
Con el tiempo comencé a tener relaciones casuales.
No llevaba una cuenta exacta de cuántas parejas había tenido.
Algunas eran mujeres que conocía durante los eventos. Otras eran personas con las que salía durante algunas semanas.
No estoy orgulloso de cómo me comportaba.
En muchas ocasiones decía cosas que no sentía solamente para conseguir atención.
También hubo situaciones donde acepté tener relaciones sin preservativo porque la otra persona decía que estaba utilizando anticonceptivos.
Y ahí estaba uno de mis mayores errores.
Confundía evitar un embarazo con evitar una infección de transmisión sexual.
En una ocasión un amigo me preguntó si no me daba miedo contraer alguna enfermedad.
Le respondí bromeando:
—Tampoco salgo con cualquiera.
Hoy recuerdo aquella frase y siento vergüenza.
Porque estaba juzgando el riesgo por la apariencia de las personas.
Como si una infección pudiera reconocerse por la ropa, el trabajo o la personalidad de alguien.
Nunca me hice pruebas periódicas.
No preguntaba por resultados médicos.
Y si alguna pareja mencionaba utilizar protección, a veces intentaba convencerla de que no era necesario.
Me gustaría decir que cambié por madurez.
Pero no fue así.
Cambié cuando ya había consecuencias.
La mujer con la que quería formar una familia
Conocí a Sofía cuando tenía veintinueve años.
Trabajaba como diseñadora gráfica y tenía una forma de ser completamente diferente de la mía.
Era tranquila, organizada y bastante directa.
Nos conocimos en el cumpleaños de un compañero de trabajo.
Hablamos durante casi toda la noche.
Al día siguiente le escribí y comenzamos a salir.
Con Sofía experimenté algo que no había sentido en mucho tiempo.
No necesitaba impresionar a nadie.
Podíamos pasar una tarde cocinando, viendo películas o simplemente conversando.
Después de varios meses comenzamos una relación formal.
Ella sabía que yo había tenido una vida sentimental bastante activa.
Nunca me juzgó por eso.
Pero una noche me hizo una pregunta importante.
—Gabriel, ¿cuándo fue la última vez que te hiciste pruebas de infecciones de transmisión sexual?
Me quedé sorprendido.
Le dije que estaba todo bien.
Ella insistió.
—No te estoy acusando de nada. Creo que ambos deberíamos hacernos estudios antes de dejar de usar preservativo.
Yo lo tomé como una falta de confianza.
Le dije que estaba sano y que no tenía síntomas.
Sofía me explicó que eso no garantizaba nada.
Pero yo seguí insistiendo.
Finalmente le aseguré que me había hecho pruebas recientemente.
Fue una mentira estúpida.
Una mentira que dije para evitar una conversación incómoda.
Con el tiempo dejamos de utilizar preservativo.
Y durante meses no pasó nada que nos hiciera sospechar que existía un problema.
Hablábamos de mudarnos juntos.
Incluso habíamos comenzado a ahorrar para un viaje.
Yo estaba convencido de que había encontrado a la mujer con la que quería pasar el resto de mi vida.
Hasta que recibí un mensaje de alguien de mi pasado.
El mensaje que me hizo sentir miedo
Una tarde recibí un mensaje de una mujer con la que había salido antes de conocer a Sofía.
La llamaré Daniela.
No habíamos hablado en casi dos años.
Su mensaje era corto.
Me decía que recientemente había recibido un diagnóstico de una infección de transmisión sexual y que estaba contactando a algunas parejas anteriores para recomendarles hacerse pruebas.
No afirmaba que yo estuviera infectado.
Tampoco decía quién había contagiado a quién.
Simplemente estaba intentando actuar responsablemente.
Pero cuando terminé de leer, sentí un miedo que nunca había experimentado.
Recordé que con ella había tenido relaciones sin protección.
Y después recordé a otras personas.
Comencé a hacer cuentas.
Fechas.
Viajes.
Relaciones que ni siquiera recordaba con claridad.
Esa noche apenas dormí.
Al día siguiente busqué una clínica donde realizarme estudios.
No le dije nada a Sofía.
Pensé que primero debía comprobar que todo estuviera bien.
Me realizaron pruebas para diferentes infecciones.
Algunas dieron resultados negativos.
Pero una prueba inicial de VIH salió reactiva.
Me explicaron que necesitaba una evaluación y pruebas confirmatorias.
Recuerdo que el médico hablaba y yo apenas podía concentrarme.
Pregunté si podía tratarse de un error.
Me dijo que todavía debíamos confirmar el resultado.
Durante los siguientes días viví con un miedo constante.
Revisaba mi teléfono.
Buscaba información médica.
Intentaba comportarme normalmente delante de Sofía.
Pero por dentro estaba completamente destruido.
Finalmente recibí el resultado confirmatorio.
Era positivo.
Tenía VIH.
La mentira que terminó destruyendo mi relación
El médico me explicó que el VIH actualmente tiene tratamientos muy eficaces y que, con seguimiento y medicación adecuados, muchas personas pueden llevar una vida larga y saludable.
También me habló de algo que yo desconocía.
Cuando una persona con VIH recibe tratamiento y mantiene una carga viral indetectable de forma sostenida, no transmite el virus por vía sexual.
Pero en aquel momento apenas podía escuchar.
Solamente pensaba en Sofía.
Pregunté si podía haberla infectado.
El médico me explicó que necesitaba hablar con ella cuanto antes para que recibiera orientación y pruebas, y que no debíamos asumir resultados sin evaluarla.
Salí de la clínica sintiendo que el mundo se había detenido.
Durante varios días intenté encontrar una manera de contárselo.
Ensayaba conversaciones frente al espejo.
Pensaba que me dejaría.
Que me odiaría.
Que contaría lo sucedido a todo el mundo.
Pero mientras más tiempo pasaba, más consciente era de que no podía seguir ocultándolo.
Una noche le pedí que se sentara conmigo.
Le dije que necesitábamos hablar.
Sofía me miró preocupada.
—¿Qué pasó?
Comencé a llorar.
Le expliqué que me había hecho estudios y que había recibido un diagnóstico de VIH.
Se quedó inmóvil.
Después hizo una pregunta.
—Gabriel, ¿vos sabías que tenías esto cuando empezamos a salir?
Le respondí que no.
Era verdad.
Entonces me preguntó cuándo me había hecho las pruebas anteriores que le había mencionado.
Bajé la cabeza.
—Nunca me las hice.
Su expresión cambió completamente.
No gritó.
No me insultó.
Solamente se quedó mirándome.
Después dijo algo que todavía escucho cuando intento dormir.
—No tenías derecho a tomar esa decisión por mí.
Comenzó a llorar.
Me preguntó por qué le había mentido.
Le dije que tenía miedo de que desconfiara de mí.
Ella respondió:
—Yo confiaba en vos. Por eso te pregunté.
Aquella noche comprendí que no solamente había sido irresponsable con mi salud.
También había destruido la confianza de una persona que me amaba.
Las semanas más oscuras de mi vida
Sofía se hizo las pruebas correspondientes con orientación médica.
El primer resultado fue negativo.
Pero necesitaba seguir las indicaciones sobre los controles posteriores para descartar una infección reciente.
Durante aquel período casi no nos vimos.
Ella se quedó con su hermana.
Yo permanecí en el apartamento.
Pasaba las noches despierto pensando en todo lo que podía ocurrir.
Por primera vez sentía miedo de abrir el teléfono.
No quería encontrar un mensaje donde Sofía me dijera que también había dado positivo.
Comencé mi atención médica especializada y el tratamiento antirretroviral.
Los profesionales me explicaron cómo controlar la infección y la importancia de no interrumpir la medicación.
Pero emocionalmente estaba muy mal.
Sentía vergüenza.
Había leído tantas cosas negativas sobre las personas con VIH que terminé repitiéndomelas a mí mismo.
Pensaba que nadie volvería a quererme.
Que nunca podría tener una familia.
Que mi vida había terminado.
Mi médico me recomendó apoyo psicológico y me explicó que el diagnóstico no definía mi valor como persona.
Comencé terapia.
Fue difícil.
Tuve que enfrentar cosas que llevaba años evitando.
Mi necesidad de sentirme deseado.
La manera en que utilizaba las relaciones casuales para buscar aprobación.
Y esa costumbre de mentir cuando la verdad podía hacerme quedar mal.
Comprendí que la infección no era un castigo moral.
Pero también que algunas decisiones que tomé habían aumentado mis riesgos y perjudicado la confianza de Sofía.
Las dos cosas podían ser ciertas al mismo tiempo.
Cuando Sofía me dio la noticia
Meses después, Sofía terminó los controles indicados por su equipo médico.
Sus resultados continuaron siendo negativos.
Cuando me lo contó, me puse a llorar.
Sentí un alivio que no puedo describir.
Durante meses había vivido con el miedo de haberle transmitido el virus.
Le dije que estaba agradecido.
Ella permaneció callada durante unos segundos.
Después me dijo que necesitaba terminar nuestra relación.
Le pregunté si era por el VIH.
Negó con la cabeza.
—Gabriel, si me hubieras contado la verdad desde el principio, habríamos tomado decisiones juntos.
Intenté responder, pero me interrumpió.
—El problema no es solamente tu diagnóstico. El problema es que te pregunté algo importante sobre nuestra salud y me mentiste.
No supe qué decir.
Porque tenía razón.
Sofía nunca me insultó por tener VIH.
Nunca dijo que fuera una persona sucia.
Nunca me trató como si mi diagnóstico me hiciera menos humano.
Simplemente ya no confiaba en mí.
Y esa fue una pérdida que ningún tratamiento médico podía reparar.
Unas semanas después recogió las últimas cosas que tenía en mi apartamento.
Antes de irse me abrazó.
Me dijo que esperaba que cuidara mi salud.
Después cerró la puerta.
Y no volvimos a estar juntos.
Lo que nadie me había explicado sobre las infecciones
Desde mi diagnóstico comencé a informarme de verdad.
Descubrí que había muchas cosas que no entendía.
El VIH no es lo mismo que el sida.
La sífilis puede tratarse y curarse, pero sin atención médica puede ocasionar complicaciones graves.
Otras infecciones, como la clamidia y la gonorrea, pueden pasar inadvertidas y provocar problemas si no se diagnostican y tratan.
También aprendí que existen vacunas que ayudan a prevenir algunas infecciones, como el VPH y la hepatitis B, y medidas preventivas como la PrEP para personas con riesgo de adquirir VIH.
Pero sobre todo comprendí que verse saludable no significa estar libre de una infección de transmisión sexual.
Ahora me parece increíble que hubiera pasado tantos años creyendo lo contrario.
Conocí personas que adquirieron una infección dentro de relaciones aparentemente estables.
Otras habían utilizado preservativos en algunas ocasiones, pero no siempre.
También conocí parejas que se hacían pruebas regularmente y hablaban de su salud sin sentir vergüenza.
Eso me hizo entender que tener una sola pareja puede reducir ciertos riesgos cuando existe exclusividad mutua, pero no representa una garantía absoluta.
La confianza es importante.
Pero las pruebas médicas, la protección y la comunicación también lo son.
La llamada que nunca hice
Hay algo que todavía me produce vergüenza.
Después de recibir mi diagnóstico, tuve que pensar en personas con las que había mantenido relaciones anteriormente.
No sabía cuándo había adquirido el virus.
Y tampoco podía determinar quién me lo había transmitido.
Comprendí que algunas personas podían necesitar pruebas o asesoramiento.
Con ayuda de los servicios de salud, busqué la manera de realizar las notificaciones necesarias sin convertir aquello en acusaciones.
Fue una de las experiencias más incómodas de mi vida.
Pensaba en cómo reaccionarían.
Si se asustarían.
Si me insultarían.
Si me culparían.
Pero recordaba constantemente que yo también habría querido recibir una advertencia.
En algunas ocasiones las respuestas fueron respetuosas.
En otras, no.
Hubo personas que dejaron de hablarme.
Una mujer me escribió que no quería volver a saber nada de mí.
Lo acepté.
Pero también recibí mensajes de personas agradeciendo que les hubiera dado la oportunidad de revisar su salud.
Eso me hizo pensar en Daniela.
La mujer cuyo mensaje había provocado que finalmente me hiciera las pruebas.
Durante semanas había sentido resentimiento al recordar aquella conversación.
Como si ella hubiera sido responsable de todo lo ocurrido.
Después comprendí que no tenía sentido culparla.
No sabía quién me había transmitido el VIH ni cuándo.
Lo único que sabía era que su advertencia me había impulsado a buscar atención médica.
Y posiblemente había evitado que pasara todavía más tiempo sin conocer mi diagnóstico.
Mi vida después de aquel resultado
Han pasado casi dos años.
Sigo viviendo en Guadalajara.
Continúo trabajando y asistiendo a mis controles médicos.
Gracias al tratamiento he conseguido mantener una carga viral indetectable.
Mi salud está estable.
Y aunque todavía tengo días difíciles, ya no siento que mi vida haya terminado.
He conocido personas maravillosas que viven con VIH y llevan vidas completamente normales.
Algunas tienen pareja.
Otras tienen hijos.
Muchas llevan años siguiendo tratamiento.
Yo todavía no estoy preparado para una nueva relación seria.
No porque crea que no pueda tenerla.
Sino porque quiero trabajar en mi manera de relacionarme con los demás.
Sofía nunca regresó.
Supe por amigos que está bien y que comenzó una nueva etapa de su vida.
Me alegra.
Aunque todavía me duele recordarla.
De todas las cosas que perdí, su confianza fue la más difícil de aceptar.
Pero ya no pienso que mi diagnóstico me convierta en alguien que no merece amor.
Ahora entiendo que debo ser honesto, cuidar mi salud y respetar las decisiones de las personas con las que pueda compartir mi vida.
Mi reflexión final
Escribo esto porque sé que hay personas que viven como yo vivía.
Personas que piensan que nunca les va a pasar.
Que creen que conocer a alguien desde hace tiempo significa que no existe ningún riesgo.
Que utilizan anticonceptivos y olvidan que eso no necesariamente protege contra infecciones.
O que sienten vergüenza de pedirle a una pareja que se haga pruebas.
Por favor, utilicen protección.
Háganse pruebas cuando corresponda.
Hablen con sus parejas sobre salud sexual sin convertir esas conversaciones en acusaciones.
Y si desean tener una sola pareja, construir una relación mutuamente fiel y cuidarse juntos, también puede ser una buena decisión.
Pero háganlo con información, pruebas y acuerdos sinceros, no solamente confiando en las apariencias.
Si reciben un diagnóstico, busquen atención médica. Muchas infecciones pueden tratarse y algunas curarse. Vivir con VIH tampoco significa que una persona haya perdido su futuro.
Mi historia no terminó en un hospital ni con una tragedia inevitable.
Terminó con una vida que tuve que reconstruir y una relación que perdí por haber mentido.
El mayor error no fue confiar en alguien. Fue creer que protegerme era opcional y que podía ocultar información importante sin afectar a otra persona.
Ahora quiero preguntarles algo:
1. ¿Creen que Gabriel debió contarle a Sofía que nunca se había realizado pruebas, aunque temiera perderla?
1. ¿Consideran importante hacerse pruebas de ITS antes de decidir dejar de utilizar preservativo con una pareja estable?
1. ¿Sofía hizo bien en terminar la relación por la mentira, aunque Gabriel no conociera su diagnóstico cuando comenzaron a salir?
1. ¿Qué es más difícil de perdonar: que tu pareja descubra una infección que desconocía o que haya mentido sobre su salud y te haya quitado la oportunidad de decidir cómo protegerte?
Pensé en mi novia.
En las noches que habíamos pasado juntos, en todas las veces que le dije que no necesitábamos usar preservativo porque éramos una pareja estable y, sobre todo, en aquella conversación donde me preguntó si me había hecho pruebas antes de conocerla.
Yo le había dicho que sí.
Era mentira.
Me llamo Gabriel, tengo 31 años y soy de Guadalajara, México. Durante mucho tiempo fui de esos hombres que presumían de sus conquistas y creían que las enfermedades de transmisión sexual solamente les ocurrían a otras personas.
No era ignorante. Sabía perfectamente que existían.
Simplemente pensaba que podía reconocer a alguien que estuviera enfermo.
Si una mujer se veía saludable, tenía un buen trabajo y parecía una persona responsable, yo asumía que no había ningún peligro.
Ahora me avergüenza escribirlo.
Porque después descubrí que muchas infecciones pueden no presentar síntomas durante bastante tiempo.
Y que alguien puede transmitir una infección sin siquiera saber que la tiene.
Lo más terrible no fue recibir un diagnóstico. Fue tener que mirar a los ojos a la mujer que amaba y confesarle que había puesto su salud en riesgo por mi irresponsabilidad.
Los años en los que creía que nada podía pasarme
A los veinticinco años comencé a trabajar organizando eventos.
Mi empleo me permitía conocer mucha gente.
Salía constantemente, asistía a fiestas y viajaba a diferentes ciudades.
Nunca fui una persona especialmente atractiva, pero tenía facilidad para conversar y hacer amigos.
Con el tiempo comencé a tener relaciones casuales.
No llevaba una cuenta exacta de cuántas parejas había tenido.
Algunas eran mujeres que conocía durante los eventos. Otras eran personas con las que salía durante algunas semanas.
No estoy orgulloso de cómo me comportaba.
En muchas ocasiones decía cosas que no sentía solamente para conseguir atención.
También hubo situaciones donde acepté tener relaciones sin preservativo porque la otra persona decía que estaba utilizando anticonceptivos.
Y ahí estaba uno de mis mayores errores.
Confundía evitar un embarazo con evitar una infección de transmisión sexual.
En una ocasión un amigo me preguntó si no me daba miedo contraer alguna enfermedad.
Le respondí bromeando:
—Tampoco salgo con cualquiera.
Hoy recuerdo aquella frase y siento vergüenza.
Porque estaba juzgando el riesgo por la apariencia de las personas.
Como si una infección pudiera reconocerse por la ropa, el trabajo o la personalidad de alguien.
Nunca me hice pruebas periódicas.
No preguntaba por resultados médicos.
Y si alguna pareja mencionaba utilizar protección, a veces intentaba convencerla de que no era necesario.
Me gustaría decir que cambié por madurez.
Pero no fue así.
Cambié cuando ya había consecuencias.
La mujer con la que quería formar una familia
Conocí a Sofía cuando tenía veintinueve años.
Trabajaba como diseñadora gráfica y tenía una forma de ser completamente diferente de la mía.
Era tranquila, organizada y bastante directa.
Nos conocimos en el cumpleaños de un compañero de trabajo.
Hablamos durante casi toda la noche.
Al día siguiente le escribí y comenzamos a salir.
Con Sofía experimenté algo que no había sentido en mucho tiempo.
No necesitaba impresionar a nadie.
Podíamos pasar una tarde cocinando, viendo películas o simplemente conversando.
Después de varios meses comenzamos una relación formal.
Ella sabía que yo había tenido una vida sentimental bastante activa.
Nunca me juzgó por eso.
Pero una noche me hizo una pregunta importante.
—Gabriel, ¿cuándo fue la última vez que te hiciste pruebas de infecciones de transmisión sexual?
Me quedé sorprendido.
Le dije que estaba todo bien.
Ella insistió.
—No te estoy acusando de nada. Creo que ambos deberíamos hacernos estudios antes de dejar de usar preservativo.
Yo lo tomé como una falta de confianza.
Le dije que estaba sano y que no tenía síntomas.
Sofía me explicó que eso no garantizaba nada.
Pero yo seguí insistiendo.
Finalmente le aseguré que me había hecho pruebas recientemente.
Fue una mentira estúpida.
Una mentira que dije para evitar una conversación incómoda.
Con el tiempo dejamos de utilizar preservativo.
Y durante meses no pasó nada que nos hiciera sospechar que existía un problema.
Hablábamos de mudarnos juntos.
Incluso habíamos comenzado a ahorrar para un viaje.
Yo estaba convencido de que había encontrado a la mujer con la que quería pasar el resto de mi vida.
Hasta que recibí un mensaje de alguien de mi pasado.
El mensaje que me hizo sentir miedo
Una tarde recibí un mensaje de una mujer con la que había salido antes de conocer a Sofía.
La llamaré Daniela.
No habíamos hablado en casi dos años.
Su mensaje era corto.
Me decía que recientemente había recibido un diagnóstico de una infección de transmisión sexual y que estaba contactando a algunas parejas anteriores para recomendarles hacerse pruebas.
No afirmaba que yo estuviera infectado.
Tampoco decía quién había contagiado a quién.
Simplemente estaba intentando actuar responsablemente.
Pero cuando terminé de leer, sentí un miedo que nunca había experimentado.
Recordé que con ella había tenido relaciones sin protección.
Y después recordé a otras personas.
Comencé a hacer cuentas.
Fechas.
Viajes.
Relaciones que ni siquiera recordaba con claridad.
Esa noche apenas dormí.
Al día siguiente busqué una clínica donde realizarme estudios.
No le dije nada a Sofía.
Pensé que primero debía comprobar que todo estuviera bien.
Me realizaron pruebas para diferentes infecciones.
Algunas dieron resultados negativos.
Pero una prueba inicial de VIH salió reactiva.
Me explicaron que necesitaba una evaluación y pruebas confirmatorias.
Recuerdo que el médico hablaba y yo apenas podía concentrarme.
Pregunté si podía tratarse de un error.
Me dijo que todavía debíamos confirmar el resultado.
Durante los siguientes días viví con un miedo constante.
Revisaba mi teléfono.
Buscaba información médica.
Intentaba comportarme normalmente delante de Sofía.
Pero por dentro estaba completamente destruido.
Finalmente recibí el resultado confirmatorio.
Era positivo.
Tenía VIH.
La mentira que terminó destruyendo mi relación
El médico me explicó que el VIH actualmente tiene tratamientos muy eficaces y que, con seguimiento y medicación adecuados, muchas personas pueden llevar una vida larga y saludable.
También me habló de algo que yo desconocía.
Cuando una persona con VIH recibe tratamiento y mantiene una carga viral indetectable de forma sostenida, no transmite el virus por vía sexual.
Pero en aquel momento apenas podía escuchar.
Solamente pensaba en Sofía.
Pregunté si podía haberla infectado.
El médico me explicó que necesitaba hablar con ella cuanto antes para que recibiera orientación y pruebas, y que no debíamos asumir resultados sin evaluarla.
Salí de la clínica sintiendo que el mundo se había detenido.
Durante varios días intenté encontrar una manera de contárselo.
Ensayaba conversaciones frente al espejo.
Pensaba que me dejaría.
Que me odiaría.
Que contaría lo sucedido a todo el mundo.
Pero mientras más tiempo pasaba, más consciente era de que no podía seguir ocultándolo.
Una noche le pedí que se sentara conmigo.
Le dije que necesitábamos hablar.
Sofía me miró preocupada.
—¿Qué pasó?
Comencé a llorar.
Le expliqué que me había hecho estudios y que había recibido un diagnóstico de VIH.
Se quedó inmóvil.
Después hizo una pregunta.
—Gabriel, ¿vos sabías que tenías esto cuando empezamos a salir?
Le respondí que no.
Era verdad.
Entonces me preguntó cuándo me había hecho las pruebas anteriores que le había mencionado.
Bajé la cabeza.
—Nunca me las hice.
Su expresión cambió completamente.
No gritó.
No me insultó.
Solamente se quedó mirándome.
Después dijo algo que todavía escucho cuando intento dormir.
—No tenías derecho a tomar esa decisión por mí.
Comenzó a llorar.
Me preguntó por qué le había mentido.
Le dije que tenía miedo de que desconfiara de mí.
Ella respondió:
—Yo confiaba en vos. Por eso te pregunté.
Aquella noche comprendí que no solamente había sido irresponsable con mi salud.
También había destruido la confianza de una persona que me amaba.
Las semanas más oscuras de mi vida
Sofía se hizo las pruebas correspondientes con orientación médica.
El primer resultado fue negativo.
Pero necesitaba seguir las indicaciones sobre los controles posteriores para descartar una infección reciente.
Durante aquel período casi no nos vimos.
Ella se quedó con su hermana.
Yo permanecí en el apartamento.
Pasaba las noches despierto pensando en todo lo que podía ocurrir.
Por primera vez sentía miedo de abrir el teléfono.
No quería encontrar un mensaje donde Sofía me dijera que también había dado positivo.
Comencé mi atención médica especializada y el tratamiento antirretroviral.
Los profesionales me explicaron cómo controlar la infección y la importancia de no interrumpir la medicación.
Pero emocionalmente estaba muy mal.
Sentía vergüenza.
Había leído tantas cosas negativas sobre las personas con VIH que terminé repitiéndomelas a mí mismo.
Pensaba que nadie volvería a quererme.
Que nunca podría tener una familia.
Que mi vida había terminado.
Mi médico me recomendó apoyo psicológico y me explicó que el diagnóstico no definía mi valor como persona.
Comencé terapia.
Fue difícil.
Tuve que enfrentar cosas que llevaba años evitando.
Mi necesidad de sentirme deseado.
La manera en que utilizaba las relaciones casuales para buscar aprobación.
Y esa costumbre de mentir cuando la verdad podía hacerme quedar mal.
Comprendí que la infección no era un castigo moral.
Pero también que algunas decisiones que tomé habían aumentado mis riesgos y perjudicado la confianza de Sofía.
Las dos cosas podían ser ciertas al mismo tiempo.
Cuando Sofía me dio la noticia
Meses después, Sofía terminó los controles indicados por su equipo médico.
Sus resultados continuaron siendo negativos.
Cuando me lo contó, me puse a llorar.
Sentí un alivio que no puedo describir.
Durante meses había vivido con el miedo de haberle transmitido el virus.
Le dije que estaba agradecido.
Ella permaneció callada durante unos segundos.
Después me dijo que necesitaba terminar nuestra relación.
Le pregunté si era por el VIH.
Negó con la cabeza.
—Gabriel, si me hubieras contado la verdad desde el principio, habríamos tomado decisiones juntos.
Intenté responder, pero me interrumpió.
—El problema no es solamente tu diagnóstico. El problema es que te pregunté algo importante sobre nuestra salud y me mentiste.
No supe qué decir.
Porque tenía razón.
Sofía nunca me insultó por tener VIH.
Nunca dijo que fuera una persona sucia.
Nunca me trató como si mi diagnóstico me hiciera menos humano.
Simplemente ya no confiaba en mí.
Y esa fue una pérdida que ningún tratamiento médico podía reparar.
Unas semanas después recogió las últimas cosas que tenía en mi apartamento.
Antes de irse me abrazó.
Me dijo que esperaba que cuidara mi salud.
Después cerró la puerta.
Y no volvimos a estar juntos.
Lo que nadie me había explicado sobre las infecciones
Desde mi diagnóstico comencé a informarme de verdad.
Descubrí que había muchas cosas que no entendía.
El VIH no es lo mismo que el sida.
La sífilis puede tratarse y curarse, pero sin atención médica puede ocasionar complicaciones graves.
Otras infecciones, como la clamidia y la gonorrea, pueden pasar inadvertidas y provocar problemas si no se diagnostican y tratan.
También aprendí que existen vacunas que ayudan a prevenir algunas infecciones, como el VPH y la hepatitis B, y medidas preventivas como la PrEP para personas con riesgo de adquirir VIH.
Pero sobre todo comprendí que verse saludable no significa estar libre de una infección de transmisión sexual.
Ahora me parece increíble que hubiera pasado tantos años creyendo lo contrario.
Conocí personas que adquirieron una infección dentro de relaciones aparentemente estables.
Otras habían utilizado preservativos en algunas ocasiones, pero no siempre.
También conocí parejas que se hacían pruebas regularmente y hablaban de su salud sin sentir vergüenza.
Eso me hizo entender que tener una sola pareja puede reducir ciertos riesgos cuando existe exclusividad mutua, pero no representa una garantía absoluta.
La confianza es importante.
Pero las pruebas médicas, la protección y la comunicación también lo son.
La llamada que nunca hice
Hay algo que todavía me produce vergüenza.
Después de recibir mi diagnóstico, tuve que pensar en personas con las que había mantenido relaciones anteriormente.
No sabía cuándo había adquirido el virus.
Y tampoco podía determinar quién me lo había transmitido.
Comprendí que algunas personas podían necesitar pruebas o asesoramiento.
Con ayuda de los servicios de salud, busqué la manera de realizar las notificaciones necesarias sin convertir aquello en acusaciones.
Fue una de las experiencias más incómodas de mi vida.
Pensaba en cómo reaccionarían.
Si se asustarían.
Si me insultarían.
Si me culparían.
Pero recordaba constantemente que yo también habría querido recibir una advertencia.
En algunas ocasiones las respuestas fueron respetuosas.
En otras, no.
Hubo personas que dejaron de hablarme.
Una mujer me escribió que no quería volver a saber nada de mí.
Lo acepté.
Pero también recibí mensajes de personas agradeciendo que les hubiera dado la oportunidad de revisar su salud.
Eso me hizo pensar en Daniela.
La mujer cuyo mensaje había provocado que finalmente me hiciera las pruebas.
Durante semanas había sentido resentimiento al recordar aquella conversación.
Como si ella hubiera sido responsable de todo lo ocurrido.
Después comprendí que no tenía sentido culparla.
No sabía quién me había transmitido el VIH ni cuándo.
Lo único que sabía era que su advertencia me había impulsado a buscar atención médica.
Y posiblemente había evitado que pasara todavía más tiempo sin conocer mi diagnóstico.
Mi vida después de aquel resultado
Han pasado casi dos años.
Sigo viviendo en Guadalajara.
Continúo trabajando y asistiendo a mis controles médicos.
Gracias al tratamiento he conseguido mantener una carga viral indetectable.
Mi salud está estable.
Y aunque todavía tengo días difíciles, ya no siento que mi vida haya terminado.
He conocido personas maravillosas que viven con VIH y llevan vidas completamente normales.
Algunas tienen pareja.
Otras tienen hijos.
Muchas llevan años siguiendo tratamiento.
Yo todavía no estoy preparado para una nueva relación seria.
No porque crea que no pueda tenerla.
Sino porque quiero trabajar en mi manera de relacionarme con los demás.
Sofía nunca regresó.
Supe por amigos que está bien y que comenzó una nueva etapa de su vida.
Me alegra.
Aunque todavía me duele recordarla.
De todas las cosas que perdí, su confianza fue la más difícil de aceptar.
Pero ya no pienso que mi diagnóstico me convierta en alguien que no merece amor.
Ahora entiendo que debo ser honesto, cuidar mi salud y respetar las decisiones de las personas con las que pueda compartir mi vida.
Mi reflexión final
Escribo esto porque sé que hay personas que viven como yo vivía.
Personas que piensan que nunca les va a pasar.
Que creen que conocer a alguien desde hace tiempo significa que no existe ningún riesgo.
Que utilizan anticonceptivos y olvidan que eso no necesariamente protege contra infecciones.
O que sienten vergüenza de pedirle a una pareja que se haga pruebas.
Por favor, utilicen protección.
Háganse pruebas cuando corresponda.
Hablen con sus parejas sobre salud sexual sin convertir esas conversaciones en acusaciones.
Y si desean tener una sola pareja, construir una relación mutuamente fiel y cuidarse juntos, también puede ser una buena decisión.
Pero háganlo con información, pruebas y acuerdos sinceros, no solamente confiando en las apariencias.
Si reciben un diagnóstico, busquen atención médica. Muchas infecciones pueden tratarse y algunas curarse. Vivir con VIH tampoco significa que una persona haya perdido su futuro.
Mi historia no terminó en un hospital ni con una tragedia inevitable.
Terminó con una vida que tuve que reconstruir y una relación que perdí por haber mentido.
El mayor error no fue confiar en alguien. Fue creer que protegerme era opcional y que podía ocultar información importante sin afectar a otra persona.
Ahora quiero preguntarles algo:
1. ¿Creen que Gabriel debió contarle a Sofía que nunca se había realizado pruebas, aunque temiera perderla?
1. ¿Consideran importante hacerse pruebas de ITS antes de decidir dejar de utilizar preservativo con una pareja estable?
1. ¿Sofía hizo bien en terminar la relación por la mentira, aunque Gabriel no conociera su diagnóstico cuando comenzaron a salir?
1. ¿Qué es más difícil de perdonar: que tu pareja descubra una infección que desconocía o que haya mentido sobre su salud y te haya quitado la oportunidad de decidir cómo protegerte?
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