
Confesiones · Parte 1
Odiaba mis senos y busqué un sugar para operarme. Ahora me arrepiento de todo
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Odiaba mis senos y busqué un sugar para operarme. Ahora me arrepiento de todo
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Detalles
- Autor
- Gylab Click
- Categoría
- Confesiones
- Click
- Odiaba mis senos y busqué un sugar para operarme. Ahora me arrepiento
- Capítulo
- Parte 1
- Vistas
- 10
Sinopsis
Nanci, una joven de Ciudad de México, estaba desesperada por reducir el tamaño de sus senos. Sin dinero para operarse, aceptó la ayuda de un hombre millonario sin imaginar el verdadero precio que tendría que pagar. Entre secretos peligrosos, un amor prohibido y una desaparición inexplicable, su vida cambió para siempre.…
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ODIABA MIS SENOS Y BUSQUÉ UN SUGAR PARA OPERARME. AHORA ME ARREPIENTO DE TODO
Me llamo Nanci, tengo 29 años y soy de Ciudad de México. Nunca pensé que iba a terminar escondiéndome de un hombre peligroso por algo que comenzó con el simple deseo de tener unos senos más pequeños.
Hoy vivo en Mexicali, lejos de mi familia, de mis antiguos amigos y de todo lo que conocía.
Hay noches en las que todavía me despierto asustada cuando escucho un automóvil detenerse frente a mi casa.
Lo peor es que nadie me obligó a conocer a ese hombre. Yo misma lo busqué. Ignoré las advertencias de mi mejor amiga, acepté su dinero y me convencí de que podía controlar una relación con alguien que tenía muchísimo más poder que yo.
Conseguí la operación que tanto deseaba.
Pero también perdí mi libertad, mi tranquilidad y posiblemente al único hombre que realmente se enamoró de mí.
Y todo comenzó porque odiaba una parte de mi cuerpo que ahora daría cualquier cosa por recuperar.
El problema que tenía con mis senos
Desde los quince años mis senos comenzaron a crecer demasiado.
Al principio mis compañeras del colegio me decían que tenía suerte. Algunas incluso me preguntaban qué hacía para tenerlos así.
Pero para mí nunca fue algo bonito.
No podía usar la misma ropa que mis amigas. Los sostenes de mi talla eran carísimos y muchas veces terminaba comprando prendas más grandes solamente para disimular mi pecho.
Conforme pasaron los años, comenzaron los dolores.
Me dolían los hombros, el cuello y la espalda. Llegaba del trabajo y lo primero que hacía era quitarme el sostén porque sentía que llevaba piedras encima.
También me molestaban las miradas.
Recuerdo que una vez iba caminando por un centro comercial y escuché a dos hombres haciendo comentarios sobre mi cuerpo.
Me dieron ganas de llorar.
Yo solamente quería comprar ropa y regresar a casa.
A los veinticuatro años empecé a investigar sobre las operaciones de reducción mamaria.
Fui a dos consultas, pero los precios estaban completamente fuera de mi presupuesto.
Trabajaba como recepcionista en una clínica privada y apenas ganaba suficiente para pagar mi renta, transporte y alimentación.
Mi mejor amiga, Juanita, siempre me decía que buscara una segunda opinión médica y que intentara ahorrar poco a poco.
Pero yo estaba desesperada.
No quería esperar cinco años.
Quería despertar una mañana y sentirme cómoda con mi cuerpo.
Y fue precisamente esa desesperación la que me llevó a tomar la peor decisión de mi vida.
El hombre que parecía tener la solución
Todo comenzó cuando una compañera del trabajo me invitó a una reunión en un restaurante bastante elegante de Polanco.
Era un lugar al que yo nunca habría ido por mi cuenta.
Los precios eran ridículos.
Esa noche conocí a un hombre al que llamaré Roberto.
Tenía aproximadamente cuarenta y ocho años, vestía muy bien y hablaba con una tranquilidad que al principio me pareció atractiva.
No era especialmente guapo, pero tenía una seguridad impresionante.
Durante la conversación me preguntó a qué me dedicaba y qué quería hacer con mi vida.
Le conté que trabajaba en una clínica y que estaba pensando estudiar otra carrera.
Después de un par de copas terminé mencionando mi problema con los senos.
No sé por qué se lo conté.
Quizás porque parecía escucharme con interés.
Roberto me preguntó cuánto costaba la operación.
Le dije una cantidad aproximada.
Sonrió.
—¿Y si alguien te ayudara con eso?
Pensé que estaba bromeando.
—No creo que nadie regale tanto dinero.
—Yo no dije regalar.
Ahí entendí lo que estaba proponiendo.
Quería que saliera con él.
No hablaba de una relación convencional. Quería compañía, atención y disponibilidad a cambio de ayudarme económicamente.
Me dijo que podía pagar la cirugía, mis gastos y darme una vida que nunca había tenido.
Le pregunté si estaba casado.
Respondió que su vida personal era complicada.
Debí haber entendido aquella respuesta como una advertencia.
Pero solamente pensé en la operación.
Antes de despedirnos me dio su número.
Durante los siguientes días comenzó a escribirme.
Me mandaba flores al trabajo, me invitaba a restaurantes y preguntaba constantemente si había pensado en su propuesta.
Una noche me dijo:
—Nanci, vos querés cambiar tu vida. Yo puedo ayudarte, pero necesito que confíes en mí.
Y yo, que llevaba años sintiéndome incómoda con mi cuerpo, empecé a creerle.
Juanita me advirtió que no lo hiciera
Cuando le conté todo a Juanita, se quedó mirándome como si estuviera loca.
Nos conocíamos desde la secundaria.
Era prácticamente mi hermana.
Sabía absolutamente todo sobre mí y nunca había tenido problemas para decirme las cosas de frente.
—No vas a aceptar dinero de un desconocido para operarte —me dijo.
—No es un desconocido. Llevamos semanas hablando.
—Nanci, no sabés quién es.
Intenté explicarle que Roberto era empresario, que tenía propiedades y que conocía personas importantes.
Juanita me interrumpió.
—¿Y todo eso te lo dijo él?
Me quedé callada.
Porque era verdad.
Todo lo que sabía sobre Roberto venía de su propia boca.
Ella me pidió que tuviera paciencia, que siguiera ahorrando y que no comprometiera mi libertad por una cirugía.
Pero yo estaba cansada de escuchar la palabra paciencia.
Le dije algo que todavía me avergüenza recordar.
—Es fácil hablar cuando no tenés que vivir todos los días con este cuerpo.
Juanita se quedó en silencio.
Vi que le había dolido.
Me respondió que solamente estaba preocupada por mí.
Pero yo ya había tomado una decisión.
Aquella misma noche le escribí a Roberto y acepté comenzar una relación con él.
La vida que parecía perfecta
Los primeros meses fueron increíbles.
Roberto me llevó a restaurantes donde una cena costaba más de lo que yo ganaba en una semana.
Me compró vestidos, zapatos y un teléfono nuevo.
Incluso me ayudó a pagar algunas deudas.
Nunca había recibido tanta atención.
Al principio era cariñoso.
Me preguntaba cómo estaba, si había comido y si necesitaba algo.
Yo me sentía especial.
Pero poco a poco comenzaron las condiciones.
Primero me pidió que dejara de salir con ciertos amigos.
Después comenzó a molestarse si no respondía inmediatamente sus mensajes.
Una noche me llamó casi veinte veces porque estaba viendo una película con Juanita.
Cuando finalmente contesté, estaba furioso.
—Si estoy pagando tus cosas, lo mínimo que espero es que estés disponible.
Le dije que no me gustaba que hablara así.
Su respuesta me dejó incómoda.
—Entonces quizá deberíamos reconsiderar nuestro acuerdo.
Me asusté.
No porque estuviera enamorada de él.
Sino porque ya había comenzado a depender de su dinero.
Había renunciado a mi trabajo después de que me convenciera de que no lo necesitaba.
También me había mudado a un departamento que él pagaba.
De repente, terminar la relación significaba perder prácticamente todo.
Y todavía no me había operado.
Así que empecé a aceptar cosas que antes jamás habría tolerado.
La operación que cambió mi vida
Finalmente Roberto cumplió su promesa.
Pagó una cirugía de reducción mamaria en una clínica privada.
Recuerdo que cuando el cirujano me explicó el procedimiento sentí una felicidad enorme.
Por primera vez imaginé mi vida sin aquella incomodidad.
El día de la operación estaba nerviosa.
Juanita quiso acompañarme, pero Roberto insistió en que él se encargaría de todo.
Cuando desperté de la anestesia, tenía vendajes y bastante dolor.
Pero estaba emocionada.
Durante las siguientes semanas me recuperé en el departamento.
Roberto pagaba los medicamentos y las consultas.
Al principio parecía preocupado por mi bienestar.
Sin embargo, cuando empecé a recuperarme, su comportamiento cambió.
Me recordó cuánto dinero había gastado.
Me decía que ninguna otra persona habría hecho algo semejante por mí.
Y comenzó a repetirme una frase que terminé odiando.
—Ahora me debés mucho, Nanci.
Al principio pensé que lo decía en broma.
Después comprendí que hablaba completamente en serio.
Descubrí de dónde venía su dinero
No voy a revelar los nombres ni los detalles de la organización con la que Roberto estaba relacionado.
Por mi seguridad, hay cosas que prefiero no mencionar.
Lo que puedo contar es que descubrí que su dinero no provenía solamente de negocios legales.
Tenía conexiones con personas vinculadas al crimen organizado.
Me enteré accidentalmente, después de escuchar una conversación que no debía escuchar.
Esa noche regresé al departamento completamente aterrada.
Cuando lo confronté, Roberto no lo negó.
Solamente me dijo que había cosas que era mejor no preguntar.
Después comenzó a explicarme cómo funcionaría nuestra relación de ahora en adelante.
Debía acompañarlo a reuniones, estar disponible cuando me necesitara y pedir permiso antes de salir de la ciudad.
También descubrí que no era la única mujer.
Había otras chicas a las que ayudaba económicamente.
Algunas vivían en departamentos que él pagaba.
Otras dependían completamente de él.
Una de ellas me dijo algo que todavía recuerdo.
—Acá ninguna está por amor. Estamos porque salir cuesta más de lo que imaginábamos.
Me quedé helada.
Yo había pensado que era su novia.
Pero descubrí que solamente era una más.
La operación que tanto había deseado se había convertido en la deuda que Roberto utilizaba para controlarme.
Mi cuerpo comenzó a pasarme factura
Pensé que después de la reducción mamaria todos mis problemas físicos desaparecerían.
Al principio sentía menos peso en el pecho.
Pero mi recuperación fue más complicada de lo que esperaba.
Pasaba demasiado tiempo encerrada, casi no hacía actividad física y vivía con una tensión constante.
Meses después comenzaron dolores intensos en la espalda.
Noté que estaba adoptando una postura extraña, como si necesitara arquearme hacia atrás para sentirme cómoda.
Me asusté muchísimo.
Fui a una consulta médica y me recomendaron una evaluación especializada y rehabilitación para determinar qué estaba causando el problema.
No podían asegurar que se debiera directamente a la reducción.
Pero yo sentía que mi cuerpo había cambiado demasiado rápido y que nunca había recuperado el equilibrio.
Además, al mirarme al espejo, comencé a extrañar la forma que tenía antes.
Era absurdo.
Había pasado años deseando tener senos pequeños.
Y ahora quería recuperar mi tamaño original.
Comencé a pensar en ponerme implantes.
No solamente por estética. Yo creía que quizás recuperar mis proporciones anteriores me ayudaría a sentirme mejor físicamente, aunque los médicos me aclararon que los implantes no eran un tratamiento para corregir mi postura.
Necesitaba rehabilitación, estudios y tiempo.
Pero también quería volver a reconocerme frente al espejo.
Cuando se lo mencioné a Roberto, se rio.
—¿Ahora querés volver a tener lo que te quité con tanto dinero?
Me sentí humillada.
Le expliqué que estaba teniendo problemas de salud.
Me respondió que ya había gastado demasiado en mí.
Aquella noche lloré durante horas.
Había conseguido lo que quería.
Y ahora no podía decidir ni siquiera qué hacer con mi propio cuerpo.
Javier apareció cuando había perdido la esperanza
Conocí a Javier durante una reunión organizada por Roberto.
Tenía veintisiete años y trabajaba como asistente administrativo en uno de sus negocios.
Era joven, reservado y parecía completamente fuera de lugar entre tantos hombres que hablaban de dinero y poder.
La primera vez que conversamos fue porque me encontró llorando en un pasillo.
No me preguntó qué había ocurrido.
Solamente me ofreció un vaso de agua.
—No tenés que contarme nada —dijo—. Pero si necesitás hablar, puedo escucharte.
Ese pequeño gesto me hizo sentir algo que llevaba mucho tiempo sin experimentar.
Tranquilidad.
Durante las siguientes semanas comenzamos a conversar cuando coincidíamos.
Al principio hablábamos de cosas simples.
Películas.
Comida.
Lugares que nos gustaría conocer.
Después empecé a contarle algunas cosas de mi vida.
Le hablé de Juanita, de la operación y de cuánto extrañaba poder salir a caminar sin dar explicaciones.
Javier me escuchaba sin juzgarme.
Una tarde me preguntó si era feliz.
No supe responder.
Me quedé mirándolo.
Después dije:
—No recuerdo cuándo fue la última vez que lo fui.
Él bajó la mirada.
—Entonces no deberías acostumbrarte a vivir así.
Aquellas palabras se quedaron conmigo durante días.
Poco a poco empecé a enamorarme de él.
No porque me comprara cosas.
No porque prometiera resolver todos mis problemas.
Sino porque me trataba como a una persona.
Javier sabía que acercarse a mí era peligroso.
Yo también lo sabía.
Por eso intentábamos mantener cierta distancia delante de los demás.
Nunca habíamos planeado enamorarnos.
Simplemente ocurrió.
Una noche me tomó de la mano mientras estábamos solos.
No dijo nada.
Y yo comencé a llorar.
Porque me di cuenta de cuánto extrañaba que alguien me tocara con cariño sin esperar nada a cambio.
El plan para escapar
Javier fue la primera persona a la que le confesé que quería irme.
Le dije que tenía miedo.
Que Roberto conocía a mi familia.
Que no tenía trabajo ni ahorros.
Y que si intentaba desaparecer sin ayuda, podía encontrarme.
Javier me confesó que también quería alejarse de aquel ambiente.
Había comenzado trabajando en tareas sencillas y poco a poco descubrió cosas que le hicieron arrepentirse de aceptar aquel empleo.
Durante semanas hablamos de nuestras opciones.
No voy a explicar cómo organizamos todo porque todavía hay personas relacionadas con Roberto que podrían reconocer detalles.
Lo único que diré es que Javier aprovechó su conocimiento de la organización para ayudarnos a salir.
Conseguimos reunir documentos, pertenencias y una cantidad de dinero.
Parte de ese dinero lo saqué de fondos que Roberto mantenía bajo mi acceso. Sé que tomarlo fue una decisión arriesgada y moralmente complicada, pero en ese momento lo veía como la única manera de pagar mi salida y los tratamientos médicos que necesitaba.
El plan era sencillo en apariencia.
Yo saldría primero.
Javier debía reunirse conmigo después.
Habíamos hablado incluso de comenzar una vida juntos.
Queríamos un departamento pequeño, trabajos normales y una vida donde nadie nos vigilara.
Una noche me dijo:
—No puedo prometerte que todo será fácil, Nanci.
—No necesito que sea fácil.
—¿Entonces qué necesitás?
—Que sea nuestra vida.
Me abrazó.
Y por primera vez en mucho tiempo sentí esperanza.
El día que Javier desapareció
El día que salí de Ciudad de México apenas podía respirar.
Llevaba una maleta pequeña y algunos documentos.
No podía despedirme de casi nadie.
Había hablado con Juanita, que conocía parte de la situación y aceptó ayudarme.
Javier debía comunicarse conmigo cuando estuviera a salvo.
Pero pasaron las horas.
No llegó ningún mensaje.
Al día siguiente lo llamé.
Su teléfono estaba apagado.
Le escribí.
Nada.
Intenté comunicarme por otros medios.
Tampoco respondió.
Al tercer día empecé a desesperarme.
Pensé que quizás había decidido abandonarme.
Después pensé algo mucho peor.
¿Y si Roberto había descubierto nuestro plan?
No tenía ninguna prueba de que le hubiera ocurrido algo.
Pero conocía suficientemente aquel ambiente como para sentir miedo.
Durante varios días esperé noticias.
Juanita intentaba tranquilizarme.
Me decía que quizás Javier estaba escondido y no podía comunicarse.
Yo quería creerlo.
Pero las semanas pasaron.
Y Javier nunca apareció.
Hasta hoy no sé qué ocurrió con él.
No sé si logró escapar por su cuenta.
No sé si decidió desaparecer para protegerse.
Y hay una tercera posibilidad que todavía me cuesta pronunciar.
Lo único que conservo es una fotografía donde estamos juntos, sonriendo durante una tarde en la que por unas horas conseguimos olvidar todo lo que nos rodeaba.
A veces la miro y me pregunto si sigue vivo.
O si pagó por mi libertad un precio que jamás habría querido que pagara.
Mi nueva vida en Mexicali
Actualmente vivo en Mexicali con Juanita.
Sí, la misma amiga que me advirtió desde el principio que no aceptara aquella propuesta.
Cuando le conté que necesitaba salir de Ciudad de México, no me reprochó nada.
No dijo que me lo había advertido.
Solamente me preguntó dónde estaba y qué necesitaba para estar a salvo.
Ella había encontrado una oportunidad de trabajo en Mexicali y decidió que podíamos comenzar de nuevo allí.
Hoy compartimos una casa pequeña.
Nada lujoso.
No tenemos automóviles caros ni restaurantes exclusivos.
Pero puedo salir a comprar comida sin pedir permiso.
Puedo decidir qué ropa ponerme.
Puedo apagar mi teléfono cuando quiero.
Y puedo dormir sin sentir que le debo mi vida a alguien.
He comenzado a trabajar nuevamente y estoy siguiendo tratamiento médico por mis problemas de espalda.
Todavía quiero una reconstrucción mamaria para recuperar una apariencia más parecida a la que tenía antes, pero esta vez estoy consultando a especialistas y tratando de tomar una decisión informada, sin desesperarme ni creer que otra operación resolverá por sí sola todos mis problemas.
Conservo parte del dinero que traje conmigo y lo he reservado para mi salud y para mantenerme mientras recupero estabilidad.
Mi mayor preocupación sigue siendo Javier.
Hay días en que consigo pasar varias horas sin pensar en él.
Pero otras veces escucho una canción, veo a alguien parecido caminando por la calle o encuentro algún mensaje antiguo, y todo regresa.
Me acuerdo de su voz.
De la manera en que me preguntaba si había comido.
De cómo me escuchaba cuando nadie más lo hacía.
Y de aquella última conversación en la que hablamos de vivir juntos.
Nunca supe si aquello fue una despedida.
Lo que entendí demasiado tarde
A veces me pregunto si realmente odiaba mis senos o si odiaba la manera en que otras personas me hacían sentir por tenerlos.
Mis dolores eran reales.
Mis incomodidades también.
No me arrepiento de haber querido mejorar mi salud.
Me arrepiento de haber permitido que alguien utilizara ese deseo para controlar mi vida.
También me arrepiento de no escuchar a Juanita.
Ella nunca quiso decidir por mí.
Solamente intentó advertirme que un hombre que ofrece resolver todos tus problemas económicos puede terminar convirtiéndose en uno mucho más grande.
Pero yo estaba tan desesperada por cambiar mi cuerpo que no vi lo que estaba entregando a cambio.
Hoy sigo teniendo cicatrices.
Algunas son de la cirugía.
Otras no se ven.
Todavía estoy aprendiendo a confiar en las personas y a tomar decisiones sin sentir que alguien tiene que aprobarlas.
No sé si volveré a enamorarme.
Una parte de mí sigue esperando que Javier aparezca algún día.
Que toque la puerta y me diga que estuvo escondido todo este tiempo.
Sé que quizás nunca ocurra.
Y es lo que más me duele.
Conseguí escapar del hombre que pagó mi operación, pero perdí al hombre que me ayudó a recuperar mi libertad.
Mi reflexión final
Hoy tengo una vida mucho más sencilla que antes, pero también mucho más tranquila.
No cambiaría esta tranquilidad por ningún lujo.
Si pudiera hablar con la Nanci de hace unos años, le diría que su cuerpo merece cuidados, no odio, y que ninguna cirugía debería convertirse en una deuda con alguien que pretende ser su dueño.
Pero también sé que aquella Nanci estaba cansada, asustada y desesperada por encontrar una solución.
Quizás por eso me cuesta tanto perdonarme.
Todavía me pregunto si habría conocido a Javier de no haber tomado aquella decisión.
Y si el precio de encontrarlo fue terminar perdiéndolo.
Ahora quiero hacerles algunas preguntas:
1. ¿Creen que hice mal en aceptar la ayuda económica de Roberto, aunque en ese momento pensara que podía controlar la situación?
1. ¿Ustedes habrían arriesgado su vida para escapar, sabiendo que podían poner en peligro a alguien que amaban?
1. ¿Creen que Javier decidió desaparecer para protegerme o que probablemente le ocurrió algo?
1. ¿Cómo se vive con la culpa de haber recuperado tu libertad gracias a alguien que desapareció por ayudarte, sabiendo que quizás nunca podrás agradecerle ni pedirle perdón?
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